Entre el gusto y el disgusto
Me echa la culpa por cortarle, pero fue él quien me empujó hasta el borde del abismo, hasta este terreno estéril donde la soledad era la única cosecha. Sus argumentos siguen siendo como un mantra gastado, sólido como un muro que no logro atravesar. Pactos rotos, promesas desgarradas y, yo, atrapada en la sensación de abandono. El mundo se siente pesado otra vez, como una mochila llena de piedras que no pedí llevar. La ilusión, un parpadeo fugaz. Me obligo a recordar por qué corté, porque mi mente juega sus trucos y se aferra a los buenos momentos, los estira como chicle. "Era un caballero," me digo, "protector, irrepetible." Los primeros días fueron un vértigo dulce; aún hay cosas que admiro.
Pero ahora, en el lodo viscoso de la soltería, donde los días se mezclan con la mediocridad de la gente que me rodea, me topo con alguien nuevo. Es bueno, realmente bueno. Y aparentemente, le encanto. Pero a mí no me mueve nada. Lo quiero, sí, pero ¿pareja? No hay chispa, ni esa energía magnética que te deja sin aliento. No hay admiración, ni atracción física. Mis manos no se mueven solas para acariciar su rostro; no hay instinto.
Es decente, pero no tiene el empaque que espero, ni el brillo, ni la seguridad económica que me saque de este juego de malabares. Sigue viviendo con sus padres, me hace pagar más cuando yo ya estoy asfixiada por el alquiler. No sabe cocinar ni un plato decente. Son detalles, pero se van sumando, uno tras otro, en una lista interminable de desencantos.
Y me siento atrapada, enredada en mis propios pensamientos. Me siento una hija de puta. Nada me viene bien, todo me parece poco. Empiezo a creer que estoy loca, porque nada llena este vacío que siento por dentro. A veces, me pregunto si este desierto en el que me encuentro no es más que un reflejo de mi propio corazón, seco y árido, incapaz de sentir o de dar. Y así sigo, caminando por este terreno incierto, buscando un oasis que quizás nunca llegue a encontrar.
¿Qué busco? No sé si quiero la pasión arrolladora o la paz de un domingo lento. Quiero que me sorprendan, que me reten, pero también quiero la seguridad de saber qué sigue. Quiero que me cuiden, pero sin sentirme atrapada. ¿Qué me gusta? El brillo en los ojos de alguien que está emocionado de verme, el tacto ligero y accidental que te hace estremecer. Quiero risas hasta llorar, conversaciones profundas a las tres de la mañana, pero también silencios cómodos, donde no hace falta llenar el aire con palabras vacías.
¿Qué quiero evitar? Quiero evitar la rutina que me asfixia, los 'te quiero' sin peso, los abrazos sin calor. Me ahogan las expectativas ajenas, las máscaras que me veo obligada a usar. No quiero estar donde el amor se convierte en deber, donde el 'nosotros' pesa más que el 'yo'. ¿Y qué me asfixia? Me asfixian los días que se sienten iguales, la falta de algo que me encienda. No quiero un amor que no me da nada, que no me llena, que no me hace vibrar.
Es como elegir entre un helado de dulce de leche, dulce hasta el empalago, y uno de limón, demasiado agrio para disfrutar. Cada uno tiene su encanto, pero ninguno termina de quedarme. Y aquí estoy, en medio de estos extremos, preguntándome si habrá algo que me quede bien, que sea exactamente lo que necesito. ¿O será que, como siempre, seguiré buscando un sabor que aún no existe?
















