Gaslight3
He makes a joke at my expense. I laugh. He says, "You take things too seriously." I say sorry.
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Stranger Things

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Xuebing Du

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Gaslight3
He makes a joke at my expense. I laugh. He says, "You take things too seriously." I say sorry.
The Art of Apology
I have built a house of sorrys, lined the walls with all the ways I am not enough for you. You never say sorry back.
Apology
I am sorry for apologizing all the time. For making myself smaller so you could feel bigger.
Gaslight2
He says I should say sorry. So I do. And I do. And I do. Until sorry tastes like rust in my mouth.
Gaslight
Él la mira con los ojos de quien espera algo: una disculpa. Pero ella no ha hecho nada. Y, sin embargo, siente la culpa carcomiéndola.
I'm Sorry, I'm Sorry, I'm Sorry
I'm sorry I'm not sexy enough. I'm sorry I don't laugh right. I'm sorry I am difficult to love. I'm sorry I can’t be quiet.
Little Beast
I couldn't get the boy to kill me, but I wore his jacket for the longest time.
Espinas y deseos
Seguir enseñándole al cactus a no tener espinas es una pérdida de tiempo. La vida no puede anclarse en el reclamo; eso solo conduce a la deuda. Hay que generar crédito y encontrar el equilibrio interior.
Me aterra la soledad, quizá por eso me volví experta en los otros. Cualquier compañía se vuelve más barata que enfrentarme a mí misma. Quiero ver si aún puedo sentir, sin importar si es con una pluma o un hierro caliente. Estar con otro me permite desentenderme de mi vacío, pero es un círculo vicioso: con cada conexión, me siento más anestesiada, lo que trae más dolor y luego busco más anestesia. El dolor es simplemente un llamado a entender lo que hay detrás.
Me muevo entre extremos, entre el exceso y la carencia. Me lanzo a esos excesos buscando escapar de lo que no quiero sentir, como si estuviera atrapada entre el romanticismo y el masoquismo, cuando en realidad no debería tratarse de ningún -ismo. Al perderme en los excesos y cubrirme de mil colores, no estoy viviendo: simplemente estoy evadiendo la realidad.
En la intimidad, me transformo en mi propia torturadora. Si me abandonaron, yo me abandono aún más. Anhelo ser como un mesías, una persona que se elige a sí misma y que no se permite el abandono. Si deseo cultivar deseos más sublimes en mi interior, ¿para qué necesito un martillo?
A veces, pienso en Paloma, de La elegancia del erizo de Muriel Barbery, quien sostiene que la vida es una farsa. Estamos diseñados para aferrarnos a lo que no existe, somos seres que buscan evitar el sufrimiento. Al igual que ella, me pregunto cuánto tiempo podré resistir esa tendencia. Nos cuestionamos si seremos capaces de enfrentar el sentimiento de lo absurdo.
Por eso, a veces creo que si esto es todo lo que hay, prefiero bajarme del mundo. Sin embargo, resuenan en mí otras palabras que escuché hoy: la vida me espera a mí, no al revés. Pero si mirás todo desde una baranda, solo ves la baranda.
La muerte existe y es necesaria, pero depende de dónde y cuándo la aplicamos. Es apropiada, por ejemplo, para dejar morir malos hábitos. Así que entendí que, sin mí, la vida no comienza.
Entre el gusto y el disgusto
Me echa la culpa por cortarle, pero fue él quien me empujó hasta el borde del abismo, hasta este terreno estéril donde la soledad era la única cosecha. Sus argumentos siguen siendo como un mantra gastado, sólido como un muro que no logro atravesar. Pactos rotos, promesas desgarradas y, yo, atrapada en la sensación de abandono. El mundo se siente pesado otra vez, como una mochila llena de piedras que no pedí llevar. La ilusión, un parpadeo fugaz. Me obligo a recordar por qué corté, porque mi mente juega sus trucos y se aferra a los buenos momentos, los estira como chicle. "Era un caballero," me digo, "protector, irrepetible." Los primeros días fueron un vértigo dulce; aún hay cosas que admiro.
Pero ahora, en el lodo viscoso de la soltería, donde los días se mezclan con la mediocridad de la gente que me rodea, me topo con alguien nuevo. Es bueno, realmente bueno. Y aparentemente, le encanto. Pero a mí no me mueve nada. Lo quiero, sí, pero ¿pareja? No hay chispa, ni esa energía magnética que te deja sin aliento. No hay admiración, ni atracción física. Mis manos no se mueven solas para acariciar su rostro; no hay instinto.
Es decente, pero no tiene el empaque que espero, ni el brillo, ni la seguridad económica que me saque de este juego de malabares. Sigue viviendo con sus padres, me hace pagar más cuando yo ya estoy asfixiada por el alquiler. No sabe cocinar ni un plato decente. Son detalles, pero se van sumando, uno tras otro, en una lista interminable de desencantos.
Y me siento atrapada, enredada en mis propios pensamientos. Me siento una hija de puta. Nada me viene bien, todo me parece poco. Empiezo a creer que estoy loca, porque nada llena este vacío que siento por dentro. A veces, me pregunto si este desierto en el que me encuentro no es más que un reflejo de mi propio corazón, seco y árido, incapaz de sentir o de dar. Y así sigo, caminando por este terreno incierto, buscando un oasis que quizás nunca llegue a encontrar.
¿Qué busco? No sé si quiero la pasión arrolladora o la paz de un domingo lento. Quiero que me sorprendan, que me reten, pero también quiero la seguridad de saber qué sigue. Quiero que me cuiden, pero sin sentirme atrapada. ¿Qué me gusta? El brillo en los ojos de alguien que está emocionado de verme, el tacto ligero y accidental que te hace estremecer. Quiero risas hasta llorar, conversaciones profundas a las tres de la mañana, pero también silencios cómodos, donde no hace falta llenar el aire con palabras vacías.
¿Qué quiero evitar? Quiero evitar la rutina que me asfixia, los 'te quiero' sin peso, los abrazos sin calor. Me ahogan las expectativas ajenas, las máscaras que me veo obligada a usar. No quiero estar donde el amor se convierte en deber, donde el 'nosotros' pesa más que el 'yo'. ¿Y qué me asfixia? Me asfixian los días que se sienten iguales, la falta de algo que me encienda. No quiero un amor que no me da nada, que no me llena, que no me hace vibrar.
Es como elegir entre un helado de dulce de leche, dulce hasta el empalago, y uno de limón, demasiado agrio para disfrutar. Cada uno tiene su encanto, pero ninguno termina de quedarme. Y aquí estoy, en medio de estos extremos, preguntándome si habrá algo que me quede bien, que sea exactamente lo que necesito. ¿O será que, como siempre, seguiré buscando un sabor que aún no existe?
30 años y el descontrol absorbido
Introducción
Ah, los cumpleaños, esas maravillosas ocasiones donde se mezclan la alegría, la camaradería y el inevitable exceso de alcohol. En esta oportunidad, nos encontramos en Salta, donde R, nuestro cumpleañero, está a punto de presidir una fiesta que quedará en la memoria de todos… o al menos, en la parte que no se borre con la resaca. Entre los invitados, se destacan tres amigas que han venido de Bahía Blanca y Campana, Buenos Aires. Una de ellas, la de Campana, decidió que dormir temprano era mejor idea que participar en lo que se convertiría en un festival de descontrol. Por razones obvias y para proteger la integridad de los presentes (o su dignidad, lo que quede de ella), usaremos seudónimos.
Desarrollo
La fiesta comenzó con la llegada de los invitados y los primeros brindis. Borracho1 y Borracha2, habían compartido un apasionado romance de una semana, interrumpido solo por la necesidad de reabastecer el fernet. Pero, para añadirle más sabor al drama, Borracho1 tenía una “chonga”, a la que llamaremos Esta Chica, porque el trauma de la autora aún no está resuelto. Borracha2, claramente molesta por la presencia de Esta Chica, había hecho una simple petición: “Nada de franela intensa frente a mí, que tolero un poco, pero no tanto.”
Mientras la noche avanzaba y las copas se llenaban y vaciaban a un ritmo alarmante, Borracho1 se dedicó a cortejar a Esta Chica sin ningún tipo de discreción, lo que aumentó los espasmos cardíacos de Borracha2, aunque el fernet ayudaba a disimularlos.
En su estado de embriaguez, Borracha2 comenzó a ventilar sus frustraciones con cualquiera que estuviera dispuesto a escuchar. Una chica, a quien llamaremos F, sugirió dejar "recuerdos" como una tanga en la habitación de Borracho1 como venganza. Sin embargo, Borracha2 aún no había llegado al nivel de locura de Glenn Close en Atracción Fatal.
L, otro invitado, le ofreció su apoyo a Borracha2, prometiendo abrazarla cada vez que Borracho1 y Esta Chica se pusieran muy cariñosos. Borracho1, al ver estos abrazos, sintió la necesidad de ajustar cuentas con L, aunque por el momento se contuvo.
F, en medio de la confusión, soltó un "Guarda, se te escapa el burro" y Borracho1, que ya no hacía sinapsis, preguntó preocupado "¿Qué burro?".
Afortunadamente, Borracha2 tenía una amiga fiel. AmigaFiel, que aunque bebía al mismo ritmo, mantenía algo de sensatez. Borracha2, en su desesperación, le pidió a AmigaFiel que le eligiera a alguien para besuquear, ya que ella no tenía las habilidades cognitivas para hacerlo. AmigaFiel le dijo que esa no era la solución. Borracha2, en un trance solemne y mirándola fijamente, repitió "No es la solución", como si de una verdad universal se tratara.
La fiesta había comenzado mal y seguía empeorando. Borracho1, en su afán de ser gracioso, expuso una de las vulnerabilidades de Borracha2 delante de todos. Borracha2 contempló sus opciones: pegarle un sartenazo, preguntar a la gente si les había parecido gracioso o jugarla de canchera y optar por un mecanismo de defensa. Eligió la tercera, guardando la rabia como munición para más tarde.
Y el más tarde llegó. En un momento, un grupo de personas le preguntó a Borracha2 quién era Borracho1 en una foto familiar. Borracha2, con poca paciencia, lo señaló y comentó con ironía "Encuentren la diferencia", dándole dos golpes con el torso de la mano en la panza de Borracho1. La hostilidad estaba en su punto álgido.
Buscando un respiro, Borracha2 se aisló en el patio interno para fumar un cigarrillo. Borracho1 la siguió, como si nada hubiera pasado. Borracha2, dolida y con complejo de poca cosa, le comentó "Qué linda es Esta Chica". Borracho1, demostrando su aguda percepción, respondió "Sí, gracias por decirme eso". Borracha2, intentando mantener la dignidad, replicó "Hacen linda pareja", mientras por dentro pensaba en cómo esconder los colmillos que pugnaban por salir.
En otra escena, Borracho1 se acercó a Borracha2 mientras ella bailaba, pero la cara de pocos amigos de ella no seguía el compás. Un amigo de Borracho1, a quien llamaremos F, se le acercó a Borracha2 para pedirle fuego, arrancando con un "A ver, los tortolitos". Borracha2, con una amabilidad propia de un ataque de esquizofrenia, le pasó el encendedor a F mientras apartaba los brazos de Borracho1 de sus hombros al grito de "Tenés novia, Borracho1".
No puedo asegurar que los eventos estén en orden cronológico, pero sí que sucedieron. Según me contaron otras lenguas, ocurrieron más sucesos en paralelo. Sin embargo, me atengo a lo vivido, por fidelidad a la historia.
Clímax
El momento más hilarante de la noche: todos se fueron. Borracha2, sintiéndose libre de su papel de Maestra Miel o de Bree Van De Kamp, aprovechó para fumar un cigarrillo en el garage solitario. Borracho1 apareció de repente, en plan romántico/borracho/calentón, ya que Esta Chica se había ido. Borracha2, sintiéndose como una opción de segunda mano, le dijo a Borracho1 que se alejara. Cuando Borracho1 insistió en hablar, Borracha2, con voz solemne y fría, le respondió que estaba muy tranquila. Para hacerlo, utilizó sus artes de vampiresa, porque sabía que hablar con calma y firmeza reduciría las posibilidades de ser tildada de histérica.
La conversación continuó. Borracho1 le dijo que no se iría porque era su casa. Borracha2, zapateando, le respondió que entonces se iría ella.
Más tarde, cambiada y lista para el aeropuerto, Borracha2 volvió a su papel de Bree y compartió fernet con los amigos de Borracho1. De repente, Bree se convirtió en Hulk y fue a buscar a Borracho1, que dormía plácidamente en un sillón. Borracha2, con la intención de fastidiarlo, le dijo que L lo buscaba. Cuando Borracho1 fue a buscar a L, descubrió que nadie lo buscaba, pero al menos perdió el sueño.
Desenlace
La noche concluyó con un beso inconsciente y etílico entre Borracho 1 y 2, y un taxi que se llevó a las tres foráneas. Días después, Borracha2 se enteró de que Borracho1 quería ir al aeropuerto a pedirle perdón, pero gracias a la cordura de sus amigos, se evitó un accidente de tránsito.
Conclusión
Con el paso del tiempo, entre descargos y quebrantos, Boracho1 y Borracha2 volvieron a ser amigos. La moraleja es tan confusa que prefiero dejarla en manos del lector. Quizá sea, simplemente, no tomen tanto fernet. O tomen, tomen mucho fernet.
Rage
It infuriates me.
It infuriates me to open up to people I consider trustworthy, only to be hurt, judged, and given directives.
It infuriates me when people can't handle the boundaries I set when I decide not to be a puppet of their disguised cruelty and ill intentions masked as "life advice."
It infuriates me that, to protect their egos and maintain the facade of being good people, they throw back gaslighting and hurtful words at me.
It infuriates me (perhaps to continue trusting in the goodness of the world) to bear the guilt of "oversharing," when all I sought was comfort in what I believed was a safe circle. It infuriates me, that subsequent burden that eats away at me.
It infuriates me how people are incapable of keeping secrets and respecting feelings.
It infuriates me to be pigeonholed: the foolish one, the vulnerable one, the ignorant one, the pitiful one.
It infuriates me how tightly people cling to unforgiveness.
It infuriates me to encounter people lacking empathy who strive to sound brilliant, articulate, and knowledgeable about their subject of study: me.
It infuriates me how narrow-minded people can be.
It infuriates me how hypocritical some can be, boasting about being confrontational in private but acting diplomatically in public, without even daring to take risks when circumstances demand it, or speaking honestly when truth is necessary.
It infuriates me when people can't put themselves in someone else's shoes.
The self-inflated image of perfection infuriates me.
Shielded egos infuriate me.
Malice infuriates me.
Tasteless, hurtful jokes infuriate me.
It infuriates me that if you're not compliant with all of this and don't smile like an idiot, you're automatically labeled as crazy.
It infuriates me.
Me revienta
Me revienta abrirme con personas que considero de confianza y que luego me lastimen, me juzguen y me bajen línea.
Me revienta que la gente no se banque los límites que pongo cuando decido no ser una marioneta de su crueldad y mala leche disfrazada de "consejo de vida".
Me revienta que, para salvaguardar sus egos y mantener la fachada de buenas personas, me devuelvan la pelota cargada de gaslighting y palabras hirientes.
Me revienta (quizá para seguir confiando en la bondad del mundo) cargar con la culpa de "exponerme demasiado", cuando solo buscaba consuelo en un círculo que creí seguro. Me revienta esa carga que sobreviene después y me carcome.
Me revienta la incapacidad de la gente para guardar secretos y respetar sentimientos.
Me revienta que me encasillen: la tonta, la vulnerable, la ignorante, la pobrecita.
Me revienta que la gente tenga tan atrancado el perdón.
Me revienta encontrarme con gente que carece de empatía y que se esfuerza por sonar brillante, elocuente y estudiosa de un objeto de estudio: yo.
Me revienta la estrechez de mente.
Me revienta la hipocresía de quienes presumen de confrontativos en privado, pero actúan con diplomacia en público, sin siquiera jugársela cuando las circunstancias lo exigen, ni de emitir palabra tendenciosa cuando se requiere honestidad.
Me revienta la gente que no sabe ponerse en los zapatos del otro.
Me revienta la autoimagen inflada de perfección. Me revientan los egos blindados. Me revienta la malicia. Me revientan los chistes de mal gusto, hirientes.
Me revienta que si no sos complaciente con todo esto y no sonreís como una boluda, automáticamente te tachan de loca.
Me revienta.
Lágrimas en el rincón
En el cajón secreto de la memoria, las heridas dormitan
Despertadas por un eco conocido pero distinto, se despliegan como olas de ansiedad
Son esos lugares que punzan, donde la niña interior aún suspira
Un jefe, reflejo del padre, en su desdén se entrelaza
Un trabajo, como indiferencia, mi esencia desmantela
Que llore la niña en este santuario seguro, que suelte todo lo que le apriete el pecho
Porque aquí hay una guardiana, que la envuelve con ternura y comprensión
Aquí estoy, para abrazarla en su caída, reconocida por su esencia, no por medida
Le recuerdo, como en una canción de cuna, que puede descansar, sin presiones, en mi arrullo
De “Out of My Mind” a “Okay”
Bueno, estoy en una especie de transición. Estoy aburrida de mí misma, de esos patrones que siempre me atrapan en la misma espiral. Quizás vivir del drama tiene su gracia, te da anécdotas para contar, pero honestamente, estoy harta de ese guion que parece repetirse una y otra vez en mi vida. Me encuentro lidiando constantemente con emociones incómodas, ya sea porque no seguí mis instintos, elegí mal a ciertas personas, o me abrí con quienes no merecían mi confianza. Es como si estuviera atrapada en un bucle interminable de malas decisiones y decepciones. Y francamente, estoy agotada de eso.
Por eso, estoy lista para virar el rumbo y poner un freno a esos viejos patrones. Siento que es momento de cuidarme de verdad y aceptarme tal como soy. Porque si hay algo claro en todo esto, es que todos mis problemas radican en mi incapacidad para cuidarme y quererme como merezco. Creo que es hora de cuidarme de verdad y aceptarme tal como soy, con todos mis defectos y virtudes.
La verdad es que me siento un desastre en este momento. Fumo para calmar la ansiedad, tomo alcohol para evadirme de mis problemas y ni siquiera soy capaz de sentirme cómoda en mi propia piel. Siempre hay una especie de nubarrón oscuro que parece empañar incluso los momentos más felices de mi vida. Y me pregunto, ¿cómo puedo ser feliz si siempre estoy sumergida en este océano de desánimo? Siempre que algo pasa a mi alrededor, me siento responsable de todo, absorbo culpas y vergüenzas como si fuera una esponja, y en vez de aprender de las situaciones, termino dañándome aún más. ¿Y para qué? Para fumar y beber mis penas.
Pero entonces, hace poco me topé con un libro que llamó mi atención: "Already Enough" de Lisa Olivera. Y resulta que habla justo de todo esto, de aceptarnos, querernos y cuidarnos a nosotros mismos. Y yo pensé, ¿por qué no? Siento que es hora de emprender ese viaje hacia el autodescubrimiento, con la ayuda del libro, mi psicóloga y, lastimosamente, con mi propio esfuerzo.
Olivera explora un montón de cosas interesantes en su libro. Habla de cómo la curiosidad puede abrirnos nuevas perspectivas para cambiar el relato, la historia de nosotros mismos que siempre nos contamos y darnos la valentía de explorar nuestras emociones. También resalta la importancia de tratarnos con compasión, de perdonarnos a nosotros mismos y a los demás, y de rendirnos ante lo que no podemos controlar. Y, claro está, nos recuerda lo crucial que es actuar de acuerdo con nuestros valores y necesidades.
Así que aquí estoy, lista para cuestionar mi historia, dejar atrás ese papel damisela en apuros y acercándome más al espíritu de lucha de Erin Brockovich, por ejemplo. Voy a comenzar a practicar la autocompasión y el perdón, con un toque de determinación. Claro que tengo miedo y resistencia, pero sé que es un paso necesario si quiero dejar atrás esos patrones autodestructivos que arrastro desde hace tanto tiempo, esa historia que ya me aburrió.
Entonces, para este nuevo capítulo de mi vida, me sumergí en las palabras de Lisa y me compré un par de conjuntos deportivos para el gimnasio. Algo es algo, ¿no? Veremos qué me depara el camino, pero una cosa tengo clara: estoy decidida a aceptarme y quererme a mí misma, con todos mis defectos y virtudes. Ahora mismo me siento como en el punto más bajo, me identifico con una canción que dice: "It's okay to be not okay, it's just fine to be out of your mind" de Imagine Dragons. Y quién sabe, tal vez algún día pueda cambiar esa canción por algo un poco más optimista. De “Out of My Mind” a “Okay”. Parece un buen plan, ¿no?
Despierta, Alicena
Desde temprana edad, Alicena percibía su existencia como un rompecabezas desordenado, con piezas perdidas entre los huecos de su realidad. La sensación de observar el mundo desde un agujero la hacía sentir extrañamente distante, como si estuviera inmersa en un misterio que la mantenía alerta, ansiosa y temerosa.
Dedicó valioso tiempo de su vida a desentrañar este enigma. Aunque algunos la juzgaran como distraída o egoísta, su mente se sumergía en la búsqueda con fervor, como si estuviera desenterrando tesoros ocultos.
Una noche, mientras reflexionaba sobre esto y disfrutaba de la película "Coraline" con un chocolate, un zumbido inquietante la sacó de su ensoñación. Una libélula, tan hermosa y misteriosa como el mundo detrás de la puerta secreta de Coraline, había ingresado en su departamento. Fascinada por su belleza, Alicena le habló como si fuera su nueva mejor amiga, pidiéndole una señal de afecto, algo así como un beso en la mejilla. La libélula, tan inquieta como las emociones revueltas de Alicena, la condujo hacia la cocina.
Impulsada por la curiosidad, Alicena siguió a la libélula por las escaleras hasta un lugar sombrío e impenetrable en el edificio, un rincón donde nadie se adentra de noche. La libélula se posó en la puerta que servía como depósito y conducía a lugares cuyos destinos solo los administradores del consorcio conocían, los únicos que parecían tener el mapa de los recovecos. Desafiante, como un explorador adentrándose en los secretos de un jardín encantado, se introdujo en el misterioso interior. Alicena, con una mezcla de miedo y decisión, abrió la puerta.
Para su sorpresa, el pequeño lugar que imaginaba reveló un pasillo con muchas puertas, cada una con un símbolo, como un menú de opciones cósmicas. Impulsada por la curiosidad y el deseo de descubrir más que un trapo de cocina olvidado, Alicena buscó a la libélula detrás de cada puerta. La primera tenía dibujada una palita para jugar en la arena, como un guiño a la infancia. Dentro encontró a una niña pequeña. La niña parecía afligida y Alicena, conmovida, la abrazó y la invitó a unirse a la búsqueda de la libélula.
La siguiente puerta tenía la inscripción "Mars", como si estuviera en un juego de adivinanzas astrológicas o acertijos de significados. Al entrar, Alicena y la niña se encontraron con tres hombres con rostros ocultos por oscuras nebulosas. Alicena sintió una maldad palpable, recordando las heridas de sus relaciones pasadas, como cicatrices que nunca se borran. La niña, incómoda y tirando del pijama de Alicena como si fuera la única cuerda de seguridad en aquel extraño lugar, pidió marcharse. Juntas, emprendieron la búsqueda de otra puerta y de la libélula.
La tercera puerta, desprovista de inscripciones, abría paso a un misterioso rincón donde descubrieron a la libélula descansando en un pequeño brote de margaritas entre los mosaicos del piso. Era como si el propio suelo albergara un jardín secreto oculto por la arquitectura de aquel edificio. A pesar de las barreras del lenguaje, Alicena, la niña y la libélula compartieron un momento hermoso, lleno de risas y paz, como una sobremesa familiar que se extiende más de lo previsto. Sin entender del todo, Alicena sintió que había encontrado lo que buscaba. La noche transcurrió entre risas y buena compañía, como un capítulo mágico de su propia historia.
Al despertar, la película de Caroline en pausa, Alicena observó cómo los primeros rayos del sol se filtraban por la ventana, tiñendo la habitación y revelando la maceta de margaritas en la mesita de luz. Aquella escena deslizó su mente de vuelta al recuerdo del extraño jardín. Se preguntó qué fue aquello: ¿delirio, sueño? Alicena dudó de la realidad de su aventura nocturna, como si hubiera caído por el agujero de un sueño demasiado vívido y, como una detective en pijama, necesitaba verificar la realidad de esa experiencia enigmática.
Para sembrar aún más desconcierto, la puerta del edificio que condujo a los misteriosos pasillos había desaparecido, como un truco de magia que no pudo explicar. Revisó mentalmente los eventos de la noche anterior. No, definitivamente no había tomado esa noche. La confusión la invadió y al regresar a su departamento, se dejó caer al suelo de la cocina, un lugar que siempre le confería serenidad. Allí fue adonde la condujo la libélula por primera vez. En medio de la confusión, se quedó tiesa, mirando a su alrededor: ollas, sartenes y demás cachivaches de la cocina. Fue en ese momento cuando su vista chocó con dos figuras conocidas: la libélula tatuada en su pulgar y una fotografía de ella y su hermana cuando eran niñas que adornaba la puerta de la heladera. Mientras observaba este recordatorio visual, Alicena se dio cuenta de que la niña que estaba sentada junto a su hermana en la foto era, de hecho, la misma que la acompañó la noche anterior. ¿Cómo podía no haberse reconocido antes? Quizá solo fue un sueño, o tal vez no. Al reencontrarse con esa niña interior, al cuidarla con ternura, al seguir, a pesar de sus miedos, la danza etérea de la libélula, y al mirar de frente a esas sombras oscuras sin otorgarles entidad, Alicena comprendió que, de alguna manera, había rozado aquello que buscaba con tanta pasión. Como un hechizo sutil, el miedo y el desasosiego se desvanecieron, dejando espacio a una tarde de soledad disfrutada con serenidad. El viaje enigmático la llevó a armar su propio rompecabezas: despidió las sombras del pasado, desplegó sus alas de libertad y se abrazó con cariño y refugio interior. La libélula y la niña hallaron abrigo en la cálida compañía de Alicena, tejieron un lazo íntimo y conmovedor, donde las piezas de su existencia encajaron como notas armoniosas, componiendo una imagen plena de su cuento personal.
Reflexiones de una treintañera
Aquí estoy, con 30 años a mis espaldas y una sensación de desdicha que parece no abandonarme. ¿La causa? Los hombres, por supuesto. Hace apenas dos meses que corté con mi ex y desde entonces mi autoestima está por los suelos, mi ego parece haber sido pisoteado por un elefante y la humillación me sigue a todas partes como una sombra, gracias a mis experiencias desagradables con el sexo opuesto. Pensé ingenuamente que a esta altura de mi vida estaría más resuelta, pero parece que los idiotas siguen apareciendo para recordarme en qué aspectos aún debo trabajar. Es curioso cómo, a pesar de condenar el maltrato, el mal humor y la indiferencia masculina, sigo permitiéndoles entrar en mi vida y hasta los disculpo por sus acciones.
Mis reflexiones surgen de dos episodios recientes, ridículos y dolorosos:
En el primero, salí a divertirme y conocí a un chico que parecía cumplir con todos mis criterios de "amigo para la noche". Decidimos, entre brumas de alcohol, ir a su casa. Pero, ¡sorpresa!, en su casa olvida hasta mi nombre e ignoró olímpicamente todos mis límites. ¿Resultado? Me siento como como un trapo de piso al amanecer.
La situación dos no fue mucho mejor. Similar, pero con matices diferentes. Conocí a un chico que parecía ser justo lo que necesitaba: amable, sensible, comprensivo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que la bondad a veces es solo fachada. En nuestro segundo encuentro, ni siquiera trae ni un mísero forro. "Yo tengo", le digo. Se los paso. "No hagamos boludeces", le advierto. Pero en medio del calentón, ¡zas!, adentro va el amigo sin protección. Yo digo "no" y él dice "un ratito". ¿Otra vez? Mi pasividad me llevó a dejarlo pasar. Y, otra vez, terminé sintiéndome despojada de toda dignidad.
Y para rematar, descubro que el tipo tiene fama de casanova entre nuestras amistades. Resulta que este chico, según algunos rumores, no es precisamente un caballero. “¿Con quién me metí?” Me pregunto, mientras comparto esta preocupación con dos amigos en medio de la noche.
En fin, cuando retomamos la charla, después de unos días de ausencia de su parte (porque el susodicho desaparecía más que una brújula en el Triángulo de las Bermudas), decidí sacar el tema del forro. Al principio, admito que lo hice con un toque de hostilidad, porque entre esta situación y otras similares, ya tenía la olla a presión a punto de estallar. Pero la conversación dio un giro interesante: terminamos en un "bueno, fue una lección para ambos, amigo, porque aparentemente yo también necesito aprender sobre autocuidado y límites" (sí, una vez más, la misma pelotuda evitando incomodar). Y de paso, le solté la sopa sobre mi catarsis con los chicos, basada en esos rumores que circulaban. Quería ponerlo al tanto, ¿qué podía salir mal?
Pues resulta que sí, algo salió mal. Se enojó como una pava y comenzó a soltar veneno por la boca, acusándome de hacerme la víctima, de no tener por qué justificarme, de haber actuado mal... ¿En serio? Ahí es cuando esa agresividad pasiva te da una patada en el estómago. Entonces le propuse: "¿Te parece que lo hablemos cara a cara en mi casa?". ¿Su respuesta? Un rotundo no. Plot twist: ahí estaba yo, sintiéndome como un zapato usado, rogando por perdón, mientras él, pobrecito, se sentía ofendido y dolido. ¿No es la vida maravillosa?
En fin, ¿qué saco de todo esto? Bueno, por un lado, la ironía de que, a pesar de todo, seguimos disculpando a los hombres, como si fuera nuestra obligación. Si no les agradamos, ¡nos mandan a la hoguera! Y, lo peor de todo, es que me encuentro culpándome a mí misma. Parece que muestro más compasión hacia los hombres que hacia mí. Por otro, esto me llevó a confirmar que a los 30 aún no tengo mucho resuelto. Veo claramente cómo ambos episodios me llevaron a una dolorosa reflexión: a los 30 años, mi amor propio parece haberse extraviado en alguna de mis carteras, en alguna de esas noches, en alguna disculpa excesiva. Como ese bálsamo labial que nunca encontrás cuando más lo necesitas. Debe estar por ahí, enterradito, pero siento que está empezando a resurgir o a latir de nuevo.
Pero no más. Llegó el momento de cambiar el juego, de reescribir la narrativa. Sospecho que el problema no radica en el amor, sino en el miedo. Me aterra la idea de estar sola, de no ser suficiente, de ser ignorada o lastimada. Sin embargo, es hora de tomar las riendas de mi vida y comenzar a amarme lo suficiente como para no tolerar ningún comportamiento que me dañe. Es momento de transformarme en una mujer que se ama lo suficiente como para no dejarse pisotear por nadie.
Primer paso: reconocer la seriedad del problema. Segundo paso: llamar a Patricia, mi psicóloga de confianza. Ya vengo.