Cuando te empiezas a acostumbrar a sufrir todo el tiempo y llorar... Te das cuenta que no vale la pena vivir más
una chica sin razones
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Cuando te empiezas a acostumbrar a sufrir todo el tiempo y llorar... Te das cuenta que no vale la pena vivir más
una chica sin razones
Infancia no tan inocente.
01; Infancia no tan inocente.
Anna preparaba la cena con una delicada sonrisa en su rostro, su pequeña Emma cumplía cinco años hoy e iban a celebrarlo con todos los vecinos.
Michael, el padre de su hija, no estaba tan feliz como ella, a él aún le dolía que su familia no viniera a ver a su pequeña niña.
Si bien ya habían pasado casi seis años desde que la joven pareja huyera de la ciudad y se mudara a un pueblo tranquilo para poder criar a su hija sin problemas, todavía no entendía como sus padres podrían mantenerle tanto rencor a su hijo menor.
Él sabía que se había equivocado, que embarazar a su novia a los 19 años no era lo más inteligente que había hecho en su vida, pero tampoco creía que fuera una razón suficiente como para que sus padres actuaran como si ninguno de los tres existiera.
Los padres de Anna, por otro lado, si vendrían a festejar los cinco años de Emma, y aunque se sentía feliz por su novia, no podía evitar sentir celos.
—¡Michael! —la voz de su amada lo sacó de sus pensamientos, Michael levantó la vista de la televisión, a la cual no le estaba prestando ni la más mínima atención y la dirigió hacia Anna—. ¿Podrías ir a sacar el pastel del horno? Estoy algo ocupada decorando los muffins.
—Sí, mi amor —respondió mientras se levantaba del sillón para hacer lo que Anna le había pedido.
Al mismo tiempo, en la habitación que quedaba detrás de la segunda puerta a la derecha, una pequeña Emma se frotaba los ojos mientras intentaba despabilarse, emocionada por su cumpleaños miró la hora en el reloj de su mesa de luz, 8:00 am marcaban los números en rojo, nunca se despertaría tan temprano un sábado, pero la emoción le ganó.
Mientras se estiraba con un fuerte bostezo y prendía la lámpara que tenía al lado del reloj, escucho como la puerta se abría lentamente y por ella entraban sus padres, su madre tenía en sus manos una bandeja en la cual se encontraban tres muffins, y una taza de leche calentita para la pequeña.
—Que los cumplas feliz —comenzaron a cantar los dos mientras Emma se sentaba mejor en su cama con una sonrisa de oreja a oreja—. Que los cumplas feliz, pequeña Emma, te amamos muchísimo —su madre se sentó junta a ella en la cama y le dio un pequeño beso en la frente.
—Pide un deseo —le dijo Michael después de imitar la acción de Anna.
Emma, cautivada por el brillo y los diferentes colores que largaba la llama de la vela en uno de los muffins, se tomó su tiempo antes de soplarla para apagarla, sus padres pensando que estaba considerando bien su deseo, sonrieron, pero la niña no fue capaz de pensar en que desear, ya que su mente estaba muy distraída viendo como danzaba el fuego.
Ese es el primer recuerdo que tiene Emma en el que se quedara impresionada por la fuerza del fuego, en cada cumpleaños se quedaba unos minutos admirando como la vela se derretía por la calor.
El año pasó rápidamente y antes de darse cuenta se encontraba sentada en la mesa principal de su casa detrás del pastel de chocolate con seis velas mientras sus abuelos maternos, su tía con sus dos primos, y sus compañeritos de la primaria le cantaban el feliz cumpleaños.
Pero la primera vez que Emma pidió un deseo a las velas de su cumpleaños fue en el número siete. Deseó que su padre volviera a ser el mismo hombre amoroso que era hace unos años, que dejara de golpear a su madre y que su ropa dejara de tener ese olor tan repugnante.
La sonrisa de Emma se desvanecía a medida que pasaban los años, al igual que la de Anna, lo que empezó siendo una pequeña pero bonita familia viviendo en una cabaña, poco a poco se convirtió en el infierno mismo.
Pero había algo que Emma no comprendía, su maestra de catequesis les enseñó que el infierno era un lugar lleno de fuego donde ardías por la eternidad, pero ella en su hogar se sentía tan fría, que no entendía por qué su mamá uso esa palabra cuando describía su hogar a su amiga en el teléfono.
—Gracias, mi amor —respondió Anna con una triste sonrisa mientras tomaba el hielo de las manos de su hija de ya ocho años.
El ruido del portazo que Michael había dado antes de irse de la cabaña resonaba aún en los odios de Emma.
Su madre se levantó del suelo y se dirigió al freezer para sacar una paleta de helado de frutilla, le retiró el envoltorio y se arrodilló frente a su hija, ofreciéndole la paleta con la misma sonrisa triste que tenía antes.
—¿Por qué no vas a tu habitación a comerla? —preguntó, necesitando que su hija se fuera por un momento para poder derramarlas las lágrimas que amenazan con salir de sus ojos, de los cuales uno de ellos se volvía cada vez más oscuro debido al golpe proporcionado por el padre de su hija.
Emma asintió y abrió la puerta de su habitación, no quería dejar sola a su madre, lo único que quería era abrazar y largarse a llorar en sus brazos, mientras pedía a ese Dios del que tanto hablaba su maestra que la ayudara.
Pero Emma comenzaba a dudar cada vez más de si sus plegarias servían, ya que todo parecía empeorar cada día.
Mientras comía el helado de frutilla se arrodilló frente a la mesa de luz, abrió el cajón y sacó una caja de fósforos, junto con una de todas las velas de cumpleaños pasados que tenía guardadas.
Al mismo tiempo que controlaba su respiración e intentaba evitar que las lágrimas cayeran prendió la vela violeta de su octavo cumpleaños y dejó que la cera cayera en el piso para poder mantener la vela pegada allí.
Mientras comía el helado su mente divagó, y se preguntó si esto era algo que todos los niños de su edad hacían, una vez que el palito quedó vacío lo tiró en el cesto de al lado de su cama y sentada junto a la luz de la vela, se sentó con las piernas cruzadas dejando que lágrimas silenciosas cayeran por sus mejillas.
Quería ir corriendo a abrazar a su mamá, pero hacía tanto tiempo que no recibía un abrazo ella misma que ya no recordaba como demostrar cariño sin sentirse incómoda.
Mientras la vela se consumía, Emma dejó salir un suspiro cansado y se preparó para ir a dormir, mañana era jueves y no podía esperar a ir a la escuela y alejarse de su casa. Aunque algo le dolía al hacerlo, porque si bien ella escapaba por un par de horas, su madre no podía, ella se quedaba en la casa con su padre y Emma no quería ni imaginar lo que pasaba cuando ella no estaba.
Una vez que la vela por fin se terminó y la habitación se sumió en una total oscuridad, excepto por la luz roja que emanaban los números de su reloj, Emma entró en la cama ya con su pijama.
Casi no durmiendo de lo ansiosa que estaba para poder irse, fue capaz de escuchar como la puerta se habría cuando su reloj marcaba las 2:00 am y supuso que su padre había vuelto.
Temió por su madre quien compartía habitación con él y trató de dormirse recordando que el tiempo pasaría más rápido si estaba dormida, y con un potente dolor de cabeza, fue capaz de dormirse después de ver 2:45 en el reloj.
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Masterlist.
Intenta quererte, confía en ti mismo, nunca pienses que la única solución es el suicidio.
Hoje em dia tá tudo mais ou menos. Vida mais ou menos, amor mais ou menos, escola mais ou menos, amigos mais ou menos, e vontade de viver: zero