PRINCE´S WEDDING
En el centro de un valle montañoso se levantaba el Reino de Aurum, como el ojo vivo de una diosa altiva. El paisaje alrededor sólo podía describirse como un paraíso de relieves rocosos, escarchados por el mismo metal precioso que daba nombre a su tierra y que resplandecía bajo el sol amoroso durante casi todo el año, sin veranos violentos o inviernos destructivos. Un páramo de opulencia, una nación antigua amamantada por la riqueza de numerosas minas de oro, plata y gemas preciosas con las que los nativos comercializaban a buen precio.
Los hijos del hielo (nombre que recibían todos los nacidos en la tierra del oro) no escatimaban al dar valor a sus recursos, la humildad y la sumisión no tenían lugar en la estructura de sus conductas sociales, y por tanto, mostraban la gracia de su tierra con orgullo en cada pequeño detalle de esa existencia lujosa que se les estaba permitida.
Desde la arquitectura de sus edificios de marmol, elevados hacia el cielo en forma de cumbres cristalizadas, hasta las incrustaciones de piedras preciosas tejidas en sus trajes tradicionales, Aurum era, para todos los efectos, un espectáculo de sofisticada abundancia que no podía ser ignorado por los reinos vecinos, menos afortunados. La nación enfrentaba las invasiones recurrentes de las tropas enemigas con la inesperada resistencia de los metales nobles guardados en sus cuevas, porque su ejército era hábil y su rey un sabio monarca, y aún con todo esto, a costa de su orgullo (que no era poco) se cernía sobre ella una amenaza mucho más grande y más compleja contra la que no tenía facultad para pelear.
— Vinnia ¿No te parece absurdo? Que se me empuje hacia el altar como si fuera una doncella entrada en años, que se ha quedado sin encanto ni opciones. Yo ¡Un príncipe!
Una alianza consagrada, con frecuencia, suponía un estrategia de seguridad eficiente en tiempos crisis, una alianza consagrada con el Reino de Ignisia, por otra parte, se traducía en una victoria ganada antes de comenzar la batalla siquiera, nadie en sano juicio levantaba su espada contra Ignisia, la nación del fuego era más grande y más poderosa que cualquier otra en ese lado del mundo, y dominaba el elemento que daba vida a su tierra con una destreza que incitaba a la precaución entre los nobles más avariciosos.
La alianza entre Aurum e Ignisia sucedería más pronto que tarde, de la única forma en la que el rey de la nación de la ceniza había determinado aceptable, porque disponer de las armas que Ignisia fabricaba y de su ejército impenetrable era la única esperanza de la tierra del oro contra una lluvia de violencia y sangre.
— Jamás se le confundiría a usted con una doncella, Su Gracia. De la misma forma en la que jamás me escuchará referir su matrimonio con el príncipe heredero como un lazo absurdo.
Las manos de Vinnia se movían con paciencia entre los hilos gruesos del cabello de su príncipe, lavando y cepillando cada uno con afecto como lo había hecho desde el día de su nacimiento. El ritual de purificación por el que obligatoriamente tenía que pasar en su nueva condición como próximo príncipe consorte, recién terminaba, y tan pronto como el último cristal caliente abandonó su piel, se había apresurado a sumergirse en la bañera de cristal pulido que esperaba seductora en sus salas de descanso. Quería hundirse en el agua y dejar que el calor le abrazara, hundirse en la espuma perfumada hasta sacar todos los pensamientos ansiosos que hostigaban su mente.
Estaba condenado a vivir las vidas equivocadas de sus antepasados, nada podía hacer para evitar ese final fatídico. Ignisia le había tomado como suyo ya, dejarle permanecer en su palacio hasta el día de la boda era sólo un inesperado gesto amable del que no podía evitar sospechar.
— Y sin embargo lo es, Vinnia. ¿No es deber del príncipe heredero entregarse a las alianzas consagradas por su reino? ¿Por qué soy yo quien se casará mañana y no mi hermano? Yo no soy el príncipe heredero de Aurum.
Conocía la respuesta a esas preguntas, una respuesta de la que había disfrutado en una época que se antojaba muy lejana, sin embargo, no podía detenerse de exponer sus quejas a viva voz cuando se atropellaban unas a otras en la garganta. Se asfixiaba en angustia y las comisuras deprimidas de sus labios abultados evidenciaban lo que sus cejas juntas intentaban ocultar: unas terribles ganas de lanzarse al llanto infantil que de nada le había servido en épocas pasadas.
— El príncipe heredero no puede abandonar los deberes de su espada para mudarse a la nación de la ceniza. — dijo ella, como quien recita el fragmento de una canción de cuna ya memorizada, después de muchas noches sin sueño. — Además... El príncipe heredero, en toda su magnífica presencia, no es la joya en la corona de Aurum.
La mujer acarició con dos dedos el borde afilado del rostro tenso de su príncipe y una ola de maternal afecto invadió su pecho ante la suavidad que se le pegaba a los dedos húmedos como si intentase, a su manera, responder la caricia.
El Príncipe de la Unión, de la tierra de Aurum, había nacido con una belleza onírica que rozaba la injusticia, compartía la misma piel de cremoso marfil que destacaba en todos los hijos del hielo, impecable, tersa y cubierta de un brillo resplandeciente como si fuese intención de la diosa hacerlo parecer tan escarchado como las montañas de su reino. Tocarle era una experiencia majestuosa para los sentidos y aún entonces, no podía compararse con el placer de ser objeto de su mirada oscura.
Porque aunque la mayoría de los nacidos en el reino de los cristales reflejaban el oro y la plata de Aurum en el color de su cabello, y el brillo vivo de los rubíes, las esmeraldas o los zafiros en sus ojos, el Príncipe de la Unión había sido bendecido con los ojos de su diosa, un par de esferas de onice que, al igual que la piedra, adoptaban cualidades cambiantes según el ánimo de su corazón: densa oscuridad, gris traslúcido, dorado vibrante o blanco iridiscente.
Aun entonces, como si su mirada divina no fuese ya suficiente para robar un suspiro, hilos gruesos de suave cabello escurrían hasta sus hombros como alquitrán, una dupla perfecta de oscuridad que lo hacía inmune al reflejo lesivo de las montañas de cristales dispersas en cada centímetro de Aurum, y por la cual se rumoraba, tenía una capacidad especial para sanar el dolor.
— ¡Por favor, Vinnia! Lo sabes mejor que cualquier cortesano ¡mejor que cualquiera en este lado del mundo! El color de mi cabello tiene tan poca influencia en mis habilidades como la tiene el color de mis ojos.
El tiempo se deslizaba venenoso por sus huesos cansados y dolorosamente jóvenes. No tenía ninguna cualidad mística que le sirviera de refugio para aliviar su propio dolor, no era la encarnación de la diosa Aetheris en la tierra, como la gente exclamaba con tanta confianza ¿Qué haría el futuro Rey de Ignisia, si confiaba también en los rumores de su pueblo, al descubrir la decepcionante verdad? ¿Qué haría Ignisia en su conjunto? Todos propensos a la violencia, siempre sedientos de la sangre de cualquiera que considerasen un criminal ¿Tener sus ojos y no la magia de la curación que se les atribuía sería suficiente para que lo juzgasen como a un impostor?
— Estoy a una noche de convertirme en un cascarón vacío y frágil atrapado en el palacio de un hombre cruel, seré miserable como lo fue la Reina, con la única diferencia de mi evidente incapacidad para dar a luz a los hijos podridos del Señor de la guerra.
El agua lechosa de la bañera se agitó en sonoros chapoteos que levantaron nubes perfumadas cuando saltó fuera sin premeditación. No encontraba sosiego en los cariños de su nana, tampoco en las sales aromáticas con las que tallaba su cuerpo con esmero. En ese momento, expuesto en completa desnudez se sintió acorralado e iracundo en consecuencia, porque lo que antes había sido un ritual sagrado previo al descanso, era ahora una preparación meticulosa de aquello que habría de entregarse como un regalo envuelto para el príncipe heredero de Ignisia.
— Sólo puedo refugiarme en la certeza de que será necesario conseguirle una concubina, o un harem de ellas, si no es un desapasionado por los placeres de su pueblo. Refugiarme en la humillación, Vinnia ¿Lo has pensado? ¡Cómo si yo no fuera suficiente!
Le costaba visualizar el momento en el que uniría sus manos con las del príncipe heredero sin sentir nada más que un deseo urgente por alejarse en dirección contraria. Sin embargo, pensar en dormir bajo el mismo techo donde su esposo diera rienda suelta a sus deseos carnales con una, dos, o diez mujeres a la vez, hería su orgullo como nada hasta entonces lo había hecho. Era el Príncipe de la Unión, un deleite para la vista, diestro en sus habilidades, bendito para su gente (aún si se había ganado el título de la forma equivocada) ¿Qué osado incivilizado se alejaría de sus atenciones?
— No es un desapasionado, Su Alteza, ninguno de los hijos del fuego lo es, y si usted así lo permite, el príncipe heredero descubrirá muy pronto que intentar reemplazarle es un esfuerzo inútil por satisfacer cualquier necesidad.
Y aún cuando todavía se sentía intoxicado por la audacia no consumada de un hombre al que nunca había visto, no pudo resistirse a explorar la descuidada declaración de Vinnia, demasiado apresurada en su intento por serenarle como para notar lo jugosa que esa revelación podía resultar a sus oídos atentos.
— ¿Es así? ¿Qué sabes tú, dulce Vinnia, sobre las pasiones de los hijos del fuego? ¿No es necesario que lo sepa yo también? Ya caminaré a ciegas lo suficiente como para recibir sorpresas en esos términos también.
Exhaló una risita que descartó toda la seriedad del asunto, porque aún era joven, demasiado propenso al juego, y no podía evitar sentirse como el gato que atrapó al ratón al ver un adorable sonrojo dibujándose como quemaduras encantadoras en los pómulos altos de su cuidadora.
— Lo suficiente, Su Alteza. No es mi lugar instruirle en este asunto, temo incurrir en un error que resulte fatal. Sin embargo, puedo hacerle saber a Su Excelencia el rey que necesita conocer de primera mano las pasiones de los hijos del fuego antes de subir al altar.
Sabía reconocer un ataque pasivo cuando esté golpeaba su entrometida nariz con tanta frialdad. Su nueva posición como futuro principe consorte le negaba incluso las distracciones, y ante esto, se quejó en voz alta con un suspiro frustrado que habría podido confundirse con un sollozo, si se hubiese ignorado la determinación casi palpable de las palabras siguientes.
— Hazle saber Su Majestad el rey que necesito ver mi traje de boda está misma noche, y que el sastre se entere que su labor se extenderá hasta el amanecer si es preciso, hasta que haya creado una pieza de arte sin precedentes para vestir al príncipe consorte de Ignisia












