No puedo contener el aliento, cada palabra y cada respiración se transforma en una nube de vapor al contacto con el aire frío de la habitación. Han pasado meses desde la ultima vez que compartimos un mismo espacio, pero su presencia aun me roba la calma. No me queda energía para fingir que esta distancia a la que ha decidido someternos no me lastima. Arde, cada minuto de cada día, y ahora mismo, entre murmullos temblorosos y estertores que abruman mi cuerpo entero, no puedo recordar los motivos que me han mantenido lejos, respetuoso, estúpidamente dócil.
—Por favor, no me obligues a hacer esto… — no tengo más control de mis palabras del que puedo reunir sobre mis propias acciones, hundiéndome bajo el peso de mi cuerpo cansado, colapso en el suelo donde han caído también mis ganas de esconderme. He pasado las ultimas semanas intentando sobrevivir a la presión en el pecho que me hace imposible respirar, no puedo soportar un día más de mí mismo, atrapado en los rincones oscuros de la mente entre ciclos infinitos de soñarle en los brazos de un extraño, más feliz y más vivo de lo que jamás pude verlo conmigo.
Ahora mismo, sentado sobre mis piernas en la alfombra áspera bajo su escritorio, sé que podría morir si esos ojos me negaran su mirada de nuevo, aunque fuese por un segundo robado al tiempo que he forzado entre nosotros.
—No me pongas en esta posición. — siento mi cuerpo moverse hacia él, arrastrándose por encima de la alfombra marcada con la huella de sus zapatos al menos un centenar de veces, no puedo pensar en lo que todo eso implica cuando me pesa el corazón, casi muerto en el pecho.
En el centro de un valle montañoso se levantaba el Reino de Aurum, como el ojo vivo de una diosa altiva. El paisaje alrededor sólo podía describirse como un paraíso de relieves rocosos, escarchados por el mismo metal precioso que daba nombre a su tierra y que resplandecía bajo el sol amoroso durante casi todo el año, sin veranos violentos o inviernos destructivos. Un páramo de opulencia, una nación antigua amamantada por la riqueza de numerosas minas de oro, plata y gemas preciosas con las que los nativos comercializaban a buen precio.
Los hijos del hielo (nombre que recibían todos los nacidos en la tierra del oro) no escatimaban al dar valor a sus recursos, la humildad y la sumisión no tenían lugar en la estructura de sus conductas sociales, y por tanto, mostraban la gracia de su tierra con orgullo en cada pequeño detalle de esa existencia lujosa que se les estaba permitida.
Desde la arquitectura de sus edificios de marmol, elevados hacia el cielo en forma de cumbres cristalizadas, hasta las incrustaciones de piedras preciosas tejidas en sus trajes tradicionales, Aurum era, para todos los efectos, un espectáculo de sofisticada abundancia que no podía ser ignorado por los reinos vecinos, menos afortunados. La nación enfrentaba las invasiones recurrentes de las tropas enemigas con la inesperada resistencia de los metales nobles guardados en sus cuevas, porque su ejército era hábil y su rey un sabio monarca, y aún con todo esto, a costa de su orgullo (que no era poco) se cernía sobre ella una amenaza mucho más grande y más compleja contra la que no tenía facultad para pelear.
— Vinnia ¿No te parece absurdo? Que se me empuje hacia el altar como si fuera una doncella entrada en años, que se ha quedado sin encanto ni opciones. Yo ¡Un príncipe!
Una alianza consagrada, con frecuencia, suponía un estrategia de seguridad eficiente en tiempos crisis, una alianza consagrada con el Reino de Ignisia, por otra parte, se traducía en una victoria ganada antes de comenzar la batalla siquiera, nadie en sano juicio levantaba su espada contra Ignisia, la nación del fuego era más grande y más poderosa que cualquier otra en ese lado del mundo, y dominaba el elemento que daba vida a su tierra con una destreza que incitaba a la precaución entre los nobles más avariciosos.
La alianza entre Aurum e Ignisia sucedería más pronto que tarde, de la única forma en la que el rey de la nación de la ceniza había determinado aceptable, porque disponer de las armas que Ignisia fabricaba y de su ejército impenetrable era la única esperanza de la tierra del oro contra una lluvia de violencia y sangre.
— Jamás se le confundiría a usted con una doncella, Su Gracia. De la misma forma en la que jamás me escuchará referir su matrimonio con el príncipe heredero como un lazo absurdo.
Las manos de Vinnia se movían con paciencia entre los hilos gruesos del cabello de su príncipe, lavando y cepillando cada uno con afecto como lo había hecho desde el día de su nacimiento. El ritual de purificación por el que obligatoriamente tenía que pasar en su nueva condición como próximo príncipe consorte, recién terminaba, y tan pronto como el último cristal caliente abandonó su piel, se había apresurado a sumergirse en la bañera de cristal pulido que esperaba seductora en sus salas de descanso. Quería hundirse en el agua y dejar que el calor le abrazara, hundirse en la espuma perfumada hasta sacar todos los pensamientos ansiosos que hostigaban su mente.
Estaba condenado a vivir las vidas equivocadas de sus antepasados, nada podía hacer para evitar ese final fatídico. Ignisia le había tomado como suyo ya, dejarle permanecer en su palacio hasta el día de la boda era sólo un inesperado gesto amable del que no podía evitar sospechar.
— Y sin embargo lo es, Vinnia. ¿No es deber del príncipe heredero entregarse a las alianzas consagradas por su reino? ¿Por qué soy yo quien se casará mañana y no mi hermano? Yo no soy el príncipe heredero de Aurum.
Conocía la respuesta a esas preguntas, una respuesta de la que había disfrutado en una época que se antojaba muy lejana, sin embargo, no podía detenerse de exponer sus quejas a viva voz cuando se atropellaban unas a otras en la garganta. Se asfixiaba en angustia y las comisuras deprimidas de sus labios abultados evidenciaban lo que sus cejas juntas intentaban ocultar: unas terribles ganas de lanzarse al llanto infantil que de nada le había servido en épocas pasadas.
— El príncipe heredero no puede abandonar los deberes de su espada para mudarse a la nación de la ceniza. — dijo ella, como quien recita el fragmento de una canción de cuna ya memorizada, después de muchas noches sin sueño. — Además... El príncipe heredero, en toda su magnífica presencia, no es la joya en la corona de Aurum.
La mujer acarició con dos dedos el borde afilado del rostro tenso de su príncipe y una ola de maternal afecto invadió su pecho ante la suavidad que se le pegaba a los dedos húmedos como si intentase, a su manera, responder la caricia.
El Príncipe de la Unión, de la tierra de Aurum, había nacido con una belleza onírica que rozaba la injusticia, compartía la misma piel de cremoso marfil que destacaba en todos los hijos del hielo, impecable, tersa y cubierta de un brillo resplandeciente como si fuese intención de la diosa hacerlo parecer tan escarchado como las montañas de su reino. Tocarle era una experiencia majestuosa para los sentidos y aún entonces, no podía compararse con el placer de ser objeto de su mirada oscura.
Porque aunque la mayoría de los nacidos en el reino de los cristales reflejaban el oro y la plata de Aurum en el color de su cabello, y el brillo vivo de los rubíes, las esmeraldas o los zafiros en sus ojos, el Príncipe de la Unión había sido bendecido con los ojos de su diosa, un par de esferas de onice que, al igual que la piedra, adoptaban cualidades cambiantes según el ánimo de su corazón: densa oscuridad, gris traslúcido, dorado vibrante o blanco iridiscente.
Aun entonces, como si su mirada divina no fuese ya suficiente para robar un suspiro, hilos gruesos de suave cabello escurrían hasta sus hombros como alquitrán, una dupla perfecta de oscuridad que lo hacía inmune al reflejo lesivo de las montañas de cristales dispersas en cada centímetro de Aurum, y por la cual se rumoraba, tenía una capacidad especial para sanar el dolor.
— ¡Por favor, Vinnia! Lo sabes mejor que cualquier cortesano ¡mejor que cualquiera en este lado del mundo! El color de mi cabello tiene tan poca influencia en mis habilidades como la tiene el color de mis ojos.
El tiempo se deslizaba venenoso por sus huesos cansados y dolorosamente jóvenes. No tenía ninguna cualidad mística que le sirviera de refugio para aliviar su propio dolor, no era la encarnación de la diosa Aetheris en la tierra, como la gente exclamaba con tanta confianza ¿Qué haría el futuro Rey de Ignisia, si confiaba también en los rumores de su pueblo, al descubrir la decepcionante verdad? ¿Qué haría Ignisia en su conjunto? Todos propensos a la violencia, siempre sedientos de la sangre de cualquiera que considerasen un criminal ¿Tener sus ojos y no la magia de la curación que se les atribuía sería suficiente para que lo juzgasen como a un impostor?
— Estoy a una noche de convertirme en un cascarón vacío y frágil atrapado en el palacio de un hombre cruel, seré miserable como lo fue la Reina, con la única diferencia de mi evidente incapacidad para dar a luz a los hijos podridos del Señor de la guerra.
El agua lechosa de la bañera se agitó en sonoros chapoteos que levantaron nubes perfumadas cuando saltó fuera sin premeditación. No encontraba sosiego en los cariños de su nana, tampoco en las sales aromáticas con las que tallaba su cuerpo con esmero. En ese momento, expuesto en completa desnudez se sintió acorralado e iracundo en consecuencia, porque lo que antes había sido un ritual sagrado previo al descanso, era ahora una preparación meticulosa de aquello que habría de entregarse como un regalo envuelto para el príncipe heredero de Ignisia.
— Sólo puedo refugiarme en la certeza de que será necesario conseguirle una concubina, o un harem de ellas, si no es un desapasionado por los placeres de su pueblo. Refugiarme en la humillación, Vinnia ¿Lo has pensado? ¡Cómo si yo no fuera suficiente!
Le costaba visualizar el momento en el que uniría sus manos con las del príncipe heredero sin sentir nada más que un deseo urgente por alejarse en dirección contraria. Sin embargo, pensar en dormir bajo el mismo techo donde su esposo diera rienda suelta a sus deseos carnales con una, dos, o diez mujeres a la vez, hería su orgullo como nada hasta entonces lo había hecho. Era el Príncipe de la Unión, un deleite para la vista, diestro en sus habilidades, bendito para su gente (aún si se había ganado el título de la forma equivocada) ¿Qué osado incivilizado se alejaría de sus atenciones?
— No es un desapasionado, Su Alteza, ninguno de los hijos del fuego lo es, y si usted así lo permite, el príncipe heredero descubrirá muy pronto que intentar reemplazarle es un esfuerzo inútil por satisfacer cualquier necesidad.
Y aún cuando todavía se sentía intoxicado por la audacia no consumada de un hombre al que nunca había visto, no pudo resistirse a explorar la descuidada declaración de Vinnia, demasiado apresurada en su intento por serenarle como para notar lo jugosa que esa revelación podía resultar a sus oídos atentos.
— ¿Es así? ¿Qué sabes tú, dulce Vinnia, sobre las pasiones de los hijos del fuego? ¿No es necesario que lo sepa yo también? Ya caminaré a ciegas lo suficiente como para recibir sorpresas en esos términos también.
Exhaló una risita que descartó toda la seriedad del asunto, porque aún era joven, demasiado propenso al juego, y no podía evitar sentirse como el gato que atrapó al ratón al ver un adorable sonrojo dibujándose como quemaduras encantadoras en los pómulos altos de su cuidadora.
— Lo suficiente, Su Alteza. No es mi lugar instruirle en este asunto, temo incurrir en un error que resulte fatal. Sin embargo, puedo hacerle saber a Su Excelencia el rey que necesita conocer de primera mano las pasiones de los hijos del fuego antes de subir al altar.
Sabía reconocer un ataque pasivo cuando esté golpeaba su entrometida nariz con tanta frialdad. Su nueva posición como futuro principe consorte le negaba incluso las distracciones, y ante esto, se quejó en voz alta con un suspiro frustrado que habría podido confundirse con un sollozo, si se hubiese ignorado la determinación casi palpable de las palabras siguientes.
— Hazle saber Su Majestad el rey que necesito ver mi traje de boda está misma noche, y que el sastre se entere que su labor se extenderá hasta el amanecer si es preciso, hasta que haya creado una pieza de arte sin precedentes para vestir al príncipe consorte de Ignisia
#HEIR ; Cuarto heredero del lucrativo grupo funerario que alimenta la economía de la familia Kai desde mucho antes de su nacimiento.
#STUDENT ; Estudiante de la “Facultad de Medicina y Ciencias Biomédicas de Ravenswood” en la isla de Manhattan.
#UNKNOWN ; Una línea japonesa en su árbol familiar lo une al continente asiático, sin embargo, habiendo nacido y crecido en América, no posee ningún rasgo cultural del linaje en su genética.
Un trago más y mi cuerpo se sobrecalienta con euforia y azúcar, puedo sacrificar el adormecimiento de los dedos cuando toda la extensión de piel restante se siente tan receptiva al contacto como nunca. La oscuridad me asusta por las noches, cuando ruedo en mi cama y los insectos se deslizan entre mis huesos, pero en lugares como este, me rodea con cariño entre brillos rojos y azules.
No es común que el desespero me agobie cuando me he esforzado tanto en crear esta atmosfera ideal. Estimulado por las margaritas, los besos robados, los roces indiscretos e intencionados, no tengo que preocuparme por las amenazas de la memoria. Sólo en el silencio la nada me persigue, corre detrás de mis pasos, ignorando al tiempo, y salta sobre mi espalda, si me encuentra distraído, para llevarme de nuevo con ella.
En el pasado sólo hizo falta un destello de curiosidad, un movimiento atrevido, una excursión fugaz en el jardín antes del almuerzo, un grito ruidoso o un mal tiro del balón que trágicamente acabaría estampado en la ventana del cuarto de servicio. Sin importar cual fuera la gravedad del delito, su penitencia no variaba: la mano fría de mi padre enredándose en un hombro frágil y llevándome hasta el suelo alfombrado del cuarto de castigo con una vehemencia controlada que, de alguna forma, se sentía más violenta que los golpes o las palabras.
Suelo blanco, paredes blancas y cielo que igualaba el tono exacto para coronar una nada infinita, sin sonidos, sin olor, sin agua o alimento hasta que el tiempo eterno me diera piedad. Cuando las horas se alargaban, cuando los minutos se deslizaban alrededor como caracoles perezosos, la desesperación convertida en bestia explotaba en mi pecho y me poseía desde dentro como un autentico demonio.
Recortaban mis uñas a consciencia, aferrándose al conocimiento perverso de que las usarían sin contemplaciones si tuviese oportunidad, pero la severidad de su malicia encontró en mis dientes un límite, uno que exploté hasta saborear la sangre y los tejidos de mi propia piel, hasta pintar el suelo y las paredes con trazos de bellísimo rojo que desaparecieron dolorosamente entre el final de un castigo y el comienzo de otro.
La nada nació en el cuarto de castigo, pero salió conmigo cuando mi mente vulnerable terminó de absorberla, se esconde en el silencio, se disfraza de paciencia y acompaña a la templanza cuando el mundo se apaga, espera el momento en el que pueda alimentarse de mi una vez más, hasta dejarme vacío.
Los destellos de su problema, los primeros signos de una lesión intangible que a partir de entonces conduciría su vida en momentos oscuros, detonaron como granadas durante sus días como escolar, ahora lejanos. Era un alumno de impresionante agudeza, diestro al hablar, de imaginación creativa, energía inagotable y hábil entendimiento. Nunca tuvo un círculo social íntimo, la naturaleza de su espíritu le movía en la dirección del viento, entre estos y aquellos, entre sus compañeros de grado y los que le superaban por un año o dos, encontraba comodidad en los contrastes; su mente sedienta lo absorbía todo alrededor y sin saberlo, convirtió la práctica en hábito antes de llegar a la primera década de su vida.
Estaba acostumbrado a la gente, a sus personalidades particulares, a las especiales, las quisquillosas, las sencillas y también las densas; no necesitaba comulgar con todas ellas para regalar sus sonrisas, no se interesaba en la compatibilidad, siempre que se le permitiera permanecer lo suficientemente cerca para intentar entender. Ciertamente, en ese tiempo, el razonamiento se asemejaba a un lago caótico del cual surgía una idea desde las profundidades en condiciones y frecuencia variable. Mas tarde entendería que, la afición por desentrañar los misterios del medio externo nacía desde el extraño vacío producido por el desconocimiento de la esencia propia, de la mente que le manejaba y del cuerpo que le conectaba a esa tierra maravillosa.
El incidente catártico, de cualquier forma, tendría lugar unas pocas semanas antes del comienzo del verano. Cursaba el quinto grado, y el nuevo año había traído consigo cambios complejos a los que, contrario a todo lo antes vivido, no podía adaptarse, aún después de meses de arduo esfuerzo. Una mujer, que alegaba ser su madre, había entrado en su casa un día para desatar el infierno al exigir visitas frecuentes y un novedoso concepto que agresivamente refería como “tiempo de calidad”, lo que sea que eso fuera. Después de los primeros seis años, no recordaba estar interesado en nada relacionado a su madre, no después de hostigar a sus hermanos con preguntas que su padre se negaba a responder.
“No es importante, Suoh, ella no existe aquí, así que deja de preocuparte por las cosas que no puedes ver” había dicho Rohan una mañana cargada de insistencia, bebía su café con el mismo control y presencia impecable que solía ver en todos los demás miembros de su familia y al ser objeto de su mirada, esa mirada oscuro que pesaba sobre la conciencia de una forma casi mística, su cerebro infantil absorbió el mensaje en el sentido más literal posible.
Ahora, sin embargo, ella esperaba en casa, empeñada en inquietarlos a todos hasta que se le permitiera llevarse al último de sus hijos, y él sencillamente no sabía cómo manejar el impacto. Los abrazos le asfixiaban, los besos le provocaban retortijones desagradables en el estómago y su perfume, demasiado dulce, le erizaba la piel con la misma alarmante incomodidad con la que lo hacían los cuentos oscuros que Roma le leía para molestar.
La necesidad primitiva de recibir los cuidados de su madre sobrevivía en el fondo de la psique, pero encontraba dificultades al intentar superar diez años de absoluta desconexión, diez años de ausencia en los que se había formado como un individuo ajeno al concepto de la ternura y el control del comportamiento relativo a la expectativa femenina.
Sus calificaciones, sin embargo, aún alcanzaban la categoría sobresaliente sin esfuerzo adicional, y su entusiasmo, dentro y fuera del aula, era tan prospero como siempre. Él era un pequeño maestro en el arte de encasillar emociones, y por esto, jamás habría visto venir la violencia con la que una de ellas atravesaría los murales de retención, a mitad de un día común.
Un desagradable encuentro en las escaleras casi le había hecho caer, recordaba los rizos rojos de Lucas y sus mejillas, tan ruborizadas que parecían alcanzar el límite de la gama de violetas. La clase de gimnasia recién terminaba y Lucas, que era un torbellino de energía desordenada, había intentado bajar el tramo de escaleras que llevaba al primer piso antes de tomar la siguiente respiración de sus pulmones. En un desafortunado giro de los eventos, su cuerpo sólido colisionó con las dimensiones agiles del pequeño Suoh que bajaba peldaño por peldaño con el cuidado propio de largos años de escuchar a su padre reñirle en casa.
—¡Muévete más rápido si no quieres que te golpeen! —la risa de Lucas llegó a él mientras intentaba recuperar el equilibrio al aferrarse al barandal, y el sonido agudo le pareció aún más ofensivo que el dolor punzante en su pie herido.
Horas más tarde, Lucas había recibido una reprimenda por la profesora de guardia en los pasillos, pero el regaño no parecía haber despertado ninguna conciencia en el diabólico niño, su pie aún dolía y Lucas aún le miraba como si hubiese ganado una mención honorífica sólo por casi hacerle caer por las escaleras.
La llamada de atención tendría que haber sido suficiente para aplacar el intenso rechazo que le generaba el revoltoso pelirrojo, pero cuando la oportunidad se presentó ante él, semanas después durante la misma clase de gimnasia que lo había comenzado todo, sabía que no existiría jamás cantidad de palabras que pudiese menguar las brasas aún vivas de su rabia.
En una carrera de relevos, aceleró el trote de sus piernas cerca del final de la segunda vuelta, sabía que la curva obedecía a la gravedad, y la aceleración innecesaria irremediablemente habría de empujar su cuerpo directo contra Lucas, un Lucas despistado, que esperaba por la vara de esponja con la mano estirada hacia él, tan ansioso por alardear como lo había estado ese día en las escaleras. Dos metros se redujeron a centímetros, y se obligó a cambiar la máscara de determinación por su mejor versión de angustia en el momento justo en el que barría el suelo. Resbaló bajo el peso de su cuerpo, y arrastró consigo los pies inestables del niño que, desesperado por ganar, no había tenido oportunidad de prevenir o escapar del impacto.
Lo que sucedió después cruzó su mente en un borrón, estaba tan perdido en la euforia contenida que sólo pudo ocultarla al abrazar su fuerza de voluntad reforzada por años de práctica. No podía registrar ningún detalle del entorno cuando el mundo se movía ante él como un concepto ajeno: Lucas encogido en el suelo, Lucas envuelto en lágrimas y gritos gracias a lo que parecía ser una fractura simple en el tobillo derecho, los paramédicos llevándolo fuera del gimnasio y la mirada compasiva de su entrenadora apareciendo después para asegurarle que aquello no era más que un accidente desafortunado sobre el cual, evidentemente, no tenía ninguna responsabilidad real.
Cerró ese día con una caja de jugo de manzana que la enfermera puso en sus manos al interpretar su catatonia como el comienzo de un potencial ataque de pánico. La satisfacción era casi abrumadora, y sólo podía forzarse a mantenerse quieto para evitar expresar lo mucho que disfrutaba recordar el sonido maravilloso del tobillo de Lucas al colapsar, la forma en la que lloraba, lo patético que parecía sobre el suelo sucio con su propia saliva, lo mucho que ya atesoraba el recuerdo de su mirada encendida por el dolor y la certeza de haber encontrado sus límites.
Déjame amarte desde los límites de la ignorancia, la tuya, porque de ti no hay nada que no haya aprendido ya. Déjame amarte desde la sombra de la decencia, donde me cobije la distancia y no puedas ver la aspereza en todos mis bordes desgastados. Déjame amarte un poco más antes de que comience la mañana y me desnude la realidad, tan absurda y compleja como es.
Estoy sobre mis rodillas porque no encuentro mejor ángulo para admirar todo esto que eres. Estas tan distraído por la forma en la que el mundo te mira que jamás dejarás resbalar una sola gota de tu atención sobre mí. No hay pena que me ralentice, ni desanimo que me ahogue, una vida de inconformidad me ha hecho amar la indiferencia.
Por mis impulsos primarios soy un devoto obligado de las manos que no me tocan, de los labios que nunca me encuentran, de tus ojos que todo lo ven y aún así me esquivan. Déjame amarte desde el sufrimiento callado de mi penitencia, déjame amarte hasta partirme el alma para hacer crecer una nueva, una que ya no te busque, una alma nueva que escape de ti.
Evocar recuerdos suponía una hazaña para la que no tenía facultad en ese momento. En términos sencillos, todo cuanto la mente pudiese imaginar le era difícil, desde mantener el ritmo constante de su respiración hasta endurecer la espalda y ponerse en pie.
“¿Qué fue lo que pasó?” la voz de Renzo se hizo eco en el baño, pero atravesó sus pensamientos con ligereza. ¿Cómo podría explicarlo? Incluso si hubiese encontrado las palabras ¿Cómo podría dar luz a un hecho que para él mismo era aún tan oscuro?
—Estaba ahí, y no había nadie más…— en la línea de sus pensamientos, que tendía a ser revoltosa y enredada en un buen día, no existía tal cosa como el inicio, el clímax o el desenlace de una historia, cualquiera que ésta fuera. Ciertamente había aprendido a comunicarse de la forma más lógica posible en favor de las demandas sociales, pero tan útil como era eso, también lo era la capacidad impresionante que su hermano tenía para llenar todos los espacios vacíos de sus incoherencias.
La agudeza de sus ojos nunca le abandonó y supo entonces que, como en otras ocasiones, aunque una estrella cayera en medio de los dos, la atención de Renzo seguiría puesta en él, siempre diligente, siempre buscando escarbar en su mente.
—Pensé que era él, pensé que podía construirlo a él sólo por un momento…tenía su tamaño, creí que sería suficiente.
Pero no lo había sido, tal como había ocurrido tantas veces en el pasado (más de las que habría podido permitirse sin el soporte seguro de Renzo) el esbozo de las dimensiones de ese nuevo ser que ahora residía entre los pensamientos de Suoh no era suficiente para darle vida, sacarlo de su mente y traerlo a la realidad.
—No tenía su piel, no tenía su cabello, creí que si cerraba los ojos lo sentiría conmigo, pero ese impostor seguía diciendo tantas palabras estú/pidas… — Y Suoh, que nunca lloraba, sucumbió al cansancio y a la pena cuando la primera lagrima gruesa estalló el dique que habitualmente dominaba sin esfuerzo.
Muchas más siguieron a la primera, una cascada de lagrimas saladas que convirtieron su rostro, tan adecuado a las sonrisas, en un mapa de angustia; que transformaron sus ojos en lagunas de tristeza y su voz en un susurro resquebrajado por el dolor.
—Estaba enojado, así que usé el cuchillo cuando empujo mis piernas en su cintura, pero después me cansé... me cansé muchísimo. — el cuchillo, el mismo cuchillo de caza que Renzo le obligaba a llevar siempre escondido en las botas, el pantalón o la espalda. Una hoja de 27 centímetros, cinco milímetros de grosor, no más común que un cuchillo de cocina simple pero definitivamente menos escandaloso que las armas de fuego a las que Suoh repelía por encontrarlas demasiado ruidosas, demasiado molestas.
Renzo capturó el estremecimiento de su cuerpo encogido en el agua sucia, el asco que relampagueó en su mirada sólo por un segundo y de nuevo el vacío, tan cercano a la inconsciencia como sólo la mente activa de Suoh podía permitir.
Por supuesto que estaba enojado, había apu/ñala/do al proclamado “impostor” en quince ocasiones y aún entonces el gusano inmortal se aferraba a la vida en ese preciso momento, sanando en Santa Mónica bajo la discreción estricta que Renzo podía y habría de controlar.
Pero entonces, siendo el espectador único de la agonía que azoraba el alma vulnerable del más pequeño de sus hermanos ¿Cómo podría recriminarle por no haber concluido el trabajo? ¿Cómo podía hacer uso de la crueldad, que no tenía reparos en volcar sobre otros, para forzarle a hablar más, recordar más, llorar más? ¿Cómo podría culparle a él?
Mientras envolvía su cuerpo en una toalla limpia y suave, mientras empujaba la pajilla entre sus labios para obligarle a beber un sorbo más de azúcar, entendió que la equivocación no estaba en Suoh, no en sus manos limpias que ahora temblaban y se estrujaban con desesperación. El error era del farsante herido, total y exclusivo, por acercarse a su hermano en una mala noche, por tocarle, por susurrarle mentiras que evidentemente habrían de llevarlo a la locura, por no ser el hombre que Suoh buscaba y aún así pretender que podía tomar los derechos legítimos de ese anónimo sagrado sin consecuencias.
Hay sangre en la habitación, en la cama, en la alfombra y en el espejo iluminado del tocador. Hay tanta sangre en las paredes que escurre hasta el suelo desde donde regresa al cuerpo sin nombre, que reposa sobre una pequeño charco de fluidos. Las cortinas se balancean delicadas, empujadas por la brisa marina, pero el aire salado fluyendo dentro no es suficiente para opacar el olor a hierro y sudor.
— Supongo que se te ha escapado un poco de las manos ¿No? — La naturaleza de su carácter, escasas veces le permite tomar algo con seriedad, razón por la cual sus visitas a Miami siempre terminan de la misma forma, en algún resort con vistas al mar, haciendo lo que mejor sabe hacer.
Al acercarse un poco a la zona sucia (atento a las puntas lustradas de sus zapatos) reconoce el rostro del jovencito desafortunado que ahora ha dejado de existir. Se recuerda a sí mismo entablando una conversación fugaz con él, esa misma mañana, cuando se detuvo en la cafetería 24 horas que el hotel ofrece como parte de su servicio. En aquel momento parecía menos insípido, con la piel tostada por el sol del verano, y una mirada ligeramente drogada en sus ojos verdes, no había esperado que fuese el indicado, pero tampoco siente ninguna clase de pena particular por ese hecho.
—Se asume que estaremos en la cena de blanco dentro de media hora…—Dijo, observando brevemente el reloj de 18 quilates que abraza su muñeca, tan suave y delicado como la marca prometía. —Así que tienes exactamente treinta minutos para hacer algo con esa mirada vacía en tu rostro y verte más como un ser humano.
El hombre de la mirada vacía, en cuestión, es su hermano mayor, Renzo Kai, con quien tiempo atrás estableció un trato sencillo que cumplía con diligencia cada pocas semanas. Ningún niño criado bajo el régimen de su padre podría jamás llegar a la adultez sin lesiones significativas en la mente y el carácter; el rígido y responsable Renzo no era ninguna excepción, a sus cuarenta años mantiene pasatiempos cuestionables para los que Suoh, tan distraído e inocente como parece, sirve como la coartada perfecta, una cortina de humo encantadora de la que nadie desconfía después de un par de sonrisas y algunos pestañeos atontados.
Se sienta en el sofá más lejano a la pequeña carnicería, y se obliga a ser paciente mientras observa la figura imponente de su hermano caminar hacia el tocador. La forma en la que su rostro parece tan distinto siempre que una escena concluye, aún me parece impresionante. En ese momento, no existe nada del hombre severo que ladra ordenes en cada oración, el Renzo imperturbable que le ha visto crecer desaparece, para dar paso a un vacío infinito, oscuro, gélido, y ansioso por ser llenado con la retorcida pasión que solo puede obtenerse del sufrimiento ajeno más profundo.
— Yo llamaré para comenzar la limpieza esta vez, solo…date prisa, quiero cenar pronto. —No le escucha decir una sola palabra en respuesta, pero sabe que pocas veces se toma la molestia de hablar cuando la nada le envuelve. Renzo aún no está listo para volver a ser el patriarca en turno de la familia Kai, es evidente, y él mismo está dispuesto a darle unos minutos más, a pesar de sus propias exigencias.
Más allá del tiempo, la cena atrasada o los pequeños pecados acumulándose en el armario, existe un afecto sincero que enreda sus brazos alrededor de la admiración natural que siente por el mayor de sus hermanos, darle tiempo de recuperación después de una noche intensa de juegos es uno más de los muchos pequeños gestos de ternura en los que siempre termina envuelto.
El día que Sora se dió cuenta de que estaba en camino a dar a luz al cuarto hijo de Ren Kai, lloró a mares, lloró hasta tejer con lágrimas un vestido de amargura sobre su propio cuerpo, y continúo llorando cuando dejaron al niño en sus brazos, diminuto, angustiado y absolutamente vulnerable.
— Necesita comer, señora. Ayúdelo a comer, es importante. — la enfermera parecía más preocupada por el bulto que se agitaba contra su pecho, que la propia madre quién yacía catatónica y aún presa de los estertores del llanto más desesperanzado antes vivido.
Nunca estuvo lista para ser madre. Era hermosa de la cabeza a los pies, con una sonrisa hipnótica y ojos que no habían conocido un solo "no" como respuesta, jamás. Un rostro como el suyo, una mente como la suya, no debería nunca someterse al proceso corrosivo que la maternidad suponía para ella. Sin embargo, como a menudo suele ocurrir, después de entregar su corazón al hombre equivocado, una serie de malas y apresuradas decisiones la llevaron a convertirse en una cámara de gestación que, como elemento complementario, tenía la cualidad de verse resplandeciente cada día, sin importar el momento.
Intentó enseñarse a amarlos, intentó, con cada gramo de esfuerzo contenido en su cuerpo, amar el carácter desafiante de Renzo, su primogénito; intento convencerse de que la llegada de los gemelos, solo dos años más tarde, ablandaría el corazón de su esposo y le haría ver finalmente que ella era una buena mujer, fértil, hermosa, digna de ser amada. Pero Roma y Roan, como si hubiesen sido condicionados por alguna fuerza divina para sacarla de sus fantasías absurdas, no eran más que un retrato fiel de su padre. Iguales entre sí hasta hacerlo parecer antinatural, iguales a su padre y a su hermano mayor, desde la piel, el cabello, y los ojos vacíos que cada día ponían sobre ella una nueva condena.
Los niños exigían, lloraban, y usaban la agresividad como un arma que apuntaban hacia el ejército de nanas que hacía falta para mantenerles bajo vigilancia. Sora nunca pudo reunir una gota de afecto en nombre de ninguno de ellos, por el contrario, el desapego crecía un día a la vez, a la par de sus hijos. Año tras año, Ren se apoderó más y más de ellos, alejándolos de una madre a la que no consideraba capaz, y tampoco digna, de liderar el cuidado de su progenie.
Había dado a luz a tres bestias, extraídas directamente de la semilla de Satanás, y traer a una más, por cuarta vez, le destrozó el alma magullada tras años y años de culpabilidad. No podía contener su angustia, y las lágrimas cubrieron su rostro por semanas enteras en absoluta desolación. Se había entregado por última vez al único hombre al que era capaz de amar, y él la había usado de nuevo, porque así lo quiso, porque podía hacerlo, porque dominarla nunca fue un problema para él y pensar en ella jamás se le había cruzado por la mente. La hizo comer de su mano una vez más, 20 años después de haberle dado sus últimos herederos, la hizo traicionar las promesas que se había hecho a sí misma al dejarles y destruir la nueva vida que, con esfuerzo, había construido por y para ella.
No necesitó más que una sola noche para hacerle ver qué jamás sería libre de él, el mundo no vería jamás un día en el que Ren no hiciese su voluntad, y ella había sido una soñadora ingenua al pensar que podía ir en contra de ese orden natural.
Suoh nació con la sonrisa hipnótica de su madre, la misma nariz fina y aristocrática, los mismos ojos vivos que tampoco conocerían nunca un no por respuesta. La misma energía carismática que ella había tenido una vez (en la época antigua donde su encanto inocente había conseguido llamar la atención de un demonio viejo). Pero aunque las similitudes estaban ahí desde los primeros días, a la vista de todos; ella sólo veía en el niño una huella más del hombre que le había arrebatado su dignidad, su juventud, sus ganas de experimentar una vida distinta a esa condena a la que seguía volviendo.
Ella se fue, tres meses después del parto, y no le buscó de nuevo hasta bien entrada la pubertad, por culpa o curiosidad, no hay forma de saberlo. El día de su partida no hubo llanto, no hubo quejas y tampoco despedidas, el recién nacido dormía pacíficamente en su guardería, al cuidado de dos nanas que le mecían, le alimentaban y le aseaban por turnos.
Sora escapaba de casa, maleta en mano, pero el pequeño Suoh no tenía ánimo ni capacidad para sentirse resentido por eso, no entonces, no durante los años que transcurrieron después, no podía extrañar lo que jamás había tenido, y estaba claro que su alma aventurera no había sido hecha para el sufrimiento. Al cuidado de su padre, y de sus tres hermanos adultos, no había cosa en el mundo que no pudiese ser alcanzada para él y eso era todo lo que necesitaba.