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Hola Dalia!
El año pasado publiqué algunas experiencias bastante duras de acoso y abusos que me ocurrieron en el pasado, y me ayudaste mucho a soltar lastre. Mis experiencias no eran las más duras, pero para mí fueron algo traumáticas (especialmente una), y estaban pasando factura en mi vida personal. Tengo que comentarte que a día de hoy, tras unos meses en terapia, he conseguido pasar página. Mi vida con mi actual pareja ya no se ve afectada por ello. Y tengo que darte las gracias, porque de no ser por aquel "desahogo", no sé si me hubiera dado cuenta de la raíz de mi problema, ni sé por cuánto tiempo hubiera seguido acarreando una situación muy frustrante sin necesidad de ello. He estado pensando mucho sobre si debería o no enviártelo, pues puede que no encaje exactamente con el espíritu de #noestáissolas. Me he decidido a hacerlo a raíz de la experiencia que publicó un chico por vía de tu blog hace unos días, relatando el maltrato al que se vio sometido por una exnovia. La verdad es que me temblaban las manos al escribir todo esto. Es algo tan personal para mí y una época tan dura de mi vida que, cada vez que miro atrás, me dan escalofríos. Te la escribo porque ojalá pueda servir de ayuda a otras personas que estén viviendo todo esto. En definitiva, que sepan que no están sol@s. En todo caso, dejo a tu total arbitrio el publicarlo o no :) A lo largo de mi vida, como cualquier persona, me he rodeado de personas maravillosas pero también de otras con las que más de una vez desearía nunca haberme cruzado. He vivido dos relaciones abusivas. En una de ellas el abuso provenía de una mujer y en la otra de un hombre. Es la primera vez que cuento tan abiertamente todo esto, y lo hago con la esperanza de que a alguien pueda servirle de algo. Considero que del mismo modo que estamos dejando de normalizar los comportamientos sexistas, debemos dejar de hacerlo con las relaciones abusivas. La primera de ellas fue una chica. Yo tenía 13 años. Acababa de salir del cascarón: nunca había salido por la noche, nunca había besado a nadie, no hacía nada más allá de salir con mis compañeras de colegio al cine los sábados por la tarde y los domingos con mis padres. Conocí a esta chica a través de una amiga en común, conocida de ella, y rápidamente entablamos contacto. No nos veíamos, pues íbamos a colegios diferentes y salíamos con grupos diferentes, pero hablábamos por teléfono todos los días y a todas las horas. Ella me maravillaba con sus historias: tenía mi misma edad, y sin embargo, salía con chicos y no tenía hora de vuelta a casa. Salía por la noche, bebía, fumaba. Ahora me leo y pienso "¡qué estúpida!", pero con 13 años yo tenía ganas de crecer muy rápido, y esta chica me tendió la mano para hacerlo. Comencé a engañar a mis padres, diciéndoles que iba a dormir a su casa, y en realidad nos pegábamos hasta las tantas por ahí bebiendo sin parar y haciendo cosas de mayores. Es muy triste. Era la persona más manipuladora que he podido conocer en mi vida, y todavía estoy convencida de que si existe la maldad, está en ella. La primera vez que besé a un chico, me dijo que si no me acostaba con él se iba a cansar de mí y me iba a dejar. A mí me daba mucha vergüenza, no estaba preparada. Tras varias semanas persuadiéndome, lo hice. Llegó un momento en que vi que mi vida corría paralela a la de mis compañeras de colegio: ellas seguían yendo al cine, a dar una vuelta hasta las 8 de la tarde. Y le comenté a mi amiga que puede que la tontería se me estuviera yendo de madre. Se inventó (lo descubrí años más tarde) que estas compañeras de colegio me insultaban a mis espaldas y se metían conmigo. Me convenció de que eran personas que no merecían la pena. Que sólo me quería ella, me decía. Yo la creía. Así que corté los lazos con estas chicas para dedicarme a ella. En un primer momento, ella sólo quería una compañera de juergas a la que manipular. Si íbamos a una fiesta y ella tomaba drogas, yo tenía que tomarlas porque si no, no la quería. Lo cuento y parece de lo más absurdo. Pero lo hacía de tal forma, tenía una manera de hacerse la víctima, de hacerme ver que las dos estábamos solas en el mundo y que ella sólo quería lo mejor para mí, que acababa convenciéndome casi siempre. Ella tenía un problema de alimentación. Me recordaba lo gorda que estaba, que tenía que adelgazar como hacía ella. Que no iba a encontrar pareja nunca si seguía siendo tan gorda. Acabé teniendo problemas realmente serios. Si me negaba a hacer algo, me dejaba de hablar durante semanas y yo lo pasaba muy mal: había dejado de lado a mis amigas, no tenía con quien salir. Y la soledad con 13 o 14 años no se lleva muy bien. Al cabo de un tiempo, ella siempre volvía. Con mil historias que contar, y mil experimentos que hacer conmigo. Nunca he sabido por qué tenía ese afán de manipularme tanto. Me chantajeaba para que me acostara con otras personas con el fin de que ella pudiera acercarse "al amigo de". Me convenció de que el resto del mundo era malo y que no había nada que ella no pudiera ofrecerme. Acabó por completo con mi autoestima. Mi vida se reducía a ella. Y un día, me besó. Por aquel entonces no tenía clara mi sexualidad, y no me planteaba nada con ella. Me lo tomé como un juego, pero para ella parece que no lo era. Mis padres notaban que algo raro ocurría. Investigaron (conversaciones de MSN, SMS...) y se destapó el pastel. Imaginad el disgusto para una madre. Intentaron por todos los medios alejarme de ella. No lo consiguieron.
Con 16 años, conocí a un chico. Era un conocido de la chica anterior. Por supuesto, en cuanto le comenté que tenía intención de estar con él, intentó disuadirme con chantajes de todo tipo. Me dijo que él sólo me quería para un polvo, que iba a renunciar a ella por un polvo, y que luego volvería llorando. Por otro lado, mi nuevo novio, otro gran manipulador, me persuadía para que comenzara con él. Y eso hice. Y ella dejó de hablarme. Comencé con este chico. Los primeros meses fueron estupendos: me cuidaba, me decía que me quería mucho, me llevaba de viaje... Era un chico mayor que yo, y yo estaba sola tras perder mi "único apoyo". Noté que iba recuperando la confianza en mi y mejoraba mi autoestima. Luego las cosas empezaron a torcerse. El lunes era el novio más maravilloso del mundo, pero el martes me menospreciaba y me dejaba por los suelos. Me ponía los cuernos, me pedía perdón y llorábamos juntos. Me mentía hasta al contarme lo que había comido al mediodía. Se reía de mí con su grupo de amigos (de esto me enteré más tarde), y contaba historias muy personales sobre mí entre risas. Pero me quería mucho, y sin mí se moriría. Me obligaba a tener sexo todos los días del año (todos). Si no me apetecía, me chantajeaba con dejarme o con ponerme los cuernos de nuevo. Mi familia comenzó a alertarse, y mis padres intentaron alejarme de él. Él me convenció de que tenía unos padres absorbentes que no me dejaban ser yo misma, que era mayorcita, que les plantase cara. Esos años fueron una batalla campal en mi casa. Llegué a mudarme con él con la intención de alejarme de mis padres. Él también tomaba drogas y me incitaba a ello (recordemos que yo era menor de edad, él no). No me tenía ningún tipo de respeto, se dirigía a mí con desprecio. Me hacía sentir culpable por todo lo que él hacía mal en la relación y en su vida. Volví a casa de mis padres. Comencé a escucharlos, pero yo seguía muy enganchada. Un día, me dijo que no podía vivir sin mí y que siempre estaría conmigo. Dos días más tarde me dejó. No volvió a contestarme a más llamadas, desapareció de mi vida por completo. Me tomé una sobredosis de tranquilizantes y estuve en coma dos días. Estuve a punto de morir. Mi madre lo llamó, se lo contó, él se desentendió. Y cuando desperté de ese coma, desperté siendo otra persona. Parece metafórico, pero es real. Me di cuenta de muchas cosas. Me di cuenta de lo estúpida que había sido, de lo mucho y lo bonito que me quedaba por vivir y que por poco me arrebato. Al pie de la cama estaban mis padres. Siempre habían estado ahí. Y nunca tendré palabras suficientes para agradecerles lo que hicieron ni para pedirles perdón por todo el daño que les hice. Y, por supuesto, tampoco las tendré para las increíbles amigas que intentaron millones de veces sacarme de ahí sin yo darme cuenta, porque dentro de mi burbuja me veía completamente sola en el mundo. Ese año tras la ruptura recuerdo que fue muy duro. Estuve en terapia bastantes años (secuelas de todo tipo, las más graves derivadas de la ingesta de alcohol y drogas a edad tan temprana). Y ahora, hoy por hoy, soy tan feliz que ni siquiera puedo arrepentirme de todo lo que pasé porque sin ello no sería lo que soy ahora. Tengo una pareja genial y unos amigos estupendos, la relación con mi familia va viento en popa, terminé mi carrera y me dedico a algo que me apasiona. Cuando miro atrás, no me reconozco a mí misma. Es como si recordase una película que hace tiempo que no veo, o si me imaginase la vida de otra persona. No soy yo. El mensaje que quiero daros a todos y a todas que estéis viviendo una situación similar, es que tenéis dos opciones: seguir en el pozo o levantaros. Elegid cuando queráis. Yo tuve que tocar fondo, tuve que jugarme la vida; no seáis tan insensatos como yo. Os aseguro que se puede salir, que la felicidad existe y está al otro lado. Pero hace falta fuerza, mucha fuerza, como en cualquier cosa que merece la pena en esta vida. A los que habéis pasado por situaciones parecidas y todavía no os habéis recuperado: buscad ayuda para hacerlo. Buscad un buen especialista, y no os conforméis con cualquiera. Yo recorrí tres consultas hasta encontrar a la persona que me ayudó a recuperarme. A los que tengáis amigos o familiares que puedan estar pasando por esto: no desistáis. Seguid ahí. Que sepan que no están solos.
Me repito y os sigo animando a todas (y todos) a que me mandéis historias de experiencias que hayáis vivido en la que os habéis sentido indefensas, agredidas o abusadas, sean del tipo que sean. Da igual si pensáis que no son “tan graves” como lo que habéis leído por aquí, porque todo tiene cabida y la idea es visibilizar cosas que a priori no consideramos importante. Eso incluye lo que nos parece cotidiano. Un abrazo a todos.
¡Hola! Me ha impactado muchísimo tu post y leer lo que te ha pasado, y me gustaría ponerlo en contraste con mi experiencia personal, que no es tan fuerte, pero me ha recordado a la tuya en ese sentido de: «Era mi mejor amigo, yo estaba borracha y luego intentaba negarme lo que había pasado y hacerme dudar de mis propios recuerdos». Yo tenía un mejor amigo allá por la adolescencia. En Navidad me quedé soltera por primera vez desde que nos conocíamos, yo salía con un amigo en común, y un día nos emborrachamos en mi casa. MUCHO. Mientras estábamos charlando, se me ocurrió darle un beso (uno, un beso, un pico). Al instante, literalmente, me encontré con las tetas fuera y sus dedos en mi coño mientras me susurraba cómo lo iba a desvirgar allí mismo. Recuerdo que iba tan absolutamente borracha que no pude hacer nada en absoluto y, de hecho, tuvo que llevarme en brazos escaleras arriba porque ni siquiera podía caminar. Todavía hoy estoy convencida de que no llegó a más porque estaba en casa, con mis padres, y dormían al lado. Él durmió conmigo. Al día siguiente, le tuve que decir que se había ilusionado, que yo en realidad no quería nada con él (porque él se había montado la película de que íbamos a salir juntos y, de hecho, nada de lo que hizo le pareció raro). Se sintió muy decepcionado. Nos distanciamos un poco, porque yo recordaba la inmediatez de besarle y que me metiera los dedos hasta el alma sin que mediara ningún otro acto de por medio.
Al cabo del tiempo, vino a Madrid (ambos somos de un pueblo de Málaga) para mirar instrumentos y se quedó en mi casa. Salimos de noche, a mí aquel incidente ya se me había medio olvidado. Por la noche no paraba de repetirme que era maravillosa. De vuelta a casa, no sé por qué, él no se fiaba de que supiera llegar a mi propia casa cuando yo llevaba ya años viviendo en Madrid y él apenas había estado dos veces, así que me paré a preguntarle a un tipo cualquiera por la calle que si íbamos en la dirección correcta, a pesar de que sabía que sí. Ni corto ni perezoso, el tipo me comió la boca por la cara. En aquella época yo tenía pareja y me rallé porque no quería que hubiera pasado aquello. Como vio que me rallé, su forma de consolarme fue comerme la boca él también. Me cabreé, llegamos a casa, él tenía su cuarto aparte, yo me metí en la cama, y él vino al cuarto y se metió en la cama conmigo. Inmediatamente me levanté y me fui al cuarto donde dormía él, cerré la puerta y llamé a mi novio. Al día siguiente me dijo que me lo había inventado todo. TODO.
Tuvimos otro incidente parecido y la dinámica siempre era la misma: yo me acababa peleándome con él, dejándole de hablar, olvidándome de ello al cabo de un año (no vivíamos en la misma ciudad, como ya he dicho) y cuando le veía de nuevo vuelta a empezar. El tema es que un tiempo después, en un muy mal momento vital (había dejado a mi chico del que seguía perdidísimamente enamorada porque llevábamos a distancia muchos años y había empezado a salir con otro chico que también me gustaba muchísimo y todo había sido mierda y destrucción y horribles decisiones por mi parte), me lo encontré mientras estaba de vuelta de vacaciones de verano, tomándome una copa con mis hermanos. Se me debió de notar en la cara que no andaba muy fina, por lo que me dijo que si quería hablar y fuimos a la playa, yo copa en mano porque la acababa de empezar. La primera, y menos mal que lo era. Nada más dejar el vaso en la arena, se me tiró encima, me agarró por las muñecas y empezó a besarme. Yo le aparté la cara con mucha calma y le pedí varias veces que parara. Y ¿sabes lo que me dijo? “Si no quieres que haga esto, hazme daño”. Le estuve pegando hasta que quitó: le pateé, le di con el puño, le mordí. Y me miró TAN desconcertado. Si llego a estar más borracha, no lo habría conseguido y me hubiera violado ahí mismo, con mis hermanos a 300 metros. Me llevó a hablar a su local de ensayo, subterráneo, claustrofóbico y oscuro, y allí se puso a gritarme que en realidad tenía que dejarme de gilipolleces y salir con él, que para algo llevaba enamorado de mí toda la vida. Recuerdo que estas cosas solo pasaban cuando estaba borracha, impedida, vulnerable. Dejé de hablarle después de aquello porque no me gusta estar alrededor de gente que me violaría si pudiera cada vez que pudiera asegurarse de que no le iba a plantar cara. Todavía hoy no se explica por qué dejé tener trato con él y encima la loca del coño soy yo. Pues eso, que tú tampoco estoy sola. Que estas cosas no deberían pasar y cuando pasan no deberíamos tener miedo de gritarlas. Fuerza.
— @artikostas.
No sé empezar por el principio, así que perdón por el desorden. Antes de nada debería aclarar que soy un hombre transexual, y mis experiencias habría que dividirlas un poco según la sociedad me percibía como niña o como chaval. Hace muchos años que me siento fatal porque en 1º de la ESO un compañero de esos típico gamberro-chulito se pasó medio recreo forcejeando con la que consideraba mi mejor amiga por aquel entonces para tocarle las tetas (cosa que consiguió) y no hice absolutamente nada más que quedarme paralizado. Y hace muchos años que quiero pedirle perdón, pero me puede la vergüenza.Con 15 años empecé a salir con mi primera novia. No había salido del armario como transexual, solo como lesbiana. Un día que habíamos discutido me bajé al parque después de comer para despejarme un poco (el ambiente en casa, feo por cuestiones que escribiré más adelante). Me senté con mi pinta de "marimacho" (en el colegio oía más eso que mi propio nombre desde los 9 años), más plano que una tabla de planchar, en un banco cerca de la zona infantil a las 4 de la tarde a pleno sol veraniego. Se me acercó un chaval, recuerdo que me preguntó que si tenía novio, le dije que sí para que no me apaleara por bollera (aunque pensé que si le decía que tenía novia igual me hubiese dejado en paz más rápido), siguió con que dónde estaba, etc, etc. Intenté deshacerme de él y al salir del parque me di cuenta de que me estaba siguiendo desde la acera de enfrente, y yo pensando "Joder, no puedo ir a casa, no puede saber dónde vivo", así que me puse a dar esquinazos hasta que le perdí de vista. Estuve más de una hora dando vueltas por recovecos del barrio hasta que pude volver a mi portal sin compañía. Hasta los 22 años no se lo conté a nadie, creo que porque intentaba borrar esa sensación de mi memoria.Unos meses después, embutido en abrigo unisex, a paso acelerado a eso de las 10 de la noche iba de camino a hacer una "pintada romántica" (una soberana chorrada teenage dream), cuando un par de cuarentones empiezan a soltarme "piropos", preguntarme obscenidades y, cómo no, a seguirme un par de manzanas. Vuelta a la técnica del esquinazo. A partir de entonces empecé a llevar navaja.Con 19 años, cambio hormonal en marcha y pinta de chavalín de 14, esperaba el bus que me llevara a mi urbanización (pasaba uno cada hora y media) a eso de las 3 y pico de la tarde. Un viejo que parecía también esperar algún bus entabló conversación, sobre el tiempo, creo. Intuí que estaba aburrido y solo, así que respondí y sonreí. No sé de qué manera terminó sugiriendo que quería acostarse conmigo, y yo allí clavado porque no podía ponerme a dar vueltas y perder el bus. Supongo que también alucinando un poco. Estas cosas las lees y dices "qué mal está la gente". Pero no sientes el miedo, la indefensión. Y la mayoría de los tíos no saben que para todas las tías esa sensación es una constante. Cada vez que la calle queda en silencio, que escuchas un arrastrar, que se apaga una farola, que te mira un tío desde la acera de enfrente, que te piden fuego. Lo siguiente ya no es una "anécdota". Son 4 años de mi vida. Es una relación abusiva. Y son posteriores años de asumirlo e identificarlo.Esto no se lo he contado a nadie como lo escribo aquí. Sí, la gente cercana conoce algunas historias, pero no LO saben. Por vergüenza, por culpa, por borrar. Tiemblo todo, oigo la lluvia y lloraría otra vez. Me dormí llorando todas las noches durante 4 años, los 4 años que estuve con mi primera novia. Me ha costado lo indescriptible estar con una segunda. Quiero aclarar, para los poco entendidos, que esta relación es la consecuencia del modelo de amor romántico machista que impera en esta sociedad, en el cine, en la calle, en los cuentos para niños, en tus canciones favoritas y que, por desgracia, suele ser la primera idea que tienen los adolescentes sobre las relaciones de pareja. Y cuesta arrancarla.Cuando me declaré, me dijo que no, que ella no era lesbiana. Al mes vino a decirme que sí que quería salir conmigo. Yo siempre había sido una persona poco social, no salía por ahí con amigos, no era demasiado cariñoso, todo me daba mucha vergüenza y me sentía bastante nuevo en todo. Me consideraba poco manipulable, era inmune al tabaco, alcohol y demás drogas menos legales o a hacer tonterías por presión social. Vueltas que da la vida. Ella era el "Si no haces esto, es que no me quieres" con patas. Me hacía sentir mal, me hacía sentir culpable, sospecho que le gustaba, y se le daba fenomenal. Mi primer beso fue con ella, y me presionó para que se lo diese (porque no podía venir ella, claro, yo era el que llevaba el papel tradicional masculino). Mi primera experiencia sexual fue con ella. Uno de los peores episodios de mi vida. Estábamos en su casa del pueblo, un fin de semana que habíamos ido con sus padres y su hermano pequeño. Una de las noches, cuando ya estaban todos dormidos, se metió en mi cama y empezó a preguntarme si había visto alguna postura por internet. Le dije que sí, pero que parecían todas muy incómodas, y procuraba no mirarle a los ojos. Recuerdo que mencionó algo sobre hacer las tijeras y que yo me di la vuelta para ver si entendía que quería dormir, y recuerdo pensar que yo todavía era un crío y sentir miedo. Empezó a besarme y se fue poniendo poco a poco más encima de mí. En esa cama no podía apenas moverme, era un colchón viejo que se hundía y quedabas bloqueado por los lados, y todo cubierto por mil mantas enormes de las que siempre hay en los pueblos en los que hace verdadero frío y no existe calefacción. Recuerdo una especie de escalofrío extraño por todo el cuerpo, y desear que terminase todo y desaparecer de allí. Cuando se quedó a gusto, simplemente se volvió a su cama. No sabía decirle que no. No sabía que podía decir "no". Las veces siguientes no fueron mejores, ni más deseadas por mi parte. Pero aprendí a disimular mejor, porque si intuía que no quería tener sexo con ella, se enfadaba. Se enfadaba mucho. Tenía que ser yo quien la dijese de vernos (roles, again), y como no estaba acostumbrado a salir, siempre me llevaba broncas. Siempre discutíamos, siempre me gritaba. Le gustaba discutir, y no lo digo yo, lo decía ella. Y se quejaba de que yo no lo hiciera (con los demás, claro, no con ella. Con ella asentía y agachaba la cabeza, y así debía ser). Yo tenía que hablar menos con mis amigos, y plantarles cara cuando me hacían dudar algo sobre ella (ella había tenido alguna especia de disputa en el instituto con otra compañera, y creo que soy el único que nunca se enteró bien de lo que pasó, porque no me lo quiso contar ni quiso que nadie se metiera). Tenía que discutir con mi madre, porque según ella no aceptaba mi homosexualidad (a quien no soportaba era a ella, por razones obvias. Después de 20 años de maltrato psicológico, supongo que sabes reconocer un manipulador cuando lo ves). Hizo que cortara todas mis amistades. Hizo que mintiera constantemente a mi familia, constantemente, y que les repudiase, y que me alejase. Hizo que me quedara solo, que no tuviera nada en el mundo más que a ella. Y me dejó, según ella, porque discutíamos mucho. Años después me enteré de que fue por otro. Se ve que ese no se dejaba manipular, y me pidió volver al cabo de un mes (por supuesto, acepté). Nuestra relación consistía en una rutina como la que sigue. Ella y su madre (de la que debió aprender casi todo) me animaron a pintar unas camisetas para ponérnoslas en la cabalgata del orgullo gay. La noche antes habíamos cenado kebab, y debía de estar en mal estado porque el día del orgullo me tuve que volver a casa a medio camino. Ella no se creyó que estuviese malo "de repente", y me amenazó con quizá dejarme si no la veía ese día. Horas después, cuando pude volver a andar varios metros seguidos, me fui hasta la capital, cabalgata finalizada, solo para que no se enfadara (claro que aun así se enfadó). Esa noche, los demás también se pusieron malos. Nadie me pidió disculpas, ni esa vez, ni nunca. En otra ocasión, una tarde que habíamos quedado, mientras iba camino a su casa me encontré un pajarito caído del nido. Desde que era pequeño, muchos veranos había críado a esos bichitos, porque los adoraba y porque era incapaz de dejarlos a su suerte/muerte agónica y solitaria. Obviamente, lo recogí, lo llevé a casa y preparé mis inventos. Cuando la llamé se enfadó muchísimo porque le preguntase si podía venir ella. Y si no nos veíamos, quizá no nos volviésemos a ver. Así que abandoné al pajarito con un nudo en el corazón, sabiendo que lo más probable era que se muriese de hambre o sed en mi cocina, y fui a verla para ser regañado. Le encantaba castigarme. Supongo que era otra forma de ejercer control. Y yo siempre lo sufría hasta el tuétano por haberle fallado. Un día, en alguna web de estas de votar fotos me hice "pasar" por un chico (recordemos que a mí me habían convencido de que era una chica). No sé por qué, solo lo hice. Y hablaba, como chico, con chicas que me hablaban. Era increíblemente liberador. Fue poco después que me di cuenta de lo que pasaba. Mi psicóloga de años más tarde me dijo que la mayoría de las personas transexuales recurren a cosas del estilo para poder desarrollar su identidad, sin saber que es eso lo que están haciendo. Me ayudó a sentirme algo menos culpable (pero sois libres de juzgarme cuanto queráis, yo lo hago). Cuando mi pareja se enteró de lo que había hecho (porque me espió todas las conversaciones del ordenador un día que vino a mi casa), me dejó, y al mes quiso volver conmigo, exigiéndome (y accediendo yo, claro) previamente que le diese todas mis claves, que le enseñase mi móvil todos los días y que no volviese a tocar un ordenador ni a hablar con otras chicas si no estaba ella presente. No le dije que también me gustaban los chicos. Cuando le dije que era transexual, me convenció de que mi madre no lo aceptaría, y me fui de casa con 16 años para acabar viviendo con mi padre, prácticamente un desconocido que debería haber seguido siéndolo. Hice muchísimas cosas que sabía que no quería hacer, le daba la razón y me intentaba convencer a mí mismo de cosas que me decía ella y en las que yo sabía que yo no estaba de acuerdo. Me anulaba a todos los niveles. Era suyo. El relato de Marina el domingo en Salvados me ha ayudado a ver muchas cosas que todavía no había identificado (y han pasado 4 años desde que terminó la relación). Tenía que cumplir los roles y estereotipos masculinos tradicionales, vestir como a ella le gustaban los chicos, y si no, se desacreditaba mi identidad: "¿Pero estás segura de que lo eres? Porque si no encajas bien con estas cosas...". Un año después de cortar, empezó a hablarme por el MSN que se te abría en la web del correo de hotmail y me pidió una foto para verme después de la hormonación, porque era "nuestro proyecto". Yo me quedé alucinado. ¿Yo, un proyecto? Yo soy una persona, mío y de nadie más. Pero ahora lo entiendo. Ella me estaba construyendo a su gusto. Es macabro. Y esta chica a día de hoy es psicóloga, por cierto. Lo siento por sus pacientes. En realidad, siento miedo por sus pacientes (pienso que debería hacer algo, pero no sé o no me atrevo a pensar cómo). Cuando terminé el bachillerato, me convenció de que lo mejor sería ponerme a trabajar, porque si entraba a la universidad sin haber empezado el tratamiento sería muy raro, así que lo aplacé por un año (en el que trabajaba y le ayudaba con su carrera). Después me convenció de que, si lo que me gustaba era la biología y la fisioterapia, lo mejor era elegir enfermería, que tenía algo que ver y tenía muchas salidas profesionales, y le hice caso sin si quiera darle vueltas, como se había vuelto natural. Pero de todo se sale. Ese verano, su familia y ella se fueron una semana de vacaciones, yo no porque debía ahorrar para pagar la matrícula. Y por primera vez solo, en mi compañía y en la de mis vecinos, me di cuenta de lo bien que me sentía sin ella. Es absolutamente cierto lo que dice Marina. Cuando termina, dejas de ser su marioneta, pero no tienes ni idea de quién eres, y cuesta mucho hacerse a uno mismo. Dejé la carrera a mitad, empecé otra, y con 23 años, mucho trabajo, mucho dinero invertido y mucho esfuerzo, mi máximo título sigue siendo el bachiller. Pero he tenido suerte, he restablecido y reforzado mis relaciones familiares (aunque nos hayamos perdido tantas cosas), tengo unos amigos verdaderamente maravillosos y me voy encaminando poco a poco a donde quiero llegar.Siento que me dejo muchas cosas por contar, pero llevo tres días con esto y tengo que darle un final. Sé que no se trata realmente de una historia de violencia de género, pero sí es una historia de violencia, y creo que, igual que yo descubrí que lo era gracias a los testimonios de otras personas, contarla puede ayudar a otras a darse cuenta de lo que han vivido o de la situación en la que están. La violencia no tiene por qué ser necesariamente una hostia. Violencia es que te vigile. Que te diga lo que tienes que hacer. Lo que puedes y lo que no. Con quién. Que te desprecie. Que te haga sentir mierda.Y no os engañéis, es el machismo el que propicia este tipo de relaciones posesivas, abusivas, de dominación. Es el machismo el que establece los roles. Es el machismo el que justifica y ensalza los celos. Es el machismo el que dice "para siempre". Da lo mismo que venga de parte de un hombre o de una mujer. Da igual si es una relación heterosexual o no. ES EL MACHISMO. El machismo mata, mata de mil maneras, mata mujeres, hombres y niños, mata la sociedad, nos mata a todos. Como colofón, me gustaría añadir que por haber sido percibido y educado como mujer y posteriormente vivido como hombre, he pasado del ninguneo y el desprecio al privilegio, he palpado y sentido en la carne al rojo y en mis entrañas las abismales diferencias sociales y estructurales entre ambos sexos, y creo que, la mayoría, por mucho que veáis, leáis o habléis, y con perdón, no os hacéis puta idea.
He visto mi historia reflejada en tantos detalles de tantas historias de tantos chicos y chicas diferentes...
Te entiendo a la perfección, por desgracia es un lugar común para demasiada gente (como decía un buen amigo, en estos casos “demasiado” significa más de 0).
Bueno, yo también quería pasar a agradecerte la iniciativa. Justo unos días antes de que ocurriera todo esto estuve hablando con mi chico de un cosa que me ocurrió con 14 años (y que pensaba que no me había afectado para nada) y casi no pude terminar. Lo dejé preocupadísimo, y mira que a mí me había parecido una chorrada hasta ahora. También me di cuente de que era la primera vez que lo contaba. Así que sí, todo esto que estáis haciendo es más que necesario. Ánimo y fuerza y muchas gracias :_)
Algunas reflexiones sobre #No estáis solas
Quizá escribir esto sea repetirme, pero quisiera sacar en claro un par de ideas de todo ésto que mi blog está teniendo el placer de alojar.
Empezar por felicitaros a todos: bravo por todos los que habéis colaborado y vuestra valentía, independientemente de si lo habéis hecho desde el anonimato o no.
Bravo por quienes han pasado por relaciones de maltrato por parte de parejas, por quienes han sufrido abusos por parte de seres queridos y han tenido el valor de volver a afrontar algo así, ayudando con ello a muchas otras personas en esa misma situación a saber que, efectivamente, no están solos.
Bravo por quienes han hecho memoria y han rescatado sucesos que hemos aprendido a ver como irrelevantes, como poco importantes y como “tonterías”. No lo son. Duelen mucho. No deberían ocurrir nunca. A nadie.
Seguir por expresar lo mucho que me ha horrorizado ver varias cosas que se repiten. “Nunca se lo he contado a nadie”, “lo conté y se rieron de mí / le restaron importancia”, “había olvidado que yo también tengo experiencias así”, “no sabía si contarlo por miedo a que parezca una tontería”, “hasta ahora no lo he visto como algo grave”.
Ver que prácticamente siempre nos hemos culpado por sufrir algo así.
Ver que aún no me ha llegado ningún testimonio donde el verdadero culpable no haya salido impune. Me revuelve las entrañas.
Acabar por agradecer y disculparme a partes iguales.
Agradecer una vez más la valentía y el coraje de quien ha mandado su aporte y la comprensión y la empatía de quien ha mandado su apoyo.
Disculparme porque es muy duro hacerle frente a cosas así. Yo también llevo tres días llorando como una magdalena, apretando los puños cuando leo según qué cosas y deseando con todas mis fuerzas que los autores estén aunque sea solo un poquito mejor.
Nadie está solo, por fortuna. Aunque parezca mentira. Nosotras, que tenemos que pasar por cosas así sistemática y obligatoriamente y desde que somos menores, no estamos solas. Sí, sí es para tanto. Sí es importante. No, no es nuestra culpa. Vosotros, que incluso podéis sentiros más solos porque vuestros casos suelen ser minoritarios, no estáis solos. No sois “menos hombres” por haber sufrido algo así. Es igual de grave que hayáis tenido que vivir eso.
Estas cosas devuelven la esperanza. No os conozco a todos, pero estoy muy orgullosa de vosotros.
Ya está bien de callar. Nadie está solo.