TASK 01 ─── MELODÍA BUCHANAN ᴜɴ ᴀʟᴍᴀ ʟᴇᴀʟ ᴇꜱ ᴜɴ ᴘᴇꜱᴏ ʏ ᴜɴ ᴘʀɪᴠɪʟᴇɢɪᴏ.
post original.
No es la primera vez que debe enfrentarse a ella, eso está claro. De alguna manera, lo ha hecho desde que la conoció, pero es muy difícil decir que ha salido victoriosa en alguna ocasión. Con Melodía nunca se sabe, o al contrario, se conoce que siempre gana. Sabe que será una de las primeras en pisar la oficina, o al menos eso le ha dicho, existen claras ventajas y desventajas : si alguien más la incluía en su relato sin que ella lo hiciera, estaba jodida. Es extremadamente puntual, ni un minuto antes ni uno después, esa es la manera correcta de presentarse a una cita. La puerta cruje ligeramente cuando la abre y lo mismo ocurre cuando la cierra detrás, mirada encuentra la ajena al instante en que violencia se hace presente por primera vez, comentario filoso, hiriente, que sabe es nada más el principio. Si bien siente el peso sobre sus hombros, se ocupa de fingir, de pretender al menos mientras le sea posible, sabe que Melodía confía más en ella que en cualquiera. Toma asiento, se acomoda, encuentra llamativo que califique a Vera Quinn como mujer y no algo peyorativo ; se pregunta si acaso lo hace ante propio reclamo luego de declaración a la prensa, pero no debe darse tanto crédito.
Lo que se presenta ante sí es una batalla que está obligada a pelear, en la cual sabe no saldrá victoriosa, pero al menos espera salir con vida.
“¿Alguna vez has perdido el tiempo conmigo?” Palabras no llaman al desafío, no busca contradecir, pero sí está tratando de probar un punto. Hay algo que Melodía siempre ha admirado de ella, y es su capacidad para mantenerse firme incluso en los peores momentos, lo mucho que ha aprendido a la hora de controlar fuego interno, ese que en ese momento parece arder con más intensidad que nunca. No obtiene una respuesta, y contrario a lo que podría pensarse, es una buena señal. Es cierto que Melodía la conoce demasiado, pero Sereia no es nueva en eso, no es la primera vez que mirada se declara intensa, furiosa. Se acomoda sobre el asiento, movimientos del cuerpo son sutiles, calculados, tal y como ella se lo ha enseñado. Sabe que no escuchará otra pregunta, al menos no hasta que empiece a hablar, ha sido más que clara y escocesa está dispuesta a hablar. “Vera era parte del Círculo, cuando un miembro te llama para una reunión, aceptas. Esas son las reglas.” Le parece importante de mencionar motivo por el cual no se negó. “Pero fue una emboscada, había que ser tonto para no darse cuenta. Se lo pregunté, cuál era el fin, su respuesta fue que quería hacer un trabajo cual si fuese historiadora, pero sobre Pomona. Sobre El Círculo y sus miembros, enfocándose en nuestra generación porque sería mucho más fácil de vender después de todo lo sucedido.” Palabras son claras, dicción perfecta, es casi cual si acento tan característico se hubiese borrado por completo. Por supuesto, no es circunstancial, está haciendo un esfuerzo.
Le observa beber de su copa y por un momento hace silencio, siente un nudo en la garganta. “¿Y tú le creíste?” Calma es fingida, lo sabe, puede sentirlo en mirada que penetra, que le llega hasta los huesos. “Porque no me sorprendería, ¿sabes? —¿Cuántos cuentos de hadas te creíste cuando Alfred estaba vivo? ¿Cuando se acercaban a ti solamente por estar cerca de un Dios?” Escupe veneno, lo hace con intención, sabe que está buscando reacción, angustia, por supuesto que lo consigue. Melodía sabe bien lo mucho que Sereia sufrió a causa de ello y no le sorprende que lo use a su favor.
Detiene mirada en la jarra de agua por un momento, pero descarta intenciones de servirse un vaso. “Por supuesto que no, Melodía. Quizás fui ingenua en un pasado, pero me conoces lo suficiente para saber que lo sucedido con Alfred me cambió,” ahí no miente. “ —me hizo preguntas que sabía no iba a contestarle, me preguntó por Alfred, por Roman, por ti. Fue su estrategia, pobre si me lo preguntas, para luego ir por algo que supuso me importaría menos : Alderich.” Relata, mayor abandona su asiento y deja la copa a medio beber sobre el escritorio, el cual rodea en pasos firmes y elegantes hasta quedar de pie a su lado, apenas recuesta anatomía sobre escritorio, sin quitarle la mirada de encima. Sereia tiene que elevar la mirada para encontrarse con ella, y sabe que es precisamente lo que busca, quiere recordarle su poder, que sepa que siempre estará por encima de ella. “No dije nada sobre ustedes, Melodía.” Agrega, porque sabe que va a preguntarlo. “Quiso saber por qué motivo no insistieron en averiguar lo que ocurrió con Alfred, y yo le respondí que era de una bajeza asquerosa meterse con una familia en duelo. Son mi familia, y lo sabes.” Palabras se desarman sinceras, un deje de angustia se cuela en entonación y podría jurar que contraria se enternece, pero tampoco era tan estúpida para creer que sería tan fácil. Por supuesto, evita mencionar la insistencia que Vera tuvo sobre los comentarios que había escuchado en los pasillos y situaciones que había visto con sus propios ojos, alegando la forma en que Alfred se comportaba con ella, caracterizando su comportamiento como abusivo ; porque sabe que palabras al respecto nunca han brotado de sus labios, pero quizás reacción fue más que suficiente.
“Pero hablaste sobre Alderich,” acusa. “ —sobre uno de nuestros fundadores, una de las personas más relevantes para El Círculo, ¿te parece divertido cavar tu propia tumba, Sereia? ¿Con lo mucho que me he esforzado por ti, por tus hermanos? Ustedes no eran nada, no son nada, sin mi.” Inevitablemente agacha la mirada, siente vergüenza de sí misma por encontrarse en esa situación, por no poder gritar, romper. Le da rabia, en el fondo, quererla. Se arrepiente de propio gesto al instante, siente mano de Melodía sujetarla del rostro con cierta brusquedad. “Mírame, no seas cobarde.” Siente dígitos presionarse, el filo de las uñas se clava sobre la piel. Mandíbula se tensa y mirada parece destellar rabiosa, algo que la matriarca de los Buchanan parece disfrutar, porque incluso sonríe. “Mejor así.” La deja ir con violencia similar, porque le ha dado lo que quiere : una ira que sólo ella puede controlar. “Ahora dime, ¿qué es lo que dijiste?”
Rememorar la entrevista no es tarea fácil, ha pasado tiempo y no estuvo enfrentada a Vera por más de veinte minutos, nunca creyó que tendría tanta relevancia y atención que le brindó fue escasa. “Repetí los rumores de los pasillos.” Recobra compostura, algo en expresión contraria le hace sentir que no le importa, no realmente. Que lo que se diga de Alderich como tal en el libro es algo que le causa indiferencia. “Que él y Sylvie tienen algunos kinks extraños e invitan a personas a participar.” Lo menciona como si nada, no solo porque es lo que realmente expresó, sino porque no lo considera tan problemático. Una vez más, cree poder percibir la sombra de una sonrisa, no sabe si tiene que ver con su comentario : no le sorprendería que esté de acuerdo, ni tampoco que sea cierto. “Supuso que tendría información de él por mi cercanía contigo… pero le probé lo contrario.” La seguridad en sus palabras no es actuada, sino al contrario. Humedece pétalos, los siente resecos, pero el momento de beber algo de agua ya quedó atrás. No sabe si está contenta con lo que aportó, pero enfoque parece cambiar casi de repente, cuando le sujeta de la muñeca y alza su mano para observarle con atención, palma de izquierda aún muestra vestigios de cicatriz obtenida luego de aquel pacto. Siente la presión de sus dedos, cada vez más fuerte, mientras con índice recorre cicatriz, sensación de cosquilleo no remplaza en dolor que comienza a surgir.
“Fuiste, y eres, mi mejor guerrera, Sereia. Sabes lo mucho que te quiero, te considero parte de mi familia… y quise que lo seas, ¿recuerdas?” En ese momento, comprende. Sabe exactamente el motivo por el cuál ambiente se tensa incluso más que antes y sostenerle la mirada ahora es mucho más difícil. “Gracias a mi tuviste más poder del que alguna vez soñaste en la universidad, tienes un trabajo que amas con gracia de mis contactos, Benjamin está brillando como un miembro ejemplar del círculo…” Mención de hermano menor parece ser detonante de reacción, mano se mueve apenas ante el espasmo del dolor, pero Melodía no la deja ir. “ —yo solo te pedí un favor, ¿recuerdas? Tú tenías que casarte con Roman… nada más.” Finalmente, la deja ir. Suelta el agarre y tiene que resistir el instinto de acariciar zona dañada, no puede mostrarse débil. “Pero no. No pudiste hacerlo, lo único que te pedí a cambio.” Resiste la tentación de rodar los ojos, por supuesto que eso no fue lo único que le pidió, pero no va a decirlo. “Y ahora que consigo lo que necesitaba, te comportas como una puta barata besándote con alguien comprometido, ¿enserio esa es la imagen que quieres dar?” Es incisiva, dura, la angustia crece en su pecho y aspira por la nariz en gesto inconsciente, que anticipa llanto, por supuesto que ella lo nota. “Ni se te ocurra llorar.” Amenaza. “Cualquier persona inteligente sabe que lo conveniente es que la boda entre Roman y María Magdalena se celebre cuanto antes —y tú lo eres, ¿verdad?” Mueve apenas la cabeza, asentimiento en sutil, pero le otorga justo lo que quiere. “Alfred te adoraba, tenías mucho poder sobre él.” Palabras se sienten rancias, venenosas. “No me invites a pensar que Roman también tiene que dejar de ser parte de tu vida para que aprendas, no hagas que mi cariño por ti sea en vano ni que me arrepienta de esta absolución.” No se siente como una, en absoluto.
“No lo haré, sabes que puedes confiar en mi. Siempre.” Le cuesta hablar sin quebrarse, pero lo logra, Melodía sonríe victoriosa y le agradece, la asegura que puede retirarse. Cuando se pone de pie para encaminarse hacia la puerta, saludo no es formal, no hay un apretón de manos, sino un abrazo casi maternal, pero que acompaña con susurro a su oído : “Odiaría tener que destruirte, mi pequeña.” Siente que la piernas se aflojan y sangre se vuelve hielo, pero se despide con una sonrisa, con una calma que se desmorona apenas cruza la puerta y comienza camino tumultuoso hacia su habitación, desesperada por ocultar lágrimas de ojos curiosos.
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