En mí, el amor por el teatro es un amor muy complicado, y absolutamente original. Probablemente sea más poderoso que el amor por la filosofía. El amor por la filosofía llegó mucho más tarde, más lenta y más difícilmente. Creo que lo que me fascinó en el teatro, cuando era joven y porque había estado en escena, es el sentimiento inmediato de que algo de la lengua y del poema, de manera casi inexplicable, está ligado al cuerpo. En el fondo, el teatro quizás ya era para mí una figura de lo que sería el amor más tarde, porque ese momento en que el pensamiento y el cuerpo son de algún modo indiscernibles. Están expuestos a lo otro de manera tal que uno no puede decir: “eso es un cuerpo” o “eso es una idea”. Hay una mezcla de los dos, una aprehensión del cuerpo por el lenguaje, exactamente como cuando se dice a alguien “te amo”: se lo decimos a él o a ella, vivos, ante nosotros, pero se dirige también a algo que no es reducible a esa presencia material, algo que está más allá y en ella, al mismo tiempo, absolutamente. Ahora bien, eso es el teatro y de una manera muy original: el teatro es el pensamiento como cuerpo, el-pensamiento-en-cuerpo. O, se podría añadir en otro sentido: el pensamiento una vez más. Porque, y lo sabemos, en el teatro hay repeticiones: “ Retomemos una vez más”, “volvamos a hacerlo una vez más”, etc., dice siempre el director de escena. El pensamiento no llega al cuerpo fácilmente. Es complicada la relación de un pensamiento con el espacio y con los gestos. Hace falta que a la vez sea inmediato y calculado. Y también es lo que sucede en el amor. El deseo es una potencia inmediata, pero el amor además pide cuidados, reanudaciones. El amor conoce el régimen de las repeticiones. “Dime otra vez que me amas”, y también muy a menudo: “dímelo mejor”. Y el deseo siempre recomienza. Bajo la caricia se puede escuchar, si está encantada por el amor, “¡Más! ¡Una vez más!”, punto en que la exigencia del gesto se sostiene por la insistencia de la palabra, de una declaración siempre nueva. Se sabe bien que en teatro la cuestión del juego amoroso es decisiva, y que todo el asunto está, justamente, en la declaración. Y es también porque hay ese teatro del amor, ese juego de amor y de azar, por lo que es tan poderoso, al menos para mí, el amor por el teatro.