Teníamos confidencias pendientes y razones para amarnos a destiempo, siempre nos unía ese romanticismo de los bohemios, las tardes de café y libros en sus ojos y uno que otro pecadillo en el corazón... Ese tintineo constante que surgía al verle, esas ganas de no seguir las instrucciones de Cortázar porque tenía el poder de hacer llorar mis miedos, mucho menos ese gran Inventario de olvido. Nunca llegamos a un acuerdo o a lo sublime que llaman relación o destino... Pero fue todo lo que yo no era, y eso... Eso era amar un demonio.
Daniela Arboleda













