Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Nisiquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me dí por vencido y lo creí. Pero no era felicidad, era solo una tregua. Ahora estoy otra vez, metido en mi destino.
Y es más oscuro que antes, mucho más.
Mario Benedetti, La tregua.
Una de las pocas cosas que me unen con mi padre es la Literatura.
Nuestra relación desde el principio fue tensa. Cuando se separo de mi madre y yo tenía cinco años y decidió tomar distancia de mi. Decidió no ser mi padre. Así paso toda mi infancia, con mi abuelo como modelo masculino y muchas dudas acerca de la situación.
Cuando cumplí 15 años, Mario, mi padre. decidió empezar a conocernos pero no fue fácil para ninguno de los dos. Nos sentiamos incómodos uno enfrente del otro. Obvio éramos perfectos desconocidos, pero incluso los perfectos desconocidos pueden llegar a encontrar algo en común y de lo único desde ese momento en adelante que podíamos hablar con comodidad fue de libros y autores, especialmente latinoamericanos.
Por 15 años nos juntamos una o dos veces a intercambiarnos libros y a hablar sobre el Martín Fierro. El tiene una idea romántica y bolivariana de América.
Uno de los pocos objetos que tengo de él es un libro de “La Tregua” de Mario Benedetti. Una edición destartalada de 1985 a la que le tengo mucho cariño no solo porque es un libro que me gusta mucho sino porque tiene miles de anotaciones hechas por el que me causan mucha ternura.
La primera vez que lo leí me hizo temblar los cimientos. Es un libro cortito pero muy verdadero. Muy de exponer al lector ante su soledad y miedos en la forma de Martín Santomé.
Cuando conocí a mi ex marido fue como una película romántica de Joligud. Fue todo de ensueño, yo era muy joven, lo conocí acá en Buenos Aires en un Pub del microcentro, nos vimos y fue amor a primera vista. Yo, criatura de 18 años nunca había visto a un tipo tan lindo y tan alto, con esos ojos morochos de italiano, donde parecía que se escondían todos los secretos del Mediterráneo. Nos enamoramos en medio del invierno porteño, cantando canciones de Cerati y planeando donde nos íbamos a casar, como iba ser nuestra casa, a donde íbamos a viajar. Esa noche le tomé la mano y se la solté 13 años después.
Trece años donde fuimos absolutamente felices, donde crecimos, donde construimos un hogar, adoptamos un perro, nos recibimos, viajamos, comimos. cantamos, bailamos, nos curamos.
Fue hermoso. El era mi mejor amigo. No necesitaba más.Después cambiamos y todo se disolvió. Entonces volví a leer la tregua. Y comprendí muchas cosas.
Comprendí mi lugar en el mundo. Como se manifiesta en mi vida el destino. Que hay cosas que a uno le tocan, y cosas que no. Por ejemplo el amor.
Yo siento que el amor no es para mi.
Así que cuando aparecen estos hombres como caídos del cielo que parece que me van a hacer feliz me dejo llevar.
Por ejemplo Deane que es un pibe hermoso, una mezcla divina entre Ian Curtis y Paul McCartney, que me hace reír, que me trata como una persona y no como un culo que cogerse. Que me cuenta de su vida, de sus miedos, que se burla de su alcurnia de Lomas de Shan Ishidro, que pudiendo tener todo acá con estirar la mano decide vivir en Australia lavando platos y buscarse el mango, que le interesa quien soy, que me mira pero de verdad me mira. Y nos besamos como adolescentes, tomamos chocolatada con tostadas y mermelada de frambuesa.
No me enojo cuando un día toma un avión a Sidney, un poco me da tristeza si. Me da mucha nostalgia saber que eso no es para mi.
Pero igual me gusta dejarme llevar porque sé, que la vida me está dando una tregua, un recordatorio chiquito y tangible de que la vida puede ser otra, de que se siente ser feliz.