Llegué a la isla en 1872, con la sal todavía fresca en la ropa y el estómago revuelto por el vaivén del bergantín. Tenía veintidós años y un nombre común —Mateo—, nacido en Veracruz, criado entre muelles, rezos y supersticiones. Me contrataron como escribiente para llevar cuentas de una plantación olvidada por Dios y recordada solo por el mar. No pregunté demasiado. A esa edad uno cree que el peligro es una historia ajena.
La isla se alzaba como una cicatriz verde en medio del Caribe. No tenía puerto, apenas un embarcadero de madera carcomida. La selva comenzaba a dos pasos del agua, espesa, húmeda, con un silencio que no era natural: no cantaban aves, no zumbaban insectos. El capataz —un español flaco, de bigote triste— me recibió sin sonreír. “Aquí la noche cae rápido”, dijo, como advertencia y despedida al mismo tiempo.
La casa principal era una construcción colonial, alta y enferma, con corredores largos y vigas que crujían como huesos viejos. Me asignaron un cuarto al fondo, donde el aire olía a óxido y a algo más, algo dulzón, como fruta podrida. Esa primera noche escribí a la luz de una vela, copiando cifras que no cuadraban. Afuera, el mar golpeaba las rocas con una paciencia cruel.
Fue entonces cuando escuché pasos en el corredor.
No eran los pasos torpes de un hombre cansado. Eran leves, arrastrados, como si alguien caminara descalzo sobre madera húmeda. Abrí la puerta. Nada. Solo el pasillo interminable y la vela temblando. Al cerrar, noté marcas en el suelo: huellas pequeñas, irregulares, que se perdían hacia la escalera.
A la mañana siguiente pregunté por los otros trabajadores. El capataz evitó mi mirada. “Se van”, dijo. “Siempre se van.” En la plantación quedábamos apenas seis hombres. Todos callados. Todos con los ojos hundidos. Uno de ellos, un moreno viejo con cicatrices en las manos, me susurró al pasar: “No sigas las luces”.
Las noches se volvieron un castigo. Aparecían luces entre los árboles, azules, como velas flotando en el aire. Si las miraba demasiado, sentía que me llamaban por mi nombre, con la voz de mi madre. Yo rezaba en silencio, apretando el escapulario que había traído desde Veracruz, hasta que la madrugada me encontraba sudando y despierto.
El tercer día encontré el libro.
Estaba oculto en un cajón falso del escritorio. Un cuaderno de tapas negras, escrito en español antiguo. Relataba naufragios, sacrificios, pactos hechos “para que la isla no se hunda”. Los nombres se repetían a lo largo de los años, como si los mismos hombres regresaran una y otra vez. El último nombre era el mío.
Esa tarde, el mar se retiró más de lo normal. Las rocas quedaron al descubierto, y con ellas, algo más: restos de cruces, pedazos de ropa, un anillo que reconocí. Era del capataz.
La selva comenzó a moverse al caer el sol.
No era el viento. Eran cuerpos. Figuras humanas, delgadas, cubiertas de lodo y algas secas, saliendo de entre los árboles. Caminaban hacia la casa sin prisa, con la seguridad de quien regresa a casa. El viejo moreno gritó que corriéramos al mar, pero el mar ya no estaba.
Me escondí en mi cuarto, atrancando la puerta. Los pasos regresaron. Más. Muchos. La madera vibraba. Las luces azules se filtraron por las rendijas, pintando las paredes como un velorio. Comprendí entonces que la isla no necesitaba hombres para trabajarla, sino para recordarla. Para anclarla al mundo de los vivos.
Escribo esto con la última vela que me queda. Afuera me llaman. Dicen mi nombre como si siempre hubiera sido suyo. Tal vez mañana otro joven mexicano llegue en un barco, con la sal en la ropa y el miedo todavía dormido. Si encuentras este cuaderno, reza. Y no sigas las luces.