Llegué a la isla al amanecer, cuando el mar aún guardaba silencio y los remos parecían pedir permiso para tocar el agua. Venía desde Veracruz en una goleta vieja, contratado por un comerciante que no quiso decir su nombre. Yo tenía veinte años y un oficio menor: copiar mapas y cartas para quien pagara. El encargo era sencillo: trasladar un cofre y entregarlo al “administrador” de la isla.
Desde la cubierta vi la costa: roca negra, mangles torcidos como dedos artríticos y, detrás, una casona blanca clavada en el cerro. No había muelle. Bajé por una escala de cuerda y mis botas tocaron arena húmeda que olía a sal y a algo más antiguo, rancio, como huesos mojados.
Me llamo Mateo. Y desde ese día supe que no saldría ileso.
El administrador resultó ser un hombre delgado, con ojos hundidos y voz de misa. Se presentó como Don Eusebio. Me llevó por un sendero estrecho entre árboles sin hojas. No cantaban pájaros. El viento arrastraba un murmullo constante, como si alguien rezara bajo tierra.
—Aquí enterramos a los que llegan —dijo sin mirarme—. A veces llegan vivos.
Tragué saliva. Quise preguntar qué quiso decir, pero me contuve. En la isla, preguntar era abrir una grieta. Cada pregunta llamaba a algo que estaba esperando turno para responder. No llegaba una explicación: llegaba una presencia. El aire se volvía espeso, la noche más larga, y alguien—o algo—aprendía tu voz. Preguntar significaba admitir ignorancia, y la isla castigaba eso obligándote a saber demasiado: te mostraba lo que no pediste ver, te dejaba escuchar nombres que luego no podías olvidar. Por eso las preguntas eran castigo: no porque ofendieran, sino porque siempre eran contestadas. Y aquí, toda respuesta cobra interés.
El sendero desembocó en un cementerio al centro de la isla, cercado con estacas torcidas. Las lápidas no tenían nombres, sólo fechas que se repetían. Muchas eran del mismo día. La misma hora.
La casona dominaba todo. Paredes descascaradas, ventanales cegados con tablas. Dentro, un corredor largo olía a cera y humedad. Don Eusebio me dio un cuarto pequeño, sin cerrojo. Dejé el cofre en la mesa. Él lo tocó como quien despierta a un niño dormido.
—No lo abras —ordenó—. Esta isla recuerda a los curiosos.
Esa noche, el mar subió sin marea. Golpeó la roca con furia, como si quisiera trepar. Desde mi cama escuché pasos en el pasillo, descalzos, arrastrados. Me levanté y abrí la puerta apenas. Vi sombras pasar, una tras otra: hombres y mujeres comunes, vestidos de faena, con la piel pálida y los ojos abiertos de más. Caminaban hacia el cementerio.
Los seguí. No sé por qué. Tal vez el cofre ya me había tomado.
En el centro del camposanto, las sombras se arrodillaron frente a una fosa abierta. De ella subía un vapor frío. Alguien comenzó a llorar, pero el llanto no tenía boca. Era el suelo el que lloraba. Entonces entendí: la isla respiraba.
Al tercer día encontré a Clara, una mujer joven que cosía redes. Tenía manos firmes y una cicatriz en el cuello que no tenía forma.
—No mires de noche —me dijo—. Aquí lo que mira, se aprende tu nombre.
Le conté de Veracruz, del puerto, de las campanas. Sonrió con tristeza.
—Yo también llegué por trabajo —susurró—. La isla no contrata. Solo Cvobra.
Esa tarde decidí abrí el cofre.
Dentro había cartas selladas con cera negra. Todas dirigidas a mí. Mi nombre, escrito con tinta vieja, repetido con paciencia cruel. Leí una: narraba mi llegada, con detalles que aún no habían ocurrido. Otra describía mi muerte, con una fecha próxima.
Sentí un mareo. El pasillo se alargó. Oí risas bajo el piso. Don Eusebio apareció detrás de mí.
—Eres príncipe aquí —dijo—. El que recuerda, manda. El que manda, paga.
Me llevaron a la cripta bajo la casona. Escaleras de piedra, paredes cubiertas de salitre. En nichos había cuerpos sentados, con los ojos cosidos. Cada uno sostenía una carta.
—Son los que intentaron irse —explicó—. La isla no deja ir a quien ya sabe su nombre.
Esa noche el bosque ardió sin fuego. Los troncos sudaban resina negra. Vi figuras colgadas de las ramas, balanceándose al ritmo del mar. Oí a Clara gritar. Corrí al cementerio. La encontré de pie junto a la fosa, la cicatriz abierta, respirando aire helado.
—Ayúdame a olvidar —pidió.
No supe cómo. Nadie olvida aquí.
Decidí huir al amanecer. Primero robé un bote y Mientras lo empujaba, el agua se retiró como si me negara el paso. La arena se endureció y atrapó mis pies. Del bosque salió Don Eusebio, seguido por los sin nombre.
—Tu historia ya empezó —dijo—. Termínala.
El mar se levantó de golpe y me lanzó contra la roca. Desperté en la casona, vendado. El cofre estaba abierto, vacío. Las cartas, desaparecidas.
Ahora escribo mi historia con la tinta que la isla me permite. Cada noche escribo una línea, agrego palabras. Cada noche alguien nuevo llega desde Veracruz, o de más lejos. Los veo cruzar el sendero. Les advierto con los ojos, pero ya es tarde.
He aprendido el secreto: la isla se alimenta de relatos-nuestros relatos. Nos mantiene vivos mientras escribimos. Cuando callamos, nos entierra.
Si lees esto y reconoces tu nombre en la sal, no vengas. Si ya estás aquí, escribe. Es lo único que mantiene al mar a distancia. Y cuando oigas pasos en el pasillo, no mires.
La isla recuerda. Y yo también.













