Las cosas no iban bien. “Yo quería una misión y, por mis pecados, me dieron una"; aquella corriente me separaba de mi familia, en una tarea para la que no tengo especial talento ni me gusta, un entorno en el que mi carácter estorba… Mi salud mental se precipitó rápidamente por el tobogán del estrés y la frustración.El álbum me llamó la atención por su portada, obra de una tal Paula Bonet; por su “Arte”. Contenía regrabaciones de unas canciones que ya conocía y apreciaba, pero desconfío de los recopilatorios. Toda regla tiene su excepción, dijo Ramón Rodríguez, The New Raemon, cuya lista de canciones sonaron en mi coche, kilometro a kilómetro, en mis viajes, durante el largo año que tardé en derrumbarme. El doble disco está salpicado de versos de esos que te desbordan (“Lloré en los tres idiomas que aprendí de niño”) y de ideas que serían la envidia de los Dessner. Durante mi convalecencia lo envié a la estantería, junto a un hermano estremecedor, “Lluvia y Truenos” y no volví a recuperarlo hasta que un día, en una popular tienda y sobre una absurda mesa llena de productos del tipo “Mr. Wonderful”, descubrí varios libros de la misma ilustradora, -a saber quién había decidido que sus bellos pero dolientes rostros tenían allí su lugar-. Uno de ellos con la misma portada y mismo título: “Quema la Memoria”. Hay una falsa apariencia de accidente en los trazos, un tono general de quiebra sobre fondo negro, como mirar a personajes que salen a la luz de la noche desde una profunda cueva. Todo esto para decir que es un disco importante para mí.Ahora tengo la firma de Paula Bonet, realizada a pluma sobre el brillante estuche del disco, estampada en la presentación de su primera novela, “La Anguila”, absolutamente ilegible porque la tinta tardó en secar una eternidad y soy muy torpe con las cosas que importan.