Uno pensaría que después de tanto tiempo tratando de mezclarse con los humanos, Alaska sería una maestra en el tema. Especialmente porque comprende tan bien el concepto de sus reacciones, de las emociones, que seguro fingirlas no sería un problema. Pero es precisamente algo en lo que ha venido trabajando: el hecho de que no sea como los demás, que no sienta como los demás, es lo que le impide tareas básicas como la simple empatía. Le cuesta ver a otro a los ojos y entenderlo. Por tanto, ella podría bien fingir que siente tristeza, pero no comprende la raíz del por qué. Es una batalla constante, el ir por la calle y tratar de razonar con la idea de por qué alguien que no conoce le daría una sonrisa sólo por el hecho de pasar. Es estúpido, a veces admite para sí misma. Es esa misma vulnerabilidad la que no te permite ver a través del peligro cuando se vuelve inminente, como justo en este momento, que jura que hay una persona que la viene siguiendo por todo el mercado nocturno. Los puestos, iluminados por pequeñas luces cálidas, no son lo suficientemente potentes como para que logre distinguir sus rasgos: pero Alaska sabe, por el olfato, que no es una persona. Cruza entre la gente tratando de perderse, pero no parece estarlo logrando. Así que cuando una esquina hacia un callejón llega, se escabulle por ahí para tratar de esconderse tras un contenedor de basura de la forma más sigilosa. Se mantiene quieta, el oído atento. Es fácil ser un soldado cuando no sientes miedo. @thewildfl0wer













