na pequeña, humilde y destartalada cabaña en medio del bosque era la ahora morada del mismo príncipe de Irlanda. Connor O'Brien se encontraba más que feliz por ello, es decir; ¡Era justo lo que siempre había querido! Una visa sencilla y sin preocupaciones. Aunque su momento de paz era temporal pues pronto debía encontrarse con los reyes y príncipes de los diferentes reinos solo. Su padre estaba muy enfermo y no había podido realizar el viaje hasta el encuentro de los demás, así es que era él el representante. Su escudero y demás sirvientes estaban ya en el Reino, sin embargo él prefirió quedarse oculto ¿Por qué? Era sencillo. Además de que era algo que deseaba, era mejor mantenerse de bajo perfil para no arriesgarse a un ataque de cualquiera de las otras naciones, sabiendo que el rey estaba enfermo y que el heredero al trono estaba cerca y representaba un blanco fácil para dejar sin gobernante al reino irlandés.
—Ughh... Hace hambre...— Murmuró poniéndose la mano sobre del vientre y quejándose un tanto. Se podía escuchar su estómago rugir de apetito, tenía comida sí, mucha. Tanta que podría alimentar a un pequeño ejército si es que les encontraba, sin embargo no quería nada de eso. Valerse por si mismo era algo que deseaba con fervor, así es que de su cómodo sillón se levantó y decidió salir a por algunas frutas, había visto cerca un árbol de manzanas jugosas y quería una.
Mientras iba caminando y tarareando una canción sin sentido, escuchó un movimiento entre los arbustos. Clavó la mirada en el lugar, llevando su mano a la cadera donde estaba su cinturón y colgando de este una espada.
Arrugó el ceño y esperó, pero nada. Era solo una ardilla que bajó corriendo de ahí entre los arbustos y desapareció. Connor rió un poco y volvió a avanzar. —¡Ahí estás!—Exclamó, acercándose al árbol y cortando un par de manzanas.
De regreso de nuevo escuchó ese sonido pero esta vez soltó un par de risillas. —Al parecer a las ardillas de este bosque les complace el hacerme bromas pesadas.— Pero no fue una ardilla o que salió de entre los arbustos.
Era un muchacho, un muchacho de no más de 17 o 18 años bastante mal herido. Connor se quedó en shock sin embargo apenas su cerebro y cuerpo se conectaron nuevamente, se acercó corriendo y sosteniendo al muchacho. —¡Oye, oye! ¿Estás bien? Por las ollas de oro de todos los leipreachán...— No, definitivamente no estaba bien.