Y mientras caminaba con tranquilidad hasta la cabaña en la cual se estaba quedando, aprovechó para recolectar unas cuantas manzanas de los árboles al rededor. De cierta forma el príncipe Connor estaba feliz de todo ello, pese a las guerras y a su padre a punto de morir, él gustaba de ver el lado brillante ¿Cual era? Que por fin podía usar todo eso como excusa para estar en el mundo real por su cuenta, como ahora mismo. Estaba a punto de dar una mordida a su manzana cuando vio por ahí rodar una “cosa” blanca. ¿Qué demonios había sido eso?
¿Elfo?
Pensó, pero esa cosa se puso de pie y comenzó a caminar hacia él, por unos instantes su mano se dirigió a su cadera donde estaba su espada colgando del cinturón pero parecía solo un niño así es que luego de un suspiro de alivio y de sacudir la cabeza por recordar que el niño se había caído del barranco se acercó ahora él, corriendo a toda velocidad. —¡Oye! ¡¿Estás bien?!— Exclamó,dejando en el piso sus manzanas incluso y poniéndose a revisar a aquel chiquillo sin poner mucha más atención que la necesaria en aquel jovencito de cabellos blancos.
—¿Estás perdido? Oh por los Dioses ehh.. eh… ¿Te duele algo? ¡Ya sé! ¿No tienes hambre? Acabo de cortar varias manzanas, saben muy bien, parecen dulces y jugosas… Creo que tienes varios raspones… ¡Estamos cerca de Inglaterra! Estos son los bosques de la frontera. Debes haber caminado mucho ya que el pueblo más cercano está como a una hora en caballo ¿Quieres… venir unos instantes a mi cabaña? Debes limpiarte esos raspones, niñito…— No se le podía culpar, el otro era mucho más bajo que él; un hombre de 1.87 metros de estatura apenas a sus 20 años.
El chico que era demasiado alto, también hacía muchas preguntas y hablaba muy rápido por lo que el albino sólo atinó a mover su cabeza de arriba a abajo varias veces en respuesta afirmativa, se encontraba bien por suerte a pesar de haber caído por el barranco y eso era lo que el otro preguntaba ¿no? No prestó demasiada atención a los rasguños, a menos hasta que una gota de sangre resbalo desde su frente.
- No quiero molestarle. - Dijo mientras intentaba limpiar la sangre con su mano izquierda y mirándole hacia arriba. - Sólo quiero llegar a Gwynedd. - A decir verdad estaba cansado y sí tenía hambre, pero era cierto que no tenía deseos de molestar al pelirrojo, si iba por un camino tan alejado de la civilización como ese era seguro que tenía que hacer algo importante, a menos que fuera como él y sólo le gustara andar por ahí, aunque ahora que lo pensaba, recordaba haber oído que hablaba acerca de una cabaña en el bosque, seguramente vivía allí, y eso era sospechoso, los que vivían en los bosques según los cuentos y libros que había leído eran las brujas o los personajes malvados, pero ese chico se veía amable.
Limpió una vez más su rostro ya que la sangre que salía de la herida era abundante, y él sabía que no era nada grave porque no se sentía mareado ni débil, sólo esperaba que el mayor no se preocupara demasiado por eso.
— Por todos los dioses del bosque ¿Cómo me dices que estás bien si estás sangrando? — Connor sí se preocupó, el otro parecía apenas un chiquillo de unos 15 o 16 años, y estaba herido, sangrando bastante de la cabeza. Inmediatamente y sin pensarlo dos veces, el pelirrojo se arrancó un pedazo de la camisa, de un costado y usó aquel pedazo de tela como una especie de “parche” temporal. Miró a todos lados algo alarmado tratando de dar con agua, pero no encontraba nada. La opción que tenían era ir a su cabaña, aunque era peligroso. Siendo él, el príncipe de Irlanda y en territorio enemigo nadie debía conocer su ubicación, considerarlo solo como un campesino ermitaño.
Casi abrazando la cabeza del más bajo comenzó a avanzar, siempre revisando de reojo su color, su temperatura al tenerlo tan cerca, todo. Estaba preocupado pues así era la personalidad de Connor, se preocupaba bastante por quienes lo merecían. Aquel chiquillo parecía muy indefenso, quién sabe, las ansias de protegerle de alguna forma u otra le movían para que lo ayudara. — Tranquilo, ya casi llegamos a mi casa, cuando estés bien yo mismo te llevaré a donde quieres ir ¿Si? — Aunque el otro renegara no lo dejaría ir.
Finalmente ya en la cabaña del pelirrojo, Connor le guio al interior del lugar, sentándolo en la cama y haciéndole una señal para que le esperara. Tomó una toalla y la humedeció, regresando con el menor y colocándosela contra la herida haciendo algo de presión. Con la mirada buscó algo dulce para darle, hasta encontrar una manzana que había cortado en la mañana. Se la entregó y luego pasó a buscar unas vendas, las cuales enredó en la cabeza del chiquillo hasta cubrir bien la herida que ahora solo sangraba un poco, casi nada dejando solo un par de manchitas rojizas. — Uhh… — suspiró aliviado. — Ahora sí ¿Cómo te sientes? ¿Estás mareado? —












