El western cabalga de nuevo
(Publicado originalmente en noviembre de 2004)
Por Gonzalo Jiménez
El ocaso del western, como género cinematográfico, se ubica a finales de los años 60. Coincide con el retiro de los dos directores que más hicieron por construir su mito –John Ford y Howard Hawks– y con el envejecimiento de su mayor estrella, John Wayne. Los gustos del público joven habían cambiado. El desastre de la guerra de Vietnam y el escándalo Watergate intensificaron el escepticismo de los espectadores, quienes vieron con buenos ojos la llegada de una nueva generación de cineastas –Coppola, Bogdanovich, Scorsese, Spielberg, Lucas, Malick, Raffelson, Ashby– que apostaron por un cine más naturalista y menos celebrador de la “historia oficial”.
Si se echa una mirada a los westerns más importantes de este época, se puede apreciar en ellos una mirada pesimista: Pequeño gran hombre, con su glorificación de los indios y su burla de Custer; McCabe y Mrs. Miller, con sus seres ávidos de dinero; y La pandilla salvaje, en la que los héroes son una banda de asesinos. Incluso los spaguetti western de Sergio Leone, rodados en España, mostraban personajes aborrecibles y cínicos. Eran westerns, pero dotados de la sensibilidad humanista y desmitificadora de la década.
Desde entonces, el western ha sido un género abordado pocas veces por Hollywood, y siempre con un ánimo revisionista. Dos directores han sido constantes: Walter Hill y Clint Eastwood. Hill, específicamente, ha arrojado su mirada sobre los mitos más famosos del Oeste. Su filme The Long Riders –quizás uno de los mejores westerns jamás hechos– se centra en los últimos años de la vida de Jesse James y los hermanos Younger. Y luego filmó “Wild Bill” acerca del pistolero más célebre del Lejano Oeste: Wild Bill Hickok. Recientemente, dirigió el capítulo piloto de la serie televisiva Deadwood. En el caso de Eastwood, en los años 80 dirigió dos westerns clásicos: El jinete pálido y Los imperdonables. Más allá del Oscar a mejor película, Los imperdonables es recordada pues mostraba al género desde una perspectiva poco frecuente: la del pistolero que envejece y se ha quedado rezagado. También es un western original por la forma en que mostraba la violencia: realista, despojada de glamour o heroísmo, irremediable.
Podría decirse que Danza con lobos está en la orilla opuesta, conceptualmente, de Los imperdonables. Ambos son westerns revisionistas, pero el filme de Eastwood lo es desde la perspectiva inédita del realismo y la violencia; en el caso de la película de Kevin Costner, la revisión proviene de la aplicación de una óptica políticamente correcta y contemporánea al problema indígena en el siglo XIX. En Danza con lobos, los diálogos entre los indios son pronunciados en el dialecto original y con subtítulos, por ejemplo. Los malos son otros indios y el ejército. Costner mismo es un fanático del género, habiendo protagonizado además Silverado, Wyatt Earp (ambas dirigidas por Larry Kasdan) y Open Range (realizada por él mismo).
Ese es el panorama del western en 2004, cuando se estrena en Venezuela la película Las desapariciones, quizás la mejor película de este género desde Los imperdonables. La sorpresa mayor de este filme es que su director es Ron Howard, realizador que no es conocido por sus matices y ambigüedades. Howard fue inicialmente un director de comedias en los años 80, cuando realizó dos películas destacables: Night Shift y Splash. En los años 90, Howard incursionó en películas serias, como Apollo 13 y Ransom, tendencia que culminó con el éxito de “Una mente brillante”, que ganó el Oscar a mejor película de 2002. De los 17 largometrajes que Howard ha dirigido, Las desapariciones es la mejor.
Curiosamente, la trama de Las desapariciones recuerda a la obra maestra de John Ford, Centauros del desierto (The Searchers, 1956), pues ambas narran la persecución que emprenden los protagonistas por recuperar a un familiar raptado por los indios; pero allí terminan las similitudes. Los westerns de Ford indagaban más en la mitología del Lejano Oeste y en aquellos personajes que ayudaron a construir los arquetipos de ese período histórico de Estados Unidos. Pero en Las desapariciones el interés principal reside en el entorno íntimo de una familia, cuyo orden se ve sacudido por la repentina aparición del abuelo que los abandonó 20 años atrás.
El resentimiento de Maggie (Cate Blanchett) y la necesidad de perdón de su padre, Samuel (Tommy Lee Jones), son la columna vertebral que sostiene la historia incluso cuando se transforma en una persecución desesperada por rescatar a la hija de Maggie, Lilly (Evan Rachel Wood), antes de que una banda de indios la venda en México. Incluso cuando el filme da paso a las escenas de acción nunca se aleja de su centro dramático: la relación entre Maggie y su padre.
El guión de Ken Kaufman, basado en la novela The Last Ride (1995) de Thomas Eidson -- editada por Valdemar en España con el título de La última galopada --, es sólido y claro, sin diálogos innecesarios y pleno en matices: Maggie es una mujer independiente (es una médico rural en el Nuevo México de 1885) pero no quiere que sus hijas sepan que se acuesta con el capataz del rancho; el pelotón de soldados que saquea la casa de una familia asesinada por los forajidos; el resentimiento de los propios indios contra aquellos se sirven al ejército como scouts; la admisión por parte de Samuel de que quizás fue más feliz viviendo entre los indios que con los blancos. Las desapariciones es un western revisionista, pero no al estilo de Pequeño gran hombre o Danza con lobos –que aplicaban la corrección política contemporánea al siglo XIX–, sino bajo una interpretación realista, ajena al esquema hollywoodense.
Las desapariciones (The Missing, 2003). Dirección: Ron Howard. Guión: Ken Kaufman, basado en la novela de Thomas Eidson. Fotografía: Salvatore Totino. Elenco: Cate Blanchett (Maggie), Tommy Lee Jones (Samuel Jones), Evan Rachel Wood (Lilly), Jenna Boyd (Dot).













