La película Willy Wonka and the Chocolate Factory (1971) se estrenó hace 55 años en Los Ángeles. Curiosamente, la produjo Quaker Oats, que quería usar la cinta para promocionar una nueva barra de caramelo. A finales de los 1970, Quaker vendió los derechos a Warner Bros.
Gene Wilder durante el rodaje de Willy Wonka and the Chocolate Factory.
Salvador Dalí ilustró la portada de la revista TV Guide del 8 de junio de 1968, como parte de un reportaje interno que exploró la fascinación del pintor con la televisión.
What makes a monster, you may well wonder. My father taught me that only after our death will we know what we are, what we have chosen to be, angel or demon, creature of light or monster clothed in human flesh. He said I could choose, that I had a choice. He told me it's an easy journey between this life and the next. He told me he loved me. He told me many lies.
Qué bien logrado el ambiente gótico victoriano y el suspenso de la película Lies We Tell (2023), dirigda por Lisa Mulcahy y basada en la novela Uncle Silas de Joseph Sheridan Le Fanu.
En el marco de la Comic-Con de San Diego de 2026, Marvel Comics anunció el inicio de una nueva era de cómics de "Indiana Jones" este 19 de diciembre con Indiana Jones and the Sword of Pandemonium, una miniserie de cinco números creada por los aclamados autores Jason Aaron y Aaron Kuder (vía marvel.com).
Written by Jason Aaron
Art by Aaron Kuder
Cover by Bryan Hitch
Variant Cover by Alex Ross
La presentación de Indiana Jones and the Sword of Pandemonium sigue al reciente anuncio de INDIANA JONES: THE FURTHER ADVENTURES BOOK I e INDIANA JONES: THE FURTHER ADVENTURES BOOK I, nuevas ediciones de lujo en tapa dura que recopilan las queridas sagas de Marvel Comics de la década de 1980 del personaje, que saldrán en septiembre (vía marvel.com).
The first hardcover collection includes MARVEL SUPER SPECIAL (1977) #18 and #30, which adapt Raiders of the Lost Ark and Indiana Jones and the Temple of Doom, as well as THE FURTHER ADVENTURES OF INDIANA JONES (1983) #1-16. The second collection collates INDIANA JONES AND THE LAST CRUSADE (1989) #1-4 and THE FURTHER ADVENTURES OF INDIANA JONES (1983) #17-34.
Before Bungalow 8, before Le Palace, even before Studio 54, there was Chez Régine. Billed as the first discotheque, it was opened in Paris in 1956 by former hat-check girl Régine Zylberberg.
Now, unlike Michael Newton’s book of hope, I appreciate the clarity of this book’s title: Encyclopedia of Things that Never Where (1985). Stating that definitively really gets all that belief malarkey out of the way and lets us appreciate these things on their own imaginary terms (as Georgess McHargue encouraged us to do on Monday).
This book is more like a collection of several small topical encyclopedias, each discrete from the others and in their own alphabetical order. Nor do they necessarily make a perfect or intuitive sense all the way through. Things of the Cosmos is mostly gods of major mythologies, but also King Arthur and his knights. Things of the Ground and Underground collects faeries and tree spirits, but also the manticore, Minotaur and Sphinx. Things of Wonderland seems to imply things from literature, but really it collects all manner of fantastical places, from fiction, but also from legend. Things of Magic, Science and Invention could just as well have been called Things and left it at that; it collects notable items, from Thor’s hammer to Jekyll’s potion to the many unusual uses for nails. Things of Water, Sky and Air covers all the creatures not detailed in Earth chapter — Grendel is here, griffins, too, and all the sea serpents. Finally, Things of the Night details the undead and other creatures who hide from the sun, whether they go bump or not.
Robert Ingpen’s art throughout is a pure joy. There are so many illustrations, the book is awash in them, and they’re all amazing, often subverting expectation but also remaining recognizable. There’s a warmth to it, like sitting by a fire, and he has a real talent for collaging together different elements that feels less museum-like and more evokes the crowded study of an eccentric scholar. I can’t imagine the amount of time it took to put together this portfolio, but it was well worth it. It’s a treasure.
Robert Ingpen's illustration of that Aztec god felt very familar to me, so I looked it up - it seems likely he swiped the mask from this 1976 Dean Ellis cover for To Live Forever by Jack Vance. But perhaps they were both using the same reference material?
Showcasing art from some of my favourite artists, and those that have attracted my attention, in the field of visual arts, including vintage; pulp; pop culture; books and comics; concert posters; fantastical and imaginative realism; classical; contemporary; new contemporary; pop surrealism; conceptual and illustration.
El monstruo más repulsivo de nuestro tiempo, el nacionalsocialismo, toca al término de su destino. Si la agonía fuese únicamente suya, y no, a la par, de la nación grande y desventurada que paga ahora su engreimiento, podríamos ver la catástrofe en aquella disposición de ánimo más fría de quien siente satisfacción ante lo que es justo y necesario.
Imposible es pedir de las naciones ultrajadas de Europa, del mundo entero, que establezcan una línea divisoria bien definida entre el nazismo y el pueblo alemán. El mundo ha pasado ya por cinco años de una guerra llena de sacrificios y padecimientos; guerra que desencadenó Alemania, y desde cuyo primer día se vieron los contendores de Alemania frente a la inventiva, el valor, la inteligencia, la disciplina, la eficiencia militar alemanas: en suma, frente a todo el poderío de la nación que sostenía el régimen en ella imperante y daba sus batallas. No se vieron esos contendores frente a Hitler y a Himmler, que nada habrían valido sin el brío y la ciega lealtad del hombre alemán que, con descarriado valor, combatía y moría por semejantes criminales.
Nadie puede negar que el “despertar nacional” de 1933 poseía la fuerza misteriosa de las revoluciones auténticas. Pero sus características más notorias denotaban a lo que nace maldito y sin esperanza. “Las grandes revoluciones”, escribí en aquel entonces en mi diario, “despiertan, por lo general, simpatía y admiración universales, por la generosidad impetuosa que las anima. ¿Qué hay en esta revolución ‘alemana’ para que aísle de tal modo a la nación, para que engendre sólo incomprensiva repulsa dondequiera? Se jacta de no haber derramado sangre; y es, sin embargo, la más vindicativa y sanguinaria que ha habido nunca. Lo fundamental en ella son el odio, el rencor, la venganza, la vileza. Puedo ser mucho más sangrienta, y aun así la habría admirado el mundo, si hubiese sido, al propio tiempo, más pura, más cara, más noble. Les estaba reservado a los alemanes hacer una revolución nunca vista antes: revolución contra el pensamiento, la libertad, la verdad y la justicia. Y todo esto va acompañado del regocijo formidable de las multitudes, que juzgan haber consumado sus propósitos, cuando, en realidad, sólo han padecido engaño a manos de astuta demencia”.
A riesgo de que parezca que niego la responsabilidad que cabe a los alemanes, no he de ocultar lo que sabía entonces, y es, la prontitud con que la desilusión y las dudas se extendieron por el país; la prontitud con que la “democrática” identificación de los gobernantes con el pueblo se convirtió en ficción impudente. Vi yo a la nación entera caer en un lazo del cual, en parte por terquedad, en parte por flaqueza, no podía libertarse.
“Hay en mí la convicción íntima de que al pueblo en general le inspiran profundo recelo sus caudillos y la situación a que lo han conducido. Más bien que la fe y el entusiasmo, son la indiferencia, el fatalismo y la desesperanza los que ‘llevan en hombros’ el régimen y los que los sostienen. Reina un aprensivo aguardemos y veremos. Si todo esto terminase de una vez, la gente lanzaría un suspiro de alivio, como quien despierta de una pesadilla”.
Esto escribí, y de ello no me desdigo. Lo que yo veía entonces era un pueblo incitado al frenesí nacionalista y fingidamente revolucionario; pero un pueblo que, a pesar de eso, estaba desanimado, receloso de males venideros, sumido en indiferencia fatalista; un pueblo que se sentía lanzado a una aventura incierta y no tenía la menor posibilidad de resistirse.
Aquella condición a la que llamé una “una guerra interior de venganza”, convirtiose pronto en un estado de guerra con el mundo, un falso estado de guerra, componentes del cual eran el aislamiento estéril y la falacia, fomentada cuidadosamente, de que los alemanes eran campeones de la verdad, y que cuantos errores hay en el mundo se habían conjurado malignamente contra la nación capaz de salvarlo. Ahora bien, todo estado de guerra, ya sea real o supuesto, aproxima más al pueblo y al gobierno, crea la urgencia de que la nación se identifica con el régimen.
Después llegó la guerra –la de verdad. Los alemanes hicieron lo que pudieron; y lo que no debieron haber hecho. Atrocidades cometieron que encogen de espanto el corazón humano –inexplicables, de indeleble recuerdo. Mientras les fue posible, se negaron a reconocer que la guerra estaba perdida; y cuando así lo reconocieron, el inveterado fanatismo, el sentimiento medieval de lo trágico, subrogaron la ya perdida fe en la victoria.
Fue espectáculo terrible de ver éste de una nación entera que se precipita en el desastre con los ojos abiertos. Todo intento de romper el hechizo, de derrocar el régimen, de salvar lo que aún restase de sustancia y de porvenir, fracasaron ignominiosamente. Jamás se ha dado una nación gobernantes más crueles; amos que hayan insistido más despiadadamente en que se perezca con ellos.
La catástrofe nacional que el régimen gestaba en sus entrañas, es inminente. Por doce años, nosotros, alemanes expatriados, hemos estado anhelándola, con encontrados sentimientos de horror y de esperanza. Sí; la hemos anhelado –en bien de la ética, con legítimo odio, por deseo de ver castigada la iniquidad absurda. Y ya en la hora de la ruina –del no igualado derrumbamiento que alcanza a lo moral, lo intelectual, lo militar y lo económico–, nuestra lástima ante el extravío que torció de tal manera el curso de la historia, y tal temeridad, y tal desafío a los verdaderos anhelos de nuestro tiempo, corre pareja con nuestra satisfacción. Puesto todo lo alemán queda peligrando, inclusive el espíritu alemán, el pensamiento alemán, la palabra alemana; y nos vemos precisados a encararnos con la pregunta de que si, en lo porvenir, “Alemania”, en cualquiera de sus manifestaciones, osará despegar los labios en el concierto humano.
¿Qué ha de ser, de hoy en más, pertenecer a una nación que nunca supo ser nación, y por cuyos desesperados y megalomaníacos esfuerzos por llegar a serlo, tanto ha tenido que padecer el mundo? Y ser escritor alemán, ¿qué habrá de ser? Tras cada frase que construyamos en nuestro idioma se alzará un pueblo arruinado, un pueblo moralmente consumido, desconcertado ante sí mismo y ante su historia; pueblo que, según cuanto de él sabemos, desespera de llegar a aprender a gobernarse, y prefiere convertirse en colonia de potencias extranjeras; pueblo que habrá de vivir en solitario aislamiento, porque la espantosa acumulación de odios que lo rodea le impedirá salir de sus fronteras. Una cosa es evidente: hay que acabar con ese Reich marcial que jamás entendió el significado de la palabra “libertad”; que vio únicamente en la libertad el derecho de sojuzgar a otros.
El romanticismo mecanizado que se llamó Alemania ha sido tal maldición para el mundo, que ninguna medida tendiente a poner término al estado de alma que lo engendró parecerá condenable. Cabe esperar que, con la cooperación de los mismo alemanes, purificados ya en el crisol del padecimiento, pueda hallarse para el pueblo alemán un modo de vida y una forma de gobierno que aliente el desenvolvimiento de sus mejores facultades y lo eduque a convertirse en colaborador sincero de los que trabajan por un porvenir más claro de la humanidad.
Publicado en agosto de 1945, en Selecciones del Reader’s Digest (Condensado de “Free World”)
Hoy estaría cumpliendo 100 años el actor y músico Harry Dean Stanton (1926-2017). Un apasionado de la música mexicana, en plataformas como Spotify y YouTube se consiguen sus grabaciones. Aquí interpreta "Canción mixteca".