Registro de performance: Acción Moralizadora Moralizante Performer: Federico Tibiezas Dager
A considerar:
El cuerpo puesto en el espacio público es político porque su sola presencia y su habitar, es una acción micro revolucionaria con el tránsito, con la arquitectura, con la vida misma. El performance en su propia practica tiene que ver mucho con la presencia y no con la representación. Por esa razón no se puede prever la reacción del entorno, de los transeúntes. No funciona bajo la lógica de la obra de arte terminada, sino que se encuentra en constante construcción; abrazando las fallas y la apertura de los sentidos por la intervención del otro.
Ismael Chock
¿444 puntapiés? (reflexión sobre la performance “Acción moralizadora moralizante” por Federico Tibiezas Dáger)
La primera vez que leí Un hombre muerto a puntapiés, cuento escrito por el lojano Pablo Palacio, yo estaba en quinto curso de secundaria y lo encontré perturbador por lo cercano que se sentía.
El difunto quien se apellida Ramírez y la voz narrativa luego nombra Octavio, era vicioso. No se nos dice el vicio, que es en realidad un eufemismo que se usa para no enemistar su recuerdo con las señoras bien del Quito de los años 20. De esta aflicción sólo se da a entender que era un vicio digno de ser buscado y saciado, aunque signifique toparse con la propia muerte. Muerte ridícula y exprés, a puntapiés, disparando la duda en mí. de… ¿Cuántos puntapiés se necesitan para matar a un hombre de la contextura blandengue y vulgar de Octavio Ramírez?, ¿Entre cuantos pies?, ¿Con qué tipo de zapato? La voz narrativa se hace otro tipo de preguntas mediante las cuales va condecorando a su hombre y en base a una foto que le entregan en la comisaría, se atreve a escribir en su memoria las últimas horas de aquel horrendo pero interesante cadáver.
El ojo creador, morboso y cargado de pretensión, dibuja a un Octavio Ramírez, cuarentón, extranjero, de facciones muy marcadas, de carnes flojas e inquietas, atravesando una crisis económica que lo hace vestir muy mal, atravesando una crisis moral que lo hace buscar entre las calles Escobedo y Garcia, un hombre, cualquier hombre, que lo ayude a ejercer un pecado que perfore su cuerpo y así lograr saciar instintos oscuros, no dignos de nombrar. Las palabras que le cuestan la vida a Ramírez, serán:
Hola rico... ¿Qué haces por aquí a estas horas?
y
Nada, nada... Pero no te vayas tan pronto, hermoso...
A Octavio Ramirez, lo mataron a puntapiés, por marica, por mariquita, por maricón, por mariposón, por maricueca, por sopa, por badea, por arroz con chancho, por canoa mojada, por sacacaca, por mamaverga, por corruptor de menores, por desviado, por rarito, por enfermo, por villano, por homosexual antagónico que no solo abre las venas de una noche ambigua y embriagada de doble moral, sino que también abre las piernas y desde el pánico que producen las sombras endulzadas y poco delineadas, se permite absorber todo lo que denigra su imagen de varón; dentro de un Ecuador donde los mandatos que regulan y producen en torno al placer están presentes, dictando desde el poder, deteniendo y extinguiendo a puntapiés.
Ese cuerpo magullado dentro de las dimensiones reales desde una ficción política en torno a las sexualidades, observa a sus bellos verdugos desde un ángulo contrapicado, rodando las escaleras de una pirámide moral, llegando hasta el fondo: el sodomita urbano. Quien antes de extinguirse, suelta la bola de barro, eso que ahora es su cuerpo, eso que en el otro es capaz de despertar: curiosidad, pena o enajenamiento, pero siempre desde el terror propio de lo disruptivo.
La imagen de un cuerpo rodando las escaleras del cerro santana, se me apareció en quinto curso, como una pesadilla o quizás como una profecía de algo que debía concretar y al hacerlo: 1) se me revelaría un mensaje y 2) se revelaría una reacción colectiva dentro de las dinámicas del espacio público.
Mi cuerpo rodando las escaleras del cerro santana representa un signo de interrogación en torno a mi resistencia sobre el dilema de seguir viviendo en una ciudad donde las instituciones de poder político y religioso siguen coartando libertades individuales, mientras concretan estructuras pensadas para una marginalización constante. La pregunta encontrará respuesta en lo físico, en el eco de una posible llaga. Entonces me despojó (temporalmente) de comodidades y miedos para aventarme al concreto y su escarmiento.
El transeúnte se verá interceptado por la imagen de un “hombre” que voluntariamente desciende de manera violenta y sin más intervención textual que la voluptuosidad y velocidad de su cuerpo. Un hombre que debate la gravedad de sus acciones en 444 escalones, 444 golpes para adiestrar el deseo dentro de una ciudad que mediante marchas propuestas desde sectores religiosos y tratados municipales, abiertamente se profesa fascista y quizás mediante esta acción, retratar una historicidad del homosexual local.
Acción moralizadora moralizante,
Guayaquil
17/09/2017
Subo los 444 escalones de Las Peñas, en el cerro Santa Ana.
Derramo una botella de líquido transparente sobre mi cuerpo, sin que el líquido entre a mi boca.
Trato de rodar los 444 escalones
Me detengo ante la intervención física del otro.












