@pvntodefvga
La penumbra del anochecer se filtraba por los largos ventanales, en el interior del amplio y exquisitamente amueblado apartamento del arquitecto Tildo Locke, situado en Mayfair, uno de los barrios más emblemáticos y exquisitos de la ciudad de Londres. El reloj marcaba las 18.45h, mientras el humo de la olla se evaporaba entre las rendijas del ruidoso extractor. La cocina incluida en el mismo espacio que el salón se mostraba caótica, dentro de un pulcro orden y utensilios de alta calidad, bajo un único culpable.
Forrest Knox, veterinario y marido, se concentraba en los últimos retoques de su experimento culinario. El castaño desteñido, original de Pensilvania, en Estados Unidos, terminaba de cortar con cautela y un afilado cuchillo las verduras, para verterlas en la ardiente sartén de excelente material, descansando sobre el fuego a su izquierda. Su pasión por los animales y un romance de casi una década, le ancló a una cómoda vida en aquel punto del globo terráqueo.
En otro lado de la instancia, Tildo se postraba sentado en una cómoda silla de diseño, cuyo precio ascendía a desorbitadas cantidades. Leía con calma y determinación un libro sobre arquitectura, su pasión, bajo el foco de timbre ámbar que proporcionaba una lámpara con estilo vanguardista. Descendiente de padre irlandés y madre francesa, pasó la mayor parte de su infancia entre Inglaterra y Francia, aunque rara vez visitó Irlanda. Su acento era ciertamente particular y único, una simbiosis de diferentes esquemas.
En aquel momento, casi inesperado, el timbre de la puerta invadió el espacio abierto de las inmediaciones. “Cariño, ¿puedes abrir?” dijo Knox, con un caracterizado acento americano y una sutil urgencia en su lengua. “¡Gracias!” expresó con falsa modestia. Tildo dejó el libro, sin marcar una página concreta, sobre la mesa contigua y se dirigió con los pasos descalzos hasta la entrada. Forrest le indicó, escasas horas previas, que estaban esperando compañía. Sus orbes se abrieron como platos, tras desenmascarar el trozo de madera de la puerta.
“¿Kai?” consultó, ante la duda. Aunque el nombre volvió a sus labios con una naturalidad innata, aún tras el paso de una década y la madurez en las líneas que componían el rostro del contrario.







