Hace dos semanas entrevisté a Claudio Tolcachir. Mis primeras experiencias con el teatro fueron con obras de alumnos de él y en su teatro de Boedo, Timbre 4, que siempre tiene sorpresas y que inauguró una sala paralela de mayor capacidad para hospedar aquellas obras que traspasaron todas las fronteras imaginadas, incluso aquellas que separan países.
Tuvimos una conversación de poco más de media hora pero absolutamente llena de cosas interesantes, de impresiones y vocaciones vinculadas al teatro, la docencia y la experimentación. Una voz cálida que habla con profundo cariño de todo lo que hace.
Aquí la entrevista que hice para www.orillasur.com
El viento en un violín, estrenada primero en Europa y ahora en Argentina, es la última creación de Claudio Tolcachir. Timbre 4, su teatro desde hace más de una década, es el escenario natural para esta obra y para Tercer cuerpo y La omisión de la familia Coleman, que luego de girar por el mundo durante años comparte elenco en Buenos Aires con el nuevo estreno. Mientras tanto este teatro, tiene una historia propia que contar.
Desde hace 10 años los personajes de Timbre 4 habitan el barrio de Boedo pero también el mundo. Sus universos son obra de Claudio Tolcachir. Actor. Docente. Director. Joven. Un teatro que nació sin querer y que hoy cuenta con dos salas: una, la original en la calle Boedo, de corte más experimental; la otra, enorme, sobre México, que hace las veces de hogar para las obras a las que ya no les alcanza con 50 butacas.
Ya a sus quince años Tolcachir participó de la construcción del teatro de su profesora Alejandra Boero, Andamio 90. En su propio colegio secundario, junto a un grupo de amigos, refaccionó el sótano para transformarlo en teatro
Momentos antes de la crisis de 2001 y con esa experiencia en su haber comenzó la historia de Timbre 4.
Me gustaría tener tu relato sobre el proceso de gestación de Timbre 4
Este espacio, el original (en Boedo 640), lo compré yo en 2001 con un crédito hipotecario, justo antes de la debacle, así que empezamos a trabajar acá a las corridas con el toque de queda, con las marchas y todo. Y la idea en principio era tener un lugar para vivir y también un espacio de investigación, de experimentación.
Empezamos a ensayar Jamón del diablo, que era un cabaret, y yo no quería tener una estructura. Siempre me parecía que llevaba tanto tiempo que terminabas no pudiendo hacer obras. Pero como necesitábamos un espacio difícil de conseguir, que fuera como un cabaret y al mismo tiempo un teatro, dije “bueno, vamos hacerlo acá”. Norma Aleandro me dio la idea. Justo estaba trabajando con ella.
Y todo sucedió ahí, de forma artesanal, con luces hechas con tachos de aceite, muebles traídos de sus hogares, y la tía Celina que tomaba las reservas desde su casa. Hasta que en 2005 La omisión de la familia Coleman hizo su aparición en escena y con ella una masa de público mucho mayor que requirió de una estructura real.
“Por suerte no se convirtió en un peso. Es un espacio súper profesional de trabajo, pero sobre todo es un lugar donde también todos hacemos lo que queremos. Donde yo puedo estrenar, puedo ensayar, puedo dar clase, puedo invitar amigos a que vengan a ensayar sus obras. O sea que no perdió la esencia de lo que queríamos que eran 4 paredes donde uno podía darse el gusto de probar cosas”.
¿Qué rol te parece que ocupa Timbre 4 en la escena porteña?
Supongo que la particularidad más linda que tiene es que está vivo. Yo siento que voy caminando por los lugares y está vivo lo que hacemos nosotros con las obras. Estamos arriesgándonos, estamos exponiéndonos, haciendo obras nuevas. Y creo que una cosa sana es la cantidad de germinación de cosas que surgen del espacio. Los actores de mis obras están gestando otras obras. Si un lugar tiene un sentido creo que tiene que ver con cobijar las vocaciones de la gente, sus ilusiones, darles un reparo pero no reprimir, sino que sea un lugar donde vos podés tomar riesgos y exponerte a tus propios deseos, tus ideas, las obras que vos querés hacer. Estamos haciendo esto porque nos gusta mucho, nos divertimos haciéndolo.
¿Y en qué momento decidiste abrir una segunda sala mucho más grande (México 3554)?
Yo creo que nosotros nunca decidimos nada. Las cosas nos fueron sucediendo. Así como antes no nos quedaba otra que transformar Boedo en sala. Esta vez, como teníamos un vecino que nos hacía denuncias por prostíbulo y venta de drogas, empezamos a buscar por la manzana una entrada independiente para que la gente no pasara por su puerta; y una gente de acá nos dijo “esa puerta que ves ahí se toca con Timbre”. Nosotros dijimos que necesitábamos un pasillo nada más, hablamos con la inmobiliaria, vinimos a verlo, y nos quedamos completamente enfermos, porque entrabas a este lugar y veías teatro por todos lados.
Se trata de un espacio muchísimo más grande en el cual cada semana las plateas cambian de lugar para cobijar de miércoles a viernes La omisión de la familia Coleman y sábados y domingos El viento en un violín, cada una con una perspectiva escénica propia. “El lugar estaba hecho pelota, inundado, todo roto, todo sucio, lleno de sillas podridas que se hacían acá. Era una fábrica de sillas. Un lugar muy hermoso. Pero nosotros no teníamos ni plata para comprarlo ni plata para arreglarlo ni la intención de hacerlo. O sea, lo encontramos de casualidad y estaba al lado del otro Timbre. Y no se cómo nos pusimos a hacerlo. Y apareció la plata y con muchísimo trabajo, mucha suerte, se hizo. Pero no es que nosotros decíamos “quiero tener una sala más grande”. Lo hicimos medio inconcientemente. Cuando vine la primera vez dije 'ya está, ponemos unas sillas y la gente actúa' y no, fueron cuatro años de estar en obra para poder abrirlo. Y la verdad es que ahora sí, tenía mucho sentido porque una sala más grande le permite a determinadas obras generar una cantidad mayor de público y de entradas y la sala chica permite un nivel de experimentación para nuevos directores, y nuevos actores.
¿Hay un camino en el que una obra experimental como La omisión de la familia Coleman deja de serlo? Vende entradas, tiene un lugar mas grande, esta consolidada…
Yo nunca vi mucho la diferencia. Para mí siempre fue trabajo. Trato de hacer siempre cosas que me gusten, que me calienten y que yo me sienta orgulloso de lo que salió. Y después son cuestiones de producción. 50 personas o mil, tenés que difundir diferente, pero el hecho artístico, los actores actúan igual, y dirigís igual. Si yo pienso en el teatro pienso en un público no teatral. Me gusta que venga cualquier persona que nunca haya visto teatro y pueda sentarse y se enamore del teatro, y a partir de ahí reclutarlo para que venga a todas las obras. Pero hacer un teatro que tenga códigos sólo para gente que leyó teatro, sorprender al teatrista, a mi no me interesa. Me gusta mucho más que vengan las tías, y que vengan los pibes y que vean una obra de teatro y les parezca que está bueno. Si yo pienso en una obra pienso en ellos. Hago las obras para mi gusto y para mí, y pienso en algunas personas que van a venir a verlo y que les puede gustar, y desde ahí todo. Pero la verdad nadie sabe qué cosas le van a gustar al público
¿Esperabas que se produzca este fenómeno con Coleman, que estén tantos años llevando la obra por el mundo?
No. Cuando hicimos Coleman pensamos que íbamos a hacer dos meses de funciones y empezábamos con otra. Yo decía “una obra realista sobre una familia no le interesa a nadie” y la verdad es que la hicimos para nosotros. Y después empezó a generar mucho más de lo que habíamos imaginado. Pero así y todo, pensando que íbamos a estar dos meses, ensayamos un año gratis de doce de la noche a cuatro de la mañana. Entonces obvio que está bien estar cansado, pero nosotros sabemos el privilegio que es vivir con tu trabajo, viajar con tu trabajo, estar con la gente que querés, que todas las personas con las que compartís disfruten y puedas ser una fuente de trabajo de mucha gente. Me emociona pensar que ahora están viviendo del teatro quienes apostaron a algo de lo que realmente no existía la más mínima posibilidad de que pudiera pasar eso.
¿Pensás que las obras tienen un contexto histórico en el cual explotan y quizás en otro momento pasarían inadvertidas?
Absolutamente. Yendo al lugar de Coleman, yo creo que más allá de los valores de la obra, algo pasó en un momento en que hacía falta hablar de eso, y la gente encontró una obra que se ve que necesitaba ver. Creo que las obras tienen un tiempo en el que coinciden con lo que el imaginario necesita encontrar. Y con El viento… nos pasó eso, que la idea era estrenarla en la fecha en que después, sin saberlo nosotros, pasó lo de la ley de matrimonio igualitario.
La idea nuclear de esta obra, acerca de una pareja de mujeres que hará cualquier cosa con tal de tener un hijo, simplemente apareció un día mientras Tolcachir cruzaba una calle, mucho tiempo antes de que surgiera la posibilidad de la Ley de Matrimonio Igualitario. “Yo creo que son como respiraciones sociales. Entonces de golpe hacen falta cabarets. Todas las obras son cabarets. Y no es que se copien. Es que todo el mundo dijo 'ay, quiero hacer un cabaret'. O 'quiero hablar de la familia' o 'necesito hablar de otro tipo de relación amorosa'. Es como si algo en el aire te llevara a un tema. Y por ahí alguna de esas obras sí tocan algo que la gente necesitaba hablar”.
En un video sobre Tercer cuerpo hablás sobre que cada uno de esos cinco personajes son un poco vos. ¿Eso pasa con los personajes de todas tus obras?
Siempre. Todos soy yo. A todos los puedo entender mucho. Lo que hacen lo entiendo. Supongo que es un lugar del actor también. Trabajás mucho para vos ser todos. Y cuando escribo nunca los juzgo. Todos hacen, sobre todo en lo más errado, cosas que yo podría hacer. Que no hago. Por suerte escribo. Entonces jamás te podría decir que un personaje es un hijo de puta, o que es tonto. Porque yo veo todo lo que son y me identifico y entiendo por qué lo hacen. Lo voy a defender a muerte.
¿Cuándo dijiste “estoy listo para ser docente”?
Eso también se fue dando. Al principio me aburría mucho en el colegio, entonces empecé a pasar por las aulas a decir que quería armar un grupo. No a dar clase sino armar un grupo. Y con la impunidad de la adolescencia, me metía con todos los textos del mundo y los hacía trabajar y quería que todo fuera genial. Y después en su escuela Alejandra Boero me empezó a meter en los talleres y ser ayudante de ella y de otros profesores, así que se fue dando naturalmente. Durante mucho tiempo yo no lo llamaba dar clase, sino trabajar con un grupo, y sigo pensando que no es que uno da clases de cómo se hacen las cosas, sino que vos como profesor sos el que tiene que ayudarlos a descubrir lo que por ahí está trabado, anudado. Es un trabajo más parejo, vos tenés otras experiencias y vas ayudando a que el otro vea lo que no es capaz de ver y eso es súper placentero. Es una tarea de las que más me gustan.
Definitivamente hay que ir a ver:
La omisión de la familia Coleman
Actúan: Araceli Dvoskin, Miriam Odorico, Inda Lavalle, Lautaro Perotti, Tamara Kiper, Diego Faturos, Gonzalo Ruiz, Jorge Castaño
Sala: México 3554
Miércoles y Jueves 21 hs
Actúan: Araceli Dvoskin, Tamara Kiper, Inda Lavalle, Miriam Odorico, Lautaro Perotti, Gonzalo Ruiz
Domingos 19 hs y 21:15 hs
Actuan: Hernan Grinstein, Magdalena Grondona, Melisa Hermida, José María Marcos, Daniela Pal
Sábados: 21 hs y 22:30 hs
Domingos: 19 hs y 20:30 hs