“Prohibido quemar cualquier cosa”. No se alcanza leer el letrero, pero qué más puede decir. La tolvanera empezó hoy temprano antes de que amaneciera, de hecho no ha dejado que amanezca realmente; al menos nos resguarda de la inclemencia del sol. Mi bisabuelo decía que de niño él no tenía que estar a la intemperie con sombrillas ni cubretodos; eso nada más los albinos si acaso; también decía que de niños a sus abuelos no les quemaba el sol la piel, y eso que también eran blanquitos, hijos del viejo mundo.
No hay mucho que explicar de las razones, todo lo sabíamos ya y hubiera parecido que no nos importara, que incluso hubiéramos hecho este mundo cenizas por puro placer. El ciclo del agua fue envenenado junto con el aire por ácidos que producíamos y al menos en esta ciudad no hay más plantas que los pequeños cactus que crecen en el cerro. No se ha podido hacer un estudio de las especies animales que siguen vivas, pero ya no he visto aves por aquí, solo los perros que no nos dejan y algunas especies subterráneas que se alimentan de los insectos. Nada de lo que ocurrió no lo sabíamos, en algún libro lo habían dicho, por algún medio lo habían publicado, cualquiera había leído que no habría ni auroras, ni polos, ni nada de las bellezas que ahora son solo recuerdos caducos de los ancianos.
El cambio global fue gradual, le dio tiempo a la clase alta de construirse ciudades maravillosas. De hecho la carrera por construir estas ciudades fue el evento más explotador de recursos que había visto la especie. Todos eran felices durante esos años, sobraba trabajo en las minas y los bosques; desbordaba dinero en las industrias, el comercio se vislumbraba como un sol que ardía insaciable y el futuro del hombre se admiraba como la obra más fantástica que se pudiera haber creado. Inminentemente los recursos se fueron agotando. La inflación fue devastadora y la caída de los gobiernos impactantes. Finalmente las ciudades maravillosas tuvieron que construirse con sangre de obreros que nunca la disfrutarían y con deudas al planeta que no se podían pagar.
El anciano de mi comunidad nos dice que varias de estas ciudades podrían seguir funcionando, pero no había forma de saberlo ya. Hablaba de la Gran Chinampa del Golfo mexicano, del Complejo Internacional de los Andes y el Amurallado de Plata sudamericanos, del Orbe Flotante del Pacífico y el del Atlántico estadounidenses además del Orbe Central, del Hábitat Neourbano canadiense y de la Red Subterránea de Australia. Los demás nombres se le han olvidado, pero asegura que en el viejo continente había aún más diseños de ciudades voladoras japonesas, de cubos gigantes de almacenamiento de chinos, de dos domos rusos, de países europeos debajo de los países europeos que llegaron primero. Nadie se preocupó por los africanos que llevaban en crisis toda la historia y que, repitiéndola, conquistaron de nuevo la tierra que las razas destructoras habían abandonado.
Ahora mi comunidad está buscando tierras más o menos fértiles dónde asentarse, porque nos quedamos con un dejo de explotación de recursos y acabamos con la comida que se había quedado. De las ciudades que se abandonaron hay cientos, y nadie quiere vivir en ellas. Nadie puede, en realidad, si ahí no hay dónde cultivar ni qué beber. Hemos vivido en algunos territorios, pero con la primera lluvia los cultivos se estropean, y sin la primera lluvia los cultivos no germinan. Comemos más bien frutas, bulbos, raíces y pastos. Damos de comer lo mismo a los animales que encontramos y para calentar la carne solo hay que dejarla sobre las placas de metal de los antiguos automóviles por una hora bajo el sol, y es todo. Viajamos cerca de la costa para asegurar el agua. Creemos que vamos hacia el sur
Cuando nací ya el mundo tenía este tono de supervivencia. No conozco el verdor de los valles ni la blancura de las montañas que veo en las fotografías. La electricidad me parece todavía una magia misteriosa que habita en las baterías. No sé cuántos dioses haya, pero siento su castigo. Siento culpa por los escombros y arrepentimiento por la erosión. Cargo los males que no causé. No conozco el mundo mejor que había detrás del mío que duele como si lo hubiera conocido.
A veces me imagino qué habría hecho si hubiera nacido yo en el tiempo de mis abuelos y hubiera podido disfrutar lo que ellos; seguramente el mismo derroche que las generaciones anteriores; o tratar de evitarlo y ser ignorado en todos los medios como decía mi bisabuelo. Las fotografías que veo son tan brillantes, y no puedo creer que todo pudiera verse así y se haya aniquilado a voluntad. Cómo será la nieve o las flores. Cómo será tener el conocimiento de la humanidad en un aparato. Cómo será pagar por habitar el planeta. Cómo será poder contactar a otra persona del otro lado del mundo. Cómo será una red de agua potable o tener gas en un tanque. Cómo será.
En la comunidad somos cincuenta y dos. El anciano y las personas más viejas se encargan de enseñar a los niños a leer y escribir. Los más fuertes cargan y arman las tiendas cuando nos cambiamos de lugar, y mientras permanecemos asentados, ellos recolectan la leña para los fuegos y se encargan de recoger agua del mar y destilarla en los matraces. Los más hábiles van a las ciudades o poblados cercanos para conseguir herramientas, baterías o enlatados. Los jóvenes buscamos árboles, insectos o animales qué comer. Todos traemos nuestras cantimploras y nuestros recuerdos entre otras cosas en las mochilas a nuestras espaldas. Todos cargamos algo que encontramos en las ciudades o en los desiertos. Todos menos el anciano que solo carga su bastón y la ropa puesta.
Mi mochila tiene muchos compartimentos. La encontraron hace un par de años en una gran ciudad en la que vivimos por una semana. La trajeron de un centro comercial de donde sacaron ropa nueva para todos. Mi mochila tiene una chamarra de montaña, una navaja suiza, tres encendedores, una pistola presurizada de balines, varios paquetes de balines, una linterna de carga manual, un libro de cacería y un libro ilustrado de ecología, una harmónica, tres cuadernos de apuntes de todo, una moneda de cien pesos, unas gafas de sol, dos jabones, un pantalón de mezclilla, dos camisas de manta y otro par de calzones. Me imagino que los demás llevan más o menos lo mismo.
Los últimos días no hemos podido encontrar qué comer, es ahora cuando se abren las latas que guardamos para estas ocasiones. Nuestros estómagos se han acostumbrado a comer de todo sin agitarse, así como nuestras pieles negras y sin pelo nos cubren del calor del sol. Solo los viejos tienen todavía algo de cabello y barba, además de la piel bronceada. Las botas que usamos nos protegen del suelo, y los sombreros y las gafas de la tierra que se hunde en nuestras arrugas, nuestros ojos y nuestras secas bocas. No creo que encontremos las tierras fértiles que buscamos. No creo que la raza humana vaya a sobrevivir. No creo que existan los elefantes, las mariposas, ni las sirenas.
Seguimos vivos, seguimos avanzando. El collar de mi madre me empuja al siguiente día cada mañana a pesar de que los días son ya todos iguales. Seguimos sin saber a dónde, seguimos sin saber por qué, seguimos no sabemos cómo.