Soy un esclavo del siglo XXI que nació en el siglo XX; yo no trabajo bajo el sol, no recojo semillas ni frutos, no me mancho las manos de grasa, mis músculos sólo se mueven para alcanzar las teclas del computador, escoger las cosas que quiero desde mi móvil y por las mañanas corro sobre una banda plástica en una máquina que me indica cuántas calorías he quemado.
Veo películas de amor, aventura, ciencia ficción, terror, acción, drama, arte, documentales sobre el fin del tiempo y el inicio del universo. Escucho música de gente muerta y muy viva, de sintetizadores, cajas de ritmos, de algoritmos, destalentados, virtuosos, populares y alternativos en sistemas de pago por streaming online que sólo incluyen a los que pagan para ser parte del juego. Leo todo el tiempo, a veces literatura pero mis ojos se debaten entre artículos digitales de animalistas, activistas, derechos humanos, políticos, reportajes de tendencias, ciencia, sociología, deporte, esquelas, nostalgias, gadgets, conspiraciones, feminismos, machismos, socialismos, capitalismos, historia moderna que habla de la prehistoria y la posthistoria que nunca he vivido y menos viviré.
Compro la ropa que quiero, esa que me da un estilo “único”, en cadenas de tiendas extranjeras que producen millones de prendas en serie en algún país sin leyes de trabajo o con unas muy laxas, y claro, mano de obra muy barata, no me importa si contratan niños que se quedan ciegos o sin dedos, total, no dura más de una semana; además sus precios son perfectos para que compren esclavos alfabetas como yo que quieren verse a la usanza de la temporada.
Como lo que quiero cuando es inicio de quincena y me quedo con las sobras de la gloria antes del día primero de cada mes que pago la renta. Me atasco con frituras, pido tacos de grasa, trago platillos mexicanos, chinos, japoneses, vietnamitas, árabes, franceses, italianos, gringos, colombianos, argentinos de cualquier lugar del planeta porque vivo en la globalización donde lo único mundializado es el consumo, aunque mi cartera no me dé para atravesar océanos y volar millas para comer en los países de donde es la comida. A lo largo de mi vida, me he encargado de seleccionarla sabiamente con los platillos indicados para destruir cualquier rastro de salud en mi aparato digestivo.
Estoy de aniversario y manteles largos pues desde hace 14 años mi relación con el alcohol y los cigarros no ha terminado: ya pasaron 3 novios, un bachillerato de 5 años, una carrera universitaria de 4 y 6 empleos, muchas noches en vela y lamentos sobre vidas no vividas. Soy amante y carnal de la cerveza, el vodka, tequila, ron, licores y bebidas sin nombre. No existe conocido mío que no sepa lo que es ver el amanecer conmigo entre risas, pláticas políticas, existenciales o amorosas, en penas, desmayos o sollozos.
¿Amor? Yo no creo que exista, eso es algo que nos inventamos los humanos para distraernos y no suicidarnos al darnos cuenta de la intrascendencia de la vida. Vivo en una ciudad con casi 5 millones de habitantes, todavía tengo una familia que no visito mucho, amigos siempre y amantes siempre diferentes sin importar el día y cuando no los tengo, hay decenas de aplicaciones móviles con hombres para cada fantasía y el PORNO ¡Oh sí! El acompañante 24/7 siempre disponible y libre de ITS. Lo único que me da pesar, son los metros y metros de papel higiénico que se van mientras veo minutos y minutos de hombres inalcanzables en internet haciendo posturas extravagantes o mientras me imagino a mis hombres “prohibidos”, ya saben lo que siempre me ha encantado: heterosexuales, de mediana edad con esposa, hijos, divorciados, gordos, flacos, morenos, güeros, musculosos, peludos, en fin, mi lista de gustos es larga como hombres hay en el mundo.
Comparto mi vida con miles de desconocidos en redes sociales e internet desde la adolescencia, ellos saben qué es lo que me gusta, los lugares que he visitado, mis amados, idolatrados y más odiados, los que me gustan, mis desvaríos mentales, mis fobias públicas y mis filias casi legales.
Vivo en la era donde pude jugar en la calle, meterme a jugar video juegos y encerrarme en pequeños mundos para jugar a vivir mis vidas. Para mí, todo es un juego y siempre puedo cambiarlo al momento en que quiero pero…
¿Se puede saber qué querer cuando quieres todo que es lo mismo que nada?
¿Por qué sentirse triste, solo, perdido o un desperdicio cuando la vida te ha tratado “tan” bien?
¿Qué más feliz se puede ser cuando sólo se es libre para elegir?
Soy un humano XY, habito en el año 2017 d.C. vivo en la hiperrealidad y sufro la transmodernidad en un lugar del mundo llamado Guadalajara, México.