Vivimos en tiempos malignos, en los que puede ser vergüenza y pecado la sangre que corre por las venas de un hombre.
Ursúa. William Ospina
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Vivimos en tiempos malignos, en los que puede ser vergüenza y pecado la sangre que corre por las venas de un hombre.
Ursúa. William Ospina
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Al final no triunfamos los humanos, al final sólo triunfa el relato, que nos recoge a todos y a todos nos levanta en su vuelo, para después brindarnos un pasto tan amargo, que recibimos como una limosna última la declinación y la muerte
Ursúa. William Ospina
[...] nada es más útil para los gobernantes que tener un demonio al cual atribuir los desórdenes del reino, a quien señalar como el origen secreto de todos los fracasos de su administración.
Ursúa. William Ospina
Era el año de gracia de 1533, y muy al sur también había otro cuello en tormento, porque el verdugo estaba apretando con el torniquete una cinta de acero en torno a la garganta de caoba de Atahualpa, que había sido bautizado la noche anterior, para que no muriera sin el amparo de Dios.
Ursúa. William Ospina
El sol, dijo Oramín, nació como un muchacho sabio y manso llamado Sugamuxi, en las tierras de Hunza, pero al salir de la infancia se vio obligado a viajar solo por regiones tan hostiles, llenas de selvas, de serpientes mortales, de tigres carniceros, de guacamayas, de monos saltadores, de lechuzas, de moscas grandes, zancudos y escorpiones, que el muchacho fue perdiendo la paciencia a medida que avanzaba en su canoa por las aguas encajonadas del río. Un día despertó en medio de la corriente, y había tantas criaturas acechándolo, tantos tigres rugiendo, tantas gualas negras de pluma blanca oscureciendo el cielo en espera de su carne, que el joven Sugamuxi se fue poniendo rojo de furia hasta que ardió en una sola llama y se transformó en Chicamocha, el señor de fuego. La canoa ardió con él, el fuego se contagió a las orillas y fue incendiando los bosques, las laderas, las montañas vecinas, de modo que el muchacho en llamas pasó en un incendio tan grande que hacía saltar en brasas a los saltamontes y arrastrarse en brasas a las serpientes, y que redujo a cenizas la selva, los animales y los suelos de la región. A medida que avanzaba, tras él iban quedando tierras muertas, montes negros de carbón y grises de ceniza y de ruina. El señor de fuego siguió bajando en su barca encendida y sólo sintió que se aplacaba su furia al llegar al valle del río Yuma, donde se fue convirtiendo sólo en calor, de modo que volvió a ser sugamuxi, el joven de la diadema de oro. Así se explicaba Oramín la existencia de algo de lo que también habían hablado los exploradores extraviados de Alonso Luis de Lugo: una región de cañones siniestros e interminables donde la tierra parecía muerta desde la creación del mundo, donde sólo serpientes y lagartos resecos miraban la inmensidad de las montañas calcinadas por un desastre antiguo.
Ursúa- William Ospina
Z'bali se volvió tan dócil en el amor, tan comprensiva y tan franca, comparada con las españolas, que trataban de ocultar su cuerpo aun en medio de la cópula, y que en plena fiebre amorosa preferían la quietud y el silencio, que dejaba fluir el rumor de los cuentos de Z'bali como parte del bienestar que le causaba su compañía, aunque después del acto y del reposo, cuando ella se alejaba, él tenía la vaga sensación de haber orillado la sinrazón, de haber descendido un poco a la animalidad, porque en su recuerdo los placeres del cuerpo quedaban como contaminados de zarpazos y de aleteos, como si se hubiera revolcado con gatos monteses y con serpientes, como si los esos húmedos de Z'bali le dejaran un rastro de selva en el alma
Ursúa- William Ospina
No vieron un solo indio en esa parte de la travesía, pero yo sé que no todas las sombras que vieron eran sombras de árboles, ni todas las plumas que vieron eran plumas de pájaros, y qué no toda la arcilla roja que advirtieron en los barrancos era tierra inerte.
Ursúa- William Ospina