Elbio Antúnez - Utilero
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Elbio Antúnez - Utilero
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PABLO MARAÑÓN, UTILLERO DEL PRIMER EQUIPO | #Futbol | #RealSociedad |
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Gaetano Luongo: más que un utilero
Cuando me asignaron realizar una entrevista de personalidad, pensé en hacerla con una persona famosa. Pero en el camino y después de una desagradable experiencia, me di cuenta que no es necesario que alguien sea popular para dejar huellas en quienes le rodean.
Comencé a evaluar a los posibles entrevistados y mi mente se topó con Gaetano, utilero del Caracas FC. Lo conozco por lo menos desde hace cuatro años y he aprendido a descubrir cómo detrás de su carácter, se esconde una gran persona.
Después de hablar durante casi una hora con él, salió esta gran entrevista que deseo compartir con ustedes. Aunque es larga, no tiene desperdicio.
Uno de los jugadores que más admira el ítalo-venezolano es al criollo Stalin Rivas
Gaetano Luongo: más que un utilero
Desde sus inicios en Central Madeirense, Gaetano ha estado ligado al balompié criollo por casi cuarenta años. Y aunque piensa en dar un paso a un costado para que la nueva generación se encargue de todo, seguirá manejando el andamiaje del equipo hasta que “el cuerpo aguante”
Andrea Fernández
Él no necesita ocultar su identidad detrás un antifaz. Tampoco tiene que usar un sobrenombre para cumplir con sus labores y salvar el día a día. Sólo usa su voluntad y sacrificio. Usar capa sería estrafalario y sin razón. Su arma es el buen trabajo y su uniforme, una simple camisa y un pantalón. Gaetano Luongo, el gran héroe del Caracas FC, es un hombre que ha cambiado su casa por una cancha para vivir su pasión por el deporte rey.
Aunque en muchas oportunidades no se aprecie los pequeños detalles que ocurren detrás de los éxitos de un equipo de fútbol, como los que hacen los utileros. Estos deben ser ordenados y detallistas, puntuales y obedientes, para que lo planificado en la cancha también se logre en los camerinos y en el almacén que contiene todo el equipamiento deportivo del club. Gaetano ha entendido esto y desde que comenzó en este puesto, ha llevado sus labores con bastante responsabilidad, así como todo héroe.
A pesar de que no se ve a sí mismo como tal, lo que realiza cada día es importante para que el primer equipo de los Rojos del Ávila esté bien uniformado, tenga todos los implementos en los entrenamientos y no se pierda nada en los camerinos.
Sus actividades comienzan a las 5 de la mañana cuando llega al Cocodrilos Sports Park en la Cota 905, búnker del Endecacampeón de Venezuela. Allí, ordena las camisas con sus respectivos shorts y pares de medias para que los jugadores tengan sus uniformes como corresponde. Luego, dispone los zapatos de los futbolistas en dos filas frente a la puerta del camerino. Después, y de acuerdo con las especificaciones del cuerpo técnico, lleva todo lo necesario a la cancha para realizar el entrenamiento del día. Además, hace el café para todos y, si es el entrenamiento de la tarde, busca golosinas para los entrenadores.
Esto lo debe repetir dos veces al día cinco días a la semana. Si al equipo le corresponder jugar de visitante en otra ciudad del país, deberá empacar lo mismo que usan en la rutina para usarlos en el campo del rival. Y si es en el exterior, deberá ser más cuidadoso con lo que está guardando.
País nuevo, vida nueva
Cuando su mamá dio a luz en San Giovanni A Piro, en la provincia de Salerno, el 4 de abril de 1959 no pudo predecir que uno de sus morochos iba a ser una pieza fundamental en un equipo de fútbol y que iba a viajar por el mundo encargándose de por lo menos una veintena de hombres como si fuera otro padre más.
Mucho menos pudo pensar seis años y medio después, que el llegar a Venezuela y crecer, Gaetano se involucraría con el fútbol e iba a ser querido por varias generaciones de jugadores.
Luongo, aunque recuerda poco de los quince días que pasó en barco que usó para salir de su pueblo natal, no puede borrar la imagen de la Caracas de la mitad de la década de los sesenta que lo recibió: “Esa época de Caracas, te digo… Uno se levantaba, nosotros que vivíamos en la calle de los laboratorios, salía a la puerta y agarrábamos el pan y la leche. Nadie la tocaba”.
Cuando llegó a tierras venezolanas, Gaetano no solo tuvo que adaptarse a una nueva ciudad; también, tuvo que conocer a un hombre que, momentos después, entendió que era su progenitor. “Yo conocí a mi papá en Venezuela porque cuando yo nací, él ya se había venido como inmigrante. Llamó a mi mamá y nos vinimos. Fue un choque porque lo único que conocía era a mamá”, explicó. “No conocíamos ni a nuestro papá y nos tuvieron que hacer entender que él era nuestro padre y que ahora este era nuestro hogar”.
Al año de haber pisado suelo criollo, comenzó su vida escolar en el colegio San José en la Carlota. Ahí tuvo la oportunidad de no alejarse de su lengua materna, pero le tocó la difícil tarea de aprender el español. De esos momentos, recuerda el rechazo del que fueron víctimas su hermana morocha, María, y él por ser extranjeros. Pero aclara que no todos fueron así: “Otros se acercaban a uno y terminaron siendo nuestros amigos porque estudiamos juntos el resto de los años. Todavía conservo varios amigos de esa época. Unos me dicen cuando me ven: ‘Te vi en el periódico’” (risas).
Gaetano, además, tuvo que aprender lo que es crecer en otro país pero, al mismo tiempo, qué significa que su familia también crezca: varios años después nacieron tres Luongo más. “Mi hermana y yo teníamos que cargarlos (a Nicola, José Gregorio y Giovanni), cuidarlos, cambiarles su pañal, que antes no eran desechables si no de tela y había que echarles su lavada (risas)”, comentó.
Esto, a su vez, lo llevó a trabajar desde muy joven. A los 13 años comenzó a lavar, llevar y reparar zapatos; y después se desempeñó como repartidor de repuestos. “Fue una época dura porque había que trabajar si se quería algo. No era mucho pero alcanzaba. Mi papá no ganaba suficiente pero nos mantenía a todos”. Luego, continuó recordando: “Después de clases limpiaba zapatos o hacía mandados, limpiaba las escaleras del edificio donde estábamos o lo que nos mandaran”.
Comenzó a nacer el héroe
Como todo niño, completó la primera y la secundaria, pero decidió seguir trabajando y abandonar su vida escolar. Continuó en la venta de repuesto, ascendió de motorizado, a almacenista y por último a vendedor, puesto en el que pasó diez años. Luego, estuvo en una compañía que instalaba subestaciones eléctricas y en paralelo, comenzó en el mundo del fútbol.
Aunque se confesó ser muy mal jugador del deporte rey, quiso involucrarse con otras cosas de esta disciplina. Solo tenía 16 años (1975) cuando emprendió su camino dentro del balompié criollo. Empezó con el Central Madeirense gracias a la invitación del Sr. Vieira y Argenis Padrón, encargados del equipo ibérico. Allí tuvo que forjar la personalidad fuerte que exhibe hoy en día y aprender que el fútbol es más que un simple deporte.
Gaetano relata que de lunes a viernes participaba en la compañía de instalaciones eléctricas, y los fines de semana cumplía con sus labores de utilero y delegado del club. Como un superhéroe, llevaba una doble vida. Hasta que después, se dedicó completamente al club que le dio su primera oportunidad.
De esos 25 años en el Madeirense, recuerda la adaptación al grupo y a un jugador en específico, a Gustavo “Cata” Roque. “La adaptación en esa época por mi edad no fue difícil. Los jugadores, que eran mayores que yo, me enseñaron lo que yo debía ser y hacer porque uno no puede llegar de la noche a la mañana y decir: ‘Aquí estoy yo’, y ya, listo. No. Me ayudaron a entender cómo me tenía que adaptar a ellos. A veces me tenía que aguantar mis regaños, lo que me dijeran. Cata Roque (Gustavo), el hijo de Cata, tenía un temperamento muy fuerte. Entonces como uno era un pelao’ (sic), quería encararlo a uno pero me le enfrenté y dije: ‘Este sí es arrecho’” (risas).
Y como buen utilero también tuvo que aprender a cómo lidiar con los directores técnicos, personajes que según su entender, son los que se llevan la peor parte de la presión que siente el equipo: “Con ninguno he tenido un inconveniente, porque es como dicen, hay muchos técnicos. Muchos pasan, muchos regresan. Entonces uno no puede llevarse mal con ellos. Eso es lo que yo le digo a todos mis compañeros. Porque también hay que entender por lo que pasa un técnico. De todos lados te van a matar: si no es la prensa, son los fanáticos, si no es la directiva”.
El héroe llegó para quedarse
Gaetano dividió sus últimos momentos en el Madeirense a finales de la década de los ochenta con el equipo de Radio Caracas, que posteriormente se llamaría Caracas FC, y la compañía de instalaciones eléctricas. Para cumplir con todo, le pedía a uno de sus hermanos que “matara un tigrito” con uno de los equipos para que nada se le se escapara.
En la transición de Caracas-Yamaha a Caracas FC, Gaetano fue fundamental en la conformación del grupo que iba a estar bajo la custodia de la familia Valentiner, al ir a la Hermandad Gallega, el Pedagógico y al mismo Central Madeirense para que los jugadores firmaran sus traspasos o transfer, buscar las pelotas y los nuevos uniformes.
Allí, con los Rojos del Ávila, Luongo terminó de establecerse como utilero y luego, jefe de este cargo, para enseñar a los más jóvenes cómo desempeñar estas labores en un equipo tan grande. Pero esto no ha quedado aquí. Para los jugadores que han pasado por la fila de los avileños, Gaetano es una leyenda viva del club, un héroe que resuelve en los casos más extremos y una pieza fundamental para que todo marche bien.
En sus 22 años con los rojos, ha sido testigo de once títulos de primera división, nueve participaciones en Copa Libertadores, una participación en Copa Sudamericana, una final de la Copa Merconorte y cinco títulos de Copa Venezuela.
Más allá de los triunfos, esto le ha permitido a Luongo crecer como persona. Cuando recuerda su llegada al club, lo hace con cariño y una gran sonrisa, que acentúa su piel ya arrugada por todos los rayos de sol que ha recibido por estar en la cancha.
“Aprendí mucho de todos los jugadores. Me dijeron cómo me tenía que comportar, cómo los tenía que tratar. Todos me han enseñado. Todos, hasta Stalin Rivas, que es un jugador que rompe; Gaby Miranda, Roberto Cavallo, que yo le decía que era un poeta; Carlos García, David McIntosh. Pero si me pongo a nombrar jugadores vamos a perder toda la mañana y toda la tarde” (risas).
Pero hay un jugador que recuerda con más ilusión, ese futbolista que fue clave para que su trayectoria como utilero sea tan exitosa: el chileno Juan Carlos Letelier, jugador que estuvo una sola temporada con los avileños y marcó el gol para la primera victoria del rojo en condición de visitante en Libertadores (1993), que coincidencialmente es el viaje que más ha recuerda Gaetano.
“Él fue el que me dijo: ‘Esto es así, así y así. Ten personalidad con todos los jugadores’. Este veterano, en ese entonces ya mundialista, me dijo: ‘Esto es así. Si quieres, agárralo’. Y yo lo agarré y gracias a Dios me ha ido bien hasta ahora”.
Si se le pregunta por un recuerdo o por una experiencia peculiar, se ríe. Para él, son tantas las cosas que ha vivido que todo lo ha ayudado a crecer. Señala con particular entonación su primer viaje a Perú, su primera billetera perdida, la confianza que le dio el club para viajar con una gran cantidad de dinero sin saber lo que llevaba o el partido frente al Real Potosí para el que tuvieron que usar tres aviones y un autobús para llegar allá, y lo mismo para regresar.
Como todo héroe, no distingue clase social, raza o edad. Para él, todos los jugadores son profesionales con los que debe trabajar. Y a pesar de su fuerte carácter y las pocas sonrisas que puede dejar ver en el campo, él es “un amigo fiel” como dirían en Toy Story.
El héroe también es hombre
Hablar sobre el deporte rey es lo que más hace Gaetano, pero pocos conocen algo más sobre este héroe que ha tenido que equilibrar su vida personal para combinarla con el fútbol. Y así como le ocurre a esos héroes, el utilero rojo ha dejado la parte sentimental y familiar a un lado para cumplir con lo que le toca, porque “el deber llama”.
Aunque a los demás les parezca divertido estar casi 24 horas con un equipo de fútbol y viajar por el mundo con ellos, a Gaetano le ha costado un matrimonio y, en general, una familia.
“Yo soy divorciado y después me volví a casar, porque por los viajes y todo esto no aguantaron el trote”, acotó moviendo las manos de forma nerviosa entre las llaves que resguardan todos los camerinos del club. “Fue muy dura la separación. Pero mi actual esposa, Vicky, me ha entendido y ha aguantado el trayecto”.
“Uno se casa con el fútbol, porque vive más en la cancha que en la casa. Uno está de lunes a lunes en la cancha. Si no viajas, estás acá hasta el viernes. Sábado, concentración. Sales el domingo en la noche casi a las 10, 11 de la noche. El lunes otra vez en la mañana temprano acá (Cocodrilos Sports Park) porque vienen a entrenar los que no jugaron y los que no fueron convocados ni con Segunda. Pasas todo el día acá. Sales a las 7, 8 de la noche. Llegas a cenar, a bañarte y a dormir otra vez, para pararte de nuevo en la madrugada para trabajar”. Conclusión: una vida difícil.
Y a esta larga lista de sacrificio se le debe agregar el no ver crecer a sus cuatro “artículos para caballeros” de 24, 22, 17 y 2 años, y no compartir con el resto de sus hermanos y su mamá, que aún vive.
“Yo me reúno muy poco con la familia porque el trabajo me agota porque, como dicen, yo vivo para el trabajo. Ellos tratan de ser más flexible, también por mi carácter” (risas).
Con agilidad de héroe
- ¿Qué es lo menos que te gusta comer?
“El pollo, no importa cómo me lo sirvan”
- ¿Un título que has disfrutado más?
“La décima copa. Fue bastante fuerte llegar ahí y gracias a Dios se logró”.
- ¿Cuáles han sido los países de lo que has conocido con el Caracas que más te han gustado?
“De todos los países que he visitado, los que más me han gustado son Brasil y Suiza. Ojalá existan más Suizas en Latinoamérica”.
- ¿De no haber sido utilero, qué profesión estuvieras desempeñando?
“Si no me hubiese involucrado en el mundo del fútbol, hubiese seguido como vendedor de repuestos y hubiese montado mi propio negocio. O hubiese montado una licorería, el licor es dañino pero en Venezuela estamos acostumbrados a tomar la cervecita o el roncito”.
- ¿A cuáles jugadores admiras?
“A Rossi, Pelé y Garrincha. En el fútbol venezolano a Stalin Rivas, un jugador carismático. También Gaby Miranda y Gerson Díaz, que fueron grandes jugadores y grandes personas”.
¿El adiós de un héroe?
Como a todo héroe, a Gaetano también le toca su jubilación. Aunque no piensa que puede ser tan apresurado, él cree que “ya está llegando la hora de tirar la toalla, pero no tirarla porque sí, sino porque el cuerpo hay ciertas cosas que no aguanta más”.
Gaetano, además de ser el utilero principal, ha entrenado a la nueva generación de utileros que lo puedan reemplazar sin ninguna mortificación. A pesar de que para él, todavía estos tienen mucho que aprender, se siente orgulloso y lo deja claro, del crecimiento que ha tenido el departamento de utilería gracias a los conocimientos que imparte.
Con suspiros ya piensa en el retiro, en su familia y en los días libres que puede tener una vez que piense dejar a un lado las llaves de sus camerinos y cuelgue, literalmente, los tacos.