A Valentina Quintero solo la conozco por su trabajo, por su amor a Venezuela, por su incansable necesidad de demostrar que este país, tan vilipendiado e insultado, tiene esperanza. Si conozco a Ariana, su hija, una mujer que sabe sonreír sin cinismo y que de hecho decidió que Venezuela es una manera de concebirse así misma, un sueño compartido, un destino a medio crear. Entre ambas, intentan demostrar que esta Patria, donde la visión de lo que somos parece desdibujarse en lo que nos amenaza y lo hacen con el coraje y el audacia del idealista. No saben muy bien que lograrán con su empeño - nadie lo sabe - pero igualmente continúan intentándolo, con el optimismo de quien al menos tiene la intención de enderezar el entuerto que no causó. Y las admiro por eso: dos llamas endebles en medio de este ventarrón de angustia e incertidumbre en que se nos ha convertido el país.
Aclararemos, no soy del bando de los optimistas, mucho menos de los come flor. Sé muy bien en que país vivo, en que realidad me encuentro. Me tropiezo con ella a diario caramba: cuando intento llevar una vida normal sin lograrlo. Y es que este caos de lo que vivimos se ha inmiscuido en lo más profundo, en lo más elemental, en lo doméstico. ¡Pero si hasta en el sagrado trono de baño se ha llenado de voces políticas! Somos deudores de la esperanza en este país. He gritado mil veces que Venezuela no tiene remedio, me cansé de esperar que lo tuviera, me cansé de recibir bofetones de realidad, estoy abrumada de esta Patria a pedazos que no logro encajar. Pero soy Venezolana. Lo sigo siendo. A pesar de todo y por todo, soy hija de este país.
Por ese motivo admiro y me conmovió - me hirieron - las lágrimas de Valentina. Porque Valentina sabe TAMBIÉN en que situación nos encontramos. Valentina no se ha quedado de pie, mirando a través de un teclado las barbaridades dialécticas, ni los oprobios culturales, ni el temor a ciegas que llena cada calle y ciudad. Valentina, como pocos, se echó el país al hombro, se dedicó a patearlo, se dedicó a recorrerlo a cuatro esquinas, no por irse en el camino fácil que incluso yo escojo con demasiada frecuencia, de quejarme. Valentina decidió, con ese valor de los inocentes, de seguir el caminito difícil. De esculcar esta Venezuela rota, destrozada, caótica para sacar algo bueno. Porque Valentina, tiene el valor enorme y extraordinario de amar a este país de comiquita, a esta burla semántica, porque comprendió que Venezuela es mucho más que la politiqueria y el odio, mucho más que el temor, mucho más que los balazos, muchos más que la escasez, mucho más que la desazón. Valentina, con su sonrisa de niña, con sus mirada limpia, ha recorrido a Venezuela con esperanza, con esa que no espera nada, para comerse la arepa, mirar el atardecer, correr por los tepuyes. MOSTRAR que si, que este país que duele, que este país que se ama, sobrevive incluso a nosotros, a estos hijos agresivos y violentos que debe soportar. Y lo ha hecho incluso antes que se necesitara, antes que fuera evidente y venial.
Por ese motivo, cuando vi llorar a Valentina en un programa de televisión, lloré con ella. Porque si alguien puede llorar este país, esa es Valentina. Porque es ella, la que se ensució las manos, la que asume su nacionalidad como privilegio, la que conoce el sabor de la tierra y el mar de este país, la que puede llorar. Porque Valentina no solo se dedica a despotricar del país que padece, bien protegido en un teclado, mirando el mundo pasar, quejandose sin sentido. Valentina sin estridencias, sin escándalo, sin poses de odio superficial, sabe que Venezuela es mucho más que este caos, que incluso y a pesar del Venezolano que nació de esta generación sin moral, del que venía desde antes y que se entrega al caos por cualquier razón, Venezuela subsiste. Porque Venezuela siempre existirá para quien la ame, para quien la piense como tierra y casa, para quien quiera sonreirle y ¿por qué no? Cuidarla. Porque Venezuela es todo lo que somos, lo que seremos y nos guste o no, somos hijos del ocio y la comodidad. De la irresponsabilidad de dejar hacer y dejar pasar, de dejar el dedito manchado en una foto para demostrar que se hizo "algo". ¿Eso es querer esta tierra? ¿Esto es brindarle sentido a lo que deseas de ella?
Y es que leer esta artículo Respuesta a Valentina Quintero del quejoso de siempre, del que utiliza el odio como excusa, me demostró que Valentina tiene mucho porque llorar. Pero no lo hace. Porque en lugar de escupir hiel y vanagloriarse de hacerlo, en lugar de murmurar proclamas de resentimiento, Valentina, recorre Venezuela. Le lleva el Tepuy al que no lo ha visto, te llama al Llano que nunca quisiste visitar, te muestra esa Venezuela que sentadito allí, en tu monitor, con tu odio simple de ciudadano triste, no conoces. Pero Valentina continúa haciéndolo y por ese motivo, se ganó el derecho de llorar por este país.
Por ese motivo, lloré con Valentina. Y seguramente, sonreiré cuando lo haga. Porque ella, en su belleza, en su fuerza y en su voluntad, me demuestra a diario que hay una Venezuela que soñar. La esperanza frágil que se mantiene a pesar de todo.
Una manera de Soñar.
Gracias Valentina, por todo.