Allí, en la complejidad de sus palabras, rozaban las ganas de sentir el braille de su cuerpo silencioso. El victorioso deslumbrar de su mirar reinaba la oscura habitación que vivía en mí, hospedándome con total sutileza y bienvenida tras los pecaminosos deseos que resguarda este cuerpo, inmóvil ante así, y sus pensamientos que revuelcan como torbellino a su paso; marea que arrasa la arena empapada de pieles muertas y recuerdos pasados.
Los desechos del ayer, los besos nunca dados;la epífora melancolía que se posa en los ojos del desdén.
Hoy le grito que le quiero, porque le quiero, como a mí también. Espero que mañana, en la bajada del sol a plena tarde me diga al oído que la dicha no es poca, si no poca la expresión para contarme de su querer.