Por: Jesús Edgar Enríquez Mayoral.
¿A qué suena el coronavirus?, ¿qué frecuencia tiene vida?, ¿ qué sonido desprende un planeta o alguna estrella a millones de años?, ¿cuáles son las notas que podemos desprender de los colores, de obras plásticas enteras? Suenan preguntas que nuestra generación pasa de largo por completo, en parte, porque somos una generación mucho más relacionada con los sonidos y las imágenes de los que somos consientes. Muchos de nosotros crecimos con el sistema operativo Windows, en el que podías acceder a un reproductor de música, que iba creando imágenes que se relacionaban con el sonido que estabas escuchando, por lo menos había cierta armonía.
Aunque parece un ejemplo soso, en realidad, conecta muchos puntos interesantes que tuvieron desarrollarse, desde un algoritmo matemático que pudiera relacionar el sonido, su frecuencia, en relación a la imagen, en la que encontramos temperaturas, texturas y diversos colores que se relacionan con el sonido. Eso no es todo, para poder hacer ese giro, se debe hacer algo más interesante, redefinir o, al menos, usar el sonido desde otras posibilidades; al igual que con la imagen.
Pensemos el sonido cotidiano, como una frecuencia que desapercibimos, pero que nos dota de características, nos contextualiza, crea imágenes, incluso sensaciones que no hemos tenido; ahora rompamos con el espacio de los sonidos, la ducha saquémosla del baño, el piano también saquémoslo de su inmaculada posición dentro de la música europea de cámara, abigarremos su sonido a través de la pregunta, ¿qué puede tener en común una ducha y un piano? Es cierto, el sonido. Pero el sonido es más que un espacio para los silencios, es un espacio para las sensaciones, para recrear los espacios, ¿el sonido tiene un espacio donde hay una ducha que baña al piano o baña a un sonido? En realidad, es mucho más complejo, regala una imagen abstracta, si Magritte había puesto en duda la relación entre el objeto y su expresión visual, Cage también pone de cabeza el mundo cuando encuentra los vínculos que redimen los espacios que no tenían punto de encuentro, a partir de los sonidos. Pero nos queda una duda, ¿dónde queda la imagen?
Esta es la mejor parte, Mozart ya había practicado esta técnica, el tiro de dados para crear música, ¿qué significa ese acto? Los números, la aparente aleatoriedad que hay en una tirada de dados, no deja de lado el evento principal, algún numero caerá. Los números no son una formar significante, ni una cadena de ordenamiento sin fin, son un proceso de creación a la que se le puede colocar limites de trabajo. Si esto no tiene tanto sentido en la física clásica, por lo menos lo tiene en la cuántica o en las artes. Ya que nos referimos a una nueva intención de entender el caos de la aleatoriedad numérica a partir de entender una posible lógica, incluso una lógica sin lógica cuenta para crear estos procesos, siempre que se puede hacer un algoritmo.
Es decir, que incluso en la música de Cage se encuentra un espectro sonoro, que al igual que la imagen pueden compartir un punto o un lenguaje en común: los números. Hemos crecido en una nueva relación visual, que comparte puntos con otras formas artísticas y que encuentran conexión mucho más rápido a través de las computadoras. Entonces hemos entrado en una nueva era, sin darnos cuenta, sin pedirlo.