melanie scrofano as veronica selvaggio in damien.
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melanie scrofano as veronica selvaggio in damien.
Melanie Scrofano as Veronica Selvaggio in Damien
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 129. Una chica tan bonita como yo
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 129. Una chica tan bonita como yo
La mente de Mabel se sentía difusa y pesada, pero la obligó con esfuerzo a reaccionar. Debía de alguna forma hacer el intento de entender qué había ocurrido, en dónde estaba, y qué significaba toda esa escena tan extraña que se dibujaba ante ella.
¿Qué era lo último que recordaba? Era difícil indagar en ello, como escarbar en arena húmeda y pesada sólo con las manos. Pero le parecía recordar el rostro de aquella mujer con apariencia de niña, apuntándole con su arma directo a la cara. Y el dolor; sí que sentía mucho dolor de todos los disparos que le habían dado esa noche. Y luego hubo… ¿voces?, acercándose hasta donde estaban. Y justo después ella cayó hacia atrás.
¿Y luego?
Agua, por supuesto. Ya estaba mojada de antes debido a la lluvia, pero aquel había sido un tremendo chapuzón hacia la corriente, que la llevó arrastrando como una simple bolsa de basura.
¿Y luego?
Nada… Oscuridad, si acaso.
Y luego ese momento preciso, en el que se encontraba recostada en lo que parecía ser una camilla de hospital, con el cadáver de un paleto con la garganta abierta sobre su cuerpo, y su cara y cuerpo empapados en su sangre. Y a su lado, sentada en una silla de ruedas y mirándola con una sonrisa ladina y astuta, estaba…
—Tú —masculló Mabel con voz carrasposa—. Eres la asistente de Thorn…
Verónica rio con fuerza, agitando un poco delante de ella la mano con el bisturí, aún manchado con la sangre de Miguel.
—Es la segunda vez que me reconocen así este día. Es gracioso: toda mi existencia entera reducida únicamente a que soy la “Asistente de Damien Thorn”. Y lo peor el caso es que en realidad no lo…
De pronto, y mientras Verónica estaba a mitad de su frase, Mabel se movió a una gran velocidad, como un felino al ataque. Empujó primero el cuerpo inerte de Miguel hacia un lado, tan fácil como se quitaría las sábanas de encima. Luego, se estiró hacia Verónica con un movimiento tan violento que terminó arrancándose el suelo, tomándola firmemente de su muñeca y torciéndosela con brusquedad para que soltara el bisturí lo suficiente para que pudiera arrebatárselo de los dedos. Y sin soltarla de la muñeca, empuñó firmemente el arma con la otra mano, y lo aproximó al cuello de la chica rubia, pegando la punta contra su piel lo suficiente para una pequeña gota rojiza se deslizara por su filo. Verónica, sin embargo, ni siquiera pestañeó. Se quedó calmada en su sitio, sonriendo con una extraña tranquilidad que destanteó a Mabel.
—Veo que ya te sientes mucho mejor —indicó Verónica con una voz que resultaba incluso “alegre”—. Menos mal…
Bajó entonces un poco la mirada, lo más que el bisturí contra su cuello se lo permitía, para ver el cuerpo de Miguel tirado en el piso a un lado de la camilla tras el empujón que Mabel le había dado.
—Pude sentir que este chico tenía un poco más de ese vapor que tanto les gusta a los de tu clase, pero temía que no fuera suficiente para que te despertaras. Al parecer ambas corrimos con suerte, ¡yeih!
Acompañó su exclamación de júbilo con un pequeño movimiento de celebración de sus manos hacia arriba, aunque no el suficiente par que Mabel pensara que intentaría quitarle el arma de encima y se pusiera nerviosa. Lo que menos quería era precisamente poner nerviosa a la loca con el cuchillo en su cuello.
Mabel, sin embargo, estaba más abstraída en darle una forma clara a las palabras que aquella chica acababa de pronunciar. Sabía del vapor, sabía que éste los podía curar, y que lo obtenían de los paletos… Resultaba extraño que una paleta supiera tanto de ellos pero, siendo franca, eso podía no significar nada; quizás Thorn le había contado al respecto en algún momento. Sin embargo, la Doncella no sentía que fuera el caso, y en especial le provoca incertidumbre esa forma en la que había dicho “los de tu tipo”. Había algo detrás de eso; un conocimiento y consciencia de lo que hablaba, no sólo algo que le habían contado de segunda mano.
—¿Cómo…? —susurró Mabel, pero no alcanzó a terminar su pregunta.
—¿Cómo sé todo eso? —murmuró Verónica, encogiéndose después de hombros—. Es una larga historia…
Aquella respuesta al parecer no le agradó en lo absoluto, pues al momento Mabel la tomó con mayor firmeza de su muñeca y la jaló, obligándola a pararse de su silla. El tirón provocó un dolor punzante en la herida de su vientre, pero Verónica se forzó para no reflejar dicho dolor en su rostro. El bisturí seguía contra su cuello, en el punto justo para rebanarle de un tajo su yugular.
—Tranquila, tranquila… —susurró Verónica muy despacio, alzando sus manos lentamente, como si intentara calmara a un animal salvaje—. No tienes por qué estar tan nerviosa. Damien no me mandó por ti. De hecho, él no se encuentra disponible en este momento para mandar a nadie a hacer nada. Así que ni siquiera sabe que estás aquí, o que siquiera sigues con vida. Pero esa es una ventaja que no te durará mucho, así que debes ser inteligente.
Mabel vaciló. Miraba a Verónica, la sangre que empapaba sus ropas, y al cuerpo del paramédico Miguel consecutivamente. Aún intentaba hacerse una imagen completa en su cabeza de qué rayos había pasado con exactitud. ¿Había esa chica encontrado a alguien con al menos un poco de vapor para así curarla? ¿Lo había llevado hasta ahí y cortado el cuello para eso? Si eso era lo que había pasado, ¿por qué lo había hecho? Ciertamente para entregarla a Thorn hubiera sido mucho más sencillo hacerlo mientras se encontraba indispuesta.
—¿Qué es lo que quieres? —masculló Mabel, indecisa—. ¿Por qué me ayudaste? Si no fue por tu amo, ¿por qué?
La sonrisa de Verónica se ensanchó más, adoptando una extraña mueca que inquietó a Mabel incluso más de lo que ya estaba.
—Varias cosas están por comenzar —explicó Verónica con calma—, y estoy un poco limitada en estos momentos en lo que puedo y no hacer. Así que necesito a alguien que me haga un par de favores.
—¿Favores? —escupió Mabel como si se tratara de algún insulto—. ¿Por qué te haría yo un favor? ¿Crees que por hacer esto te debo algo, estúpida paleta?
—Alguien con el mínimo sentido de la gratitud lo pensaría —susurró Verónica con tono jocoso—. Pero sé que ese no es tu caso. Así que espero que lo hagas por un simple motivo. —El semblante de Verónica se volvió bastante más serio y severo al instante—. Porque estás completamente sola —pronunció de golpe, tomando por sorpresa a la mujer con el bisturí en su cuello—. Tu querido Nudo Verdadero, tu amado James la Sombra, y la gran Rose la Chistera… Todos se han ido; sólo quedas tú. Y estoy segura de que el fuerte instinto de supervivencia que distingue a los de tu estirpe, te podrá decir sin problema que más que nunca te hace falta una amiga que te cuide. En especial una como yo, que puede darte lo que tanto añoras en estos momentos.
—¿Qué cosa? —cuestionó Mabel por mero reflejo, sin proponérselo del todo consciente.
—Venganza, por supuesto. Y tu libertad.
Mabel permaneció en silencio, pero sin darse cuenta la presión de su arma contra el cuello de su potencial víctima se aflojó, incluso estando a nada de separarse por completo de su piel. Sus ojos miel resplandecieron con un ligero fulgor plateado, mientras prácticamente se perdían en la profundidad de los de aquella muchacha. Y entonces comenzó a volverse poco a poco consciente de qué era lo que le causaba tanta incomodidad de toda esa situación.
Si bien sólo había conocido a esa paleta por un corto de tiempo esa tarde en el pent-house de aquel mocoso, lo cierto era que no había sentido de ella ni de cerca lo que sentía en esos momentos. Era como estar frente a una persona totalmente diferente… Y nunca había conocido a un paleto que pudiera engañarla de esa forma.
—¿Quién eres…? —murmuró despacio, dándole una forma más material al pensamiento que tanto impregnaba su cabeza.
El rostro entero de Verónica se mantuvo inmutable, incluso llegando a sostenerle con bastante facilidad la mirada depredadora de la Doncella sin atisbo de intimidación.
Esa mujer no era una paleta cualquiera, pero tampoco era una vaporera; eso lo podía sentir completamente. Era algo… más.
Ambas estaban tan sumidas en no mostrar vacilación alguna ante la otra, que no escucharon los pasos del técnico de laboratorio Henry hasta que estuvo prácticamente frente a la cortina que rodeaba la camilla. Sin enterarse de lo que ocurría al otro lado, y concentrándose únicamente en ir hasta ahí y tomar la muestra necesaria para cumplir el encargo que le habían hecho, corrió la cortina de un jalón.
Las dos mujeres se viraron al mismo tiempo hacia él, y el técnico las miró a ellas.
Henry tardó bastante en poder procesar la escena que se mostraba ante él. El hecho de que la mujer que hasta hace menos de una hora atrás estaba en un profundo coma, ahora estaba despierta y sentada como si nada, era lo menos inentendible de todo. Estaba además empapada de sangre, tanto que su bata parecía ser enteramente roja, igual que las sábanas. Había además otra chica ahí, y la mujer en la camilla sujetaba un bisturí contra su cuello. Y en el suelo…
—Oh, por Dios —murmuró Henry muy, muy despacio cuando sus ojos se posaron en el charco rojo en el piso, y en el cuerpo con chaqueta de paramédico que yacía en él totalmente quieto.
—¡Auxilio! —exclamó Verónica de golpe de forma desgarradora y aterrada, tomando por sorpresa tanto a Henry como a la propia Mabel. Los ojos de la joven italiana se habían cubierto de lágrimas de golpe, y estiraba una mano suplicante hacia el recién llegado—. ¡Ayúdeme por favor! ¡Está loca!
Aquel grito fue suficiente para que Henry pudiera al fin salir de su ensimismamiento, retrocediera torpemente sobre sus pies, y en cuanto fue capaz de darle la indicación a sus piernas, se giró hacia la puerta, corriendo despavorido, no sin tirar una mesita con instrumento a media huida y haciendo que todos estos tintinearan con el linóleo junto con la charola de aluminio.
Una vez se fue, el semblante de Verónica se transformó de nuevo a aquella expresión despreocupada y tranquila de hace un momento, con una rapidez y facilidad casi irreal.
—Te sugiero que te concentres de momento en escapar de este sitio —señaló volteando a ver de nuevo a Mabel—. Y de preferencia dejando la menor cantidad de testigos posibles; sé lo mucho que al Nudo le gusta mantener su anonimato. Yo te contactaré pronto.
Mabel la miró, claramente perdida, incluso algo mareada. Pero no había tiempo para eso.
—¡Anda! —exclamó Verónica con fuerza, quitándose de encima el bisturí de un manotazo—. ¿Qué esperas?
Mabel por mero reflejo saltó de la camilla, alejándose de ésta un par de pasos, antes de detenerse un segundo para mirar de nuevo a aquella chica. No entendía qué estaba pasando, pero entendía que de momento ella no era un peligro… Y aun así, presentía que se arrepentiría en algún momento de no haberla matado en ese mismo instante.
Sin más espera, comenzó a correr con rapidez en la misma dirección que Henry se había ido, dejando en el piso huellas rojas de sus pies descalzos.
Sólo cuando estuvo de nuevo sola, Verónica pudo relajarse y volvió a sentarse con cuidado en su silla. Le ardía un poco la pequeña herida que el bisturí le había hecho en su cuello, pero en especial lo que le dolía era la herida de su vientre. Se revisó rápidamente; había pequeños rastros de sangre manchado la bata en el área de la herida.
—Grandioso —masculló de mala gana. Igual al menos eso podría justificar cualquier otra mancha de sangre que se le podría haber pegado—. Será mejor que vuelva a mi cuarto rápido.
Comenzó entonces a dirigir su silla fuera del área de la camilla, aunque al mirar hacia el cuerpo de Miguel en el suelo se le ocurrió que no sería buena idea dejarle su teléfono con su número y los mensajes que le había mandado. Resopló un poco, se aproximó con cuidado, inclinándose al frente y cuidando de no pisar la sangre, para alcanzar el bolsillo de su pantalón. Fue una maniobra incómoda y complicada, pero fructífera al final.
—Gracias por el buen rato, Miguel —masculló bromista, incluso dándole un par de palmadas al cadáver en su trasero—. Repítanoslo, ¿sí?
Se montó de nuevo en la silla, y ahora sí se dirigió a la salida de aquella área lo más pronto que le fue posible.
— — — —
Los pasillos se encontraban anormalmente solos cuando Henry comenzó a correr por éste, sin pensar de manera clara hacia dónde iría con exactitud. Quiso gritar algo, pedir ayuda, pero sentía la garganta tan cerrada que le fue imposible pronunciar palabra alguna.
¿Qué había pasado ahí? ¿Cómo se había despertado? ¿Quién era la persona en el suelo?; ¿en verdad estaba muerta?, ¿esa mujer lo había matado? ¿Y quién era esa otra chica? Eso no podía estar pasando; debía ser una maldita pesadilla.
Y entonces lo vio más adelante en el pasillo, como la luz de un faro llamándolo: una alarma de incendios. Sin pensarlo dos veces se lanzó con paso veloz hacia ella, con sus dedos estirados lo más posible hacia adelante para poder accionarla. Sin embargo, notó que su avance se había vuelto de pronto bastante más cortado. Cada paso que daba se sentía que retrocedía en lugar de adelantarse. Y poco a poco comenzó a sentir sus piernas muy, muy pesadas, hasta el punto que le terminó siendo imposible separar los pies del piso. Como pudo se lanzó al frente, estirando su mano hacia la alarma, pero sus dedos pasaron a apenas unos centímetros de ella, sin alcanzar a tocarla, y luego cayó al suelo como piedra al igual que el resto de su cuerpo que se desplomó con fuerza contra el piso, golpeándose la boca y barbilla contra éste.
Se quedó ahí tirado. No podía mover ni un sólo dedo, como si una pesada plancha le presionara el cuerpo entero contra el piso y le impidiera levantarse. ¿Qué era lo que estaba pasando…?
Mientras Henry intentaba de alguna forma hallarle un sentido a esa horrible sensación que lo oprimía, Mabel la Doncella se le aproximaba con paso calmado. Sus ojos resplandecían con un intenso fulgor plateado. Había logrado penetrar fácilmente en la mente de aquel patético individuo, haciendo que ésta misma lo inmovilizara en cuestión de segundos. Con los paletos con poco o nada de vapor, trucos como ese resultaban particularmente sencillos para ella, incluso a pesar de que seguía bastante débil por su estado anterior.
Una vez que lo alcanzó, colocó cada pierna a un costado del técnico de laboratorio, y sin mucho problema se sentó sobre su espalda. Henry pudo sentirla, y supo que era bastante real, a diferencia de aquella fuerza invisible que lo detenía. Como pudo, giró su mirada hacia atrás, sólo alcanzando a ver por el rabillo del ojo la silueta cubierta sangre de su rostro, esos ojos resplandecientes y, por encima de todo, el bisturí en su mano que brillaba al reflejar las luces sobre ellos.
—No… por favor, no… —masculló Henry con la voz entrecortada por el terror. El rostro de Mabel, sin embargo, no se agitó ni un poco ante aquella suplica.
La verdadera extendió su mano libre, pegando su palma entera contra el costado del rostro de Henry, presionándolo fuerte contra el piso.
—Lo que puedo exprimir de un paleto común como tú es prácticamente nada —murmuró Mabel despacio con un tono frío y doloroso—. Y quizás me haga más mal que bien. Pero… en verdad estoy hambrienta…
Dicho eso, tomó el bisturí con su afilada punta hacia abajo, y sin menor miramiento lo encajó enteró en el mero centro de la espalda de Henry. Éste soltó un intenso alarido de dolor al aire que retumbó en el eco del pasillo.
— — — —
Samantha y Arnold acababan de llegar no hace mucho al hospital, y se dirigían ya hacia el área de cuidados intensivos cuando escucharon a lo lejos aquel repentino grito, y todos aquellos que le siguieron justo después. Los dos detectives se detuvieron de golpe, sorprendidos y confundidos, pero su experiencia les ayudó a recobrarse rápidamente. De inmediato dirigieron sus manos a sus armas, las sacaron de sus fundas, les quitaron el seguro y las alzaron al frente; sólo en fracciones de segundos. Se miraron el uno al otro, y sin necesidad de decir nada comprendieron lo que trataban de decirse.
Comenzaron a avanzar por el pasillo, con paso rápido pero cuidadoso, yendo Arnold al frente.
— — — —
Mabel apuñaló a su víctima una y otra vez en su espalda y cuello sin que éste pudiera siquiera intentar defenderse. Con cada oleada de dolor que lo recorría, una pizca de esa esencia que Mabel tanto buscaba brotaba de él. Sin embargo, era tan minúscula que apenas y logró captar un poco de ésta. Además, era de un hombre adulto, muy lejos de la pureza y fuerza que requería para recuperarse plenamente. El de aquel chico que la tal Verónica había matado fue suficiente para curarle sus heridas, pero poco más.
El suelo se cubrió de sangre, al igual que sus manos, e incluso su rostro y ropas se llevaron un poco más. Henry dejó rápidamente de moverse, y Mabel supo que por más que lo exprimiera no podría sacarle más de lo que ya había obtenido.
—Migajas… simples migajas —masculló con hastío, poniéndose al momento de nuevo de pie—. Necesito más…
Sus sentidos agudizados captaron al momento los pasos de los dos policías aproximándose por el pasillo. Aunque no podía saber aún de quiénes se trataba, una sensación fría en su espalda le indicó que representaban peligro. Rápidamente se paró de encima de Henry, y comenzó a moverse en la dirección contraria.
Cuando los dos detectives dieron vuelta en la esquina, apenas alcanzaron ver parte de la silueta de la asesina, ingresando por la puerta abierta de una sala.
—¡Policía!, ¡alto! —gritó la Det. Hills con fuerza, apuntando con su arma al frente, pero no lo suficientemente rápido antes de que aquella escurridiza figura desapareciera de sus vistas.
Ambos avanzaron despacio, apenas dándole indicación a su compañero con discretos movimientos de su cabeza. Se acercaron al cuerpo inmóvil de Henry, tirado en aquel charco rojizo, y con la espalda de su camisa empapada y llena de agujeros. Arnold se agachó a revisarle el pulso en su cuello mientras Samantha lo cubría. Tras unos segundos la miró y sólo negó lentamente con su cabeza, dejando bastante claro que no había nada que hacer por aquel pobre individuo.
Arnold se puso de pie y ambos se aproximaron hacia la sala en la que habían visto a aquella persona se había metido. Las huellas rojas en el suelo de dos pies descalzos dejaban también evidencia de en qué dirección ir.
Sujetando aún su arma con una mano, Samantha aproximó la otra hacia la radio que portaba en el otro lado de su cinturón y lo activó próximo a su rostro.
—Aquí la Det. Samantha Hills de la 98. Atacante desconocido en el Providence Saint John's Health Center. Al menos una víctima letal con arma blanca. Dos oficiales en escena. Solicitamos refuerzos.
Samantha colocó de nuevo la radio en su lugar y volvió a tomar su arma con ambas manos. Tras sólo unos segundos, oyeron que alguien respondió:
—Copiado. Patrulla 233 en la zona. Vamos en camino.
Tenían que moverse con cuidado. No sabían qué ocurría, y si sólo era un atacante o varios. En esas circunstancias, uno no podía ser descuidado. Pero tampoco podía quedarse quietos, pues no sabían qué otras intenciones podrían tener. Y en un hospital, el catálogo de posibles víctimas podía ser variado.
Arnold entró primero en la sala con su arma apuntando al interior. Al parecer se trataba de un cuarto largo, con varias camillas a los lados, todas al parecer vacías a simple vista. Había algunas ventanas en las paredes laterales, pero se veían cerradas. No parecía haber otra salida. Al fondo del cuarto, una figura totalmente blanca de la Virgen María se encontraba potrada en la pared, como vigilante silenciosa de los enfermos que podrían haber estado ahí en algún momento.
Ingresaron lentamente, disponiéndose a revisar debajo de cada camilla, cada uno de un lado.
Arnold se asomó debajo de la primera con pistola en mano. Nada.
Repitió lo mismo con la siguiente. Nada otra vez.
En la tercera, sin embargo, había un bulto justo encima cubierto con las sábanas blancas. Aproximó una mano con cuidado hacia éste, continuando apuntando con su arma en todo momento. Retiró la sábana de un jalón hacia un lado, revelando lo que escondía debajo. Sólo una almohada.
Un brazo se alargó desde debajo de la camilla empuñando el bisturí, haciendo un corte rápido y limpio en su pierna derecha a través del pantalón.
Arnold gritó adolorido, haciéndose hacia atrás hasta chocar con la otra camilla, perdiendo el equilibrio por la herida profunda en su piel. La mujer cubierta de sangre salió de debajo de la camilla como una fiera, tacleándolo con todo su cuerpo, haciendo que empujara la otra camilla hacia un lado y ésta se deslizara. El pesado cuerpo del Det. Stuart se precipitó de espaldas al suelo, con la atacante sobre él. El arma del policía se soltó de sus manos, cayendo al piso y deslizándose por éste un par de metros, mientras que el bisturí en mano de la mujer terminó encajándose contra el brazo derecho de Arnold. El detective sintió al momento como la manga de su camisa y su abrigo comenzaba a empapares con su cálida sangre.
Mabel sacó el bisturí de su brazo, y estando aún a horcajas sobre él, alzó el arma en alto con la clara disposición de ahora encajarlo ya fuera en su pecho, o directo en su rostro. En ese pequeño instante, Arnold pudo tener la suficiente claridad para alzar su mirada y echarle un vistazo más directo a la extraña; solamente que, en realidad, no era una extraña del todo. A pesar de la sangre que la cubría de la cabeza hasta el torso, y de la expresión de fría agresividad que portaba, Arnold logró distinguir el bello rostro de la víctima desconocida del río.
—Tú… —masculló totalmente desconcertado.
Justo cuando la mano armada de Mabel se disponía a dirigirse directo al detective, la voz de su compañera resonó como un trueno en la habitación.
—¡Detente ahora mismo! —gritó la Det. Hills a sus espaldas, sujetando su arma con ambas manos y apuntando ésta justo a la parte trasera de su cabeza. Mabel se detuvo en su sitio, como petrificada en el tiempo—. ¡Suelta el arma y ponte de pie! ¡Hazlo o disparo!
Mabel se mantuvo quieta en su sitio. Aquella situación le trajo recuerdos desagradables, de aquel momento, en esa bodega, cuando ya tenía a la estúpida de Abra sometida en una posición bastante similar a esa, y estaba más que lista para acabar con ella de una vez por todas. Pero igual que en ese momento, alguien había aparecido detrás de ella apuntándole con un arma.
Qué curiosas formas tenía la vida de repetirse.
Aquel momento no había salido bien para ella; y, de hecho, había perdido demasiado más que el hecho de simplemente haber recibido un disparo.
Pero no había vivido tanto tiempo sin aprender de sus errores. Y no permitiría que ese se repitiera.
Lentamente alzó sus manos y se alzó de encima del Det. Stuart, alejándose de él un par de pasos hacia un lado. Sin embargo, el bisturí seguía aún en una de sus manos.
—Suelta el arma —le ordenó Samantha con severidad. La mujer, sin embargo, siguió quieta, dándole la espalda y sin dejar ir el cuchillo—. ¡Dije que lo soltaras!
—¿Por qué? —susurró Mabel despacio, su voz sonando anormalmente dulce, sintiéndose como una brisa fresca que soplaba por la habitación. Comenzó a darse media vuelta lentamente. Samantha se puso tensa, apretando aún más sus dedos contra su arma—. Si tú no me harás daño, ¿o sí?
Cuando se volteó por completo y Samantha pudo verle mejor su rostro, ella también la reconoció. Sin embargo, su mente no pudo pensar demasiado en ello. Los ojos de Mabel resplandecieron de nuevo como antes, como dos brillantes monedas de plata reflejando la luz de la luna.
—No a una chica tan bonita como yo… —susurró de nuevo con el mismo tono de antes, comenzando entonces a dar pequeños pasos hacia la detective.
Samantha la observaba muy fijamente, con su arma arriba. Pero aunque ella estuviera cada vez más cerca, su dedo no presionaba el gatillo. Su cerebro parecía incapaz de dar esa orden; parecía estar más bien totalmente concentrado en el hermoso brillo de esos ojos.
—Sam, ¿qué estás haciendo? —exclamó confundido Arnold en el suelo. Su mano estaba aferrada firmemente a la herida de su brazo que sangraba abundantemente.
Su compañera, sin embargo, era como si no lo escuchara. No lo volteó a ver, ni reaccionó en lo absoluto a sus gritos. Ni siquiera pestañeó mientras aquella figura casi fantasmal cubierta de sangre se le aproximaba, con el filoso bisturí girando entre sus dedos.
—¡Sam…! —gritó Arnold con más fuerza, pero no obteniendo ningún resultado. Intentó pararse, pero la herida de su pierna le recordó al instante que estaba ahí, provocando que cayera de nuevo al suelo sobre su costado.
Mabel se aproximó lo suficiente hasta estar frente a frente a la Det. Hills. Ésta estaba totalmente sumida en esa laguna mental, que la hacía sentir que flotaba, y que todo su cuerpo era ligero como una simple nube de algodón. La Doncella empujó con un dedo el arma de Samantha hacia abajo, y los brazos de la oficial de policía bajaron sin oponer menor resistencia, hasta que el cañón del arma apuntó directo al suelo.
—Sientes compasión por mí, ¿no es cierto? —masculló Mabel con tono juguetón, recorriendo sutilmente los dedos de su mano libre por la frente, sien y mejilla de la mujer detective, en una casi maternal caricia—. Sólo quieres ayudarme, ¿no es cierto?
—Sí —susurró Samantha por mero reflejo, apenas logrando que su voz fuera oída—. Sólo quiero ayudarte…
Los dedos de la Det. Hills se abrieron, soltando el arma y dejando que cayera al suelo, retumbando con fuerza contra éste.
—¡Sam! —gritó Arnold lleno de desesperación, pero su compañera siguió sin reaccionar. Comenzó entonces a arrastrarse hacia el sitio en el que había caído su propia arma.
—Sí, eso es —musitó Mabel despacio, recorriendo sus dedos por el rostro de la oficial. Ésta movía ligeramente su cabeza contra su mano, como añorando sentir más de su tacto—. No hay motivo por el cual tú y yo no podamos ser buenas amigas…
Y al mismo tiempo que le acariciaba su rostro con tal delicadeza y dulzura, su otra mano se dirigió directo al abdomen de la detective, enterrándole el bisturí hasta lo más hondo. Los ojos de la detective se abrieron de par en par, y su cuerpo se dobló hacia el frente por el dolor. Al instante, Mabel jaló con fuerza su letal arma hacia un lado, rasgándola por completo de extremo a extremo, casi como si le dibujara una morbosa segunda boca rojiza en su abdomen, la cual comenzó a vomitar sangre y rastros de sus entrañas por ella.
—¡Sam! —exclamó Arnold, horrorizado.
Las piernas de la detective fallaron y estuvo a punto de derrumbarse, pero Mabel la tomó firmemente de su cuello, sujetándola en alto para mantener su rostro cerca del suyo. Los ojos humedecidos y llenos de terror de Samantha se clavaron de nuevo en aquellas dos gemas plateadas de la verdadera. Pequeños rastros de vapor opaco surgió de la boca de la oficial mientras sollozaba y gemía de miedo y dolor. Mabel aspiró profundo por su nariz, desdibujando casi al instante una mueca bastante similar al asco.
La Doncella soltó a la policía al instante, dejándola caer sin oposición hacia el charco rojizo opaco que se había formado debajo de ellas. Samantha quedó recostada boca arriba, gimoteando e intentando respirar, mientras su mano sin fuerza alguna se presionaba contra su abdomen abierto.
—De nuevo, sólo migajas asquerosas —masculló Mabel con hastío, incluso pasando su mano por su boca, como si intentara quitarse el rastro de algún trago amargo.
Sintió de pronto la misma sensación de peligro de hace un rato, justo a sus espaldas. Por mero reflejo se hizo a un lado, justo un instante antes de que el Det. Stuart diera su primer disparo desesperado desde el suelo. La bala le pasó rosando la cabeza, siguió de largo y perforó una de las ventanas, haciendo pedazos el vidrio al contacto.
Mabel se giró hacia el policía en el suelo, que intentaba sobreponerse al dolor y debilidad para apuntarle con su mano izquierda y dar otro disparo más.
—No —pronunció Mabel con voz tajante, y de golpe Arnold sintió algo similar a lo que había sentido el pobre Henry: que su cuerpo pesaba, en especial su brazo, y que lo empujaba con ímpetu contra el piso.
La Doncella se aproximó cautelosa. A pesar del efecto mental que estaba oponiéndole, el detective parecía de alguna forma sobreponerse lo suficiente para intentar alzar su brazo poco a poco, apuntando con su arma. Mabel se movió juguetona saltando hacia un lado y al otro para no ponérselo tan fácil, hasta que estuvo lo suficientemente cerca para tomarlo firmemente de su muñeca, y desviar el arma hacia un lado el momento justo en el que Arnold dio su segundo disparo, dando esta vez justo en la figura blanca de la Virgen María en la pared, prácticamente volándole la cabeza.
—Pero tú pareces tener un poquito más de lo que necesito —indicó la verdadera con tono jocoso mientras contemplaba con curiosidad el rostro confundido y aperlado por el sudor del detective—. Casi nada —comentó, y justo después aproximó el bisturí a la mejilla de Arnold, dibujando una larga línea rojiza en su piel como si de un pincel se tratase—. Pero me bastará ahora que sólo soy yo…
Fue bajando el bisturí, acercándose peligrosamente hacia su cuello. Al último momento, sin embargo, Arnold logró sobreponerse a ese efecto aletargado en el que se había sumido lo suficiente para presionar el gatillo de su arma repitas veces. Las balas volaron por toda la habitación, pero el estruendo de los disparos, prácticamente a un lado de su oído mientras sujetaba la muñeca del policía, estremecieron y aturdieron lo suficiente a la Doncella para que lo soltara y retrocediera un poco. Arnold cayó al suelo sobre su costado una vez que ella ya no lo sostuvo.
—¿Qué fue eso? —se escuchó que una voz por el pasillo pronunciaba, y el sonido de varios pasos aproximándose se hizo presente.
Mabel sopesó rápidamente que hacer, aferrando sus dedos con fuerza a su bisturí. Podría acabar con un par de enfermeros si se lo proponía. Sin embargo, antes de que las nuevas amenazas llegaran, las luces azules y rojas de una patrulla acercándose fueron visibles desde una de las ventanas. Debían ser los refuerzos que Sam había pedido.
—Genial —exclamó la Doncella con sarcasmo—. Tendrá que ser en otra ocasión…
Dejó caer entonces el bisturí al suelo y corrió con rapidez hacia la ventana que el primer disparo había alcanzado.
—¡Alto! —gritó Arnold con las pocas fuerzas que le quedaban. Volvió a apuntarle como pudo y presionó el gatillo una vez… pero esta vez ninguna bala salió. Se había acabado todo su cartucho en ese arrebato desesperado.
Mabel atravesó la ventana rota, cortándose un poco con los pedazos de vidrio que quedaban en su marco, pero aun así perdiéndose en un instante entre las sombras de la noche que se extendían a lo lejos sin mirar atrás.
Arnold se sentía frustrado y furioso. Le gustaría poder desear que sus compañeros de la patrulla la interceptaran y detuvieran de alguna forma, pero viendo lo que había pasado en ese sitio sabía que eso no pasaría.
Se olvidó de ella de inmediato, y centró su atención en su compañera. Samantha seguía tendida sobre su espalda, empapada en su sangre.
—Sam —pronunció Arnold con debilidad, aproximándosele lentamente, arrastrándose por el suelo. Los ojos de la Det. Hills miraban perdidos al techo. Aún respiraba, pero apenas; y cada respiro parecía ser una dolorosa agonía. Algo de sangre comenzó a escurrirle por la comisura de su labio—. Escúchame, Sam. ¿Me oyes?
Arnold se sentó como pudo a su lado, y presionó sus dados manos con todas sus fuerzas contra su abdomen, provocando que su compañera, y amiga, soltara un agudo sollozo de dolor.
—Tranquila, estarás bien, estarás bien —pronunció el detective, intentando que su voz sonara mucho más firme y segura de lo que realmente se sentía. Los ojos de Samantha se viraron sólo lo suficiente para mirar en su dirección, aunque en realidad no parecían ver nada; se veían nublosos y dispersos—. ¡Ayuda! —gritó Arnold con ahínco—. ¡Ayúdenos por favor!
Dos enfermeros, aquellos que habían oído los disparos, aparecieron de pronto en la puerta del cuarto y se apresuraron hacia ellos. Le dijeron algo, pero Arnold no lo entendió; sus voces eran como zumbidos lejanos. Lo único que sus sentidos podían captar, era sensación de la vida de su compañera escapándosele por entre sus dedos; una sensación cálida, y abrumadoramente fría al mismo tiempo.
FIN DEL CAPÍTULO 129
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 128. Levántate y Anda
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 128. Levántate y Anda
Los detectives Stuart y Hills tuvieron un día bastante atareado, dándole seguimiento a varios de sus otros casos. Tanto así que su comida de la tarde había sido básicamente una dona y un café. No era de sorprenderse que para esas horas ya estuvieran muertos de hambre. Sin embargo, mientras Samantha se conformaba con calmar su estómago con unas frituras a la espera de terminar sus últimas vueltas y llegar a su casa para poder comer con sus hijos, Arnold tenía expectativas un tanto diferentes. Así que aprovechando que estaban por el rumbo, pidió que se desviaran un poco hacia el pequeño parque de food trucks en dónde se encontraba estacionado el camión de Tacos Félix. Era bien sabido que después del café y los nachos con queso, los tacos eran la tercera mayor debilidad del Det. Arnold Stuart, y en esos momentos tenía un antojo muy particular de unos buenos tacos de pastor.
—Siempre que compras esas cosas dejas todo el auto oliendo a… lo que sea que tengan —se quejó Samantha, mientras sostenía el volante del auto y al mismo tiempo maniobraba con su bolsa de frituras.
—Igual ya viene siendo hora de que le demos una lavada —respondió Arnold restándole importancia.
Pese a la reticencia inicial, al final la Det. Hills aceptó cumplirle el pequeño capricho a su compañero y dio vuelta en la siguiente esquina para dirigirse al puesto de tacos.
Sam se estacionó al otro lado de la calle, y Arnold se bajó rápidamente por el lado del pasajero.
—¿Segura que no quieres nada? —preguntó a través de la ventanilla abierta.
—Lo que quiero es terminar de una vez con este día tan largo e ir a casa con mis hijos —respondió Samantha con voz quejumbrosa—. Así que apresúrate, que todavía tenemos que ir a Saint John's para ver si tienen listos esos exámenes de sangre.
—Te dará aún más hambre de aquí a que lleguemos allá, te lo advierto —bromeó Arnold con ese tono condescendiente que a veces usaba con los sospechosos, y que a Samantha le resultaba tan molesto; en especial cuando lo usaba con ella.
—Gracias por los buenos deseos —soltó Samantha, sarcástica—. Ve por tus tacos de una vez antes de que decida irme sin ti.
Arnold cruzó rápidamente la calle hacia el local iluminado al otro lado. Los tres camiones de comida se veían concurridos esa noche. Había de hecho una fila particularmente larga frente a Tacos Félix, tanto que Arnold consideró la posibilidad de optar más por unos tacos de pescado de Carson Brothers’ Harbor en su lugar. Sin embargo, pensó de inmediato que Sam lo mataría mucho más rápido si se atrevería a aparecerse con cualquier cosa con olor de mariscos en el auto. Así que al final optó mejor por un confiable perro caliente de Stan’s Dogs, cuya fila era relativamente menor. Su antojo de tacos no sería satisfecho, pero era una buena alternativa.
Se paró en la fila, resaltando un poco por encima de las demás cabezas por su altura tan significativa. Sacó su teléfono para distraerse un poco revisándolo mientras esperaba. Menos de un minuto después sintió que dos personas se colocaron detrás de él; un hombre y una mujer por lo que alcanzaba a escuchar de sus voces mientras platicaban. No le puso en realidad demasiada atención a su conversación, aunque eso cambió un poco cuando tras un rato escuchó a ella pronunciar con algo de fuerza:
—Espera un momento, ¿creías que era rica?
Sin lograr identificar con claridad si lo hacía molesta o divertida.
Arnold no pudo evitar mirar un instante sobre su hombro, sólo lo suficiente para visualizar a la mujer joven de cabello castaño corto, y al hombre de hombros anchos y cabello rubio. Los dos bien arreglado, aunque tampoco demasiado. Se giró de nuevo al frente, volviendo su vista hacia la pantalla de su teléfono.
Primera cita, supuso Arnold; quizás incluso una cita a ciegas. Él odiaba esas cosas, principalmente porque no recordaba algún intento que le hubiera resultado algo cercano a “exitoso”. Siempre surgía algo que terminaba arruinando la velada, ya fuera de parte de ella o de él; mayormente de él. Pese a que su trabajo consistía básicamente en convivir con las personas a diario, se había dado cuenta bastante temprano que tenía una gran facilidad para irritar a la gente. Así que en lugar de intentar negarlo, o incluso de cambiarlo, había optado más por abrazar esa cualidad de él e incluso sacarle provecho. Era sorprendente la cantidad de errores que la gente cometía cuando se les molestaba lo suficiente.
Samantha lo sabía muy bien, y aun así insistió en arreglarle esa cita con su hermana, que por supuesto terminó tan desastrosa como todas las demás. Lo más agradable que recordaba de aquella noche fue haber podido llegar a su departamento terminada la cita, quitarse sus pantalones y relajarse en el sillón viendo la televisión en compañía de Molly, su gata y, al parecer, la mujer de su vida. Pero sabía bien que para su compañera, describirle tal escenario haría que se le formara un nudo en la garganta, y lo mirara con una odiosa compasión.
Nunca lo había dicho abiertamente, pero Arnold sabía que a su compañera le preocupaba que siempre estuviera “solo”. Lo cual era gracioso, pues él esperaría que justo alguien como ella añoraría la dulzura de la soledad, considerando que entre su esposo, ahora exesposo, sus hijos, su hermana, su madre entrometida y él, prácticamente no había pasado ni un sólo momento a solas al menos en la última década. Pero por algún motivo, que escapaba aún de la comprensión del detective, era en realidad justo lo contrario. Al parecer Sam se había acostumbrado tanto a vivir rodeada de personas, y a forjar su concepto de felicidad entorno a ellas, que no podía evitar sentirse angustiada al ver a alguien tan solitario y metido en su mundo como Arnold Stuart.
Y aun así, y a pesar de todas sus diferencias, de alguna forma lograban ser amigos; muy buenos amigos. Samantha resultaba ser de hecho una de las poquísimas personas a las que no lograba ahuyentar con su nefasta actitud, por alguna razón.
Algunos pedazos de la conversación de la pareja a sus espaldas lograron llegar a sus oídos; algo sobre herencias, posgrados en Yale, gastos y algo sobre el trabajo de psiquiatra de ella. Arnold prefería no meterse en la vida de los extraños, al menos claro que su trabajo lo requiriera.
Llegó hasta la caja y obtuvo su orden para llevar en cuestión de minutos. Mientras se dirigía a la salida con la charola de unicel en las manos, echó un rápido vistazo a la pareja que había estado detrás de él, confirmando la impresión que le habían dado la primera vez. Siguió de largo rodeando las bancas y mesas, saliendo a la banqueta. Miró que no viniera ningún auto, y se dispuso a cruzar la calle de regreso al auto donde Sam lo aguardaba. Sin embargo, antes de que pusiera siquiera un pie en el asfalto, se regresó un momento.
«Hombre de cabello rubio, ojos azules y estatura mediana. Mujer delgada, cabello castaño corto y ojos azules. Él se presentó como un detective de policía, y ella como una doctora; una psiquiatra…»
Aquella descripción correspondía con las dos personas que, supuestamente, habían entrado por la fuerza al edificio Monarch, la tarde de hace dos días.
Se giró un segundo a ver sobre su hombro. Desde su posición no podía ver a aquella pareja, pero evidentemente tenían que seguir por ahí, quizás pidiendo en la caja de Stan’s Dogs. ¿Sería sólo una coincidencia? La lógica le decía que sí; hombres rubios y mujeres castañas con ojos azules debía haber por montones en Los Ángeles, y algunas de ellas de seguro eran psiquiatras. Aun así, algo le decía que podría no ser sólo eso. De nuevo un presentimiento, que le decía que debía devolverse, buscar a esos dos e interrogarlos, aunque no tuviera ninguna causa o pista; sólo debía hacerlo, cuánto antes…
El estridente claxon del vehículo estacionado al otro lado de la calle lo hizo sobresaltarse y salir de su despabilamiento. Se giró hacia el frente, y logró ver la mano impaciente de Samantha que le hacía señas para que cruzara la calle de una buena vez; al parecer se había quedado ahí de pie más de lo debido.
Se forzó a dejar a un lado aquellos pensamientos, y se apresuró a cruzar la calle antes de que cambiara el semáforo. Sería absurdo alargar más la noche por un simple presentimiento sin base, y en especial quitarle más tiempo a Samantha para estar con sus hijos. Debían ir al hospital, recoger ese examen, e irse cada quien para su casa. Eso era lo correcto.
Y aun así, en su pecho no se sentía como tal.
Cuando ingresó de regreso al vehículo, su compañera estaba al teléfono terminando una llamada.
—…lo veremos en la mañana. Sí, él está aquí conmigo. Se lo diré, gracias Nico. Buenas noches. —Cortó la llamada en ese instante, y alargó el brazo para meter el teléfono en el bolsillo de su abrigo—. ¿Qué hacías ahí parado mirando a la nada? —le cuestionó con ligera irritación.
—Nada, sólo me distraje un momento —respondió Arnold con apatía. Y antes de que le preguntara más, se apresuró a cambiar el tema—. ¿Era Nico de balística?
—Sí —respondió Sam—. Malas noticias, o buenas dependiendo de cómo lo veas. Las balas de nuestra desconocida en coma no concuerdan con la del pecho de la mujer encontrada en aquella bodega. Ni siquiera son del mismo calibre. Así que no hay nada que diga que ambas escenas están relacionadas.
—Tampoco hay nada que confirme que no lo están —señaló Arnold con astucia, a lo que Samantha respondió simplemente con una escueta risilla.
Arnold abrió la charola de unicel luego de colocarse el cinturón de seguridad, y los penetrantes olores del perro caliente llenaron rápidamente el auto.
—Dijiste que venías por tacos —comentó Samantha, claramente confundida.
—Cambié de opinión. ¿Quieres un poco?
—No gracias. Vayamos al hospital y acabemos con esto. Quizás el examen de sangre nos dé más información.
Samantha encendió el auto, y a la primera oportunidad se incorporó al tráfico.
— — — —
Esa noche, el técnico de laboratorio Henry Waltz del Hospital Saint John’s debería haberse retirado a su casa dos horas atrás. Sin embargo, había en esos momentos una “situación” que lo forzaba a no irse hasta poder hablar directamente con el Dr. Hubert, jefe de Cuidados Intensivos, y el médico encargado de la paciente desconocida que habían encontrado en el río. Éste le había encargado directamente realizar una vez más las pruebas de sangre y el toxicológico de la paciente para poder compartirle dicha información a la policía. Henry había cumplido el encargo, aplicando el mayor cuidado posible para evitar que sucediera de nuevo el mismo extraño, y de momento desconocido, error que podría haber provocado que los resultados anteriores terminaran siendo tan… extraños.
Estuvo al pendiente a cada paso de las pruebas. Estaba seguro de que había hecho todo bien. Y, aun así, los resultados habían sido… de nuevo “extraños”, por decirlo menos. Lo repitió incluso una tercera vez, sólo para en verdad descartar que no se tratara de una extraña e improbable coincidencia. Para su sorpresa, tuvo éxito en replicarlo una tercera vez. No había forma posible de que eso fuera un error, mucho menos una coincidencia.
Pero, ¿qué significaba eso? Ya que esos resultados… no podían ser reales. No había forma.
El Dr. Hubert había estado en una conferencia gran parte de la tarde, y luego en una reunión de la mesa directiva del hospital. Henry lo aguardó pacientemente afuera de la sala de juntas, sujetando en sus manos el expediente con los resultados. Conforme pasaron esas dos horas, se sintió cada vez más tentado a sólo irse; dejar los resultados con la persona de guardia y que se los entregara a los policías. Después de todo, había realizado su trabajo justo como se lo habían indicado, y estaba seguro de que no había error. Que fueran la policía y sus forenses los que se encargaran de descubrir qué significaba todo eso y quién, o qué, era en realidad esa mujer.
Sin embargo, para bien o para mal, Henry Waltz era una persona que le gustaba hacer bien su trabajo, y no quería que hubiera ninguna duda de qué él había hecho todo bien, y deseaba aclararle eso directamente al Dr. Hubert. Aunque claro, también existía el factor de la “curiosidad”, que en él siempre había sido bastante alto. Y si acaso el médico tenía alguna teoría que pudiera explicar esos resultados, quería saberlo, pues su exhaustiva búsqueda en internet no arrojó nada ni remotamente similar a lo que sujetaba en sus manos.
Cerca de las ocho y media, la puerta de la sala se abrió, y se escucharon las risas y murmullos de sus ocupantes desde el interior. Uno a uno comenzaron a salir, y Henry se paró rápidamente, buscando con su mirada al Dr. Hubert. Éste salió unos tres minutos después, en compañía del Dr. Mantle de oncología.
—Sí, nos vemos mañana en el squash, ¿de acuerdo? —le indicó el Dr. Hubert a su colega, y éste le respondió asintiendo—. Nos vemos, Joe. Buenas noches.
Luego de despedirse, ambos médicos se dirigieron en direcciones contrarios por el pasillo, y Henry se apresuró a alcanzar a aquel que esperaba antes de que se alejara demasiado.
—Dr. Hubert —lo llamó con fuerza a sus espaldas—. Necesito hablar con usted.
El médico se volteó a verlo sobre su hombro, pero no se detuvo.
—¿Sigues por aquí, Waltz? —murmuró un tanto ausente—. ¿Qué pasa? Tengo una cena a la que debo acudir —indicó señalando con un dedo a su reloj de muñeca—. ¿Ya vinieron los detectives por los resultados de la desconocida?
—De eso quería hablarle —respondió Henry, extendiéndole el expediente—. Repetí los exámenes correspondientes, pero los resultados salieron iguales a la primera vez.
—¿Qué? —exclamó el Dr. Hubert, ahora sí teniendo que detenerse inevitablemente.
—Con ligeras variaciones, pero en esencia son iguales —remarcó Henry, sujetando aún el expediente hacia el doctor. Éste lo tomó rápidamente y se acomodó sus anteojos para echarle un vistazo.
Como la primera vez que hicieron el examen, el toxicológico había salido limpio, a excepción de esa misma sustancia desconocida que prácticamente tenía saturada su sangre por completo. Y en lo que respectaba al análisis bioquímico, igual que esa primera vez prácticamente cada partida arrojaba valores totalmente fuera de los parámetros normales; algunos exageradamente altos, otros absurdamente bajos. Niveles que él nunca había visto antes, o sabía siquiera que fueran posibles.
Luego de revisar los resultados al menos dos veces, el Dr. Hubert cerró el expediente, se retiró sus anteojos para tallarse un poco los ojos, y murmuró sin más:
—Obviamente se volvieron a equivocar. Háganlo otra vez.
—Ya lo hice —recalcó Henry—. Lo repetí una tercera vez, y ocurrió lo mismo. Incluso probé con muestras de otros pacientes para verificar que no fuera algún desperfecto del equipo o de los instrumentos, pero ninguno arrojó nada parecido a esto.
—Pues no sé cómo, pero de alguna forma alguien cometió un error —exclamó el Dr. Hubert, ofuscado—. No hay forma posible de que un ser humano, o siquiera un ser vivo en general, pudiera tener estos niveles en la sangre. ¿Y qué hay de esa sustancia que marca como desconocida? ¿Qué es? ¿Alguna droga, esteroide? Lo que sea, la concentración sobrepasa el nivel de lo que sería cualquier sobredosis. Así que al menos de que nuestra desconocida sea un extraterrestre, alguien… se… equivocó…
Recalcando esas últimas palabras, le regresó el expediente a Henry, que lo tomó y lo abrazó contra su pecho.
—¿Y si sí lo es? —inquirió Henry de pronto, desconcertando un poco al Dr. Hubert.
—¿Una extraterrestre?
—No… bueno, no sé. Quizás extraterrestre no precisamente. Pero si las pruebas marcan que su sangre es diferente a lo conocido, ¿Qué podría ser? ¿Algún tipo de enfermedad desconocida? ¿Un virus? ¿Un mal genético? ¿Deberíamos llamar a Control de Enfermedades?
—¿Qué? No vamos a hacer que sellen el hospital entero sólo por un claro error humano —susurró el Dr. Hubert despacio, casi como si temiera que alguien le escuchara—. Escucha, Waltz —murmuró con un poco más de calma, guiando al técnico hacia un lado el pasillo para hablar con mayor discreción—. No hay ningún otro síntoma que nos indique una posible infección viral o bacteriológica. Salvo por los claros disparos y el golpe en la cabeza, la mujer está sana. Esto es obvio un error.
—Sigue repitiendo eso, pero ya le dije que hemos hecho la prueba tres veces. Estoy seguro que no hubo ningún error.
—Bien, de acuerdo —respondió el Dr. Hubert, alzando sus manos en posición de rendición—. Hagamos esto, toma una nueva muestra de la paciente; tú personalmente, para que podamos estar seguros que no está contaminada en lo absoluto. Has las pruebas sólo una vez más, y agrega también las pruebas para enfermedades de la sangre conocidas. Y te prometo que si dan el mismo resultado, o detecta alguna posible enfermedad desconocida, yo personalmente le hablaré al CDC. ¿Está bien?
—Está bien —suspiró Henry, resignado pero definitivamente no contento.
—Muy bien. Ahora tengo que irme a la cena, pero llámame en cuanto tengas esos últimos resultados, ¿sí? Esto es importante, así que hazlo cuanto antes. Llámame, ¿está bien?
El Dr. Hubert se alejó apresurado por el pasillo, y Henry no pudo evitar preguntarse si su apuro era por la mencionada cena, o porque deseaba escapar por esa noche de las responsabilidades que esa situación le traería.
Como fuera, Henry se había comprometido a hacerlo todo una vez más, aunque estaba seguro de que pasaría lo mismo. Esperaba que al menos los exámenes para enfermedades pudiera darle algo de luz, aunque quizás le tomara toda la noche terminarlo.
Era mejor apurarse, así que se dirigió en la dirección contraria, hacia los ascensores y posteriormente al área de cuidados intensivos.
— — — —
Como había prometido, en cuanto terminó su turno Miguel se dirigió de regreso al hospital. Le pidió a uno de sus compañeros de la ambulancia que lo dejaran ahí en lugar de su parada habitual para tomar el autobús. Éste obviamente le cuestionó al respecto, pero Miguel se las arregló para no dar demasiadas explicaciones. A quien quizás tendría que darle un poco más era a su madre, aunque éstas no fueran del todo la verdad. Así que una vez que se bajó en el hospital, sacó su teléfono y le marcó para poder explicarle por qué llegaría un poco más tarde que de costumbre esa noche.
—Sí, sólo iré a cenar algo con mis compañeros —le dijo a su madre mientras ingresaba por la puerta principal—. No, no beberé, mamá. ¿Cómo se te ocurre? Sólo comeré algo y luego tomo el autobús. Descuida, creo que sí lo alcanzaré. Sí, me cuidaré, no te preocupes. No llegaré muy tarde. Gracias. Te quiero.
Un golpe de inevitable culpabilidad le llegó en cuanto colgó el teléfono. Odiaba tener que mentirle a su madre sobre lo que haría realmente, pero… ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Qué se vería con una chica a la que había atendido que se sentía sola, y que podría o no haberle ofrecido hacerle algunos “favores” especiales si aceptaba verse con ella? Hasta a él mismo debía aceptar que se sentía que había algo incorrecto en ello, pero… Bueno, era un chico, era joven, y tenía que aceptar que por algún motivo la chica en cuestión lo había cautivado. Además, no era como si fuera un doctor metiéndose con una paciente, que bien sabía que ocurría; ni tampoco alguien aprovechándose de alguien vulnerable… ¿verdad?
Definitivamente nadie se tomaba la molestia de explicarte eso en el entrenamiento.
Igual bien podría él haber malentendido todo, aunque aquella insinuación no había dejado mucho a la imaginación en su opinión. Él sólo había prometido ir a hacerle un poco de compañía, cenar algo juntos y charlar. Y si sólo ocurría eso, no tendría por qué haber ningún problema. Aunque los latidos ansiosos de su corazón dejaban en evidencia que esperaba que no fuera precisamente así.
Al ingresar por las puertas automáticas del hospital, sintió que su teléfono vibraba al recibir un nuevo mensaje. Creyó por un momento que sería su madre, que como buena madre sobreprotectora que era, tenía que repetirle que se cuidara. Sin embargo, al echar un vistazo a las notificaciones, se dio cuenta de que era un mensaje de V. S. El mismo nombre con el que Verónica había guardado su teléfono.
El mensaje decía:
“Estoy en el área de cuidados intensivos. Cuando llegues búscame en la camilla 5.”
Eso preocupó un poco a Miguel. ¿Se habría puesto mal de nuevo? No era raro que un paciente que ya estuviera dando señales de mejoría de repente tuviera una complicación; por eso solían tenerlos en observación por un periodo de tiempo ante de darlos de alta, en especial con heridas de gravedad.
Al ingresar al mostrador principal, para su suerte conocía a la mujer que estaba de guardia, y pudo convencerla de que la dejara pasar al área de cuidados intensivos para ir visitar a una “amiga”.
—Sabes bien que estoy todo el día en la ambulancia, y sólo hasta ahora pude desocuparme. Sólo quiero estar seguro de que está bien. Por favor, te deberé una.
La mujer en el mostrador vaciló un poco, pero al final accedió.
—Estás de suerte —comentó—. El Dr. Hubert creo que iba de salida a una cena. Sólo intenta que no te vean, ¿de acuerdo?
—No te preocupes, yo me encargo. Gracias, te debo una.
—Ya son dos, me parece.
Ya con el camino despejado, Miguel se abrió camino hacia el sitio indicado. En cuanto entró en aquella área, una extraña sensación fría le recorrió el cuerpo entero, dejándolo quieto en su sitio por unos instantes. La luz principal de la sala estaba apagada, y la única iluminación era la de las lámparas individuales de algunas de las camillas, aunque éstas no alumbraban precisamente mucho pues las cortinas de todas las camillas estaban corridas, ocultando detrás de éstas a sus ocupantes, si es que tenían alguno. De hecho, salvo por el ocasional pitido de alguno de los aparatos, todo se encontraba muy silencioso.
Su mente fue invadida por uno de esos extraños presentimientos que a veces le llegaban, y que le gritaba con fuerza: “algo no está bien, sal de ahí”. Pero claro, era un hospital, y en esa área en específico debía haber gente en estado delicado; sería raro no sentir que algo no estaba bien, o al menos eso se repitió a sí mismo para convencerse y así comenzar a caminar entre las camillas.
—¿Verónica? —susurró despacio, temerosos de quizás perturbar el descanso de algún paciente. No estaba seguro de cuál sería la camilla cinco, así que se limitó a contarlas a partir de la puerta, y acercarse cauteloso a la que pensaba podría ser le indicada—. ¿Verónica? ¿Estás aquí? —murmuró despacio mientras se aproximaba a la cortina. La corrió con cuidado hacia un lado para echar un vistazo al otro lado.
No había nadie en la camilla. La luz individual sobre la cabecera de la camilla estaba encendida, pero no había nadie ahí.
—Acá estoy —escuchó de pronto a sus espaldas, asustándolo un poco y haciéndolo saltar.
Se giró entonces hacia la camilla de enfrente. A través de la transparencia de la cortina y por el efecto de la luz de la lámpara contra ella, una sombra moviéndose escuetamente fue visible. Miguel se aproximó a esa otra camilla, e hizo lo mismo echando un vistazo al otro lado de la cortina. La camilla estaba en efecto ocupada por una mujer, con los ojos cerrados, con un delgado tuvo de oxígeno contra sus fosas nasales, un suero conectado a su brazo, y un indicador de ritmo cardiaco en su dedo. Pero esa mujer no era Verónica. Ésta, de hecho, se encontraba en su silla de ruedas, estacionada a un lado de la camilla. Observaba fijamente a la mujer en la camilla con mirada taciturna.
—Entra y cierra la cortina, por favor —le pidió Verónica en voz baja sin mirarlo.
Miguel obedeció.
—Cuando leí tu mensaje, pensé que quizás eras tú a la que habían traído aquí de nuevo —indicó Miguel, aproximándose para pararse a su lado.
—No, por fortuna estoy bien —comentó la chica rubia con humor en su voz—. Lo siento, sólo quería venir a ver cómo estaba.
Miguel echó un vistazo más cuidadoso a la mujer en la camilla. En un primer vistazo no lo notó, pero de hecho era una chica bastante atractiva, hasta casi resultar un poco intimidante pese a estar dormida en una camilla de hospital.
—Está en coma —le informó Verónica sin que él le preguntara—. Y los doctores no saben si despertará.
—¿Es tu amiga? —preguntó Miguel con curiosidad—. ¿Estaba también en el edificio cuando ocurrió la explosión?
Miguel no la recordaba de la escena, pero para cuando la dejaron los bomberos seguían abriéndose paso hacia el pent-house y buscando piso por piso a personas que aún no hubiera salido. Podría haber sido alguien a quien sacaron después.
—¿Amiga? —musitó Verónica, sonando casi como si el significado de aquella palabra le resultara extraño—. Sí, algo así.
Se volteó a mirarlo en ese momento, esbozando una amplia y radiante sonrisa que Miguel sintió que le detenía la respiración. Y por un instante, aquella muchacha le pareció muchísimo más atractiva que la mujer inconsciente en la camilla… o quizás que cualquier otra mujer que hubiera conocido o visto en su vida.
—Realmente pensé que no vendrías —susurró Verónica, uno de sus dedos jugaba inquieto con uno de sus mechones dorados.
—Claro que sí, lo prometí —respondió Miguel, intentando no tartamudear, o no demasiado.
—Y siempre cumples tus promesas, ¿cierto? —señaló Verónica, sin ser una pregunta que en verdad esperara una respuesta—. En verdad eres una buena persona, Miguel.
—Sí, supongo —masculló sonriendo con nervios, y sus mejillas acaloradas—. Bueno, ¿quieres que bajemos a la cafetería a comer algo? Quizás aún alcancemos a alguien de la cocina.
Mientras proponía aquello, el paramédico avanzó hasta colocarse detrás de su silla y tomar las manillas traseras. Sin embargo, antes de que pudiera girar la silla para empujarla fuera de la cortina, una mano de Verónica se extendió hacia atrás, y colocó delicadamente la yema de sus dedos contra una de las manos de Miguel. El sólo roce de su piel contra la suya fue como una chispa eléctrica que hizo que el muchacho se estremeciera ligeramente.
—Quedémonos aquí un poco más —indicó Verónica, rozando peligrosamente el límite para convertirse en una orden. Como fuera, Miguel no se opuso, y casi de forma automática sus manos soltaron las manijas y se retiró de detrás de la silla. Verónica lo siguió atenta con sus casi hipnóticos ojos de un frío azul—. Ven, acércate —le indicó haciendo con un dedo el ademán para que se aproximara a ella.
Miguel se inclinó hacia ella lentamente. Cuando estuvo a la distancia correcta, Verónica se estiró hacia él. El muchacho se puso un poco tenso ante su repentina proximidad, aunque se calmó un poco más al sentir el dulce roce de los labios de la muchacha contra su mejilla derecha.
—En verdad eres un buen chico, Miguel —repitió Verónica, como un pequeño susurro sólo para sus oídos—. Y los chicos buenos merecen ser tratados bien…
Además del dulce cosquilleo de su aliento contra su mejilla, Miguel sintió como los dedos de una de las manos de aquella muchacha se colocaba sobre su muslo, comenzando a subir por éste por encima de su grueso pantalón, aunque él podía sentirlo aquel roce casi como si lo hiciera directamente.
—¿Qué haces? —preguntó Miguel nervioso, pero su cuerpo se quedó quieto, incapaz de hacer cualquier movimiento para detenerla.
—No te pongas nervioso —le susurró Verónica de forma juguetona—. Sólo quiero tratarte bien, como te mereces…
La mano de Verónica siguió subiendo, y no tardó mucho en llegar a ese punto entre sus piernas, que con tan sólo aquellos ligeros roces parecía ya sentirse más tenso que el resto del cuerpo. Verónica presionó su palma entera contra aquel bulto, comenzando a acariciarlo por encima de su pantalón. Pequeños gemidos surgieron de la boca del muchacho al ritmo de cada movimiento que la joven hacía de su mano, volviéndose poco a poco más intensos.
—Siéntate en la orilla de la camilla —le susurró Verónica tras casi un minuto. Miguel la observó dudoso, volteando justo después a mirar a la mujer desconocida—. No se va a despertar —señaló Verónica con sorna—. Y si lo hiciera, eso sería un bien recibido milagro, ¿no crees? Anda, rápido antes de que a alguna enfermera se le ocurra venir.
Esa parte de su mente que le había gritado al entrar que “algo no está bien, sal de ahí” se hizo una vez más presente, incitándole de nuevo a justo seguir ese consejo. Sin embargo, al instante siguiente fue como si una nube gris la cubriera, y apenas y lograra visualizar rezagos de ese pensamiento. Y sin siquiera cuestionárselo demasiado, su cuerpo pareció decidir por su propia cuenta que tenía que obedecer todo lo que esa chica le decía, y así lo hizo.
Miguel se subió con cuidado a la camilla, sentándose en la orilla de ésta. Verónica aproximó su silla, colocándose delante de él, y con cuidado tomó sus piernas y las separó sin que él opusiera resistencia. Con sus manos comenzó a abrirle su pantalón, mientras sus ojos observaban seductores al rostro de Miguel. La respiración del muchacho se volvía poco a poco más agitada, mientras lo hacía también aquella casi dolorosa presión en su entrepierna. Ésta última logró al menos ser un poco liberada al momento en que Verónica logró abrirle su pantalón y sacar lo que ahí escondía.
—Vaya, vaya —murmuró la chica despacio, en un tono que a Miguel le resultó indescifrable. Sin decir nada, Verónica comenzó a recorrer su mano, comenzando a acariciarlo más directamente y sin ropa de por medio, al principio con cuidado, pero rápidamente volviéndose más agresiva.
Todo aquello era demasiado para Miguel, y si no fuera porque no deseaba ser irrespetuoso con la mujer en la camilla (más de lo que ya lo estaba siendo) quizás se hubiera tirado de espaldas a la cama, incapaz de sostenerse. En su lugar sólo alzó su rostro y cerró sus ojos, concentrándose en los movimientos de arriba abajo que Verónica había comenzado a emplear con una mano, haciendo muestra de una gran habilidad pues lo hacía justo y como a él le gustaba.
Tomó particularmente por sorpresa al chico cuando retiró su mano, y en su lugar aproximó sus labios, comenzando rápidamente a estimularlo con su boca. Un fuerte gemido se escapó de los labios del joven paramédico; aquello era más intenso que cualquier otra cosa que hubiera sentido antes, tanto que creyó por un momento que se desmayaría. Sentía su cuerpo flotar, y su mente divagar por completo en el espacio, muy, muy lejos de esa camilla o de ese hospital.
—¿Te gusta? —escuchó que la voz de Verónica le preguntaba, sonando como un sonido distante apaciguado por varias capas más de neblina oscura.
—Sí… mucho… —masculló Miguel con voz entrecortada, teniendo aún los ojos cerrados.
—¿Sí? ¿Y esto? —añadió la misma voz lejana de Verónica, y al instante Miguel logró sentir los pequeños roces de la punta de su lengua.
—Ah… Sí, sí… me gusta…
—¿Sí?
—¡Sí…!
—Qué bien…
En un instante a otro, mientras Miguel estaba ensimismado en todas esas sensaciones que le recorrían el cuerpo, Verónica se paró abruptamente de la silla y extendió una mano hacia él, tomándole firmemente de sus cabellos con sus dedos, provocándole una sensación dolorosa que se revolvía un poco con las placenteras.
Antes de que el muchacho pudiera preguntar algo, o siquiera abrir sus ojos, Verónica lo obligó a girar su rostro hacia un lado y lo empujó para que inclinara el cuerpo en dicha dirección. Cuando al fin logró ver de nuevo, se encontró prácticamente de frente con el rostro de la mujer en coma. Al segundo siguiente, sintió la punzada del filo del bisturí que sostenía Verónica en su otra mano perforándole la piel del cuello hasta lo más hondo, y luego deslizarse de un sólo tajo rápido y certero hacia el otro extremo, abriéndole la garganta entera.
Un chorro de sangre surgió de la profunda herida, manchando el rostro y ropas de la mujer dormida. Los ojos de Miguel se llenaron de un gran miedo y confusión de golpe, mientras su boca igualmente se impregnaba con el sabor metálico. La mano de Verónica, aún con el bisturí entre sus dedos, se dirigió a su boca, presionándola con fuerza para evitar que gritara o pronunciar sonido alguno. Su otra mano lo sujetaba aún con fuerza de los cabellos, manteniendo su cabeza firme en su sitio.
Miguel intentó quitársela de encima, manotear con fuerza, pero sus manos sólo golpeaban el aire infructuosamente.
—Está bien, está bien —susurró la voz de Verónica con aterradora dulzura a un lado de su oído, mientras la sangre seguía brotando de su garganta a borbotones, manchando casi enteramente la bata de la mujer y las sabanas de la camilla—. El miedo, la felicidad, el dolor, el placer… todo es lo mismo llegado a un punto. ¿Puedes sentirlo?, ¿cómo todo eso te recorre el cuerpo al mismo tiempo? Es porque sólo cuando estamos en el momento justo antes de morir, podemos sentir lo que realmente es estar vivos. Es mi regalo para ti, Miguel… ya que en verdad eras un muy buen chico…
Lagrimas comenzaron a brotar de los ojos del muchacho mientras su vista se nublaba y su cuerpo comenzaba a perder fuerzas. Sus manos al final dejaron de intentar agarrarse a algo que simplemente no podía alcanzar, y su boca de intentar emitir un grito que simplemente no saldría. Su cuerpo entero comenzó a ponerse suelto, flojo, y más pesado. Verónica retiró sus manos de golpe y dejó que su torso y cabeza se desplomaran hacia el frente, cayendo contra el cuerpo de la mujer dormida. Lo sangre siguió brotando de la herida, llegando incluso un poco a comenzar a gotear de la camilla y a crear un charco en el suelo.
Verónica se sentó de regreso en su silla, sintiendo un dolor punzante en la herida de su costado por el esfuerzo que había aplicado. Esperaba no haberse abierto los puntos. De momento, sin embargo, le preocuparon más las pequeñas manchas de sangre que le habían quedado en la mano con la que había sujetado la boca de Miguel. Tomó los pañuelos que había traído consigo para comenzar a tallar su mano con fuerza.
Notó entonces que algunas gotas habían caído en su bata.
—Maldición —murmuró despacio. De eso tendría que encargarse después.
De momento, su mirada se centró fija en la mujer de cabellos cobrizos delante de ella.
Durante todo aquel largo proceso, desde que le había abierto su garganta al pobre Miguel, hasta que terminó inerte contra ella, rastros de vapor, invisibles para el ojo común, habían surgido del cuerpo del muchacho, de cada orificio de su rostro, pero en especial de su garganta cercenada. Habían flotado en el aire justo delante del rostro placido de la mujer en coma, y su cuerpo, hambriento como estaba, lo succionó como una esponja, jalando hasta al último bocado. El vapor había penetrado en su cuerpo, comenzando a esparcirse rápidamente, dirigiéndose en especial a aquellas partes heridas: los disparos, el golpe en la cabeza, comenzando a hacer su magia. Y tras unos largos minutos de espera, aquella horribles heridas que la habían tenido postrada a esa cama terminaron de curarse.
Y unos segundos después, los ojos miel de Mabel la Doncella se abrieron de par en par, y jaló una larga inhalación de aire por su boca.
Como sacudida violentamente de un profundo sueño, comenzó a mirar confundida a su alrededor. Cuando intentó levantarse, sintió el peso del cuerpo del paramédico contra ella impidiéndoselo. Y la presencia de ese paleto desconocido, además de volverse consciente de que se encontraba totalmente empapada de su sangre, no hizo más que empeorar aún más su confusión.
—Buenos días, bella durmiente —murmuró burlona la voz de Verónica, jalando rápidamente la atención de la recién despertada hacia ella. La joven rubia le sonrió elocuente desde su silla a un lado de la camilla—. ¿Cómo te sientes? ¿Lista para levantarte y andar?
FIN DEL CAPÍTULO 128
Notas del Autor:
Bueno, creo que todos sabíamos que el pobre Miguel terminaría así, ¿correcto? Aun así fue una pena, pero bueno… Lo importante es que la nueva Verónica hizo al fin su primer movimiento, ahora Mabel, la amiga de todos los niños, está de vuelta. ¿Qué les pareció? Obviamente esta escena no ha terminado, pero la concluiremos en el siguiente capítulo.
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 126. Haré que valga la pena
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 126. Haré que valga la pena
Al mismo tiempo que la reunión de los Apóstoles terminaba en Chicago, los ojos de Verónica se abrían en su habitación de hospital de Los Ángeles, enfocándose ahora sí en el techo sobre su camilla. Tras recuperarse un poco de la desorientación que el cambio de escenario le causaba, comenzó a darle forma a sus pensamientos lo mejor posible.
Habían ocurrido más cosas en esa reunión de las que se esperaba, y ciertamente Daniel Neff había sido la sorpresa de la tarde. No había previsto que tuviera bajo la manga todo un plan tan detallado para salvar a Damien, y al parecer nadie en la reunión tampoco. Sus intenciones igualmente resultaban evidentes para ella, pero más que preocuparse o molestarse como Adrián, Lyons o Ann, Verónica debía aceptar que se sentía un poco impresionada.
«Ahora veo porque Argyron siempre habló tan bien de ti» pensó, intentando a su vez imaginar de qué forma el mayor podría llegar a serle útil en un futuro. Algo surgiría, eso lo tenía seguro.
Sin embargo, de momento había que concentrarse en algo más. Si todo salía tal y cómo Neff había expuesto, la Hermandad estaba a punto de lanzar su ataque al Nido en máximo un par de días. Era algo que había previsto que pasaría, pero no pensó que fuera a ser tan pronto, o que estuvieran tan preparados como para que dicho ataque barriera con toda la base entera. Eso la obligaría a moverse más rápido de lo que se esperaba. Aunque claro, tenía la pequeña desventaja de que la condición actual de su cuerpo le impedía en realidad hacer muchas cosas fuera de esa camilla.
«Creo que tendré que despertar más pronto de lo esperado a mi nueva amiga» se dijo a sí misma. Pero antes de hacer cualquier cosa, tendría que hacer una pequeña excursión de reconocimiento para ver cuál era la situación real, y en especial qué opciones tenía disponibles.
Pasó entonces a moverse lentamente por la camilla hasta sentarse en la orilla. El dolor de sus heridas punzaba un poco con cada movimiento, pero sabía bien cómo lidiar con él. Se puso de pie con cuidado, y se dirigió cojeando hacia su silla de ruedas. Lo más complicado fue acomodar el suero al que aún la tenían conectada en el gancho de la silla, pero nada del otro mundo.
Quizás estaba un poco limitada de momento, pero nunca lo estaría del todo.
— — — —
A media tarde, los detectives Samantha Hills y Arnold Stuart arribaron al Hospital Saint John's para darle seguimiento a uno de sus casos; uno en particular que al Det. Stuart lo tenía intrigado desde hacía dos noches, cuando había encontrado a aquella mujer inconsciente a la orilla del río, gravemente herida pero al menos respirando aún; apenas. Estaban a la espera de que despertara y pudiera darles más detalle de su atacante, o atacantes, y de cómo había terminado en esas condiciones. Sin embargo, para ese momento la mujer seguía sin despertar.
El doctor encargado de la misteriosa paciente, un hombre bajo de tez morena y gruesos anteojos cuadrados, los recibió con gusto en cuanto llegaron, y los encaminó hacia el área de cuidados intensivos, en donde en esos momentos la mujer seguía reposando.
—Como les dije por teléfono, detectives, su desconocida no ha presentado ningún cambio en su estado —les informaba el médico con tono afable, aunque algo cansado, mientras ingresaba por las puertas del área de cuidados intensivos. Los dos oficiales de policía lo seguían de cerca—. Le extrajimos las balas, que ya deben estar camino a su laboratorio, y sus heridas fueron tratadas lo mejor que pudimos. De momento se encuentra fuera de peligro, pero la verdad es todo lo que podemos hacer por ella de momento.
Los tres avanzaron entre las dos filas de camillas, la mayoría desocupadas en esos momentos, hasta colocarse delante de la tercera del lado derecho. Ésta se encontraba ocupada por la persona en cuestión, una mujer joven, de rostro delgado y facciones finas, de piel pálida como nieve, con algunos lunares notables adornándola. A pesar de llevar al menos dos días inconsciente, sus cabellos castaños rojizos se veían brillantes y acomodados, casi como si alguien se hubiera tomado la molestia de lavarla y peinarla recientemente.
El médico encargado tomó de los pies de la camilla el expediente y lo hojeó de manera rápida para ver si acaso había algún dato nuevo que se le hubiera pasado. Sin embargo, no lo había; todo seguía siendo casi igual al último vistazo que había dado la noche anterior.
—No sabría asegurarles cuánto tiempo le tomará despertar —suspiró el doctor, colocando de nuevo el expediente en su sitio—, o si lo hará siquiera. Si sigue sin reaccionar, tendremos que trasladarla a un área de cuidados más especializados.
La Det. Hills se aproximó a un costado de la camilla, para poder contemplar más de cerca el rostro de aquella mujer, plácido y tranquilo, sin ninguna señal de dolor o incomodidad. De hecho sus mejillas presentaban un rubor natural saludable, al igual que el llamativo rosado de sus labios, que no se veían para nada resecos o agrietados. Si no fuera por sus ojos cerrados, los vendajes que envolvían su cabeza y brazo, y todos los aparatos que tenía conectados, uno creería a primera vista que se encontraba totalmente sana.
—Pobre chica —masculló Samantha en voz baja para sí misma.
Samantha Hills tenía ya para esos momentos casi quince años de experiencia como detective de la Policía de Los Ángeles. Aquella desconocida no era ni de cerca la primera víctima con la que le tocaba lidiar; viva, muerta, mujer, hombre, encontrada a la orilla del río, habitación de hotel, portaequipaje de un vehículo… No creía haberlo visto todo en absoluto (y cada nuevo caso parecía de alguna forma confirmarlo), pero sí lo suficiente. Y, aun así, había algo en aquella mujer que le causaba desde la otra noche una opresión en el pecho de congoja cada vez que la veía. Casi como si sintiera personal el verla en ese estado, como si fuera su hija o su hermana, y no una completa extraña.
No podía decir con seguridad por qué sentía eso, y quería convencerse a sí misma de que no era tan superficial como para que fuera sólo por lo bonita que era; casi como una hermosa muñeca hecha con las delicadas y cuidadosas manos de un artesano. Una hermosura que le parecía ciertamente irreal. Pero encima de eso, era por mucho una chica fuerte. Recibir esos disparos, ese horrible golpe en la cabeza, caer al agua, y aún así salir de ahí con vida… Era una muestra impresionante de su deseo por vivir.
¿De dónde había venido? ¿Quién era en realidad? ¿Quién la odiaba tanto como para hacerle eso? Todas esas eran preguntas que Samantha quería de alguna forma resolver, y deseaba con una intensidad casi desbordada que abriera sus ojos y poder preguntárselo directamente; escuchar al menos una vez cómo sonaba su voz.
—¿Qué arrojaron los análisis? —escuchó de pronto que la voz de su compañero preguntaba con seriedad, sacándola de golpe de su ensimismamiento. Samantha apartó la mirada, se talló discretamente un ojo con sus dedos, y se dirigió de regreso a lado de Arnold.
—El examen de agresión sexual salió negativo —le respondió el médico—. Claro que el agua podría haberse llevado mucha de la evidencia, pero no presenta ninguna laceración, hematoma o algún otro signo esperado. De hecho, no presentó ninguna herida adicional a los disparos y el golpe en la cabeza al caer al canal.
—¿Y el examen toxicológico? —preguntó el Det. Stuart un tanto impaciente—. ¿Encontraron algo en su sangre?
El médico pareció ponerse un poco tenso al oír esa pregunta. Carraspeó un poco, y luego intentó responder con la mayor naturalidad posible.
—Están en proceso. Tuve que pedir que los realizaran una vez más.
Aquello dejó un tanto perplejos a los dos oficiales.
—¿Por qué? —inquirió Samantha, cruzándose de brazos.
—Nada de cuidado. Es sólo que los primeros análisis de sangre arrojaron valores… anormales en varios parámetros; bastante anormales —recalcó—. Además de saturación de una sustancia desconocida, igual en niveles que no podrían ser posibles, sea lo que fuera ésta. Muy probablemente se trató de algún error en el laboratorio —se apresuró a aclarar antes de que alguno pensara siquiera en preguntar algo más—. No es usual que pase, pero tristemente no es algo que se pueda evitar por completo. Pedí que se hicieran una segunda vez. Si vuelven hoy en la noche, de seguro ya estarán listos.
Samantha y Arnold se miraron el uno al otro en silencio. Sus ojos por sí solos le indicaron al otro que aquello les resultaba extraño, por decirlo menos. Pero tampoco tenían motivo para dudar de la palabra del doctor, mucho menos para cuestionarle más al respecto. Así que sólo les quedaba confiar.
—Supongo que volveremos más tarde, entonces —indicó Arnold con resignación—. Gracias por su tiempo, doctor —dijo justo después, extendiendo su mano hacia él.
—Encantado de ayudar como siempre —le contestó el médico, estrechándole firmemente su mano—. Si me disculpan, debo atender a más pacientes.
Ambos detectives lo despidieron con un ligero ademán de sus cabezas, y el doctor se dirigió con paso veloz hacia la puerta.
Los oficiales permanecieron un rato más de pie frente a la camilla, contemplando a su ocupante en silencio, casi como esperando que el deseo de Samantha se cumpliera y en cualquier momento abriera sus ojos y les hablara. Aquello, por supuesto, no pasó. Y tras unos minutos, o quizás menos, ambos se dirigieron a la puerta sin necesidad de indicarle al otro que era tiempo de irse.
—¿Balística ya comparó si las balas en el cuerpo de esta chica concuerdan con las de la otra mujer muerta en la bodega? —preguntó Arnold en voz baja mientras caminaban.
—No he recibido su informe —respondió Samantha, negando con la cabeza—. ¿Sigues pensando que ambos casos están conectados?
—Llámalo una corazonada.
La Det. Hills sonrió, divertida. Las corazonadas de su compañero solían dar en el clavo una de tres veces, pero eso no le impedía seguir cada una como un gato al punto rojo del láser, esperando que lo llevaran a algo. Y para bien o para mal, era ella a quien le tocaba acompañarlo en cada una de sus búsquedas.
En cuanto atravesaron las puertas del área de cuidados intensivos, doblaron a la derecha para dirigirse hacia el vestíbulo. Sin embargo, habían dado apenas unos tres pasos cuando escucharon una voz a sus espaldas:
—Detectives —pronunció con tono animado, obligando que ambos se detuvieran y se giraran en sincronía hacia atrás. Miraron entonces a una joven de cabellos rubios quebrados, aproximándose hacia ellos sobre una silla de ruedas que ella hacía avanzar lentamente con sus manos—. Qué sorpresa verlos por aquí —dijo aquella joven, esbozando una amplia y despreocupada sonrisa—. ¿Me estaban buscando, acaso?
Su cabello estaba algo desalineado, su rostro un poco pálido, y sus ojos mostraban unas discretas ojeras por debajo de ellas. Aun así, ciertamente les resultó familiar desde el primer vistazo, pero sólo cuando estacionó su silla de ruedas a un par de metros de ellos, Arnold logró identificarla con certeza.
—Tú eres… la asistente del joven Thorn —murmuró el Det. Stuart, señalándole—. No, corrijo. La asistente de su tía, ¿no?
Ese pedazo de información era justo el que le faltaba a Samantha para también identificarla. Era la joven que estaba en ese pent-house en donde dos desconocidos habían ingresado por la fuerza hace dos días. Ella estaba ahí con aquel chico, Damien Thorn, cuando ambos fueron a interrogarlo sobre el allanamiento. Samantha recordaba sobre todo que aquel muchacho había sido un tanto grosero con ella. Aunque claro, era difícil que aquello no fuera opacado por el hecho de que Andy Woodhouse en persona se había presentado también en aquel sitio de la nada.
Definitivamente había sido un día fuera de lo común.
—Qué buena memoria, detective —indicó la joven de la silla de ruedas, asintiendo—. Pero si vienen a hacerme alguna pregunta sobre el ataque, ya di mi declaración completa a los otros oficiales, y no creo tener algo más que añadir. ¿O es que tienen alguna novedad?
—No, lo sentimos, señorita… —se apresuró a responder Samantha, quedándose a la mitad de su explicación al no recordar su nombre, si es que acaso se los había dado en aquel entonces.
—Selvaggio —indicó la joven rápidamente—. Verónica Selvaggio.
—Srta. Selvaggio —pronunció la Det. Hills con mayor seguridad—. La verdad es que estamos aquí por otro asunto. Pero escuchamos lo ocurrido.
Era difícil no hacerlo. La extraña explosión ocurrida en el pent-house del edificio Monarch esa misma noche de hace dos días, había sido una noticia demasiado sonada por toda la ciudad. Y Arnold en particular no había soltado el tema en todo ese tiempo.
—¿Se encuentra bien? —añadió Samantha, sonando sincera.
Verónica le sonrió con sosiego, sus labios rojizos resaltaban en la palidez de su rostro.
—Bueno, lo más bien que se puede estar luego de recibir un disparo y que una varilla de acero te atraviese la pierna —bromeó divertida, encogiéndose además de hombros—. Pero sí, estoy bien. Recuperándome.
—Nos alegra escucharlo —expresó Samantha, y se dispuso al momento a disculparse para que se retiraran de una vez. Sin embargo, Arnold se adelantó a hablar primero; justo lo que intentaba evitar.
—Es una pena que haya tenido que estar presente cuando eso ocurrió —masculló el Det. Stuart, en un tono que no dejaba claro si era una afirmación, o algún tipo de pregunta disfrazada.
—Mala suerte, diría yo —respondió Verónica con tono relajado.
—¿Y el chico Thorn? —preguntó Arnold justo después—. Entiendo que él no estaba.
—Oh, no —contestó Verónica, negando rápidamente con la cabeza—. Gracias a Dios no. Él ya estaba en ese momento camino de regreso a Chicago.
—¿Y usted no iba con él? —preguntó Arnold, sintiéndose en ese punto ya algo insistente.
—Esa era la idea, pero me atrasé con algunos asuntos —respondió Verónica con tranquilidad, encogiéndose de hombros—. ¿Acaso me está interrogando, detective? Porque me dijeron que no hablara con la policía sin un abogado de Thorn Industries presente. Por seguridad, usted sabe.
—Lo entendemos —se apresuró Samantha a intervenir, dando un paso al frente antes de que su compañero prosiguiera—. Y disculpe las molestias, Srta. Selvaggio. —Sacó en ese momento de su bolsillo una de sus tarjetas, y se la extendió a la joven en la silla de ruedas—. Si podemos ayudarle en cualquier cosa, no dude en llamarme. ¿De acuerdo?
—Muchas gracias, detective —agradeció Verónica, tomando la tarjeta entre sus dedos, y después le sonrió con gentileza.
—Si nos disculpa —murmulló la Det. Hills justo después, y al momento tomó a su compañero del brazo y prácticamente comenzó a jalarlo a la salida.
Mientras se alejaban, Verónica los despidió desde su silla, agitando lentamente una mano en el aire.
—¿Qué te pasa? —le reprendió Samantha a Arnold, una vez que estuvieron lo suficientemente lejos—. Ese ya no es nuestro caso, y lo sabes.
—Y hace que te preguntes el porqué, ¿no crees? —le respondió Arnold con reticencia.
Samantha suspiró, un tanto cansada, y un tanto más resignada.
—¿Acaso también crees que esa explosión tuvo que ver con los otros dos casos?
—No dije eso —murmuró Arnold entre dientes, no sintiéndose del todo sincero—. Sólo que pasaron muchas cosas raras ese día.
—Ya hablamos de eso, ¿recuerdas? Son los Ángeles, Det. Stuart; pasan cosas raras todo el tiempo.
Ambos salieron por las puertas automáticas del vestíbulo principal, siendo recibidos por el sol de la tarde, intenso y brillante, pero el clima fresco lo compensaba un poco.
—Deja tus conspiraciones por un segundo y mejor dime qué planes tienes para Acción de Gracias —propuso Samantha de pronto, más que deseosa de cambiar de tema.
Arnold soltó una risilla irónica antes de dar su respuesta.
—¿Además de ir al bar, beber y ver el juego como siempre? Nada en especial. ¿Por qué la pregunta? ¿Piensas invitarme a cenar?
—Lo dices como si fuera una horrible alternativa —masculló Samantha con tono de ofensa. Ambos ya se estaban encaminando por el estacionamiento hacia su vehículo.
—No es eso, sólo que sabes que yo y tus pequeños no nos llevamos muy bien…
La Det. Hills no pudo evitar reírse divertida. Arnold Stuart era una persona curiosa que acostumbraba cuestionar a todo el mundo sobre casi cualquier cosa, pero se portaba evasivo cuando era él quien tenía que responder preguntas; en especial si estás venían de un niño de ocho y un niña de diez, y rozaban tan peligrosamente el terreno de lo personal como sólo un niño sin demasiados filtros podía atreverse. Samantha debía reconocer que resultaba divertido ver a su enorme compañero, cuya apariencia por sí sola bastaba para intimidar hasta los pandilleros más aguerridos, siendo intimidado por dos pequeños
—Supéralo, Arnold —señaló Samantha, dándole un par de palmadas en su brazo—. Además, estás de suerte pues Richard los tendrá toda la semana, y se los llevará a Flagstaff. Así que seríamos sólo tú, yo… —Hizo una pequeña pausa, carraspeó un poco, y sólo volvió a hablar cuando ambos se encontraban en lados opuestos del vehículo—. Y Minerva…
Arnold volteó a verla rápidamente por encima del techo del auto. Sus ojos se abrieron grandes, casi como los de un animal espantado preparándose para correr.
—¿Tu hermana? —exclamó con más fuerza de la necesaria. Por supuesto no era una pregunta real; él sabía bien de quién le hablaba—. No, Sam. No otra vez.
—Tranquilo —musitó Samantha entre risas—. Actúas como si te hubiera arrollado con el auto o algo. Sólo fue una cita, y según ella no salió tan mal como tú dices. Anda, sin ti, se me quedará todo el pavo guardado hasta Navidad.
Samantha hizo una nada sutil cara de inocente suplica, que muy poco pegaba con ella como bien Arnold sabía. Éste suspiró con pesadez y miró a su alrededor, como si en verdad estuviera buscando la mejor ruta de escape posible.
—Haré también ese puré que tanto te gusta —murmulló Samantha con tono juguetón.
—Lo pensaré, ¿de acuerdo? —respondió Arnold algo resignado, abriendo justo después la puerta de su lado para meterse al auto—. Pero nada de dejarnos solos, ni que me pidas llevarla a su casa cuando termine la cena, ni nada parecido.
—¿Por quién me tomas? —masculló Samantha entre risas, subiéndose también en el asiento del conductor.
El vehículo se dirigió a la salida del estacionamiento unos minutos después.
— — — —
Cuando los detectives la dejaron, Verónica se dirigió hacia el interior del área de cuidados intensivos, como era su plan original. Intentó ser lo más discreta que una chica en sillas de ruedas podía ser. Su Señor debía estarla cuidando, pues sólo se cruzó con una enfermera en su trayecto, pero ésta parecía tener algo mucho más importante que hacer pues prácticamente la pasó de largo sin cuestionarle si debería estar ahí o no.
Guió entonces su silla hacia la tercera camilla a la derecha, la misma que los detectives Stuart y Hills habían ido a visitar hace unos momentos. Su ocupante, por supuesto, continuaba en el mismo estado de inconsciencia. Verónica se colocó justo a un lado de la camilla, e inclinó su cuerpo al frente, lo más que su herida le permitió, para echarle un vistazo al rostro dormido de la hermosa Mabel, alias la Doncella del una vez temido, aunque poco conocido, Nudo Verdadero.
Fue una sorpresa el encontrarla en ese sitio; ni siquiera esperaba que siguiera con vida. Y, viendo las heridas que le cubrían el cuerpo, su suposición no estaba tan desacertada. Al parecer la Doncella se encontraba más fuerte de lo que pensaba. De seguro el vapor que Damien le había dado recientemente tuvo algo que ver. Aun así, evidentemente no había sido suficiente para evitar que entrara en ese estado comatoso. Y aunque no se consideraba del todo conocedora de cómo era la anatomía de estas criaturas no humanas en particular, dudaba que hubiera algo que la medicina de ese sitio pudiera hacer para ayudarle.
Lo único que podría darle el empujón suficiente para levantarla de esa camilla, era una dosis de vapor. Pero tendría que ser más directo que los vagos rastros que de seguro flotaban en el aire de ese sitio, cortesía de la gente muriendo o sufriendo de dolor de ese hospital, y que muy seguramente eran los culpables de ese envidiable rubor que le coloreaba las mejillas, pero que no haría mucho más por ella.
¿Quedaría alguno de los cilindros que Damien tenía? Lo dudaba. Le parecía que Mabel se había llevado el último cuando se fue del pent-house para buscar a Samara. Así que si la quería de pie pronto, tendría que obtener esa dosis de vapor de alguna otra parte. Y tendría que ser lo más pronto posible, pues mientras más tiempo pasara ahí más probable era que los médicos se dieran cuenta de que estaban lidiando con alguien, o algo, muy lejos de ser común.
Pero, ¿valdría la pena arriesgarse tanto? Era cierto que necesitaba a alguien que cuidara sus intereses en Maine mientras se recuperaba, pero esta mujer no era del todo confiable. Pero tenía dos cosas a su favor: primero, Verónica tenía algo que ofrecerle para que el trabajar con ella le resultara al menos tentador. Y segundo, la Doncella ahora estaba totalmente sola, y una persona sola se podría volver desesperada.
Como fuera, primero tendría que pensar de dónde sacar el vapor, y luego preocuparse si el riesgo lo valía o no.
Pensativa, y algo frustrada, dirigió su silla de nuevo de regreso al pasillo, y posteriormente se encaminó hacia los elevadores. En el camino, sin embargo, cruzó justo enfrente de uno de los módulos de las enfermeras, donde un chico con chaqueta de paramédico se encontraba al parecer firmando unos formularios.
Verónica se detuvo unos instantes y contempló a aquella persona desde la distancia. Le parecía conocido. Era alto y joven, quizás un poco más de veinte años. Piel morena, cabello negro corto; latino, si no se equivocaba. ¿De dónde lo conocía?
El chico terminó de firmar los papeles y se los extendió junto con la pluma a una de las enfermeras. Intercambió unas cuantas palabras con ella que Verónica no alcanzó a escuchar. Ambos se sonrieron, y luego soltaron una risa, con el volumen moderado considerando el lugar en el que estaban. El joven paramédico se despidió, y entonces avanzó en dirección a Verónica. Cuando estuvo a unos cuantos pasos de ella, supo al instante de dónde lo conocía. Y, cuando los ojos de él se posaron en ella a su vez, fue evidente que él también la había reconocido.
—Hey, hola —dijo el joven paramédico, esbozando una luminosa sonrisa.
—Hola —murmuró Verónica despacio, acercando un poco más su silla hacia él—. Yo te conozco, ¿cierto? Eres el paramédico que me atendió afuera del edificio la otra noche.
—Sí —asintió el joven—. Bueno, uno de ellos, sí.
—Muchas gracias —murmuró Verónica, sonriéndole de regreso—. Salvaste mi vida.
—No, claro que no —murmuró el paramédico, claramente apenado—. Yo sólo…
—Acepta el agradecimiento, ¿quieres? —rio la mujer en la silla de ruedas, y justo después le extendió una mano a modo de saludo—. Soy Verónica.
—Miguel, encantado —le respondió el muchacho, estrechándole la mano que le extendía, aunque cuidado de no ejercer demasiada fuerza.
En cuanto sus manos se tocaron, Verónica lo percibió claramente. Era poco, apenas lo suficiente para ser perceptible… pero podría ser suficiente para lo que necesitaba.
—¿Cómo te estás sintiendo? —preguntó el paramédico Miguel con genuino interés.
—Un poco mejor —respondió Verónica, encogiéndose de hombros. Su semblante se tornó serio de pronto—. Tú… atendiste también a ese otro hombre, ¿cierto? El que murió en la ambulancia.
Aquella repentina mención pareció poner notablemente nervioso a Miguel, o quizás más incómodo que otra cosa.
—Sí, yo… —balbuceó mirando en otra dirección—. No sabía que él había sido el responsable de aquello, o que te había atacado.
Verónica sonrió levemente. Así que esa versión de los hechos ya se había esparcido; eso le complacía.
—¿Hubiera cambiado algo si lo supieras? —inquirió Verónica con tono de complicidad—. Era tu deber intentar salvarlo, ¿cierto? Y pareces ser alguien que nunca haría a un lado su deber, sin importar de quién se tratase.
—Sí, supongo que es cierto —musitó Miguel en voz baja. No parecía ser que dudara de la veracidad de la afirmación, sino más bien le daba pena admitirlo frente a ella, temeroso de que aquello la pudiera molestar de alguna forma.
«Si supieras…» pensó Verónica, divertida por dentro como una niña que hizo una travesura por la que terminan culpando a su hermanito.
—¿Te dijo algo? —le preguntó de pronto, tomando un poco por sorpresa al paramédico.
—¿Cómo qué?
—No sé —respondió Verónica, encogiéndose de hombros—. Todo lo que pasó es muy confuso para mí. Ni siquiera estoy segura de por qué ese hombre hizo todo eso. Sólo pensé que quizás te habría dicho algo que lo aclarara todo un poco.
Miguel vaciló. Intentó disimularlo, y quizás a una persona común esto hubiera pasado desapercibido. Pero para el ojo observador de Verónica, fue claro que sí había algo que le cruzaba por la cabeza, pero no estaba muy convencido de compartirlo. Y tras unos segundos de meditación, su elección fue en efecto guardárselo.
—Nada, lo siento. Sólo desvariaba, pero no decía nada… con sentido.
Verónica asintió y sonrió, sabiendo con total certeza que mentía. Desconocía qué clase de “desvaríos” eran los que Jaime había compartido con él, pero podía imaginarlos, y le preocupaba un poco. En especial si entre ellos se incluía la palabra “Anticristo” o el nombre de “Damien Thorn”.
—Tengo que irme, lo siento —se disculpó Miguel de pronto, señalando en dirección a la salida.
—Sí, descuida —musitó Verónica, haciendo su silla a un lado para abrirle el paso. Sin embargo, Miguel apenas y dio un par de pasos antes de que le hablara de nuevo—. Pero, oye… ¿Qué harás hoy en la noche?
Miguel se detuvo y se giró hacia ella, un tanto confundido.
—¿Perdón?
Verónica aproximó su silla de nuevo hacia el joven paramédico, con movimientos de sus manos sobre las ruedas que se sentían incluso tímidos.
—La verdad es que… me he sentido muy sola —susurró la joven italiana, agachando su mirada con vergüenza—. No soy de aquí, y no conozco a nadie en realidad. Fuera de abogados y la policía, nadie más ha venido a verme; ni siquiera mi madre ha podido desocuparse de su trabajo lo suficiente como para tomar un avión y venir a visitarme. Y tú en verdad me pareces un chico lindo. Sólo pensaba que, quizás, sería agradable pasar el rato con…
Hizo una pausa, y desvió su rostro ruborizado hacia un lado, cubriéndose la boca con una mano.
—Olvídalo, es una tontería —comentó de pronto, haciendo girar la silla rápidamente—. No me hagas caso.
—No, no, está bien —pronunció Miguel rápidamente, avanzando con apuro hasta colocarse a su lado antes de que se fuera. Verónica detuvo su huida, volteando a verlo desde abajo con mirada reservada—. Yo… hoy termino mi turno a las ocho —le informó el paramédico, sonriéndole nervioso—. Puedo pasar quizás a esa hora o a las nueve. Podríamos charlar, o bajar a comer algo a la cafetería, si quieres.
Verónica sonrió dulcemente, y su rostro se suavizó un poco.
—¿Te dejarán entrar fuera del horario de visitas?
—Conozco a varias personas aquí —contestó Miguel con tono confiado—. Puede arreglarse.
—Muchas gracias —exclamó Verónica, visiblemente encantada—. En verdad eres un buen chico, Miguel…
La joven aproximó sólo un poco más su silla a él, pero esos escasos centímetros resultaban quizás ya ser demasiados. Y antes de que Miguel lograra reaccionar o decir algo más, notó que algo en la mirada de aquella chica cambiaba. En general la dulzura y agradecimiento seguían presentes, pero detrás de esos ojos claros, revoloteaba una chispa ladina, casi seductora, con la que Miguel debía aceptar no estaba del todo acostumbrado. Pero que aun así, lo tuvo lo suficientemente cautivado para que se quedara quieto, sin desviar su mirada en ninguna otra dirección que no fuera en la que se encontraba el delgado y sonrosado rostro de ella.
—Yo… te aseguro que haré… que valga la pena —susurró Verónica muy despacio, únicamente para los oídos del chico delante de ella. Miguel sintió de pronto una de sus manos sobre su brazo; no supo en qué momento la había colocado ahí, pero sí que sintió como las yemas de sus dedos se deslizaban por su piel, llegando a su mano, y saltando discretamente de está a su cintura, y luego bajando lentamente por el costado de su pantalón—. Quizás esté herida, pero… hay varias cosas que puedo hacer por ti, sin necesidad de levantarme de esta silla…
Miguel se quedó totalmente mudo, escuchando el sonido de su propio corazón retumbando en sus oídos. No lo había notado en un inicio, debido a su evidente estado actual. Sin embargo, de un momento a otro no pudo evitar reparar en lo singularmente atractiva que era aquella muchacha. No era precisamente una belleza convencional como las chicas que a Miguel le solían gustar, pero… había algo en sus ojos y en la forma tan específica de su sonrisa que simplemente lo flechó. Y el roce de sus dedos, aunque fuera a través de la tela de su ropa, lo hizo estremecerse como si lo hiciera directo contra su piel desnuda.
Se quedó tan embobado con todo esto, que sólo reaccionó hasta que sintió que los dedos que bajaban por su pantalón se retiraron abruptamente. Notó entonces que Verónica sujetaba ahora entre sus dedos su teléfono, mismo que hasta hace un segundo traía guardado en su bolsillo izquierdo, apenas sobresaliendo un poco de éste, pero lo suficiente para que Verónica lo tomara y lo retirara sin mucho problema.
La chica en la silla de ruedas le ofreció una discreta mirada coqueta, antes de voltearse hacia la pantalla de su teléfono y comenzar a mover sus pulgares sobre ésta, evidentemente escribiendo algo en ella. Miguel sintió el impulso de preguntarle qué hacía, pero su mente estaba tan aletargada todavía que ninguna palabra surgió de su boca, y en su lugar solamente permaneció en silencio, observándola como una obediente mascota.
—Mi número —indicó Verónica, extendiéndole el teléfono de vuelta una vez que terminó. Desconcertado, Miguel tomó de nuevo el teléfono y lo revisó. La pantalla desplegaba la lista de contactos, en la cual había uno nuevo bajo el nombre de V. S.
—¿Cómo lo desbloqueaste? —fue la primera pregunta que logró articular de alguna forma, aunque no por ello resultaba la más relevante. Como fuera, Verónica no le respondió, y se limitó a simplemente guiñarle un ojo.
—¿Hasta la noche? —comentó tras unos segundos, a lo que Miguel sólo pudo responderle con una afirmación:
—Hasta la noche…
Con su cabeza dando vueltas, y con una presión bajo su pantalón que había surgido repentinamente y resultaba difícil de pasar por alto, Miguel se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, andando por un rato como zombi sin un rumbo fijo. Verónica lo contempló mientras se alejaba, sin borrar la sonrisa astuta de su rostro.
Era en verdad un buen chico, pero un chico al final de cuentas. Y Verónica había aprendido muy bien cómo leerlos y manejarlos; desde luego, mucho antes de que “Verónica” fuera su nombre.
FIN DEL CAPÍTULO 126
Notas del Autor:
—Los detectives Samantha Hills y Arnold Stuart son personajes originales no basados en ningún personaje ya existente. Estos ya habían aparecido anteriormente, primero en el Capítulo 105 interrogando a Damien, y posteriormente en el Capítulo 113, sacando a Mabel inconsciente del canal.
—El paramédico Miguel es también un personaje original no basado en ningún personaje ya existente. Ésta ya había aparecido anteriormente en el Capítulo 112 atendiendo a Jaime y posteriormente a Verónica.
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 125. Lo que tengo es fe
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 125. Lo que tengo es fe
A media tarde de ese día, la enfermera de guardia entró en la habitación ocupada por Verónica Selvaggio como parte de su ronda, para revisar que la joven estuviera bien y no ocupara nada. Al ingresar, sin embargo, se encontró con las luces del cuarto apagadas, y a la joven rubia plácidamente dormida. La enfermera encendió las luces, para luego ingresar con paso silencioso y aproximarse a la camilla. El respaldo estaba levantado en un ángulo de cuarentaicinco grados, y Verónica estaba recostada bocarriba, con sus ojos cerrados y su cabeza presionada contra la almohada. Su respiración era lenta y relajada. No se había movido siquiera un poco cuando encendió las luces.
Era destacable que pudiera dormir tan profundamente, considerando sus heridas. Los medicamentos para el dolor que le estaban suministrando debían estar haciendo buen efecto.
Los platos de la última comida que le habían llevado estaban casi limpios, y colocados ordenadamente sobre la mesita plegable de la camilla. Su apetito igualmente parecía estar bien. Y en realidad, no había dado ni un sólo problema desde que fue bajada a cuarto. Hacía todo lo que le decían, tomaba todos los medicamentos que le daban sin chistar, y ni siquiera se quejaba de dolor o molestia. Y era en verdad un amor; amable y gentil, y muy platicadora con todas.
«Ojalá tuviéramos más pacientes así por aquí» pensó la enfermera.
Retiró los platos de la mesita, y plegó está a un lado, cuidando no hacer demasiado ruido. Hizo justo después una revisión rápidamente del suero; todo parecía estar bien.
También había estado progresando bastante favorable de sus heridas. Los doctores pensaban que podría ser dada de alta pronto, aunque Thorn Industries directamente había pagado para mantenerla cómoda y segura en esa habitación todo el tiempo que fuera necesario. Dudaba que fueran tan serviciales con todos sus empleados, así que esa chica debía ser alguien importante; o al menos importante para alguien dentro de esa empresa.
Tan sigilosa como entró, la enfermera se retiró, apagando de nuevo las luces antes de salir. Todo esto de nuevo con cuidado de no perturbar su sueño pacífico.
Sin embargo, lo que ignoraba era que la joven en la camilla en realidad no dormía; al menos no de un modo convencional o que ella pudiera entender. Y un segundo justo luego de que saliera, los parpados de Verónica se abrieron de par en par, revelando detrás de estos uno ojos nublados que casi parecían totalmente blancos. Estos estaban fijos en el techo sobre ella, cubierto con la oscuridad de la habitación. Sin embargo, ella no miraba ese techo en realidad en esos momentos.
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La mente de Verónica en realidad estaba en esos momentos muy lejos de su cuerpo recostado en aquella habitación de hospital. En realidad, sus ojos y oídos estaban fijos en aquella sala de reuniones oculta debajo del Club Campestre San Aquiles a las afueras de Chicago, en donde los Diez Apóstoles de la Hermandad de los Discípulos de la Guardia celebraban su reunión de emergencia. Ninguno de ellos era consciente de su presencia ahí, ni siquiera Adrián, y ella así lo prefería. Así que desde un rincón de aquella sala, como una simple sombra en la pared, se limitó a simplemente ser una espectadora silenciosa.
Luego de recitado su juramento, los Apóstoles debían pasar cuanto antes al asunto importante que los había reunido en ese sitio. Todos, los presentes y los conectados en video llamada, ya conocían dicho asunto, o al menos se les había compartido una vaga noción sobre éste. Aun así, Adrián no se anduvo con rodeos, y en cuanto llegó su momento pasó a explicarlo de la forma más clara y resumida posible, alto para que todos pudieran oírlo.
—Como ya han de haber sido informados, dos noches atrás un grupo armado, bajo las órdenes del Departamento de Investigación Científica, realizó un ataque al pent-house del edificio Monarch en Beverly Hills, en el cual Damien se había estado alojando las últimas semanas. El operativo fue realizado explícitamente con la intención de someterlo y aprehenderlo, bajo la sospecha de ser lo que ellos nombran un Usuario Psíquico altamente peligroso para la seguridad nacional. Dicho operativo lamentablemente fue exitoso, y ahora el Salvador se encuentra, hasta donde sabemos, bajo custodia del DIC.
»Lo ocurrido con exactitud en aquel sitio sigue siendo algo difuso, y de momento sólo contamos con la declaración de una sola testigo, la Srta. Verónica Selvaggio. Para los que no la conozcan, es una discípula de Ann, que trabaja en estos momentos como interna en Thorn Industries. La Srta. Selvaggio había estado recientemente asistiendo a Damien durante su estadía en Los Ángeles, y le tocó estar presente al menos durante la primera parte del ataque. Les haré llegar un resumen detallado de lo que la Srta. Selvaggio nos dijo si lo requieren, pero para el propósito de esta reunión hay dos cosas claves que debemos saber: la primera, hubo dos personas que ingresaron al pent-house antes de la llegada de los hombres del DIC, ambas sin identificar, y una de ellas en específico logró causarle un gran daño al Salvador. Y la segunda es que, derivado quizás de este daño antes mencionado, los soldados del DIC lograron someter a Damien y llevárselo.
»John ha intentado obtener la mayor información posible sobre su localización y estado actual. Hasta donde hemos podido averiguar, lo llevaron a una base de investigación fuertemente protegida conocida coloquialmente como El Nido, ubicada en una zona boscosa y apartada en el centro de Maine. Y al parecer desde esa noche, y hasta el día de hoy, lo mantienen totalmente inconsciente usando una droga especial. No sabemos qué intenciones tienen con él, ni cuál es su estado de salud tras el ataque que recibió. Pero sea lo que sea, el tiempo que tenemos para actuar es limitado. Lo que vayamos a hacer, tenemos que decidirlo y ejecutarlo cuanto antes. Por ello la premura de esta reunión. Lo que decidamos hacer aquí y ahora podría cambiar el rumbo que nuestra Hermandad ha seguido hasta el día de hoy. Podría también cambiar el plan que se tenía previsto desde el inicio para Damien, pues es innegable que su fachada ha sido comprometida. Es por eso que necesitamos decidirlo entre los Diez, ahora mismo.
Hizo una pausa, contemplando en silencio los rostros de sus nueve camaradas. Todos lo observaban serios, pensativos, y claro un poco preocupados.
—¿Alguna pregunta o duda que deseen aclarar hasta aquí? —inquirió Adrián con firmeza.
—Sí, yo —masculló Paul, alzando una mano para hacerse notar—. Creo que lo que todos quisiéramos saber a estas alturas es… ¿cómo es que algo como esto pasó? Yo no lo entiendo, y me parece que mi sentir es compartido. —Se giró hacia el resto, y aunque ninguno dijo nada, en las miradas de varios se hizo evidente el apoyo al cuestionamiento—. Se supone que hemos construido cientos de redes de protección para evitar que algo como esto le ocurriera a cualquiera de nosotros, en especial al Salvador. ¿Cómo es que terminó tan expuesto de esta forma? ¿Dónde falló nuestra protección? O, más bien, ¿quién falló tan estrepitosamente?
De alguna u otra forma, todos supieron que la atención de todos se centró en Ann al instante. Ésta se mantuvo serena, respirando lentamente, mientras fuera del alcance de la cámara su uñas casi rasgaban el descansabrazos de la silla en la que se encontraba.
Ann no sólo era la presidente de Thorn Industries, además de la tía y tutora legal de Damien; era la Apóstol asignada a su protección y crianza, un puesto de enorme relevancia en el Plan. Y si el chico había terminado en un peligro como el que describían, era inevitable preguntarse dónde estaba su cuidadora en el momento en el que esto pasó.
—Eso no es lo importante ahora… —indicó Adrián con firmeza, siendo casi de inmediato interrumpido por Pavel Minsky desde su posición en la video llamada.
—A mí me parece que es bastante importante —pronunció con un tono que intentaba parecer calmado pese a su marcado y fuerte acento ruso—. El Salvador ha caído en manos de una jodida agencia de seguridad, poniendo en riesgo no sólo su fachada, sino la de toda la Hermandad, sin mencionar de poner en peligro al Gran Plan por completo. Éste es un error imperdonable, y alguien tiene que pagar por él. O varios, si es que hay más de un culpable.
—Dejémonos de tonterías y seamos claros —soltó Ann de pronto, claramente defensiva—. Si hay algo que quieran decir, tengan el valor suficiente para decirlo de frente.
—Si gustas confesar algo, querida Ann —añadió Pavel con tono elocuente—, creo que todos estaremos más que encantados de escucharte.
—¿Confesar? ¿Quieren que confiese algo? —musitó Ann, a una milésima de soltarse riendo—. Les diré lo que tengo que confesar. Todo este teatro es típico de todos ustedes. Se sienten muy seguros y cómodos sentados en sus pequeños tronos, apartados de la línea de fuego y mirando a otro lado cuando las cosas se complican, sólo para alzar la mano y señalar cuando se trata de culpar a alguien más. Ninguno tiene ni la menor idea de lo que está pasando aquí. Ninguno conoce realmente a Damien; la mayoría ni siquiera se ha atrevido a conocerlo en persona y verlo de frente, por el simple miedo que les provoca su sola mención. Pero yo lo he visto a los ojos día a día en los últimos años. Lo he visto crecer, lo he visto madurar y evolucionar. Lo conozco mucho mejor que cualquiera de ustedes, y puedo decirles algo con total seguridad: Damien no es un arma que puedas desenvainar cuando te dé la gana, ni una bestia que puedas encerrar para liberarla sólo cuando la necesitas, ni una joya valiosa que puedes guardar y esconder para mantenerla a salvo. Damien es una fuerza con un potencial de destrucción y cambio imparable, más allá de lo que cualquiera en esta reunión podría llegar a entender; quizás más allá del entendimiento de cualquier ser pensante en la historia. Pero por encima de todo eso, Damien es sólo un muchacho de diecisiete años; rebelde y obstinado como cualquier otro, luchando por encontrar cuál es su verdadero lugar. Y en vez de ayudarlo con todas estas inquietudes, no hicimos más exacerbarlas. Hemos sido todos nosotros, incluyéndome a mí, responsables de que decidiera hacer todo esto que ha estado haciendo. Le ocultamos cosas, le mentimos, lo aislamos, le decimos qué hacer y qué decir, y todo eso solamente pidiéndole que tuviera confianza en lo que nosotros le ordenamos, sin cuestionar…
—Le pedimos que tuviera fe —le corrigió Lyons tajantemente—. Fe en que todo lo que hacemos cumplirá a un bien mayor, a un Gran Plan que se debe seguir. La fe es el motor que ha movido a esta Hermandad desde sus raíces…
—Entonces quizás debimos habernos esforzado más para ser dignos de esa fe —sentenció Ann con dureza—. Debimos ser abiertos desde un inicio con él, decirle todo lo que sabíamos, contestarle todas las preguntas que podíamos. De esa forma no se hubiera apartado de nosotros, no hubiera hecho las locuras que hizo, y no estaríamos ahora en esta horrible situación.
—Sólo intentas tapar con palabras elocuentes la verdad innegable de que fuiste incapaz de controlar al Anticristo —le acusó Tsukiji Otomi con fiereza en su voz—. Se te confió su seguridad y crianza, y el que lo tuvieras siempre de nuestro lado, y fallaste en cada una de esas tareas. Fallaste como tía, como madre, y como Apóstol.
—¿Piensas que harías un mejor trabajo, Tsukiji? —ironizó Ann—. ¿Por qué no lo intentas? Ven, hazte su protectora, cuídalo, edúcalo y mantenlo “siempre de tu lado”. Veamos qué cualidades maternales tienes para demostrar.
Antes de que Tsukiji pudiera responder algo, Pavel volvió a intervenir.
—Ese es justo tu problema, Ann. Siempre has querido ver a ese chico como tu hijo, pero no lo es, y nunca lo será. Y es justo esa visión de madre protectora la que ha impedido que puedas controlarlo, y se haya desatado todo este caos…
—¡Suficiente! —resonó con poderío la voz de Adrián, seguida justo después por ensordecedor retumbar de su mano contra la superficie de la mesa, que por algún motivo rugió también en las paredes de la sala como si se tratara de un relámpago.
Todo intento de cualquiera de los otros por decir algo, fue acallado de golpe. Y una vez que los ecos de la voz y el golpe de Adrián se asentaron, todo el sitio se sumió en un profundo y expectante silencio.
Adrián aguardó unos momentos, y observó a todos para asegurarse de que tenía su atención, pero también para darse el tiempo de darle forma a las palabras en su cabeza. Sin embargo, antes de poder decir cualquier cosa más, una nueva voz, que hasta el momento había permanecido callada, se hizo notar desde los altavoces de la pantalla.
—La creencia de que cualquiera entre nosotros es capaz de controlar al Anticristo, es una mera ilusión —escucharon todos como mascullaba con calma Amelia Moyez. Su rostro se mostraba totalmente estoico, inmutable ante las discusiones que se suscitaban ante ella—. La Sra. Thorn bien lo dijo: estamos hablando de una fuerza de destrucción y cambio que no podemos contener, mucho menos controlar. Y en algún punto de nuestro largo camino, nos olvidamos de esto, junto con cuál es nuestro propósito aquí. Nos hemos olvidado que nuestra misión es cuidar, enseñar y apoyar al muchacho en su propio camino hacia la grandeza absoluta. Y en especial, hemos olvidado que somos nosotros los que le servimos, y no al revés. Si el Salvador está en peligro en estos momentos, es porque todos aquí le fallamos.
Las palabras de Amelia eran severas, pero a la vez frías, y calaban tanto como las de una madre que, más que molesta, se percibía decepcionada, lo que te obligaba a bajar la mirada y guardar silencio. Era curiosa la influencia que la persona adecuada, en el momento adecuado, podía llegar a tener entre los que la rodeaban. De todas formas, Adrián agradeció esa intervención de su parte, tan acertada como siempre, para apaciguar lo poco del fuego que podría haber quedado. Aunque, todos sabían que no por eso se había extinguido.
Una vez que todo volvió a la calma, Adrián habló al fin.
—Si tanto quieren señalar culpables, o incluso cambiar algunos de los rostros en esta mesa, se hará solamente hasta que el Salvador esté fuera de peligro. Hasta entonces, debemos enfocarnos en decidir cuál será nuestro plan de acción para que esto ocurra, y en nada más. Y el próximo que desvíe la conversación de este único propósito, responderá a mí aquí y ahora. ¿Ha quedado claro?
De nuevo silencio, aunque éste por sí sólo bastaba para responder su cuestionamiento.
Quien rompió el silencio fue de nuevo Tsukiji, aunque en su voz se percibía vacilación.
—Cuando mencionas “decidir nuestro plan de acción”, ¿de qué estamos hablando, Adrián? ¿Qué es lo que deseas que decidamos aquí y ahora con exactitud?
—¿No es obvio? —musitó Adrián con impaciencia—. La estrategia que habremos de tomar para rescatar al Salvador de las manos de sus captores.
—¿Te refieres acaso a… sacarlo a la fuerza de esa base militar que mencionaste? —cuestionó Paul Buher, esbozando una media sonrisa incómoda—. ¿Cómo lanzar un ataque con hombres armados, bombas, helicópteros y todo eso…?
—No nos precipitemos —se apresuró Pavel Minsky a decir, antes de que alguien más dijera algo—. Opino que debemos discutir todas las opciones posibles primero. ¿Hay algún medio más diplomático por el que podamos actuar?
—Bueno, creo que esa sería más tu área, Sally —indicó Paul, virándose hacia la senadora sentada a su lado—. ¿Hay algo que podrías hacer desde tu posición que pudiera ayudarnos?
Sally Steel entornó los ojos, y adoptó una postura pensativa.
—Hasta donde sé, el estatuto legal del DIC es un poco ambiguo. No está claro a quién responde directamente; si a la CIA, a la NSA, o al Secretario de Defensa directamente. Pero cualquiera de esos tres caminos pudiera ser una opción para intervenir en nombre de la familia Thorn, expresando su preocupación por el bienestar de su hijo. Y si no, yo tengo una muy buena relación con Lucas Sinclair, actual director del DIC. Quizás pudiera hablar con él y convencerlo de que todo esto es sólo un malentendido…
—Eso no servirá —intervino Lyons con pesadez—. El que el DIC se enfrascara tan decididamente a efectuar este operativo en contra Damien, fue en un inicio justo por una vendetta personal de Lucas Sinclair. Una amiga muy cercana de él fue una de las afectadas directamente por las acciones recientes del muchacho, y fue por dicho acto que volvió a estar en su mira. No lo soltará tan fácil. Además, si eligiéramos irnos por el lado más “diplomático” como han dicho, habría que responder bastantes preguntas incómodas. Hasta ahora el DIC sólo considera a Damien un Usuario Psíquico peligroso más, que casualmente pertenece a una familia rica y poderosa. Pero cualquier acción para intervenir a su favor despertará las sospechas de que se trata de algo más.
—¿Y que un comando armado penetre a la fuerza a una base militar para sacarlo no despertará muchas más sospechas? —señaló Paul con ironía—. No seamos ingenuos. No habrá forma de que el chico pueda volver a recuperar su fachada anterior y seguir con el plan original que teníamos para él luego de esto. Y cualquier acción que hagamos para remediarlo, nos expondrá también a todos nosotros.
—Es verdad —escucharon de pronto que pronunciaba la voz grave y apagada de Conrad Cox, haciéndose notar por primera vez en la discusión, e inevitablemente jalando la atención de todos—. Quizás sea prudente considerar sobre la mesa alguna otra medida para solventar los daños.
—¿De qué medida estás hablando exactamente? —cuestionó Ann, un tanto perturbada por el tono sombrío con el que había pronunciado aquello.
Conrad guardó silencio unos momentos, antes de dejar salir sin más su sugerencia.
—Según lo que se dice, si el Anticristo muere, su alma simplemente volverá a reencarnar. ¿No es así? —soltó su pregunta al aire, sin esperar realmente alguna respuesta—. Si la identidad y el cuerpo de Damien Thorn han sido comprometidos, quizás lo más prudente sería eliminarlo, y empezar de nuevo.
—¿Qué cosa? —exclamó Ann, claramente alarmada, por no decir furiosa, por lo que acababa de escuchar—. ¿Estás sugiriendo acaso matarlo? No estás hablando en serio.
—Si te detienes a pensarlo, es la solución más práctica —explicó Conrad con abrumadora calma—. Y en especial, la que menos nos expondría. Tengo a mi alcance un catálogo variado de venenos efectivos, muchos de ellos desconocidos e indetectable para las agencias de seguridad de Estados Unidos. El lugar de realizar un ataque con decenas de hombres, sólo necesitaríamos infiltrar a uno que pudiera acercársele lo suficiente al muchacho. Si sigue dormido, sería mucho más sencillo administrar el veneno, y sería indoloro para él.
—No puedo creer lo que estoy escuchando —musitó Ann, indignada—. Después de lo que la Sra. Moyez acababa de decirnos de que nuestra misión es justamente protegerlo, ¿estás seriamente considerando el asesinarlo? ¿Deshacernos del Salvador para quitarnos un problema de encima…?
—No confunda las cosas, Sra. Thorn —intervino Amelia repentinamente—. Nosotros no somos servidores de Damien Thorn; somos servidores del Anticristo, tenga el nombre y rostro que tenga. Y nuestra labor, y el destino que el Salvador debe cumplir, son mucho más grandes que un sólo cuerpo de carne y hueso.
Ann se quedó atónita, incapaz de creer lo que escuchaba. Su atención de fijó en la imagen de Adrián en la pantalla, esperando que dijera cualquier cosa para apaciguar esa locura. Sin embargo, el Apóstol Supremo no decía nada. De hecho, por la expresión reflexiva de su rostro, parecía incluso estar sopesando la posibilidad, y eso la hizo sentir enferma.
—Sin embargo —añadió Amelia repentinamente con tono más moderado—, aunque nos sentáramos a considerar esta posibilidad seriamente, todos sabemos que no hay nada en este mundo que pueda matar al Anticristo… salvo quizás las Dagas de Megido.
Un ligero rastro de tensión recorrió el rostro de Ann ante esa repentina mención, pero intentó disimularlo.
—Si es que queremos realmente creer esas viejas habladurías —señaló Pavel, risueño—. Valdría la pena al menos intentarlo, ¿no creen?
—Si la historia de las Dagas de Megido le parecen “viejas habladurías”, Sr. Minsky, entonces podríamos decir lo mismo de todo en lo que creemos, incluida la posible reencarnación del Anticristo bajo la que se sustenta esta idea —sentenció Amelia con una fría dureza que dejó a Pavel sin habla—. Si están dispuestos a intentar un movimiento tan arriesgado, deberán estar dispuesto a correr con las consecuencias que éste pudiera traer. Tanto si tienen éxito, como si no…
Todos se tomaron un momento para meditar en dichas consecuencias. Si tenían éxito, perdían a su Anticristo, aferrados sólo a la fe de que rencarnaría, y en la idea de que podrían dar con él de nuevo, y antes de que sus enemigos lo hicieran. Y si no tenían éxito, ya fuera porque en verdad les resultara imposible matarlo o no pudiera acercársele lo suficiente, tendrían ahora que tener fe en que el Salvador entendería sus acciones, y no desataría su ira sobre ellos por siquiera considerar dicho plan.
Ciertamente, todo se trataba de fe; siempre la fe.
—Entonces no hay opciones, ¿eh? —indicó Paul, apoyándose por completo contra su silla—. O nos exponemos sacándolo por la fuerza, o nos exponemos intentando intervenir por los medios sugeridos por Sally, o nos exponemos intentando eliminarlo. Y claro, está la posibilidad de dejarlo a la merced de esta gente, sin saber qué desgracia podría traernos eso a la larga. Pero lo importante es que, en cualquiera de los casos, nuestra Hermandad, nuestro Anticristo y nuestra misión quedan arruinadas. ¿Les parece un buen resumen?
Volteó a mirar a todos los otros, como si esperara genuinamente escuchar sus opiniones. Pero, por supuesto, nadie dijo nada; nadie, excepto…
—Quizás no tenga que ser así —indicó la voz de Daniel Neff, desquebrajando el silencio con un corte limpio y suave. El mayor había permanecido en silencio durante casi toda la conversación, sólo sentado ahí en su silla, escuchando con su mirada agachada, y tamborileando sus dedos sobre la superficie de la mesa—. Hay una forma en la que podríamos rescatar al Salvador, y de paso eliminar cualquier sospecha que pudiera haber caído sobre él, o sobre nosotros.
—No me digas —masculló Pavel con tono irónico—. ¿Y cuál es esa solución mágica que sólo hasta ahora se te ha ocurrido compartirnos, amigo Neff?
El mayor alzó su mirada, contemplando en silencio al hombre ruso en la pantalla por unos instantes. Se giró entonces por toda la sala, hasta centrar su atención en Adrián al otro extremo de la mesa.
—Eliminar al DIC —soltó de pronto con total normalidad, encogiéndose de hombros.
—¿Qué? —soltó Paul, acompañado además de una risa—. ¿Eliminar a toda una agencia del gobierno? ¿Y eso es más sencillo que sólo entrar a una base y sacar al muchacho?
—No dije que fuera sencillo —aclaró Neff, parándose de su silla—. Y en realidad, no lo será en lo absoluto, y requerirá de varios pasos; algunos más delicados que otros. Pero sí es posible. Aunque quizás la palabra “eliminar” no sea la más adecuada. Más bien esto sería más cercano a tomar el control de dicha organización, hasta que todos sus recursos queden por complejo bajo nuestro poder, y ya no representen una amenaza para nosotros, ni para el Anticristo.
Los demás Apóstoles se observaron en silencio, perplejos pero ciertamente interesados. Incluso Ann que tenía sus reservas con respecto a las intenciones de Daniel, tras haber escuchado las posturas de todos los otros, estaba dispuesta a aceptar cualquier alternativa.
—Te escuchamos, Neff —indicó Adrián, extendiendo una mano hacia él—. ¿Qué es lo que tienes en mente?
El mayor se paró derecho, se acomodó sutilmente su uniforme y comenzó entonces a caminar alrededor de la mesa mientras hablaba, quizás en un intento de concentrarse mejor al hablar.
—Lo primero que tienen que saber es que tenemos varios puntos a nuestro favor en estos momentos —señaló con voz propia de un militar hablándole a sus subordinados, o quizás más un maestro a sus alumnos—. El DIC no sólo no sabe aún la verdadera identidad de Damien, sino que además las personas dentro de dicha organización que saben siquiera que el chico que aprehendieron es el joven heredero de la familia Thorn, o por qué se le buscó en primer lugar, es reducido. Y la gran mayoría de estos están ahí mismo, en el Nido.
—¿Y tú cómo sabes eso? —cuestionó Lyons con incredulidad, pero Neff lo ignoró y continuó con su explicación.
—Sin embargo, no podemos confiarnos en que esto duré así por mucho tiempo, así que es importante actuar. Ese ataque a la base del Nido del que tanto han estado hablado durante su plática, deberá suceder, y lo antes posible. Pero mientras su fin principal será en efecto rescatar a Damien y ponerlo a salvo, tendrá que cumplir también con el fin secundario de eliminar a todos y cada uno de los elementos del DIC reunidos en ese sitio… incluido el Dir. Sinclair y su círculo cercano.
—¿Estás loco? —espetó Lyons, casi sonando espantado—. Con problema y podríamos reunir a los hombres suficientes entre las fuerzas de Armitage para hacer una extracción rápida, no se diga combatir contra todos los cientos de soldados apostados en esa base y todas sus defensas.
La Hermandad había dedicado mucho tiempo y dinero en armarse de su propio ejército privado, bajo la fachada de empresas militares de defensa como la de Armitage, que Lyons dirigía directamente. Entre estas filas contaban con miles de hombres entrenados, varios de ellos con experiencia en combates reales por todo el mundo; Kurt y los demás guardaespaldas que acompañaban a Damien eran parte de estos. Todos eran, por supuestos, seguidores leales del Anticristo, o al menos lo suficientemente preparados para obedecer sin cuestionar. Su intención era que fueran la fuerza de ataque y protección del Anticristo cuando fuera el momento requerido.
Sin embargo, desplegar a dichas fuerzas era justo lo que a muchos les preocupaba, pues era muy posible que ligaran a dichos atacantes con Armitage de una u otra forma. Además, muchos de sus operativos estaban dispersos en varios puntos del mundo. Y previendo que la posibilidad de un ataque directo se tomaría en consideración, Lyons ya había revisado los elementos que tenían disponibles en el territorio para uso inmediato. La cantidad era… notoria, pero temía que no suficientes para tomar una base militar entera por su cuenta, menos realizar algo como lo que Neff describía.
Pero el mayor era también muy consciente de esto. Y, por supuesto, no estaba hablando sólo por hablar.
—Los hombres de Armitage serán cruciales para esto, en efecto —indicó Neff—. Pero no podrán hacerlo ellos solos. Es por ello que el ataque al Nido deberá ser en dos frentes: un ataque externo, y un ataque interno.
Aquella última mención captó principalmente la atención de todos los presentes. ¿Una ataque “interno”?
—Tengo a algunos de mis discípulos infiltrados entre las fuerzas del DIC —informó Neff de pronto, tomando por sorpresa a todos los presentes por igual—. Varios de ellos se encuentran en el Nido, y son los que he me han estado informando del estado actual de Damien.
—¿Qué cosa? —exclamó Lyons, atónito—. ¿Tienes a gente infiltrada dentro del Nido? —cuestionó con voz grave, con un dejo de enojo dejándose notar entre sus palabras—. ¿Acaso sabías de antemano que esto iba a pasar?
—No cuándo con exactitud —aclaró el Mayor Neff.
—¿Pero no podrías acaso haber hecho algo para evitarlo? —inquirió Tsukiji, más curiosa que molesta.
—No sin comprometer el trabajo que hemos estado realizado. Durante años, he dedicado mucho esfuerzo en preparar e infiltrar a elementos de confianza en cada una de las agencias de seguridad, militares y de inteligencia de este país, con el fin de tener ojos y oídos en cada una, y poder contar con un apoyo interno cuando fuera necesario. Tanto ha sido esta labor, que al día de hoy, nuestra red de influencia se extiende mucho más allá de lo que pueden imaginarse. Estos elementos, como han de suponer, son un bien muy valiosos que podría sernos de utilidad a futuro, cuando el momento llegue. Por tal motivo, no podía simplemente arriesgarlos por cualquier motivo.
—La seguridad del Anticristo no es “cualquier motivo” —exclamó Ann, algo irritada pero más moderada que Lyons.
—Si en el momento hubiera visto alguna forma de evitar lo sucedido sin arriesgarnos, les aseguro que lo hubiera hecho —aclaró Neff, notándose bastante sereno pese a los cuestionamientos—. Pero quizás la única explicación que valga es que fui cobarde. Yo también le fallé a Damien, como todos ustedes.
Agachó su mirada con pesar al comentar aquellas palabras, en un acto de culpabilidad que a algunos les resultaba un tanto falso. E inevitablemente por la mente de varios, incluidos Ann, Lyons, Adrián, o incluso el propio Paul, cruzó una idea que tomaba bastante peso: ¿había acaso dejado que esto ocurriera apropósito? ¿Quería que justamente llegaran a ese punto en donde, al parecer, el único que podía sacarlos de ese embrollo era él…?
—Por eso ahora estoy dispuesto a arriesgarme para remediarlo —sentenció el mayor con firmeza, alzando de nuevo su mirada—. Activaré a todos los operativos que tengo infiltrados en el Nido al mismo tiempo, para que realicen un ataque desde adentro, desactiven las defensas de la base, y así los hombres de Lyons podrán realizar su ataque simultáneo. Una vez que Damien esté a salvo, ambas fuerzas conjuntas realizarán una limpieza del sitio. Nadie saldrá con vida de esa base, salvo nuestros propios elementos. Nadie sabrá lo que realmente pasó, y nadie sabrá siquiera que Damien estuvo alguna vez ahí.
—Pero es que… ¿acaso tienes suficientes infiltrados en el DIC como para realizar un ataque como ese? —masculló Lyons, bastante escéptico—. ¿De cuántos elementos estamos hablando?
Neff lo observó en silencio, su rostro de roca totalmente inmutable y carente de cualquier reacción evidente.
—Bastantes —fue la corta respuesta del mayor—. Tras el incidente con Mark Thorn de hace cinco años que disparó las alertas del DIC por primera vez, preví que pudieran volverse un problema a futuro, en especial si los poderes del Salvador comenzaban a volverse más grandes, y más evidentes. Así que puse principal énfasis en introducir elementos en dicha organización. Al parecer, mi previsión fue acertada.
«Esto es inaudito». Los labios de Lyons se movieron, aunque no emitió sonido alguno.
¿Había estado haciendo todo eso por su cuenta sin decírselo a nadie más? ¿Cuántos otros discípulos tenía bajo su mano en posiciones de poder y que no les había informado? ¿Qué más acciones había realizado a sus espaldas? Lyons, y de paso también Ann, no podían evitar sentirse totalmente incrédulos de que todo hubiera sido solamente por buenas intenciones. Era justo ese tipo de acciones las que los tenían preocupados, y demostraban también el peso e influencia que Daniel Neff poseía en esa mesa, sin que todos fueran por completo conscientes de eso.
—Suponiendo que tuvieras razón —exclamó Pavel desde el monitor, con algo de recelo—. Supongamos que pudieran hacer su ataque conjunto, por dentro y por fuera, sacar al muchacho de esa base y matar a todos los testigos… ¿Y luego qué? Algo como esto sin lugar a duda sería investigado hasta por debajo de la última piedra para encontrar a los culpables.
—En efecto —asintió Neff, girándose hacia la pantalla—. Es por eso que además de nuestros infiltrados, la segunda clave para el éxito de esto es tener un chivo expiatorio.
—¿Y lo tenemos? —cuestionó Paul, curioso.
—Sí —respondió Neff sin vacilación alguna—. Su nombre es Charlene McGee, una poderosa Usuaria Psíquica buscada por el DIC desde hace décadas, incluso desde los tiempos del primer DIC disuelto en los ochentas. Está acusada de un sinfín de actos en su contra, y todos dentro de la organización saben de ella, así como que ha pasado años buscando la ubicación del Nido. Y, para nuestra suerte, ella fue también aprehendida esa misma noche, y en estos momentos está también recluida en el Nido.
—Mucha coincidencia —musitó Lyons, aprensivo.
—No del todo —señaló Neff—. Parece ser que ella había estado tras Damien días previos al ataque, y estaba presente en el pent-house cuando los hombres del DIC arribaron. De hecho, es probable que haya sido la persona responsable de la explosión, y del daño que Damien sufrió como mencionó Adrián al inicio. Como sea que haya sido, podremos usar esto a nuestro favor. Haremos que los hombres de Armitage se hagan pasar por un grupo radical opositor al DIC, que es bien sabido que Charlene McGee ha tenido contacto con varios de ellos a lo largo de los años. Y su misión aparente sería justamente liberarla a ella, y de esa forma serían los únicos responsables del ataque. Está de más decir que la clave de esto será también la eliminación de esta persona, para atar cualquier cabo suelto.
—¿Matar a alguien que fue capaz de lastimar al Salvado? —cuestionó Tsukiji con moderada preocupación.
—Según me han informado, el Dir. Sinclair la tiene en estos momentos cautiva en una celda hecha especialmente para ella. Será fácil llegar a ella y eliminarla sin correr riesgo.
—Así de simple —musitó Lyons con sarcasmo—. Es demasiado arriesgado. Cualquier error y nos expondremos por completo.
—Cualquiera de las medidas propuestas en esta mesa implica un riesgo. Yo sólo les propongo una que también es arriesgada, pero el resultado favorable sería recuperar al Anticristo, y cuidar la fachada tanto de éste como de la Hermandad.
—Sí, pero hay un problema —señaló Sally—. Bueno, varios problemas, pero hay uno que me preocupa en especial. ¿Qué pasa si la investigación que el DIC ejecute posterior al ataque no sigue la teoría de su chivo expiatorio? ¿O si en efecto su investigación de alguna forma los lleva hacia Armitage, a los traidores dentro de su organización, y por consiguiente a nosotros? ¿Tus infiltrados podrán encaminar la investigación hacia esa dirección?
—Es una duda válida —secundó Paul—. Especialmente si tu intención es también eliminar al director actual de la agencia, e ignoramos a quién van a poner en su lugar.
—No es así —declaró Neff con firmeza, confundiendo un poco a sus oyentes—. No dejaremos el nombramiento del nuevo director del DIC al azar. Una vez Damien esté asegurado, y Lucas Sinclair y su círculo cercano eliminados, la siguiente parte de este plan implicará colocar a uno de nosotros como el nuevo dirigente de la agencia; yo, específicamente.
—¿Tú? —exclamó Ann con asombro, casi sin darse cuenta; las palabras prácticamente se habían escapado solas de su boca—. ¿Quieres ser el nuevo director del DIC?
—Sería la forma más segura de que su investigación vaya en la dirección que deseamos —puntualizó Neff—. Además de también asegurarnos de que no vuelvan a ser un problema en el futuro, y tendríamos además a nuestra disposición sus recursos, que nos podrían ser útiles. Este es un movimiento que estaba planeado a mediano plazo, pero la situación nos fuerza a actuar cuánto antes. He reunido las influencias suficientes para hacer esto posible, y con el apoyo de Sally y sus contactos, dicho movimiento podría consolidarse sin problema.
Neff hizo una pausa, contempló a cada uno de los rostros que lo miraban, y por último añadió:
—Ésta es la alternativa que les ofrezco. Y, si me permiten decirlo, es a mi parecer la mejor que tenemos. Y como dije en un inicio, si queremos que tenga éxito es necesario comenzar a movernos hoy mismo si es posible. Así que la vacilación para decidirse no es una opción.
Miró entonces de nuevo a cada uno, esperando que alguno expresara alguna duda o inquietud con respecto a todo lo que les acababa de recitar. Nadie dijo nada, aunque eso no implicaba que dichas inquietudes no existieran. Sin embargo, la mayoría estaba de acuerdo en su afirmación de que, al menos de momento, era la mejor opción que tenían. Aun así, la atención de todos se centró especialmente en Adrián, a la espera de que él dijera algo.
El Apóstol Supremo fue consciente de las expectativas puestas en él, pero no fue capaz de dar alguna respuesta inmediata. Tenía sus reservas, aunque no precisamente hacia el plan propuesto, sino a la forma en el que éste había salido a la luz. Era obvio que Neff no había pensado todo esto en sólo unos minutos; todo esto ya lo tenía planeado con bastante anticipación. Y aun así se quedó ahí sentado, observando cómo todos discutían y se peleaban, riéndose por dentro de todos ellos. Incluso ahora, mientras estaba de pie en el extremo contrario de la mesa, mirándolo fijamente con su expresión estoica e inmutable, Adrián sentía que se burlaba de él.
¿En verdad había dejado que Damien fuera capturado, sin avisarles ni hacer nada para evitarlo, justo para llegar a este momento como el héroe? Y estaba seguro de que no dudaría en hacérselo saber a Damien cuando estuviera a salvo, junto con el dato de que todos los otros no tenían idea de qué hacer, e incluso habían considerado envenenarlo.
«Maldita rata» pensó Adrián con una ira reprimida, que lo único que dejó que la exterioriza fue su puño derecho bajo la mesa, apretándose con fuerza hasta casi lastimarse la palma. Pero por más molestia que le causara, tampoco podía negar que su plan era el mejor que tenían disponible.
—¿En verdad puedes hacer que todo lo que dices ocurra, Daniel? —le cuestionó Adrián con cierta severidad.
—Estoy seguro de que es posible lograrlo —respondió Neff sin vacilación—. No sugeriría tomar este camino si no estuviera convencido.
—¿Y estás dispuesto a afrontar tú las consecuencias del fracaso, si ocurriese? —añadió Adrián de pronto, tomando a todos un poco desprevenidos—. ¿Tanto ante nosotros como ante el Salvador?
El entrecejo de Neff se arrugó ligeramente, mostrando por primera vez lo más cercano a una reacción en su rostro. Mas ésta no era precisamente de enojo o sorpresa, sino más bien algo más cercano a sentirse sumamente intrigado. Y tras unos segundos de aparente cavilación, respondió:
—Estoy dispuesto. Pero como he dicho, la clave del éxito será la colaboración entre todos nosotros, y el actuar rápido.
—Estoy de acuerdo —asintió Adrián—. ¿Hay alguien que se oponga a ejecutar el plan propuesto por Daniel?
La atención vagó entre los demás presentes, pero de nuevo ninguno dijo nada, otorgando su vehemencia con su sólo silencio.
—Bien —masculló Adrián, virándose de nuevo hacia Neff—, entonces Lyons y tú pónganse manos a la obra cuánto antes. Quiero que esto se lleve a cabo antes de Acción de Gracias, mientras todos nuestros objetivos estén reunidos en el mismo lugar.
—Sí, por supuesto —murmuró Lyons despacio, sin demasiada convicción.
—El resto, gracias por atender a nuestro llamado. Estense lo más fuera del radar que puedan hasta que esto se resuelva, pero alerta para cualquier cambio. Y si todo sale bien, nuestra próxima noticia será que el Salvador ha vuelto a salvo con nosotros.
—Espero que así sea —comentó Pavel con amargura antes de cortar la comunicación.
—Ganbatte Kudasai, mis hermanos —se despidió Tsukiji justo después, inclinando su cuerpo un poco hacia el frente, cortando justo después.
Conrad y Amelia les siguieron, sin pronunciar ninguna gran despedida. Ann se quedó un rato más, mirando fijamente a la cámara como si quisiera decir algo más. Sin embargo, lo que fuera no podría decirlo en presencia de esas otras personas, así que decidió también irse sin más.
—Comenzaré los preparativos de mi parte —indicó Neff mientras avanzaba hacia su silla para recoger su abrigo, para luego dirigirse hacia las escaleras—. Te contactaré en unas horas para afinar los demás detalles, Lyons.
John se limitó sólo a hacer un ademán de su mano como respuesta mientras el militar se alejaba, no muy claro si era algún tipo de gesto de despedida en realidad. Neff subió con paso firme los escalones de acero, haciendo que sus pesadas botas resonaran contra cada uno.
—Supongo que no querrás jugar esos hoyos después de todo, ¿verdad? —comentó Paul hacia Lyons con sorna, parándose de su silla. La mirada seria del hombre de barba blanca lo decía todo.
—Gracias por tu gran apoyo —masculló Lyons con molestia—. ¿Qué pensabas al incitar la discordia de esa forma?
—Oye, alguien tiene que ser la persona que diga lo que otros no se atrevan —contestó Paul con indiferencia, encogiéndose de hombros—. Y como bien dijo Adrián, puede que algunos cambios tengan que venir. Pero lo discutiremos una vez que el Salvador esté a salvo, ¿de acuerdo?
Culminó su comentario con uno de sus coquetos y molestos guiños de ojo.
—¿Compartes el ascensor conmigo, Sally? —preguntó el gerente de Thorn Industries mientras se dirigía a la salida.
—Definitivamente —respondió la senadora rápidamente, tomando su celular justo después y poniéndose de pie—. John, Adrián… si ocupan cualquier cosa en lo que pueda ayudarlos.
—Eres muy amable, Sally. Gracias —comentó Adrián en voz baja, sin mirarla. Si bien es cierto que no adoptó ninguna postura antagónica durante la discusión, el mantenerse tan neutral y poco participativa tampoco era algo que le hubiera servido de ayuda al Apóstol Supremo. Y aunque las palabras de Adrián sonaban en efecto amables, ciertamente ese disgusto era palpable por debajo de éstas.
Sally lo percibió, así que prefirió no decir nada más. Sólo asintió una vez como despedida y se si dirigió al elevador con Paul.
Una vez que ambos se fueron y sólo quedaron Adrián y John, éste último acercó su silla al primero, y a pesar de estar solos le susurró despacio como si temiera que alguien más los oyera.
—Este imbécil nos va a joder —murmuró Lyons, provocando involuntariamente una sonrisa en los labios de Adrián. Era inusual escuchar a su viejo amigo hablar con tan poca propiedad—. Se las va a arreglar para salir de todo esto como el héroe que salvo al Anticristo, y dejarnos a nosotros como los inútiles que no pudieron cuidar de él. Y se está encargando de dejarlo claro desde este mismo momento.
—No me dices nada de lo que no me haya dado cuenta yo mismo —soltó Adrián con pesadez—. Pero no tenemos otra opción. Lo primero es recuperar a Damien, y luego preocuparnos por el resto.
—Esto no me agrada —masculló Lyons, sonando muy cercano a una maldición—. Nos arriesgaremos enormemente para salvar a ese mocoso desagradecido, que muy seguramente ni siquiera aprenderá ni una lección de todo esto.
—Yo no estaría tan seguro —señaló Adrián con calma—. Olvidas que antes de que todo esto ocurriera él ya había accedido a volver a Chicago. Creo que ya estaba a un paso de recapacitar, y es probable que esta experiencia sí le deje una enseñanza de lo que puede pasar si hace las cosas sin pensar. Y que, al menos de momento, es mucho mejor para él contar con nosotros que estar en nuestra contra.
Lyons soltó un quejido bajo que bien podría haber sido un vago intento de risa.
—Tienes demasiada confianza en ese muchacho.
—No, amigo —le corrigió Adrián, mirándolo de soslayo—. Como tú bien dijiste hace un rato, lo que tengo es fe…
FIN DEL CAPÍTULO 125
Notas del Autor:
—Y el plan de la Hermandad se ha puesto en marcha, con sus respectivos problemas. Pero como pueden prever, las cosas se pondrán peligrosas más pronto que tarde. Espero que el capítulo no haya sido demasiado pesado, pero creo que los siguientes serán un poco más tranquilos (de cierta forma). Así que nos vemos muy pronto, si todo sale bien.
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 118. Un mero fantasma
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 118. Un mero fantasma
Verónica Selvaggio pasó gran parte de la noche en uno de los quirófanos de cirugía del Hospital Saint John's en Santa Mónica. Ahí los doctores y enfermeras lucharon arduamente para curar su fea herida de bala en el abdomen, y la lesión que la varilla le había dejado en la pierna al atravesarla. Adicional a esas dos heridas, la joven de ascendencia italiana tenía sólo algunos raspones y golpes, pero nada a lo que los médicos debían darle mayor importancia de momento.
La cirugía resultó todo un éxito y sin la menor complicación. Y aunque la paciente estaba estable y en apariencia fuera de peligro, la dejaron en observación toda la madrugada. Verónica pasó la mayor parte de ese tiempo dormida por la mezcla de analgésicos y cansancio. Sus signos evolucionaron bien, y no parecía estar presentando ninguna complicación derivada de sus lesiones. Uno de los doctores incluso mencionaría que aquella era la herida de bala más “noble” que le había tocado tratar. Una pequeña diferencia en ella y muy seguramente se hubiera desangrado mucho antes de llegar al hospital.
—La chica debe tener un buen ángel guardián cuidando de ella —mencionaría como respuesta una de las enfermeras, con cierto humor acompañando a sus palabras. Entre su somnolencia, Verónica alcanzaría a escuchar tal comentario, y aunque nadie más lo notara aquello dibujó indudablemente una media sonrisa burlona en sus labios.
A media mañana, se determinó que ya se encontraba lo suficientemente estable para dejar el área de observación, y le informaron que la bajarían a un cuarto privado para que estuviera más cómoda.
—¿Quién pagó por eso? —preguntó la joven escuetamente mientras se preparaban para transportarla a su nueva habitación.
—No estoy segura —le respondió la enfermera, revisando si acaso en los papeles que traía consigo pudiera haber alguna respuesta al respecto—. De seguro tu familia ya fue notificada de lo sucedido, ¿o no?
—Supongo que sí.
La duda, sin embargo, sería cuál de los diferentes miembros de la galería de su “familia” habría hecho tal cosa, dada la situación. Tenía en mente un sospechoso número uno, pero ya lo confirmaría tarde o temprano.
Sus ojos se cerraron apenas una fracción de segundo, o eso creyó ella, y al abrirlos notó como el techo sobre ella comenzaba a deslizarse hacia atrás como una película en cámara lenta. Un camillero la empujaba desde la cabecera a la salida del área de observación, mientras a su lado una enfermera transportaba en alto el suero aún conectado a su brazo. Otro camillero más los acompañaba al frente.
Antes de salir de aquella área, el rostro de Verónica se desvío ligeramente hacia su diestra, contemplando algunas de las otras camillas frente a las cuales iba pasando. Una en específico, la última de ellas en realidad, captó significativamente su atención. Un doctor y una enfermera revisaban en la paciente en ella; el primero le abría el ojo derecho con los dedos, y pasaba una luz por éste. La mujer, de cabellos cobrizos y rostro pálido, parecía estar totalmente inconsciente. Verónica logró notar rápidamente que estaba vendada de su cabeza, y llevaba un collarín bajo el mentón. Tan rápido como apareció en su rango de visión, así desapareció. Aun así, Verónica logró reconocerla.
«Vaya sorpresa» pensó, conteniendo una pequeña risilla que deseaba ser libre; en parte para no dejarse en evidencia, y en parte por qué sabía que cualquier intento de risa en ese momento, muy posiblemente le dolería hasta lo más hondo.
Igual era muy oportuno que hubieran traído a esa persona también a ese hospital, aunque Verónica sabía bien que ese tipo de cosas no solían ocurrir simplemente por mera coincidencia. A veces era la forma en la que le informaban cuál debía ser su siguiente movimiento.
«Una no puede ni tomarse un día de descanso, ¿verdad?»
Sus cuidadores la llevaron hasta un ascensor de tamaño suficiente para que cupiera la camilla. Subieron hasta el piso para las habitaciones de los pacientes, y la volvieron a transportar por los pasillos hasta el bonito cuarto número 302. Era bastante amplio e iluminado, incluso contando con una sala adjunta con un par de sillones y una mesa, de seguro pensada para que los familiares del paciente pudieran pasar la noche si así lo requerían. Dudaba que en su caso alguien la fuera usar, pero era agradable saber qué contaría con todo ese espacio.
Entre los dos camilleros se encargaron de colocarla en su nuevo lecho, de sábanas limpias y tantos botones como el interior de la cabina de un avión. Verónica resintió un poco al ser trasladada a la cama, pero en cuanto logró recostarse se sintió mucho más cómoda. La enfermera colocó la bolsa con médicamente en el porta sueros a un lado de la cama, y luego presionó uno de los botones a un costado de ésta para que el ángulo del respaldo se elevara un poco y el cuerpo de Verónica quedara ligeramente sentado. Su herida volvió a resentir el cambio, pero fue pasajero.
—Hola, ¿cómo nos sentimos esta mañana? —pronunció la voz animada de uno doctor de bata blanca al ingresar por la puerta abierta de la habitación.
Verónica lo volteó a ver, desviando sólo lo suficiente su rostro hacia el recién llegado. Si no se equivocaba, era el mismo doctor que había ido a verla durante la madrugada. Si acaso le había dicho su nombre, para esos momentos lo había olvidado, y tampoco era que le importara mucho.
Mientras los camilleros y la enfermera terminaban de preparar todo en el cuarto, el doctor se paró a un lado de la cama, esbozando una amplia sonrisa que desdibujó un poco la forma de su barba tupida.
—Srta. Selvaggio, nos alegra mucho verla tan despierta para variar.
—No me siento muy despierta aún —respondió Verónica, sonriéndole de regreso.
—¿Alguna molestia o dolor fuera de lo normal?
—¿Qué molestia o dolor es fuera de lo normal luego de recibir un disparo? —señaló con algo de ironía, lo que el doctor respondió con una escueta risa—. Estoy bien —contestó—. De momento nada que no pueda tolerar.
—Es bueno escuchar eso. Déjeme decirle que tuvo bastante suerte. Un centímetro de diferencia y tanto la herida de bala como la de su pierna pudieron haberla puesto en grave peligro; pero en estos momentos ya está bien. Sólo necesita reposar un par de días, y podrá irse a casa.
—Entonces sí tengo un buen ángel guardián, ¿eh? —masculló Verónica con tono juguetón.
Notó entonces que la enfermera, aún el cuarto, se viraba a verla rápidamente sobre su hombro al pronunciar aquello. Verónica supuso que había sido precisamente ella a quién había escuchado decir tal comentario; quizás en verdad confiaba en que no la había escuchado en ese momento.
—Eso pudo haber ayudado un poco —indicó el médico, sin notar la reacción completa que el comentario había causado—. Necesito informarle que la policía ha estado esperando desde anoche para poder tomar su declaración. Hemos intentado mantenerlos afuera lo más posible, pero al parecer todos tienen bastantes preguntas sobre lo ocurrido. ¿Se siente lista para hablar con ellos?
—¿Cree que deba llamar a mi abogado?
—No sé, usted dígame —le respondió el doctor con tono bromista. Verónica sólo volvió a sonreírle.
—Hablaré con ellos. No quiero que se difundan rumores venenosos que pudiera afectar a los Thorn.
El doctor asintió como respuesta afirmativa a sus palabras, y pasó entonces a retirarse en compañía de los demás. Antes de irse, la enfermera se tomó un momento para indicarle dónde estaba el botón para llamarlos en caso de que ocupara cualquier cosa, además de pasarle el control remoto de la televisión. Y tras eso, todos salieron la habitación para dejarla sola, y quizás darle unos minutos en silencio para descansar, antes de que los oficiales llegaran a hostigarla con preguntas.
Descansar era una buena idea, y definitivamente eso era lo que su cuerpo parecía pedirle. Sin embargo, Verónica permaneció en su cama apenas un par de minutos luego de ser dejada sola. En lugar de cerrar los ojos, o al menos prender el televisor, su atención fue jalada a un espejo de cuerpo completo empotrado a la pared, cerca del closet privado del cuarto. En verdad le faltaba poco para ser una habitación de hotel.
Resistiendo lo más posible al dolor de sus heridas, se deslizó hacia un costado de la camilla, bajándose de ésta hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo frío. Tomó el atril para los sueros con una mano, y lo deslizó consigo mientras rodeaba la camilla y se dirigía al espejo. No podía presionar del todo su pierna herida contra el suelo, por lo que su avance fue algo lento al tener que ir cojeando poco a poco.
Una vez de pie frente al espejo, se paró lo más derecha que pudo y se contempló fijamente de pies a cabeza. Mientras con una mano se sujetaba del porta suero, presionó los dedos de la otra contra su mejilla, su sien y su frente. Su cabello era un desastre, y su rostro entero dejaba bastante en evidencia el gran cansancio que le había dejado la extenuante jornada del día anterior. Aun así, no era nada que el maquillaje adecuado no pudiera arreglar; rubor, sombra, un lápiz labial adecuado color rosado, quizás. Verónica sonrió conforme con dicha idea.
Se soltó un momento del porta suero para poder usar sus dos manos, y así desatar con cuidado los nudos de su bata. Una vez suelta, separó la delgada tela blanca que la cubría, abriéndola por completo de lado a lado, y dejando expuesta la parte frontal de su cuerpo, visible en el reflejo del espejo. Debajo de la bata de hospital sólo traía puestas unas pantaletas color morado, por lo que en el reflejo podía apreciar totalmente su torso desnudo, joven y firme; sus curvas, el tono de su piel, la forma y tamaño de sus senos… y claro, el abultado vendaje que cubría su costado y parte de su abdomen, escondiendo debajo la herida que había sido en realidad casi mortal para Verónica, por más que aquel doctor dijera que había tenido suerte.
Desde que llegó a la pubertad, muchas personas le habían dicho a Verónica Selvaggio cosas hirientes en base a su apariencia; su nariz, las facciones un tanto toscas de su rostro, la forma de su boca, sus hombros huesudos o busto pequeño. Tanto así que inevitablemente se había quedado grabado en su cabeza la idea que era una chica fea… muy fea.
Pero ahora, al verse en ese momento en el espejo, lo veía bastante claro. Nunca había sido fea en lo absoluto; era en verdad tan hermosa como cualquier mujer podía llegar a serlo, con tan sólo creerlo.
Mientras contemplaba su propio reflejo con sus ojos bien abiertos, sin permitirse siquiera el pestañear demasiado, aproximó sus manos a su cuerpo, percibiendo vívidamente cada cosquilleo que el roce de sus yemas provocaba en su piel. Recorrió su cuello, sus hombros, bajando y rodeado entre sus dedos ambos pechos, y permitiéndose además rozar ligeramente apenas la punta de sus pezones. Bajó aún más, recorriendo su vientre plano, y deteniendo una de sus manos, justo en el área del vendaje. Y aunque un parte casi instintiva de su mente le ordenaba a sus dedos alejarse de ahí, estos hicieron justo lo contrario, apretando con sólo un poco de fuerza entre sus dedos.
Una intensa oleada de dolor le recorrió el cuerpo entero, haciendo que éste se inclinara hacia adelante y su frente se pegara contra el espejo. A pesar de esto, su rostro no reflejó sufrimiento alguno, sino que incluso la sonrisa de satisfacción en sus labios se ensanchó más. Ese dolor, así como todas las otras sensaciones que causaba el roce de sus dedos, era la prueba fidedigna de que estaba viva; y le encantaba estarlo…
Teniendo su frente contra el espejo, abrió sus ojos y se encontró totalmente de frente con la contraparte de estos en el reflejo, sintiendo por un momento que aquella era otra persona con su rostro suspendidos a escasos centímetros del suyo. Su respiración se aceleró, lo suficiente para dejar un rastro de vaho en la superficie del espejo.
—Eres tan hermosa, Verónica —murmuró despacio, contemplando como la mujer en el reflejo movía los labios al ritmo y forma exacto de sus palabras—. Te deseo, Verónica… Bésame, Verónica… por favor… Bien, si insistes…
Impulsada por la petición de aquel reflejo, cortó lentamente la poca distancia que las separabas, pegando sus labios a la superficie lisa y fría del espejo, y por consiguiente a los de la chica al otro lado de éste. Sólo un pequeño e inocente beso consigo misma.
Se separó abruptamente del espejo cuando una sensación un tanto fuerte le recorrió la espalda. Se viró lentamente a la puerta, y tras unos segundos estuvo segura de que ese primer pensamiento era acertado: alguien se acercaba a su cuarto. Y no era un policía, ni un doctor, ni una enfermera, sino alguien más interesante.
Se apartó un paso del espejo, y se cerró rápidamente la bata entorno al cuerpo. Dos segundos antes de que aquella persona llegara, pasó rápidamente su mano por el espejo, desdibujando cualquier marca que sus labios pudieron haber dejado sobre éste.
—Adelante —pronunció Verónica al escuchar unos nudillos llamando contra la madera de la puerta para hacer notar su presencia.
La puerta se abrió, y del otro lado se asomó el distintivo rostro de Adrián Woodhouse, sujetando un manojo de rosas blancas en una mano. En un inicio pareció extrañarse al no ver a la ocupante del cuarto en la cama, pero al desviar su mirada sólo un poco hacia un lado, logró verla de pie sujetada al atril con ruedas, y con el espejo de cuerpo completo a sus espaldas.
—Buenos días, espero no importunar —pronunció el cantante con moderación, dando de todas formas dos pasos adentro sin esperar a recibir una invitación formal a pasar—. Estás de pie, esa es buena señal.
—Sr. Woodhouse, ¿qué hace aquí? —murmuró Verónica, imitando lo más parecido a un tono de sorpresa—. Sólo me paré un segundo, pero creo que no fue tan buena idea. ¿Me ayudaría a volver a la cama, por favor?
—Sí, por supuesto.
Adrián se apresuró entonces a cerrar la puerta detrás de sí, y avanzó más hacia la chica, aunque a mitad del camino su atención se centró en las flores en su mano, y luego miró a su alrededor con la clara incertidumbre de qué hacer con ellas
—Me parece que puede ponerlas en el jarrón de por allá —indicó Verónica, señalando débilmente hacia un mueble esquinero a un lado de los sillones—. Qué rosas tan hermosas, muchas gracias. Pero no se hubiera molestado.
—Era esto o un bobo globo de “Mejórate” o un oso de peluche —comentó Adrián con tono relajado—. Creí que esto sería más apropiado.
Verónica se limitó a sonreír, mientras observaba cómo colocaba las flores en el jarrón.
«Siempre un caballero, Andy» pensó divertida. «Pero podrías haberte esmerado un poco más y no tomar lo primero que viste en la tienda de regalos»
Con las flores en su lugar, Adrián se aproximó de regreso a Verónica, se paró a su lado y extendió sus manos hacia ella con la intención de ayudarla a avanzar. Sin embargo, éstas se detuvieron a unos centímetros de la joven, al parecer retrayéndose ante la idea de tocarla.
Verónica se volteó a mirarlo, sonriéndole con un sutil toque de inocencia.
—¿Sucede algo, Sr. Woodhouse? —inquirió la joven—. Parece asustado. No me veo tan terrible, ¿o sí? —pronunció con tono de broma, incluso riendo un poco; y, como había predicho, incuso la más pequeña risilla resultaba dolorosa.
—No, claro que no —se apresuró el cantante a responderle, y de inmediato la tomó delicadamente de los brazos para así guiarla de regreso a la cama, avanzando al paso lento de la paciente.
De hecho, Adrián sí había recelado el contacto por un instante, aunque no por los motivos que Verónica había expresado. La realidad era que temía un poco qué podría pasar si tenía algún contacto físico con esa muchacha, considerando que (supuestamente) era su hija. No sabía lo que pudiera sentir o ver al hacerlo por primera vez. Sin embargo, recordó que eso en realidad ya había ocurrido, la noche anterior cuando interceptó la camilla en la que la llevaban herida para poder preguntarle qué había pasado. Y tanto en aquel momento, como ahí en ese cuarto de hospital, había ocurrido exactamente lo mismo: nada.
—¿Fue usted quién pagó por este cuarto? —preguntó Verónica con curiosidad mientras se aproximaban a un costado de la cama.
—De momento sólo firmé un pagaré. Lo más importante es que estés lo más cómoda posible para que te recuperes.
—Será difícil estar cómoda con la policía haciéndome preguntas. De hecho, creí que se trataba de ellos cuando tocó.
—No te preocupes, un abogado de Thorn Industries los interceptaron para hablar antes de que te vengan a molestarte. Eso nos da unos minutos para que podamos hablar primero.
Adrián la ayudó a subir de nuevo a la cama y sentarse en la orilla de ésta. Verónica se quejó un par de veces del dolor, pero en general aguantó bien. El recostarse bocarriba resultó más sencillo.
—Entonces, ¿la Sra. Thorn ya sabe lo que pasó? —preguntó Verónica, teniendo ya su cabeza de nuevo apoyada contra las almohadas.
—Era casi imposible que no se enterara —respondió Adrián, tomando asiento en una silla a un lado de la camilla—. Si por ella fuera se habría venido en persona desde la madrugada, pero se está encargando de algunos asuntos. Esto que pasó nos tiene… inquietos a todos.
—Sí, lo entiendo. Lo que pasó fue simplemente…
Verónica no terminó su frase. Por su parte, la expresión total de Adrián se tornó mucho más seria de golpe. Las cordialidades ya habían sido suficientes, y la realidad era que no tenían mucho que tiempo que perder.
—Verónica —le murmuró en voz baja observándola atenta con sus ojos color avellana—, antes de que la policía llegue, necesito que me cuentes a detalle qué fue lo que ocurrió con exactitud. Anoche me dijiste que unos hombres armados se llevaron a Damien, ¿lo recuerdas?
—No sé qué tanto pueda ayudarlo —siseó Verónica con pesar en su voz—. Todo fue muy rápido, y confuso…
—Inténtalo, por favor. Cualquier cosa que hayas visto y recuerdes servirá.
La joven en la camilla asintió.
—Lo que sea para ayudar a salvar a Damien.
Verónica pasó entonces a explicarle lo mejor posible lo que había ocurrido, comenzando con el hombre misterioso que la había interceptado en el estacionamiento, y a punta de pistola la obligó a llevarlo al pent-house.
—¿Qué era lo que quería? —cuestionó Adrián.
—Me pareció que estaba desesperado por ver a Damien. Le cuestionó insistentemente sobre una mujer llamada Gema.
—¿Gema? —masculló Adrián, confundido—. ¿Alguna idea de quién sea esa persona?
—No, no creo. Cuando era niña conocí a una Gema en Montepulciano, pero… —hizo una pequeña pausa reflexiva—. No creo que se estuviera refiriendo a ella.
—Ese hombre es el desconocido que murió en la ambulancia, ¿cierto?
—Eso creo.
—¿Alguna idea de quién podría haber sido?
«Nadie, sólo un patético remedo de sacerdote alcohólico, incapaz de superar la pérdida de su joven e inocente protegida, y mucho menos la culpa por haberla corrompido en nombre del amor… o del simple deseo» pensó Verónica, bastante divertida. Pero claro, la respuesta que surgió de sus labios fue en realidad bastante distinta:
—No, lo siento. Jamás lo había visto.
—Está bien. ¿Qué pasó después?
La narración de Verónica prosiguió, pasando por el encuentro a tiros que aquel hombre había tenido con Willy y Jimmy, en el cual resultó herido, y de pasó ella también. Contó también sobre la repentina intromisión de aquella mujer rubia de chaqueta de piel, cómo había calcinado a los dos guardaespaldas, y luego había provocado esa tremenda explosión que lastimó a Damien gravemente, y destruyó casi por completo el pent-house.
—Luego de eso me desmayé —añadió con un marcado sentimiento de cansancio en sus palabras—. Cuando desperté, todo estaba destruido, cubierto de llamas y humo. Pero pude ver como aquellos hombres subían a Damien a una camilla y se lo llevaban en uno de sus helicópteros. No sé quiénes eran, o si estaban relacionados con los otros dos atacantes. Lo siento, ya no pude ver ni oír nada más después de eso.
—Descuida, hiciste todo bien —murmuró Adrián, comprensivo. Recorrió su mano por su rostro, tallándolo un poco con sus manos, y luego tomó su barbilla adoptando una pose pensativa—. ¿Y Kurt? —preguntó tras un rato—. Así se llama el tercero de los guardaespaldas que cuidaba de Damien, ¿cierto?
—Damien lo mandó con… esas otras personas, a rastrear al hombre y a la mujer que fueron más temprano y se llevaron a Samara.
El escuchar ese nombre hizo que un agudo sentido de alerta se despertara en Adrián. ¿Qué había pasado exactamente con esa niña llamada “Samara”? Ese era un tema del que también necesitaba saber más, pero tendría que ser para otra ocasión.
—¿Alguna idea de dónde esté? —cuestionó de pronto, refiriéndose de nuevo a Kurt.
«Si lo quieres, creo que su cuerpo sin cabeza debe estar recostado en la fría plancha de la morgue de la policía para estos momentos»
—No, no lo sé —pronunció Verónica, negando también con su cabeza.
—¿No se comunicó con ustedes antes de que todo esto ocurriera?
—Conmigo no, al menos.
—Bien, no importa —concluyó Adrián con cierta amargura—. Ya lo encontraremos. Por ahora, antes de que hables con la policía, es muy importante que nos pongamos de acuerdo con la versión de los hechos que les darás. Lo primordial de todo…
—Es dejar muy claro que Damien ya no estaba en el pent-house cuando todo ocurrió —se apresuró Verónica a pronunciar primero—, y que se fue a Chicago más temprano, ¿cierto? Pero, ¿no podrían descubrir fácilmente que no subió a su avión como estaba previsto?
—Nosotros ya nos estamos encargando de eso —señaló Adrián con seguridad—. No podemos permitir que nadie fuera de la Hermandad sepa lo que le pasó. ¿Puedo contar contigo, Verónica?
—Por supuesto —asintió rápidamente—. Como dije, haré todo lo que pueda para ayudar a Damien. Soy su leal sierva…
Eso último había sido quizás lo primero completamente sincero que Verónica Selvaggio había dicho esa mañana.
Luego de que acordaran rápidamente lo que le diría a la policía, Adrián se retiró de la habitación. Menos de cinco minutos después, dos oficiales de policía ingresaron, en compañía del abogado de Thorn Industries. Éste último se paró firme justo a un lado de la camilla, como si se tratara de su custodio, y le indicó que podía hablar con total libertad. Verónica pasó entonces sin más dilatación a dar una versión de los hechos que se apegaba a los intereses de todos ellos; una creíble, pues de hecho no se apartaba demasiado de la verdad.
Contó la parte en la que ese hombre desconocido la había interceptado en el estacionamiento, y la amenazó con su arma para que lo llevara hacia el pent-house. Sin embargo, en esta narrativa Damien ya había salido hacia el aeropuerto para esos momentos en compañía de dos de sus guardaespaldas, y ella y un hombre más del equipo de seguridad se habían quedado para cerrar y preparar todo, y pensaban alcanzarlos en cuanto terminaran. Por ello, para cuando el extraño atacante y ella llegaron al último piso del edificio, el muchacho Thorn ya no estaba. Sin embargo, el guardaespaldas que aún quedaba ahí sacó de inmediato su arma al verlo, y comenzaron a intercambiar disparos entre ellos. Fue una de esas balas perdidas la que terminó hiriéndola, mientras que aquel extraño había recibido lo propio de parte del hombre de seguridad de Thorn; eso último era también en parte cierto.
La narración de Verónica terminaba con ella perdiendo el conocimiento luego de haber recibido el disparo, y lo siguiente que recordaba luego de eso era estar tambaleándose hacia afuera del edificio, siendo de inmediato recibida por los paramédicos. El cómo logró bajar sola hasta el vestíbulo era totalmente difuso para ella.
Por supuesto, los oficiales tuvieron sus cuestionamientos, pero Verónica se mantuvo apegada a sus palabras.
—¿Qué hay de la explosión?
—No tengo idea de cómo ocurrió, lo siento.
—¿Quién era ese hombre? ¿Lo había visto alguna vez?
—No, nunca lo había visto antes.
—¿Le dijo acaso qué era lo que quería?
—Sólo deliraba y decía cosas sin ningún sentido. Creo que estaba tomado, o muy confundido.
Eso último también era técnicamente cierto.
—¿Quién era este guardaespaldas que menciona que le disparó al atacante? ¿Por qué no se ha presentado a declarar?
—Lo siento, no conozco su nombre. Yo…
—Le aseguramos que investigaremos al respecto —intervino el abogado abruptamente—. Y en cuanto demos con esta persona, irá personalmente con ustedes a dar su declaración.
La respuesta no satisfacía del todo a los oficiales, pero no tenían muchas más opciones que dejarlo así de momento.
—La seguridad del edificio menciona que poco antes de que ocurriera la explosión, una mujer entró por la fuerza al estacionamiento en una motocicleta. ¿Iba también con el hombre que la atacó? ¿Estuvo en el pent-house cuando todo esto ocurrió?
—No vi a ninguna mujer. Lo siento, como les digo me desmayé; no sé bien qué ocurrió luego de que me dispararon.
—¿Qué hay del incidente que se reportó más temprano en la tarde? Del hombre y la mujer que entraron por la fuerza. ¿Cree que ambos allanamientos estén de alguna forma relacionado?
Verónica guardó silencio, al parecer cavilando un poco sobre esa última pregunta.
—No lo sé. Pero supongo que es posible…
Era improbable que los oficiales hayan quedado satisfechos con tan escueta declaración, y de seguro deseaban presionar un poco más con el fin de escarbar y obtener más información. Sin embargo, la intervención del abogado de Thorn Industries los persuadió de ello, junto con su petición para que la dejaran dormir de una buena vez. Los dos policías se retiraron, con una casi implícita advertencia de que volverían para hacerle más preguntas.
Pero no lo harían.
Recostada cómodamente en su camilla, Verónica tenía más que claro como transcurriría todo. La Hermandad arreglaría los registros y testigos para que nadie tuviera la menor duda de que Damien había subido a ese avión, y se encontraba ahora descansando en su hermosa mansión en Chicago. Y ante la insistencia de autoridad para querer hablar con él, si es que lo hacía, Thorn Industries usaría su ejército de abogados para postergarlo; al menos lo más que les fuera posible. Encontrarían además a alguien que afirmaría ser el guardaespaldas que protagonizaba la versión que Verónica les había dado, y confirmaría cada una de las cosas que les había dicho. La parte sobre cómo había ocurrido la explosión o por qué se había desparecido… bueno, confiaba en que se les ocurriría algo convincente; ella no podía hacer todo por ellos.
La policía seguiría sospechando, pero al final no importaría. En un par de días máximo, el DIC, ya fuera de forma directa o bajo el nombre de alguna de las otras agencias de seguridad, tomaría por completo la jurisdicción del incidente alegando que se había tratado de algún grupo de terroristas que buscaban secuestrar a Damien Thorn y que se encargarían de la investigación. Por supuesto, no podían dejar que alguien más investigara y descubriera algún testigo que describiera los helicópteros negros que habían sobrevolado el edificio esa noche, o cómo habían sacado a escondidas el cuerpo de los soldados que Damien había asesinado. Con tal de esconder su participación en todo ello, como siempre lo hacían, el DIC se encargaría por ellos de sepultarlo todo.
Y con respecto a su único sospechoso, el misterioso atacante muerto de un disparo en el abdomen, éste permanecería como un completo desconocido, y de eso se encargaría el tercer jugador del tablero. Al igual que ocurría con el DIC, el Vaticano tenía todo un protocolo para mantener ocultas las acciones un tanto “indebidas” que podían llegar a realizar los miembros del Scisco Dei, en especial en lo que involucraba a la Orden Papal 13118. Por lo tanto, en cuanto la autoridad y los medios lo comenzaran a señalar como el responsable de lo ocurrido, todo lo que pudiera ligar a ese desconocido con el Padre Jaime Alfaro de la de la Compañía de Jesús, Inspector de Milagros e Inquisidor de la Arquidiócesis, sería sepultado también. Pero su último testimonio antes de morir por supuesto que no sería ignorado; Verónica contaba con ello.
Así que de una u otra forma, todo se acomodaría para crear una historia coherente con la que la gente se mantendría contenta, y la olvidaría pronto, ignorantes de cómo habían sido todos manipulados por la Hermandad, el DIC y la Iglesia por igual, todos cuidando sus respetivos intereses. Y no era ni de cerca la primera vez que ocurría. Pero en el fondo las personas preferían que fuera así. Que los reptilianos, alienígenas y satanistas se pelearan, mientras ellos podían tranquilamente seguir con sus aburridas vidas, y ver el siguiente episodio de su serie favorita. Que de salvar o destruir el mundo se encargue otro.
Así que poco importaban las sospechas de esos dos oficiales sobre ese asunto; estarían en otro caso más pronto de lo que les tomó ingresar a esa habitación.
Y controlado aquello, lo que quedaba en la mesa para la Hermandad era lo más importante: recuperar a su Salvador.
Pero eso, igualmente, Verónica tendría que confiárselo a Andy y sus amiguitos de juego. Ella debía descansar, recuperarse, y encargarse de poner en marcha otros asuntos.
— — — —
Como bien Adrián había mencionado, era bastante difícil que Ann no se enterara de todo lo que estaba ocurriendo en Los Ángeles, incluso estando recluida en el departamento de los Woodhouse en New York. Y aunque hubiera agradecido que hubieran sido Adrián o Lyons quienes se lo informaran, tuvo que enterarse como cualquier persona corriente al ver las noticias de la noche.
Ann se puso cada vez más histérica conforme fue investigando y enterando de más cosas. No había dormido prácticamente nada, pasando horas pegada a su teléfono, comunicándose insistentemente con Adrián y Lyons, hasta el punto de seguro hartarlos a ambos, pero no le importaba. Por suerte ninguno le vino con rodeos, y en cuanto pudo contactarles le dijeron directamente sobre la situación de Damien, y claro también la de Verónica. Y eso no fue precisamente de mucha ayuda para tranquilizarla.
—Ann, cálmate —le había dicho Adrián al teléfono anoche, con un tono que se inclinaba mucho más a ser una orden que una amistosa petición—. Yo me encargaré de todo, ¿de acuerdo? Tú sólo confía en mí.
Claro, era fácil para él decirlo. Había confiado antes en que él se encargaría de todo, ¿y qué había resultado de eso? Su hija ahora estaba gravemente herida, y Damien había sido capturado por esas personas de la que se suponía lo iban a alejar. Típico de los hombres de esa Hermandad, creyendo que podían hacerlo todo por su cuenta, y a su vez disponer de ella hasta incluso tenerla ahí de niñera y enfermera cuando podría ser de mucha más utilidad solucionando todo ese desastre.
Estaba enojada, sí, pero en especial preocupada. Damien y Verónica, sus dos hijos… Si algo le pasaba a cualquier de ellos, no sabía lo que sería capaz de hacer, o a quién.
La mañana siguiente prosiguió con normalidad. El chofer llevó a Sebastián a la escuela, Gilda se encargaba de los quehaceres, y la enfermera de Rosemary, Miriam, se presentó temprano a sus labores. Ann, por su parte, se había instalado en el estudio de Adrián, intentando trabajar lo mejor que podía desde su computadora y teléfono, aunque la realidad era que con su mente tan dispersa le resultaba prácticamente imposible concentrarse hasta en la tarea más simple. Había tenido que cancelar varias citas para realizar su viaje a Suiza, y tuvo que hacerlo de nuevo el día anterior y ese. Su asistente insistía en que le dijera cuándo iba a volver, pero Ann no podía darle siquiera un estimado. Bajo esa situación, no estaba en lo absoluto segura de nada.
Un poco antes del mediodía, Adrián se comunicó de nuevo con ella. Ann se apresuró a responder su llamada al segundo, ansiosa de recibir cualquier novedad, aunque se tratara de una mala. Por suerte, de momento no lo era.
—Verónica está bien —le informó el Apóstol de la Bestia al teléfono—, totalmente fuera de peligro, despierta, y yo diría que incluso de buen humor. El abogado de Thorn Industries está con ella, y creo que despejará sin problemas las dudas de la policía. Al menos de momento.
—Yo debería estar ahí cuidándola —indicó Ann con sequedad.
—Te recuerdo que es sólo una interna que trabaja para ti, al menos a los ojos de la gente. No puedes dejar tan evidente que es algo más.
—¿En serio crees que eso me importa en estos momentos? Le dispararon, pudo haber muerto…
—¿Cuántos de nosotros hemos estado cerca de morir en más de una ocasión en todos estos años? —exclamó Adrián, cortándola—. ¿Cuántos de nosotros han muerto en el cumplimiento de su misión? Es el riesgo que uno acepta cuando se cree en lo que luchamos, y en las recompensas que se nos darán al final. Verónica ha sido una buena y leal soldado, y te aseguro que eso no pasará desapercibido.
—Casi suenas como un padre orgulloso —musitó Ann de forma mordaz, e incluso desde la distancia pudo percibir que sus palabras no habían sido del todo cómodas para su oyente—. ¿Al menos te pudo decir algo de utilidad sobre lo que pasó?
—No mucho. Al parecer un hombre y una mujer desconocida ingresaron al pent-house momentos antes de que el DIC llegara, y fueron los responsables de la explosión y no los soldados como habíamos pensado. También parece ser que Damien resultó herido en dicha explosión, y los hombres del DIC aprovecharon esto para someterlo.
—¿Herido? —murmuró Ann a media voz. Su mirada se desvió discretamente hacia su maleta, colocada a un lado del escritorio, la cual había tenido muy cerca de ella durante todo su tiempo en ese departamento—. ¿Cómo es posible? Se supone que nada ni nadie puede dañarlo.
—Nada, sí. Nadie… bueno, es complicado. Como sea, estoy seguro de que está bien. No hay nada que estos sujetos puedan hacer para lastimarlo en serio.
—¿Y quiénes eran esas otras personas que mencionaste?
—Es difícil saberlo. Damien hizo enojar a mucha gente estos días con las cosas que estuvo haciendo, así que me inclinaría más hacia ese lado. Lo raro es que Verónica mencionó que uno de ellos iba en busca de una persona… —Hubo una pequeña pausa mientras intentaba recordar el nombre que Verónica había mencionado—. Gema, o algo así me parece.
—¿Gema? —musitó Ann despacio, intentando mantener su sobresalto lo más disimulado posible, aunque al parecer no lo suficiente como para que Adrián no lo notara en absoluto.
—Sí, ¿por qué? ¿Conoces a alguien con ese nombre?
¿Si conocía a alguien con el nombre de Gema?, sí; definitivamente sí. Pero el que su nombre saliera a relucir en esa situación le resultaba un tanto… extraño, y algo preocupante. No era tan ingenua para creer que aquello pudiera ser sólo una coincidencia. Sin embargo, sin tener más claro cómo esa monja muerta, o lo que fuera, estaba involucrada en ello, prefería mejor guardarse lo que sabía. No fuera a ser que Adrián pudiera llegar a sospechar que Verónica o ella estaban de alguna forma involucradas, ya fuera por su propia iniciativa o por la sugerencia del incordio de John Lyons, quién claramente buscaba cualquier excusa para deshacerse de ella.
—No, no creo —respondió con una muy convincente calma—. ¿Y qué sigue ahora? —cuestionó rápidamente, intentando dirigir la conversación hacia otro lado—. ¿Sabemos a dónde llevaron a Damien? ¿Qué haremos para rescatarlo? Por qué sí vamos a rescatarlo, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —espetó Adrián con firmeza—. Pero no es un movimiento que podamos realizar de forma descuidada. Por eso he ordenado que los Diez Apóstoles nos reunamos de inmediato para discutir esto, y decidir de inmediato lo que haremos.
Ann sintió como su cuerpo entero se volvía de piedra al escuchar eso. ¿Los Diez Apóstoles se reunirían? En el tiempo que ella misma llevaba de ser uno, eso no había ocurrido nunca; había algunos de los otros a los que ni siquiera les conocía sus caras. Aunque claro, el Salvador nunca había estado en un peligro tan atroz como el actual, y su misión primordial siempre había sido protegerlo. Pero hasta ese momento lo habían hecho estando en las sombras, ocultos de todo y de todos, incluidos sus perseguidores del Vaticano. ¿Podrían hacer lo mismo en una situación tan apremiante como esa?
La respuesta obvia era que no. Aquello iba muy seguramente a requerir una acción mucho más directa, y quizás era precisamente por eso que necesitaban discutirlo entre todos.
—Entonces será mejor que me ponga en marcha de inmediato —declaró Ann con apuro.
—No, por favor —se apresuró Adrián a farfullar—. Necesito que te quedes un poco más ahí en New York.
—¿Qué? —exclamó Ann, con un indicio de enojo—. ¿Acaso piensas excluirme? Yo también soy un Apóstol, Adrián…
—No tienes que recordármelo —contestó Adrián con tono juguetón, que no fue del todo agradable para Ann—. Puedes participar desde ahí. Algunos de los demás están en otros países, y no tenemos tiempo para esperar que se muevan hasta acá. John se está encargando de los detalles, y ya te informará cómo conectarte.
—¿En serio esperas que discutamos algo tan vital por Zoom? —murmuró Ann, incrédula, aunque debía admitir que también un poco divertida.
—No por Zoom precisamente, pero… sí, algo así.
—Baylock se volvería a morir si escuchara esto.
—Una pérdida que ninguno lamentaría, ¿o sí?
—No —musitó Ann con voz ausente. Lo que menos quería era pensar en su antigua mentora en esos momentos—. ¿Por qué insistes en quererme aquí, Adrián? Tu madre tiene a su enfermera, a Gilda, y a ese niño que adoptaste para hacerle compañía. Ya incluso John envío a hombres de sus fuerzas de seguridad a resguardar el edificio. Sé que su despertar tan repentino te tiene preocupado, pero ella está bien. La situación de Damien es la que debería preocuparnos de verdad.
—Por supuesto que me preocupa. Pero es precisamente por esta situación que necesito de alguien de mi entera confianza para que me apoye en esto. Más de uno intentará aprovechar esto en mi contra, yo lo sé. Y no pienso dejárselos fácil.
—¿De quiénes estás hablando? —inquirió Ann, sintiéndose confundida por la actitud tan aprensiva, casi paranoica del cantante.
De pronto, una idea cruzó fugazmente por su cabeza.
—¿Acaso te refieres a los otros Apóstoles? —cuestionó con seriedad. Adrián permaneció callado—. ¿Desconfías de ellos? ¿Crees de verdad que alguno pudiera hacer algo contra ti a través de tu madre?
—No sería la primera vez que intentan golpearme por el lado que consideran más vulnerable —soltó Adrián con amargura arrastrada por sus palabras—. Mi liderazgo y varias de mis decisiones se han puesto en duda desde hace tiempo, incluso desde antes de que Damien naciera. Y ahora que le ha pasado esto cuando se suponía que lo estábamos cuidando… Bueno, me sorprendería que ninguno intentara tomarlo como una oportunidad. Y en cuanto se enteren que además mi madre ha despertado…
—Te entiendo —murmuró Ann despacio. Y en verdad lo entendía, aunque no por eso terminaba de sentirse conforme—. Sólo unos días más —le advirtió con marcada firmeza—. En cuanto recuperemos a Damien, debo volver a Chicago y cuidar de él, así como de las apariencias.
—Una vez que lo recuperemos yo mismo volveré allá a cuidar de mi madre. Gracias, Ann.
Los modales dictaban que debía responderle “no tienes nada que agradecer”, pero lo cierto es que sería mentira. Y si en verdad estaban por entrar en guerra con sus enemigos externos, y también internos, esperaba que él recodara quiénes eran realmente sus aliados de “su entera confianza”.
—¿Cómo está todo por allá, por cierto? —preguntó Adrián tras un rato con interés.
—Bastante aburrido —respondió Ann secamente.
—¿Y mi madre?
—Ella está bien. Ya hasta está preguntando qué manteles y flores vamos a querer para la boda.
Adrián se quedó callado un rato, tardando unos instantes en lograr captar por completo el tono de broma en las palabras de Ann. Soltó entones una aguda carcajada.
—¿Qué le dijiste? —inquirió Adrián con falsa molestia.
—Yo nada —respondió la ejecutiva, encogiéndose de hombros—. Ella sola sacó sus conclusiones. Es una mujer bastante avivada para haber dormido cuarenta años seguidos, si me permites mencionarlo.
—Siempre lo fue. —Hubo una pausa, y entonces comentó—: Hablaré con ella en cuanto vuelva. Tengo muchas cosas que debo explicarle.
—¿Le contarás de Verónica? —soltó Ann de golpe, volviéndose ya demasiado insistente para el gusto de Adrián.
—En su momento —le respondió con solemnidad—. Tengo muchas otras cosas que aclararle primero. Pero para eso necesito enfocarme primero en lo urgente. Ahora debo ponerme en contacto con John que terminar de planear la reunión. Te informaré de cualquier cambio, ¿de acuerdo?
—Me molestaría que no fuera así.
No hubo mayor despedida fuera de ello, y tras unas escuetas palabras ambos colgaron.
Ann colocó su teléfono sobre el escritorio y lo observó en silencio, mientras hacía girar un poco la silla en la que se encontraba hacia un lado, y luego hacia el otro. Había muchos temas que le preocupaban; lo difícil era elegir sólo uno. Pero ciertamente, luego de la situación con Damien, el más inquietante era enterarse de que existía una división dentro de la Hermandad de la que ella no era del todo consciente. Quizás había estado tan enfocado en el cuidado y la crianza de Damien, así como el manejo de Thorn Industries, que simplemente había hecho de lado ese tipo de cuestiones.
Pero, ¿quiénes podrían ser los opositores de Adrián? John definitivamente no; todo el poder que tenía en la Hermandad recaía en su cercanía a Adrián, y sin él no era nada.
«Algunos de seguro pensarán lo mismo de mí» pensó de pronto, sintiéndose molesta por la idea.
Recordaba que en vida la Sra. Baylock nunca ocultó demasiado sus diferencias con él, y Spiletto… bueno, era más una oveja que seguía a quién le parecía conveniente en el momento. Un caso parecido sería el de Paul; era listo, carismático y con iniciativa, pero no se atrevería a levantar la mano contra nadie al menos de que estuviera seguro de estar en el bando ganador.
«¿Y si lo está?»
A los demás no los conocía lo suficiente como para señalar a alguno como un peligro potencial… salvo quizás uno. El único que se podría decir que tenía la suficiente influencia en Damien, incluso de momento más que ella considerando que no era su persona favorita la última vez que se vieron. Pero, ¿en serio esa persona sería capaz de darle la espalda a Adrián? Con suerte, y si era tan inteligente como parecía, se daría cuenta él solo de que era el peor momento para hacer que las lealtades de Hermandad se dividieran.
Estaba por dejar el asunto por la paz y volver a trabajar, cuando se le vino a la memoria de nuevo que el nombre de Gema había salido a relucir en todo este desastre. ¿Quién habrá sido ese hombre y por qué la buscaba? Y más importante, ¿por qué pensó que encontraría información de ella ahí? ¿Iba acaso a buscar a Damien? ¿O era a Verónica? ¿O quizás… esperaba verla a ella?
¿Sospechaba alguien acaso que su muerte no había sido un suicidio? ¿Sospechaba acaso alguien que en realidad… no se había cortado la garganta ella sola como todos creían?
Ann contempló su mano. Por un instante le pareció verla justo como la vio esa noche: pintada casi por completo de rojo, con sus dedos bien aferrados al mango del cuchillo, pero aun así temblándole un poco. Y más allá de su mano, yacía Gema, sentada en el suelo, con su espalda contra la pared, y con la cascada carmesí que había soltado su yugular empapándole sus ropas por completo. Pero lo que más recordaba era como, a pesar de que la vida se le escapaba, ni siquiera luchó por evitarlo. Y en su lugar, sólo se había quedado ahí, mirándola con sus ojos bien abiertos, y sus labios congelados en esa grotesca sonrisa que tenía, y que siempre le gritaba lo mucho más astuta que era.
Agitó su mano hacia un lado con algo de violencia, disipando de forma casi metafórica aquellos pensamientos que no tenía caso poner sobre la mesa en esos momentos. Pero la verdad era que le rabiaba como incluso muerta esa estúpida monja seguía afectando su vida, hasta incluso poner en peligro a su hija… otra vez.
Pero como se lo había dejado bien claro aquella noche, justo antes de que la vida se esfumara por completo de sus ojos, no le permitiría acercarse a su hija de nuevo.
No pudo evitar reír un poco al darse cuenta de las cosas que estaba pensando. Resultaba absurdo que estuviera preocupándose por las acciones de esa mujer. Después de todo, era inquietarse por un mero fantasma; uno que ya no podía hacerles nada…
FIN DEL CAPÍTULO 118
Notas del Autor:
Este capítulo cumple varios propósitos. Primero vemos un poco más cómo quedó el desastre de Los Ángeles, vemos cuáles serán los siguientes movimientos de la Hermandad y, quizás lo más importante, vemos un poco más a Verónica… o al ser que ahora se llama Verónica, que pueden intuir será un personaje central en este nuevo arco. Espero haber podido captar su interés, pues aún hay varias cosas que revelar sobre este tema. Así que nos vemos pronto en el siguiente capítulo.
Resplandor entre Tinieblas - Capítulo 112. Si lo deseas con la suficiente fuerza
Resplandor entre Tinieblas
Por WingzemonX
Capítulo 112. Si lo deseas con la suficiente fuerza
Hace 10 años…
La pequeña niña de cabellos rubios y mejillas regordetas pecosas, salió presurosa por la puerta de su casa y se encaminó hacia la barda que rodeaba la propiedad. A cada paso que daba, sus chanclas chocaban contra sus talones y resonaban con fuerza en la quietud que reinaba en esa calurosa tarde de verano. En algún momento la voz de su madre (adoptiva) resonó desde el interior, pero ella la ignoró. Siguió andando hasta la barda, y apoyó sus brazos en ella, y su mentón sobre estos. Y ahí se quedó, con su mirada fija a la casa de enfrente, al otro lado del camino, y nada más.
El clima estaba más caliente de lo que pensó en un inicio, y sólo le tomó unos segundos sentir su rostro acalorado por los rayos del sol. Aun así, su orgullo (o algo que se le parecía bastante) le impidió mirar hacia atrás, mucho menos volver al interior relativamente más fresco. Y si acaso su madre (adoptiva) se paró tras la puerta de mosquitero para verla, ella no lo supo. Pero en efecto no le volvió a hablar, y para ella fue mejor así.
En aquel entonces tenía casi nueve años. Su casa, o al menos la única que había conocido desde que tenía memoria, era una pequeña pero lujosa residencia, construida sobre un camino al este de Montepulciano, en la Toscana. Era un lugar tranquilo y bonito para vivir. Sus padres (adoptivos) siempre habían sido muy buenos y cariñosos con ella. Nunca le había faltado ni ropa, ni juguetes, ni comida. Tenía incluso una linda perrita llamada Luca como mascota, y varias amigas en la escuela con la que solía jugar. Tenía todo lo que una niña podría pedir.
Y, aun así, siempre se había sentido bastante infeliz…
¿Qué tan mal tenía que estar alguien para sentir ese vacío en el pecho a los nueve años? Sentir simplemente que te faltaba una parte importante de ti; como un brazo, una pierna o toda la cabeza. Y tener en el fondo la certeza de que si no conseguías de alguna forma eso que te completaba, no podrías nunca ser feliz de verdad.
¿Todos los niños adoptados se sentirían de la misma forma?, ¿o era algo que sólo hostigaba a Verónica Selvaggio?
La niña se encontraba tan sumida en aquellos pensamientos, que no reparó en la persona que se aproximaba caminando por el solitario camino. Con una mano sujetaba una amplia sombrilla azul, que usaba por supuesto para cubrirse del sol pues no había ni una sola nube en el cielo, y con la otra cargaba a un costado una bolsa de víveres. Verónica sólo se volvió consciente de su presencia cuando la sombrilla se colocó justo sobre su cabeza, protegiéndola con su sombra de los abrasadores rayos del sol.
—¿Por qué esa cara larga, linda? —le murmuró despacio aquella persona con voz suave, como un canturreo.
Verónica se sobresaltó y alzó su mirada hacia ella, un poco exaltada. En cuanto escuchó su voz había adivinado quién era, pero lo confirmó al ver su rostro afilado, sus ojos azules adormilados, y esa amplia sonrisa de labios rojos.
—Gema —murmuró despacio, parándose derecha y dejando escapar justo después un pesado suspiro—. La Sra. Selvaggio volvió a regañarme por no rezar con ellos durante la comida.
—¿Y por qué no lo hiciste? —le preguntó la mujer con un tono curioso casi inocente.
—¿Cuál es el caso? —farfulló Verónica con molestia—. Tú misma me lo dijiste. —Se hizo entonces un poco hacia atrás, saliendo montamente de la protección de la sombrilla para poder mirar el cielo enteramente azul sobre ellas—. No hay nadie allá arriba que los esté escuchando de todas formas…
Y a sus palabras le siguió el silencio. Una pequeña brisa sopló en ese momento, aunque no tan fresca como a su rostro acalorado le hubiera gustado.
Gema, aquella hermosa mujer de cabellos rubios rizados, vivía sola a dos casas de la de Verónica, y a veces iba a tomar el café con su madre (adoptiva). Y todos los que las conocían pensaban por igual que su trato se limitaba únicamente a eso. Sin embargo, entre la pequeña Verónica Selvaggio y la extraña mujer llamada Gema, había surgido de hecho una relación de bastante amistad y confianza durante el último año y medio que llevaban de conocerse.
Verónica podía compartir con Gema cosas que nunca le diría a nadie, sobre todo lo que respectaba a ese vacío que le invadía el pecho todo el tiempo. Y Gema no sólo la escuchó y la compendió, sino que encima le dio lo que nadie podía: el motivo y la solución a su malestar.
—¿Cuándo podré irme de aquí y conocer a mis verdaderos padres? —cuestionó la niña, volviendo a colocarse bajo la sombra de la sombrilla.
—Pronto, pequeña; pronto —le respondió Gema con un tono dulce y calmado.
—Siempre dices lo mismo —masculló Verónica con molestia, inflando un poco sus cachetes.
Una risilla divertida surgió de los labios de Gema, y Verónica no supo identificar si acaso se estaba burlando de ella de alguna forma. Pero una vez que dejó de reír, colocó su bolsa con víveres en el suelo y posó su mano ahora libre sobre la cabeza de la niña, pasándola lentamente por sus cabellos.
—Hay un momento para todo, y el tuyo aún no ha llegado —le susurró despacio, como si le recitara alguna pequeña poesía—. Pero confía en mí, Verónica; ya llegará. Y cuando ocurra, al fin podrás cumplir tu único y especial destino; aquel por el que existes en este mundo.
—También dices siempre lo mismo —balbuceó la niña, volteándola a ver desde abajo con súplica—. ¿Cuál es ese destino especial que tengo que cumplir? Dime.
Gema volvió a reír como antes, y ahora Verónica estaba casi segura de que sí se burlaba de ella.
—Si te lo dijera, se arruinaría la magia —respondió la mujer rubia, picándole su nariz de forma juguetona a la pequeña con un dedo—. Como cuando pides algo al soplar las velas de tu pastel de cumpleaños, ¿entiendes?
Verónica arrugó ligeramente su entrecejo, al parecer meditando de más sobre esa última frase.
—¿Lo de pedir un deseo al soplar las velas es real? —inquirió con marcado escepticismo. Pero si alguien sabía de magia en ese sitio, esa era Gema Calabresi. No por nada muchos por ahí hablaban a sus espaldas y la llamaban bruja.
La sonrisa en los labios de Gema se ensanchó un poco más, y entonces agachó un poco el cuerpo para poder ver a la niña fijamente a sus grandes y brillantes ojos; tan jóvenes y aún llenos de infinitas posibilidades. Y con la voz clara y neutra que solía usar cuando le explicaba algo importante, le respondió:
—En nuestro caso, todo puede ser real si lo deseas con la suficiente fuerza…
* * * *
Todo se volvió bastante confuso para Jaime Alfaro una vez que las puertas del elevador se cerraron y comenzó a descender. Mientras los números del tablero iban bajando, el padre español se debatía entre la consciencia y la inconsciencia, siendo ésta última la ganadora.
No sabría cuánto tiempo había estado desmayado, pero de seguro había sido bastante. Cuando reaccionó, sintió su espalda recostada contra el suelo, y su visión se encontraba borrosa. Veía algunas siluetas y luces moviéndose a su alrededor, y unas voces casi lejanas que murmuraban.
—Quemadura en el área del abdomen.
—Creo que es una herida cauterizada. Qué extraño.
—Parece haber sangrado interno.
—Sus ropas están empapadas, ha perdido mucha sangre.
Poco a poco fue capaz de mover ligeramente sus brazos, agitando uno como si buscara algo en qué sostenerse para no caer.
—Está reaccionando —pronunció una de esas voces con alarma.
Sintió como unas manos lo sujetaban, y una de esas personas se colocó justo a un costado de su cabeza.
—Señor, ¿puede oírme? —murmuró despacio, y justo después sintió como lo forzaba a abrir sus ojos para pasar una luz enceguecedora por ellos—. No hay señal de contusión. ¿Cuál es su nombre, señor?
Cuando quitó la luz de sus ojos, el sacerdote logró ver un poco mejor a quién le hablaba. Era un hombre joven de piel morena, con una camisa azul oscuro de mangas cortas. Y virando su cabeza sólo un poco más, pudo ver cocido en sus ropas el emblema del Servicio de Emergencias Médicas. Eran paramédicos.
—Jaime… —respondió con debilidad.
—Jaime —repitió el paramédico con asombrosa calma—. Bien, escúcheme. Está herido, pero ya lo estamos estabilizando, ¿de acuerdo?
—La mujer… —masculló Jaime de golpe, de nuevo agitando su mano en el aire.
—¿Qué mujer?
—En el último piso… necesita ayuda…
—Los bomberos ya se dirigen para allá, descuide.
No le entendían, y aunque lo intentara era posible que no fuera capaz de explicarse con claridad. Sólo podía rezar para que aquella mujer saliera con bien de aquel infierno. Le debía la vida a ella, y no podía dejar que su sacrificio fuera en vano.
Tenía que avisar sobre lo que vio, antes de que fuera demasiado tarde.
—¿Ya lo podemos mover? —preguntó el paramédico a uno de sus compañeros, y aunque Jaime no escuchó la respuesta sintió como todos los rodeaban y lo sujetaban—. Bien, a la camilla en uno, dos, tres…
Todos lo alzaron al mismo tiempo, y por unos segundos sintió que flotaba como una pluma, aunque agradeció sentir el confort de la camilla una vez que estuvo sobre ella. Luego lo aseguraron a ésta con unas correas de las piernas y la cintura, y alguien le colocó la mascarilla de un respirador artificial en el rostro, cubriéndole la nariz y boca. Un segundo después sintió como la camilla comenzaba a moverse. Alcanzó a ver de forma fugaz como atravesaban la puerta principal y salían al exterior. Aún llovía, y había muchas luces azules y rojas tintineando.
—No se preocupe, lo llevaremos al hospital —le indicó el mismo paramédico joven a su lado.
—Un teléfono… —murmuró Jaime con todas las fuerzas que lograba sacar.
—¿Cómo dice?
Un poco insistente, agitó su mano sobre su rostro, hasta poder quitarse la mascarilla del respirador y poder hablar aunque fuera un poco más claro.
—Necesito hacer… una llamada…
—En el hospital nos comunicaremos con algún contacto, descuide.
—No, necesito… —Extendió entonces una mano, apretando fuerte sus dedos en el brazo del paramédico; bastante fuerte, considerando su estado—. Necesito… hablar ahora… por favor…
Aquello desconcertó un poco al hombre joven. Se sentía desesperación en su voz, y no por el estado de sus propias heridas. Sus ojos se posaron de nuevo en el crucifijo dorado que colgaba del cuello del paciente, y que ahora reposaba sobre su pecho descubierto pues le habían abierto por completo la camisa para revisarlo. Era bastante parecido al que él mismo traía en esos momentos.
La camilla llegó a la parte trasera de la ambulancia estacionada justo afuera del edificio, y los paramédicos lo subieron con cuidado. El interior era lo suficientemente grande para llevar a dos pacientes a la vez. De hecho, a su diestra se encontraba otra camilla como la suya, aún vacía.
—Oigan —exclamó la voz de un policía desde el exterior de la ambulancia—. Hay una señora con una fea herida en la cabeza, y está histérica. ¿Alguien puede venir a revisarla?
Los paramédicos se apresuraron a bajarse, excepto aquel más joven que siguió a lado de Jaime.
—Vigílalo —le indicó uno de sus compañeros—. Si ves cualquier cambio, avísanos. Recuerda tu entrenamiento, Miguel.
El chico asintió con confianza, y se sentó a un lado de Jaime. Miró de nuevo aquel crucifijo en el pecho del paciente. No era nada fuera de lo común, pero aun así algo le decía que aquello era casi como una señal que no debía ignorar. ¿Otro de sus usuales presentimientos, quizás?
Miró de reojo a las puertas de la ambulancia para asegurarse de que no hubiera nadie cerca. Se aproximó rápido a éstas y las cerró. Se tomó un par de segundos para repensarse las cosas, llegando sin embargo a la misma conclusión.
—De acuerdo —indicó el paramédico Miguel, sacando de su bolsillo su teléfono móvil—. Pero no le diga a nadie, ¿está bien?
—Dios te bendiga —murmuró Jaime, esbozando una amplia sonrisa.
Miguel se sentó a su lado, con el teléfono en sus manos.
—¿Qué número necesita que marque?
— — — —
Justo como habían dicho, Carl y el padre Babatos se pusieron en marcha en dirección al edificio Monarch lo más rápido que la lluvia les permitía. Sin embargo, a mitad de su camino su avance se fue deteniendo debido al cada vez más concurrido embotellamiento que se iba formando una vez que entraron a Beverly Hills, hasta el punto en el que prácticamente quedaron detenido a mitad de la calle.
Dios no estaba de su lado, al parecer.
—El tráfico está emporando —señaló Carl con frustración, asomando su cabeza por la ventanilla de su lado. Al frente sólo se veía una fila casi interminable de luces de vehículos—. De seguro tienen bloqueada toda la zona por cualquier explosión o derrumbe que pudiera ocurrir. Quizás no podremos acercarnos. ¡Maldición! —exclamó molesto, golpeando el volante con una mano.
—Carl —murmuró Frederic con voz de reprimenda.
—Lo lamento, padre —murmuró apenado el hombre de cabeza cala, agachando la mirada—. Sólo estoy preocupado…
—Lo sé, hijo. Lo sé…
Frederic observó pensativo por su ventanilla, contemplando las gotas de lluvia que resbalaban por el vidrio. Quizás no había motivo para preocuparse tanto. Ni siquiera estaban seguros de que Jaime estuviera en aquel sitio. Quizás incluso ya estaba en la casa parroquial tomando un café y un poco de pan, mientras ellos se encontraban tan angustiados. Quizás debería llamar para preguntar. De no haber reaccionado tan abrupto, quizás hubiera podido pensar en ello primero.
Justo pensaba en sacar el teléfono de su bolsillo, cuando sintió que éste vibraba y luego sonaba con fuerza. Eso sí era una coincidencia.
Creyó que quizás era Karina, y esperaba que no fuera para darle alguna otra mala noticia. Sin embargo, al revisar la pantalla del teléfono, el número en cuestión era uno desconocido. Aunque, por la naturaleza misma de ese teléfono en especial, sabía que quien fuera que le estuviera llamando, tenía que atenderlo.
—¿Hola? —murmuro cauteloso con el celular en su oído.
—Hola, buenas noches —escuchó del otro lado la voz de un hombre, un poco aguda—. Soy un paramédico del servicio de emergencias de la ciudad. Tengo a un hombre herido que me pidió hablar con usted.
—¿Un hombre? —preguntó Frederic con alarma—. ¿Quién?
—Permítame…
Hubo un tiempo de silencio, mientras la persona al otro lado de la línea posiblemente le pasaba el teléfono a alguien más. Tras unos segundos, escuchó una voz carrasposa y cansada murmurar:
—Frederic...
—¡¿Jaime?! —exclamó el sacerdote, reconociendo de inmediato la voz de su amigo. Eso puso también en alerta a Carl. Frederic rápidamente colocó el teléfono en altavoz, para que así ambos pudieran oírlo—. Jaime, ¿me oyes? ¿Estás bien?
Por un rato sólo se escuchó su respiración agitada. Cuando fue al fin capaz de hablar, Carl pudo dar fe de que en efecto era justo el hombre que habían ido a buscar. Pero… se le escuchaba muy mal.
—Escúchame, no sé cuánto tiempo me queda, pero tengo que decírtelo…
—¿Decirme qué? —musitó el padre Babatos—. Jaime, ¿estás bien? ¿Qué te pasó?
—Tenías razón, Frederic… tenías razón.
—Tranquilo, Jaime. ¿De qué estás hablando?
—La vi, Frederic… ¡Vi la marca de la bestia en el cuerpo de Thorn!
Tanto Frederic como Carl se estremecieron al oír tales palabras, pronunciadas casi como un rugido por el altavoz del teléfono. Ambos se miraron el uno al otro, preguntándose con la pura mirada si habían oído lo mismo. En efecto, así había sido.
—Está en su cabeza, oculta entre su cabello —prosiguió el padre español—. Pero yo la vi. Fue completamente calcinado vivo, pero en su carne quemada la marca se mantuvo intacta. Y pude verla claramente… Es la marca, la marca del Anticristo. Tan perdurable que ni siquiera el fuego mismo la borró…
—Jaime, ¿estás seguro de lo que dices? —masculló Frederic, intentando mantener lo más posible la calma, algo que su oyente parecía no lograr.
—¡Qué sí! ¡Te digo que la vi! ¡Escúchame, por Dios! Damien Thorn es el Anticristo, yo vi con mis propios ojos de lo que es capaz. Se levantó de entre los muertos como si nada… ni siquiera algo como eso logró matarlo. Debes avisar de inmediato… La Orden Papal 13118 debe ser ejecutada… cuánto antes…
Sus palabras callaron de golpe, y le siguieron en su lugar varios quejidos de dolor, seguidos de un par de tosidos, y luego un golpe fuerte del teléfono chocando contra el suelo.
—¿Jaime? ¿Jaime? —espetó Frederic repetidas veces, inquieto.
Tras un rato, alguien volvió a tomar el teléfono y la voz del paramédico del inicio volvió a sonar.
—¿Hola? Su amigo está bastante alterado. Lo transportaremos al hospital en cuánto podamos.
—¿Están en el Edificio Monarch? —preguntó Frederic rápidamente—. ¿A dónde lo llevarán?
—A Saint John’s en Santa Mónica. Tengo que irme.
La llamada se cortó justo en ese instante.
Todo había sido tan repentino y apresurado que Frederic se cuestionaba si acaso aquello había sido real. Pero no podía dejar que la incertidumbre lo hiciera vacilar; no en un momento como ese.
—Cambio de planes, Carl —le indicó a su asistente con seriedad, y éste comprendió de inmediato.
Rápidamente se metió al carril de al lado, casi chocando con un vehículo que venía, pero logrando sortear. Todo para poder tomar la siguiente salida y ponerse en camino a Saint John’s. Con el tráfico en ese estado, quizás podrían ellos llegar antes que la ambulancia.
Mientras Carl hacía sus maniobras con el volante, Frederic comenzó a marcar rápidamente un número en su teléfono.
—¿Va a llamar a Karina? —preguntó Carl, observándolo de reojo.
—No —respondió el cura con voz fría. Una vez que terminó de marcar, colocó el teléfono en su oído—. Espero encontrar a alguien ya despierto en Roma.
Carl se sorprendió un poco al oírlo decir eso.
—¿Va a notificar lo que dijo el padre Alfaro al teléfono? ¿No deberíamos de tener más información primero?
—No hay tiempo que perder —declaró Frederic, casi con agresividad—. Ésta es justo la pieza que nos hacía falta. Tenemos que movilizarnos lo antes posible.
Y antes de que Carl pudiera replicarle algo, alguien en efecto sí estaba lo suficientemente despierto al otro lado de la línea para atender su llamada, y comenzó entonces a hablar en italiano con aquella persona. Carl no hablaba mucho italiano, pero lo poco que logró entender de su conversación lo puso muy inquieto…
— — — —
El paramédico Miguel colgó el teléfono, y se apresuró a acomodar a Jaime en la camilla, así como la mascarilla del respirador en su rostro. De paso también le inyectó rápidamente un calmante leve. Poco a poco Jaime volvió a respirar con normalidad y a calmarse.
—Gracias —le susurró despacio.
—No hay de qué —murmuró Miguel, aunque se le veía un tanto confundido. Para bien o para mal, le había tocado oír todo lo que dijo por teléfono, acerca del Anticristo, personas calcinadas y demás. Era obvio que estaba muy confundido, quizás incluso delirando un poco. Eso debía ser—. Nos iremos pronto, ¿de acuerdo? —le indicó con gentileza, tomando su mano. Jaime asintió, agradecido.
El paramédico bajó de la ambulancia, buscando a sus compañeros. Uno seguía revisando a la señora con la herida en la cabeza, sentada en la acera. Se veía más calmada. Su otra compañera se aproximaba hacia él, pasando su antebrazo por su frente para secarla.
—No es nada grave —le indicó con voz cansada—. ¿Cómo sigue el hombre de la herida en el vientre?
—Estable —respondió Miguel con tranquilidad.
—Será mejor que lo llevemos de una vez antes de que…
Un grito de conmoción a sus espaldas llamó su atención, y los hizo girarse al mismo tiempo en dirección al edificio. Los policías y las personas cercanas miraban atónitos hacia las puertas principales. Miguel y su compañera se aproximaron rápidamente, y no tardaron en ver lo mismo que las demás personas, y que había causado tal reacción.
Una chica estaba saliendo por las puertas del lobby, cojeando y prácticamente arrastrando su pierna izquierda, dejando un rastro de sangre en el suelo al avanzar. Sus manos estaban aferradas fuertemente a su costado; claramente también estaba herida de ahí. Su cabello estaba desalineado, y su rostro manchado de hollín y tierra. Sus ojos desorbitados y nebulosos parecían resentir el tintinear de las luces de las patrullas, como si acabara de salir de un sitio totalmente oscuro.
—Auxilio… ayúdenme… —logró susurrar con suma debilidad, antes de dar sólo unos cuantos pasos fuera del edificio, y entonces desplomarse por completo al suelo.
—¡Rápido! —escuchó Miguel que su compañera exclamaba, y de inmediato ambos se abalanzaron hacia la chica, colocándose a su costado—. Volteémosla.
Entre los dos le dieron la vuelta para que quedara recostada sobre su espalda. Seguía consciente, apenas. Y sollozaba de dolor, pero también de miedo. La compañera de Miguel tomó sus manos y las retiró lentamente de su costado para ver directamente a qué se enfrentaban. El agujero en la ropa y en su piel se volvió evidente de inmediato.
—Esto es una herida de bala —señaló con asombro. Notó también su suéter y blusa empapados de sangre. Se viró para ver el largo rastro de sangre que había dejado a su paso, desde donde se desplomó hacia el interior y terminando en uno de los elevadores—. Ha perdido mucha sangre. No sé cómo sigue consciente, mucho menos cómo hizo para llegar hasta aquí.
En situaciones extremas, el cuerpo humano hacía maravillas. O de eso estaba convencido Miguel.
Tomó entonces una de las manos de la joven con fuerza, mientras su compañera empezaba a darle los primeros auxilios en su fea herida. La policía se encargaba de mantener a todos alejados para darles espacio.
—¿Me escuchas? —le preguntó con firmeza. La joven asintió lentamente—. ¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo… Verónica… —tartamudeó despacio, apenas siendo capaz de hacer que su voz se oyera—. Por favor, ayúdenme…
* * * *
Hace 5 años…
En los primeros días de enero del 2013, se convocó en carácter de urgente a toda la junta directiva de Thorn Industries. Sólo una semana atrás las fiestas decembrinas habían sido teñidas de pena y dolor tras la repentina muerte de Mark Thorn, y el aún más extraño asesinato doble y suicidio cometido por Richard Thorn. Y aunque se habían tomado de inmediato medidas para mitigar los daños lo mejor posible, lo cierto era que la imagen de la empresa había sido fuertemente afectada. Y con ello en mente, se tenían que tomar decisiones inmediatas sobre el futuro.
Aunque claro, dichas decisiones en realidad ya se encontraban tomadas desde antes de que la primera persona pusiera un pie en esa sala de juntas. Tan fue así que Ann se había encargado de citar a John Lyons en el corporativo de Thorn Industries ese mismo día, atendiéndolo justamente en la oficina de Richard; o, más correcto en ese momento, la que ahora era la oficina de ella.
—¿Qué tontería estás diciendo? —espetó Lyons con ahínco desde su posición de pie frente al fino escritorio de caoba, tras el cual una sonriente y muy orgullosa Ann lo observaba de regreso.
—No es ninguna tontería —declaró con suficiencia la mujer de brillante cabellera negra—. Se hizo oficial en la junta de esta mañana. Con la muerte de Marion, Richard y Mark, el sesenta y un por ciento de las acciones de esta empresa pasaron a ser propiedad de Damien y mías. Y como su tutora legal, tengo poder absoluto para manejar las acciones de Damien como mejor me parezca. Así que ahora no sólo soy la protectora del Salvador, sino de facto la accionista mayoritaria de esta empresa. Y, por votación, su directora ejecutiva desde hace unas horas.
Los ojos de Lyons estaban inyectados de confusión, asombro y, por supuesto, enojo. No olvidaba ni por un segundo que esa era la pequeña niña estúpida a la que tuvo que salvar para que Baylock no la moliera a golpes sólo unos años atrás. Y ahora se atrevía a hacer un movimiento como ese, totalmente fuera del plan, y encima a sus espaldas y sin consultarlo con absolutamente nadie…
Bueno, quizás no precisamente con nadie. Después de todo, en esa oficina también se encontraba Paul Buher, gerente general de Thorn Industries, y un Apóstol de la Bestia, igual que él. Estaba ahí sentado en una de las sillas frente al escritorio con sus piernas cruzadas, bastante calmado, casi indiferente a la conversación que se estaba suscitando justo delante de él.
—¿Tú permitiste esto? —le cuestionó Lyons con un tono casi violento. Paul, sin embargo, sólo se encogió de hombros con confianza.
—Dada la situación actual, es bueno para el negocio que haya un Thorn a la cabeza, aunque sea de nombre —aclaró el gerente general con su usual tono jovial y elocuente—. Al menos hasta que Damien tenga la edad para hacerlo él mismo. Y yo estaré a lado de Ann para apoyarla en todo, y juntos preparar el camino para cuando el chico pueda reclamar su puesto.
—Gracias, Paul —murmuró Ann, aún más sonriente que antes—. Sabía que podía contar contigo.
Lyons soltó un bufido de fastidio al aire.
—Qué fácil cambias de amo a tu conveniencia —exclamó de golpe, observando a Paul con ojo de acusación.
Paul no pareció intimidado por el comentario o por su mirada. De hecho, incluso soltó una ligera risa despreocupada.
—¿Por qué esto te molesta tanto? —le cuestionó divertido, extendiendo en ese momento su mano hacia el tazón de dulces sobre el escritorio y tomando uno al azar sin mirar—. Lo importante de esto es que logramos surcar la ola en una sola pieza. Las habladurías sobre lo de Richard aún continúan, pero en poco tiempo todo esto se olvidará. Y bajo este nuevo panorama, tenemos completo control de Thorn Industries, y de la vida del Salvador, sin tener que lidiar más con el resto de la tediosa familia Thorn. —Una vez que logró quitarle la envoltura al caramelo, se lo lanzó con bastante precisión directo en su boca—. De acuerdo, quizás las cosas no ocurrieron tal cual fueron escritas hace cincuenta años. Pero adaptarse o morir es la clave de esto. ¿No lo crees, John?
Y terminó su alegato con una afable y galante sonrisa, mientras con su lengua paseaba el caramelo por su boca.
—Adaptarse o morir, Lyons —repitió Ann con elocuencia, y por supuesto algo de jactancia—. Ya lo oíste.
Al parecer no había nada que el viejo Apóstol pudiera decir o hacer al respecto. La decisión ya estaba tomada, y sólo había sido citado a ese sitio para que se lo restregaran en su cara. Cuánta confianza había tomado esa chiquilla impertinente cuyo mayor logro había sido meterse en la cama de los hombres correctos.
—Bien, así son las cosas —apuntó Lyons, con una calma que claramente escondía detrás su aún inherente molestia—. Disfruta tus segundos de gloria mientras te duren, discípula —soltó son tosquedad, virándose en ese momento a la puerta para retirarse con paso presuroso.
—Aún no hemos terminado —advirtió Ann alzando marcadamente la voz para que pudiera oírla—, y justo de eso quería hablarte.
Lyons se detuvo a medio camino de su partida, y se giró hacia ella un tanto confundido. Ann apoyó sus manos sobre el escritorio, y se paró de su silla, observando atenta al viejo Apóstol.
—Me parece que en vista de los recientes cambios, mi posición en la Hermandad también debe de cambiar a partir de ahora.
—¿De qué estás hablando? —inquirió Lyons con brusquedad.
—¿No es obvio? —murmuró Ann con un tono casi juguetón—. Quiero una corona.
Lyons no pudo evitar soltar una fuerte y nada discreta carcajada sarcástica al aire.
—¿Has perdido la razón?
—¿Por qué lo dices? —respondió Ann con tranquilidad—. Baylock murió hace siete años, y Spiletto está confinado a una silla de ruedas en… Ve tú a saber en qué montaña congelada de Europa. Si las cuentas no me fallan, luego de Paul, aún queda un lugar vacante en la mesa. Y creo que he hecho los méritos suficientes para que sea mío.
Era claro que Ann estaba bastante convencida de lo que decía, pero Lyons no compartía en lo absoluto la misma opinión.
—Podrás quedarte con todo Thorn y la mitad del continente si quieres —le advirtió tajante, señalándola—. Pero el convertirte en Apóstol no es decisión tuya, ni siquiera mía.
—¿Entonces de quién?, ¿de Adrián? —soltó Ann de golpe sin más, sabiendo de antemano lo que pronunciar aquel nombre provocaba—. Preguntémosle a Adrián ahora mismo, entonces —propuso a continuación, tomando el auricular del teléfono de su escritorio y extendiéndoselo—. O preguntémosle a todos los demás Apóstoles, mejor. Pero sólo quiero que tengan en cuenta quién es la única persona en la que Damien confía en estos momentos. ¿En verdad quieren estar en mi lado malo? Y, por consiguiente, ¿en el suyo?
El rostro de Lyons se había enrojecido del coraje, incluso más de lo que ya estaba hasta ese punto. Y aun así, su boca no dijo nada. Por qué claro, ¿qué podía decir? Sabía que ella tenía razón. En esos momentos, si querían seguir teniendo bajo control al muchacho… ella era su mejor opción.
—Yo pienso que no hay ningún problema con eso —añadió Paul de pronto con ligereza—. Haría las cosas más claras, ¿no te parece?
Y volvió a terminar su comentario con otra de sus malditas sonrisas. Por supuesto que estaba de acuerdo con ella; era claro qué bando había tomado en eso desde el inicio.
Antes de que Lyons pudiera decir algo más, escucharon como alguien llamaba a la puerta de la oficina, rompiendo de cierta forma el aire tenso que los había asfixiado. Ann colocó de nuevo la bocina del teléfono en su lugar y entonces pronunció con tono prudente:
—Adelante.
La puerta de la oficina se abrió, y del otro lado surgió el rostro alargado y de anteojos cuadrados de Tom, asistente personal de Ann y que acababa al parecer de obtener su respectivo ascenso a asistente de director ejecutivo.
—Lo siento, Sra. Thorn —se disculpó el hombre joven, acomodándose sus anteojos. Debajo de su brazo traía una pequeña tableta digital—. Su cita de las tres está aquí.
—Por supuesto —asintió Ann, y comenzó a caminar rodeando el escritorio. Sus tacones altos resonaban contra el fino suelo de madera debajo de ellos—. Si me disculpan, caballeros. Pero incluso en su primer día, la nueva Directora Ejecutiva tiene una agenda ocupada.
Paul se puso de pie en cuanto ella se retiraba como gesto de respeto. Lyons, por su parte, ni siquiera la miró.
—Tom, el Sr. Lyons ya se iba —le informó a su asistente al pasar a su lado—. Que lo acompañen a la puerta, por favor. Es un poco mayor, y no queremos que se confunda y se pierda.
El tono con el que lo había dicho era por completo de provocación, y eso no hizo más que hervir aún más la sangre de su receptor.
—Yo salgo solo, gracias —respondió secamente, saliendo de la oficina detrás de ellos, aunque tomando una dirección totalmente diferente.
El enojo de Lyons, o lo que le fuera a decir a Adrián como puchero en cuanto saliera de ahí, le preocupaban muy poco a Ann. De hecho, lo disfrutaba bastante.
Mientras caminaba radiante y erguida por las oficinas, sentía las miradas de todos en ella. Para ese momento el comunicado ya se habría hecho oficial entre todos los empleados, y si no el rumor de seguro ya se había esparcido. O, de alguna manera, todos lo sabían con sólo mirarla. Después de todo lo que había hecho, de todo lo que había sacrificado, al fin obtenía su merecida recompensa. Al fin tenía al alcance de su mano todo lo que siempre había deseado.
Bueno, casi todo…
Al pasar frente a su escritorio, una de las secretarias, una veinteañera de anteojos y cabellos despeinados, cortó de tajo la llamada que estaba atendiendo y se paró rápido de la silla para alcanzarla.
—Sra. Thorn —pronunció fuerte para llamar su atención—. Buenas tardes.
—Buenas tardes, Melinda —respondió Ann sin voltear a verla, y sin aminorar su paso. La joven se esforzó por caminar a su lado al mismo ritmo.
—Es Melissa… pero no importa. Quería felicitarla por su nombramiento, y decirle que es una verdadera inspiración.
—Muchas gracias, querida —murmuró la nueva directora ejecutiva, mirándola y sonriéndole con gentileza por sólo un par de segundos—. Espero estar a la altura de esa inspiración.
—Lo estará, yo sé que sí.
—Gracias por tus palabras.
Y dicho eso, Ann y su asistente Tom se apresuraron aún más hacia el elevador. Melissa por mero reflejo se giró con la intención de volver a su escritorio, pero se detuvo al instante.
—¡Ah! —exclamó alarmada, virándose de regreso a la mujer y apresurándose para alcanzarla de nuevo—. Lo siento, soy una tonta despistada. Eso no era todo lo que quería decirle. Hay una mujer en la sala de espera que la busca.
—¿Tiene cita? —preguntó Ann con cierto desinterés, mirando a su asistente.
—No lo creo, madame —le respondió Tom rápidamente, revisando en su tableta—. No me parece.
—Entonces que haga una cita y vuelva otro día, Melinda. No puedo atender a nadie así como así, en especial ahora que tengo tantos pendientes por resolver.
—Lo sé y se lo dije —se excusó la joven secretaria, agachando la cabeza—. Pero ella insistió en que definitivamente usted la atendería, incluso sin cita.
—¿En serio? Cuánta confianza —masculló Ann con ironía, estando ya los tres frente a los elevadores—. Llama al ascensor, Tom —le indicó a su asistente, y éste se apresuró a obedecer. Sólo hasta entonces la directora ejecutiva se tomó un momento para detenerse y mirar directamente a la chica que la había estado siguiendo todo ese rato—. ¿Quién es y qué asunto tiene conmigo?
—Su asunto no lo dijo claramente, sólo que era algo personal. Es una mujer italiana, al parecer recién llegada al país, y dice que la refirió con usted una amiga que tienen en común.
—¿Amiga en común? —musitó Ann, aún claramente desinteresada en el tema—. ¿Qué amiga?
Melissa hizo el intento de pronunciarlo de memoria, pero fue evidente tras unos segundos de silencio que el nombre se le había escapado.
—Lo anoté por aquí —indicó presurosa, comenzando a hurgar en los bolsillos de su suéter y pantalón.
Ann no dijo nada, pero aunque su rostro reflejaba calma, por dentro se preguntaba quién había contratado a esa chiquilla tan inútil que la molestaba con una pequeñez como esa, justo ese día tan importante. Diría que quizás estaba ahí únicamente porqué se acostaba con Bill Atherton, o incluso con Richard, sino fuera porque los dos eran un par de viejos puritanos demasiado aburridos como para que ese fuera el caso. Como fuera, con ella al mando, no le quedaba mucho tiempo a Melissa, Melinda o como se llamara por ahí, por más que intentará besarle el trasero.
Las puertas del ascensor se abrieron en ese momento, así que el tiempo de Melissa se había acabado. Ann y Tom avanzaron hacia el interior con completa calma
—¡Espere! —exclamó la secretaria con fuerza, teniendo en su mano ya el post-it amarillo en donde había anotado la información—. Ah, Martina Ricci, ese es el nombre de la persona que mencionó.
Un segundo antes de que las puertas del elevador se cerraran por completo, Ann alargó pronta su brazo hacia el tablero, presionando el botón para que las puertas se abrieran de nuevo. Y cuando estuvo otra vez a la vista de la secretaria, el semblante de Ann había cambiado por completo. El seguro, calmado e indiferente de hace unos segundos se había borrado casi por completo, y en su lugar ahora sólo se le veía confusión y sorpresa. Y aun así, estaba usando todo su entrenamiento para que su reacción no mostrará por completo todo lo que le cruzaba por la mente en esos momentos.
—¿Martina Ricci? —pronunció con voz cauta, saliendo lentamente del elevador, aunque manteniendo un brazo adentro para que éste no se fuera todavía—. ¿Dijo que la refirió conmigo Martina Ricci?
—Sí, eso dijo —asintió Melissa rápidamente.
Ann se tomó unos segundos de reflexión para intentar entender qué es lo que eso podría significar. Aquel era un nombre que no había escuchado en mucho, mucho tiempo, pero que recordaba muy bien. Pero el único que lo conocía además de ella, o más bien que sabía qué relación guardaba con dicho nombre, era Lyons o alguno de sus subordinados directos. Y considerando que lo acababa de ver, dudaba que tuviera que ver con él. ¿Una coincidencia, entonces?, difícil de creer.
—¿Sra. Thorn? —le preguntó Tom desde el interior del ascensor, aun aguardando por ella para ir a su reunión. Aunque claro, en ese momento la mente de Ann estaba muy lejos de esa sala de juntas a la que se dirigían.
—¿Cómo se llama esa mujer? —le cuestionó a Melissa, sonando incluso un poco agresiva al hacerlo.
Nerviosa, la joven secretaria volvió a revisar el post-it en sus dedos. Por suerte también había anotado el nombre la persona.
—Se presentó como Gema Calabresi.
De nuevo, Ann fue capaz de contener la mayor parte de su reacción, pero no ocultó del todo el marcado asombro reflejado en sus ojos. El apellido Calabresi no le decía gran cosa, pero el nombre de Gema era todo lo contrario.
Decidida en lo que sería su siguiente paso de acción, salió por completo del elevador para permitir que éste se cerrara.
—Tom, pídele a Paul que te acompañe a atender a la gente de Winston Motors, ¿quieres? —le indicó con seriedad a su asistente—. Y cancela mis siguientes dos citas, por favor. Gracias.
El joven asistente se quedó en blanco ante el repentino cambio de planes.
—¡Espere…! —intentó decirle algo, pero las puertas se cerraron al instante, dejando sus palabras en el aire.
No era justo para Tom ponerlo en esa situación, pero de momento le importaba un comino. Sería una buena forma de demostrar si tenía lo que se necesitaba para ser asistente de una directora ejecutiva. De momento le interesaba por completo otra cosa.
—¿Dónde está esa mujer?
Melissa la guio hacia la sala de espera en ese piso. Había unas cuatro personas sentadas esperando que los dejaran pasar a su respectiva cita. Pero de todas, una llamó la atención de Ann, aunque desde su perspectiva no le veía el rostro; sólo el amplio sombrero que le cubría la cabeza, a pesar de ya estar adentro, y unos cuantos de sus rizos rubios que se asomaban debajo de éste, cubriéndole la nuca.
Sin ningún motivo que resultara lógico a simple vista, supo que esa era la persona.
—Eso es todo, Melinda —le indicó secamente a la secretaria, indicándole con cierta sutileza que se retirara.
—Sí, con su permiso —asintió ésta a su vez, y sin demora se apresuró a alejarse, quizás agradeciéndolo de cierta forma.
Ann contempló en la distancia aquel sombrero blanco por unos instantes. Con sus dedos retiró un mechón de su frente y se aproximó con paso seguro a la sala de espera.
—¿Señorita Calabresi? —pronunció en alto, de pie atrás de su asiento.
La mujer del sombrero se sobresaltó, se paró de su silla y se giró hacia ella, bajando un poco los anteojos oscuros que portaba (también a pesar de estar adentro), para echarle una rápida mirada con sus profundos ojos azules.
—Esa soy yo —exclamó aquella mujer con una amplia y reluciente sonrisa, con unos labios pintados de un rojo intenso… bastante similar al que Ann usaba ese día.
Ann nunca la vio sin su velo, pero el rostro era justo el mismo que ella recordaba. Claro, con sus respectivos años encima, pero en general todo era lo mismo… y a la vez era totalmente diferente. Su cabello rubio un poco rizado caía libre sobre sus hombros, brillante y sedoso. No usaba el atuendo de monja, por supuesto, sino en su lugar un traje estilo ejecutivo con falda entubada, de un color blanco tan pulcro que parecía irreal. Al juego traía igualmente unos tacones blancos, altos aunque lo suficiente para seguir viéndose profesionales.
—Un gusto, signora —pronunció la mujer de blanco con un perfecto y fluido italiano, rodeando el sillón para aproximarse a ella y poder extenderle de frente su mano como saludo—. Gema Calabresi, piacere di conoscerti.
—Ann Thorn, Il piacere è tutto mio —le respondió a su vez, estrechando su mano e igualmente respondiéndole en italiano—. Me dicen que viene de parte de… ¿Martina Ricci?
—Sí, de la buena, buena Martina —suspiró con voz melancólica—. La conocí hace algunos años en Marsala. ¿Ha estado en Marsala, signora Thorn?
La sonrisa pícara que adornaba sus labios dejaba claro que sabía la respuesta a esa pregunta.
—¿Por qué no hablamos en mi oficina? —indicó Ann a continuación, extendiendo su mano en dirección al lugar propuesto—. Creo que sería mucho más cómodo.
—Come desidera. La sigo.
Ambas mujeres se dirigieron en absoluto silencio al que sería el nuevo despacho de Ann. La extraña mujer cubierta de un blanco reluciente llamó bastante la atención de muchos mientras avanzaba detrás de la nueva Directora Ejecutiva; en especial por su sombrero, y ese marcado contoneo de caderas que la acompañaba a cada paso.
Sólo hasta que estuvieron solas y con la puerta cerrada, la invitada se tomó la libertad de quitarse su sombrero y lentes oscuros, para después echarle un vistazo rápido a todo aquel espacio.
—Qué bonita oficina —exclamó con moderado júbilo—. Pero la decoración de seguro es aún la de tu difunto esposo, ¿no? Todavía huele a hombre blanco, viejo y rico.
—Fui nombrada directora apenas hace unas horas —le indicó Ann, aproximándose al escritorio—. Aún no busco un decorador.
Ann tomó asiento de regreso en su silla, la misma en la que unos minutos atrás estaba sentada mientras hablaba con Lyons y Paul. La mujer de blanco se aproximó también, tomando asiento en una de las sillas para visitantes.
—Estás tan diferente, Martina —indicó con tono juguetón—. Por poco y no te reconozco.
—Ni yo a ti, Gema —le respondió Ann, moderando como siempre su reacción—. No es precisamente el atuendo que esperaría ver en una monja.
—Esa vida ya quedó atrás —pronunció la mujer de blanco, como si aquello fuera en realidad un mal chiste—. Muy atrás.
—Me lo imaginé. Hace unos años fui a Santa Engracia, y ya no te encontré. Y de hecho, casi nadie te recordaba.
—Supongo que no soy alguien que deja una gran impresión en las personas. Salvo en ti, Martina.
Ann no lo describiría de esa forma, pero ciertamente había llegado a pensar en ella en un par de ocasiones en ese tiempo. O al menos en la persona que era en aquel entonces, pues la que estaba sentada frente a ella le resultaba una totalmente diferente. Aunque claro, como ella bien había indicado, Ann Thorn y la chiquilla temblorosa que había llegado a aquel hospital religioso bajo el nombre de “Martina Ricci” eran dos personas muy distintas.
—¿Qué quieres, Gema? —inquirió sin más rodeos—. ¿Y cómo es que me encontraste?
—No fue difícil —respondió la ex monja, encogiéndose de hombros—. Siempre supe quién eras en realidad; desde la primera vez que nos vimos.
—Por supuesto —masculló Ann, soltando una pequeña risa irónica justo después—. Eso tiene bastante sentido. Trabajabas para Lyons en aquel entonces, ¿cierto?
—¿John Lyons? —murmuró Gema con confusión, arrugando un poco su entrecejo. No cómo si el nombre no le resultara conocido, sino más bien como si no entendiera por qué lo sacaba a colación en ese momento—. No, claro que no. Mi lealtad está en otro lado, aunque no muy lejos.
Ann no sabía decir de momento si lo que decía era cierto o no. Pero cualquiera de las opciones que fuera, tendría que irse con cuidado. Ann sabía que Richard guardaba un arma para protección en el segundo cajón del lado izquierdo del escritorio. Estaba bajo llave, pera ella la tenía justo en el bolsillo de su saco. Así que aquella era una salida rápida, si Gema Calaloquesea se pasaba de lista. Sería un dolor de cabeza intentar explicar porque le había disparado, así que esperaba realmente no tener que llegar a eso.
—¿Y a qué viniste entonces? —le cuestionó, ya dejando de lado la cortesía fingida—. ¿A chantajearme? ¿A sacarme dinero? ¿Lyons quiere amenazarme con esto para que no tome la dirección de Thorn Industries o mi corona?
—¿Por qué haría tal cosa? ¿Por lo de tu hija? Creo que la persona a la que más le interesaría saber al respecto es el antiguo dueño de esta oficina, y él ya no está disponible; ¿no? Y no sabía lo de tu corona. Felicidades; nadie se lo merece más que tú.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres?
—¡Relájate, Martina! —exclamó Gema con ímpetu, soltando una aguda carcajada—. Mírate, pareciera que estuvieras intentando decidir en donde meterme la bala.
Aquel comentario desconcertó un poco a Ann, pero lo disimuló bastante bien. ¿Lo decía sólo al azar o sabía lo del arma?
Ignorando de momento aquello, Gema tomó su sobrero y lo volteó para poder hurgar con sus dedos en su interior, buscando algo entre los pliegues de la tela.
—No vengo a nada malo como eso —declaró con bastante calma—. De hecho, todo lo contrario. Sé por qué fuiste a Santa Engracia en aquel entonces, y sé que no obtuviste lo que querías, a pesar de lo mucho que… presionaste. Así que ahora que las cosas están un poco más despejadas, vine a entregarte justo lo que tanto estabas buscando.
La respiración de Ann se cortó de golpe. Sin que ella se diera cuenta, poco a poco había sido arrastrada por las palabras de aquella mujer, casi perdiéndose en ellas.
—¿Qué? —murmuró despacio—. ¿Qué cosa…?
—No qué, sino quién —señaló Gema, sacando en ese momento al igual que un mago algo de su sombrero, para luego colocarlo sobre el escritorio, justo delante de Ann—. Quiero presentarte a Verónica. Verónica Selvaggio, por el apellido de su familia adoptiva.
Ann no pudo mantener más su máscara de hierro. Su emoción fue palpable en sus ojos cuando vio aquella pequeña fotografía, de una niña de catorce, de rostro afilado, nariz ligeramente sobresaliente, cabello rubio largo y lacio, y unos ojos azules pensativos, además de una media sonrisa. Tenía un poco de acné en la frente, y en general no era precisamente una chica muy atractiva. Pero, ya fuera por sus ojos, sus pómulos, o sus labios… algo en ella le recordó de golpe a sí misma, un poco menor, mucho antes de ser la mujer que era ahora. Y también de cierta forma, le recordaba a él…
—¿Verónica? —susurró despacio mientras tomaba la fotografía para poder verla de más cerca—. ¿Ella es…?
—Tu hija —se apresuró a completar Gema—. La que te arrebataron aquel horrible día. Es una niña muy inteligente y bien portada. Su familia la trata bien, y no le ha faltado nada. Pero… desde siempre ha sentido que no encaja con ellos; ni un poco. Yo he estado cerca de ella durante estos últimos años. La he cuidado, le he enseñado, y le he hablado de ti.
—¿Sabe de mí? —inquirió Ann, con una combinación por igual de emoción y preocupación.
—Lo suficiente. Ha esperado muy paciente el momento de poder conocerte en persona. Y entiendo que con tu posición actual, ya no habría nadie que pudiera negarse a que lo hicieras. ¿O sí?
Ann contempló una vez la fotografía. Sí, ahora las cosas serían diferentes. Ya no sería sólo una discípula menor teniendo que obedecer las órdenes de todos, temerosa de que se le reprenda. Ahora tendría una de las Diez Coronas; sería una Apóstol de la Bestia, tanto como Lyons, Paul o el propio Adrián. Si quisiera, podría traerla con ella, como le prometió aquel día hace catorce años.
Pero, ¿era eso verdad? ¿Era esa niña el bebé que le quitaron de sus brazos aquel día? ¿Era su hija y la de Adrián? Algo en su interior le decía que sí, pero podría estar sólo siendo influenciada por sus emociones. Y hacer justo lo contrario fue una de las primeras y más severas lecciones que Agatha Baylock le había enseñado.
—¿Por qué haces esto? —cuestionó tajante, colocando la foto de nuevo sobre el escritorio—. ¿Qué quieres de mí en realidad?
—Cuánta desconfianza —masculló Gema con sarcasmo. Cruzó entonces sus piernas y apoyó por completo su espalda contra el respaldo de su silla—. Creí que éramos amigas, Martina. Pero, si te resulta más creíble, la verdad es que no lo hago por ti, sino por ella. Esa niña debe estar aquí… con su verdadera familia.
Y terminó su comentario con una amplia sonrisa que a Ann le resultó un tanto… incómoda.
A pesar de sus dudas iniciales, el reencuentro madre e hija se llevaría a cabo no mucho después de ese momento. Y Verónica, por primera vez en su vida, se sentiría en casa…
* * * *
Similar a como le había ocurrido a Carl y Frederic, el vehículo que transportaba a Andy terminó atorado en el tráfico, así que no le fue posible acercarse mucho al lugar de los hechos. Por suerte en su caso esto ocurrió relativamente cerca, o al menos lo suficiente para que la impaciencia de Adrián lo llevara a bajarse por su cuenta del vehículo y correr lo último que quedaba de distancia por su cuenta. Ni siquiera pensó de momento en la maleta aún en la cajuela del vehículo, pero ya se preocuparía por eso después.
En el camino había estado revisando las noticias en su teléfono, y no había tardado mucho en encontrar una que hablara sobre la misteriosa explosión en el último piso del edificio Monarch. Y supo de inmediato que de “misterioso” aquello no tenía nada en realidad.
Al llegar, se sintió abrumado por toda la confusión reinante. Había menos gente de fisgona que esa tarde, pero había más patrullas, ambulancias, camiones de bomberos, y camionetas de reporteros. En la cima del edificio las llamaradas del incendio brillaban intensamente en la noche, y parecía estarse propagando. Los bomberos de seguro aún no lograban llegar hasta ahí.
Intentó acercarse lo suficiente para ver si lograba al menos ver algo o a alguien. Quizás, con algo de suerte, a Damien o a alguno de sus guardaespaldas siendo atendido por los paramédico, o quizás respondiendo las preguntas de los policías. Había mucha gente, en su mayoría residentes y trabajadores del edificio. Sin embargo, ninguna de las personas que buscaba… salvo una.
Tras unos infructíferos minutos, no muy lejos de dónde él estaba parado vio a unos paramédicos empujando una camilla con apuro hacia una de las ambulancias. En ésta transportaban a alguien; una chica joven de desalineados cabellos rubios, a la que habían conectado a un suero en su brazo, y colocado una mascarilla con oxígeno en su rostro.
—Verónica —pronunció en voz baja, y de inmediato se apresuró a intentar pasar la línea policiaca.
—No puede pasar… —le intentó detener uno de los oficiales, pero en esa ocasión Adrián no tenía humor (ni tiempo) para sutilezas como la de esa tarde.
—Hazte a un lado —exclamó con severidad, presionando una mano contra el pecho del oficial. Éste, con sus ojos desorbitados y confundidos, simplemente retrocedió tambaleándose con rapidez, hasta quedar prácticamente recostado de espadas contra el cofre de una de las patrullas.
Con el camino libre, se acercó rápidamente hacia la camilla, y con algo de agresividad la tomó para detener su avance, ante las miradas confundidas de los paramédicos.
—Verónica —pronunció despacio, inclinándose sobre la joven en la camilla. Ésta abrió débilmente sus parpados, apenas dejando lo mínimo visibles sus ojos claros y nebulosos
—Sr. Woodhouse… —pronunció despacio a través de la mascarilla de oxígeno.
—Señor, tenemos que irnos —le indicó uno de los paramédicos, intentando hacerlo a un lado. Adrián, sin embargo, apartó sus manos de él con algo de brusquedad.
—Necesito hablar con ella —pronunció de inmediato algo tajante. No parecía en lo absoluto ser un comentario al aire, mucho menos una petición: era una orden.
—Por favor, su estado es muy delicado —añadió otro de los paramédicos, una mujer de cabellos oscuros—. Tenemos que llevarla al hospital cuánto antes… Un momento, ¿usted no es…?
—¡Déjenos solos sólo un minuto! —pronunció alzando la voz.
Los tres paramédicos se sobresaltaron, como si una descarga de electricidad les recorriera el cuerpo entero. Y sin decir nada, ni mirarse entre ellos, los tres comenzaron a caminar en sincronía, alejándose de la camilla.
Una vez que los dejaron solos, volvió a inclinarse sobre Verónica, acercando su rostro al suyo para poder hablarle en voz baja, pero que aun así sus palabras le llegaran con claridad.
—Verónica, ¿dónde está Damien?
La joven intentó hablar, pero su falta de aire provocó que sus palabras salieran de su boca como simples quejidos dolorosos. Respiró lentamente, intentando recobrar el aliento lo suficiente para poder hablar. Adrián la observaba con impaciencia, resistiéndose el deseo de gritare que dijera algo de una maldita vez.
—Se lo llevaron, Sr. Woodhouse… —logró mascullar al fin, dejándolo helado—. Unos hombres armados… en helicópteros… No pude hacer nada…
Verónica alzó su mano con debilidad hacia él, colocándola contra su brazo derecho. Sus dedos intentaron cerrarse y tomar la tela de su saco, pero no logró siquiera curvearlos un poco.
—Tiene que salvarlo, Sr. Woodhouse… —musitó con apenas un hilo perceptible de voz—. Por favor… sálvelo…
Adrián la contempló en silencio unos segundos. Necesitaba saber más sobre lo que había ocurrido allá arriba, pero era obvio que sería incapaz de sacarle algo más. Al menos de momento ya podía deducir suficiente de lo poco que le había dicho.
El DIC se había llevado a su Anticristo bajo sus narices, y no fueron capaces de hacer absolutamente nada para protegerlo. Y lo peor era que esos idiotas no tenían ni idea de a quién se habían llevado con ellos, ni en qué enorme problema se acababan de meter.
—Lo haré, estate tranquila —le respondió a Verónica con voz cauta, tomando su mano para retirarla de su brazo y posarla con cuidado en el regazo de la joven.
Debería quizás sentir algún tipo de preocupación por ver a su supuesta hija en ese estado. Querer incluso venganza contra cualquiera que le hubiera provocado ese mal, como lo haría si alguien lastimara a su madre o a Sebastián. Pero no era así. De hecho, salvo por el hecho de que necesitaba hacerle más preguntas cuando estuviera recuperada, llegó a pensar incluso que si se muriera de una vez le haría la vida mucho más sencilla.
Ann de seguro lo castraría si supiera que dicho pensamiento le había siquiera cruzado por la cabeza. Y más que preocupación, aquella idea le provocó algo de gracia.
Se alejó entonces de la camilla, dirigiéndose hacia los paramédicos.
—Llévensela ya —les indicó con cierto desinterés, pasándolos de largo. Los tres parecieron despertar de golpe del extraño trance en el que se habían sumido, y de inmediato se dirigieron a la camilla de Verónica para seguir con su labor. Todo como si aquel extraño individuo, tan parecido al famoso Andy Woohouse, no hubiera estado ahí en realidad.
Adrián cruzó de regreso la línea policíaca y se alejó de la multitud por la acera. Cuando la conmoción de los policías, reporteros y bomberos quedó lo suficientemente atrás, sacó su teléfono y comenzó rápidamente a regresarle la llamada a Lyons. Éste debería estar muriéndose de la angustia luego de haberle colgado de esa forma, preguntándose qué estaba pensando. Adrián en efecto estaba molesto porque no hubiera podido evitar esa situación a tiempo, pero de momento eso no era lo que le importaba.
—Adrián… —respondió Lyons al otro lado de la línea con cautela.
—Lo tienen —pronunció el Apóstol Supremo sin menor rodeo—. Ellos lo tienen.
—No puede ser —exclamó Lyons, lleno de frustración, y por supuesto de miedo.
—Necesito que averigües de inmediato a dónde lo llevaron. No importa a quién tengas que sobornar, amenazar o asesinar: necesitamos saberlo, ¡ahora! Y reúne a todos los Apóstoles como habíamos acordado. Esto es guerra, John. ¿Me oyes?
Lyons no estaba en posición de expresar alguna objeción a sus indicaciones. Lo que pasaría a continuación resultaba a simplemente vista inevitable.
— — — —
Jaime se debatía de nuevo entre la consciencia y la inconsciencia. Su mirada borrosa estaba fija en el techo de la ambulancia, que parecía mecerse sobre él de un lado a otro, como si el vehículo entero estuviera siendo movido por el viento. Sentía su cuerpo muy ligero, casi como si flotara en el agua. Ya no había dolor, de seguro gracias a las drogas que le habían inyectado, y eso era bueno.
En verdad esperaba que sus palabras le hubieran llegado a Frederic, y que éste decidiera tomarlas en serio; Dios sabía que él mismo quizás no lo haría en su lugar.
Dios… era un momento bastante interesante para pensar en Él. Quizás nunca en su vida hasta ese momento había necesitado sentirlo con él, o escuchar su voz clara para decirle que todo estaría bien, y que había hecho un buen trabajo. Pero en su lugar, se sentía abrumadoramente solo en aquel espacio cerrado. Como si el mundo entero lo hubiera hecho a un lado, escondiéndolo, indicándole de cierta forma que ya no era necesario. Aquello le causaba por igual desconsuelo, aunque también un poco de paz.
«Cumplí con mi deber» se dijo a sí mismo. «Ahora puedo aceptar lo que sea que tenga que pasar a continuación…»
Las puertas de la ambulancia se abrieron en ese momento, haciéndolo salir sólo un poco de su aletargamiento, aunque no lo suficiente para voltear a ver en esa dirección.
—Arriba —escuchó pronunciar al paramédico Miguel, y luego escuchó un poco de ajetreo.
Incluso en su casi inconsciencia, fue capaz de percibir como subían otra camilla más y la colocaban justo a su lado. Alguien venía en ésta; otra persona herida, de seguro. ¿Sería aquella mujer? ¿Habían logrado sacarla de ahí? Jaime quería en serio voltearse hacia un lado para verificarlo, pero su cuerpo simplemente no le respondió.
—No se preocupen, enseguida nos iremos —indicó de nuevo la voz de Miguel. Jaime sólo movió levemente su cabeza, apenas logrando un atavismo de asentimiento.
Los paramédicos bajaron del vehículo, dejándolo de nuevo solo. Bueno, no solo en realidad, pues ahora tenía un compañero de viaje ahí con él, quien quiera que fuera.
Necesitaba descansar, así que al fin se permitió cerrar los ojos lentamente, relajar el cuerpo, y dejarse llevar por el tan anhelado sueño. Esperaba que al abrir los ojos de nuevo, todo estuviera bien. Quizás lo haría en una habitación de hospital, y Frederic, Karina o Carl estarían a su lado. De seguro estarían jubilosos de verlo bien, aunque Frederic igualmente lo reprendería por haber sido tan imprudente. Tendría que confesarle todo acerca de por qué había ido a ese sitio. Y eso incluía, por supuesto, una incómoda y complicada conversación sobre eso que había estado viendo; sobre el extraño ser con la forma de…
—Hola, guapo —escuchó de pronto que esas dos palabras eran pronunciadas con asombrosa claridad, justo a su lado, abriéndose paso entre el inminente sueño como una bala, hasta impactarlo de frente en su cabeza.
Jaime abrió abruptamente sus ojos, y forzando de forma casi sobrehumana a su cuello a moverse para virarse a su lado. En el espacio cerrado de aquella ambulancia, no había rastro aparente de aquel ser de vestido blanco. Sólo estaban él, y la muchacha de la otra camilla… que lo miraba de regreso desde su lecho.
El padre español la reconoció de inmediato. Era la misma joven a la que había obligado a punta de pistola a que lo llevara hacia el pent-house. Pero… había algo diferente. Lo sintió al percibir la mirada en sus ojos, y en espacial cuando con una mano se retiró la mascarilla para oxígeno de su rostro, dejando a la vista la amplia y torcida sonrisa que le recorría el rostro.
—¿Qué sucede? —le murmuró aquella chica con tono burlón—. Parece que viste un fantasma…
Esa mirada, esa sonrisa, esa manera de hablar…
Jaime no podía creerlo, aunque en realidad no había ni una pizca de su ser que tuviera duda al respecto.
—¿Ge… ma…? —murmuró despacio con voz débil y cansada.
—Ahora me llamo… Verónica… —le respondió la joven de la otra camilla, guiñándole un ojo de forma coqueta justo después.
* * * *
Hace unos minutos…
Verónica no entendía lo que veía. Estando ahí tirada, rodeada de esos escombros, el agua y el fuego, y sumida en la completa soledad, aquella imagen de su antigua amiga y mentora Gema Calabresi se aparecía ante ella. ¿Era acaso una alucinación provocada por la pérdida de sangre?, ¿un sueño quizás? Si era alguna de las dos, no recordaba haber tenido uno tan nítido y claro.
Esa Gema, o lo que fuera, tenía la misma apariencia exacta de la última vez que la vio; incluso el mismo vestido blanco e impecable, y esa misma sonrisa burlona que te hacía pensar que siempre sabía algo que tú no.
—¿Cómo es posible…? —murmuró azorada la joven italiana, apenas logrando que su voz fuera oída—. Tú estás…
—¿Muerta? —comentó aquella imagen de Gema con tono irónico—. Pues no estamos tan alejadas una de la otra en estos momentos, linda.
Aquella lúgubre declaración dejó a Verónica atónita. ¿De eso se trataba? ¿Se presentaba ante ella de esta forma porqué estaba… muriendo? ¿Era este tipo de experiencias que la gente describía cuando estaba cerca de la muerte…?
—No, no… —repitió Verónica rápidamente. Comenzó de nuevo a sollozar, pero con más fuerza, con más desesperación—. Yo no quiero… no quiero morir así… Esto no debería de terminar así…
—Pero parece que así será —murmuró Gema con tranquilidad, incluso encogiéndose de hombros.
—¡No! —espetó Verónica con fuerza, llegando incluso a golpear el suelo con una mano, salpicando en el agua encharcada debajo de ella—. ¡Tú me prometiste que llegado el momento cumpliría… un gran destino!, ¡algo para lo que sólo yo nací…!
—¿Eso dije? —murmuró aquel espectro con voz risueña, mirando hacia otro lado de forma disimulada.
¿Se estaba burlando de ella? ¿Le divertía acaso verla en ese estado? Gema Calabresi siempre fue una mujer extraña, pero siempre creyó que al menos se preocupaba por ella. Gracias a ella había descubierto la verdad sobre quién era, y sobre su verdadera madre. Ella había arreglado que la conociera, había hecho que se involucrara con Damien, con la Hermandad, y con toda esa locura. Si estaba en ese momento y lugar, y en ese estado… era todo por ella y sus promesas.
—Por favor… ayúdame… —exclamó suplicante entre sollozos, alzando una mano hacia ella. Quería alcanzarla, pero su vista se nubló y le parecía como si estuviera demasiado lejos—. Ayúdame, Gema… por favor…
La imagen de aquella mujer se viró de nuevo hacia ella lentamente. Por primera vez ya no sonreía, y en sus ojos se percibía una inusual y casi agresiva frialdad. Se aproximó entonces más hacia ella, inclinando un poco el cuerpo sobre la joven italiana. Su rostro quedó suspendido a escasos centímetros del suyo.
—¿En verdad quieres vivir? —le susurró lento con voz grave—. ¿En verdad lo deseas con ímpetu?
—Sí… —respondió Verónica rápidamente, asintiendo—. Sí lo deseo… por favor… por favor…
Gema volvió a sonreír en ese momento, pero no fue para nada parecida a la anterior. Sus labios se estiraron hacia los lados, incluso más allá de su rostro, dibujando una mueca grande y amplia que parecía más propia de una grotesca caricatura que una sonrisa humana. Sus ojos a su vez se abrieron grandes y desorbitados, tornándose enrojecidos, con sus pupilas contraídas.
Verónica se hizo instintivamente hacia atrás, y sintió como un tremendo miedo le recorría el cuerpo entero, paralizándola incluso más que el dolor o la debilidad.
De un parpadeo a otro, aquel ser se movió de estar de rodillas a su lado, a colocarse justo sobre ella. Verónica sintió el peso entero de su cuerpo presionándole el vientre, y provocando un fuerte respingo de dolor por su herida de bala. Soltó un fuerte alarido al aire, y desvió su rostro hacia un lado. Pero sintió al instante como las manos de Gema la tomaban con fuerza y la obligaban a girarse de nuevo hacia ella. Pero ahora sus dedos eran alargados, y sus uñas puntiagudas le lastimaban el rostro.
¿Cómo era posible que pudiera sentir todo eso tan vívidamente? ¿Acaso eso era real? ¿Ella realmente estaba ahí?
—Entonces, recuerda lo que te dije hace mucho, linda —pronunció Gema despacio, inclinando su cuerpo entero hacia ella mientras la sujetaba firmemente de rostro. Su voz sonaba extraña, con un eco como si varias personas hablaran al mismo tiempo—. No lo has olvidado, ¿o sí? Te dije que para nosotras todo se puede ser realidad… si lo deseas con la suficiente fuerza… Así que hazlo, ¡desea vivir! ¡Deséalo con todas tus fuerzas! Y yo haré realidad… el deseo de ambas…
Verónica notó que su vista comenzaba a fallar, y el rostro del ser ante ella comenzaba a deformarse, a estirarse hacia los lados como una caricaturesca pintura abstracta. Estaba tan confundida y asustada. No entendía si todo eso era real o sólo una mala jugada de su mente. Aun así, hizo justo lo que esa Gema le dijo: deseó con todas sus fuerzas vivir, salir de eso para poder cumplir el añorado destino que se le había prometido desde que era una niña. Lo deseó tan, pero tan fuerte que en efecto se le concedió.
Aunque… no cómo ella esperaba…
* * * *
Y ahora, los ojos que miraban a Jaime eran los de Verónica. Los labios que le sonreían eran los de Verónica. Y la voz que le hablaba sí, también era la de Verónica. Pero ya no era la misma chica que él había conocido y apuntado con su arma. Ni siquiera era la jovencita que Ann Thorn había visto por primera vez hace cinco años a través de una foto, ni tampoco la que había acompañado a Damien en su estancia en Los Ángeles. Ahora se había convertido en alguien diferente; en algo diferente…
—Gracias por tu ayuda, Jaime —pronunció con tono jovial—. No podría haber logrado esto sin ti.
—¿Qué…? —masculló el sacerdote español totalmente confundido.
Verónica dejó salir entonces una aguda y sonora risa burlona. Jaime comenzaba a sentir que su respiración se agitaba, y su corazón le golpeaba con fuerza en el pecho, presa del horror.
—Mírate, tan confundido y asustado —señaló Verónica con ironía—. Tantos años y sigues siendo el mismo y predecible… imbécil. Hiciste justo lo que esperaba que hicieras. Aunque no fue muy difícil; sólo tuve que avivar el fuego de tu arrepentimiento, ese que no has podido apagar con tanto alcohol. Sabía que en cuanto vieras a tu adorable Gema, vendrías corriendo dejando de lado toda tu lógica y deber.
—¿Por qué…?
—¿Por qué? —pronunció Verónica, volviendo a reír un poco—. ¿No es obvio? Querías una prueba irrefutable de que Damien era a quién buscaban, ¿no? Pues te la di. De nada…
Jaime se quedó sin aliento al escucharla decir eso. La Marca de la Bestia… ¿Ella quería que la viera? ¿Quería que fuera testigo de todo lo que pasó en aquel sitio? ¿Quería que lo reportara?
Su cabeza comenzó a dar vueltas. Inconscientemente intentó ponerse de pie, pero seguía sujeto a la camilla con las correas. Además, la debilidad y el efecto de las drogas apenas le permitían moverse lo mínimo.
—Y Adrián —murmuró Verónica justo después mirando hacia las puertas de la ambulancia, como si aún fuera capaz de ver al Sr. Woodhouse. No estaba a la vista, aunque sabía que no se encontraba demasiado lejos—. Bueno, ese es otro caso divertido. Él y tú tienen demasiado en común, ¿sabes? Pero ahora, gracias a los dos, todo está caminando justo como debe caminar. Ahora todos nuestros enemigos saldrán a la luz y se revelarán solos. Y, ¿sabes una cosa?
La mano de Verónica se extendió en una fracción de segundos hacia él, apretando su mano entre sus dedos con tanta fuerza que Jaime sintió que sus huesos se comprimían entre sí. Intentó gritar de dolor, pero apenas y logró pronunciar un quejido.
—Los aplastaré a todos y cada uno de ellos —declaró Verónica con voz belicosa y agresiva—. Incluyendo a tu linda y ramera angelita.
Jaime comenzó a sentir una fuerte punzada de dolor en el pecho, como si le acabaran de apuñalar directo y hasta el fondo. Su respiración se cortó, y comenzó rápidamente a asfixiarse. Pero a pesar de todo, tuvo la suficiente claridad mental y fuerza para pronunciar con debilidad:
—Loren…
—Sí, esa misma —rio Verónica de forma mordaz—. Pero no te alteres tanto por eso. Después de todo —sus dedos se apretaron aún más contra su mano—, tú ya no estarás aquí para verlo…
Jaime sintió de inmediato como la poca vida que le quedaba abandonaba su cuerpo. Le fue imposible seguir hablando, seguir respirando, o incluso pensar. De un segundo a otro, todo se fue apagando en su cabeza, hasta que no quedó nada. Y cuando Verónica soltó al fin su mano, su cuerpo se desplomó por completo en la camilla. Sus ojos, aún abiertos y vacíos, contemplaban el techo encima de él. Y una pequeña y última lágrima se resbalaba de su ojo izquierdo por su mejilla.
Verónica se recostó de nuevo cómodamente en su camilla, y se colocó de regreso su mascarilla como si nada hubiera pasado, y cerró después los ojos.
—¡¿Qué pasó?! —escuchó que exclamaba espantado uno de los paramédicos al volver al interior de la ambulancia.
—No sé, entró en shock —comentó uno más.
—No tiene pulso.
—¡Rápido!, ¡el desfibrilador…!
Hubo mucho movimiento y ruido justo después, mientras muy seguramente intentaban regresarle la vida al pobre, pobre sacerdote español. Y aunque Verónica sabía de antemano que resultaría siendo inútil, no les quitaría al menos la oportunidad de intentarlo.
Por su parte, pese a toda la conmoción que ocurría justo ahí a su lado, terminó quedándose dormida con bastante facilidad.
Después de tanto trabajo, podría al fin tomarse un pequeño momento de descanso.
FIN DEL CAPÍTULO 112
Notas del Autor:
No sé qué más decir en este punto. Mejor lo dejaré así, dejando que se digiera todo lo ocurrido y narrado. Como prometí, éste fue un capítulo muy importante para lo que será nuestro siguiente arco. Espero que lo hayan disfrutado, pues esperaba desde hace mucho poder escribirlo. Espero sus comentarios y dudas. Y como siempre, esperen el siguiente capítulo que será en parte algo así como un “epílogo” de este arco que va terminando. Nos leemos pronto.






