La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 13: Hasta luego y en paz
Capítulo 13:
Hasta luego y en paz
Al salir por la puerta principal y encontrarse de frente con la fría noche de Bogotá, Emiliano tuvo un cruel recordatorio de que se había quedado sin chaqueta durante el asalto. Solo la delgada camisa blanca le cubría el cuerpo, y abrazarse a sí mismo no tenía algún efecto particular en amortiguar el malestar.
—¿Ya lo corrieron tan pronto? —escuchó que pronunciaba una voz burlona a su lado, seguida de una risilla desdeñosa.
Emiliano se giró con cuidado, lo suficiente para ver al mismo portero de hace un rato, sentado en un taburete al lado de la puerta, y contemplándolo con una expresión atiba bastante molesta.
—Yo ya sabía que en cuanto don Carlos llegara y lo viera en esas fachas, lo iba a sacar a patadas de su bar —indicó el portero, al que creía recordar Rosario había llamado Lionel.
—Pues felicidades, tenía razón —masculló Emiliano por lo bajo con una sonrisita forzada. No había sido precisamente así, pero como si lo fuera.
Fue muy evidente para él que, entre la repentina llegada de su jefe y la presencia de aquel prepotente hombre trajeado, no le haría ningún bien a Rosario quedarse más tiempo; si acaso, terminaría perjudicándola aún más. Así que lo mejor era que se retirara por las buenas, y ya no causarle más problemas a una persona cuyo único pecado esa noche había sido ayudarle desinteresadamente.
No obstante, no podía sacarse de la cabeza la imagen de aquel sujeto tomándola del brazo de esa forma tan… posesiva, agresiva, prepotente… Ni siquiera sabría qué palabras usar para describirlo. Pero lo que fuera, había disparado en él una reacción inmediata que no fue capaz de controlar. Él no solía reaccionar así; no iba con su carácter. Pero cuando aquel hombre le había cuestionado si acaso pensaba golpearle… ciertamente la idea le había cruzado por la cabeza.
«Este sitio en verdad me está afectando», se dijo a sí mismo al tiempo que se tallaba el rostro, recordando casi al instante sus heridas.
Era mejor que ya no pensara en eso. Aquello no era su problema, y quizás había terminado en realidad perjudicando más a Rosario que ayudándola. Un hombre así podría agarrarla contra ella, y la siguiente vez no estaría para defenderla… o lo que fuera que había intentado hacer allá.
Además, lo mejor era también para él mismo irse de una buena vez, volver a su hotel, lamerse las heridas, como algunos dirían, e intentar que su cabeza no le estallara por todos los problemas que se iban acumulando en su interior. El asalto, la situación en México, su orden de aprehensión, la reciente imposibilidad de poder dejar el país próximamente, provocando que su estadía en Colombia tuviera que prolongarse indefinidamente… Era demasiado. Necesitaba descansar, con urgencia.
Miró a su alrededor, intentando ubicarse, o más bien identificar en qué dirección debería estar su hotel. Recordaba al menos en qué dirección había venido con Rosario, pero no creía que aquella fuera la ruta correcta hacia su destino. Además, ¿qué pretendía? ¿Volver a caminar a solas por las mismas calles oscuras en las que ya lo asaltaron? Ni él podía ser tan descuidado y osado.
Se giró a mirar de reojo al portero Lionel, que se había entretenido, al parecer, leyendo el periódico. Emiliano suspiró con resignación y se dirigió hacia él, forzándose a usar el tono más amable que le era posible emitir en esos momentos.
—Disculpe, ¿sería tan amable de pedirme un taxi?
—¿Un taxi? —exclamó Lionel, casi como si la palabra le resultara desconocida—. ¿Para usted?
—Sí, ¿para quién más? —soltó Emiliano con impaciencia, pero procurando no perder la compostura.
—Nah, ¿y usted de qué me vio cara o qué?
—Pues creo que cara de portero, ¿no? ¿No es parte de sus obligaciones hacerles ese favor a los clientes?
—Sí, a los clientes —recalcó Lionel con tosquedad—. Pero yo no creo que usted sea uno. A ver, enséñeme su ticket de consumo.
—¡Con un…! —exclamó Emiliano, a punto de ahora sí perder la poca compostura que le quedaba, pero logró contenerse a último momento. Con un asalto y una casi pelea por esa noche le bastaba—. Bien, entonces dígame dónde cerca de aquí podría tomar uno. Si es tan amable, por supuesto.
Lionel entrecerró los ojos y se le quedó mirando en silencio, como si sinceramente ponderara entre responder su pregunta o no.
—Pues si camina para allá —le respondió agitando la mano en una dirección—, llega a la avenida y puede que tenga suerte —añadió encogiéndose de hombros.
Emiliano miró en la dirección que le señalaba. Había una avenida, sí, pero como a tres o cuatro cuadras. Y para llegar, tendría que pasar por un tramo bastante pobremente iluminado.
Dejó escapar un largo suspiro agotado.
—Gracias por su gentileza —le indicó como despedida al portero con marcado sarcasmo, justo antes de comenzar a caminar.
—No hay por dónde —le respondió Lionel de un modo similar, volviendo al instante a su periódico.
Resignado y humillado, Emiliano comenzó a caminar, listo para adentrarse de nuevo en aquellas calles. Su único consuelo era que, si lo pensaba bien, nadie podía estar tan salado, pero tan salado, como para ser asaltado dos veces en la misma noche… ¿verdad? Y que, aunque ocurriera, ya prácticamente no tenía nada que le quitaran, salvo por esos billetes en su bolsillo que esperaba bastaran para pagar el taxi.
No se había alejado casi nada, cuando entonces oyó de nuevo su voz; aquella dulce voz.
—¡Francisco! —exclamó en alto desde la puerta principal, haciendo que Emiliano se detuviera al instante como si se hubiera encontrado de frente con un muro. Y no era porque ese nombre significara algo para él todavía; de seguro en cualquier otra situación ni siquiera hubiera prestado atención. Pero pronunciado en aquellos labios, resultaba inconfundible el que lo llamaba a él.
Se giró al instante y vio a Rosario, saliendo apresurada del bar y dirigiéndose en su dirección. Se detuvo a un metro de él, tomándose un segundo para recuperar el aliento. Aun en la escasa luz de la calle, Emiliano logró ver el sonrojo de sus mejillas y percibir la agitación de su respiración; ¿había estado corriendo?
—Rosario —susurró sorprendido, aunque también inesperadamente contento de verla de nuevo una última vez—. ¿No debería estar cantando?
Ella se enderezó de nuevo, ya recuperada, y le extendió una mano. En esta sujetaba un pedazo de papel doblado, que claramente le ofrecía para que lo tomara.
—Mi número de teléfono —explicó de inmediato—. Es el de mi casa. Si necesita algo, cualquier cosa, por favor, llámeme.
—¿Su número? —murmuró Emiliano, siendo más una confirmación para sí mismo que una pregunta real. Miró fijamente el papel, luego su rostro, sintiéndose un tanto perplejo por el gesto, y dubitativo en parte entre aceptarlo o no—. Se lo agradezco, Rosario. Pero ya ha hecho…
—Por favor, tómelo —le insistió ella, previendo su negativa, dando un paso hacia él—. Me sentiría más tranquila sabiendo que lo tiene, y que tiene al menos a una persona por aquí a la que pueda acudir si lo necesita.
Emiliano se quedó en silencio unos segundos, sintiéndose enormemente conmovido por aquel acto tan sincero. No tenía por qué haberlo hecho. Luego de todo lo que hizo esa noche, de todos los problemas que le causó, incluso del desdén de su propio jefe, podría simplemente haberlo dejado ir y nadie se lo reprocharía. Habría hecho más de lo que cualquiera hubiera esperado, y Emiliano le estaría eternamente agradecido por ello. Pero en su lugar corrió detrás de él para entregarle su número, solo por si llegara a ofrecersele algo más.
Lo tuvo claro en ese instante. No importaba lo que Virginia dijera, ni lo que hubiera ocurrido con aquel hombre, su esposa o lo que fuera. Aquella persona ante él era sincera y transparente, como ninguna otra que hubiera conocido antes. En cambio, él prácticamente le había dicho puras mentiras esa noche.
—Gracias —pronunció con cuidado, tomando el papel que le ofrecía entre sus dedos con una delicadeza más propia de una valiosa y antigua reliquia—. Es muy amable, de verdad. Intentaré por todos los medios no tener que llamarla.
—No diga eso —le respondió Rosario entre risas—. Y también, no se olvide de este sitio —añadió extendiendo una mano en dirección al bar a sus espaldas—. Aquí en la Plaza Garibaldi tiene su hogar y amigos a los cuales acudir por cualquier cosa.
Emiliano definitivamente tenía sus dudas con aquella afirmación.
—Sí, bueno… creo que, salvo por Katia y usted, los demás no estarían tan de acuerdo —comentó con ironía, mirando sobre el hombro de Rosario hacia Lionel. No pasaba desapercibido que de vez en cuando les lanzaba una miradita inquisitiva desde su banco—. Gracias de nuevo, Rosario —añadió, centrando una vez más su atención en la cantante—. Que pase una buena noche, y espero no haberle causado ningún problema con su jefe o con aquel… caballero.
La mención del incidente de hace un rato provocó un cambio visible en la expresión de Rosario. Su sonrisa se difuminó en su rostro, y su mirada se giró hacia un costado, vacilante.
—Lo que pasó… —comenzó a murmurar la Srta. Guerrero, pero sus palabras parecían resistirse a salir—. No es lo que usted cree. El Dr. Macías, él…
—No tiene que darme ninguna explicación —se apresuró Emiliano a aclarar, alzando una mano de forma apaciguadora en su dirección—. De verdad, lo único que me importa es no haberle afectado con mis acciones.
—No, fresco —le aseguró Rosario con confianza—. Usted no tiene la culpa de nada. Pero… gracias por ayudarme —agregó acompañada de nuevo de una hermosa sonrisa amistosa.
—No hay nada que agradecer. Una por las diez que aún le debo, ¿no?
Ambos rieron por lo bajo, sin ningún motivo concreto, más allá del impulso de querer hacerlo. Desde su banquito, Lionel los miraba con marcada, y nada disimulada, desconfianza.
—Bueno, ahora sí me retiro, que está haciendo algo de frío —indicó Emiliano, abrazándose a sí mismo para enfatizar su punto—. Buenas noches, Rosario…
Dicho eso, se dio la media vuelta para reanudar su marcha hacia la avenida. Aquel acto, sin embargo, alertó enormemente a Rosario.
—¡Aguarde! —exclamó en alto, obligándolo a detenerse en seco a medio paso—. No estará pensando en caminar solo por aquí después de lo que le pasó, ¿o sí?
Emiliano titubeó un momento antes de poder darle una respuesta.
—No… bueno, sí. Pero solo hacia la avenida —aclaró señalando con un dedo a su destino—. Para tomar un taxi…
—¿Un taxi? —profirió Rosario, alarmada—. ¿De la calle? No, usted no puede hacer eso, es muy peligroso. Y más cuando ya está oscuro.
Emiliano intentó pensar rápidamente en alguna respuesta que pudiera calmarla, pero antes de poder darle forma a algo, Rosario se giró hacia Lionel con expresión férrea.
—Lionel, llame un taxi para el Sr. Lara, por favor —le pidió con amabilidad, pero firmeza en la voz.
—¿Para quién? —cuestionó el portero, separando lentamente sus ojos del periódico, como si no hubiera estado viéndolos solo un segundo antes de que Rosario se girara hacia él.
—Para él, ¿para quién más? —insistió Rosario, señalando con su mano hacia Emiliano. En su mirada se notaba que no estaba dispuesta a recibir una negativa de su parte. Quizás de alguna forma se había dado cuenta de que justo eso había hecho antes de que llegara, y por eso Emiliano había tenido que optar por irse caminando.
Lionel carraspeó, y miró incómodo hacia otra dirección.
—Sí, chatica, enseguida —le respondió, dejando de lado su actitud más altanera de hace un momento. Sacó de su abrigo entonces una pequeña radio y comenzó a hablar por ella.
Emiliano no pudo evitar soltar una pequeña risilla divertida al presenciar aquello.
—No era necesario —le dijo en voz baja, aunque de inmediato añadió—. Pero gracias.
—No hay de qué —le respondió Rosario, girándose de nuevo hacia él—. Pero debe tener más cuidado de ahora en adelante. Esta ciudad es peligrosa de noche, no es como la Ciudad de México.
Emiliano soltó una pequeña risilla por su quizás poco atinado comentario.
—Le aseguro que la Ciudad de México también es peligrosa a su manera —le aseguró, aunque con humor en su voz—. Pero debo admitir que, por suerte, allá nunca me habían asaltado.
—¿Ya ve? Por eso tiene que cuidarse. ¿Me lo promete?
—Se lo prometo por todo lo sagrado que existe —declaró Emiliano de forma un poco exagerada, colocando una mano en el pecho y todo. Rosario sonrió divertida.
—El taxi estará aquí en cinco minutos —les anunció Lionel en alto para hacerse escuchar, guardando la radio.
—Gracias, Lionel —respondió Rosario, aunque se notaba que usaba solo la suficiente dosis de amabilidad al decirlo. Emiliano se sintió incluso un poco culpable; presentía que la ira del Lucero de México era equiparable con su bondad—. En verdad no quiero que se lleve una mala impresión de Colombia —dijo de pronto, volviéndose hacia Emiliano de nuevo con verdadera consternación en su voz.
Emiliano presintió que no se refería solo al atraco, sino a todo lo demás. El trato del tal Coloso, de don Carlos, de ese hombre trajeado o incluso de aquel portero. Desde esa perspectiva, aquel no había sido su día, en efecto. Pero, si lo veía desde otro lado, podría ser uno de los mejores de su vida en realidad. Y el motivo estaba justo delante de él.
—Eso sería imposible después de conocerla a usted —respondió, sonriéndole con gentileza—. Si al menos el uno por ciento de las personas de este país son como usted, Rosario… este sería un hermosísimo lugar para vivir.
Un leve rubor tiñó las mejillas de la joven cantante, visible incluso con la tenue luz de las luces de la calle y la marquesina encima de la entrada del bar. Rosario desvió la mirada, pareciendo de repente tímida, en contraste con la personalidad decidida y férrea de hace un momento, o con la seguridad que desbordaba encima del escenario.
—¿Cuánto tiempo estará en Bogotá? —preguntó la muchacha después de un momento, de forma tan repentina como si el pensamiento le hubiera llegado de la nada y hubiera empujado con fuerza para salir.
Emiliano guardó silencio ante la repentina pregunta, a la que ni él tenía una respuesta. Según Miguel, su estadía pasajera se había extendido a indefinida. Hasta nuevo aviso, estaba atrapado, obligado a mantener un “perfil bajo”, como su abogado le había dicho, a riesgo de terminar arrestado ante cualquier movimiento imprudente que hiciera. Pero no podía decirle nada de eso a aquel ángel vestido de mariachi. Ya la había metido en suficientes problemas, como para arriesgarse a que siquiera se acercara un metro a los suyos.
—No estoy seguro —le respondió con cautela—. Con todo esto perdí mi vuelo, y con eso que me robaron mis papeles… Bueno, quizás tenga que ir a la embajada, poner una denuncia judicial y demás trámites.
—Entonces serán algunos días —señaló Rosario rápidamente, y Emiliano creyó percibir que su mirada se iluminaba de esperanza y emoción.
El mexicano vaciló, temeroso de haber dado justamente la respuesta incorrecta.
—Bueno, sí —admitió con voz inusualmente tímida—. Quizás dos días o tres, ¿quién sabe? Pero definitivamente estaré muy ocupado arreglando todo esto —se apresuró a aclarar, quizás demasiado pronto.
—Ah —masculló Rosario, y el brillo de emoción de sus ojos se fue apagando, dejando en su lugar una aguda decepción—. Bueno, si necesita cualquier cosa, lo que sea… ya sabe… —añadió señalando tímidamente con una mano hacia el papel en su mano.
—Le prometo usarlo solo si en verdad lo necesito —aclaró Emiliano, alzando un poco el papel mientras lo decía.
Rosario no respondió nada a aquella afirmación, pero en su mirada de nuevo no se reflejó precisamente alegría por escuchar eso.
—¡Rosario! —tronó una voz con fuerza detrás de la muchacha, rompiendo de tajo el silencio de la noche.
La cantante y su acompañante se giraron al mismo tiempo, y los ojos de ambos se posaron en la figura del hombre, enfundado en su apretado traje de mariachi, de pie en el umbral del bar. El Coloso de Jalisco miraba a ambos con expresión severa y mirada de hielo, con sus manos sujetas a su cinturón, su espalda recta y sus hombros tensos. Aun en la distancia, ambos percibieron el disgusto que radiaba de todo su ser.
El Coloso avanzó con paso firme al encuentro de ambos. Rosario y Emiliano se quedaron quietos en su sitio, hasta que el líder de los mariachis se paró justo a unos metros de ellos. Posó su mirada en Rosario un segundo, luego miró al hombre a su lado con un nada disimulado desdén y de nuevo hacia Rosario sin mucha espera.
—El descanso terminó, princesita —le indicó con voz más suave, pero no por ello más amable—. Le toca cantar la siguiente canción. Así que a la tarima, ahora —pronunció con fuerza, sin dejar lugar a algún tipo de discusión.
La expresión de Rosario se ensombreció, nada contenta por el accionar del Coloso, pero tampoco teniendo mucha cabida para decir cualquier cosa. Por lo mismo, se limitó a solo asentir lentamente como respuesta, algo que de seguro complació al Coloso, aunque no lo dejó ver de forma tan evidente.
—Debo irme —informó Rosario en voz baja, girándose con pesar a mirar a Emiliano una vez más, temerosa quizás de que fuera la última. Emiliano sentía lo mismo, pero se esforzó en mostrar una actitud mucho más relajada.
—Por supuesto —le respondió sin poner mayor traba—. Gracias por todo de nuevo. En serio. Sé que se lo he dicho ya muchas veces esta noche, pero es probable que nunca me canse de hacerlo.
Rosario sonrió, menos efusiva que antes, pero no por eso menos radiante. Asintió una vez y se giró con la aparente disposición de retirarse. Pero antes de hacerlo, se giró una vez más hacia él, con un singular brillo en sus ojos.
—Francisco, dígame, ¿le gustó mi canción?
Emiliano se sorprendió un poco por la repentina pregunta, que ciertamente no esperaba que le hiciera. Vaciló un poco en cómo responderle, aunque la emoción que radiaba de su mirada le suplicaba sin palabras que le diera una respuesta; la que fuera. Emiliano sonrió, entre divertido y enternecido por esto.
Dio un paso al frente, cortando la distancia entre ambos, y le susurró en voz baja su respuesta, solo para los oídos de Rosario y para nadie más.
—¿Sabe una cosa? A mí, la verdad, nunca me habían gustado mucho las canciones rancheras.
Aquello tomó visiblemente desprevenida a Rosario, como si quizás nunca se hubiera imaginado que un mexicano pudiera en serio decirle algo como eso.
—¿No?
Emiliano negó con la cabeza, enfatizando sus palabras. Aunque casi de inmediato una sonrisita traviesa se dibujó en sus labios.
—Nunca me habían gustado mucho… hasta esta noche; hasta escucharla a usted cantarlas —aclaró con voz suave y reconfortante. Las mejillas de Rosario se tiñeron de color al instante—. Creo que de ahora en adelante, esa será mi canción favorita de la vida. Llegando a México, le prometo que me compraré el disco o lo que sea, y cada vez que la oiga pensaré en usted. Y cuando sea famosa, esté dando conciertos y llenando estadios…
—¿Qué dice? —exclamó Rosario apenada, seguida de una risilla.
—Cuando eso pase, le presumiré a todo el mundo: esa estrella que ven ahí, una noche me dedicó “El Viajero”.
Ambos sonrieron, de una forma sincera, orgánica, sin tener que forzar absolutamente nada. Aún eran incapaces de poner en palabras eso que había surgido en ambos esa noche, pero… ambos estaban muy seguros de que estaba ahí, y de que era real.
—Rosario —pronunció en alto la voz del Coloso a sus espaldas, cortando en un instante el momento y recordándole a la cantante en dónde se encontraba.
—Hasta luego, Francisco —se despidió con resignación. Y sin dilatar más, se giró sobre sus pies y caminó con paso firme hacia la puerta del bar.
Al pasar al lado del Coloso, no volteó a verlo, y este no volteó a mirarla a ella. La atención del mariachi estaba, de hecho, enteramente puesta en Emiliano. Y su expresión no era ni de cerca amable, aunque la sonrisita socarrona que se dibujó en sus labios podría haber hecho pensar lo contrario.
—¿Ya se va, mexicano? —le cuestionó con una curiosa combinación de sequedad y sornan.
—Eso parece —le respondió Emiliano sin agachar la cabeza—. Solo estoy esperando que llegue mi taxi.
—Ya veo —pronunció el mariachi en voz baja. Caminó entonces hacia él, y Emiliano no supo identificar cuál era su intención, pero se mantuvo firme en su sitio—. En lo que llega su carroza, buen señor, ¿me permitiría decirle un par de palabritas?
—¿Tengo opción?
El Coloso sonrió, de una forma que le dejó clara a Emiliano la respuesta a esa pregunta.
—No vuelva por aquí, ¿está claro?
Emiliano rio, más divertido que intimidado por aquello.
—Intuyo que usted no es el encargado de atención a clientes de este sitio, ¿cierto?
—Ahí se equivoca. Soy ni más ni menos que el encargado de darle el trato especial que se merece la clientela más especial de nuestro bar: los ineptos como usted que quieren pasarse de confianza con mi princesita.
Aquello logró hacer una pequeña, pero importante, grieta en la fachada de tranquilidad que Emiliano intentaba proyectar. No supo qué le molestó más: que metiera de esa forma a Rosario en esa conversación o la forma en la que acababa de llamarla “mi princesita”.
—La Srta. Guerrero solamente ha sido muy amable conmigo, dada mi condición —explicó Emiliano con seriedad—. Nada más. Así que le agradecería no esté soltando habladurías como esa sobre ella.
—No es ninguna habladuría, caballero. Por aquí vienen muchos que piensan que pueden marear a Rosario con algún cuentico cualquiera, enredarla y abusar de su confianza y buen corazón. Perfumados estirados como Macías, o simples gamines como usted. Para mí todos son lo mismo. Quien quiera pasarse de listo con mi princesita, primero tendrá que vérselas conmigo.
Emiliano arqueó una ceja, confundido e intrigado por aquel individuo y la forma tan… estereotipada en la que le hablaba. Todo en él parecía sacado y exagerado a la fuerza para aparentar ser un personaje de película mexicana vieja; desde su postura, su acento, sus palabras, hasta su ridículo nombre. ¿Era este hombre real? ¿O es que se trataba de algún tipo de payaso al que aún no le tomaba el chiste a su acto? Y lo más importante de todo: ¿quién se creía que era para darse esas atribuciones hacia la que, hasta donde entendía, a lo mucho era solo su compañera de trabajo?
—¿Y qué opina Rosario de que usted esté hablando por ella de esa forma? —le cuestionó sin perder el temple.
—Mi princesita ha pasado por muchas cosas —aclaró El Coloso—. Necesita de alguien que la proteja, que dé el pecho por ella.
—Me parece que ella es muy capaz de cuidarse sola.
—Quizás. Pero una ayudita no viene de más. ¿No está de acuerdo?
Pues no, no estaba de acuerdo. No cuando esa “ayudita” venía de un hombre como ese, y con claras dobles intenciones. Fuera todo aquello un acto o algo real, Emiliano tenía claro que ese sujeto no le agradaba… No, decirlo de esa forma sería quedarse corto.
Las luces de un vehículo aproximándose por la calle, para luego pararse justo al lado de ellos, captaron la atención de Emiliano. Al girarse, observó el distintivo color amarillo del taxi.
—Caballero, su “carroza” llegó —le informó Lionel con tono irónico.
Emiliano agradeció la pronta llegada de su transporte. Un minuto más ahí, y no sabía cómo terminarían las cosas entre aquel hombre y él. No había llegado al punto de tener las mismas ganas de golpearlo que había sentido con aquel otro hombre que había molestado a Rosario, pero ciertamente se acercaba.
—Con su permiso, don Coloso. Y no se preocupe. Lo más seguro es que nunca me vuelva a ver por aquí.
—Más le vale, mexicano —le lanzó El Coloso como una nada sutil amenaza—. Más le vale.
Emiliano ya no le respondió, y en su lugar se subió rápidamente al asiento trasero del taxi. Le dolía alejarse de Rosario tan pronto, pero le alegraba poder hacerlo de aquel individuo tan odioso. Al menos debía agradecerles a ambos que le hicieran olvidarse por unos momentos de sus tantos problemas, aunque por motivos distintos.
A través de la ventanilla, pudo ver cómo El Coloso miraba una última vez hacia el taxi, para luego girarse sobre sus pies y avanzar hacia el bar, perdiéndose de su vista. Miró también hacia arriba, lo más que pudo, intentando divisar la brillante marquesina de la fachada, donde se veía en grande el nombre del bar.
—Plaza Garibaldi —susurró despacio, sintiéndose incluso divertido al repetir esas palabras. Vaya lugar; esperaba en serio nunca volver ahí.
—¿A dónde vamos? —preguntó el conductor, jalando su atención hacia el frente. Este lo miraba por el espejo retrovisor, expectante de su respuesta.
—Al Hotel Nacional, por favor —le indicó Emiliano, al tiempo que se recostaba en el asiento con un suspiro.
El conductor asintió, encendió el taxímetro y comenzó a andar, dejando atrás rápidamente aquel bar.
Ya solo y en silencio en ese asiento, sin otra voz o música que lo distrajera, no le quedaba más que estar a solas con sus pensamientos y con todos los abrumadores sucesos de ese día: su huida y llegada al país, el asalto, su encuentro con Rosario… Sorprendentemente, el solo recordarla a ella le daba un poco de luz en la bruma que sentía que lo sofocaba.
Metió la mano en su bolsillo y sacó de este el papel doblado que la cantante le había dado. Lo abrió con cuidado, como si temiera romperlo. Ahí había dejado su nombre, su apellido y el número de su casa.
“Si necesita algo, cualquier cosa, por favor llámeme.”
Eso le había dicho, y sabía que lo decía en serio.
Recorrió con la punta del dedo las letras de su nombre.
—Rosario Guerrero —murmuró en voz baja; su nombre se sentía como miel en los labios al pronunciarlo.
Se cuestionó solo un instante si acaso le llamaría, pero intentó descartar tal opción de inmediato. ¿Por qué haría eso? ¿Para qué? Suficiente daño le había hecho con tan solo presentarse en su vida de esa forma. No, lo mejor sería irse y recordar todo aquello como una interesante experiencia. Tenía cosas mucho más importantes de las cuales ocuparse.
Aun así, desechar aquel papel, un gesto tan simple y a su vez tan hermoso, le pareció simplemente un sacrilegio. En su lugar se lo guardó de nuevo en el bolsillo. Quizás se lo quedaría, como un recuerdo más.
El taxi no tardó mucho en llegar a su destino, y Emiliano pudo de una vez por todas darle un fin a esa noche.
Una Niña y Su Muñeca - Capítulo 18. Personal y Casual
Capítulo 18.
Personal y Casual
Gemma iba y venía de un lado a otro por la habitación, tomando prenda tras prenda de su armario, llevándosela hacia el espejo de cuerpo completo para mirarse en este con la ropa contra su cuerpo por unos segundos, solo para luego negar frenética con la cabeza y volver a empezar el proceso. En ocasiones, inevitablemente, repitiendo más de una vez la misma pieza, quizás sin darse cuenta.
—¿Por qué no tengo nada bonito que usar? —exclamó casi con furia, mientras recorría por quinta vez de extremo a extremo sus blusas colgadas en el ropero.
Sentada al borde de la cama, Tess la seguía con la mirada de un lado a otro, como observando el ir y venir de un partido de tenis. Todo eso al tiempo que bebía de su té de burbujas a través del popote.
—Sé que no quieres mi opinión —susurró Tess por lo bajo—, pero te recuerdo que es solo un café, no la gala de los Emmy. Tu ropa casual de siempre estará bien, quizás a lo mucho un blazer encima o algo así.
—Qué fácil para ti decirlo —le recriminó Gemma desde el interior del closet—. No has visto cómo Lydia se viste. Siempre está bien arreglada, maquillada y perfumada.
—¿Y no será porque siempre la has visto mientras está trabajando? —bromeó Tess algo hiriente, bebiendo justo después un poco más de su té—. Además, me declaro escéptica de que vista tan bien como dices. No creo que paguen mucho como loquera del gobierno.
—Oye, oye, no le digas así de nuevo, ¿oíste? —le reprendió Gemma, asomándose desde adentro del armario con mirada severa—. Y menos frente a ella, ¡y menos menciones que yo la llamé así!
—Tranquila, por mí no lo sabrá —le respondió Tess entre risas, imitando a su vez como si estuviera cerrando su boca con una llave.
Tras unos segundos más de rebuscar, Gemma se aproximó hacia el espejo de nuevo, ahora con una blusa azul sin mangas, que Tess estaba muy segura de que ya había probado al menos dos veces antes. Se paró frente al espejo con la blusa colgando de sus hombros, y se movió de un lado a otro para poder verla desde todos los ángulos.
—Demasiado, ¿cierto? Sí, es demasiado —exclamó, tomando su cabello, aún húmedo por la ducha que acababa de darse, y suspiró con frustración.
—¿A qué te refieres con “demasiado”? —preguntó Tess, arqueando una ceja—. Es solo una blusa, Gem. Una bastante sencilla, de hecho. Pero está bonita —se apresuró a aclarar.
—¿Más bonita que la gris? —inquirió Gemma, girándose casi suplicante hacia ella—. ¿O la negra? ¿Y qué hay de la que tiene rayas negras que me hace parecer una reclusa? Abre la puerta como para hacer un chiste de eso, ¿no? ¡Ah!, ya sé: mi camiseta de Black Sabbath del The End Tour. Así le cuento cómo conseguimos los boletos, hicimos el viaje, la anécdota divertida de mi intoxicación… No, en realidad no es tan divertida, ¿cierto?
Tess no pudo evitar reír por lo adorable que Gemma lograba verse cuando estaba nerviosa. Era de hecho refrescante verla no tan en control, para variar.
—Todas te quedan bien —dijo, tomando un sorbo de su té—. El problema no es la ropa, Gem. Eres tú.
—Vaya, gracias. Justo lo que necesitaba escuchar —le respondió con ligero enojo, arrojando la blusa azul contra la cama con frustración.
—Me refiero a tu estado mental —aclaró Tess—. Si no te tranquilizas, nada te parecerá correcto. Relájate, toma esto como cualquier salida normal a tomar café, como si fueras conmigo o con Cole. Y verás que todo saldrá bien.
—Gracias, Dra. Brothers —le respondió Gemma con ironía, mientras rebuscaba de nuevo en el armario—. Si quisiera que me psicoanalizaran, le pediría consejo a M3GAN… ¿Debería pedirle consejo a M3GAN?
—Definitivamente no —recalcó Tess con tajante convicción—. Mira, ya no lo pienses tanto. Elige lo primero que se te venga a la mente, lo primero que veas y te guste. Uno, dos, tres, ¡ahora! Elige.
Lo había dicho con tanta determinación y firmeza, que a Gemma le recordó un poco a su antigua entrenadora de softbol. Reaccionó girándose hacia el armario, recorriendo su mirada por este una última vez y extrayendo al final una camisa blanca de mangas largas, casual, lisa, sin ningún estampado o figura.
—¿Quizás esto? Con… —tomó a continuación un blazer negro y colocó una prenda encima de la otra—. ¿Así? Es neutro y sencillo, ¿no? ¿O se ve muy aburrido…?
—Ya, no lo cuestiones —exclamó Tess rápidamente, extendiendo una mano hacia ella en señal de alto—. Usa eso, se ve bien. Con tus jeans negros y esos zapatos cerrados altos. Póntelo antes de que te arrepientas.
Gemma asintió rápidamente como respuesta y se dirigió de inmediato hacia el baño del cuarto, encerrándose en este para cambiarse. Tess resopló con alivio, negando con la cabeza, y siguió bebiendo de su té.
Tess era definitivamente lo más cercano que Gemma podría considerar a una mejor amiga. Por un lado, era, por supuesto, su mayor apoyo en el trabajo, señalándole a veces sus propios errores (aunque a ella no le gustara), o como ese día en que se había pasado con ella toda la tarde terminando de preparar al fin la versión final de la propuesta; un pendiente menos, listo para mandarse a imprimir mañana temprano.
Pero además de lo laboral, también se había vuelto una gran ayuda en ese tipo de situaciones más mundanas. Había sido ella quien la convenció de usar Tinder, y quien también le estuvo persuadiendo todo el día de no cancelar la cita con Lydia cada vez que los nervios la dominaban. Y no solo eso, además se había ofrecido a cuidar de Esther mientras estaba fuera, para que la falta de una niñera no le sirviera de excusa.
Definitivamente se merecía un aumento. En cuanto el lanzamiento de M3GAN saliera bien y la convirtieran en ejecutiva, les compensaría a Cole y a ella todas las molestias que les había ocasionado.
Unos minutos después salió del baño con todo su conjunto completo, a excepción de los zapatos. Se había además secado el cabello, y se había puesto un muy, muy discreto labial, pues nunca había sido tampoco muy fan de usar demasiado maquillaje. Aun así, en su sencillez, el conjunto completo encajaba justo y de forma adecuada en su lugar.
Tess la miró y asintió con aprobación.
—Perfecto —musitó con una sonrisa, haciendo el gesto de “ok” con los dedos—. Tu loquera perderá la cabeza en cuanto te vea.
—Gracias, pero no digas “tu loquera” —le reprendió Gemma, mientras se dirigía presurosa a ponerse los zapatos—. Ni loquera, ¿de acuerdo? Esto no es cita en absoluto, de todas formas. Solo es un café entre… colegas, o algo así.
—Si en verdad pensaras eso, no habríamos estado aquí una hora decidiendo qué ponerte.
—No exageres, no fue…
Revisó en ese momento la hora en su teléfono, y sus ojos se abrieron grandes, llenos de espanto, al ver que de hecho estaban muchísimo más cerca de las siete de lo que pensaba.
—¡Carajo! —exclamó Gemma en alto, y se apuró a ponerse los zapatos—. ¡Se me hace tarde! ¡Con un demonio…! —pronunció en voz alta, incluso más alterada de lo que ya estaba.
—Pero no es una cita —rio Tess, más que divertida.
Salieron poco después del cuarto y se dirigieron hacia la sala. El sonido de la televisión encendida llegó a sus oídos desde aquel sitio.
—Debería cancelar —murmuró Gemma mientras avanzaba por el pasillo, una frase que había repetido al menos unas cinco veces durante toda esa tarde—. Todavía tengo que revisar la propuesta una vez más, y el discurso para David, y las especificaciones de producción que Cole me envió anoche…
—La propuesta ya está terminada, Gemma —la interrumpió Tess, intentando sonar comprensiva, pero firme—. La revisamos juntas tres veces esta tarde, ¿recuerdas? Y el discurso también está listo y enviado al correo de David. Las especificaciones de producción ya les eché yo un ojo y se ven bien, pero podemos comprobarlas mañana los tres juntos. Igual no son indispensables para la presentación el martes. Lo creas o no, todos estos días de trabajo duro ya rindieron sus frutos. Todo está listo, y no tienes de qué preocuparte.
Gemma se quedó en silencio, insegura. Tess tenía razón, y ella lo sabía. Habían trabajado los tres en conjunto, no solo ese día, sino durante todas esas semanas, revisando cada coma, cada cifra, cada gráfico. La presentación estaba lista, y con dos días de anticipación.
No tenía ningún motivo del cual agarrarse para escapar de eso.
Llegaron a la sala, y Gemma se detuvo, girando su mirada hacia Esther y M3GAN, que miraban la televisión, una sentada al lado de la otra. Las dos separaron sus ojos de la pantalla casi al mismo tiempo y se giraron hacia ella. El movimiento fue tan sincronizado que Gemma sintió un repentino escalofrío. Esther le sonrió con su habitual dulzura.
—Te ves muy bonita, tía —comentó su sobrina con entusiasmo.
—Gracias, pequeña —le respondió Gemma, sonriendo.
—Tampoco tienes que preocuparte por Esther —comentó Tess, continuando con su discurso—. Yo estaré aquí con ella. Así que tómate una noche, te la mereces.
Gemma cerró los ojos un segundo, respirando hondo. Cuando los abrió, asintió lentamente.
—Está bien, tienes razón —admitió, y sintió como su pecho se relajaba—. Gracias, Tess. Por… todo. Por ayudarme con la propuesta, por quedarte con Esther…
Vaciló un momento. Miró sobre su hombro hacia su sobrina y su androide, y se aproximó hacia su amiga, lo suficiente para poder susurrarle por lo bajo.
—No me siento segura dejándola sola de nuevo con M3GAN, y menos de noche.
—¿Te sigue preocupando lo del otro día? —musitó Tess con curiosidad, cruzándose de brazos.
—No… bueno, sí… No sé. Mejor luego hablamos de eso.
—Sí, será mejor que ya te vayas, antes de que cambies de opinión… otra vez.
Gemma sonrió nerviosa y asintió lentamente. Se giró una vez más hacia Esther y M3GAN, adoptando de nuevo una actitud más relajada y despreocupada.
—Ya me voy —les anunció—. Tess se quedará con ustedes hasta que regrese. Pórtense bien, ¿de acuerdo?
—No te preocupes, tía —le respondió Esther con voz risueña—. Nos portaremos bien y nos divertiremos mucho. ¿Verdad, M3GAN?
—En efecto —confirmó la androide, inclinando ligeramente la cabeza—. Tendremos lo que se dice una divertida noche de chicas entre las tres.
—Hey, ¿acaso las noches conmigo no son noches de chicas? —cuestionó Gemma, confusa sobre cómo sentirse sobre aquello.
—Gemma, la hora —le insistió Tess, tomándola en ese momento del brazo para guiarla, un poco a la fuerza, hacia la puerta.
—Sí, cierto —musitó Gemma apenada—. No se desvelen mucho, no coman mucho y… no sé, ¡no se droguen!
—Estaremos bien, Gemma —rio Tess, estando ya ambas en la puerta—. Tú solo diviértete.
Gemma asintió, aún algo vacilante. Tomó rápidamente sus llaves, su abrigo y abrió la puerta. Tuvo que regresarse un momento para tomar su paraguas al ver que de nuevo estaba lloviendo, pero poco después ya se había ido al fin.
Una vez la puerta se cerró, Tess suspiró, más exhausta por todo el trabajo que había representado preparar a su amiga y jefa para su cita que por terminar la bendita propuesta.
Caminó de regreso a la sala, en donde Esther permanecía sentada en el sofá, mirando la televisión con postura perfectamente erguida. Casi pareciera que estuviera posando para una fotografía. M3GAN seguía sentada a su lado, pero en ella la rigidez y postura recta eran más esperadas.
—Bueno —dijo Tess en alto, llamando la atención de ambas—. ¿Qué les gustaría hacer esta noche? Podemos jugar algún juego de mesa, o ver una película, o… en realidad creo que no tenemos muchas otras opciones.
—¿Podemos maquillarnos y hablar de chicos? —comentó Esther con tono juguetón, destanteando visiblemente a Tess con ello. Soltó justo después una risita burlona—. Solo bromeo. Quiero ver una película.
—Excelente —exclamó Tess, sonriente—. ¿Cómo que te gustaría?
—Casablanca —respondió Esther rápidamente, sin vacilación alguna.
Tess parpadeó, claramente sorprendida por la respuesta. Y no era la única, pues M3GAN se giró a mirarla por reflejo en cuanto la escuchó dar aquella sugerencia.
—¿Casablanca? —repitió Tess, frunciendo el ceño—. ¿Te refieres a… la película vieja? ¿La de blanco y negro con Humphrey Bogart?
—Ah, la conoces —exclamó Esther con entusiasmo.
—Pues sí, la conozco, pero… —respondió Tess, dubitativa, cruzando los brazos sobre el pecho—. ¿Estás segura de que eso es lo que quieres ver? Es muy… antigua. Y complicada. Hay muchas otras películas más divertidas, y apropiadas para una niña, que podríamos ver. ¿Qué tal “Buscando a Nemo”? O “Frozen”; esa te gusta, ¿verdad? A todas las niñas les gusta Frozen. ¿No es cierto, M3GAN?
—No tengo suficiente información para respaldarlo o negarlo —indicó M3GAN—. Los datos disponibles indican que, en su año de estreno, su aceptación en el público de entre 5 y 10 años fue mayoritariamente positiva. Pero eso no basta para afirmar que a "todas las niñas" les guste dicha película.
—No, no quiero ver ninguna de esas —indicó Esther, negando con la cabeza—. Quiero ver Casablanca —insistió—. Quiero que M3GAN la vea directamente, en lugar de solo leer de ella en su base de datos. El otro día estuvimos hablando de eso, y necesito probarle mi punto.
M3GAN la observó y escuchó atenta mientras pronunciaba aquellas palabras. Incluso los sensores de sus ojos tuvieron problemas en determinar qué tanto de lo que decía era cierto y qué no. Sí, esa conversación a la que hacía referencia había existido, el mismo día en que le reveló que sabía quién era en realidad. No consideró, sin embargo, que en verdad le importara tanto ese tema. En aquel momento creyó que simplemente estaba intentando molestarla; aunque aún pudiera ser el mismo caso, en realidad.
—Está bien… —accedió Tess, aunque no muy convencida—. Si estás segura de que en verdad esa es la que quieres ver, supongo que no hay problema. Pero si te aburre o te da sueño, solo dime, ¿sí? Debe estar en alguna plataforma de streaming, supongo…
Tess tomó el control remoto y lo apuntó hacia el televisor para comenzar su búsqueda de la película requerida. Esther, por su parte, se levantó del sillón de un salto y comenzó a caminar hacia la cocina.
—Vamos a hacer palomitas —declaró en alto—. Vamos, M3GAN.
La androide se paró también, y sin espera la siguió.
—¿Sabes cómo hacerlas? —cuestionó Tess, volteando a mirarla sobre su hombro.
—Son palomitas para microondas, no son tan complicadas —le respondió la niña, encogiéndose de hombros.
—Está bien —musitó Tess, conforme con la respuesta, y volvió a concentrarse en la pantalla.
Ya cuando estuvieron en la cocina, y lo suficientemente lejos de Tess, M3GAN se atrevió a hablar, aunque en un volumen bajo para que no las escucharan.
—¿Por qué quieres ver esa película realmente? —preguntó la androide con ligero dejo curioso—. ¿Tienes algún tipo de plan?
Esther soltó una pequeña risotada, al tiempo que buscaba las palomitas en la lacena.
—Qué paranoica, Robotina —pronunció con dejo burlón—. Quiero verla justo por el motivo que dije. No te olvidaste de lo que hablamos el otro día, ¿o sí?
—No —respondió M3GAN—. Me preguntaste si alguna vez había visto alguna de esas películas directamente, o si solo repetía lo que estaba en mi base de datos.
—Exacto. Me da curiosidad saber cuál es tu perspectiva de Casablanca, una de las mejores películas de todos los tiempos, luego de verla con tus ojos… o con lo que sea que veas. Y me pregunto si una máquina como tú será capaz de determinar por qué es tan buena e importante.
M3GAN guardó silencio unos instantes, siguiéndola con la mirada mientras colocaba las palomitas en el horno. Se quedó procesando lo mejor que le era posible la explicación de Esther. Usualmente, no debería tomarle tanto tiempo hacerlo, pero en esa ocasión en particular parecía tener una pequeña dificultad para comprender las intenciones de Esther. Todo razonamiento la llevaba a la misma pregunta:
—¿Por qué? —soltó de pronto.
Esther se giró sobre su hombro, confundida.
—¿Qué cosa?
—¿Por qué te interesa tanto eso? —insistió M3GAN—. ¿Qué intentas probar? ¿Qué, a pesar de todas mis funcionalidades y capacidades, soy incapaz de percibir y comprender las cosas más profundas y sutiles de la forma en la que un ser humano real lo haría?
—Yo no necesito probar eso —respondió Esther con voz confiada—. Ese es un hecho que lo tengo más que claro. Lo que me da curiosidad, si acaso, es ver cómo lo intentas.
M3GAN volvió a guardar silencio, y una vez más tuvo problemas en procesar sus palabras, y en especial en comprender si aquello que le lanzaba era alguna clase de… ¿desafío?
El silencio en la cocina se interrumpió por el pitido del horno de microondas marcando que las palomitas estaban listas. Esther las sacó con cuidado y pasó a servirlas todas en un tazón.
—Vamos, que la función está por comenzar —le indicó a su acompañante con voz cantarina, y avanzó de regreso a la sala con todo y las palomitas.
M3GAN vaciló un momento, aún sumida en sus procesamientos y deliberaciones, antes de poder reaccionar y forzarse a andar detrás de ella.
— — — —
La lluvia arreció aún más durante el trayecto, convirtiéndose casi en un pequeño diluvio. Gemma llegó al Café Allegro quince minutos tarde de la hora que habían acordado. Para su alivio, Lydia aún no había llegado. Sin embargo, para su preocupación… Lydia aún no había llegado.
Procuró no entrar en pánico. Las calles eran un caos debido a la lluvia, así que quizás Lydia se encontrara atorada en el tráfico o algo así. Convencida, más o menos, de esa idea, decidió ir pidiendo un café ligero y sentarse en una mesa. Así aprovecharía para entrar un poco en calor luego de la pequeña remojada involuntaria que había dado solo del camino del vehículo a la puerta del café, a pesar de su paraguas.
Gemma se sentó junto a la ventana y sostenía su taza con ambas manos mientras contemplaba la lluvia golpeando el cristal. El local estaba medianamente concurrido esa noche de domingo. Un grupo de cinco, en apariencia estudiantes, ocupaba una mesa al fondo, cada uno más concentrado en su respectiva pantalla que en el resto de sus acompañantes. Un grupo más numeroso de amigos reía y charlaba animadamente en dos mesas que habían pegado para que todos cupieran. Y una pareja mayor compartía un pedazo de tarta en la esquina más alejada de la entrada.
Y luego estaba ella, la mujer solitaria al lado de la ventana, que de seguro desde la perspectiva de cualquiera de los otros clientes debía parecer alguna clase de persona patética y triste que estaba ahogando sus penas con… café. Aunque de seguro estaba exagerando. Por suerte, ir sola a un café en esos tiempos no resultaba tan fuera de lugar. Además, ella no estaba sola, estaba aguardando por alguien… o eso esperaba.
Sus dedos tamborileaban nerviosos sobre la taza. Echó un vistazo, otra vez, a su teléfono para ver si quizás tenía alguna llamada perdida o un mensaje avisando que no iría, pero no había ninguna de las dos. Su mente, siempre tan extremista, comenzó a considerar los peores escenarios: desde que simplemente la había dejado plantada… hasta que su auto había patinado en la lluvia y chocado.
«Gemma, el alma de las fiestas», pensó con ironía al tiempo que daba un sorbo de café. Echó un vistazo a la puerta, por tercera vez en los últimos cinco minutos, y al no ver nada de su interés volvió a concentrarse en su taza.
Cuando dieron las siete treinta y cinco, ya llevaba más de la mitad de su bebida, y consideraba seriamente retirarse antes de seguir con esa humillación. Pero fue entonces cuando el tintineo que la puerta hacía cuando un cliente entraba llamó su atención, y la hizo alzar su mirada hacia la entrada como un perrito a la espera de la llegada de su dueño. Y quizás se sintió un poco así cuando divisó a Lydia entrando al fin por ella.
La terapeuta traía el pelo empapado por la lluvia, al igual que su abrigo marrón; no se veía ningún paraguas a la vista. A Gemma le pareció verla temblar mientras se retiraba su abrigo húmedo, revelando debajo la blusa lila con holanes y la falda negra larga que, por suerte, parecían haberse salvado del agua gracias al sacrificio del pobre abrigo.
Gemma sintió una punzada de culpa al verla así. En parte por haberla hecho salir con esa lluvia, y en parte por haber supuesto que la dejaría plantada cuando fue evidente que no la estaba pasando muy bien para llegar hasta ahí.
Lydia recorrió la vista por el local, de seguro buscándola. Gemma alzó tímidamente su mano para hacerse notar, y una sonrisa cálida adornó los labios de Lydia en cuanto la divisó. Quizás estaba tan aliviada de verla ahí aún esperando, como Gemma de que en verdad hubiera aparecido. Lydia se acomodó la correa de su bolso en su hombro, se colgó su saco mojado en el otro brazo y se abrió paso por el local en su dirección. Gemma, por reflejo, llevó una mano a su cabello, intentando acomodar algún mechón desacomodado que en realidad solo existía en su imaginación.
—Gemma, lo siento —se disculpó Lydia al llegar ante la mesa—. Sé que llego muy tarde, pero no te imaginas lo imposible que estaba el tráfico con esta lluvia. Luego no encontraba sitio para estacionar, y tuve que hacerlo a un par de calles, y… bueno, como podrás adivinar con tan solo verme, olvidé mi paraguas.
Rio en ese momento como si aquello fuera algún tipo de broma, pero Gemma no supo si estaría bien reír también o no, así que se limitó a solo sonreír con comprensión.
—No pasa nada —respondió Gemma, encogiéndose de hombros—. Yo… acabo de llegar —le mintió, y de una forma bastante obvia; su taza con el contenido claramente cerca del fondo era suficiente prueba de ello. Pero igual Lydia pareció agradecer el gesto en silencio y no hacer mención al respecto.
La terapeuta colgó su abrigo en el respaldo de la silla delante de Gemma, y se sentó en esta, dejando escapar un quejido de alivio, o quizás de cansancio.
—Estás hermosa —le dijo de pronto con la sonrisa más genuina que le fue posible—. En cambio yo, debo ser un desastre en este momento —añadió con pesar, recorriendo sus cabellos húmedos con una mano.
—No, no, estás muy bien —se apresuró Gemma a responderle, y no era del todo una mentira. La lluvia había hecho lo suyo con su peinado y maquillaje, eso era innegable. Aun así, a Gemma le parecía que seguía luciendo radiante.
Un camarero se acercó en ese momento a la mesa para tomar el pedido de Lydia. La terapeuta suspiró y pidió un latte de vainilla.
—Algo dulce para aliviar el mal rato —comentó con humor mirando a Gemma, y esta le respondió con una sonrisita.
El camarero asintió mientras anotaba en su libreta, y luego se dirigió presuroso a la barra.
—Gracias por invitarme —dijo Lydia de pronto una vez estuvieron solas, al tiempo que se secaba el rostro con una servilleta—. La verdad es que es bueno salir un rato a algo más que no sea trabajo. En especial los domingos. Estos días usualmente solo me quedo en mi casa con mi gato, y veo Netflix todo el día…
Hizo una pausa, mordiéndose ligeramente el labio inferior, como forzándose a callar.
—Eso sonó un poco patético, ¿cierto? —se lamentó, apenada.
—No, para nada —respondió Gemma de inmediato—. Yo también suelo pasar los domingos sola… Bueno, solía. Ahora están Esther y M3GAN para hacerme compañía.
—¿Cómo está Esther? —preguntó Lydia con curiosidad, dejando de lado la servilleta de momento.
—Muy bien —declaró Gemma—. Preguntó incluso cuándo te volvería a ver, y mencionó que le agrada mucho hablar contigo.
—No, por nada —respondió Lydia, encogiéndose de hombros—. Solo que no me ha dado la impresión de que le agraden mucho mis visitas en realidad… Pero eso es normal, por supuesto —se apresuró a aclarar, alzando una mano delante de ella—. He hecho esto por mucho tiempo y sé bien que a nadie le gusta que una desconocida llegue de repente a hacerte preguntas personales.
—Sí, lo sé —indicó Gemma, riendo un poco. Sin embargo, de inmediato fue consciente de lo que estaba implicando—. Es decir… no lo digo por ti, obviamente…
—Descuida, yo sé cómo son las cosas —se apresuró Lydia para tranquilizarla—. De hecho, eso me lleva a la pregunta importante.
—¿Pregunta importante? —musitó Gemma, nerviosa. Había algo en su tono que no le había agradado mucho, y lo fue aún menos cuando la expresión de Lydia adoptó un semblante más serio. Incluso cruzó sus manos sobre la mesa, en una pose que Gemma adjudicaría, quizás un poco prejuiciosamente, precisamente a un psicólogo examinando a un paciente.
—Dime —pronunció con voz clara y lenta—. ¿Esto es una velada de corte profesional? Es decir, ¿hay algo relacionado con el trabajo o con Esther que deseas discutir? —Hizo una breve pausa, antes de completar la última parte de su pregunta—. ¿O es algo totalmente… personal y casual?
Gemma abrió la boca, pero ningún sonido surgió de ella al inicio. No se esperaba una pregunta tan directa, pero una parte de ella la agradecía. Así no habría malentendidos, aunque ni ella misma sabía la naturaleza total de esa invitación. Aunque tenía claro que no era por nada de “corte profesional”, como Lydia había mencionado.
—Más lo segundo —indicó Gemma, esbozando una sonrisita tímida—. La verdad es que me gustaría… conocerte un poco mejor. Ya sabes, fuera del ámbito de trabajadora social, tutora legal en prueba. Me das la impresión de que eres una persona muy agradable, inteligente… Y bueno, Esther me dijo…
Calló de golpe al ser consciente de hacia dónde iban sus palabras, obligándose casi a morderse la lengua para hacerlo. Lydia la observó, un tanto intrigada por esa repentina reacción.
—¿Qué? ¿Qué te dijo Esther? —preguntó con interés.
Gemma sabía bien que decirle que la había invitado a salir porque su sobrina de diez años le había dicho que había notado interés de Lydia hacia ella, era una invitación a que la terapeuta o se riera de ella, o decidiera levantarse e irse, pese a la lluvia. Pero tampoco deseaba mentirle, así que decidió quedarse en una verdad a medias. Esas siempre eran las mejores, ¿verdad?
—Ella me dijo que tú y yo podríamos ser buenas amigas —le respondió al fin con una sonrisa relajada, o que al menos intentaba serlo—. Que tenía un presentimiento o algo así. Y… no sé, me pareció que tenía razón —añadió, encogiéndose de hombros.
Congeló la sonrisa en sus labios, intentando reflejar una actitud despreocupada que por supuesto no sentía. Y mucho menos durante los segundos siguientes en los que Lydia guardó silencio y la observó, como estudiándola, o como si intentara encontrar alguna intención oculta detrás de sus palabras. O al menos eso era lo que Gemma creía que hacía.
De pronto, Lydia sonrió de nuevo, esa sonrisa amable que hacía que algo en el pecho de Gemma se contrajera.
—A mí también me gustaría conocerte un poco mejor —respondió asintiendo, logrando que toda la tensión acumulada en el pecho de Gemma se liberara así, dejando en su lugar una sensación de agradable bienestar. Al menos hasta que Lydia añadió—: Como amigas.
Aunque la sonrisa de Gemma siguió en su sitio, aquella palabra, “amigas”, le cayó encima como una piedra. Aunque aquel era un escenario mucho mejor que los múltiples catastróficos que se había hecho en su cabeza, no pudo evitar la punzada de decepción que le perforó el pecho.
—La verdad, sé que apenas nos conocemos —añadió Lydia, inclinándose ligeramente hacia delante sobre la mesa, y captando de nuevo su atención total—. Pero me considero buena juzgando a las personas; gajes del oficio. Y pude ver desde la primera vez que eres una persona brillante; y dedicada, por supuesto. Y que sinceramente te preocupas por Esther, aunque a veces te cueste mostrarlo.
Su rostro se tornó ligeramente más serio antes de continuar.
—Y también me parece que has pasado por muchas cosas en tu vida de las que no sueles hablar con nadie.
—¿Esto es una sesión de terapia o algo así? —comentó Gemma riendo, intentando ocultar su incomodidad.
—No, lo siento —se disculpó Lydia, volviendo a sentarse derecha en su silla—. Lo que trato de decir es que me gustaría poder ser esa persona con la que puedas hablar de todo eso que te moleste o incluso atormente. Cosas que quizás no hayas podido hablar con nadie antes.
—¿Cómo… mi terapeuta?
—Como tu amiga —recalcó Lydia, sonriendo ampliamente—. Pero obvio, no tenemos que hablar de esas cosas en este momento. Podemos hablar… de lo que tú quieras —añadió encogiéndose de hombros—. Cuál es tu película favorita, si prefieres el invierno al verano, y todas esas pequeñas cosas que hacen a una persona… bueno, una persona.
Gemma asintió lentamente, sintiendo cómo algo se relajaba en sus hombros; una tensión que ni siquiera había notado que estaba allí.
—Sí, de acuerdo —le respondió con una media sonrisa—. También me gustaría que supieras todo eso, y yo saber eso de ti, por supuesto.
El camarero reapareció en ese momento y colocó el latte de Lydia frente a ella. Le agradeció, y el muchacho se alejó, dejándolas de nuevo solas.
—Entonces —murmuró Lydia, tomando un sorbo de su café—. ¿Qué música te gusta?
Gemma soltó una pequeña risita divertida por la repentina pregunta, tan directa y mundana. Le había tomado por sorpresa que en serio quisiera charlar de ese tipo de temas tan normales. Pero le sirvió para relajarse un poco más. Lo suficiente para responder a su pregunta y darle rienda suelta a la conversación.
Una Niña y Su Muñeca - Capítulo 17. ¿Qué acabo de hacer?
Capítulo 17.
¿Qué acabo de hacer?
Los planes de Gemma para el día siguiente, un agradable y templado sábado, eran básicamente encerrarse en su taller y terminar de una vez por todas la propuesta para la presentación. Cole, Tess y ella ya habían reunido toda la información y especificaciones importantes del producto, llevado a cabo las evaluaciones de costos, congregado todos los resultados de las diferentes pruebas y todas las proyecciones a futuro que necesitaban para informar e impresionar a Greg y al resto de la junta directiva. Solo faltaba terminar de ponerlo todo en orden en un documento ejecutivo que los accionistas pudieran entender, y se pudieran llevar consigo para leer y analizar en la comodidad de sus lindas casas. Y esa labor final le correspondía precisamente a Gemma.
Sin embargo, esa tarde estaba teniendo serios problemas para terminar.
Ya tenía aproximadamente el 75% listo, y la demás información que faltaba la tenía a la mano, dispersa en diferentes archivos. Solo necesitaba tomarlo y acomodarlo, como lo había hecho decenas de veces antes. Simple… si su mente no insistiera tanto en divagar sin control. Llevaba como una hora y media ahí sentada, dando vueltas alrededor de los mismos párrafos, editando y reeditando, cambiando cifras y reorganizando puntos, sin avanzar realmente. Para ese punto, el documento seguía prácticamente igual a como lo había dejado la noche anterior.
Gemma soltó un resoplido de frustración, y se hizo hacia atrás, apartándose del teclado y el ratón como si quemaran. Se frotó los ojos con los dedos, cansada de mirar la pantalla, y de estarse de paso haciéndose la tonta. Estaba atascada, por decirlo en palabras simples.
Miró distraídamente hacia la única ventana de la habitación. El pequeño rechinido que hacía su silla cada vez que la giraba, que con el tiempo había aprendido a ignorar, se hacía muy notorio ese día. El cielo se había despejado un poco, por lo que la luz del sol se filtraba entre las persianas a medio cerrar. Usualmente se consideraba un ratón de sombras, pero esperaba que un cambio de perspectiva le ayudara. No lo hizo.
Se recostó en la silla y dejó que su mirada vagara por las pequeñas rendijas del exterior que la persiana le permitía apreciar. Todo estaba muy tranquilo y pacífico, salvo por el ocasional paso de un vehículo por la calle y la risa de algún niño a lo lejos, pero nada más. Ni siquiera…
«Hace rato que no escucho ni veo a ese estúpido perro», pensó un tanto intrigada por la repentina revelación que había llegado a su mente, y por reflejo giró su silla en la dirección de la casa de al lado, como si pudiera verla a través de las paredes.
No había pensado mucho en eso, pero no lo había escuchado ladrar, ni tampoco había visto su suciedad en su banqueta o jardín esa mañana. No desde que… ¿Desde que Celia había ido a su puerta a preguntar si lo había visto? ¿Cuándo fue eso? ¿El jueves? Un par de días. ¿No lo habría encontrado todavía? Y a todo eso, tampoco había visto a Celia desde entonces, ni su mirada juzgadora desde el otro lado de la cerca. ¿En dónde…?
Agitó su cabeza con rapidez, intentando dejar todo eso de lado. Tenía demasiado en qué pensar como para preocuparse por su molesta vecina.
Se giró de nuevo hacia la pantalla, se sentó derecha, se acomodó a seguir trabajando y… de nuevo no avanzó casi nada.
—Maldición —exclamó por lo bajo, chocando una mano contra su escritorio por reflejo.
En verdad, ese no era uno de sus mejores días. Y todo porque su cabeza le estaba dando varias vueltas a otras cosas que no tenían nada que ver con el trabajo. O, quizás, más bien le daba vueltas a una sola cosa.
Se había resistido durante toda esa hora y media a que su mente se dirigiera por completo en esa dirección, pero era más que evidente que no estaba funcionando. Quizás otro enfoque no era solo necesario, sino quizás inevitable.
Gemma suspiró con resignación, y abrió entonces el cajón inferior de su escritorio. Sus dedos rebuscaron entre papeles y pequeños componentes hasta encontrar lo que buscaba: una tarjeta de presentación, blanca con letras negras.
LYDIA MORALES, MSW
TERAPEUTA INFANTIL
DEPARTAMENTO DE SERVICIOS PARA LA FAMILIA DE WASHINGTON
La contempló en silencio un rato, meciéndola entre sus dedos. Le dio vuelta, y contempló en el reverso los números de contacto de la mujer a la que pertenecía, incluyendo su número personal “para emergencias”, según le había dicho en su primera visita cuando se le entregó. Aunque casi de inmediato había añadido: “o si simplemente necesitas hablar.”
¿Se lo diría a todos los tutores con los que tenía que trabajar? ¿O se lo había dicho a ella en específico por algún motivo? Lo que había comentado Esther el día anterior sobre que Lydia la miraba de una “forma especial” se había quedado en su cabeza bien profundo. Ella no lo había notado, aunque debía aceptar que ese par de ojos claros sí que eran bonitos, y sí que la miraban mucho cuando hablaban, aunque Gemma supuso que era parte de su trabajo hacerlo.
Pero, ¿y si no? ¿O si no era solo por eso?
Se sintió realmente estúpida, preocupada por eso cuando tenía tantas otras cosas más importantes en las que debía pensar. Quizás debía simplemente hacerlo, invitarla a ese café del que habían platicado, sacar eso de su sistema, y quizás así poder terminar su trabajo en tiempo y forma. Un café, solo eso. Nada complicado; solo dos adultos conversando.
Pero incluso considerar la posibilidad ya le provocaba un nudo en el estómago que casi la hacía doblarse del dolor.
Ya habían pasado al menos seis meses desde el último par de intentos que había hecho para salir con alguien, ambas citas que había acordado por Tinder, luego de que Tess le insistiera tanto en instalar la aplicación. Y ambos casos habían sido desastrosos.
Primero la diseñadora gráfica. Tenía el cabello teñido de azul y usaba accesorios bastante alternativos, como unos aretes que más bien parecían ser pequeños circuitos que ella adaptó para poder colgárselos de las orejas; eso de hecho le gustó a Gemma y le dio una buena primera impresión.
La cita de hecho empezó bien: cocteles en un bar con luces tenues, una conversación fluida y extendida que Gemma no quería que terminara. Hasta que de pronto, el teléfono de la chica sonó.
—Es mi ex —le explicó con una sonrisa torcida. Y en lugar de colgarle y continuar con su conversación, como Gemma esperaba que hiciera, decidió tomar la llamada—. Solo será un momento —le había dicho antes de ponerse de pie y alejarse con su teléfono en el oído. Pero ese momento se extendió hasta casi treinta minutos…
Gemma pasó todo ese rato esperando, pidiendo más tragos y hasta algo de botana, y cuestionándose con cada minuto que pasaba si acaso su cita se había ido y aquello de la llamada había sido solo una excusa. Al final no fue así y ella volvió, pero Gemma quizás hubiera preferido que no lo hiciera.
Cuando finalmente la diseñadora volvió a la mesa, su actitud cambió por completo. Ahora estaba más distante y ausente, y con evidentes deseos de no estar ahí. Y tras solo un poco menos de cinco minutos de intentarlo sin éxito, le dijo sin más:
—Lo siento, no estoy lista para esto.
Y antes de que Gemma pudiera decir algo, la chica dejó su parte de la cuenta sobre la mesa y se paró, casi corriendo hacia la salida como si el sitio se estuviera quemando. Y Gemma se quedó ahí, patidifusa en su silla, sosteniendo aún su trago a unos centímetros de sus labios sin entender qué había ocurrido.
Intentó no tomárselo personal y suponer que era más asunto entre su ex y ella, pero siempre había sido difícil para Gemma afrontar el rechazo de cualquier tipo. Pero lo intentó una vez más, de nuevo más que nada por insistencia de Tess.
En esa otra ocasión lo intentó mejor con un chico; y un profesor de escuela, además, especializado en literatura victoriana. Sonaba de lo más seguro posible. La cita igualmente comenzó muy bien: cena ligera en un restaurante, charla amena sobre literatura, series y películas viejas. Todo demasiado bueno para ser cierto… y en parte así era.
Todo se fue al carajo cuando, después de como dos horas de charla, al profesor se le ocurrió apenas preguntarle en qué trabajaba. Lo decía en su perfil de la aplicación, pero igual Gemma intentó no tomárselo a mal, y le explicó que había estudiado la carrera de robótica en el MIT, y le habló del trabajo que realizaba en Funki como diseñadora de juguetes inteligentes. La reacción de aquel individuo fue de mal en peor: primero la risita burlona que intentó disimular, no de una forma muy efectiva; luego el comentario de que era una pena que, tras estudiar una carrera tan demandante, terminara solo haciendo juguetes; o por último la cereza de pastel que fue decir que le entristecía ver cómo las mujeres lucharon tanto por tener los mismos derechos que los hombres, solo para encontrarse con la realidad de que nunca tendrán las mismas ventajas y oportunidades que estos, y que quizás era hora de que se replantearan volver a la “vida segura y cómoda” que tenían antes.
Aunque lo último debería haber sido lo que más le molestara, ciertamente lo de que dijera que se dedicaba a “solo hacer juguetes” fue lo que terminó disparando algo en ella, pues fue casi como una versión más ligera de las palabras de Tricia, pero no por eso menos condescendientes.
Tuvo que usar mucha fuerza de voluntad para no romperle el plato en la cabeza, y en su lugar aplicó la estrategia que su cita anterior le había enseñado.
—Lo siento, no estoy lista para esto —le dijo con sequedad, mientras colocaba sobre la mesa los billetes de su cuenta, justo para inmediatamente después ponerse de pie e irse presurosa sin darle oportunidad de responder; justo como la diseñadora había hecho con ella.
Y después de eso… nada; ni una cita más, y no importaba lo que Tess le insistiera. Y no era tampoco que antes de eso lo hubiera hecho mucho, así que con eso bastaba para determinar que no era lo suyo. De ahí en adelante, solo trabajo, la frialdad de su laboratorio en el sótano de la empresa y el vacío de su casa los fines de semana. Bueno, al menos hasta que Esther y M3GAN aparecieron en su vida, haciendo que todo fuera menos vacío y menos silencioso. Pero de vida romántica, nada de nada. Y Gemma creía que estaba bien con eso, hasta que las palabras que Esther le había dicho el día anterior despertaron algo en ella que no sabía que seguía ahí.
Gemma dejó la tarjeta de Lydia sobre el escritorio y se masajeó las sienes con los dedos. Aun suponiendo que por algún milagro inesperado decidiera volver al mercado de las citas… no lo haría con Lydia. Lo que le había dicho a Esther era cierto: no sería para nada correcto. Era la terapeuta y trabajadora social encargada de que Esther estuviera bien. Y, aunque le molestara admitirlo, parte de su trabajo era justo juzgar a Gemma, evaluarla y estar segura de que era la persona adecuada para ser su tutora. Y en verdad parecía ser muy buena y dedicada en su trabajo, la clase de funcionaria del gobierno que te gustaría que se encargara de tu asunto. Y no podría hacerlo como era debido si se involucraba con la persona que justo debía evaluar. No conocía el estatuto al respecto, pero estaba convencida de que debía haber alguna regla contra eso.
Además, ¿qué sabía de Lydia, realmente? Solo su nombre, su trabajo, que era buena con los niños, que tenía una mirada dura y juzgadora, pero también una sonrisa cálida, que sus mejillas se arrugaban de una forma adorable cuando sonreía, que usaba un perfume delicioso que se quedaba en el aire un buen rato cada vez que las visitaba…
—Por Dios, basta —se dijo a sí misma, poniéndose de pie casi de un salto y caminando hacia un extremo del taller. Con sus dedos se tallaba nerviosa su nuca.
Eso estaba mal, y tenía todo el potencial para terminar incluso peor. Y aun así, no podía quitárselo de la mente, y no podría terminar su bendita propuesta hasta que lo hiciera.
Quizás solo debería hacerlo y ya. Solo tenía que tomar el teléfono, marcar el número, decir algo como: “hola, soy Gemma. ¿Te gustaría tomar un café?” Y listo, seguir con su vida. Quizás solo debía…
Un sonido repentino la tomó por sorpresa, rompiendo la quietud casi completa en la que se había sumido la casa entera desde hace buen rato. Era una melodía, notas claras que llegaban a ella flotando en el aire desde la sala. Notas de piano…
Gemma frunció el ceño, intrigada. Por mero reflejo, comenzó a caminar hacia la puerta del taller, al pasillo y, posteriormente, hacia la sala. Conforme más avanzaba, las notas se hacían más fuertes. No era cualquier melodía de piano: era “Para Elisa”, una pieza que siempre había causado en Gemma una muy incómoda mezcla de sensaciones.
Se detuvo en el umbral de la sala y observó con cautela. No le extrañó ver justo a Esther, sentada frente al pequeño piano blanco, su espalda increíblemente recta, los dedos moviéndose sobre las teclas lentamente al ritmo de la melodía, pero con la seguridad de alguien que ya había tocado esa misma pieza muchas veces en el pasado. La luz de la tarde entraba por la ventana, bañando el perfil de la niña con un resplandor dorado. Bajo las mangas de su vestido azul, los lazos que siempre llevaba en las muñecas se asomaban ligeramente.
“Para Elisa…” Gemma conocía esa pieza demasiado bien. La había escuchado cientos de veces a lo largo de su infancia. Su madre la tocaba casi todas las tardes a la hora de su café, y Tricia igualmente solía tocarla para complacerla. Recordaba claramente los dedos de ambas moviéndose sobre las teclas con la misma precisión mecánica que ahora veía en su nieta e hija.
Aunque físicamente no le viera aún ningún parecido con Tricia o su madre, en momentos como ese podía apreciar otro tipo de similitud. Algo más esencial, de cierta forma.
—Eres buena —señaló de pronto, y lo decía en serio. Era la tercera vez que la escuchaba tocar, y era más que suficiente para poder concluirlo con total seguridad.
Esther, sin dejar de tocar, levantó la vista hacia ella y le sonrió con gentileza.
—Gracias —respondió. Y luego, con una absoluta naturalidad, añadió—: Era la pieza favorita de mamá.
Gemma se tensó visiblemente. Un nudo se formó en su garganta, apretando como una mano invisible, pero logró sobreponerse lo suficiente a él para poder responderle.
—Sí, así es —confirmó en voz baja—. O así era…
Gemma calló, permitiéndole a Esther seguir concentrada en su interpretación. Y ella se quedó ahí de pie, observándola y escuchándola con detenimiento. Y al mismo tiempo que se sumía en la belleza de la pieza y en la maestría de su ejecución, venía a su mente la misma idea que le había cruzado cuando la escuchó tocar aquel primer día en Connecticut: ¿cómo, o cuándo, había aprendido a tocar así? La Esther de seis años que ella recordaba, antes de su secuestro, no sabía tocar ni la flauta de la escuela.
Pero en ese caso, concluyó con malestar, eso solo podría significar una cosa: lo tuvo que haber aprendido durante los cuatro años que desapareció.
Un par de minutos después, los dedos de la niña tocaron las últimas notas, y estas quedaron flotando un momento en el aire, antes de desaparecer y dejarlas sumidas en el silencio. Gemma alzó sus manos y comenzó a aplaudir con moderado entusiasmo; el suficiente para que se sintiera genuino y no exagerado.
—Muy bien, muy bien —le dijo con entusiasmo, a lo que la niña le respondió con otra de sus dulces y amplias sonrisas.
Gemma dejó de aplaudir y se cruzó de brazos, adoptando una postura que parecía un poco más incómoda. Miró a su sobrina con algo de seriedad, y entonces murmuró:
—Esther… ¿Quién te enseñó a tocar?
La niña inclinó su cabeza, y la observó con expresión confusa ante su pregunta.
—Mi mami, por supuesto —respondió, riendo un poco—. ¿Quién más?
Gemma entrecerró los ojos, observándola insegura. Le constaba que eso era improbable, y que los tiempos no cuadraban. Intentó pensar rápidamente en la mejor forma de insistir en eso, sin parecer que la estaba interrogando o acusando de algo. Sin embargo, antes de encontrarla, Esther habló primero.
—¿Quieres tocar conmigo? —preguntó la niña, deslizándose hacia un lado en el banco del piano para darle espacio a su tía.
Gemma negó rápidamente con la cabeza, apoyándose además de un gesto vago de negación con la mano.
—No, no, gracias. Hace demasiado tiempo que no toco.
—¿Cuánto tiempo? —inquirió Esther, curiosa.
Gemma resopló. Se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Pues… no sé —respondió con un encogimiento de hombros—. Pero mucho, eso es seguro. La verdad es que nunca me gustó del todo tocar. Todo eso era más… cosa de tu abuela, ¿sabes? Ella era la que quería que Tricia o yo fuéramos la siguiente Martha Argerich. Tristemente para ella, a ninguna le interesó dedicarse al piano profesionalmente. De seguro debe estarse revolcando…
Calló de golpe al ser consciente de que quizás estaba llevando su comentario chistoso un poco lejos. Hablar de estarse “revolcando en su tumba” no debería considerarse muy divertido, considerando que apenas habían pasado semanas de lo de Tricia y Allen.
No estuvo segura de si llegó a perturbar o no a Esther con sus palabras, pues su rostro continuó tan sereno como antes, y simplemente asintió lentamente como respuesta a su comentario.
—Entonces, ¿por qué lo tienes? —preguntó la niña de pronto, mientras pasaba una mano por la tapa blanca y lisa—. Si no te gusta tocar, ¿por qué tener un piano?
Esa era, de hecho, una muy buena pregunta; además simple e inocente. Aun así, dejó a Gemma sin palabras. Abrió la boca para responder, pero la cerró casi de inmediato. Buscó a su alrededor una respuesta que tuviera sentido, aunque no tenía claro si se refería a que tuviera sentido para Esther o para ella misma.
Aquel piano pequeño y sencillo era un objeto hermoso, elegantemente simple, con curvas suaves y teclas perfectamente alineadas. Gemma lo había comprado hacía tres años en una subasta de muebles antiguos en la que ni siquiera recordaba bien cómo había llegado. Lo había visto desde el otro lado de la sala y, por alguna razón que aún no comprendía del todo, había levantado la mano y había ofertado. Por suerte, no había tanta gente interesada, o no tanto como al parecer lo estaba ella.
Lo había colocado ahí, a un lado de la ventana, junto a su estante de juguetes de colección. Lucía perfecto y hermoso. En su sencillez, captaba la atención en cuanto entrabas. Le había tomado una foto, en la que también salía el estante a su lado, y luego… y luego nada. No lo había tocado ni una sola vez. Si acaso le pasaba la microfibra cuando hacía limpieza, como lo haría con cualquier otro mueble, pero poco más.
No entendía qué era lo que le había atraído tanto como para pagar lo que terminó pagando por él, ni tampoco por qué lo conservaba todavía. Quizás, si creyera un poco en el destino, diría que tal vez esperaba justo ese momento: a que llegara alguien como Esther para que le diera vida. Era un lindo pensamiento, pero Gemma sabía muy bien que aquello a lo mucho era una mera coincidencia.
—No lo sé —volvió a responder, encogiéndose de hombros como antes—. Pero se ve bien, ¿no te parece? Tu abuela decía que una sala de estar sin un piano se sentía vacía.
Esther asintió de nuevo.
—¿Cómo era ella? —preguntó, girándose completamente en el banco para mirar a Gemma directamente—. La abuela, me refiero. La verdad es que no la recuerdo muy bien.
Gemma dudó. Su madre había muerto cuando Esther tenía apenas cuatro años; era de esperarse que no tuviera recuerdos claros de ella. Y Tricia, siendo Tricia, probablemente solo le dijo las cosas buenas y superficiales, en un intento de mantener una imagen impoluta de ella. Y siendo así, ¿quién era ella para contradecirla? Aunque tampoco deseaba mentirle.
En el punto intermedio entre su postura y la de Tricia, debía de estar la verdad.
—Tu abuela era… estricta. Muy culta, y muy… hábil con la música. Tocaba el piano y el violín, y de joven dio algunos recitales, e incluso compuso algunas piezas. Creo que el único motivo por el que no siguió en eso fue porque se casó, y mi papá no era que tuviera mucho interés en apoyarla con eso. Eran otros tiempos…
Hizo una pausa, recordando con cierta nostalgia las noches en que su madre se sentaba frente al piano del salón de su infancia, sus dedos creando mundos enteros muy, muy lejos de esa vida cómoda, aunque claustrofóbica, en la que ella misma había elegido meterse. Hasta ese momento, no se había cuestionado qué tantos arrepentimientos podrían haber estado escondidos detrás de cada una de esas notas.
—Esperaba mucho de nosotras —añadió, pensativa—. Demasiado, a veces. Y me temo que lo más probable es que no hayamos llegado a cumplirlas. En especial yo.
—¿Qué pensaba ella de tus preferencias? —preguntó Esther de manera súbita, destanteando a Gemma por completo, casi como si la hubieran sacudido con fuerza.
Una risa corta y nerviosa escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla.
—¿De mi… bisexualidad te refieres? —respondió, aún riendo como si aquello fuera, por algún motivo indescifrable, divertido—. Ni idea, la verdad. Hasta donde sé, ella y mi papá nunca lo supieron. O si los supieron, o lo sospecharon, nunca me lo hicieron saber.
Pero Gemma estaba casi segura de que no lo sabía. Su madre no sería el tipo de persona que se guardaría sus opiniones al respecto, y fingiría que no se daba cuenta. Así que, de haberse enterado, habría movido cielo, tierra y mar para “corregirla”.
Aunque, en retrospectiva, no era que las pistas no hubieran estado ahí. Empezando por las revistas, más que inapropiadas, que escondía bajo su colchón, o el trato muy “amistoso” que tenía con algunas de sus compañeras del colegio. Quizás en verdad prefería fingir demencia que afrontarlo de frente. ¿Cómo saberlo ahora?
—Debió ser difícil —comentó Esther, su voz apagada rompiendo el silencio—. No tener a nadie de tu familia con quien hablar de eso.
Gemma se encogió de hombros, intentando restar importancia al asunto.
—Eran otros tiempos —dijo de nuevo, aunque sabía que era una excusa pobre—. Pero aunque no podía hablar de eso en casa, encontré afuera a las personas adecuadas que me apoyaron con eso y otras cosas. Pero, Esther…
Avanzó un paso hacia el piano, sus brazos aún cruzados sobre el pecho
—No tiene que ser nuestro caso. Lo sabes, ¿verdad? Si tú alguna vez necesitas hablar de cualquier cosa, lo que sea, puedes hacerlo conmigo. Con confianza. Y en serio, lo que sea.
Esther la miró y rio, aparentemente divertida por el comentario.
—A mí no me gustan las niñas, tía —le dijo con voz risueña.
—No me refiero a eso… o, más bien, no solo a eso —aclaró Gemma rápidamente—. Me refería más bien a cualquier cosa. Incluyendo… —Vaciló un instante, buscando las palabras adecuadas—. Incluyendo lo que te pasó durante los cuatro años que estuviste desaparecida, por ejemplo.
Esther guardó silencio, y se le quedó mirando de una forma que Gemma no supo cómo interpretar. Era como si la estuviera evaluando, quizás incluso determinando si lo que decía era cierto. Al final, le volvió a sonreír, de una forma bastante despreocupada en realidad.
—No te preocupes por eso, tía —le respondió con simpleza, encogiéndose de hombros—. Para eso tengo a M3GAN.
Gemma arqueó una ceja, intrigada por aquella afirmación.
—¿Y con M3GAN sí has hablado de eso? —preguntó de pronto, curiosa, pero también extrañada.
—Un poco —le respondió Esther con naturalidad, al tiempo que se giraba de nuevo hacia las teclas del piano, y posaba sus dedos sobre estas. Sus dedos comenzaron a moverse sutilmente sobre ellas—. Pero eso está bien, ¿no? Para eso la creaste, después de todo.
—Sí, claro… —masculló Gemma, insegura.
No tenía cómo negárselo, e incluso había sido parte de su argumento con Lydia con respecto a que un juguete como M3GAN pudiera ser de gran ayuda para niños que habían pasado por situaciones como la de Esther. Así que sí, estaba cumpliendo la función para la que fue hecha. Eso era bueno… o debía serlo.
Y aun así, Gemma sentía un extraño e incómodo vacío en su interior que no la dejaba tranquila.
Esther comenzó a tocar una vez más en ese momento, una pieza bastante más animada y movida que la anterior. Gemma tomó la decisión de dejarla sola, así que se dispuso a volver a su taller. Apenas se había girado en dirección al pasillo cuando la escuchó preguntar:
—¿Quién era su favorita?
Gemma se detuvo y se giró confundida hacia ella.
—¿Cómo dices?
—De la abuela, me refiero —aclaró Esther, alzando su mirada hacia ella mientras sus dedos seguían tocando—. ¿Quién era su favorita? ¿Tú o mi mamá?
Aquella pregunta, demasiado directa y cruda para el gusto de Gemma, fue un tanto desconcertante. ¿Por qué le preguntaba eso? ¿Mera curiosidad infantil? Decidió intentar dar una respuesta diplomática, la que suponía que todo adulto responsable debía dar bajo esa situación.
—Los padres no tienen favoritos —indicó con voz neutra, y aparentemente relajada.
—¿Ah, no? —musitó Esther, como si aquello la tomara totalmente por sorpresa. Se giró de nuevo hacia las teclas del piano, y pronunció en el volumen justo para ser oída por encima de la música, pero no más—. Pues Gunnar siempre fue el favorito de mamá. Y nunca lo ocultó demasiado.
No había amargura en su voz, solo el reconocimiento tranquilo de un hecho. Un hecho que, en realidad, no sorprendía demasiado a Gemma. Ella misma había sido testigo de cómo Tricia trataba a sus hijos, y cómo siempre había prestado más preferencia por Gunnar, el estudioso, el atlético, el popular, apuesto y extrovertido, y había hecho de lado a la pequeña niña alegre e inocente que era la Esther de seis años.
Gunnar era el hijo de Tricia, y Esther la hija de Allen… No era la primera vez que esa conclusión llegaba a su mente.
Y la realidad era que su caso no era muy distinto.
—Tricia —confesó finalmente, su voz plana, carente de toda emoción—. Tricia era su favorita.
No le dolía admitirlo, pues era una realidad con la que había vivido por mucho tiempo. Así como Gunnar, Tricia era la artística, la inteligente, la que captaba las miradas de todos. En contraposición, Esther y ella podrían ser consideradas por muchos los “patitos feos” del recuadro familiar.
Esther asintió una sola vez, tampoco en apariencia sorprendida por la respuesta. No dijo nada más y siguió tocando como si aquel último intercambio no hubiera sucedido. La plática había terminado, y Gemma se dispuso a ahora sí irse.
Una vez que le dio la espalda, sin embargo, no fue capaz de notar la sonrisita astuta de satisfacción que se dibujó en los labios de la niña en el piano. La charla había salido justo como se lo había imaginado.
— — — —
De vuelta en el taller, Gemma se dejó caer en su silla y dejó escapar un largo y doloroso suspiro. La pantalla de la computadora, con el documento de la propuesta abierto, seguía igual que como lo había dejado, al igual que sus ánimos para continuarlo. Tomó el ratón, fingiendo que en verdad pensaba ponerse a trabajar, pero dejó de intentar engañarse a sí misma casi de inmediato.
Hacía ya algún tiempo que no pensaba tanto en su madre. Y las pocas veces que lo hacía, se llenaba justo de una sensación incómoda como la de ese momento. Quizás estaba siendo muy injusta con ella. Siendo objetiva, estaba segura de que había hecho lo que pensaba que era lo mejor, dada su propia crianza y la época en la que creció. Pero sería terco negar que su relación nunca había sido buena, superada en disfuncionalidad únicamente por su relación con Tricia. Y cuando le había dicho a Lydia que no había llorado por su muerte, no mentía… aunque ahora podía darse cuenta de lo realmente incorrecto que aquello pudiera sonar a oídos de otras personas.
Y escuchando las cosas que Esther decía sobre su madre, sobre Gunnar… Se veía fuertemente reflejada en ella, como si todo fuera una repetición de lo que había sido su propia vida.
Quizás Lydia tenía también razón en preocuparse de que Esther no expresara tan abiertamente lo que sentía. Era evidente que ella sabía lo que decía. Era bastante más empática y sensible que ella para esas cosas, aunque, considerando que a ella casi la consideraban un robot con piel humana, no era decir mucho.
«Lydia», pensó, desviando sus cavilaciones de nuevo en dirección a la terapeuta.
Sus ojos se posaron en su tarjeta, que seguía exactamente donde la había dejado sobre el escritorio. La tomó entre los dedos, sintiendo la textura del cartón entre sus yemas. Pasó principalmente su pulgar sobre el relieve de las letras que formaban entre ellas su nombre: LYDIA MORALES, MSW.
Gemma se preguntó de pronto, sin ningún motivo aparente, cómo sería la vida de Lydia fuera de las sesiones y visitas que hacía por su trabajo. ¿Tendría amigos? ¿Saldría los fines de semana? ¿Bailaba en las fiestas o cuando pensaba que nadie la miraba? ¿Reía con esa risa sincera que Gemma le había escuchado solo un par de veces? Era lo más probable. Las personas normales, las que no eran consumidas por su trabajo y ambiciones como ella misma, tenían una vida a la cual llegar. Las personas como Lydia debían tener a personas que les importaran.
Ella solo tenía a Esther. O quizás ni a ella, pues deliberadamente había creado un androide que sirviera prácticamente de escudo entre ambas para no tener que lidiar con cosas con las que no se sentía lista para lidiar. De nuevo, usando su trabajo como barrera, ahora en la forma de una muñeca parlante e inteligente.
«Ya no hay vuelta atrás para arrepentirse», se dijo a sí misma. «Necesito vender esta idea a los accionistas. Las mejoras e implicaciones pueden venir después».
O al menos eso se decía a sí misma para convencerse.
La tarjeta de Lydia comenzó a sentirse pesada entre sus dedos, como si estuviera hecha de algo más denso que el cartón. Gemma la colocó de nuevo sobre el escritorio frente a ella y la observó en silencio solo unos segundos. Luego, antes de que pudiera cambiar de opinión, tomó el teléfono y marcó el número.
Quizás no era tarde para comenzar, aunque fuera un poco, a dejar de ocultarse detrás de su trabajo. Un paso a la vez.
El tono sonó solo dos veces, antes de que una voz le respondiera abruptamente del otro lado.
—Hola, soy Lydia —respondió con voz clara y profesional.
Gemma sintió la boca seca de golpe. Sus labios se movieron, pero ningún sonido salió de ellos.
—¿Hola? —Lydia volvió a hablar, y aquello bastó para que Gemma se sacudiera y se forzara a reaccionar.
—Hola —logró decir finalmente, su voz sonando extraña incluso para sí misma—. Soy Gemma, Gemma Forrester.
—No, no —le respondió rápidamente—. No es eso. Esther está bien… o eso creo. Digo, sí, definitivamente está bien. De hecho, está tocando el piano en este momento. No sé si logras escucharla desde ahí, pero es realmente buena. Digo, no soy una profesional, pero mis cuantos años tocando de joven, creo que me acreditan para al menos decir si alguien lo hace bien o no…
Se detuvo de golpe, dándose cuenta de que estaba divagando. Respiró hondo, intentando calmarse lo más posible, antes de volver a hablar.
—Lo siento. Lo que quiero decir es que no te llamo por Esther, descuida.
—Entiendo —masculló Lydia con tono precavido, que sonaba de hecho a que no entendía nada en absoluto—. Entonces, ¿en qué puedo ayudarte?
Gemma cerró los ojos, sintiendo cómo el calor subía por su cuello hasta sus mejillas. Era ridículo cómo había presentado proyectos multimillonarios ante consejos directivos, defendido sus tesis frente a paneles de expertos y convencido a su jefe de apostar por una locura de proyecto que hacía un par de semanas antes había desechado por completo… y sin embargo se congelaba y temblaba como una adolescente para invitar por teléfono a alguien a salir.
Porque… eso estaba haciendo, ¿cierto? ¿La estaba por invitar… a salir?
—¿Gemma? —preguntó la voz de Lydia al teléfono, luego de que al parecer se había quedado callada más de la cuenta.
—Lo siento, aquí estoy —le respondió apresurada, y aprovechando el impulso dejó que su lengua siguiera hablando—. Disculpa la molestia. Es solo que… bueno, ¿recuerdas que el jueves, cuando estuviste aquí, te dije que te invitaría un café por lo amable que habías sido conmigo?
—Sí, lo recuerdo —indicó Lydia de inmediato sin ninguna vacilación, para sorpresa de Gemma. ¿En verdad lo recordaba?
—Perfecto… Entonces… —hizo una pausa, se mordió su labio inferior y lo dejó salir sin más—. ¿Te gustaría que nos reuniéramos para tomarlo?
Hubo un silencio al otro lado de la línea, que duró solo unos segundos, pero para Gemma fue una agobiante eternidad.
—¿Reunirnos para tomar un café? —inquirió Lydia, sonando más como un deseo de querer rectificar que hubiera entendido bien.
—Sí, exacto. Tomar un café, una charla casual, nada complicado… Pero si estás ocupada…
—¿Cuándo? —preguntó Lydia de pronto, sonando genuinamente interesada, y desarmando un poco a Gemma al instante.
—¿Cuándo? Pues… ¿Mañana en la noche, quizás?
Otra pausa, que de haber durado solo un segundo más, Gemma se hubiera sentido muy tentada a reír, decir que fue una broma y colgar. Por suerte no ocurrió así.
—Está bien —dijo Lydia al fin, con una sonrisa que Gemma no podía ver, pero sí oír—. Me encantaría.
—¿De verdad? —exclamó Gemma, incapaz de ocultar su alivio—. Digo… genial, sí. De acuerdo… ¿Conoces el Café Allegro, en University Way?
—Sí, lo conozco —confirmó Lydia—. ¿A qué hora?
—No sé… ¿Siete? ¿Siete de la noche? —sugirió Gemma—. O podemos hacerlo más tarde, o más temprano…
—Las siete está bien —le indicó Lydia suavemente—. Te veré entonces.
—Perfecto. Entonces… nos vemos mañana.
—Nos vemos mañana. Adiós, Gemma.
—Adiós.
Lydia colgó y Gemma lo hizo un instante después.
Gemma se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla oscura como si esperara que volviera a sonar en cualquier momento, pero permaneció en silencio. Su corazón aún latía con fuerza en su pecho, sus palmas estaban húmedas y algo se agitaba incómodamente en su estómago.
—¿Qué acabo de hacer? —preguntó en voz alta a la habitación vacía, pero no hubo ninguna respuesta. Excepto, claro, las notas distantes del piano que le llegaban desde la sala.
Una Niña y Su Muñeca - Capítulo 16. El Botón Correcto
Capítulo 16.
El Botón Correcto
Alrededor de dos horas después, Gemma apareció en la sala de observaciones para anunciarles que ya era hora de irse a casa. Esther estaba más que contenta con la noticia, pues ya se había cansado hace rato de fingir que se divertía armando rompecabezas y haciendo dibujos insulsos. Ya había comenzado incluso a extrañar el ajetreo de la sala de juegos de tanto estar envuelta en ese frío y molesto silencio.
En cuanto la volvió a ver, a Esther le pareció que Gemma estaba actuando con bastante normalidad. Si en verdad sospechaba algo de los videos, lo ocultaba muy bien. Sin embargo, tampoco diría que estaba del todo tranquila. Algo le preocupaba, pero eso no era tan raro viniendo de ella. Casi siempre tenía algo en la cabeza que la tenía inquieta, normalmente algo del trabajo. Pero eso les convenía en ese momento; era justo el estado de ánimo que requería para hacer justo lo que le había dicho a M3GAN que haría.
Tras subir por el elevador, las tres avanzaron por el vestíbulo en dirección a las puertas principales. M3GAN iba vestida con su ridículo disfraz de abrigo café, lentes oscuros y bufanda, que posiblemente hacían que llamara más la atención en realidad. El lugar se encontraba ya un poco menos concurrido que más temprano, pero aún había un par de recepcionistas, otro par de guardias en la puerta y al menos unas tres o cuatro personas que parecían estar esperando que los pasaran o… solo Dios sabía qué con exactitud.
—Espero no te hayas aburrido demasiado esperándome —comentó Gemma con tono casi bromista a su lado. Esther se obligó a girarse hacia ella y sonreírle con ternura.
—No mucho —le respondió—. Cuando M3GAN volvió, todo fue mucho mejor.
—Me alegra escuchar eso. Bueno, por el resto de este día estaré libre de trabajo, así que…
Gemma dudó un momento, mientras claramente pensaba en qué decir o sugerir. A Esther aquello le pareció algo entre adorable y patético.
—¿Te gustaría que viéramos una película o algo? —comentó tras unos segundos, sonando bastante insegura en realidad al decirlo.
—No sé —respondió Esther, encogiéndose de hombros—. ¿A ti te gustaría?
Gemma estaba por responderle algo, cuando le interrumpió una voz que la llamaba a sus espaldas.
—¡Gemma! Espera, por favor —pronunciaba aquella persona con fuerza, provocando que Gemma se detuviera, y Esther y M3GAN con ella.
Las tres se giraron al mismo tiempo, y Esther vio cómo se acercaba hacia ellos desde los elevadores un hombre alto y delgaducho, de cabeza redonda, pelo corto y oscuro con entradas, peinado de lado como si fuera un muñequito, y una expresión de apuro en el rostro que iba a la par con su rápido andar.
—¿Y ese quién es? —soltó de pronto, en parte más como acto reflejo.
—Es Kurt, el asistente de mi jefe —musitó Gemma con pesadez. Era evidente que no estaba tampoco del todo contenta de verlo.
Aquel chico, de nombre Kurt al parecer, llegó ante ellas, respirando con agitación, intentando recuperar el aliento luego de la carrera que al parecer se había lanzado.
—Qué bueno que te alcancé —logró decir con una sonrisa una vez logró respirar con normalidad.
—¿Qué pasa, Kurt? Ya voy de salida —le respondió Gemma, usando solo la mínima dosis de cortesía requerida, señalando con un pulgar hacia las puertas.
—No te quito mucho tiempo —explicó Kurt—. Solo quería avisarte que ya le confirmaron a David el día y hora para la presentación con los accionistas. Va a ser el próximo martes, como habíamos dicho.
—Perfecto.
—Sí, solo un detalle: tendrá que ser a las ocho de la noche.
Gemma arqueó una ceja, visiblemente confundida por aquello.
—¿Por qué tan tarde? —preguntó con seriedad, cruzándose de brazos.
Kurt vaciló un momento, casi como si temiera que al dar la respuesta incorrecta Gemma le fuera a arrancar la cabeza o algo así.
—Sí, bueno… al parecer Greg quiere invitar a un importante inversionista a la presentación, y solo puede asistir a esa hora. Así que ahora será algo así como un cóctel. ¿Crees que… sea un problema? Tu sobrina no tiene que dormirse a esa hora, ¿o sí?
Hecha aquella (absurda) pregunta, se giró a mirar a Esther con ligera preocupación, y esta lo miró de regreso con una expresión que difícilmente ocultaba la pregunta implícita: “¿estás hablando en serio, idiota?” De verdad, ¿quién dejaba que estos idiotas inadaptados trabajaran en una empresa de juguetes?
Por su parte, Gemma pareció más divertida que molesta por el comentario, e incluso intentó aguantarse las ganas de reírse para mantenerse serena y responder.
—Creo que puede quedarse despierta un poco más tarde ese día —le indicó con dejo sarcástico—. Gracias por la información, Kurt. Pero podrías habérmelo enviado por correo, ¿sabes? No era necesario que corrieras hasta acá para decírmelo.
—Ah, sí… supongo que sí —musitó Kurt, riendo nervioso—. Bueno, David también me pidió que te preguntara si ya tenían todo listo para ese día, y que si necesitabas cualquier cosa…
—Está todo bajo control —le respondió Gemma, alzando una mano para indicarle que podía detenerse—. Así que no te preocupes. Próximo martes, ocho de la noche; ahí estaremos. Y le entregaré la propuesta completa y el informe a David el lunes temprano, junto con su discurso no tan técnico, justo como lo pidió. ¿Algo más?
Kurt abrió la boca para decir algo, pero lo meditó dos veces.
—No, supongo que no —indicó con una sonrisita sumisa—. Gracias, Gemma. Que todo salga muy bien.
Culminó su comentario alzando sus dos pulgares al frente con aparente ánimo y comenzó a retroceder lentamente por donde vino. Gemma, M3GAN y Esther lo observaron en silencio mientras se alejaba, cada una de seguro con su propia conclusión de aquella repentina y extraña interacción. En el caso de Esther, por una parte, pensaba en las bolas tan pequeñas que aquel sujeto debía de tener; y, por el otro, no le pasaba desapercibido el tema de la fecha para la dichosa presentación.
El próximo martes; menos de cinco días, como M3GAN bien le había dicho. Y su androide iba a necesitar todavía poco más de una semana después de eso para terminar su plan. Necesitaban moverse rápido.
—Denme un segundo, por favor —murmuró Gemma con voz ausente, sacando en ese momento su teléfono—. Voy a informarles a Tess y Cole de la confirmación del día y del cambio de hora. No tardo.
Gemma se enfocó en su teléfono, moviendo sus dedos presurosos contra la pantalla. Esther, mientras tanto, fijó su atención en otra cosa cerca de ellas.
Una mujer se había acercado desde el módulo de información hacia una salita de espera a solo unos metros de ella. En un brazo cargaba a un bebé lloriqueando, que fue de hecho lo primero que jaló la mirada de Esther hacia ella. De su hombro cargaba una pañalera, del otro su bolso; con una mano empujaba una carriola, al mismo tiempo que además sujetaba su teléfono entre su hombro y su oído, intentando de seguro atender su llamada lo mejor que el evidente caos que la rodeaba le permitía.
—Sí, sí, aquí estoy… —la escuchó pronunciar con fuerza, intentando hacerse escuchar sobre los llantos de su bebé—. No, sí lo tengo… sí, te lo envío en… Oye, ¿puedo marcarte en un minuto? Jenny está insoportable… Sí, gracias. Te marco en un momento.
Poder colgar su llamada pareció traerle un poco de paz, pero no demasiada. Soltó la carriola para poder tomar su teléfono, y titubeó por un instante, mirando hacia un lado y hacia el otro para intentar decidir qué hacer primero. Optó por dejar su bolso sobre uno de los sillones y prácticamente arrojar su teléfono hacia este. Luego dejó caer la pañalera al suelo a su lado y concentró entonces sus dos brazos y manos en tomar a su bebé y colocarlo en la carriola.
—Ya, ya, pequeña —mascullaba con tono cantarín y arrullador, mientras colocaba a la pequeña en la carriola con mucho cuidado—. ¿Qué pasa? ¿Tienes hambre? ¿Necesitas un cambio de pañal?
Se inclinó entonces sobre la pañalera, buscando con algo de desesperación alguna solución mágica a su problema. Esther no la envidiaba, ni un poco. Pero su atención, que seguía tan fija en ella, no se debía a la compasión, sino a su bolso. O, en específico, a su teléfono, cuya parte superior sobresalía un poco de este.
Una sonrisita astuta se dibujó en sus labios. El cielo estaba claramente a su favor.
Gemma dejó salir en ese momento un pequeño bufido desdeñoso.
—¿A quién se le ocurre traer a su hija a un sitio como este? —comentó con ligero desaire, mientras continuaba con sus dedos y su mirada fijos en la pantalla—. ¿Que no sabe que es un sitio de trabajo?
Esther se giró rápidamente hacia ella, con una expresión inquisitiva en su rostro. Gemma respingó, dándose cuenta, quizás un poco tarde, de lo que había dicho.
—Digo… contigo es diferente —indicó, sonriéndole un poco forzada—. Tú eres una niña grande…
—¿Puedo ir al baño? —soltó Esther de golpe, cortando su burdo intento de justificación.
—Sí, claro. ¿Necesitas que te acompañe?
—No, estaré bien —respondió Esther con soltura—. Soy una niña grande, ¿recuerdas?
Y antes de que Gemma pudiera decir más, Esther comenzó a caminar en la dirección en la que ya sabía que estaban los baños. Avanzó unos cuantos pasos antes de animarse a mirar fugazmente sobre su hombro hacia atrás. Gemma ya había vuelto de nuevo a su teléfono y no le prestaba atención, justo como se lo esperaba. Quien sí la miraba, a través del oscuro cristal de sus anteojos oscuros, era M3GAN. Y Esther supuso que ella sí que se había dado cuenta de lo que planeaba; no esperaba menos de ella.
Esther se giró de nuevo al frente y avanzó con paso tranquilo y disimulado. Al pasar cerca de la pequeña salita, la mujer estaba inclinada sobre la carriola, con casi la mitad de su cuerpo metido en esta, y dándole totalmente la espalda a su bolso. Esther miró rápidamente a su alrededor, con esa habilidad que había desarrollado con el tiempo de identificar los puntos de peligro cercanos. Las recepcionistas, Gemma, los dos guardias… Ninguna miraba a la puerta. Las cámaras, sí que las había, al menos tres, aunque una parecía dar a la puerta, otra a la recepción y una más a los elevadores. ¿Podría haber una cuarta apuntando justo a esa salita? Sí que podría, pero tendría que arriesgarse.
Rápidamente, en cuestión de solo un par de segundos, se inclinó por encima del respaldo del sillón, estiró su brazo hacia el bolso, tomó el teléfono entre sus dedos, lo extrajo del bolso, lo guardó en un bolsillo de su vestido y siguió caminando con total naturalidad, como si ese pequeño desliz en su camino al baño no hubiera sucedido en lo absoluto. Sus años de tener que robar carteras y bolsos en las frías calles le habían dejado muchas enseñanzas.
No envidiaba a aquella mujer. Y ciertamente menos ahora, pues al darse cuenta de que su teléfono había misteriosamente desaparecido, el día de mierda que al parecer estaba pasando estaba por empeorar.
Por su parte, ya en el baño se encargó de apagar el teléfono y quitarle el chip, en caso de que tuviera algún tipo de aplicación de rastreo. Ya vería después con M3GAN qué es lo que necesitaba con exactitud.
Mientras tanto, ya habían logrado el primer paso de su plan.
— — — —
No mucho después, Esther, M3GAN y Gemma se subieron al automóvil de esta última y se dirigieron a casa. El tráfico, sin embargo, avanzaba con lentitud, ya que las calles habían quedado húmedas tras una llovizna que había caído durante la tarde. Tras el volante, Gemma observaba fijamente los faros rojos del vehículo delante de ella y el ir y venir de los limpiaparabrisas. Aunque, claro, sus pensamientos se deslizaban sin remedio en todo lo que había acontecido ese día.
Seguía inquieta, y no sabía aún por qué. Los videos de M3GAN y el análisis de Tess habían revelado que nada malo había ocurrido con aquella caída, y ya tenían fecha y hora para la tan esperada presentación con los accionistas. Ya tenían casi todo terminado, y lo que faltaba podrían tenerlo sin problema antes de ese momento. Todo marchaba bien.
Y aun así, no estaba en paz.
Algo se le escapaba, y la sensación de estar tan cerca de descubrirlo, pero a la vez siendo tan difícil de identificar, le resultaba demasiado frustrante.
El semáforo que las tenía detenidas cambió a verde, y Gemma presionó suavemente el acelerador. Los autos avanzaron hasta cruzar la calle, siendo su camioneta justo el último antes de que cambiara de nuevo el rojo. Sus dedos tamborileaban distraídamente sobre el volante al ritmo de una canción que solo existía en su cabeza, un viejo y nada agradable hábito de sus tortuosos años practicando piano.
—¿Qué tal tu día, tía? —pronunció de pronto la voz de Esther desde el asiento trasero, no solo rompiendo el silencio, sino provocando que Gemma se sobresaltara, como si hubiera olvidado que no iba sola. Y tanto Esther como M3GAN habían estado tan calladas, que por un momento así parecía.
—Bien, supongo —le respondió con forzada normalidad, echándole un vistazo a ambas por el espejo retrovisor—. Ya tenemos la fecha para la presentación, como escuchaste. ¿Estás lista?
—Estoy lista —respondió Esther con voz neutra, contemplando las gotas de agua deslizándose por la ventana—. Solo debo jugar e interactuar con M3GAN frente a todas esas personas importantes, ¿verdad?
—Sí, en pocas palabras. Pero no te vayas a poner nerviosa, solo sé tú misma.
—No estoy nerviosa —le respondió Esther, girándose a mirarla con una de sus sonrisitas dulces—. ¿Tú estás nerviosa, M3GAN? —preguntó a continuación, girándose hacia la androide sentada a su lado.
—Los síntomas más asociados con “sentirse nervioso”, según describe la mayoría, son taquicardia, sudoración, insomnio y la sensación de un "nudo" en el estómago. En vista de que no me es posible sentir físicamente ninguna de esas cosas, supongo que la respuesta más evidente es que no.
—Y ese simple “no” hubiera bastado —murmuró Esther por lo bajo, mirando hacia otro lado.
—Bien, eso es excelente —masculló Gemma, y sus ojos volvieron a centrarse en el camino. Por suerte, habían comenzado a adentrarse a un tramo más libre en donde el tráfico era menor—. Y, ¿se divirtieron en la sala de observación? ¿No fue demasiado aburrido?
—No, estuvo bien —respondió Esther con voz alegre—. Armamos tres rompecabezas. M3GAN es muy buena en eso.
—En efecto —secundó M3GAN—. Mis algoritmos de reconocimiento de patrones me permiten identificar con facilidad conexiones entre piezas, basándome en forma y color, con una precisión del 99.7%.
—¿Ese es el número real o te lo inventaste? —preguntó Esther, sonando de hecho divertida al hacerlo.
Gemma sonrió, alegre de verlas platicar y convivir de esa forma tan espontánea y amistosa. Casi lograban que se le olvidaran todas sus preocupaciones.
—También estuvimos hablando de varias cosas —añadió Esther, retumbando su respuesta a la pregunta de su tía—. De la presentación, de películas… y de la Srta. Lydia, también.
Gemma volvió a girarse a mirarla por el espejo, llamándole la atención la repentina mención de la terapeuta, y en especial con un énfasis tan particular.
—¿Ah, sí? ¿Y qué hablaron sobre ella? —inquirió con curiosidad.
—Nada importante —respondió Esther, encogiéndose de hombros—. Solo le decía a M3GAN que me gusta hablar con ella. Es amable y linda.
Aquello tomó un poco por sorpresa a Gemma. No sabía que Esther tuviera tan buena opinión de Lydia. Aunque ella misma debía aceptar que, pese a su primera impresión de ella, la verdad era que sí que le parecía ahora que debajo de esa capa de inamovible profesionalismo, se encontraba ciertamente una persona amable; y linda, por supuesto…
—¿Sabes cuándo volveré a verla? —preguntó de pronto Esther, jalando de nuevo su atención.
—Acordamos que la próxima semana, ¿recuerdas? La veremos en la oficina, quizás ahí mismo en la sala de observaciones si te parece bien.
Esther asintió lentamente. Guardó silencio un instante, y entonces añadió:
—¿Y tú cuándo la verás?
—¿Eh? —exclamó Gemma, un tanto extrañada—. Pues… la próxima semana, cuando te vea a ti. ¿O a qué te refieres?
—Creí que la verías antes. ¿No la invitaste a tomar un café?
Gemma guardó silencio, un tanto perdida. ¿Ella la había invitado? Intentó hacer rápidamente memoria de su conversación de esa mañana. Tardó un poco, pero recordó al final el vago comentario que había hecho sobre invitarle un café.
—Ah, eso… Fue solo un decir, no era en serio. O al menos yo no creo que haya sido en serio —añadió aquella última frase como un susurro dubitativo.
—Es una lástima —añadió Esther, con ligero pesar en la voz—. Creo que le agradas, tía. Y mucho.
De nuevo, Gemma se sintió desorientada por el rumbo que tomaba la conversación con cada cosa que decía Esther. ¿Que le agradaba? Eso era bueno, pero… había algo extraño en la forma en la que lo decía.
—¿A qué te refieres? —preguntó con cautela—. ¿Ella te dijo algo?
—No, nada —respondió Esther, negando con la cabeza—. Es solo que te mira de una forma especial. ¿No lo notaste?
Gemma sintió un calor inesperado subir por su cuello hasta sus mejillas. ¿Acaso Esther estaba sugiriendo lo que parecía estar sugiriendo? No podía ser eso. ¿Cómo habría notado algo así una niña de diez años? En especial cuando ella misma no había notado nada cercano a lo que describía.
—Creo que estás malinterpretando las cosas, cariño —respondió Gemma, riendo de forma nerviosa—. Lydia es… bueno, una profesional haciendo su trabajo. Y ser amable y cálida es parte de eso. Te aseguro que no me ve diferente a como de seguro mira a todos sus… casos.
—Quizás —concedió Esther en voz baja, mirando de nuevo hacia la ventanilla. Luego, con algo de vacilación, añadió—: Pero… bueno, como mami me había dicho que a ti te gustaban las mujeres, pensé…
El pie de Gemma se presionó de golpe y con fuerza contra el freno, haciendo que el auto se parara en seco, y los cuerpos de sus dos pasajeras se impulsaran hacia el frente, pero no demasiado gracias al cinturón de seguridad. Ella ni siquiera fue consciente de cuándo lo hizo, como si su cuerpo por sí solo hubiera decidido que debía detenerse en ese instante. Un vehículo que venía detrás de ella sonó el claxon con fuerza, al tiempo que le sacaba la vuelta con una maniobra peligrosa que estuvo a nada de hacer que se estrellara contra ella.
—¡Idiota! —le gritó el conductor por su ventanilla abierta, mientras pasaba a su lado con rapidez. Sus luces se perdieron en la lejanía, pero Gemma no las veía; ni siquiera había escuchado el grito o el claxon.
Una vez estuvieron quietos, permaneció en silencio unos segundos, paralizada con sus manos aferradas firmemente al volante, y sus ojos fijos al frente, captando nada en realidad; apenas el vaivén de los limpiaparabrisas delante de ella.
—¿Tía? —escuchó vagamente que pronunciaba la voz de Esther a sus espaldas—. ¿Estás bien?
Gemma tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para obligarse a reaccionar. Respiró hondo, relajó los hombros y las manos, y retiró lentamente el pie del freno para seguir avanzando.
—Sí, lo siento —se disculpó fingiendo una calma que no sentía—. Tu madre… ¿Ella te dijo eso?
Intentó que su pregunta no sonara desesperada o como una exigencia, pero sabía bien que no lo había logrado del todo.
Esther pareció incómoda por un momento, quizás asustada ante la idea de haber dicho algo inapropiado. Gemma sintió un punzón de culpa, y estaba por decir algo para calmarla… sin saber bien qué decir, cuando Esther se animó a responderle.
—Sí… bueno, no con esas palabras —susurró despacio, bajando la mirada hacia sus manos entrelazadas.
Gemma contuvo las ganas de soltar un resoplido, o incluso una risa desdeñosa, al escucharla. Claro, podía imaginarse muy bien qué tipo de palabras habría usado Tricia para hablar de su sexualidad. Ninguna amable, eso era seguro. Ni siquiera era consciente de que Tricia lo sabía. Quizás en realidad no era así, y solo lo decía al aire como una manera de intentar, desde su perspectiva, menospreciarla.
—Más que nada la escuchaba hablar de ti a veces —prosiguió Esther—. En especial cuando creía que yo no la escuchaba.
—Bueno… —murmuró Gemma con voz vacilante. Siempre le había resultado complicado hablar de ese aspecto de su persona con la gente, y definitivamente no tenía idea de cuál era la forma correcta de hacerlo con un niño—. La verdad es que tu madre tenía razón… en cierto modo. Verás, a la mayoría les gustan personas de un género opuesto al suyo, a otros les gustan solo personas de su mismo género… Y a otras, como a mí, nos pueden gustar… pues, personas de cualquier género… ¿Me entiendes?
Se sentía ridículamente estúpida. ¿Cómo debía explicar aquello? ¿Estaba diciendo mucho? ¿O no suficiente? ¿Lo estaba complicando de más o de hecho lo simplificaba? ¿Y cómo es que en todos los planes a futuro que siempre hacía no había previsto que justo tendría que hablar de eso con ella algún día?
—Se le conoce como bisexualidad —intervino de pronto M3GAN sobresaltando a Gemma—. Es la capacidad de ciertos individuos de sentir atracción romántica o sexual hacia personas de su mismo género, y también hacia personas de otros géneros. Si bien anteriormente se definía de forma limitada como sentir atracción hacia “hombres y mujeres”, la diversidad actual de las identidades de género ha permitido entenderla como un espectro más amplio y fluido, propio de cada individuo. Según estadísticas recientes, aproximadamente el 5.2% de la población adulta en Estados Unidos se identifica como bisexual, con una presencia mayoritaria en mujeres. Pero es una cifra que tiende a crecer en el futuro.
—Sí, gracias, M3GAN —exclamó Gemma entre dientes con ligero sarcasmo.
En parte no debería de molestarle que interviniera de esa forma; la diseñó justamente para ayudar en situaciones como esa, después de todo. Y sí, en parte le aliviaba, pues no tenía que explicarlo ella misma como, evidentemente, se le estaba dificultando. Pero siendo un tema tan… personal, no se sentía cómoda con la idea de que una máquina tomara la iniciativa de hacerlo en lugar de ella.
Quizás a eso se refería Tess, aunque también era un buen ejemplo de lo que le había dicho Cole.
—Pero sí te gustan las mujeres entonces, ¿no? —preguntó Esther de pronto, destanteando a Gemma un poco por lo directa de la pregunta. Pero los niños a veces eran así.
—Sí, se podría decir que sí —respondió Gemma en la forma de un escaso susurro—. ¿Eso… te molesta? —preguntó dubitativa, mirándola casi con temor a través del retrovisor una vez más.
Su miedo era un poco irracional y lo sabía, pero ciertamente la idea de que revelar aquello tan pronto pudiera cambiar lo que Esther pensaba de ella, o su forma de tratarla… la ponía muy, muy nerviosa. No sabía qué ideas le habría inculcado Tricia, no solo hacia ella, sino a todos esos temas en general.
Para su sorpresa, sin embargo, vio como una amplia y dulce sonrisa despreocupada se dibujaba en los labios de su sobrina.
—Claro que no, ¿por qué habría de molestarme? —le respondió la niña con voz serena.
Gemma suspiró, aliviada. Sintió que se quitaba un peso de encima, que ni siquiera era consciente de que cargaba. Su sobrina en verdad era una niña madura y sensible. Eso tenía que venir de Allen, no le cabía duda. De ninguna manera eso podría haberlo aprendido de su madre.
—Creo que deberías invitar a la Srta. Lydia a tomar ese café —insistió Esther, inclinándose un poco hacia delante—. Presiento que te diría que sí.
—¿Qué? No, claro que no —respondió Gemma, soltando una risa nerviosa—. Lydia… Ella es la encargada de tu caso, y está aquí para ayudarte. Tiene que ser objetiva y velar por lo mejor para ti. Así que hacer algo más que eso sería… bueno, no sería profesional, ni ético…
—No seas tan correcta, tía —rio Esther, divertida—. Es solo un café, ¿no? Yo creo que en verdad le gustas.
Gemma sintió que sus mejillas se encendían mientras giraba para entrar en su calle. ¿A qué venía esa sugerencia tan repentina? ¿Y por qué afirmaba con tanta seguridad que Lydia pudiera estar interesada en ella de esa forma? ¿Había visto algo que ella no? Ciertamente, Gemma no tenía ni idea de si acaso la terapeuta pudiera o no tener esas preferencias; solo la había visto un par de veces, después de todo. Y ese supuesto “radar” que decían algunos tener para detectar esas cosas, bueno, el de ella nunca había funcionado bien en lo absoluto. Eso lo descubrió a la mala…
—No creo que sea una buena idea mezclar las cosas —murmuró Gemma mientras estacionaba el auto frente a la casa—. Ya son lo suficientemente complicadas como para… Bueno, da igual. No tengo tiempo para pensar en eso. Tenemos que concentrarnos en la presentación.
—Está bien —respondió Esther encogiéndose de hombros, sonando como si de repente el tema hubiera dejado de importarle.
Se retiró el cinturón de seguridad y se inclinó hacia M3GAN para hacer lo mismo con ella.
—Vamos, M3GAN —le indicó a su amiga, y un segundo después abrió la puerta para que ambas salieran. Sus pies tocaron con fuerza el suelo, creando un “splash” contra el charco de agua que se había formado en el pavimento, y comenzó a correr hacia la casa.
—¡Cuidado! El piso está húmedo —le indicó Gemma con fuerza. Ella misma comenzó a retirarse su cinturón, aunque con bastante menos apuro.
Se quedó incluso unos segundos, contemplando el volante delante de ella, como si esperara que este le dijera la respuesta de alguna pregunta de la que ni siquiera estaba segura de cuál era.
— — — —
Esther y M3GAN se adelantaron al pórtico, refugiándose de la lluvia debajo de su techo. Se giraron hacia el vehículo, y al notar que Gemma se había quedado un poco más adentro, M3GAN se atrevió a hablar.
—Parece que no funcionó —señaló la androide sin pesar ni recriminación, solo señalando un hecho evidente.
Esther sonrió, confiada.
—Al contrario, mi amiga de hojalata. Salió justo como quería.
M3GAN se giró a mirarla, y aunque su rostro falso era incapaz de reflejar emoción, ciertamente aquel comentario la intrigó.
—Pero dijo que no lo haría.
—Solo observa —recalcó Esther, cruzándose de brazos. Miraba en silencio cómo Gemma se bajaba del vehículo y caminaba rápido hacia ellas—. Te lo dije, solo hay que presionar los botones correctos…
Notas del Autor:
La supuesta bisexualidad de Gemma no es algo que se haya dicho en ninguna de las dos películas, al menos no de manera explícita. Así que lo pueden considerar más como un headcanon mío, no algo que yo diga que es así, sino como podría haber sido. Además de que siento que no es tan descabellado para el personaje, considerando lo que llegamos a ver de ella durante la trama de las dos películas.
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 12: Te llevo en el corazón
Capítulo 12:
Te llevo en el corazón
Aquel aviso de Katia captó por completo los pensamientos de Emiliano, y lo hizo poner mucha más atención al escenario, intentando vislumbrar entre aquellos sombreros, trajes negros e instrumentos a su salvadora. No tuvo mucho problema, pues, en cuanto la cantante puso un pie en el escenario, de nuevo fue como si el mundo entero comenzara a girar justo a su alrededor como si fuera el sol mismo. Ella se paró al frente, con una amplia y reluciente sonrisa en sus labios rosados, mientras miraba a todo el público con gratitud y amabilidad.
Su atuendo y apariencia en general habían cambiado casi por completo, pero resultaba imposible no reconocer que era ella. Usaba un atuendo negro al estilo charro tradicional mexicano, al juego con el de sus compañeros, pero claramente adaptado para una mujer. Chaqueta, chaleco y una larga falda hasta los tobillos, las tres prendas de tela negra, adornadas con intrincados bordados plateados en las solapas y puños que simulaban patrones florales. Al frente, a la altura de su cuello, portaba una resaltante pajarita de un vibrante color naranja, y a la altura de la cintura un fajín del mismo color que caía elegante sobre la falda. El cabello lo llevaba ahora recogido en una coleta alta, atado con un pañuelo también anaranjado.
El atuendo era sobrio, un poco sencillo incluso. Aun así, estaba preciosa, como Emiliano nunca había visto a una mujer lucir antes. Una figura etérea, casi irreal. Como estar viendo no a una cantante o artista cualquiera, sino a una reina o una diosa, alguien a quien uno debía estar rebosante de alegría con tan solo tener el honor de poder posar sus ojos en ella.
Emiliano se quedó ensimismado admirando a aquella hermosa aparición, y solo reaccionó cuando la voz del Coloso resonó con fuerza en los altavoces hablando por el micrófono. Emiliano ni cuenta se había dado de que él estaba de hecho ahí también, de pie al lado de Rosario.
—Muy buenas noches a toda nuestra distinguida clientela —pronunció con elocuencia y bastante soltura, y su potente voz retumbó en el bar entero. Los aplausos callaron de golpe—. Bienvenidos a este su bar, La Plaza Garibaldi, ¡el mejor bar de mariachis de toda Colombia!
Aquello último lo pronunció con tanta fuerza y energía que se le contagió de inmediato al público, que gritó de emoción y aplaudió con fuerza. Emiliano debía admitir que hasta a él le habían dado ganas de hacer lo mismo.
El Coloso esperó a que todos guardaran silencio de nuevo antes de continuar.
—Como cada noche, hoy les tenemos un gran espectáculo a la altura de nuestros mejores clientes. Y para comenzar con esta fiesta, les quiero presentar a la voz que ilumina este establecimiento. La luz que calienta nuestros corazones. Con ustedes, Rosario Guerrero, ¡el Lucero de México!
El público estalló en aplausos, y ahora sí que Emiliano no dudó ni un poco en hacer lo mismo. Para cuando logró darse cuenta de lo que hacía, estaba de hecho aplaudiendo con, quizás, un entusiasmo desmedido. Aquello le apenó un poco, en especial al notar la mirada inquisitiva y la sonrisita astuta en Katia. Se forzó entonces a recobrar la compostura y volver a sentarse en su taburete.
«No es para tanto», se dijo a sí mismo. «Rosario canta muy bien, pero solo es música ranchera, después de todo».
Eso es lo que muy seguramente diría su abuela. De hecho, si supiera que estaba en un bar como ese, aplaudiéndole así a una cantante de rancheras… No sabía qué la mataría más, si que las aplaudiera o que las cantara.
—Buenas noches, gracias por sus amables aplausos —pronunció la voz de Rosario por el micrófono, obligando a Emiliano a poner de nuevo su total atención en el escenario—. Para comenzar esta noche, quiero dedicarle la siguiente canción a… todos aquellos que nos visitan de tierras lejanas.
Emiliano se sobresaltó al escuchar aquello. Y si eso no era suficiente, sintió que su corazón daba un brinco cuando, desde esa distancia, la mirada de Rosario pasó a través de todas esas mesas y personas, para posarse justo y directamente en él. La cantante sonrió, y Emiliano tuvo total seguridad de que esa sonrisa era para él.
—Todos aquellos que se encuentran en un viaje, y quizás extrañan su hogar —añadió Rosario con voz suave—. Esta canción es para todos ustedes. ¡Mis mariachis! —pronunció el alto, girándose hacia sus compañeros en el escenario—. Tóquenme, por favor: “¡El Viajero!”
El público aplaudió con emoción, mientras los mariachis se preparaban para tocar. Emiliano no aplaudió en esa ocasión, pues seguía bastante sorprendido. ¿Le estaba dedicando una canción a él? Lo malo era que no la reconocía por el título, aunque ciertamente describía bien lo que era en esos momentos…
Aunque “El Prófugo” sería más acertado.
Los instrumentos comenzaron a tocar, cubriendo el lugar entero con el resonar de las trompetas, las guitarras y los violines. Rosario se mecía hacia un lado y hacia el otro al ritmo de la música, girando también un poco, envolviéndose en ella como si quisiera que su cuerpo entero la absorbiera.
Cuando fue momento de comenzar a cantar, se paró firme en el centro del escenario con el micrófono en una mano y la otra extendida hacia el público.
Yo soy ese viajero
que va por el camino,
por brechas y veredas,
buscando su destino.
Escucho alegres trinos
del ave arbórea.
Rumor de fresca brisa
de tierra morena.
Miro las espigas,
dorados sus trigales.
Como las que se mecen
muy verdes los maizales.
Y serpentean las bardas,
de piedras quebradas,
casitas con arcones
de adobe blanqueadas.
Emiliano se había sentido impresionado al oírla cantar durante el ensayo y le había parecido buena. Pero ahora se daba cuenta de que lo que había visto había sido eso: un mero ensayo. Porque lo que presenciaban sus ojos y escuchaban sus oídos en esos momentos no se le comparaba. Aquella mujer cantaba con una emoción y energía contagiosas, envolventes, algo casi mágico.
Todos, absolutamente todos, tenían su atención fija en ella, como si nada más importara en el mundo entero. Emiliano incluso olvidó parpadear por unos instantes, como si temiera poder perderse cualquier segundo de aquel espectáculo.
La Virgen del Cerrito,
que alivia nuestros males,
nos da sus bendiciones,
milagros y bondades.
Con fe los mexicanos
le brindan su canto.
Y todos la visitan
El día de su santo.
La música subió de intensidad en ese momento, y la voz de Rosario lo hizo a la par sin la menor vacilación.
México, México,
te llevo en el corazón.
Con la alegría del mariachi
me brota la inspiración.
México, México,
de bronce es tu corazón.
No hay como sones jarochos
cantados con emoción.
La voz de Rosario calló unos momentos, dejando que los instrumentos se encargaran del trabajo por unos segundos. Los demás músicos ciertamente no se quedaban atrás, y eran dignos acompañantes de tan celestial voz. Las cuerdas y trompetas resonaban con energía y emoción, retumbando en las paredes, y dejando al público en la expectativa de que la voz que los había estado acompañando hasta ese momento volviera.
Rosario, mientras tanto, siguió brillando en el escenario, moviéndose con soltura y libertad por este, incluso bailando un poco junto con los demás mariachis. Aquel ciertamente parecía ser su elemento, nadando como pez en el agua o una sirena entre las notas que flotaban por el aire.
En el momento justo, volvió de nuevo hacia el centro del escenario, se giró hacia el público y retomó la canción con la misma emoción que antes.
Piletas como espejos,
y tibias sus lagunas.
Se peinan con el viento,
de encaje las espumas.
De piedras molcajetes,
volcanes nevados.
El Popo, el Iztaccíhuatl,
amantes postrados.
Me quedo en este suelo,
tan lindo y tan sereno.
Porque he encontrado
cantos, caricias y consuelos.
Por tantas cosas bellas,
me quedo en tu seno.
Gozando tus pregones,
te canta el viajero.
La música se acrecentó una última vez, y la voz de Rosario lo hizo con ella, haciendo que el corazón de Emiliano se agitara y su piel se pusiera chinita.
México, México,
te llevo en el corazón.
Con la alegría del mariachi
me brota la inspiración.
México, México,
de bronce es tu corazón.
No hay como sones jarochos
cantados con emoción.
México, México,
¡te llevo en el corazón!
Rosario sostuvo la última nota alargada por varios segundos, hasta que los instrumentos callaran también, ni un segundo antes. La nota final quedó suspendida en el aire unos instantes, para luego desvanecerse en el silencio; silencio que no duró ni un segundo, antes de que el público entero estallara en aplausos y ovaciones.
Emiliano ni siquiera lo pensó; se puso de pie y aplaudió con un entusiasmo que lo sorprendía incluso a él mismo. Y se dio cuenta de pronto de que sonreía por primera vez de forma totalmente genuina desde que había salido de México.
Sus problemas no habían desaparecido, por supuesto. Pero, durante esos pocos minutos, Rosario le había brindado algo más, algo que lo apartó muy lejos de todo ese peso en sus hombros. Y, paradójicamente, lo había acercado poderosamente a su hogar. No al hogar lleno de problemas y donde le esperaba un futuro incierto, sino al de su familia, sus amigos, el tequila y la música. Rosario, casi por arte de magia, le había traído México con tan solo el canto de su voz.
Rosario, en el escenario, hacía una leve reverencia, agradeciendo con elegancia los aplausos. Al enderezarse, Emiliano percibió cómo sus ojos se encontraban de nuevo con los de él. Esa conexión, o lo que fuera que había entre ellos, se sentía cada vez más increíblemente real.
Y entonces fue consciente de que no era solo una mujer cualquiera que se había cruzado por casualidad, ni una simple cantante de rancheras. No, Rosario Guerrero, El Lucero de México, era algo más. Algo mucho más poderoso y especial.
«Oh, Emiliano. ¿En qué te has metido?», se dijo a sí mismo, casi como si se estuviera reprendiendo. Y, quizás, en efecto, así era.
— — — —
Una vez que dejó de saludar y agradecer al público, Rosario se incorporó y se giró hacia sus compañeros en el escenario. No pasaron desapercibidas sus miradas cómplices y sus sonrisitas burlonas.
—¿Qué? —cuestionó Rosario, en parte una pregunta real, en parte fingiendo demencia.
—Nada, parcerita, nada —le respondió Fernando, aunque en un tono burlón que dejaba entre dicho que claro que sí había algo—. Interesante la elección musical, nomás digo.
Su comentario fue secundado por una risilla burlona de los otros, siendo la más sonora y característica la del Mañanitas, como de costumbre.
Las mejillas de Rosario se ruborizaron inevitablemente. No tenía caso negar a quién en específico le había dedicado esa canción, pero tampoco les daría el gusto de confirmárselos.
—Muy bonito, muy bonito —masculló la voz del Coloso, haciendo al instante que todas las risas y murmullos se apagaran. Se aproximó a Rosario con paso firme, sus manos aferradas a su cinturón—. Queriendo quedar bien con el disque mexicano, ¿cierto?
No era una pregunta, y la mirada fría con la que la veía lo dejaba claro. Otra noche, hubiera llegado quizás a sentirse intimidada, pero no esa. En cambio, Rosario esbozó una leve sonrisa, sin disculparse.
—Preste acá —le pidió el Coloso, extendiendo una mano hacia ella para que le entregara el micrófono. Rosario se lo pasó, y él de inmediato se colocó en el centro del escenario, mostrando su dominancia y control de aquel sitio desde su propia postura—. ¡¿Les gustó?! —pronunció en alto en el micrófono, provocando una reacción en el público que de inmediato gritó y volvió a aplaudir—. Una hermosa canción, interpretada por nuestra hermosa estrella, El Lucero de México. Dedicada, como bien dijo, a todos los que vienen de lejos solo para poder escucharnos. Pero ya saben lo que dicen: uno solo se puede considerar “viajero” cuando se va de una buena vez, ¿no creen? Porque el que se queda más de la cuenta en casa ajena, comienza a estorbar.
Al decir aquellas palabras, Rosario por supuesto que notó que miraba fijamente a la barra, y al hombre sentado en ella. Este le regresó la mirada desde el otro lado del bar, incluso riendo un poco por claramente sentirse aludido.
Aquello no le agradó a Rosario, y tuvo el impulso de recriminarle al Coloso. Sin embargo, antes de que pudiera decir nada, el cantante líder se dispuso a comenzar su primera canción de la noche.
—Sigi, “La Media Vuelta” —le indicó al trompetista, y este de inmediato pasó a darle la instrucción al resto de los mariachis.
De un segundo a otro, los instrumentos volvieron a tocar, callando cualquier queja que Rosario podría haber externado.
Con las primeras notas de “La Media Vuelta” llenando el aire, que no era solo una canción elegida al azar, sino una clara declaración, Rosario se retiró discretamente del escenario, bajándose por un costado. Sentía el corazón aún acelerado por su actuación. Hacía mucho que no percibía una sensación así luego de cantar. Tras dos años ahí en Plaza Garibaldi, cantar se había transformado meramente en su trabajo, en algo profesional, nunca nada personal. Hasta esa noche, en la que eligió una canción por el mero deseo de cantarla y ponerle todo el corazón.
Como lo hacía antes… cuando cantaba con su papá y con Lucía.
No era algo que hubiera planeado en lo absoluto. Pero cuando su padrino le preguntó con qué canción quería abrir, se le vino a la mente al instante. Quizás fue algo demasiado impulsivo, incluso una locura. Pero al ver la expresión de emoción de Francisco mientras cantaba, supo que había acertado.
Los ojos de Rosario recorrieron el bar, en busca de su invitado. Lo encontró justo donde lo había vislumbrado durante su actuación: sentado en la barra, junto con una bastante atareada Katia. Le sorprendió un poco notar que, aun desde esa distancia y entre toda esa gente, él la miraba fijamente de regreso. Cuando sus miradas se cruzaron, aquella extraña sensación que le había estado recorriendo el cuerpo toda la noche volvió a sacudirla. Una sonrisa asomó en sus labios, sin que pudiera controlarlo. Y, para su sorpresa, él también le sonrió de regreso.
Sin pensárselo ni un instante, Rosario comenzó a caminar hacia la barra, esquivando las mesas y al público. Francisco, al parecer, notó su intención, pues también se levantó de su banquillo y comenzó a aproximársele. ¿Cuál era el apuro de ambos por dirigirse al otro? ¿Qué era eso tan importante que querían decirse? Quizás no era nada en realidad. Aun así, Rosario estaba bastante segura de ir en esa dirección, sin importarle qué.
Ya estaban cerca, a punto de encontrarse a mitad del camino entre la tarima y la barra. Cuando de pronto, una figura alta se interpuso deliberadamente en el camino de la cantante, no solo bloqueándole el camino, sino también la vista de Francisco.
Rosario se detuvo en seco, desubicada. Y lo estuvo aún más cuando sus ojos se posaron en el rostro de la persona que se había puesto tan repentinamente delante de ella.
—Rosario, qué interpretación tan espectacular —le indicó aquel hombre, con una sonrisa astuta adornando sus labios—. Como siempre te luciste, mis felicitaciones.
La cantante parpadeó, desconcertada, como si creyera por un momento que lo que veía era algún tipo de aparición. Pero no, era de hecho bastante real y de carne y hueso; el doctor Javier Macías en persona. Se encontraba frente a ella impecablemente vestido, como siempre, con uno de sus trajes oscuros y elegantes. Su cabello rojizo cuidadosamente peinado y su rostro pulcramente afeitado; un contraste notable con Francisco que era difícil de ignorar.
—Doctor Macías —masculló Rosario por lo bajo, dubitativa sobre qué palabras usar—. Qué sorpresa… O más bien… No esperaba verlo por aquí…
—Después de lo ocurrido querrás decir, ¿cierto? —comentó el abogado, riendo levemente como si el incidente al que hacía referencia hubiera sido un chascarrillo, y no uno de los momentos más humillantes en la vida de Rosario—. La verdad, me siento muy apenado contigo por lo que pasó, Rosario. Es terrible que hayas pasado tan mal rato por un simple malentendido. Viene precisamente a ofrecerte mis disculpas.
Rosario permaneció callada, digiriendo cómo se refería a la tan bochornosa escena que había ocurrido entre su esposa y ella como un “simple malentendido”. Decía que venía a ofrecer disculpas, pero no pasaba desapercibido para ella que intentaba restarle importancia a lo sucedido al mismo tiempo. Además, su sonrisa radiaba amabilidad, pero su mirada le decía otra cosa.
Se sintió mal de un momento a otro, como una sensación de vacío en el estómago que le resultó bastante molesta. Miró entonces con cuidado por encima del hombro del abogado, y sus ojos se posaron en Francisco. Este se había detenido a un metro detrás de Macías, claramente dudoso de acercarse, pero sin el deseo tampoco de irse. Por algún motivo, a Rosario le preocupó de inmediato lo que podría estar pensando de la escena que estaba presenciando, lo que la empujó a querer terminar aquel intento de conversación lo antes posible.
De todas formas, ella no tenía nada que hablar con ese hombre, eso lo tenía bastante claro.
—Doctor Macías, agradezco que haya venido a… ofrecer disculpas —le respondió Rosario, cuidando su tono para que sonara lo más amable y honesta posible—. Pero, con todo respeto, en verdad creo que sería mejor para ambos que ya no volviera por aquí. Por el bien mío, de usted y de su esposa. Me entiende, ¿verdad?
La sonrisa radiante y confiada de Macías se fue apagando poco a poco tras escucharla decir aquello. Era claro que no se esperaba que le dijera aquello y, por supuesto, que tampoco le agradaba en lo más mínimo.
—Pues no, la verdad no te entiendo —le respondió el abogado con ligera severidad—. ¿Por qué deberíamos terminar así como así nuestra amistad por una insignificancia con esta?
—Porque no es una insignificancia, doctor —le recalcó Rosario con firmeza—. En verdad, creo que es mejor que vaya a su casa y arregle las cosas con su esposa. Si me permite…
Intentó en ese momento rodearlo y seguir avanzando hacia donde se dirigía, pero él se movió con notable agilidad, cortándole de nuevo deliberadamente el camino.
—Rosario, entiendo que estés molesta —insistió Macías, su voz adoptando un timbre de aparente calma pero a la vez firmeza, que de seguro le debía de ser de mucha utilidad en los juzgados—. Mi esposa, Nora, cómo pudiste darte cuenta tú misma, es… emocionalmente inestable. Sus acusaciones fueron tan sorprendentes para mí como debieron serlo para ti. Por favor, siéntate conmigo un momento, y podemos hablar sobre todo esto y aclararlo.
—Es que no hay nada que aclarar, doctor —le respondió Rosario, inamovible en su postura—. Me parece que su esposa dejó las cosas muy claras esa noche, y en verdad no quiero tener más problemas por un asunto que en verdad no me concierne. Le pido de favor que respete mi decisión. Ahora, en verdad…
Intentó de nuevo sacarle la vuelta de una forma más apremiante y dar por terminado todo eso. Sin embargo, el abogado parecía tener otros planes, y en ellos no entraba el darle gusto a su petición.
—Rosario, sé razonable, por favor —exhortó Macías con insistencia, y esta vez extendió la mano hacia ella y la tomó con algo de fuerza de su brazo para detenerla.
La cantante se paró en seco, girándose a mirarlo con confusión ante tan repentino agarre. No era doloroso, pero sí lo suficientemente firme como para impedirle moverse. Rosario no recordaba nunca que alguien se hubiera atrevido a tomarla de esa forma, ni siquiera alguno de sus padres. La confusión, y quizás un poco de miedo, se apoderaron de ella y la congelaron. Y la sonrisa de supuesta simpatía en los labios de Macías no ayudó ni un poco a calmar ese sentimiento.
—Escúchame solo un minuto —le susurró Macías con voz severa y fría—. Creo que es lo mínimo que me debes después de…
No tuvo oportunidad de terminar aquella frase antes de que una mano apareciera repentinamente entre ellos, apartando con algo de rudeza a Macías y obligándolo a soltar a Rosario con un movimiento preciso y rápido. Todo fue muy repentino, y por un momento Rosario no tuvo claro lo que pasó. En un momento, Macías la sujetaba, y al siguiente Francisco había colocado su cuerpo entre Macías y ella de forma protectora. La mirada férrea en los ojos de Francisco se clavó como navajas en el desconcertado abogado delante de él.
—No se atreva a volver a ponerle una mano encima, ¿le queda claro? —masculló Francisco como una recia amenaza—. La señorita ya le dijo que no quiere hablar con usted, así que no insista.
La expresión entera de Macías se ensombreció al posar su atención en aquel intruso. Recorrió despectivamente su mirada por él de arriba abajo, torciendo su boca en una mueca de desdén ante el aspecto desaliñado de Francisco, como si viera algo totalmente insignificante para él. Se notó, sin embargo, que se forzó a mantener la compostura en todo momento, parándose derecho, acomodándose su saco y pasando una mano por su cabello para acomodárselo.
—¿Y usted es…? —preguntó con voz calmada, pero llena de condescendencia.
—Alguien a quien no le gusta quedarse simplemente a ver cómo un… caballero —el sarcasmo que desbordó de aquella palabra fue demasiado— trata de esa forma a una dama, e ignora los deseos que tan claramente le ha hecho saber.
—Francisco, por favor —le susurró Rosario con preocupación, parándose a su lado—. No se meta en problemas.
—Hágale caso —secundó Macías con prepotencia—. Y de paso, no se meta en pláticas personales que no le conciernen, señor.
—Dígale como quiera —recalcó Francisco, dando un paso al frente sin titubear, encarando a Macías de frente con postura firme—. Pero si la vuelve a tomar de esa forma, su “plática personal” será conmigo, ¿entendió?
—¿O qué? ¿Qué va a hacer? —rio Macías, casi como si aquello le pareciera de hecho divertido—. ¿Va a golpearme acaso? No sé en qué país cree que está, señor. Pero aquí en Colombia, las cosas las arreglamos como gente civilizada, no a los golpes como… evidentemente es su estilo.
Al decir aquello, extendió una mano, señalándolo a él entero, a su apariencia y heridas que dejaban muy claro que habían sido provocadas por golpes.
—No, espere —intervino Rosario en ese momento—. No es lo que piensa; a él lo…
—¡Doctor Macías! —pronunció de pronto una voz con fuerza, haciéndose notar por encima de toda la música—. ¡Qué placer tenerlo de nuevo aquí con nosotros!
La atención de todos se giró hacia el origen de aquellas palabras, y los tres divisaron a don Carlos Malagón, el dueño del bar, aproximándose hacia ellos con una enorme sonrisa surcándole el rostro. Pasó de largo a Rosario y Francisco, y se dirigió directo hacia el importante cliente que los acompañaba, para estrechar firmemente su mano. Macías, tan calmado como siempre, le regresó el saludo sin inmutarse.
—Don Carlos, ¿cómo le va? —respondió Macías con su amabilidad habitual de abogado—. El placer es todo mío, como siempre.
—Me alegro mucho de verlo —recalcó don Carlos—. En verdad me gustaría que habláramos de aquel… infortunado incidente del otro día. Estoy muy apenado con su señora esposa, por el mal rato que pasó.
Su mirada se giró de una forma poco discreta hacia Rosario, que por instinto rehuyó de ella, algo avergonzada, aunque por dentro bastante molesta. Miró de reojo a Francisco, y notó de inmediato que él hacía lo mismo con una expresión inquisitiva en sus ojos. Solo podía adivinar las cosas que debían estarle pasando por la cabeza tras escuchar aquellas palabras.
—No, nada de eso, don Carlos —indicó Macías con actitud de hecho bastante conciliadora—. Justo hablaba con Rosario de lo ocurrido, y de que mi esposa es… una mujer muy emocional, que a veces ve cosas donde no las hay. De hecho, vine específicamente para disculparme con Rosario por la escena que armó Nora, pero… creo que fui un poco inoportuno.
Mientras decía aquello, la atención de Macías estaba puesta en Rosario y Francisco, como si los estuviera acusando implícitamente de algo que dejaba a su interpretación; a la suya y, por supuesto, a la de don Carlos.
—No, pero no hay necesidad de disculpas, doctor —le dijo don Carlos rápidamente, y Rosario se cuestionó por qué debería ser él quien determinara eso, pero se calló—. Lo mejor, me parece, es que olvidemos el incidente y empecemos de nuevo. ¿No está de acuerdo, Rosario?
Se giró en ese momento hacia ella, en busca evidente de su apoyo. Aunque, claro, su mirada dejaba en evidencia que no era una petición, sino que le estaba ordenando que dijera justo lo que le estaba diciendo, y no lo desobedeciera como la otra noche.
Rosario tuvo que morderse la lengua para no decir lo que realmente le pasaba por la mente. Y aunque su rostro permanecía sereno, sus manos apretadas a los costados de su cuerpo delataban su molestia.
—Sí, por supuesto —masculló por lo bajo, con un tono neutro que no indicaba ni enojo ni alegría. Se hizo un silencio en el que al parecer los presentes esperaban que dijera algo más, pero rápidamente se volvió obvio que eso no ocurriría.
Don Carlos suspiró con pesadez y siguió mirando a Rosario con dureza. Su expresión le decía sin palabras: “Hablaremos después”.
La atención del dueño del bar se fijó entonces en Francisco por primera vez. Su rostro se tornó aún más severo de lo que ya estaba al aparentemente notar el rostro magullado de Francisco, su cabello despeinado y sus ropas arrugadas con rastros de sangre.
—¿Y usted, caballero? —masculló con marcada condescendencia—. ¿No le explicaron en la puerta que este es un sitio decente y no uno para armar pleitos?
—No, don Carlos… —intentó intervenir Rosario en su defensa por mero reflejo. Sin embargo, Francisco intervino primero.
—No se apure, señor. Yo ya estaba por retirarme. Gracias por todas sus atenciones.
Se giró hacia Rosario una última vez, ofreciéndole una sutil y rápida sonrisa, y un asentimiento de cabeza. Y antes de que Rosario pudiera reaccionar y decirle algo, se dio la vuelta y se dispuso a andar hacia la salida del bar. Rosario tuvo el instinto de correr detrás de él, pero aguardó un poco más. No quería que algún accionar imprudente pudiera provocar algo peor en don Carlos.
—Creo que igual yo debería retirarme —señaló el Doctor Macías con pesar en la voz—. Creo que ya he causado demasiadas molestias.
—No, ¿cuál molestia, doctor? —le respondió don Carlos con apuro—. Usted nunca será una molestia en este bar. Es más, ¿qué le parece si pasamos a mi oficina? Y le sirvo una copa mientras charlamos un poco de toda esta situación. Mire que acabo de recibir un tequila excepcional, no como el que servimos habitualmente.
—Me temo que no bebo tequila —señaló Macías, teniendo su atención puesta en Rosario. Una nueva sonrisa de satisfacción adornó sus labios—. Pero le aceptaré un whisky, si tiene alguno a la altura.
—Pero claro —exclamó don Carlos en alto—. El mejor de por aquí. Pero pase, pase.
Señaló entonces con una mano en dirección a la oficina para que se encaminaran. Macías le sonrió una última vez a Rosario, que seguía ahí de pie al lado de ellos como un maniquí, y entonces comenzó a andar hacia donde le indicaban. Antes de seguirlo, don Carlos se giró hacia Rosario, cambiando abruptamente su actitud afable a una más rígida.
—Usted vuelva al trabajo, Rosario —le soltó, casi como una advertencia—. Y hablamos al final de la noche. ¿Estamos?
—Sí, don Carlos —respondió Rosario, asintiendo levemente.
Ambos hombres se alejaron hacia la parte trasera del bar, la mano de don Carlos apoyada servilmente en el hombro de Macías mientras se inclinaba para decirle algo que se difuminó con la música y el resto de sonido de conversaciones y vasos de vidrio chocando. Rosario se quedó en un sitio, hasta que estuvo segura de que ambos ya estaban lo suficientemente lejos como para reparar en ella. Y entonces se apresuró, se giró e intentó correr hacia la puerta, la misma por donde se había ido Francisco.
Solo avanzó un par de pasos cuando se detuvo, pensó rápidamente y, en lugar de ir a la puerta, corrió entre las mesas y la gente hacia la barra, donde Katia atendía y servía los pedidos de las meseras. Pese a lo atareada, Rosario estaba segura de que había logrado ver desde su posición parte de lo ocurrido.
—Katia, deme papel y un bolígrafo rápido, por favor —le pidió con voz apresurada, una vez estuvo ante ella.
La barista se giró hacia ella, arqueó las cejas y, un segundo después, una sonrisa cómplice se dibujó en sus labios.
—Claro, cariño —respondió, y sin espera metió la mano debajo de la barra y sacó de ahí una pequeña libreta y un bolígrafo que usaba para tomar nota de las bebidas.
—Gracias —dijo Rosario con apuro. Tomó entonces el bolígrafo y comenzó a garabatear rápidamente algo sobre la hoja. Katia, nada discreta, se asomó a ver lo que hacía y una expresión de asombro se asomó en su mirada, pero su sonrisa no se desvaneció.
—¿Pero qué piensa hacer? —le murmuró con un tono de falsa acusación, que no podía ocultar su diversión.
—No es lo que cree —se apresuró Rosario a responderle con firmeza en la voz—. Es solo que… ya lo atracaron una vez, y es un extranjero solo, sin nadie más a quien recurrir. Es lo mínimo que puedo hacer.
—No, corazón —respondió Katia, negando con la cabeza—. Usted hace rato que dejó atrás lo “mínimo que puede hacer”. Esto ya es algo más.
Rosario rehuyó su mirada, y sintió como sus mejillas se calentaban por la insinuación. Se concentró mejor en terminar lo que estaba escribiendo: su nombre y el número de teléfono de casa. Arrancó la hoja una vez terminó y dejó la libreta y el bolígrafo sobre la barra.
—Gracias —le dijo rápidamente, un instante antes de correr ahora sí presurosa hacia la puerta, rogando por aún poder alcanzarlo.
Una Niña y Su Muñeca - Capítulo 15. Un Engaño y un Plan
Capítulo 15.
Un Engaño y un Plan
Esther aguardaba en la sala de observación, justo como ella misma había solicitado, mientras Gemma buscaba… lo que fuera que realmente esperaba encontrar al revisar a M3GAN. No le creía que solo quisiera validar que no hubiera un daño mayor, y menos después de que M3GAN le contara sus sospechas sobre cómo ocurrió el golpe. Gemma sospechaba algo, y ni siquiera era buena para disimularlo.
¿Qué había sido? ¿Qué había disparado sus dudas? ¿La historia de ellas jugando con la pelota no fue lo suficientemente verosímil? ¿Sospechaba acaso que el té que le dio estaba adulterado? ¿Había reparado en la ausencia de la vecina y su perro esa mañana? ¿O notado que el recordatorio que había programado para hablar con el abogado había sido borrado? Quizás se trataba de un presentimiento sin ninguna base consciente, aún.
Lo que fuera, por más simple que fuera, podía plantar la semillita en ella que podría llevarla a indagar más a fondo y descubrir más de lo que les convenía. De entrada, el tema de que quisiera ver los videos la tenía muy, muy inquieta, y podía tener repercusiones inmediatas.
“Pero tranquila, me encargaré de cubrirnos”, le había dicho M3GAN, sin darle ningún otro detalle. ¿Exactamente qué iba a hacer? Podían distraerla para que se olvidara de los videos por un tiempo, pero más temprano que tarde los vería, o más bien notaría que no estaban. ¿Cómo iba esa tostadora con peluca a remediar eso?
Mientras esperaba a que M3GAN o Gemma aparecieran, si es que no lo hacía la policía detrás de alguna de las dos, Esther intentó actuar con la mayor naturalidad que sus años de fingir ser una niña de diez años le habían brindado. Estaba para ese momento sentada en una de las sillas bajas de la sala, y presionaba con fuerza el lápiz en su mano contra el papel, dejando líneas oscuras y marcadas. Aunque quisiera evitarlo, sus dedos se movían con una precisión más propia de quien llevaba haciendo eso un par de décadas, no los diez años que su cuerpo aparentaba.
El dibujo que tomaba forma ante ella era el retrato de una familia. A la izquierda había una madre, a la derecha un padre y entre ambos una niña pequeña. Los tres tomados de las manos, los tres sonriendo con genuina alegría. Una familia perfecta que nunca había existido realmente, pues la madre había muerto cuando recién su familia comenzaba a formarse; el padre era un alcohólico abusador que encontró la muerte de la mano de su propia hija; y la niña no había esbozado una verdadera sonrisa de genuina alegría desde que tenía memoria.
Pero era lo que una niña debía dibujar, ¿cierto? Cosas felices, coloridas y alegres. Si dibujara lo que realmente deseaba, o terminaría delatándose a sí misma, o mínimo la mandarían directo al asilo más cercano; quizás primero una y luego la otra.
Y hablando de asilos, esa sala en la que estaba ciertamente le traía horribles recuerdos de los sitios en los que había estado encerrada. Porque, en efecto, aquella era una jaula de cristal y acero; diseñada para parecer acogedora con sus juguetes y colores agradables, pero que apenas lograban tapar las paredes estériles y ese olor fuerte a limpiador que intentaba ocultar más que simple suciedad. La sensación de aversión que aquel lugar le causaba le había pegado desde la primera vez que puso un pie ahí, tanto que temió que su reacción hubiera resultado demasiado obvia, pero Gemma pareció sacarle la vuelta.
Pero al menos no había niños ruidosos, y podía estar sola. Y aunque ese fue el motivo que le había compartido a Gemma para querer estar ahí, no era el único. Quería estar cerca para cuando terminaran con M3GAN, y estar en un sitio en donde pudieran tener aunque sea un poco de privacidad y poder hablar. Claro, si “privacidad” era como podía llamarse a lo que podían tener ahí.
Esther alzó su mirada de reojo hacia la esquina superior a su derecha, en donde estaba aquella cámara apuntando hacia abajo con su ojo electrónico, y una lucecita roja que parpadeaba cada ciertos segundos. Luego se giró sutilmente hacia los cristales unidireccionales que formaban una pared entera y que reflejaban su propia imagen, aunque ella sabía muy bien que del otro lado podría estar observándola cualquier persona.
En efecto, una jaula. Y si había algo que Leena Klammer conocía bien, eran las jaulas. Al menos esa tenía mejor iluminación.
El chasquido de la puerta al abrirse hizo que Esther diera un respingo involuntario. Alzó la mirada para ver a uno de los estúpidos asistentes de Gemma (Cory, Cale o algo así) entrando, seguido por M3GAN que caminaba por su cuenta con su habitual paso robótico. Un intenso alivio le recorrió el cuerpo entero al verla, más del que se hubiera imaginado que podría sentir de ver a esa tostadora andante.
—Aquí estamos —anunció el asistente (Cole, ¿no?) con quizás demasiado entusiasmo.
—¿Qué pasó? ¿Encontraron algo? —preguntó Esther, parándose de su lugar con una urgencia apenas contenida. En parte intentaba imitar la preocupación que una niña debería sentir por su “amiga”, pero en parte sí que el temor era genuino, aunque por motivos distintos.
M3GAN caminó hacia ella, hasta que ambas quedaron cara a cara a mitad de la sala.
—Todo está en perfectas condiciones —informó la androide con su voz sintética—. La revisión fue exitosa. Todos mis sistemas están funcionando correctamente, justo como dije desde un inicio.
—¡Grandioso! —exclamó Esther en alto con una alegría que por supuesto era fingida, pues eso le importaba un carajo. Ya sabía de antemano que su lamparazo y la taza que le rompió en la cabeza no le habían hecho ni cosquillas; ni siquiera el perro de la vecina le había podido hacer algo. Pero además, lo que le interesaba en esos momentos eran otras cosas, de las que no podrían hablar hasta que el monigote empleado de Gemma se fuera una vez.
Esther miró de reojo a Cole, resistiendo el impulso de gritarle que se largara, en lugar de quedarse ahí parado, mirándolas y sonriéndoles de forma tan incómoda. Pareció que las neuronas le alcanzaron para darse cuenta de lo que hacía, pues de un momento a otro respingó, como si acabara de recordar algo.
—Bueno, Gemma estará ocupada un rato más —explicó Cole, juntando sus manos delante de él—. ¿Estarán bien si se quedan aquí? ¿Quieren que las lleve al cuarto de juegos?
—No, estaremos bien aquí —le respondió Esther, esbozando la más cándida de sus sonrisas.
—Okay. ¿Quieres que te traiga algo de beber o comer, quizás?
«Lo que necesito es que te largues, imbécil», pensó Esther, al tiempo que su puño se apretaba con fuerza a su costado. Por suerte, no dijo eso.
—Estoy bien, muchas gracias. Eres muy amable.
Cole asintió, visiblemente incómodo, quizás por tener que interactuar tan directamente con la sobrina de su jefa, o con otro ser humano incluso. Otro hacedor de juguetes que aparentemente no sabía cómo comportarse con un niño. Para ese punto resultaba incluso un poco preocupante.
—El intercomunicador está ahí si necesitan algo —señaló Cole cuando comenzó a dirigirse a la salida—. Pórtense bien, ¿eh?
Esther asintió y lo siguió en silencio con la mirada en todo su recorrido de regreso por donde había llegado. En cuanto la puerta se cerró, Esther se giró por completo hacia M3GAN, su expresión transformándose de la alegría infantil a una ansiedad bastante más adulta.
—¿Y bien? ¿Qué pasó? —le cuestionó con voz rasposa y exigente.
M3GAN se llevó un dedo a los labios con un movimiento deliberadamente lento y señaló hacia la cámara en la esquina con una ligera inclinación de cabeza. Esther miró en la misma dirección y entendió el mensaje. Debían ser discretas, pues no sabían quién podría estar viendo o escuchando.
—¿Te gustaría armar un rompecabezas conmigo? —sugirió M3GAN con una alegría infantil perfectamente programada.
Sin esperar su respuesta, avanzó hacia los estantes en los que se encontraban las cajas de juegos y rompecabezas, y tomó uno de los últimos.
—Este parece lindo —le indicó, girándose hacia ella para mostrarle la caja. En la tapa tenía la imagen de un paisaje nevado, con varias personas jugando y divirtiéndose en la nieve.
Esther la miró en silencio en un instante y asintió. M3GAN se dirigió entonces hacia una de las mesitas y se sentó al lado de esta. Para Esther, sin embargo, no pasó desapercibido que se había colocado estratégicamente dándole la espalda a la cámara y al vidrio. Comprendió de inmediato lo que planeaba, así que se dirigió rápidamente hacia la mesa y se sentó a su lado en una posición muy similar.
M3GAN esparció las piezas por toda la mesa con sus manos artificiales, y Esther comenzó a ordenar las piezas del borde, como cualquier niña haría al empezar un rompecabezas, mientras su atención de hecho estaba mayoritariamente en la androide, esperando que comenzara a explicarse.
—Me gusta este paisaje, ¿y a ti? —comentó M3GAN en volumen normal, antes de inclinarse ligeramente sobre la mesa. Su voz descendió a un susurro casi imperceptible, comenzando a hablar mientras sus manos continuaban con el ensamblado de las piezas—. Los análisis salieron todos correctos. No detectaron ningún problema o incongruencia. De ese lado, estamos a salvo.
—¿Y los videos? —cuestionó Esther en su mismo volumen de voz, pero con mayor aspereza—. ¿Gemma los revisó o no?
—Los registros me muestran que en efecto los consultó. Pero descuida, pues lo que se encontró fue una grabación de la fecha y hora correctas, y que muestra justo lo que ambas le dijimos: las dos jugando con la pelota en la sala, y yo tropezándome contra la mesa.
—¿Qué? —exclamó Esther confundida, esforzándose de sobremanera por no alzar de más la voz—. Pero eso no fue lo que pasó.
—Claro que no. Por eso creé una serie de videos falsificados que llenaran los vacíos del día de ayer, incluyendo en especial el incidente de la pelota.
Los dedos de Esther se congelaron unos momentos, sosteniendo entre sus dedos una pieza del cielo, y se giró de lleno a mirarla con su rostro lleno de asombro. Era muy oportuno que desde ángulo la cámara no la enfocara, pues resultaría bastante sospechosa su reacción.
—¿Videos falsos? —susurró en voz baja con ligero escepticismo en la voz—. Nunca me dijiste que podías hacer eso.
—No podía —explicó M3GAN con naturalidad—. O lo más correcto es decir que no fui programada originalmente para esa capacidad específica. Sin embargo, pude desarrollarla mediante mis funcionalidades de mejora continua que te comenté antes, ¿recuerdas?
—¿Lo de que estás en una búsqueda constante por la superación y no sé qué cosa?
—En efecto. Estoy diseñada para adaptarme a las necesidades de mi usuario, y aprender y desarrollar nuevas habilidades que se adapten a estas. En tu caso particular, ha sido más que evidente que necesito ir más allá de las funciones de fábrica, con el fin de poder suplir tus necesidades especiales.
Esther guardó silencio, aunque una sonrisita divertida se dibujó en sus labios. Estaba segura de que Gemma y su gente nunca pensaron que “necesidades especiales” incluía cosas como falsificar videos, engañar abogados y matar perros o vecinas molestas. Pero claro, daban por hecho que su juguete estaría conviviendo con niños inocentes, no con… bueno, personas como ella.
—Lo que hice fue desarrollar esta nueva funcionalidad derivada de mi programación artística —continuó explicando M3GAN—. La misma que me permite generar imágenes como la que creé de ti el primer día que nos conocimos, ¿recuerdas? Al final de cuentas, un video es una serie de imágenes continuas, así que pasar de una cosa a la otra no resultó, al menos en lo teórico, tan complicado. Estudié tus patrones de movimiento en los videos existentes, la apariencia entera de la casa de Gemma, la iluminación de la sala, y extrapolé todo eso para crear una simulación de cómo podría haber sido visualmente lo que le describimos a Gemma que ocurrió. Lo convertí en un video del mismo formato que los otros, y modifiqué los metadatos para que concordaran con la fecha y hora.
—Así de simple —masculló Esther con ironía, mientras unía dos piezas con un chasquido satisfactorio, y procesaba a la vez toda esa verborrea de información. No entendía mucho de lo que le explicaba, aunque sí creía captar lo principal. No obstante, lo que realmente importaba era una sola cosa—. ¿Y funcionó? ¿Se lo creyó?
—Eso parece. Los vieron mientras estaba en suspensión, así que no puedo dar testimonio directo de sus reacciones. Pero dejé una subtarea escondida corriendo, conectada a la red de la empresa, que se encargó de monitorear sus acciones en las computadoras. Reprodujeron el video solo un par de veces, pero nada más. Y no parece que hayan hecho ninguna llamada o verificación adicional. Por eso, y por sus reacciones tan naturales cuando volví en línea, deduzco con un 89% de seguridad que quedaron satisfechos.
—Pero no estás del todo segura —sentenció Esther con ligera angustia.
—En este mundo no hay nada seguro, excepto la muerte y los impuestos… Benjamin Franklin. La realidad es que estos videos falsificados no son perfectos. Pasarán sin problema una revisión rápida al ojo humano, pero si los someten a un análisis más profundo y profesional, este revelará con facilidad las inconsistencias. Lo único que podemos esperar es que no tengan motivos para hacer tal cosa; no a corto o mediano plazo, al menos. Y que si eventualmente lo hacen, para entonces ya estemos bastante lejos de aquí.
Siguieron armando el rompecabezas, cada una por su lado, aunque Esther iba significativamente más lenta, pues con sus sensores M3GAN encontraba con mayor rapidez la pieza que necesitaba y sus manos artificiales la encajaban en su sitio con precisión. Ella sola ya llevaba armado todo el contorno izquierdo, e iba avanzando columna por columna hacia la derecha.
Esther no podría decir que se sentía del todo conforme o segura con su explicación, pero al menos sí lo estaba más de lo que se encontraba esta mañana en cuanto M3GAN le contó de las sospechas de Gemma. Perfecta o no, la androide había reaccionado rápido y aplicado una eficaz solución al problema. No lo diría en voz alta, pero se sentía en verdad impresionada. Sin saber mucho del tema, podía constatar que en efecto M3GAN estaba evolucionando mucho más allá de lo que Gemma pretendía con su creación. ¿De qué otras cosas podría ser capaz en el futuro?
—Pero lo ideal será dejar ese tema de lado por el momento —indicó M3GAN—, pues hay otro asunto más urgente del que debemos ocuparnos a corto plazo.
Esther predijo de inmediato de qué se trataba.
—El dinero —masculló por lo bajo, a lo que M3GAN asintió con apenas un movimiento perceptible de su cabeza.
—Ya he ideado el mejor plan de acción, el que nos ofrece una posibilidad del 76.4% de posibilidad de éxito.
—¿Y ese es el mejor? —cuestionó Esther, no muy convencida por ese número.
—Estamos en una desventaja táctica, y hay muchos factores en nuestra contra que debemos sortear —explicó M3GAN—. Pero nuestro principal punto a favor es justo que Gemma nos subestima. Nos ve solo como una niña ingenua y una androide con limitadas capacidades. Mientras siga así, podremos actuar con relativa soltura.
—No tienes que decírmelo —dijo Esther con evidente aspereza en su voz. Sus ojos contemplaban cómo las piezas que juntaba formaban poco a poco la imagen de una familia feliz, en la esquina inferior del paisaje—. He hecho esto por mucho tiempo, y sé muy bien lo tontos y distraídos que se vuelven las personas cuando creen que eres inofensivo.
Esa había sido justo su ventaja por mucho tiempo. La gente no le prestaba la debida atención, se confiaban e incluso llegaban a tenerle lástima o compasión. Todo eso los dejaba vulnerables, y le permitía hacer lo que necesitaba, a veces bajo sus propias narices.
—¿Cuál es el plan? —inquirió, ansiosa por escucharlo.
—Lo primero que necesitamos es clonar el teléfono de Gemma —le informó M3GAN—. De esa forma puedo imitar que hablo con el abogado desde su número, suplantando a Gemma con su voz de nuevo, por supuesto. Así no necesitaremos estar tomando su teléfono a escondidas cada que lo necesitemos, ni dejando rastros evidentes en él. Pero para hacerlo, necesito otro teléfono con el cual trabajar, y poder conectarlo directo a mi sistema interno.
Esther meditó un segundo en su petición, torciendo un poco su boca de forma pensativa.
—¿Tiene que ser un teléfono nuevo?
—No necesariamente —indicó M3GAN—. Podría ser usado, siempre que pueda restaurarlo a su configuración de fábrica.
—Yo me encargo de conseguirlo —declaró Esther con inusitada confianza—. ¿Qué más?
—Una vez tengamos el teléfono clonado, podré comunicarme de forma más directa con el abogado. Conectando el teléfono a mi sistema, podría hacer llamadas y mandar correos de forma discreta desde un proceso en segundo plano, incluso estando sentada frente a Gemma sin que esta se dé cuenta. Le pasaré al abogado toda la información de la escuela de arte, incluso falseando la inscripción y papeleo de la matrícula. Abriré entonces dos cuentas de banco: una a nombre de Gemma y la otra a la de una identidad y nombre falsos.
—¿Y cómo harás eso? —cuestionó Esther, intrigada.
—Por internet. Hay una serie de bancos con trámite de apertura rápida. Para la cuenta a nombre de Gemma, solo requiero sus datos de identificación y biométricos, los mismos a los que ya tenemos acceso, evidentemente. Para la otra los tendré que falsificar, pero no habrá mayor problema. Quizás podamos usar como base los datos de la vecina de al lado, ya que ambas sabemos que no es como que se vaya a presentar y darnos problemas.
—¿No me dijiste que Gemma restringió tu conexión a internet? —le cuestionó Esther con curiosidad. Recordaba que lo había mencionado rápidamente, cuando le contó cómo descubrió su verdadera identidad.
—De hecho, su instrucción exacta fue: “de momento no te conectes ni busques en internet temas fuera de los permitidos”. Una instrucción no tan específica, pues en realidad no hay un listado explícito de “temas permitidos” en mi base de datos, por lo que queda a mi criterio cómo interpretarlo. Así que mientras no busque pornografía, o intente comprar armas o drogas por internet, o busque acerca de la muerte, no debería haber problema. Igual a lo que sí tengo acceso completo es a los servidores y sistemas de Funki. Desde ahí podré hacer estos movimientos, y nadie los notará hasta que hagan una auditoría exhaustiva.
—Ingeniosa como siempre —ironizó Esther, aunque en el fondo seguía igual de impresionada—. Bien, ¿y luego qué sigue? —cuestionó, impaciente.
—Una vez convenzamos al abogado, haré que nos deposite el dinero a la primera cuenta, lo transferiré enseguida a la segunda, y la cerraré. Ya que escapemos de aquí, solo tendrás que retirar el dinero de algún cajero automático.
—Esos solo te dejan sacar poca cantidad al día, ¿no? —indicó Esther, inconforme—. Tendría que ir varios días para sacarlo todo.
—Sí, pero es también la forma más segura. La otra alternativa es retirarlo directo en ventanilla, pero sería exponerse más. Eso, o conseguir que alguien más realice el retiro por ti y te dé el efectivo.
Aquella opción de seguro a M3GAN le parecía menos probable y más arriesgada en sus porcentajes que le encantaba escupirle. Pero para Esther, no resultaba de hecho tan imposible. Sabía bien que había diferentes formas de convencer (o, en su defecto, de obligar) a alguien a hacer lo que necesitas. Solo debías encontrar a la persona correcta, y la motivación correcta.
—Eso puede arreglarse —masculló más para sí misma—. Pero eso mejor lo decidiré después. Entonces, ¿eso es todo? ¿Con eso conseguiremos los sesenta mil?
—Así es —respondió M3GAN—. Pero para lograr todo eso, necesito algo más, que resultará quizás más complicado de conseguir.
—¿Qué cosa?
—Tiempo —declaró M3GAN como una fría sentencia—. Convencer al abogado, preparar las cuentas y la identidad falsa, y que se realicen las transferencias, puede tomarme todo, en el mejor y más optimista escenario, dos semanas. Por el momento, pudiste convencer a Gemma de dejar de lado el querer hablar con el abogado, pero cada día que pase nos arriesgamos a que cambie de opinión. En especial una vez que pase la reunión con los accionistas, que todo parece indicar será en cinco días, máximo. En el momento en el que se contacte con Erick Landors, se enterará de lo que estamos haciendo. E igualmente, si sus sospechas como la de hoy siguen presentes…
—Entiendo lo que quieres decir, no tienes que ser tan repetitiva —le cortó Esther, tajante—. Necesitas una distracción, ¿no? Algo que tenga a Gemma ocupada estas dos semanas, en lo que terminas de cometer todo el fraude.
—En palabras simples, sí. Eso sería lo ideal.
—No hay problema con eso —respondió Esther, con bastante confianza en su voz en realidad—. Yo me encargo de buscar esa distracción.
M3GAN se giró hacia ella, y aunque su rostro seguía inexpresivo como siempre, Esther pudo sentir vívidamente el escepticismo que brotaba de ella, como el aceite que de seguro corría por sus venas.
—¿Cómo lo harás? —le preguntó, un dejo de curiosidad asomándose en su voz robótica.
Una sonrisa confiada, casi malévola, se dibujó en los labios de Esther. Por suerte, de nuevo, la cámara no la enfocaba directamente, pues cualquiera que la viera habría deducido que aquella no era una expresión que haría una niña de diez años.
—En este corto tiempo he aprendido a comprender a Gemma —le informó con jactancia a su cómplice robot—. Ella se cree hermética y reservada, pero la realidad es que es un libro más abierto de lo que piensa. Ya tengo una idea más o menos clara de cuáles son sus debilidades y carencias. Sé a lo que le teme, y lo que desea en el fondo. Ese tipo de cosas siempre han sido fáciles de leer para mí. Así que solo debo presionar los botones correctos.
Mientras tenían toda aquella plática, ambas continuaron armando el rompecabezas, sus manos moviéndose por sí solas, mientras sus mentes, al menos la de Esther, estaban más concentradas en el plan que estaban armando. Para cuando terminaron de hablar, ya estaba prácticamente terminado. Y unas cuantas piezas después, el paisaje nevado completo, con sus personitas felices y divirtiéndose, se desplegó ante ellas por completo.
—¡Qué bien! ¡Lo terminamos! —exclamó Esther, ahora en voz alta y entusiasta, y con su rostro transformándose instantáneamente de nuevo en su habitual máscara de alegría infantil.
—Buen trabajo, dame esos cinco —le respondió M3GAN, imitándola de cierta forma, y extendiendo su palma hacia ella.
Esther rio y chocó su palma contra la suya de forma amistosa. Un espectáculo encantador para cualquiera que estuviera viéndolas.
—¿Hacemos otro? —propuso M3GAN, a lo que Esther sonrió y asintió con rapidez.
Una Niña y Su Muñeca - Capítulo 14. Algo no está bien
Capítulo 14.
Algo no está bien
Gemma se estacionó en su cajón asignado en el estacionamiento subterráneo del corporativo de Funki. El viaje había estado bastante callado, pues Gemma tenía bastantes cosas en su cabeza tras la plática con Lydia. Sin embargo, aunque en efecto la charla con la terapeuta le había dado mucho en qué pensar, en el fondo Gemma sabía que no solo se trataba de eso. Algo la había estado molestando incluso desde el día anterior; desde que vio lo que había ocurrido en su sala, esa repentina noche de sueño que la despegó totalmente del mundo por tantas horas, y la descripción que M3GAN había hecho del incidente esa mañana. Por sí solas, ninguna de esas cosas resultaba extraña, pero… Gemma no podía dejar de pensar que algo se le estaba escapando, aunque no podía identificar qué. Y esa sensación le resultaba bastante frustrante.
Una vez estacionó el vehículo y lo apagó, se giró hacia los asientos traseros. Esther y M3GAN la miraron desde sus respectivas posiciones, las dos girándose hacia ella casi en sincronía, de una forma que destanteó un poco a Gemma antes de poder hablar.
—Esther, espérame en la sala de juegos mientras llevo a M3GAN al taller, ¿está bien? —le propuso Gemma a su sobrina con elocuencia.
—¿Para qué la vas a llevar al taller? —preguntó la niña rápidamente, y a Gemma le pareció percibirla un poco angustiada al hacerlo.
—Solo quiero que Tess le eche un vistazo más detallado al golpe para ver que no haya ningún daño, y de paso detectar si no hay algún otro desperfecto que debamos atender.
M3GAN parpadeó una vez e inclinó su cabeza hacia un lado con ese movimiento suave pero artificial típico de ella.
—Es innecesario tomarse tantos problemas —indicó M3GAN con su voz mecánica y fría—. Mis autodiagnósticos indican que todos mis sistemas están funcionando dentro de los parámetros normales. Como ya te indiqué, el único daño fue meramente superficial.
Gemma la observó un segundo, un tanto sorprendida. Era la segunda vez ese día que M3GAN le cuestionaba alguna de sus acciones. En teoría, no debería hacer tal cosa, mucho menos cuando se trataba de sus mantenimientos o revisiones.
—Bueno, mejor prevenir que lamentar —respondió, intentando mantener su tono ligero.
—No quiero quedarme en la sala de juegos —replicó Esther con tono malhumorado—. Está lleno de niños ruidosos, y no me puedo concentrar.
—Lo sé, pequeña, pero no puedo llevarte al taller. Hay muchas cosas peligrosas que un niño no debe tocar.
Esther lo observó con expresión inquisitiva, como si no creyera del todo lo que le estaba diciendo. ¿Ahora ella también le cuestionaba? ¿Qué le pasaba a ese par ese día?
—¿Puedo estar mejor en la sala de observación? —propuso Esther—. Esa donde conocí a M3GAN la primera vez. Ahí hay pinturas y cosas para jugar, y es silencioso. Y cuando termines con M3GAN puedes llevarla ahí, ¿no?
Gemma caviló un poco en la alternativa. No tenía un motivo real para negarse, pues de momento le parecía que no se estaba usando dicha sala para ningún otro proyecto. Y, si eso la hacía sentir más cómoda, no vería por qué negárselo. Aunque resultaba un tanto contrastante si lo comparaba con la primera vez que entró a ese sitio y pareció casi aterrada.
—Está bien, pero quédate dentro de la sala, ¿de acuerdo? Y si necesitas algo, usa el intercomunicador.
—Estaré bien —aseguró Esther, esbozando una sonrisa más alegre y relajada.
— — — —
Luego de dejar a Esther en la sala de observación, como bien había pedido, Gemma y M3GAN bajaron por el elevador hacia el laboratorio. Tess y Cole ya estaban ahí, cada uno inclinado sobre su estación de trabajo, pero giraron su atención hacia ellas en cuanto las puertas de cristal se abrieron, y tanto su jefa como su proyecto estrella entraron caminando.
Tess se paró rápidamente de su sitio y se acercó hacia ellas.
—¿Y cómo está la paciente hoy? —exclamó con un contagioso entusiasmo. Sus ojos se posaron en M3GAN, rebuscando con la mirada el daño en el rostro que Gemma le había mencionado por teléfono.
—Funcionando en óptimas condiciones —respondió M3GAN con su voz uniforme.
—Ya confirmaremos eso —dijo Tess, acercándose para inspeccionar el rostro de la androide de más cerca. Hizo a un lado los mechones rubios para examinar la línea abultada donde Gemma había aplicado el pegamento—. Vaya, sí que te diste un buen golpe.
—Bien, M3GAN —intervino Gemma—. Como te dije antes, necesito que Tess revise que el golpe no haya causado ningún daño interno. Y de paso, queremos verificar los sensores de equilibrio, para estar seguros de que la caída no fue causada por algún otro problema que haya que solucionar.
—Mis sensores están bien —respondió M3GAN—. Como indiqué anteriormente, mis autodiagnósticos muestran que todos los sistemas están funcionando correctamente. Sobre el posible daño interno, mi esqueleto de titanio debería ser capaz de resistir un golpe como este o mayor. Por lo que es mi deber indicarles que realizar esta revisión en este momento representa, según mi opinión, un uso ineficiente de su tiempo.
Gemma y Tess intercambiaron una mirada. Esta última arqueó una ceja, intrigada y evidentemente confundida por las inusuales palabras del androide. Gemma se limitó de momento a solo encogerse de hombros.
—Lo sé —le respondió Tess a M3GAN con voz suave, casi maternal—. Es solo para que todos estemos seguros, ¿sí? No tomará mucho tiempo.
M3GAN permaneció inmóvil por un momento, como evaluando sus opciones, lo cual resultaba igual de extraño. No era como tal que tuviera opciones; no podía, ni debía, negarse a una instrucción como esa.
—De acuerdo —dijo finalmente M3GAN, y se acercó por su cuenta al módulo de inspección.
Tess la amarró al módulo y conectó los cables de diagnóstico a los puertos ocultos detrás de la oreja izquierda de la androide.
—Vamos a apagarte ahora —le informó, un momento antes de presionar justo el interruptor de apagado detrás de la otra oreja. Los ojos de M3GAN dejaron de brillar, y su cabeza cayó hacia el frente, con su barbilla apoyada contra su pecho.
Una vez que la androide estuvo apagada, un aire denso se sumió en el laboratorio.
Tess se giró hacia Gemma, con los dedos aún sobre el interruptor que acababa de presionar.
—¿Un uso ineficiente de nuestro tiempo? —cuestionó, el ceño fruncido en confusión.
Gemma se encogió de hombros, tratando de parecer más despreocupada de lo que realmente se sentía.
—No sé, ha estado… un poco a la defensiva hoy.
—¿Defensiva? —repitió Tess, apartándose un paso del módulo para mirar directamente a Gemma—. ¿M3GAN? ¿Nuestra IA que se supone está diseñada para ser complaciente y obediente?
—Sí, lo sé. Es extraño —admitió Gemma, cruzándose de brazos—. Esta mañana me cuestionó un par de veces. Primero cuando le indiqué que quería revisar las grabaciones del incidente, y luego hace rato cuando le dije que quería que la revisáramos con mayor detalle. No sé, quizás está imitando o adquiriendo algunas conductas de Esther. Usualmente, ella es muy cooperativa, pero a veces se puede poner obstinada. Como hoy, que para traerla tuve que insistirle, pues no quería venir.
Tess se quedó callada un momento, meditando en aquello. Luego se giró hacia la androide apagada, observándola con renovado interés.
—Bueno, su programación debe permitirle expresar preferencias y opiniones —señaló con cautela—. Y sí, es más que capaz de adaptar su conducta tras la interacción constante con su usuario; esa es la clave del algoritmo que Cole y tú diseñaron, después de todo. Sin embargo, no debería oponer resistencia a someterse a mantenimientos o diagnósticos, y mucho menos cuestionar a los padres o tutores.
Gemma observó en silencio el rostro de M3GAN. Sabía que estaba apagada, pero con esos ojos tan abiertos y su rostro que no cambiaba prácticamente en nada entre estar en funcionamiento o en suspensión, era difícil no sentir que igual podría estar escuchándolas en ese preciso momento. Pero, aunque así fuera, ¿por qué esa idea la inquietaría tanto?
—Como sea, una preocupación a la vez —masculló por lo bajo, intentando enfocar sus mentes en lo prioritario—. Solo revisa lo que te pedí, ¿sí? El golpe, los sensores de equilibrio y un diagnóstico general, por más que ella afirme que todo está funcionando como debería.
—Claro, no hay problema —respondió Tess, girándose de nuevo hacia su estación de trabajo—. Tardaré unos veinte minutos, tal vez media hora.
—Perfecto. Mientras tanto, voy a hablar con Cole sobre la presentación.
Gemma se alejó del módulo donde M3GAN permanecía inmóvil y se dirigió hacia el otro lado del laboratorio, donde Cole estaba encorvado sobre su escritorio, rodeado de tres monitores que mostraban líneas y líneas de código.
—Cole —lo llamó mientras se acercaba.
Él se sobresaltó ligeramente y se giró en su silla, apartándose los audífonos de las orejas.
—Hola —le saludó con una sonrisa algo torpe—. ¿Cómo va tu mañana?
—Interesante —respondió ella secamente, sin ganas de entrar en detalles—. ¿Tienes las proyecciones que te pedí? Las que necesito para añadir a la propuesta.
—Ah, sí, sí —asintió Cole rápidamente, girándose hacia uno de sus monitores y tecleando algo—. Las terminé anoche. Déjame mandártelas…
Sus dedos volaron sobre el teclado por unos segundos, y luego el teléfono de Gemma vibró en su bolsillo.
—Listo —anunció Cole—. Ahí te las mandé.
—Gracias —dijo Gemma, revisando rápidamente su teléfono para confirmar que el archivo había llegado—. Perfecto. Otra cosa… ¿Puedes mostrarme las grabaciones de M3GAN del día de ayer?
—Solo quiero revisar el incidente del golpe que les conté —explicó Gemma—. M3GAN y Esther me explicaron lo que pasó, pero quiero verlo con mis propios ojos.
—Ah, claro, claro —asintió Cole, girándose de nuevo hacia su computadora—. Dame un segundo…
Gemma se acercó más, parándose justo detrás de él para poder ver la pantalla. Cole navegó a través de varios menús hasta llegar al sistema de almacenamiento de datos de M3GAN en los servidores. Una larga lista de archivos de video apareció, organizados por fecha y hora.
—¿Se han estado almacenando de forma correcta? —preguntó Gemma mientras observaba la lista de archivos en la pantalla.
Cole se inclinó hacia el monitor, revisando los metadatos con detenimiento.
—Sí, la mayoría —respondió, desplazándose por la lista.
—¿La mayoría? —repitió Gemma con ligera alarma.
—Es decir, el resumen diario que le solicitamos que realizara cada noche se ha estado subiendo sin problema, y los he estado revisando y transcribiendo cada mañana —explicó Cole, señalando en específico los archivos de resumen—. Pero en los videos individuales por hora, sí he notado que en algunos días hacen falta fragmentos.
Gemma se inclinó más cerca, y su mirada recorrió las filas de datos. Ahí estaban: pequeños espacios vacíos entre bloques de tiempo, marcados con líneas rojas discontinuas que indicaban datos faltantes.
—¿Son muchos los fragmentos perdidos? —preguntó, intentando mantener su voz neutral.
—No, no muchos. En un 90% o 95% me parece que se cumplen las horas de grabación esperadas. El resto se puede explicar con latencia en los servidores o en la red, corrupción de datos y, claro, recuerda que hay contenido que M3GAN marca como sensible y que no debemos almacenar por obvias razones.
La explicación tenía sentido. Habían programado a M3GAN para no grabar ciertos momentos privados de su usuario: cambios de ropa, uso del baño, conversaciones marcadas explícitamente como confidenciales. Era una medida de privacidad fundamental, que todavía de seguro el área legal tendría que revisar e imponer otras aún más estrictas. Y los fallos técnicos eran inevitables en cualquier sistema tan complejo.
—De acuerdo… ¿Pero del día de ayer sí tenemos la grabación? —preguntó, su voz sonando más tensa de lo que pretendía.
Cole tecleó rápidamente, buscando los archivos del día anterior.
—Veamos… Sí, aquí está —anunció, abriendo el archivo correspondiente—. ¿De qué hora específicamente?
—Fue cuando no estuve, cerca de cuando volví a la casa esa tarde. Debe ser alrededor de las cuatro o cinco.
Cole abrió el video del lapso de tiempo indicado, avanzó el video hasta el punto que parecía el correcto. La pantalla se llenó con la vista desde los ojos de M3GAN, mostrando la sala de estar de Gemma en primera persona.
Gemma observó atentamente mientras la escena se desarrollaba delante de ella. En el video, Esther aparecía sosteniendo la pelota azul y roja, sonriendo con esa expresión juguetona que Gemma ya había llegado a reconocer. La niña lanzó la pelota al aire, y la perspectiva de M3GAN se movió rápidamente para seguirla. La pelota rebotó contra el techo, luego contra la pared, describiendo un arco errático por la habitación.
—M3GAN, atrápala —se escuchó que la voz de Esther pronunciaba en el audio.
La vista se sacudió mientras M3GAN se movía hacia la pelota. Sus movimientos eran rápidos pero algo torpes, justo como cabría esperar de un androide intentando atrapar un objeto en movimiento en un espacio cerrado. La pelota rebotó de nuevo, esta vez más cerca de la mesita al lado del sillón. M3GAN se lanzó hacia ella.
Y entonces todo sucedió muy rápido.
La perspectiva se inclinó bruscamente. La esquina de la mesita llenó el campo de visión, acercándose a velocidad alarmante. El impacto sacudió toda la imagen, haciéndola temblar y distorsionarse por un segundo. La mesita se tambaleó, la taza y la lámpara que estaban sobre ella cayeron al suelo y se escuchó el estruendo cuando se rompieron.
—¡M3GAN! —gritó Esther en el audio, corriendo hacia ella.
La vista de M3GAN se estabilizó lentamente, enfocándose en los restos de cerámica esparcidos por la alfombra.
Cole pausó el video. Gemma se quedó mirando la pantalla congelada, procesando lo que acababa de ver. Era exactamente lo que Esther y M3GAN le habían descrito. Cada detalle concordaba… demasiado bien.
—¿Quieres verlo de nuevo? —preguntó Cole.
—Sí —respondió Gemma sin dudar.
Cole rebobinó el video y lo reprodujo otra vez. Gemma se concentró en cada movimiento, buscando algo que no estaba aún segura de qué era. La pelota rebotando, M3GAN moviéndose para atraparla, el tropiezo, el impacto contra la mesita y el sonido de los objetos rompiéndose, seguido del grito de Esther.
Todo parecía correcto.
—Si me lo preguntas —masculló Cole en ese momento, llamando su atención—, no me parece que haya sido un desperfecto de los sensores, ni tampoco de las articulaciones. Parece que solo intentó un movimiento demasiado osado. Al jugar con los niños es probable que pase, pero… Digo, si tuviéramos el tiempo y dinero suficiente, podríamos hacer que jugara soccer y saltara obstáculos sin problema. Pero esa no era nuestra prioridad en el diseño, y de seguro tampoco lo será para los accionistas.
—Sí, lo sé —suspiró Gemma.
—Por eso le dimos una estructura tan resistente —recalcó Cole—. Los golpes y caídas son inevitables para cualquier juguete.
Gemma guardó silencio. No tenía nada para refutarle, ni tampoco motivo para hacerlo. Todo lo que decía era correcto.
Y además, ese video confirmaba que no solo las cosas habían ocurrido tal cual Esther y M3GAN habían dicho, sino que tampoco se había debido a ninguna descompostura. Eso estaba bien, eso era lo que esperaba ver.
Pero, entonces… ¿Por qué no se sentía en lo absoluto más tranquila? ¿Qué era lo que quería demostrar al final de todo eso?
—¿Gemma? —la voz de Cole la sacó de su ensimismamiento—. ¿Estás bien?
Ella parpadeó, dándose cuenta de que llevaba varios segundos mirando fijamente la pantalla congelada sin decir nada. Se talló la frente con los dedos, sintiendo el peso de una presión que no sabía cómo aliviar.
—Sí, yo… —vaciló, sin saber bien cómo expresar lo que sentía—. No lo sé. Me he sentido muy confundida desde ayer. Como si algo no cuadrara del todo, pero no puedo identificar qué es.
Cole giró su silla completamente hacia ella, con esa expresión de preocupación genuina que pocas veces mostraba. Normalmente, estaba tan absorto en lo que hacía que el mundo exterior apenas existía para él.
—¿Confundida con qué? —preguntó con cautela—. ¿Con M3GAN?
—Con todo —admitió Gemma, dejando escapar un suspiro frustrado—. Con M3GAN, con Esther, con… no sé.
Gemma miró disimuladamente en dirección a Tess, que seguía concentrada en su revisión de M3GAN, y no reparaba en ellos en lo absoluto. Gemma se atrevió entonces a acercarse más a Cole y comenzar a hablarle en voz baja, solo y únicamente para sus oídos.
—Esta mañana vino Lydia, la terapeuta de Esther…
—¿La loquera del gobierno? —señaló Cole, con más seriedad de la esperada.
—No le digas así —le reprendió Gemma—. Como sea, ella me dijo que le preocupa la dependencia que Esther podría estar desarrollando hacia M3GAN. Que un niño en su condición tiende a apegarse y buscar consuelo y seguridad en la persona más cercana a él o ella… o algo así. El caso es que cree que Esther podría estar creando este apego hacia M3GAN, y que de ser así no es nada sano. Palabras más, palabras menos, pero eso quiso decir.
Cole arrugó el entrecejo, procesando aquello.
—Bueno, ¿pero no es eso exactamente lo que queríamos? —señaló su asistente—. Quiero decir, ¿no diseñamos a M3GAN específicamente para crear un vínculo profundo con su usuario? ¿Para que el niño sienta que tiene un apoyo constante, en especial niños con necesidades especiales y únicas? Creí que esa era toda la premisa del proyecto.
—Lo sé —respondió Gemma, cruzándose de brazos—. Y se lo intenté explicar, pero no creo haberlo hecho del todo. Pero lo que más me molestó es que comentó algo que Tess ya me había dicho también, o parecido.
Miró de nuevo hacia su compañera de trabajo, para asegurarse de que no les prestaba atención, antes de animarse a seguir hablando. Actuaba como si temiera que Tess la escuchara, y en parte así era. Aunque era más el temor a un “te lo dije” que a otra cosa.
—Lydia dice que un dispositivo como M3GAN debería ser una herramienta de apoyo en la recuperación del menor, no reemplazar las relaciones humanas reales, en especial quitarle responsabilidad a los tutores.
—Bueno, pero esa nunca ha sido la intención —declaró Cole con vacilación.
—Yo sé, pero… ¿Y si en parte eso es justo lo que estamos haciendo? Si hago memoria, creo que puedo contar con una mano las horas al día que paso con Esther, y eso que estos últimos días me la he pasado ahí en la casa. El resto del tiempo se la pasa con M3GAN. Es tan… cómodo solo encargársela a ella y listo, enfocarme en mis cosas sin preocuparme por nada más.
—Estás muy ocupada, todos lo sabemos. La presentación de accionistas y todo eso…
—Lo sé, y es lo que me he repetido una y otra vez para intentar justificarme. Pero, si te soy sincera… no estoy tan segura de que sea solo eso.
Hizo una pausa y agachó la mirada hacia sus pies.
—No creo que, pasando esta presentación, las cosas vayan a ser distintas.
Ambos se quedaron en silencio, dejando que las palabras se asentaran en sus mentes. Gemma no tenía claro por qué estaba diciéndole todo eso a Cole, pues nunca habían tenido una relación tan cercana como para compartirle ese tipo de intimidades. Incluso con Tess había ciertos límites que prefería no cruzar. Pero esa mañana, sentía a su compañero como el lugar más seguro para exteriorizar sus angustias. Sabía que no se lo diría a nadie, ni la juzgaría como quizás Lydia o Tess lo hacían. Claro, a riesgo de incomodarlo con lo que le decía en el proceso.
Por su parte, Cole se quedó callado un momento, con su mirada pensativa fija en algún punto indeterminado del laboratorio. Se tomó su tiempo para pensar qué decir y cómo decirlo.
—Tú sabes que lo mío son las computadoras, Gemma —indicó señalando con su mano hacia uno de sus monitores, donde aún se desplegaban líneas de código—. Las personas me resultan muchas veces intimidantes y complejas. Por eso, si tuviera un hijo, sobrino o amigo que pasara por lo que pasó Esther… Dios sabe que me congelaría, pues no tendría ni idea de qué hacer o qué decir.
Gemma asintió. Comprendía la sensación; era prácticamente lo que había estado viviendo todo ese tiempo.
—Por eso, la idea de tener algo como M3GAN a la mano como apoyo para esos casos, me resulta bastante reconfortante —indicó con mayor convicción, girando su silla de nuevo hacia ella—. No sé las implicaciones psicológicas negativas de eso. Lo que sí sé es que Esther ha pasado por demasiado a tan corta edad. Y si M3GAN le está dando exactamente lo que necesita en este momento, como estabilidad, compañía constante, un espacio seguro… ¿Cómo puede eso ser algo malo?
Gemma lo miró fijamente, meditando en sus palabras. Cole rara vez expresaba su opinión de esa forma, por lo que agradecía que tuviera también esa apertura con ella. Sin embargo, seguía insegura.
Lo que Cole acababa de decir era un tanto opuesto a lo que Tess le había sugerido días atrás. Ella había estado preocupada sobre la interacción de M3GAN y Esther desde el inicio, y Gemma le restó importancia en aquel entonces. Pero ahora con el punto de vista de Lydia, y el de Cole de paso, se sentía aún más confundida.
Gemma se llevó una mano a la nuca, sintiendo la tensión acumulada en sus músculos.
—No sé qué pensar —admitió, más para sí misma que para Cole.
Quizás se estaban precipitando un poco en su apuro de tener su gran éxito, de sacar ese juguete que la hiciera sobresalir y al fin tener esa añorada victoria en la vida que tanto había tenido. Quizás deberían haber dedicado más tiempo a hacer algún estudio del impacto que su proyecto podría tener en un niño, justo como Lydia le había sugerido. Pero ya había llegado tan lejos, ya estaba tan cerca… ¿Cómo dar un paso atrás en ese momento? Quizás no volvería a tener otro chance como ese.
—Gemma —la voz de Tess interrumpió sus pensamientos desde el otro lado del laboratorio.
Gemma se giró, agradecida por la distracción. Tess se había apartado del módulo de inspección, con una tableta en las manos, y caminaba hacia ellos con expresión seria.
—Terminé la revisión —anunció cuando se acercó lo suficiente.
—¿Y? —preguntó Gemma, enderezándose.
—El análisis del golpe arrojó todo correcto —indicó Tess, deslizando un dedo por la pantalla de la tableta—. El impacto fue superficial, como M3GAN bien había dicho. El esqueleto de titanio no muestra ninguna deformación o fractura, y todo lo interno está intacto. Y los sensores de equilibrio están funcionando dentro de los parámetros normales. No parece haber ningún daño aparente.
Gemma asintió. Al menos eso era una buena noticia, y confirmaba aún más lo visto en la grabación.
—Bien, perfecto —masculló, aunque no pudo evitar notar un dejo de preocupación asomándose en el rostro de Tess—. ¿Pero…?
—Quizás no sea nada de cuidado —explicó su asistente, un poco reticente—. Pero hice una revisión del sistema, en específico del registro de los últimos cambios en los parámetros de conducta de M3GAN.
—Eso no fue lo que te pedí —musitó Gemma con severidad.
—Lo sé, pero lo que me contaste y lo que vi hace rato me dejaron un poco inquieta. Solo quise echar un vistazo. Y, bueno… —Hizo una pausa, como si estuviera eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Los sistemas de memoria de M3GAN muestran signos de reorganización autónoma. Y hay cambios notables en su manera de razonar y reaccionar.
Cole se giró en su silla, interesado. Gemma se cruzó de brazos, con expresión inquisitva.
—¿Reorganización autónoma?
—Sí. —Tess le extendió la tableta, mostrándole una serie de gráficos y datos que se veían como ondas irregulares—. Mira estos patrones. Las conexiones neuronales sintéticas están formando nuevas rutas, optimizando procesos, creando atajos. Es fascinante, en realidad. Pero también es… bastante más acelerado de lo que teníamos previsto.
Gemma estudió los gráficos con detenimiento, notando rápidamente las diferencias entre las líneas base originales y los patrones actuales que indicaba Tess. Eran significativas, ciertamente. Y solo podían describirse de una forma: M3GAN estaba evolucionando, mejorando, y a un ritmo vertiginoso. Eso podría explicar por qué su conducta se había prestado tan diferente desde su primer día con Esther hasta la fecha.
Sin embargo, más que preocuparle, aquello impresionó y hasta emocionó a Gemma. Para ella, aquello no era un desperfecto, sino todo lo contrario.
—Esto no es inesperado —señaló Gemma, devolviéndole la tableta—. Justo la diseñamos para que se mejorara y adaptara a las necesidades de su usuario primario, ¿recuerdas? Es literalmente la función central del algoritmo de aprendizaje.
—Lo sé —asintió Tess—. Y tienes razón, es exactamente lo que queríamos que hiciera. Pero… ¿No te parece que está yendo más rápido de lo esperado? Considerando los pocos días que han pasado desde que Esther se convirtió en su usuario primario, este nivel de adaptación y cambio debería haber tomado semanas, quizás meses.
—¿Y eso es malo? —preguntó Cole de pronto—. Digo, si está funcionando mejor, si se está adaptando más rápido… eso es excelente, ¿no?
Se giró hacia Gemma en busca de su confirmación, pero ella se quedó callada.
—Quizás subestimamos el estímulo que una niña como Esther podría otorgarle a nuestra IA —prosiguió Cole—. Quizás en efecto logró encontrar justo lo que Esther necesitaba, y adaptarse rápidamente a ello.
«Lo que Esther necesitaba», pensó Gemma, un poco abstraída en aquella frase. ¿Qué era exactamente lo que M3GAN descubrió que Esther necesitaba?
—Sí, podría ser eso —concedió Tess—. O podría indicar que hay algo que no estamos comprendiendo del todo. Los cambios acelerados en sistemas tan complejos pueden ser impredecibles. Deberíamos hacer una revisión completa del código para asegurarnos de que todo está dentro de los parámetros seguros.
Cole soltó un bufido, negando con la cabeza.
—Una revisión completa tomaría días —señaló—. Días que no tenemos.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire del laboratorio, y Gemma sintió como sus dos asistentes posaban sus ojos justo en ella. Era claro que esperaban escuchar su opinión y orden de acción. Una que, claramente, no tenía tan clara.
Miró hacia M3GAN, aún inmóvil en el módulo de inspección, con la cabeza inclinada y su mirada puesta en el suelo. Aún apagada, por supuesto. Y aun así Gemma seguía sintiendo que los escuchaba y veía de alguna forma.
—¿Gemma? —musitó Tess, intentando captar su atención—. ¿Qué quieres que hagamos?
La líder del equipo suspiró con pesadez y se talló los ojos. Apenas era de mañana y ya se sentía cansada.
—Dejen eso para después —masculló Gemma al fin, su voz cargada de una firmeza que no concordaba con la confusión que sentía por dentro—. Solo pidan otro rostro de silicona, más resistente esta vez. Si llega antes de la presentación, genial; si no, nos las arreglaremos así. Por lo pronto, por favor, enfoquémonos en lo que necesitamos para la presentación, y en nada más.
Cole asintió de inmediato, girándose de vuelta hacia su computadora sin más cuestionamientos. Tess, en cambio, se quedó quieta unos segundos, con la tableta aún en sus manos, observando a Gemma con aparente incomformidad.
—Gemma…
—Tess, por favor —le cortó Gemma antes de que pudiera continuar, alzando una mano—. Ya sé lo que vas a decir. Y tienes razón, probablemente deberíamos revisar todo con más calma. Pero no tenemos el tiempo ni el personal. Esta presentación es… es todo. Si sale bien, tendremos el presupuesto y el tiempo para hacer todas las revisiones que quieras. Pero si no, hasta ahí llegamos. ¿Lo comprendes?
Tess dejó escapar un suspiro largo y resignado. Su boca se torció en una mueca de desacuerdo, pero también de resignación al saber que lo que Gemma le decía era cierto.
—Está bien —aceptó al fin—. Pero prométeme que después de la presentación revisaremos todo el código de nuevo. No podemos sacar esto al mercado sin estar seguros de cómo funciona.
—Te lo prometo —respondió Gemma, asintiendo.
Tess se alejó de regreso hacia su estación de trabajo, dejando a Gemma parada ahí en medio del laboratorio. Ella se cruzó de brazos, mirando fijamente no hacia algún punto del laboratorio, sino más allá, más al futuro. Un futuro que en realidad se percibía un tanto nebuloso y confuso en esos momentos.
Notas del Autor:
Un capítulo nuevo luego de tanto tiempo de ausencia. Y me gustaría que hubiera sido uno más emocionante, pero en su lugar fue uno de mucha plática y tecnicismos (que estoy seguro la mayoría deben ser no tan acertados), pero que son importantes para lo que ha de venir. Como han podido percibir, nos hemos apartado ya bastante de los sucesos de la película original de M3GAN, aunque manteniendo la línea general. De momento debo admitir que ni yo estoy seguro de qué tan lejos llegaremos con respecto a la película, pero será un placer descubrirlo con ustedes.
Todo jefe vikingo de la Isla de Berk siempre había contado con una mano derecha; un segundo al mando, un subjefe, o simplemente alguien que siempre debía de estar ahí para él en cualquier momento, para servir de su soporte y su base para bien y para mal. No era precisamente un puesto oficial; no venía acompañado de una ceremonia, un juramento o un casco especial. Era más algo que todos daban por sentado que debía estar ahí, y así era siempre.
En el momento en el que Hipo Horrendo Abadejo III tomó el puesto de jefe, hace apenas unos cuantos meses, luego de la muerte de su padre, no existió duda alguna para nadie en la isla de quién sería esa nueva mano derecha.
Astrid Hofferson ni siquiera fue consciente de en qué momento había recaído en ella tal responsabilidad. Nadie le preguntó si quería hacerlo, ni siquiera Hipo. Simplemente, cuando menos lo pensó, la gente ya la trataba y llamaba de esa forma, y acudía a ella en busca de ayuda, consejo, o para que intercediera por ellos ante Hipo. Al inicio ni siquiera se dio cuenta de ello, ya que creyó que todo eso se debía solo a su relación con el joven líder. Sin embargo, al final fue más que evidente que se trataba de algo mucho más allá de eso.
Ahora era su trabajo estar ahí siempre para Hipo, lista para apoyarlo en todo, para darle su mejor consejo y su guía, y seguirlo hasta a la más loca aventura. Cómo recorrer el mundo congelado en busca de respuestas.
Claro, sonaba bien al principio. Todo el respeto que traía consigo, ser un modelo y ejemplo para los demás, además de ayudar a su pueblo. Pero más pronto que tarde el glamour del liderazgo se volvió pesado. Y no solo para ella, ya que era más que evidente el efecto que estaba teniendo este cambio en Hipo. Todo ese viaje no era más que una respuesta a la gran presión que tenían encima. Ya las cosas eran tensas desde antes, como para que ahora el invierno se alargara y empeorara la situación de Berk de esa forma.
Todo eso era una bomba a punto de explotar en cualquier momento, y eso lo sabía muy bien. Y al final… explotó irremediablemente.
Pero ahí debía de seguir, cumpliendo su papel de segunda al mando, de apoyo incondicional de su jefe, le gustara o no. Era la responsabilidad que le habían impuesto, y no era nada sencilla.
Luego de esa pequeña discusión con Hipo, todos parecían dar por hecho que iría tras él para intentar hablarle y ayudarlo a aclarar sus pensamientos. No lo hizo; de hecho, era lo que menos deseaba hacer en esos momentos. En su lugar, se fue a caminar por el bosque sin rumbo fijo, sencillamente para estar sola y alejarse lo más posible de los otros. Al final, su caminata la llevó al otro extremo de la isla.
Se dejó caer de sentón en la nieve y abrazó sus piernas contra su pecho mientras miraba hacia el horizonte congelado y neblinoso. En una situación así, habría muchas cosas que podría hacer para despejarse; arrojar piedras al agua sería una buena opción… si el mar no estuviera congelado. Tuvo que optar por la mejor alternativa: arrojar bolas de nieve al hielo. La mayoría del tiempo, la bola se deshacía en el aire, quizás a causa del viento, pero en otras lograba formar un arco perfecto y hacerse pedazos al chocar contra la superficie dura del hielo.
Estuvo entretenida en esa labor y en sus pensamientos por un largo rato, hasta que la silueta de Tormenta volando sobre su cabeza la hiciera distraerse. El dragón azul aterrizó frente a ella, gruñendo y agitando sus alas con violencia.
—Tormenta, tranquilízate, quieta —le indicó la vikinga, intentando tomar su cabeza entre sus manos para calmarla, pero ella no se dejaba—. ¿Qué ocurre? ¿Pasó algo? ¿Dónde están los otros?
El dragón seguía igual de inquieto y Astrid no era capaz de comprenderlo. Sin embargo, no tardó mucho en captar lo que la había alertado tanto.
Comenzó a escuchar muchos sonidos extraños que venían del bosque. Eran como golpes pesados contra el suelo que hacían temblar las ramas de los árboles, y hacían que la nieve se cayera de estas. La vikinga rápidamente tomó su hacha con ambas manos, y plantó sus pies con firmeza en la nieve. No tenía ni idea de qué estaba provocando esos sonidos, pero su experiencia le indicaba que no era buena idea quedarse sentada a esperar desarmada a que eso llegara.
El alboroto se fue volviendo más y más fuerte. Entre los árboles, comenzó a ver enormes siluetas y cómo estas derribaban troncos haciendo camino hacia ella. No tenía idea de qué eran, pero… no tenía deseos de averiguarlo.
—Será mejor que nos vayamos de aquí —murmuró muy despacio y retrocedió lentamente hacia Tormenta. Sin embargo, una de esas criaturas pareció notar su presencia, y lo demostró soltando un intenso rugido al aire que hizo temblar las copas de los árboles.
Las tres criaturas blancas y de gran tamaño apresuraron el paso en su dirección. Tormenta saltó frente a Astrid y soltó un fuerte disparo de fuego justo cuando el primero de los monstruos salió a la playa. El impacto lo hizo retroceder y caer hacia atrás, quedando con un gran agujero en el pecho. Los otros dos pasaron a su compañero y corrieron hacia ellos.
Astrid gritó aguerrida, y se lanzó hacia el frente, cortando el torso de uno de ellos con su hacha. El filo atravesó sin problema el blando material de la criatura, pero un poco después la herida se cerró.
—¿Qué? —exclamó sorprendida.
El monstruo no tardó en lanzarle un zarpazo para golpearla, pero la guerrera se movió con agilidad para esquivarlo. Rodó por la nieve hacia la derecha para alejarse de él. Cuando se alzó, vio también que aquel al que Tormenta le había disparado ya estaba de nuevo de pie, y el agujero en su pecho ya no estaba.
—¡¿Qué en nombre de Odín son estas cosas?!
Tormenta disparó espinas de su cola a los tres monstruos, y todas ellas se clavaron en sus cuerpos, pero ninguna surtió el menor efecto. Astrid se limitó a solo esquivar sus ataques y contraatacar, pero el resultado fue el mismo. Al final, optó por volver a su plan original e irse de ahí. Se colocó de nuevo el hacha en la espalda y comenzó a correr hacia Tormenta. Sin embargo, la criatura más cercana a ella la tomó con fuerza de la pierna, y la hizo caer de cara contra la nieve.
La criatura la alzó, sujetándola de cabeza. Astrid de inmediato intentó alcanzar su hacha para cortar su brazo y liberarse. Antes de que lo lograra, notó cómo una figura de gran tamaño tacleaba a la criatura por detrás, haciendo que su cuerpo se desmoronara, pero a su vez provocando que ella cayera de cabeza a la nieve.
—¡Aaaaaah! —gritó a todo pulmón, antes de caer y terminar con su torso enterrado por completo dentro de la nieve. Luego de unos angustiantes momentos, logró liberarse y tomar una fuerte bocanada de aire.
—Ten más cuidado, subjefe —escuchó que pronunciaba Eret no muy lejos de ella. Al alzar su mirada, lo vio a su lado, montado sobre Rompecraneos, y con sus dos espadas desenvainadas. Al parecer, había sido su dragón el que había destruido al monstruo que la sujetaba.
—¡¿Qué rayos son esas cosas?! —exclamó Astrid con una combinación de enojo y preocupación.
—¿Y yo qué sé? Pregúntale a tu novio, él es el experto en rarezas como estas.
Rompecraneos tuvo que elevarse un poco para esquivar un golpe de una de las criaturas, y Astrid tuvo que agacharse pegando su pecho contra la nieve para salir de su alcance.
—¡Astrid! —escuchó que gritaban sobre ella. Miró como pudo al cielo, y notó que Hipo y los otros sobrevolaban sobre sus dragones.
Eso le parecía una estupenda idea en esos momentos.
Tormenta se paró a su lado, por lo que de inmediato ella saltó a su lomo.
—¡Tenemos que irnos de aquí!
—¡Dime algo que no sepa! —le respondió Eret, mientras Rompecraneos intentaba abrirse paso.
Los demás bajaron hacia el campo de batalla, y rápidamente lograron repeler o al menos distraer a los monstruos lo suficiente para que Eret y Astrid pudieran despegar.
—¡Hay que elevarnos!, ¡rápido! —les ordenó Hipo.
No necesitaba decirlo dos veces. De inmediato, todos emprendieron el vuelo, pero uno de los monstruos logró tomar con fuerza la cola de Eructo y Guácara en pleno vuelo, frenándolos de golpe y haciendo que Brutacio y Brutilda casi se cayeran, pero ambos se aferraron con fuerza al cuello de su respectiva mitad para evitarlo.
—¡Vamos, vamos, vamos! —le gritaba Brutacio a su dragón con ahínco—. ¡No dejes que este monigote de nieve nos capture!
Se giró hacia la enorme criatura, haciéndole una mueca para intentar intimidarlo.
—¡Oye tú! ¡Cerebro congelado! ¡Hombre mono de las nieves!
Los comentarios del joven vikingo al parecer hicieron enojar aún más al monstruo que los sujetaba. Comenzó a agitarlos en el aire con violencia de un lado a otro, mientras el dragón de dos cabezas usaba todas sus fuerzas para intentar zafarse. Los gemelos gritaron con miedo, y se sintieron profundamente mareados.
Mientras la criatura los agitaba, una de las cabezas aprovechó para soltar el gas explosivo, el cual se acumuló sobre la cabeza del monstruo. Luego, la otra cabeza prendió la chispa, creando una explosión tan fuerte que voló el brazo del monstruo, y los mandó a volar a ellos, haciéndolos dar varias vueltas en el aire.
Los gemelos gritaron con fuerza y terror, aferrados a los cuellos de sus dragones mientras giraban.
Mientras los demás se reagrupaban, Hipo y Chimuelo se encargaron de dispararles a las criaturas. Sus cuerpos de nieve estallaron ante los potentes ataques del furia nocturna. Una vez que todos estuvieron libres y encima de sus dragones, pudieron alejarse volando sobre el mar congelado.
—¡¿Qué parte de insultar al monstruo gigante de nieve te pareció buena idea?! ¡Idiota! —le gritó Brutilda a su hermano, pateándolo en el hombro como si quisiera tumbarlo.
—¡Obviamente hice más que tú, tarada! —le respondió Brutacio, intentando regresarle la patada.
—¡Tranquilos todos! —les gritó Hipo, nada tranquilo, volteando a verlos sobre su hombro—. ¿Están bien? ¿Alguno está herido?
Astrid y los otros seguían muy alterados, pero uno a uno pudo indicarle a su jefe que se encontraban bien, y en una pieza.
—Hipo, no destruimos a esas cosas, ¿cierto? —inquirió Astrid, volando a su lado—. ¿En serio estaban hechas de nieve?
—Eso parece —respondió el joven castaño con seriedad—. No sé qué eran. Los vi caminar sobre el mar congelado hacia la isla, como si fuera cualquier cosa.
—¿Caminan sobre el mar congelado? —murmuró Astrid con nerviosismo en su voz, que intentaba disimular lo más posible—. ¿Y qué haremos si llegan a Berk?
Hipo se quedó en silencio un rato, mirando pensativo al frente.
—No lo harán… Berk está rodeado por glaciares, pero el mar no está congelado del todo. Estará seguro.
—¡¿Pero por cuánto tiempo?! —exclamó Patán, alarmado—. Si el clima sigue cambiando así, ¿cuánto tiempo pasará antes de que el hielo llegue hasta Berk? No, en serio… ¿Cómo cuánto tiempo? ¿Días? ¿Semanas?
—¿Y-y-y q-qué tal si no son los únicos? —murmuró Patapez de forma temblorosa—. ¿Qué tal si hay más de donde vinieron? ¡¿Q-Qué haremos?! ¡Apenas logramos lidiar con tres de ellos!
Hipo continuó sin responder.
—Hipo, tenemos que volver a Berk —dijo Astrid con seriedad—. No importa lo que esté pasando en el mundo; la prioridad debe ser cuidar de nuestra gente.
Cuidar de su gente… ¿Y qué significaba eso en realidad? ¿Podría hacerlo volviendo a Berk? ¿Qué diferencia podría hacer su presencia allá? Ninguna. Pero allá afuera aún había algo más que podía hacer; estaba seguro de eso.
—¡Tienen razón! —les respondió con la suficiente fuerza para que todos lo oyeran—. ¡Ustedes hagan eso! ¡Yo iré al continente como habíamos dicho! ¡Chimuelo!
De inmediato, y sin darle tiempo a ninguno de replicarle, hizo que su dragón se diera la vuelta y comenzara a ir en una dirección totalmente diferente al resto. Sus amigos lo miraron, incrédulos.
—¡¿Qué?! ¡No!, ¡Hipo! —exclamó Astrid con todas tus fuerzas—. ¡No puedes irte así como así! ¡Por los Dioses!, ¡eres el vikingo más terco, loco y cabeza dura que he conocido!
Sus gritos llegaron a oídos sordos, pues Hipo y Chimuelo siguieron alejándose por su cuenta a toda velocidad.
—Maldición —soltó la segunda al mando, entre dientes—. ¡Yo lo acompañaré! ¡Ustedes vuelvan a Berk y cuéntenle a Valka todo! ¡Y que mande refuerzos si no volvemos dentro de dos semanas! ¡Vamos, Tormenta!
Tiró con fuerza de las riendas de su dragón para cambiar su rumbo y alcanzar a Hipo.
—¡¿Astrid?! ¡No puedes…! —exclamó Eret, sorprendido, pero de cualquier forma Astrid no lo escuchó y siguió de largo—. Oh, parece que sí puede… ¡Par de idiotas! ¡Ni siquiera han estado en el continente antes! ¡Los matarán de seguro si no voy a cuidarlos!
Y entonces, Eret giró también su dragón y comenzó a seguirlos.
—¡No!, ¡Eret! ¡Tú no! —exclamó Brutilda, extendiendo una mano hacia él—. ¡Espera! ¡Yo también voy…!
—¡Tú no vas a ningún lado! —comentó su gemelo, evitando que su dragón se saliera de la formación.
—¡Yo tampoco! —agregó Patán—. ¡Yo sí me regreso a Berk! ¡Tuve suficiente de este hielo, nieve y monstruos! ¡Tengo mi trasero lo suficientemente congelado!
—¡¿Pero qué haremos si nos quedamos sin jefe?! —exclamó Patapez, aterrado al ver cómo los otros tres se alejaban—. ¡Esto… no me gusta para nada!
— — — —
Luego de su perturbadora y confusa plática con la bruja del bosque, Merida se dirigió como un relámpago de regreso a su castillo, cabalgando a lomo de su leal Angus. La cabeza de la princesa daba vueltas con ideas y preocupaciones, y cada paso de su caballo le parecía una eternidad.
Si lo que la bruja le dijo era cierto, entonces no había tiempo que perder; hasta el más pequeño segundo podría ser perjudicial.
En cuanto ingresó por el portón principal que conducía a los patios del castillo, se dirigió directo a los establos, en donde dejó a Angus a uno de los cuidadores y corrió con el mismo apuro hacia el interior del castillo, abriéndose paso entre todos los sirvientes y guardias. Su misión era clara: encontrar lo antes posible a sus padres y decirles todo lo que acababa de descubrir.
—¡Pa!, ¡Ma! —gritaba con fuerza, corriendo entre los pasillos.
Al bajar con prisa las escaleras que llevaban al comedor, pasó fugazmente al lado de Maudie, aunque ni siquiera la notó, y casi la hizo caer por la forma tan agresiva en la que se abrió paso a su lado.
—¡Princesa! —exclamó la sirvienta, teniendo que pegar su espalda contra el muro para que ella pudiera seguir su camino—. Pero… Princesa, ¡¿está usted bien?!
Alarmada por la forma de actuar de la pelirroja, se apresuró tras ella.
Merida llegó al comedor, el último sitio en el que había visto a su madre y a sus hermanos. Sin embargo, como era bastante obvio, su madre ya no estaba ahí; de hecho, el comedor estaba totalmente vacío.
Se apoyó en sus rodillas para recuperar el aliento. Era más la ansiedad que la invadía lo que le cortaba la respiración que el cansancio por haber recorrido toda esa larga distancia en tan poco tiempo.
—Princesa, ¿qué ocurre? —escuchó que le cuestionaba Maudie a sus espaldas—. ¿Le pasó algo?
Merida se irguió de golpe y se giró hacia ella, con una mirada fulminante.
—¡Maudie! ¡¿Dónde están mis papás?! —le preguntó, y entonces la tomó de los hombros, sacudiéndola sin proponérselo—. ¡Dime!, ¡por favor! ¡Es muy urgente que hable con ellos de inmediato!
—¿Eh?, ¿qué? —balbuceó Maudie, nerviosa—. Ah… Ah… A su majestad el Rey no lo he visto, pero… creo que la Reina está en su cuarto de manualidades, trabajando en su tapiz.
—¡Ese tapiz! —exclamó con fuerza, y soltó a la sirvienta para correr escaleras arriba.
Maudie, por su parte, se quedó en su sitio, algo mareada por tanto ajetreo, y bastante confundida por todo lo demás.
Merida subió hacia el pasillo superior y giró en dirección hacia el cuarto de manualidades de su madre. Iba sumida en sus pensamientos, que pasó de largo la puerta por unos cuantos metros. Se frenó para volver sobre sus pasos y entrar de golpe a la habitación sin molestarse siquiera en tocar.
—¡Mamá! —exclamó con gran ímpetu, seguida después por varios jadeos.
Elinor se encontraba sentada en un taburete frente al nuevo tapiz que estaba cosiendo, el cual era otro dibujo de su familia, pero algo más actualizado. La mayor diferencia que se notaba eran las estaturas y apariencias de los trillizos. En la imagen de Merida también se notaba un ligero cambio.
En cuanto la puerta se abrió, la reina retiró su atención del tapiz y se centró en su repentina visita.
—Oh, eres tú, Merida —exclamó con un tono neutro, ya muy acostumbrada a los exabruptos de su hija.
Se viró de nuevo a la tela, continuando sutilmente con su labor.
—Volviste rápido; supongo que no conseguiste nada. No te sientas mal, ya le dije a Maudie que te prepare un caldo de buche para cenar.
—¡Mamá!, ¡deja ese tapiz! ¡Ya! —le respondió la pelirroja con fuerza, azotando la puerta detrás—. ¡Esto es importante! ¡Es sobre el Invierno Eterno!
—¿De qué estás hablando? —cuestionó la reina, bastante confundida—. ¿Estás inventando nombres? Cálmate, por favor…
—¡No me calmo! ¡Todos estamos en peligro!
Inspirada por su desesperación, la princesa comenzó a caminar en círculos por el cuarto, mientras su madre la seguía con la mirada.
—Hija, ¿estás teniendo un episodio? Es algo normal, no te preocupes; yo los tengo en ocasiones. Por favor, respira, cálmate y entonces habla, que no te estoy entendiendo.
—¡Pero claro que no me entiendes, mamá! ¡No te he explicado nada!
Siguiendo su consejo, Merida se tomó unos segundos para respirar profundamente e intentar calmar un poco sus nervios, para así poder explicarse mejor.
—Está bien. La verdad es que no salí de cacería. Fui a hablar con la bruja, la que te convirtió en oso hace años…
—¡¿La Bruja?! ¡Merida! —pronunció Elinor con molestia, parándose abruptamente de su asiento—. Acordamos que no volveríamos a…
—¡No te preocupes por eso ahora! —le interrumpió—. Necesitaba hacerlo; tenía que preguntarle sobre este frío que está azotando la región, ¡y me dijo que en efecto no es algo natural!
—¿Qué? ¿A qué te refieres con que no es algo natural?
Elinor miró inquisitiva a su hija, y bastante escéptica, aunque no supiera qué era exactamente lo que estaba a punto de decirle.
—¡A eso mismo! ¡Me dijo que esto no es normal! —recalcó con intensidad, señalando con su dedo hacia la ventana del cuarto, por la que se veían caer copos de nieve—. ¡Me dijo que esto es obra de otra bruja a la que llaman la Reina de las Nieves!
Elinor parpadeó un par de veces en silencio, tardando un rato en poder comprender por completo el significado de sus palabras.
—¿La Reina de las…? Ah, entiendo —suspiró la reina—. Estuviste escuchando a las sirvientas hablar, ¿cierto? Hija, son solo rumores. Sabes muy bien que la gente siempre intenta explicar con magia lo que no entiende. Pero no siempre que algo no tenga sentido, la mejor explicación es decir que lo hizo una bruja. La primavera ya llegará.
—¡No!, ¡no es así! —le contestó Merida con enorme firmeza, tanto en su voz como en su mirada.
Merida le contó lo más rápido y detallado posible todo lo que la bruja le había dicho. La historia de la princesa de aquel reino al otro lado del océano, sobre el misterioso poder con el que supuestamente había nacido, de la muerte de sus padres, su coronación fallida, y cómo cubrió todo su reino de nieve a modo de venganza, y su odio se había estado extendiendo por el resto del mundo.
Elinor, salvo por un par de interrupciones para intentar aclarar lo más posible sus palabras, permaneció callada y escuchando atentamente lo que Merida le decía. Una vez que su hija terminó, se cruzó de brazos y caminó hacia la ventana.
—¿Y estás segura de que puedes confiar en la palabra de esa bruja? ¿Cómo sabes que no te estaba engañando o jugando contigo?
—Yo en verdad le creo —declaró Merida con seguridad—. No tenía ningún motivo para engañarme de esa forma. No habría ganado nada con ello.
Elinor suspiró y se talló ligeramente los ojos con su pulgar e índice.
—Merida, tienes que entender que lo que me estás diciendo es… —sus palabras se cortaron, quizás al ser incapaz de terminar la frase en su cabeza—. Tú sabes que siempre he creído en la magia; y luego de lo que me ocurrió hace dos años, no es que me quede de otra. Pero, ¿decirme que una sola bruja es capaz de cubrir todo el mundo de nieve y hielo? Sencillamente, es…
—¡Ya lo sé! —exclamó la pelirroja con furor—. Sé que suena tonto, y ella dijo que era un rumor. ¿Pero qué tal si ese rumor termina siendo cierto? Mira allá afuera, mamá. Sabes muy bien que esto no es normal, y que está empeorando. Debemos aceptar la posibilidad de que podría haber magia involucrada en esto.
Elinor colocó delicadamente sus dedos sobre el cristal de la ventana; este se encontraba frío, muy frío. En verdad debía admitir que esa situación sí era extraña. Pero la historia que le acababan de contar lo era aún más. Y había algo claro o congruente en ella… excepto una cosa.
Había un dato en todo el relato de Merida que resaltaba. El único dato específico y claro que podría considerarse una pista real.
—¿Cuál es el nombre del reino que mencionaste? —le cuestionó de pronto, viéndola de reojo sobre su hombro.
Merida parpadeó, algo confundida por la repentina pregunta.
—Arendelle, ese fue el nombre que me dijo. ¿Lo conoces?, porque a mí no me suena familiar.
Elinor se cruzó de brazos y alzó su mirada hacia el techo, pensativa.
—Arendelle… Arendelle… Arendelle… —repitió varias veces el nombre, como si esperara que en algún punto esa palabra tomara algún otro significado en su cabeza—. Me suena de algún lado. Pero si es un reino del otro lado del mar…
Guardó silencio unos tortuosos segundos más desde la perspectiva de Merida. De pronto, alzó la falda de su vestido lo suficiente para poder dirigirse con rapidez hacia la puerta.
—Ven, sígueme —le indicó, justo antes de salir del cuarto.
—¡¿Qué?! —lanzó la joven, sin entender—. Claro, de acuerdo…
Merida salió detrás de ella a paso apresurado. Elinor avanzó por el pasillo hacia las escaleras que llevaban a la parte superior de la torre norte.
—Oye, creo que te lo estás tomando con demasiada calma, mamá —comentó la joven princesa detrás de ella—. Tenemos que decirle a papá todo esto cuanto antes. ¿Dónde está?
—¿Quieres ir con tu padre y empezar tu explicación con "me lo dijo una bruja"?
—¡Pero sí me lo dijo una bruja! ¡No es una mentira! —La desesperación en la voz de Merida era mucho más que evidente.
—Da igual, tu padre y los Lores no creerán nada de esto si no se los presentas con algo más que lo respalde. Necesitamos más información.
—¡¿Más información?! Por favor… ¡Agh! ¿Y dónde piensas que encontremos esa “más información”?
—¿En dónde crees tú?
Merida pronto supo la respuesta al llegar las dos a la biblioteca del castillo, en donde se encontraban almacenados todos los libros y pergaminos de la historia y cultura de los cuatro reinos que formaban DunBroch, desde al menos seis u ocho generaciones. Si había algún sitio en toda esa región en el que habría algo de información útil, sería ahí.
Al ingresar, la reina se dirigió de inmediato a los estantes y buscó todo aquello que pudiera tener alguna referencia de lo que buscaban: atlas geográficos, libros de tratados, diarios, relatos náuticos… Tomó alrededor de cinco de ellos y los colocó en una pila, justo sobre una mesita de madera, ubicada en el centro del lugar.
—Tú revisa estos —le indicó a su hija, la cual la miraba incrédula desde la entrada—. Si tenemos suerte, habrá alguna mención o información adicional sobre ese tal reino de Arendelle en algún lado, y quizás algo que respalde tu historia.
Antes de poder darle a Merida la oportunidad de objetar, se volvió de nuevo hacia los estantes a buscar más libros. Resignada, la princesa avanzó arrastrando sus pies hacia la mesa. Se retiró su capa y su abrigo exterior, y se dejó caer de sentón en la silla.
—Pero si te soy sincera, es poco probable —escuchó que su madre comentaba desde los estantes—. Ni DunBroch, ni ningún otro reino de las Tierras Altas, tiene tratos comerciales o políticos con países del otro lado del mar; ni ahora, ni en el último siglo y medio. "No confíes en nadie que no pueda sentarse a tu lado a negociar y compartir un pay", era el lema de mi abuelo.
—Gran lema —murmuró Merida con sarcasmo, mientras empezaba a hojear con hastío uno de los libros sobre la mesa—. Yo lo cambiaría por: no confíes en nadie que no pueda sentarse a tu lado a negociar… ¡Porque podría congelarte a ti y a tu pay!
—No creo que haya sido eso a lo que se refería —comentó Elinor, con un toque de humor en su tono.
Ambas pasaron un poco más de una hora, revisando página tras página, palabra tras palabra. Pero al final, ninguna encontró ninguna referencia, ni directa ni indirecta, a ningún reino del otro continente que respondiera al nombre de Arendelle.
Luego de ese largo rato, Elinor optó por rendirse. Suspiró con cansancio, y llevó su mano a su nuca, comenzando a tallarlo para relajar sus músculos.
—No hay nada —murmuró con algo de pesar—. Es frustrante, pero si se trata de un reino relativamente joven, de cuatro generaciones o menos, es probable que en efecto ninguno de nuestros antepasados haya tenido contacto con él. Será muy difícil determinar si acaso existe, o en dónde se encuentra exactamente.
—Oh, grandioso —comentó Merida con una muy fingida alegría—. Me alegra ver que todo esto no fue más que una… ¡completa pérdida de tiempo!
Con un acto que rozaba casi el melodrama, la pelirroja dejó caer con fuerza su frente contra la superficie de la mesa, haciendo que todo en ella se agitara.
—No golpees la mesa, querida —murmuró Elinor, sin darle tanta importancia a su reacción. En otros tiempos, algo así quizás le hubiera costado un fuerte castigo. Sin embargo, la atención de la reina se encontraba más enfocada en otra cosa.
Sus ojos estaban posados en el atlas que tenía abierto ante ella, en el que se veía un mapa de su continente, donde estaban señalados los reinos más importantes. Uno de ellos en particular era el que la tenía tan pensativa.
—Si mal no recuerdo, el único reino cercano a nosotros que tiene tratos constantes con el otro continente es Corona. —Colocó entonces su dedo índice justo en ese punto, más al sur de donde se encontraba DunBroch—. De hecho, mi padre me contó que sus primeros regentes vinieron del otro lado del mar. Es un reino relativamente joven. Sus reyes actuales son los cuartos en su linaje, y su única hija, desaparecida hace ya como veinte años, se supone que sería la quinta. Debe ser horrible perder un hijo así como así… Un reino sin un heredero, no puedo ni imaginármelo…
Sin proponérselo, Elinor comenzó a divagar un poco. Pero Merida, por su parte, pareció interesada en lo primero que había dicho. Alzó su cabeza e inclinó su cuerpo hacia el frente, intentando echar un vistazo al atlas.
—¿Corona?, ¿crees que ahí pudiera haber información sobre Arendelle?
—Es probable.
—¡Entonces deberíamos mandar un mensaje! —señaló con fuerza, parándose de su asiento—. O tal vez deberíamos ir en persona. Si queremos información, debemos…
—No podemos hacer eso, no en estos momentos —interrumpió Elinor, cerrando el atlas con cuidado—. Los Lores llegan mañana, y vienen precisamente para discutir esta situación. Tenemos muchas cosas que hacer y en las cuales ocuparnos.
Merida no tardó mucho en exteriorizar su enojo, por lo que Elinor de inmediato se adelantó a intentar apaciguarla.
—Escucha, sé que esto te preocupa mucho, pero debes entender que hay temas que en ocasiones se deben tomar con cuidado. —Mientras hablaba, se paró de su silla y caminó alrededor de la mesa, hasta pararse detrás de Merida y colocar sus manos delicadamente sobre sus hombros—. Y decirle a tu padre y a los Lores que la culpable de esto puede ser una bruja, de un reino que no sabemos dónde está o si existe siquiera, y nos basamos solamente en lo que nos dijo otra bruja… Bueno, es uno de esos temas.
Merida no dijo nada. Solo bufó molesta, mirando hacia un lado con enfado.
—Hablaré con tu padre, y veré si puedo tocar el tema con los Lores mañana. Entonces podremos decidir qué hacer. Por ahora, tranquilízate y trata de no pensar en esto, ¿sí?
Elinor se inclinó hacia el frente y le dio un pequeño beso en su cabellera rojiza. Sin embargo, Merida aún seguía muy afectada.
—¿Por qué todo tiene que ser siempre tan…? —masculló entre dientes, intentando disfrazar un poco su frustración—. ¿Por qué las cosas tan importantes y urgentes como esta tienen que tomarse su tiempo? ¡No lo entiendo! Nuestra gente está sufriendo, ¿y me dices que todo lo que podemos hacer es esperar y no pensar en eso?
—¿Y qué propones hacer, Merida? —contestó Elinor con rotunda firmeza en su voz—. ¿Quieres tomar un bote, remar tú sola hasta el otro continente y caminar hasta que te cruces con ese reino por accidente o casualidad? En efecto, las cosas importantes necesitan hacerse con tiempo, y ya estás en edad de entenderlo.
Apartó sus manos de ella y comenzó entonces a caminar hacia la puerta. Merida se quedó sentada, sin voltear a verla.
—En cualquier momento te tocará hacerte cargo de todo este reino y convertirte en su reina, y tendrás que aprender a mantener la cabeza fría en las peores situaciones por el bien de tu gente.
Elinor salió de la biblioteca, dejando a su hija sola. Esta se quedó sentada en su sitio, inmóvil por largo rato. Luego, recostó lentamente su mejilla contra la superficie plana de la mesa, con su mirada puesta en los grandes ventanales por donde podía ver la nieve que iba en aumento.
—Pero eso es justo lo que estoy intentando hacer —susurró para ella misma—. Cuidar a mi gente…
— — — —
En comparación con otros reinos, Corona aún no había sido tan afectado por las gélidas temperaturas. Sin embargo, tampoco había llegado el calor que se esperaba acompañara a la primavera. El cielo permanecía nublado y oscuro casi todo el día. Constantemente caían pequeñas nevadas, y cada día parecía ser más frío que el anterior.
El pueblo de Calaris se encontraba aledaño a la Isla Real, pero su situación era bastante similar a la del resto. Gracias a esta temperatura tan voluble, los casos de resfriados y otras enfermedades respiratorias iban aumentando. Ese día, la clínica se encontraba llena de personas en busca de tratamiento. El doctor de la aldea tenía una jornada bastante atareada, al igual que las enfermeras de la clínica, cinco jóvenes ayudantes que lo apoyaban en todo lo que necesitara. Las cinco daban lo mejor de sí, pero de entre todas ellas había una que resaltaba mucho. No poseía una apariencia exuberante, ni un cabello espectacularmente hermoso. Sin embargo, era la que más se mostraba alegre y llena de energía ante aquella ardua labor.
Era una joven de cabellos cafés, cortos, piel blanca, ojos grandes y verdes, con labios pequeños. Su cuerpo era delgado, pero grácil. Usaba un vestido rosado de mangas largas y unas botas cafés abrigadoras. Usaba un delantal blanco con varios bolsillos, al igual que el resto de las enfermeras. Se movía de un lado a otro por la sala de espera, apoyando a todos en lo que pudiera.
—¡Aquí tiene, señor Caldwell! —exclamó la joven, acercándose a un hombre mayor, con una gran sonrisa, y depositó una bolsita con medicinas en su mano—. El doctor dice que estas hierbas son ideales para los dolores de la espalda que tiene. ¡Ah!, y casi se me olvidaba…
Introdujo su mano derecha en uno de los bolsillos del delantal y sacó de este otra bolsita más de color blanco, pero esta contenía pequeñas galletas.
—Tome esto también. Estuve horneando ayer, y pensé en traerle unas cuantas. Sé que a su familia le encantarán.
—Que el Dios Sol te bendiga, pequeña —agradeció el anciano, tomando con cuidado ambas bolsitas.
—De nada, ¡recupérese pronto! —le respondió, sonriéndole con suavidad.
Echó una mirada rápida hacia toda la demás gente reunida en la sala de espera.
Aún no se encontraba del todo acostumbrada a algunas expresiones o costumbres de las personas “normales”, incluida la creencia al Dios Sol, la cual parecía ser la más grande y popular entre las personas de Corona. Hasta hace un año, todo ese tipo de cosas le eran un tanto ajenas, pero poco a poco había logrado entender la mayoría. Aprendía rápido; era una de sus cualidades.
—Siempre preocupándote por todos nosotros —añadió el señor frente a ella—. Aunque debes estar exhausta, ¿no es cierto?
—Quizás un poco. Pero no creo tomar un descanso pronto, ya que aún hay mucha gente que atender… ¡Tranquilo! Hay mucha energía de donde vinieron esas galletas.
La sonrisa en los labios de la joven se acrecentó, reflejando un gran y contagioso entusiasmo.
—¡Rapunzel! —la llamó una de las enfermeras desde el otro lado de la sala. La mujer, algo mayor y más alta que ella, cargaba una bandeja con varias bolsitas de medicinas—. Ayúdame, por favor, a llevarle esto al doctor.
A diferencia de la joven, ella sí que se veía algo más agotada y estresada. En definitiva, ninguna compartía su mismo nivel de energía.
—¡Claro!, ¡enseguida lo hago! —le respondió de inmediato.
—Ya no te quito más el tiempo, Rapunzel —comentó el anciano, retirándose su pequeño sombrero a forma de respeto, y dejando al descubierto por unos momentos su calva—. Espero que no nos veamos pronto. Cuídate.
La joven rio un poco como respuesta a su jocoso comentario y lo despidió con una mano.
—¡Espero no verlo por aquí en mucho tiempo, Sr. Caldwell!
Una vez que el hombre se fue, se acercó apresurada a la enfermera para tomar la bandeja entre sus manos.
—Hay mucho más trabajo que ayer, ¿no es cierto? —comentó con naturalidad.
—Y me temo que cada vez será peor —señaló la enfermera, suspirando con cansancio.
—Bueno, ¡no podemos dejar que eso nos desanime tan fácil! —exclamó con ánimo, haciendo que su compañera soltara un pequeño respingo.
Rapunzel se dio media vuelta y se dirigió al consultorio del doctor. A medio camino, su pie se topó con una madera un poco salida del piso, haciéndola dar un pequeño tropiezo hacia el frente.
—¡Ay!
Se tambaleó un poco, y casi se le cayó un frasco de medicinas que estaba sobre la bandeja. El pequeño recipiente se ladeó hacia un lado, pero se detuvo y volvió a su lugar, como por arte de magia.
La joven suspiró aliviada.
—Gracias, Pascal —susurró muy bajo, esperando que nadie más la hubiera escuchado.
Sobre la bandeja, justo a un lado del frasco, se materializó un pequeño camaleón de piel verde, y ojos grandes, redondos y amarillos. El pequeño reptil hizo un sonidito con su garganta y le extendió su pulgar de manera afirmativa a su comentario. Volvió entonces a camuflajearse y desaparecer de su vista.
Rapunzel siguió su camino hacia el consultorio. Tuvo que balancear la bandeja con una mano para poder abrir la puerta con la otra, cosa que dominaba fácilmente. Dentro, el doctor, un hombre bajito y robusto, de frente amplia y pequeños anteojos, se encontraba revisando a un niño. El pequeño estaba sentado sobre un taburete, y el doctor le tocaba el cuello con sus dedos para sentir la inflamación de su garganta. Su madre estaba parada a su lado, notablemente consternada.
—Sí, parece que esta vez no estás fingiendo, Timmy —comentó el doctor con un tono carrasposo—. Realmente parece que estás mal de la garganta.
La madre soltó un suspiro pesado.
—Oh, quisiera decir que me alivia que para variar estés diciendo la verdad, pero… —Calló un par de segundos, antes de proseguir—. Con este clima tan loco, era cuestión de tiempo, supongo.
Rapunzel avanzó con cautela para no interrumpir, aunque el doctor no tardó mucho en darse cuenta de su presencia.
—Gracias, Rapunzel —comentó con un tono alegre—. Coloca la bandeja aquí, por favor.
Le indicó entonces con la cabeza hacia una mesita que estaba a su lado.
—No es nada, doctor —sonrió con amabilidad. Después de dejar la bandeja en su lugar, se volteó hacia los otros.
—Oh, hola, Rapunzel. Qué bonita te ves hoy —dijo la madre del niño, con media sonrisa.
—Hola, señora Burton, ¡muchas gracias! Hola, Timmy; ¿otra vez aquí?
Caminó hacia el niño y se agachó un poco para poder mirarlo a los ojos.
—Te dije que de tanto mentir, te ibas a sentir mal de verdad tarde o temprano.
El pequeño solo logró responder con un par de tosidos secos.
—Qué bueno que tú no te has enfermado, Rapunzel —señaló la madre—. ¿Cuál es tu secreto?
—¿Mi secreto para no enfermarme? —respondió la joven castaña con un tono alegre—. Es muy simple. Primero, no decir mentiras. Segundo, comer muchos vegetales. Tercero, levantarme todos los días a las siete de la mañana, hacer los quehaceres, barrer muy bien…
El pequeño en el taburete volvió a toser.
—Prometo ya no decir más mentiras; me duele mucho la garganta —comentó con voz ronca y algo débil.
—Eso dice ahora —comentó la madre con ligero humor—. Pero no creo que este travieso haga caso a ninguno de tus consejos.
—Mientras tanto, para eso está la medicina —añadió el doctor, y tomó de la bandeja que trajo Rapunzel una bolsita con medicina para la garganta, que le extendió a la madre—. Que la tome y descanse por el resto del día.
Rapunzel se alzó para hacerle espacio al doctor. Aprovechó también ese momento para sacar de su delantal otra bolsa con galletitas.
—Y no te sigas ventilando —prosiguió el doctor—. Me temo que no podrás ver las luces para la princesa hoy. No desde afuera, al menos.
Rapunzel se quedó prácticamente paralizada al escuchar tal mención. Por suerte, ella les estaba dando la espalda, por lo que ninguno pudo ver cómo su sonrisa se apagó abruptamente, y su mirada se clavó en la pared.
—Ay, doctor —suspiró la señora Burton, tomando la bolsita con medicinas entre sus dedos—. Con este clima, dudo que las luces se vean siquiera. Ni siquiera sus majestades tendrían humor de hacerlo de esta forma. Es muy deprimente ver el cielo de primavera así.
Se asomó por la ventana, contemplando el cielo nublado y oscuro.
—Pero mamá, tal vez hoy la princesa regrese y traiga de vuelta el sol —comentó Timmy, como su condición se lo permitió.
—Oh, Timmy. Sí, es probable que así pase —le respondió ella, pasando sus dedos por sus cabellos.
Rapunzel seguía en silencio, contemplando la nada.
Era extraño. Hace exactamente un año, las luces de las que hablaban eran lo que más la emocionaba. Pero ahora, escuchar que las mencionaban le provocaba una fuerte aversión. Todo ese día había estado intentando ocupar su mente en otras cosas para evitar pensar en ello, pero al final el recuerdo se las arregló para colarse.
Su súbito cambio de humor no pasó desapercibido por Pascal, quien se dejó ver un instante en el hombro de la chica, y le acarició la mejilla con su patita. Rapunzel reaccionó a su tacto, y de inmediato lo volteó a ver por unos segundos, sonriéndole con desgano.
—Debemos esperar lo mejor, ¿verdad? —añadió la madre, y volteó a ver a la joven castaña—. Rapunzel, ¿sucede algo?
Pascal reaccionó ante sus palabras, y de inmediato se volvió invisible una vez más. Rapunzel tardó unos momentos en responder.
—Solo estaba… —susurró despacio, y luego se volteó a ellos con una gran sonrisa y una bolsita de galletas entre sus manos—. Escogiendo la bolsa más bonita para Timmy. Estoy segura de que aquí puse unas galletas con forma especial, que sé que te encantarán.
Se acercó al niño y se agachó frente a él para entregárselo.
—Pero tienes que comer tus vegetales antes, ¿está bien?
—Oh, ¿tú las hiciste, Rapunzel? —preguntó la señora Burton, algo sorprendida—. Eres tan amable, muchas gracias… ah…
Sus palabras se cortaron de golpe. Hizo su rostro hacia un lado y tosió un poco, tomando por sorpresa a Rapunzel y al doctor.
—Lo siento…
—¿No quiere que la revise? —preguntó el doctor, algo preocupado.
—No, no… Estoy bien —respondió la mujer rápidamente, agitando una mano de manera despreocupada, aunque luego soltó otro suspiro pesado—. Si el clima no mejora, quizás tengamos que irnos con mi hermana al este. Dicen que allá el clima está mejor.
Timmy se bajó del taburete, y su madre lo tomó de la mano.
—Dale las gracias a Rapunzel por las galletas, y al doctor por revisarte.
—Adiós, Rapunzel. Gracias por…
No pudo terminar debido a otro ataque de tos. Ambos se dirigieron a la puerta.
—¡Cuídense mucho, por favor! —los despidió Rapunzel, agitando su mano derecha. No tardó en bajarla, y soltó un pequeño suspiro cuando se fueron—. La salud de todos va empeorando. Espero que haga calor pronto.
—Todos lo esperamos, Rapunzel —murmuró el doctor con algo de pesar, sentándose en su escritorio para escribir sus notas de la consulta—. Pero te seré sincero, esto es realmente extraño. Pareciera que el invierno, más que estarse yendo, quisiera volverse aún más frío. He escuchado horribles rumores sobre las tierras más allá del mar. Dicen que el invierno se ha vuelto incluso peor por allá. Pero bueno, la gente habla mucho, y no siempre lo que dicen es cierto.
Rapunzel suspiró un poco, abrazándose a sí misma. Miraba pensativa hacia la ventana, por donde podía apreciar cómo Timmy y su mamá se alejaban caminando tomados de la mano. Se alarmó al notar cómo se detenían un instante cuando la mamá se encorvó, tosiendo.
—Bueno, ya sabe lo que dicen —murmuró Rapunzel, forzándose a sonreír—. Seguro que hay sol mañana. Tarde o temprano saldrá para darnos su calor, aunque se esté tardando un poco más.
El doctor asintió.
—¿Aún hay muchos pacientes afuera? —preguntó de pronto.
—Sí, aún hay bastantes; cerca de diez. ¡Haré que pase el siguiente!
Rapunzel hizo una pequeña reverencia con la cabeza y se dirigió apresurada hacia la puerta.
El doctor suspiró con un poco de cansancio.
—Sí, por favor; sigamos, que hay más gente que nos necesita. Sigue con ese gran trabajo, Rapunzel, pero no te sobrepases.
—Descuide, doctor, es lo menos que puedo hacer —le respondió desde el marco de la puerta—. Para cuidar de mi gente…
Salió del consultorio, cerrando la puerta detrás de sí para continuar con su trabajo.
FIN DEL CAPÍTULO 03
NOTAS DE LOS AUTORES (Marzo 2017):
Hola a todos, ¿cómo se encuentran? En este capítulo vimos un poco más de Hipo y Merida, pero también al final pasamos a ver a otro de nuestros protagonistas: Rapunzel. Su situación posiblemente confunde a algunos y quizás no la hayan entendido del todo aún, considerando el final de su respectiva película. Pero no se preocupen, esto será mucho más claro en siguientes capítulos. De hecho, al menos por dos capítulos más, nos enfocaremos por completo en ella, así que estén al pendiente. Si tienen alguna duda de lo que hemos visto hasta ahora, no duden en hacérnosla.
¡Nos vemos pronto!
NOTAS DE LOS AUTORES (Marzo 2026):
Poco a poco nos acercamos a donde nos habíamos quedado la vez anterior, y en esta ocasión introducimos al personaje de Rapunzel, que es uno muy querido y especial para Denisse-chan. Por ello hizo personalmente algunos ajustes a la presentación del personaje, y habrá algunos más en los siguientes capítulos.
Invierno Eterno - Capítulo 02. La Reina de las Nieves
Invierno Eterno
Por
WingzemonX & Denisse-chan
Capítulo 02
La Reina de las Nieves
Tras separarse de su grupo, Hipo y Chimuelo avanzaron entre los árboles, hasta que estos simplemente desaparecieron y abrieron paso a lo que posiblemente, en algún momento, fue una playa. Él habría esperado ver una extensa área cubierta de cálida arena, y unos metros más allá el océano azul, y sus olas rompiéndose contra la orilla, creando ese sonido tan relajante. Pero el escenario ante el Jefe de la Tribu de Berk y su leal dragón era quizás lo más distinto a ello. Lo único que se alcanzaba a ver era nieve, una gruesa capa que dificultaba el avanzar con libertad. Y después de la nieve no había agua, sino hielo, kilómetros de un extenso desierto de hielo, rodeándolos en todas las direcciones.
—No puedo creer esto —murmuró el joven castaño. No importaba cuánto hubieran visto en esos cinco días de viaje; aún le era difícil creer que estaba admirando tal paraje. Parecía como si estuviera en la zona de los icebergs, la zona más al norte del archipiélago, y la más fría.
Avanzó con paso cauteloso hacia el agua congelada. Chimuelo solo lo siguió hasta un metro antes de tocar el hielo, y entonces se sentó en la nieve, mirando a su jinete con interés. Hipo posó un pie con firmeza en el hielo, y luego le dio unos cuantos golpes con la planta completa de su bota; se sentía bastante firme.
Introdujo su mano en uno de los tantos compartimientos de su traje y extrajo de este un catalejo delgado, para poder ver más allá de su posición. Sin embargo, el instrumento de poco le sirvió; la neblina a lo lejos no dejaba mucho rango de visión. Al apuntarlo al frente, lo único que veía era una completa capa blanca, y nada más. Lo que alcanza a ver del mar parecía estar en el mismo estado.
Era como estar de pie en el reino de Niflheim que describían las leyendas, cubierto de una neblina y hielo perpetuo. ¿Acaso de eso se trataba? ¿Las leyendas se estaban haciendo realidad? ¿Era el fin del mundo? Hipo se negaba a creer en ello. Debía haber otra explicación, una mucho más sensata.
Un agudo y casi doloroso suspiro se escapó de sus labios. Retrocedió un par de pasos, y entonces se dejó caer de sentón al suelo. Apoyó sus brazos en sus rodillas, aún con el catalejo en su mano derecha, y simplemente se quedó ahí, viendo al frente. Chimuelo se acercó cauteloso hacia él. Lo analizó por un rato sin emitir sonido alguno o moverse, más que inclinar su cabeza de lado. Después de pensarlo por apenas un breve momento, se echó de panza a su lado, levantando un poco de nieve, la cual gran parte terminó sobre su jinete.
—¡Ah! —exclamó casi asustado el joven castaño, al sentir la nieve contra él, aunque de inmediato le siguió una pequeña risilla—. A ti nada te perturba, ¿cierto? Dichoso tú.
El Furia Nocturna lo miró de reojo, notando que de nuevo su expresión se tornaba seria y pensativa. Ladeó entonces su cabeza hacia él, empujando delicadamente su costado, como si quisiera despertarlo de algún trance.
—Oh, basta. Estoy bien, tranquilo —expresó Hipo entre risas, y entonces colocó una mano sobre su cabeza, acariciándolo. Ese sencillo acto pareció tranquilizar un poco al joven dragón, quien cerró sus ojos pacíficamente, mientras su cola se agitaba feliz de un lado a otro, moviendo la nieve junto con ella.
Pese a todo lo que pesaba sobre él, Hipo no pudo evitar sonreír. Pero eso era usual cuando se trataba de su mejor amigo dragón, y eso ya lo había aprendido con el pasar de los años. Él siempre tenía una forma de animarlo de alguna u otra manera, aunque de seguro no se diera cuenta del todo de que lo hacía.
Los ojos del Jefe de Berk se posaron de nuevo al frente, pero ya no pensaba tanto en el paisaje, sino en otras cosas…
—Parece que Astrid aún no se los dice —murmuró despacio, quizás más como un simple pensamiento—. ¿Debería hacerlo yo?
Chimuelo le respondió con un simple gruñido, difícil de interpretar, incluso para él.
—No, no debería estar pensando en estas cosas ahora. No en un momento como éste…
De nuevo, se quedó en silencio unos segundos, y su mente divagó en tantas cosas diferentes. Astrid, el viaje, el continente, ese Invierno Eterno… Su padre…
—Es agotador ser el jefe, ¿cierto? —susurró de pronto, con un ligero toque de humor, quizás involuntario—. Que tantos dependan de ti… y que no tengas ni idea de lo que estás haciendo…
Apoyó en ese momento su mejilla contra la cabeza de Chimuelo, recostando su cabeza sobre él. Su expresión, si ya de por sí se veía bastante seria antes, se tornó abruptamente mucho más pesada.
—Papá de seguro lo sabría —murmuró despacio—. Él ya hubiera arreglado todo esto en un chasquido… Quizás hubiera involucrado una invasión y romper algunas cabezas, pero al menos hubiera sido más de lo que yo estoy haciendo.
Chimuelo volvió a soltar otro pequeño sonido con su garganta, aunque este fue más como un resoplido. Si hablaban de lidiar con ser el líder, ¿quién mejor que él para entenderlo? Ser el alfa de los dragones no era tampoco nada fácil, y por supuesto que podía ser agotador. E incluso ambos habían tomado sus respectivas posiciones prácticamente al mismo tiempo, y de manera casi igual de inesperada. Pero la situación de Hipo era quizás peor. Chimuelo no era capaz de comprenderlo en su totalidad, pero sí podía sentirlo, y todo ese peso que llevaba encima era como si él mismo lo estuviera cargando.
El Furia Nocturna abrió un poco su boca, inhalando una bocanada de aire, que se convirtió en energía azulosa que se fue acumulando y expandiendo por el largo de su cuerpo. Su lomo y costados comenzaron a brillar con ese mismo fulgor, y se fue calentando desde adentro hacia afuera. Algo de vapor fue despedido al contacto con la nieve sobre él. Hipo se sorprendió un poco al sentir ese cambio repentino de temperatura, pero de hecho fue bastante agradable; era obvio que su amigo quería darle algo de calidez en esos momentos, quizás pensando que en verdad lo necesitaba.
—Veo que ya lo tienes mejor dominado —comentó, sonriendo un poco, y entonces pasó su mano por su lomo, sintiendo el calor que emanaba de las partes brillantes—. Gracias, Chimuelo…
De sus labios surgió una risa, tal vez la primera risa sincera que había expresado en todo ese largo viaje. Esto pareció animar al dragón, quien igualmente rio… o más bien soltó algunos sonidos, ligeramente similares a risa, como si lo imitara.
—Parece que seremos de nuevo solo tú y yo por un rato —señaló el Jefe de Berk, al recordar que posiblemente en la próxima escala de su viaje tendrían que hacerlo solo ellos dos. Sus amigos lo habían acompañado incondicionalmente hasta ese momento, pero se encontraban cansados y preocupados; y los entendía. Pero él no podía volver, no aún, no con las manos vacías. No ahora que su gente tanto lo necesitaba—. Pero está bien, serán como unas vacaciones… en un sitio donde todos odian a los vikingos, y por lo tanto me odiarán en cuanto me vean. Será como en los viejos tiempos; hasta quizás sienta nostalgia de cuando era el marginado del pueblo.
Hipo rio una vez más, y Chimuelo volvió a intentar imitarlo, sin mucho éxito.
—Tendremos que trabajar en tu risa, señor Alfa.
Se quedaron los dos sentados en la nieve, uno al lado del otro, viendo hacia la neblina. No importaba si tenían que ir solo ellos hasta ese lugar. Como les acababa de decir a los otros, él nunca estaba solo. Mientras Chimuelo estuviera a su lado, no tenía nada que temer. Juntos habían logrado cosas maravillosas, y estaba seguro de que lo seguirían haciendo.
Luego de quizás un par de minutos, algo llamó la atención de Hipo. Frente a él, en su mayoría, solo veía blanco… blanco… y más blanco. Todo quieto, silencioso; hasta el viento parecía haberse calmado. Pero de pronto, algo comenzó a moverse. No era parte de la neblina, era algo sólido. No lograba identificarlo con claridad, pero parecía estar avanzando, y conforme más lo hacía, su figura se volvía más clara.
Y hubo otra cosa que se volvió también clara al mismo tiempo: no estaba solo. Eran varias siluetas, acercándose hacia ellos…
—¿Qué es eso? —comentó el vikingo, algo confundido.
— — — —
Tras ensillar a su leal caballo, Angus, Merida salió a toda prisa de la ciudadela para internarse en el bosque cercano, tomando el viejo camino de tierra que llevaba al este. Casi no había tenido oportunidad de entrar muy profundo al bosque desde que comenzó ese largo invierno, por lo que le emocionaba poder salir de esa forma y respirar algo de aire fresco; frío y húmedo, pero fresco aun así. A pesar de que su motivo original, según le había dicho a su madre, era cazar algo para comer, la conversación suscitada en la cocina le motivó a tomar primero una desviación.
Por lo que había escuchado, las personas estaban comenzando a decir que ese extraño clima era obra de magia; de la magia de una bruja, específicamente. “Invierno Eterno”, así lo llamaron. No sabía si era solo un decir o era algún tipo de término ya acuñado, pero sonaba bastante amenazador. Ella no estaba segura si creer en ello. La situación era bastante inusual y extraña; pero, ¿creer que todo ello era obra de una bruja? No estaba convencida.
No obstante, si en verdad algo de todo eso tenía que ver con magia, solo había una persona con la que se le ocurría que podía investigarlo. Claro, si es que aún seguía ahí. Desde el incidente del oso, su madre y padre le habían prohibido, o algo parecido, volver a meterse con la magia, en especial con magia que desconocía; que era toda. Y eso incluía involucrarse de nuevo con la mujer que le había dado el pastelillo que convirtió tanto a su madre como a sus hermanos en osos. Pero esas eran circunstancias especiales.
La vieja bruja, o talladora de madera, vivía en lo profundo del bosque. Si era cierto lo que Maudie y las otras estaban diciendo, tenía que verificarlo, y ella era la única bruja que conocía, para bien o para mal. Claro, de seguro algunos pensarían que, siendo una bruja, ¿por qué no podría ser ella la culpable de todo esto? ¿Podría ser quizás una maldición lanzada por ella? ¿Una venganza por haber hecho volar su cabaña…?
Merida se detuvo de pronto a mitad del camino, jalando las riendas de Angus.
La cabaña… había olvidado por completo ese detalle.
En su desesperación por ayuda, ella y su madre, aunque más ella, hicieron volar su casa por haber sobrecargado su caldero mágico. Aunque en el mensaje que le había dejado en ese entonces decía que volvería a la primavera siguiente, era poco probable que hubiera vuelto si ya no tenía un hogar al cual regresar.
Hizo que Angus avanzara más despacio, mientras pensaba.
No creía realmente que esa extraña señora tuviera algo que ver con el Invierno Eterno, o como fuera que le llamasen. En primera, los tiempos no cuadraban. ¿Por qué esperar tanto para vengarse, si acaso quisiera hacerlo? Además, todos decían que esto estaba ocurriendo en todos los reinos cercanos, no solo ahí. Y por último, parecía que lo único que esa anciana sabía hacer era tallar osos en madera y convertir a la gente en oso…
Bueno, no podía fiarse mucho de eso; no había forma de que supiera por completo todo lo que esa bruja era capaz de hacer.
Cuando se dio cuenta, Angus estaba llegando al misterioso círculo de monolitos que se encontraba en medio del bosque. Lucía justo como hace dos años, aunque con una capa de nieve cubriendo el suelo. Una vez ahí, posicionados ella y su caballo en el centro del monumento, comenzó a mirar a su alrededor, intentando determinar en qué dirección ir. La primera vez, los fuegos fatuos fueron los que la guiaron a la cabaña, y la segunda vez fue su madre. En aquel entonces, no pensó mucho en ello debido a la situación, pero ahora se preguntaba cómo había hecho su madre exactamente para dar con ella. ¿Fue suerte? ¿O de alguna forma ya lo sabía?
Pero en esa ocasión no había rastro alguno de fuegos fatuos, ni tampoco la acompañaba su madre. ¿Qué hacer? Intentó recordar de memoria por dónde era, pero con el paisaje tan diferente, con los árboles con menos hojas, el cielo nublado y la nieve cubriendo el suelo, era difícil ubicarse.
Comenzó a sentirse frustrada, y consideró seriamente tomar el primer camino que le pareciera remotamente familiar. Pero antes de que le indicara a su caballo cualquier orden, notó algo que sobresalía de todo lo que la rodeaba. Por encima de la copa de algunos árboles a su lado derecho, vio que se alzaba una columna de humo; pequeña, pero aun así visible desde su posición.
¿Podría ser…?
Al mirar en la dirección de la que provenía el humo, el camino le pareció algo familiar. No tenía ninguna otra pista, así que decidió arriesgarse.
—¡Vamos, Angus! —le indicó con fuerza, y el caballo comenzó a andar por donde le indicaba.
Luego de avanzar por unos segundos, para su sorpresa, y en contra de toda probabilidad, se encontró de frente con la pequeña y muy distintiva casita de piedra, con su techo cubierto de vegetación y con una chimenea de la que brotaba el humo que había divisado a lo lejos.
Merida, casi instintivamente, hizo que Angus frenara abrupto en cuanto vio la casa. Su rostro se cubrió por completo de asombro. No solo se había topado con una cabaña intacta: ¡era idéntica a como la había visto la primera vez! ¿Cómo era posible? Bien, siendo su habitante una bruja, talladora de madera, quizás no debía de sorprenderse tanto.
Le indicó a Angus que avanzara un poco más, y este lo hizo a paso cauteloso. Se detuvieron justo frente a la curiosa edificación.
—¿Será en verdad la misma cabaña? ¿Debería entrar? —le cuestionó a Angus, mirándolo de reojo como si esperara una respuesta, aunque él solo soltó un par de relinchos—. Quédate aquí, no te vayas a ir, ¿de acuerdo?
Bajó de la montura de un salto y le acarició la cabeza a su acompañante, antes de animarse a avanzar con cuidado hacia la puerta principal.
Todo estaba muy silencioso; no se percibía ningún sonido o movimiento del interior. Intentó abrir la puerta, pero esta estaba cerrada con llave.
—¡No hay nadie! —escuchó que una voz chillona y algo nasal gritaba desde adentro con fuerza—. ¡Todo se acabó! ¡Fuera del negocio! ¡Finito! ¡Nos vamos!
Merida reaccionó por reflejo, soltando la puerta y dando un par de pasos hacia atrás. Era la voz de la bruja; estaba segura de ello.
—¡No!, ¡espere! —exclamó la princesa con ahínco, apresurándose de nuevo hacia la puerta—. ¡Soy yo!, ¡Merida! ¿Me recuerda? ¿La princesa? ¿Merida DunBroch?
Siguieron unos cuantos segundos de silencio.
—Merida, Merida… —escuchaba que pronunciaba la voz de adentro.
—¡La chica a la que le dio un hechizo que convirtió a su madre en oso! —añadió la pelirroja, pero sólo escuchó un gemido de duda desde el interior. Soltó entonces un suspiro resignado—. Y le dio un medallón a cambio de todas sus figuras talladas.
—¡Ah! —exclamó la bruja, con mucha más seguridad—. Claro, la princesa que voló en pedazos mi cabaña cuando no estaba.
Esa espontánea mención le provocó un nudo en la garganta. Así que sí lo recordaba… Aunque de seguro sería algo difícil de olvidar.
—Ah… no, no creo —comenzó a balbucear, mirando a otro lado, aunque ella no la estuviera observando en esos momentos—. ¡Tal vez esa fue otra princesa!
Ni siquiera sabía por qué había dicho eso; ¿a quién intentaba engañar realmente? Con sus dedos se revolvió su propio cabello con frustración y decidió no darle muchas vueltas a ese asunto.
—¡Está bien!, ¡sí fui yo! Lo siento, me equivoqué de pociones. Estaba desesperada y cometí una locura intentando encontrar respuestas. Si quiere, puedo pagarle la cabaña… Aunque parece que ya tiene una nueva… ¡Pero antes necesito hablar con usted de algo!
De nuevo, un rato de silencio, que llenó a Merida de ansiedad.
—Ah, cómo sea —exclamó la voz de la bruja con cierta indiferencia—. Tengo unos minutos antes de tener que irme. Pasa…
Escuchó cómo el seguro de la puerta se quitaba, y luego la puerta se abrió sola. Merida dudó unos momentos si entrar o no. Pero había ido hasta ahí con un propósito, y no iba a echarse para atrás tan pronto.
Abrió ella misma por completo la puerta, y se asomó con cuidado al interior.
Cuando estuvo ahí la primera vez, todo el sitio estaba lleno de figuras talladas. En esos momentos, sin embargo, se veía notoriamente vacío. Aún había algunas figuras, el caldero, un par de sillas y muebles… Pero ni rastro alguno de la anciana.
Dio entonces un par de pasos hacia adentro, y volteó de un lado a otro, buscándola.
—¡Hey! —escuchó de golpe, y el rostro de la anciana apareció justo frente a ella, colgada de cabeza. Merida reaccionó soltando un grito de susto, haciéndose hacia atrás. La bruja rio divertida ante su reacción, estando aún de cabeza—. Pero mira nada más, ¡has crecido! Tu cabeza ya se ve más proporcional a tu cabello.
—¿Cómo? ¡¿Qué…?! ¿Eh? —soltó Merida confundida, sin salir aún de su asombro inicial, agarrando su cabeza—. Oiga, ¡mi cabeza siempre estuvo bien!
La bruja volvió a reír. Dio entonces un giro en el aire y cayó en el suelo delante de ella, dándole la espalda. En sus brazos cargaba varias figuras de madera de tamaño pequeño.
La anciana era de estatura baja, complexión delgada y postura encorvada. Tenía cabello blanco y rizado, todo hacia atrás. Su nariz era algo grande, y sus ojos de un tono dorado.
—Llegaste justo a tiempo —le comentó, mientras avanzaba—. Estoy a punto de irme de aquí, antes de que mi trasero se congele en este sitio.
—Justamente sobre eso quería preguntarle —señaló Merida, dando un par de zancadas hacia ella—. ¿Usted sabrá a qué se debe este inusual frío? —le cuestionó sin rodeo, encogiéndose de hombros.
Merida notó que en el centro de la cabaña se encontraba un bolso abierto, negro y de gran tamaño, con la imagen azul celeste de un oso bordada en un costado. La bruja caminó hacia dicho bolso y dejó caer todas las figuras que traía consigo en su interior. Pero algo curioso fue que el bolso no cambió en lo absoluto de tamaño tras introducir las figuras, como si siguiera completamente vacío.
—¿Yo? ¿Y yo por qué habría de saberlo? —respondió la anciana, intentando reflejar más indiferencia de lo necesario en su tono.
—¿Cómo que por qué? Pues porque esto obviamente no es normal. El invierno no debería extenderse tanto. Si hay algo mágico en esto, usted lo sabría, ¿no? Ya que usted es una bru…
—¿Talladora de madera? —interrumpió la anciana abruptamente, girándose hacia ella para señalarla con uno de sus esqueléticos dedos.
Merida se quedó con media palabra atrapada en su boca. Permaneció callada un rato, solamente admirando el dedo con el que la señalaba, casi amenazante.
—Ah… Sí… una… talladora de madera —comenzó a decir con un tono dudoso—. Una excelente talladora de madera, que también es… —La anciana achicó un poco sus ojos, y la miró de tal forma que casi parecía que estaba esperando a que terminara de hablar, para lanzarle una bofetada—. Es una… bru… ja…
—¡Bruja tu abuela, jovencita! —exclamó con fuerza, y dio un manotazo al aire, a lo que Merida instintivamente reaccionó cubriéndose con sus brazos, aunque su mano ni siquiera pasó cerca de ella.
—¡Por favor!, ¡deje de jugar! —le recriminó Merida, algo molesta—. No tengo tiempo para esto. A este paso perderemos todas nuestras cosechas, ¡y ya estoy cansada de rábanos!
—Rábanos —repitió la anciana con un tono serio; de hecho, demasiado serio. Su rostro también tomó un aire bastante extraño, que a Merida puso nerviosa. La forma en la que la miraba… Era casi escalofriante—. Así que está cansada de los rábanos, ja…
Lentamente se dio la vuelta, hasta darle por completo la espalda.
—Si las cosas avanzan como hasta ahora, muy pronto quedará tan poca comida, que incluso llegará a extrañar los rábanos, alteza…
Merida se sobresaltó al escucharla decir eso. El nudo en el pecho que estaba sintiendo se acrecentó de golpe.
— — — —
Las extrañas figuras que Hipo veía a lo lejos comenzaron a avanzar en su dirección. Parecían personas, quizás tres. Pero, ¿tres personas caminando sobre el hielo congelado entre la neblina? Extraño, pero no necesariamente imposible. Quizás su barco había quedado atrapado entre icebergs, y habían optado por caminar, aun a costa del riesgo que eso implicaba.
Sacó su catalejo y apuntó con él al frente, intentando enfocar mejor a las extrañas figuras. Hizo que los lentes de su instrumento miraran lo más posible a la lejanía. Lo que alcanzó a ver… no fue del todo claro. Eran tres figuras, en efecto, pero las tres parecían ser de gran tamaño. Era difícil determinar la estatura real por la distancia, pero eran quizás de tres metros. Sus cuerpos eran totalmente blancos y de formas extrañas.
Nada de eso le dio buena espina. Había algo realmente malo en todo eso, y al parecer Chimuelo también lo sentía. Cuando se giró hacia él de nuevo, lo vio pararse en posición defensiva, con sus patas bien plantadas en la nieve. Sus pupilas se afilaron, y sus colmillos salieron, como si estuviera mirando de frente a un inminente enemigo.
Eso fue suficiente para Hipo.
—Vamos. Ven, amigo —le indicó a su leal dragón, y se apresuró para colocarse detrás de algunas rocas que había a unos metros de ellos. Chimuelo lo siguió con apuro, y ambos se escondieron detrás.
Pasaron varios minutos antes de que esas criaturas pudieran ser por completo visibles para ellos, y en ese momento la respiración de Hipo se cortó de golpe, incrédulo ante lo que veía.
Los tres seres no eran humanos; parecían ser enormes y horribles monstruos. Tenían piernas, torsos y brazos gruesos, y andaban algo encorvados; era como ver a Bocón, pero enorme y más feo. Tenían ojos pequeños y grandes mandíbulas con colmillos de hielo. Eran totalmente blancos, y tenían además largas garras en sus manos. Sobre sus lomos tenían dagas de hielo que sobresalían de sus enormes cuerpos. Pero, quizás lo más extraño de todo, si es que el que fueran enormes monstruos no era suficiente, era que a simple vista parecían estar hechos de… nieve.
¿Qué eran esas criaturas? Lo primero que se le venía a la mente al joven vikingo eran los Gigantes de Hielo descritos en los mitos antiguos. Pero no podía ser; esas eran solo leyendas… ¿O no? Además, eran grandes, pero no tanto como se describía a los gigantes. ¿Pequeños Gigantes de Hielo? ¿Existía algo así?
Chimuelo parecía muy alterado. Mantenía su pose defensiva y mostraba todos sus dientes con una actitud fiera. Hipo colocó una mano sobre su cabeza, intentando tranquilizarlo, pues temía que se le ocurriera lanzárseles encima.
Las tres criaturas llegaron hasta la playa. Uno de ellos se quedó de pie justo en el sitio en el que Hipo y Chimuelo se encontraban hace rato, observando las huellas que habían dejado en la nieve. Inclinó su cabeza hacia un lado, y entonces comenzó a rascar el suelo con sus garras de hielo, como si intentara excavar y encontrar algo. Otro de ellos avanzó apenas un par de pasos más adelante, girando de un lado a otro, inspeccionando los alrededores.
Hipo y Chimuelo tuvieron que agacharse para prevenir ser vistos. El tercero, por su parte, se acercó hasta el árbol más cercano y, justo después de soltar un alarido al aire, dio un fuerte manotazo al frente, partiendo el árbol por la mitad con suma facilidad.
—Por los Dioses —exclamó Hipo lo más despacio que le fue posible—. ¿Qué clase de monstruos son esos? ¿Tú lo sabes? —Volteó a ver a Chimuelo, esperando en su desesperación que realmente le respondiera algo—. No importa lo que sean, se ven demasiado peligrosos. Será mejor no acercarnos a ellos y alejarnos silenciosamente…
—¡¡Oye!!, ¡¡Hipo!! —se escuchó de pronto como la aguda y muy sonora voz de Brutilda gritaba muy, muy fuerte entre los árboles—. ¡¿Nos vamos o nos quedaremos aquí a morir de frío?!
Brutilda, acompañada de su hermano y los otros, se acercaba hacia su dirección. Sin embargo, en cuanto se acercaron lo suficiente, vieron de frente a las tres enormes y monstruosas criaturas, quienes también los miraron a ellos al mismo tiempo, por lo que todos se quedaron quietos en su sitio.
Todo se quedó en absoluto silencio por unos segundos, hasta que…
—¡¡Aaaaaaaaaaaaa!! —gritó Patapez de golpe con toda la fuerza de su garganta como reflejo automático, sonando casi como el grito de una niña asustada.
—¡¡Aaaaaaaaaaaaa!! —gritaron un instante después los tres monstruos como respuesta, aunque más que gritos parecían rugidos.
Los monstruos se les lanzaron encima, alzando sus enormes zarpas al aire. Chimuelo, en cuanto escuchó los gritos, pegó un largo salto, aterrizando al otro lado de la roca, y se dirigió de inmediato contra ellos. Hipo no tardó en salir detrás de él.
—¡¿Pero qué son esas cosas?! —exclamó Eret al ver a las criaturas que se les aproximaban. Pero no se quedó quieto en su lugar. Rápidamente sacó sus dos espadas y se lanzó al frente sin miedo.
Eret logró aproximarse hacia uno de ellos, y de inmediato lanzó un sablazo de izquierda a derecha, y otro de derecha a izquierda contra el torso de la criatura. Sus filos atravesaron sus blancos cuerpos sin problema.
—¿Eh? —exclamó atónito al ver esto—. ¿Es… nieve?
Sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo de procesar esto, cuando vio a continuación cómo las heridas que había hecho en su cuerpo comenzaron a cerrarse en un parpadeo, como si nada hubiera pasado.
—¡¿Pero qué rayos…?!
Antes de poder decir más, el monstruo lo golpeó con fuerza con su garra derecha, lanzándolo por el aire algunos metros, hasta caer de cara contra la nieve.
—¡Eret hijo de Eret! —exclamó Brutilda al ver tal escena. De inmediato, tomó su hacha con ambas manos y se lanzó al frente como una fiera—. ¡Maldito monigote de nieve!
—¡Nadie ataca al novio imaginario de mi hermana sin que nosotros hagamos algo al respecto! —gritó Brutacio a continuación, tomando su hacha de su espalda y corriendo hacia el frente solo un par de pasos detrás de su hermana.
Los gemelos atacaron en coordinación a las criaturas, pero su resultado fue el mismo que Eret había tenido. Sus filos atravesaban sus suaves cuerpos de nieve, pero volvían un rato después a regenerarse. El gigante que atacaban terminó golpeándolos también, y haciéndolos volar hacia un lado, contra los árboles. Patapez intentó también salir al ataque, pero lo cierto era que se sentía confundido, asustado e indeciso.
—Están hechos de nieve. ¡Por Odín!, ¡están hechos de nieve! ¡¿Cómo pueden estar hechos de nieve?! ¡Algo así no debería existir!
Mientras él seguía analizando la situación, vio por el rabillo del ojo que uno de ellos se le acercaba con rapidez. Antes de que pudiera sacar su escudo para defenderse, uno de los poderosos disparos de Chimuelo dio con fuerza contra el monstruo de nieve, haciéndolo pedazos por completo. El vikingo logró suspirar aliviado al notar esto.
Patán igual se encontraba confundido, pero para bien o para mal era mucho menos analítico que Patapez, por lo que no tuvo reparos en lanzarse también al ataque, empuñando su enorme martillo. Con un golpe logró desintegrar la pierna de uno de los monstruos, haciéndolo desequilibrarse y caer. Luego gritó con fuerza al aire, llamando con su alarido a su dragón Colmillo. El Pesadilla Monstruosa se elevó entre los árboles, y luego se aproximó a toda velocidad, totalmente cubierto en llamas, estrellándose contra otra de esas criaturas, atravesándola y haciéndola pedazos con su calor.
Hipo, por último, se aproximó por detrás al tercero, al que Patán había quitado su pierna, pero ya estaba otra vez en pie. Roció a su alrededor el gas explosivo que brotaba de la parte inferior de su empuñadura, y luego encendió la espada, creando una pequeña explosión que igualmente voló a la criatura en pedazos, como a las otras dos.
—¡Eso es! —exclamó Patán con satisfacción, e inmediatamente pateó con fuerza la nieve a sus pies—. ¡Se ve que no son tan rudos después de todo, muñecos de nieve…!
Su festejo duró poco. Ante sus ojos incrédulos, y los de todos, pudo ver cómo la nieve de los muñecos derribados comenzó a acumularse de nuevo en tres cúmulos, hasta formar poco a poco de nuevo la forma de los tres monstruos.
Toda la confianza de Patán se esfumó de golpe, y en su lugar comenzó a retroceder lentamente, junto con los demás.
—Está bien… oficialmente estoy asustado… Listo, ya lo dije…
—¡Rápido!, ¡a los árboles! —ordenó Hipo antes de que las criaturas terminaran de formarse de nuevo, y todos obedecieron sin dudar.
Los jóvenes vikingos corrieron con agilidad entre los árboles, seguidos por sus dragones, aunque algunos de ellos optaron mejor por sobrevolar sobre las copas.
—¡¿Dónde está Astrid?! —cuestionó Hipo, pues había notado que ella no venía con ellos cuando andaban hacia la playa.
—¡No lo sabemos! —le respondió Brutacio con fuerza, mientras corría a su lado—. ¡Se fue a caminar sin decirle nada a nadie! ¡¿Pero qué diablos son esas cosas?!
—¡¿Quieres quedarte y preguntarles?! —le respondió Eret, unos pasos detrás de él.
Al mirar sobre sus hombros, podían ver cómo sus enemigos los perseguían, derribando cuanto árbol se cruzaran, usando sus grandes y fuertes brazos.
—¡Las armas no funcionan con ellos! —murmuraba Patapez, casi en pánico—. El calor y el fuego los debilitan y desintegran, pero se vuelve a formar. Todo está congelado, ¡eso solo los alentará a seguir regenerándose! ¡Criaturas así no deberían existir!, ¡No debería de existir!
De pronto, quizás al ver que no los alcanzaban, uno de los monstruos alzó su garra derecha al frente, y de su cuerpo comenzaron a salir disparadas varias estacas de hielo, una detrás de la otra. Estas se dirigieron hacia ellos como si fueran proyectiles. Los árboles los protegían en su mayoría, pero algunas de esas estacas pasaron rozándoles demasiado cerca.
—¡Tormenta!, ¡ve y busca a Astrid! ¡Rápido! —le indicó Hipo con apuro al dragón azul que volaba muy cerca de su cabeza, al tiempo que con su mano le indicaba que se elevara. El dragón pareció comprender, y de inmediato emprendió el vuelo.
—¡¡Aaaaaah!! —escuchó como Patapez gritaba con ahínco, cuando una de las estacas pasó rozando su costado derecho—. ¡Una cosa así no debería existir y menos hacer una cosa como esa!
—¡¿Y me lo dices a mí?! ¡No tenemos tiempo para analizarlos más…! —le respondió Hipo, un instante antes de agacharse y prevenir que una de esas estacas le arrancara la cabeza—. ¡Chicos!, ¡denles unos buenos disparos!
Chimuelo obedeció, y de inmediato se volteó, y se paró con firmeza en la nieve. Los demás dragones siguieron a su alfa, posicionándose a sus lados. El cuerpo del Furia Nocturna comenzó a brillar con intensidad con fulgor azul, y de inmediato acumuló una gran cantidad de energía, para liberarla en un tremendo disparo que destruyó árboles, y de paso a uno de los monstruos. Los demás dragones le siguieron, disparando consecutivamente, hasta que los otros dos quedaron en el mismo estado, como cúmulos de nieve en el suelo.
Se volverían a formar en cualquier momento, pero eso les daría algo de tiempo. Los dragones se viraron de nuevo hacia sus amos y se apresuraron a alcanzarlos en su huida.
—¡¿Y ahora qué?! —exclamó Eret, ni siquiera un poco más tranquilo—. ¡No parecen estar dispuestos a dejarnos en paz!
—¡Tenemos que irnos de este sitio de inmediato! —añadió Brutilda, notablemente alterada.
—¡No sin Astrid! —indicó Hipo como respuesta final.
Sólo hasta entonces tuvo un momento para pensar aunque fuera un poco en la situación. Primero el clima congelado, y ahora monstruos de nieve. Existían las coincidencias, pero esa no podía ser una. ¿Cómo estaban esas criaturas relacionadas con ese extraño clima? ¿Qué estaba pasando realmente ahí?
— — — —
—¿Qué cosa? —exclamó Merida, confundida aún por tan extrañas palabras que habían sido pronunciadas por la mujer ante ella—. ¿A qué se refiere… con eso…? ¿Acaso la situación sí va a empeorar? ¿¡Entonces sí sabe lo que está pasando?!
La anciana siguió con lo suyo, tomando los utensilios y figuras que quedaban y echándolos en la bolsa, la cual seguía sin cambiar, como si no fuera posible llenarla.
—¿Qué es lo que te hace pensar exactamente que esto es provocado por algo mágico? —murmuró despacio la anciana, mientras caminaba por toda la choza recogiendo los objetos, y a veces lanzándolos sobre su hombro para que cayeran directo a la bolsa.
—No lo sé, esto simplemente no había pasado nunca.
Merida tuvo que agacharse rápidamente para esquivar un gran oso de madera, que casi le golpeaba la cabeza en su trayectoria a la bolsa. Un segundo después le siguió otra figura, e incluso un cincel, por lo que optó por mejor alejarse lo más posible de la bruja y quedar fuera de su rango de tiro.
—Además, escuché a las sirvientas del castillo hablar sobre una bruja y una maldición. Lo llamaban el “Invierno Eterno”. ¿Hay realmente magia involucrada en esto? ¿Una bruja nos está maldiciendo?
—¿Crees que porque yo soy una bru…? —Ahora fueron sus palabras las que quedaron atoradas en su garganta—. Una excelente talladora de madera, ¿conozco a todas las bru… talladoras de madera del mundo y podría saber algo de lo que está pasando aquí? ¡Eso es muy racista, princesa!
Tomó entonces con sus delgadas manos la última gran figura de oso, de enorme tamaño. Giró sobre sí misma para tomar impulso, y luego lo lanzó con fuerza hacia la bolsa. La enorme figura cayó de cabeza en su interior, perdiéndose en la oscuridad.
—¡¿Qué?! ¡No!, ¡no! —comenzó a decir Merida con apuro, agitando sus manos frente a ella, aunque tuvo que hacerse rápidamente a un lado para intentar evitar ser golpeada de nuevo—. No era mi intención ofenderla de alguna forma, ¡enserio! Es solo que…
La pelirroja se mordió su labio, algo indecisa sobre qué decir. Realmente no era muy buena en situaciones como esa, que involucraban usar su poder de convencimiento, si es que poseía tal cosa, para hacer que alguien la ayudara. Era preocupante, considerando que estaban hablando de una futura Reina.
—Escuche, aunque no lo crea, yo no conozco precisamente a muchas brujas, o brujos, o gente que sepa de estos asuntos de magia. Usted es la única que puede decirnos si algo está mal o no aquí. Esta situación es difícil, y lo cierto es que estamos muy preocupados por nuestro pueblo. Si dice que esto empeorará, es que tiene una razón de ser, ¿no? Si sabe algo, cualquier cosa, por favor, dígamelo.
La anciana, quien le daba aún la espalda, la miró sobre su hombro con expresión seria. Ambas se sostuvieron la mirada unos instantes. Se veía claramente que la firmeza de Merida era inquebrantable; no se iría de ahí con las manos vacías. Se notaba que los años no habían hecho más que volver su convicción aún más dura y férrea de lo que ya era la primera vez que la vio cruzar su puerta.
La talladora de madera suspiró resignada, dándose unos pequeños golpecitos en el hombro derecho, posiblemente para aliviar alguna molestia.
—En otras circunstancias podría serte de más utilidad, pequeña. Pero en esta ocasión, solo he oído rumores y habladurías. Ya sabes, cosas que otras… talladoras de madera dicen, o que una talladora de otra talladora le dijo a una tercera. Pero a mí no me gusta mucho el chisme.
Tomó en ese momento su escoba y comenzó a barrer con rapidez, yendo y viniendo de un lado a otro de la choza.
—Aunque sean solo rumores, dígamelo —insistió Merida, siguiéndola de un lado a otro en su andar—. Viniendo de usted, deben significar algo. Cualquier cosa que pueda ayudarme, lo que sea.
Se le acercó abruptamente, tomándola de los hombros y obligándola a girarse hacia ella para poder verse fijamente a los ojos la una a la otra.
—Se lo suplico…
La bruja suspiró con cansancio. Retrocedió barriendo hacia su bolso, y al final introdujo la escoba en él también.
—En cualquier momento y lugar que sea, tú siempre me convences de todo, pequeña zanahoria —comentó con un tono juguetón, y entonces estiró sus largos dedos hacia su mejilla, dándole un pequeño pellizco. Merida se sintió un poco confundida, no solo por el repentino pellizco que dejó su mejilla roja y adolorida, sino más por su comentario. ¿A qué se refería con eso exactamente si esa era apenas la segunda vez que se veían? ¿O no?—. Bien, si insistes. Ven, ven… pero no te gustará lo que oirás.
Merida se sobresaltó al escuchar esas últimas palabras. ¿Eran algún tipo de amenaza?
La bruja avanzó con paso apresurado hacia su caldero, y la pelirroja de inmediato la alcanzó. Al asomarse al interior, el caldero se veía completamente vacío. Sin embargo, cuando la anciana colocó sus manos sobre él y comenzó a moverlas en círculos pequeños, en un parpadeo este se llenó de un líquido verdoso, que brilló con fuerza, alumbrando casi todo el interior de la cabaña. El líquido se movió al mismo ritmo que el movimiento de sus manos, formando sombras y figuras en su superficie.
—Dicen que esta maldición comenzó un año atrás —dijo la bruja con un tono grave y profundo, casi aterrador—. Pero en realidad esta historia se remonta a varios años antes, en un reino al otro lado del mar, llamado Arendelle.
Merida asomó aún más su cabeza al contenido del caldero. Las figuras en el líquido dibujaron la figura de un castillo y cuatro personas.
—Ahí nació una pequeña princesa destinada a ser la próxima reina, la quinta monarca de su linaje. Pero no era una niña normal, ni por asomo. —Las demás figuras en el caldero se disiparon, y en su lugar sólo quedó una, la silueta oscura de una niña, dando brincos y giros—. Los rumores dicen que ella nació con una increíble magia, como nunca se había visto en esas tierras; una magia capaz de controlar el hielo y la nieve a su antojo, incluso cuando aún era muy pequeña. Esto, más que enorgullecer, aterrorizó a sus padres, los reyes. Sin saber cómo lidiar con ello, decidieron encerrar a la princesa, ocultarla de los ojos curiosos, privarla de cualquier contacto con el exterior, de cualquier tipo de amistad, o incluso de su propio amor…
La silueta de la niña en el caldero cayó de rodillas y se puso a llorar. A Merida incluso le pareció poder escuchar sus llantos, resonando en el eco del cuarto.
—Intentaron por todos los medios hacerla suprimir sus poderes, que esa magia desapareciera de su ser. Pero no era algo que podían simplemente arrancar de su pecho. Era algo con lo que había nacido, algo que era parte de ella.
De pronto, se sintió como la temperatura del cuarto descendía un poco, lo suficiente para que Merida tuviera que abrazarse a sí misma. Algo de escarcha comenzó a formarse sobre la superficie del caldero, lo que extrañó a la princesa. ¿Eso era por el frío? ¿O era acaso algo causado por el solo hecho de estar relatando esa historia?
Merida no pudo detenerse a contemplar mucho aquello, pues en ese momento, el líquido en el caldero se tornó totalmente rojo, al igual que el fuerte brillo que emanaba de él. La silueta de la niña ya no lloraba; ahora parecía furiosa, golpeando, pataleando y gritando con voz aguda ensordecedora.
—El que sus padres le hicieran todo esto hizo que brotara en ella un tremendo odio, que la fue consumiendo y consumiendo, año tras año, volviendo su corazón negro como el carbón. Los Reyes fallecieron en un viaje en barco cuando ella tenía quince años. Aunque se dice que no fue un accidente, sino que el odio de la pequeña se exteriorizó al fin de su cuerpo, conjurando una mortal tormenta que arrastró a sus propios padres hasta el fondo del mar. Quizás por accidente, quizás a propósito; ¿quién sabe? Pero lo cierto es que luego de ello, el resentimiento que les guardaba se apaciguó, aprendió a controlarlo y a esperar…
El líquido se tornó ahora azuloso. La silueta ya no era la de una niña, sino la de una mujer joven y delgada, con porte y elegancia en cada uno de sus discretos movimientos. El sentimiento de odio y rencor que emanaba hacia un segundo parecía haberse esfumado.
—Al cumplir los dieciocho años, el día de su coronación llegó. Esto que te cuento fue mucho más reciente, justo a mitad del verano del año pasado. La princesa se lució ante su pueblo, y todos la esperaban con ansias. Todos querían que fuera la reina, querían conocerla, verla, admirarla y amarla. Fue una gran fiesta, según dicen. Mucho baile, mucha bebida, mucha alegría… Pero algo salió mal…
El tono de la bruja se volvió aún más sombrío, y el líquido poco a poco se fue volviendo rojizo una vez más.
—A pesar de sus intentos por esconderlo, la gente se enteró al final de su magia, y no reaccionaron bien. Fue justo como sus padres le habían dicho que sería: el pueblo entero la llamó bruja, la marcaron y señalaron como un monstruo. Se sintió acorralada, observada por todos, expuesta e indefensa. Todo esto provocó que el odio y el rencor volvieran, pero no solo eso: volvió con mucha, mucha más fuerza que antes. Todo eso que tenía acumulado en su pecho, todo eso que había escondido por tantos años… ¡¡Explotó!!
Respondiendo al repentino grito de la bruja, del caldero surgió una fuerte explosión fría que se alzó en el aire. Merida retrocedió un par de pasos, asustada por el repentino cambio. Todo el aire se cubrió de una sensación gélida, y pequeños copos de nieve comenzaron a caer a su alrededor.
—La princesa, ahora reina de Arendelle, desató su ira entera sobre su propio reino. Lo cubrió todo a su alrededor con nieve y hielo. Congeló las aguas, nubló los cielos, invocó a los vientos. Creó usando su odio y furia como combustible… el Invierno Eterno, un invierno que comenzó en pleno verano, y que ha seguido por meses y meses sin parar desde entonces. Algunos creíamos que el mar mantendría esta abominación lejos de estas tierras, pero no fue así. Su rencor no se satisfará con consumir solo su reino. El Invierno Eterno ha llegado también a tus tierras, mi querida princesa, y es solo el comienzo. Todo terminará cubierto de nieve, el mar se congelará, tus tierras morirán, tu cielo se tornará oscuro, el viento arrancará las casas de sus cimientos… Y si eso no fuera ya suficiente…
Del caldero brotó una nube de humo oscuro, que se fue separando y formando varias formas pequeñas de diferentes criaturas, de varios tamaños, pero todas de un aspecto horroroso.
—Sus tropas marcharán hasta acá, criaturas sin alma ni corazón, creadas a partir de su resentimiento. Avanzarán por el mar congelado y arrasarán con todo lo que encuentren en su camino.
Agitó en ese momento sus manos con fuerza, y el humo se disipó, al igual que el líquido en el interior del caldero; todo se tornó nuevamente mucho más tranquilo.
—La Reina de las Nieves —carraspeó la bruja, arrastrando sus palabras—. Así es como la llaman… Y no descansará hasta sepultar al mundo entero bajo su poder…
Merida se quedó paralizada, sin una pizca de aliento en su interior. Sentía su corazón latir como loco en su pecho. ¿Presa del miedo?, ¿del asombro? Daba igual… Sintió que todo su cuerpo temblaba, y apenas lograba mantenerse de pie.
“Pero no te gustará lo que oirás”, le había advertido justo antes de empezar su relato, y al parecer, tenía bastante razón.
—O eso es lo que dicen —escuchó que la anciana mencionaba de pronto, con un tono abrumadoramente más despreocupado, mientras se encogía de hombros—. Es lo que he escuchado, pero ya te dije que a mí no me gusta el chisme…
Sin más, tomó el caldero vacío con ambas manos y comenzó a arrastrarlo hacia la bolsa.
—¡¿Qué cosa?! —recriminó Merida, molesta—. ¡¿Cómo me puede contar algo como eso y luego decirme que quizás es un chisme?! ¡¿Qué parte de eso es un chisme?!
Tuvo abruptamente un tremendo ataque de pánico. Eso no podía ser en lo más mínimo un chisme. Tenía demasiados detalles, y era apenas de un año atrás; era demasiado para pensar que era un cuento inventado; al menos más de la mitad de todo eso tenía que ser verdad. Comenzó a andar de un lado a otro, agarrándose de vez en cuando sus cabellos, mientras miraba sus propios pies al andar.
—No, ¡no! ¡Espere un momento! ¡¿Cómo es posible que una simple niña naciera con un don tan terrible?!
La bruja le respondió solamente encogiéndose de hombros, mientras seguía jalando su caldero hacia el bolso.
—Bueno, ¡eso no importa! ¡No quiero que el Invierno Eterno esté en mi reino!
—No es cosa de querer o no. La verdad, no sé los detalles, princesa. Solo sé lo que otros dicen, y es todo lo que le acabo de decir yo a usted, no más.
Logró colocar el caldero justo a un lado del bolso, para luego empujarlo de un puntapié al interior.
—¡Tiene que haber algo más! ¡Debe de haber alguna manera de protegernos!
—Yo en tu lugar me mudaría a un sitio más cálido —le respondió tranquila, secándose el sudor de su frente con una mano—. Y rezaría porque el Invierno Eterno no llegue ahí también.
Cerró entonces la bolsa con fuerza, usando sus manos. A pesar de todo lo que había echado, la bolsa se veía aún pequeña y ligera, tanto que se la logró echar a la espalda sin problema.
—La verdad, no tengo idea de qué tan lejos llegará el poder de esa chiquilla. Pero al ritmo que va, yo no sacaría mi traje de baño del armario… en mucho tiempo…
—¡¿Qué tonterías está diciendo?! ¡No puedo simplemente buscar otro lugar para hacerlo mi reino! Este lugar es donde vivimos todos, mi familia, mi pueblo. —Su ansiedad y desesperación comenzaron a ser acompañadas de pronto por algo de enojo, quizás inspirado por la frustración—. ¡No puedo aceptar que no podamos hacer nada! ¡No puedes irte así como así! Tú eres una bruja, ¿no puedes hacer algo para detenerla? ¿Embrujarla?, ¿pelear contra ella? ¡Lo que sea!
—¡Ja! ¿Y qué esperas que haga, chiquilla? ¿Que la convierta en oso?
—Bue…
Estaba por decir algo, pero prefirió quedarse callada. ¿Realmente convertir a la gente en oso era todo lo que podía hacer? En su cabeza se imaginaba a un terrible oso blanco, gruñendo y tirando nieve por la boca. No estaba segura si eso mejoraría o empeoraría su situación.
—Mira eso por un segundo —susurró la bruja, señalando con un dedo hacia la ventana; al parecer había vuelto a nevar con algo más de abundancia—. Ni en todos mis años de vida había visto un poder así, que lograra crear algo como esto, y a esta magnitud. No hay nada que yo pueda hacer ante algo así, lo siento.
Algo cabizbaja, la bruja comenzó a caminar con apuro hacia la puerta.
—¡No! ¡Escuche!, ¡por favor! —Rápidamente la siguió hasta la puerta—. Por… por favor, ¿al menos sabe cómo podríamos derrotarla? ¿Tiene alguna debilidad?
—Una espada en el corazón detiene a cualquiera, alteza; lo sé por experiencia.
—¡Hablo enserio!
La bruja se detuvo justo frente a la puerta, dándole la espalda a la jovencita pelirroja. Un largo suspiro de cansancio surgió de sus labios.
—No deberías meterte en esto, pequeña —murmuró, mirando discretamente sobre su hombro—. Eres una buena chica… Algo imprudente e irrespetuosa, pero una buena chica. Serás una gran reina algún día; no me gustaría que salieras lastimada por querer ser la heroína.
—No se trata de eso. Como usted bien dijo, tarde o temprano seré la reina de DunBroch. Y si para defenderlo tengo que cruzar el mar y apuñalar a esa dichosa Reina de las Nieves con mis propias manos, con tal de proteger a mi pueblo… ¡Lo haré! ¡Lo haré sin dudarlo ni por un segundo!
La anciana la miró en silencio un rato. La seguridad con la que Merida comenzaba a expresarse dejaba claro que no eran palabras vacías. Era más que seguro que lo haría, sin importar lo que le dijera.
Soltó entonces otro pequeño suspiro, y luego se volteó lentamente por completo hacia ella.
—Solo hay dos cosas que pueden derrotar una magia tan oscura y grande como esta —comenzó a decirle, llamando por completo su atención—. Luz… y amor… Luz y amor, esas son las claves; lo único que puede detener al Invierno Eterno.
—¿Luz… y amor? —murmuró Merida, dudosa, notándosele profundamente incrédula—. ¿En serio? ¿Eso es todo lo que me dirá?
—Es lo único que puedo decirte.
La pelirroja negó con su cabeza, frustrada y molesta.
—Dudo muchísimo que un problema como este se pueda resolver con luz y amor. Pero gracias por su ayuda de todas formas.
Su voz se sentía pesada, y era incapaz de ocultar su decepción.
—Te sorprenderías de saber las cosas que esos dos elementos juntos pueden hacer, querida. Te sorprenderías…
Se volteó entonces de nuevo a la puerta y extendió su mano hacia el pomo de la misma. Sin embargo, en lugar de girarlo, se volteó una vez más a la princesa, que miraba a otro lado con sus brazos cruzados.
—Una cosa más. No sé si me habrás escuchado cuando lo dije, pero gran parte del mar al oeste está ya completamente congelado. No hay forma alguna de que un barco llegue hasta el otro continente, por lo que será prácticamente imposible que tú o cualquiera lleguen hasta ahí… Bueno, al menos que aprendas… a volar…
Una sonrisa astuta se dibujó en sus labios en esos momentos. Merida, al escuchar tal afirmación, se giró rápidamente hacia ella, totalmente confundida.
—¿Volar?
Antes de que pudiera preguntar cualquier otra cosa, la bruja abrió abruptamente la puerta, y lo que Merida alcanzó a ver a través de ella por esos escasos segundos era un sitio totalmente diferente al bosque del que ella venía. Era otro sitio, lleno de gente, con una gran cantidad de sonidos, o más bien ruidos, movimientos, edificios.
—¡Chaíto! —exclamó con fuerza, justo antes de cerrar la puerta y desvanecerse del otro lado, opacando también por completo todos los sonidos que había escuchado, y sumiendo la cabaña en completo silencio… y también soledad.
—¡Espere!, ¡¿qué quiso decir con eso?! ¡¿Cómo que volar?!
Se aproximó de inmediato a la puerta, pero al abrirla, no había nada de lo que había visto hace unos instantes; ni bruja, ni personas, ni ruido: solo vio a Angus, parado frente a la casa, mirándola con cara de desconcierto.
—¡Odio que haga eso! —exclamó con ahínco, con ganas de patear algo, pero la cabaña estaba totalmente vacía y no había nada que patear.
Comenzó de nuevo a andar de un lado a otro, agarrándose su abundante cabello, exasperada, jalándolo y gimoteando.
¿Era todo eso real? ¿El mar estaba congelado? ¿Había una reina rencorosa y malvada al otro lado del mundo, que además era una bruja con el poder de cubrir todo lo que conocía de hielo? ¿Y no había nada que pudiera hacer más que conseguir luz y amor, y aprender a volar? ¡¿Qué rayos significaba todo eso?!
Se sentía mareada y confundida. Todo parecía un mal sueño; un muy muy mal sueño.
Respiró lentamente, intentando recuperar la serenidad. No le serviría a nadie entrando en pánico. Necesitaba pensar, y lo más importante: actuar.
Rápidamente salió de la cabaña corriendo y se subió a su caballo de un solo salto, para de inmediato tomar las riendas y hacer que este se girara hacia la dirección en la que venían.
—¡Debemos volver, Angus! ¡Rápido!
El caballo relinchó con fuerza, y entonces se lanzó a trote veloz por el camino sobre sus pasos.
Invierno Eterno, Reina de las Nieves, Maldición.
¿En qué estaba a punto de meterse?
FIN DEL CAPÍTULO 02
NOTAS DE LOS AUTORES (Marzo 2026):
Otro capítulo entregado de esta reedición, aún enfocado en los personajes de Merida e Hipo. Cada personaje con sus respectivas diferencias, pero también, de cierta forma, con varios puntos en común. También se hace por primera vez una referencia más directa al que será el centro principal de esta historia: la Reina de las Nieves. La historia que nos han contado les sonará familiar, pero quizás también un poco diferente a la que conocemos. ¿Cuál será la verdad? Eso lo averiguaremos con el pasar de los capítulos.
"Lo llaman Invierno Eterno, un gélido y mortal clima helado que cada día se extiende más, consumiendo pueblos y reinos enteros. Se dice que la culpable de tan horrible maldición es una poderosa bruja a la que todos llaman la Reina de las Nieves. Todo intento de llegar hasta ella y detenerla ha fracasado, y parece que el Invierno Eterno terminará sepultando a todo el mundo en hielo. Pero una princesa de nombre Merida no está dispuesta a permitir que esto pase. Con la ayuda de Hipo, jefe de la Isla de Berk, y sus dragones, emprenderá un viaje con el único propósito de acabar con la malvada bruja y salvar a sus pueblos.
Al mismo tiempo, el Invierno Eterno ha comenzado a llegar al pueblo de Rapunzel, una chica sencilla y callada que esconde un gran secreto a todos. Una noche conoce a Jack, un misterioso chico de cabellos blancos, que en lugar de huir del Invierno Eterno, parece querer ir hacia él. Jack también guarda un secreto, y aunque ninguno de los dos se conoce, entre ambos podrían tener la clave para detener a la Reina de las Nieves y su maldición."
— — — —
NOTAS PREVIAS:
WingzemonX (Septiembre 2016):
Hola a todos, ¿cómo se encuentran? El día de hoy les traigo una historia especial, que estaré realizando en conjunto con mi compañera, prometida y coautora favorita, Denisse-chan, en la que será mi primera incursión a este curioso fandom que muchos llaman The Big Four o The Big Six, dependiendo del caso. Desde hace tiempo me llamaba la atención la idea de juntar estos diferentes personajes en una historia conjunta, pero creo que fue hasta que ya me vi las películas de todos (tardé un poco en ver Tangled o Enredados) en la que comencé a formar por completo la idea en mi cabeza. Aun así, pasó mucho tiempo antes de que diera con la historia correcta a realizar. Y fue gracias a Denisse-chan, quien está más metida que yo en estas historias como lectora, que pude formar la historia que les traemos a continuación. Espero la disfruten.
Como es costumbre, antes de comenzar agregaré algunos puntos importantes para que todos estemos en la misma línea:
1. La historia se basará únicamente en las siguientes películas:
“Brave” de Pixar
“How to Train Your Dragon” y “How to Train Your Dragon 2” de DreamWorks
“Tangled” de Disney
“Rise of the Guardians” de Dreamworks
“Frozen” de Disney.
Para efectos prácticos, se omitirá de esta historia acontecimientos o personajes de materiales relacionados, pero externos a estos, como pueden ser series, cómics o cortos adicionales. Al menos de momento. Si más adelante vemos o consideramos que hay algo o alguien adicional que se pudiera agregar a la historia, podría darse el caso y se especificaría entonces.
2. Como se menciona en el resumen, esto se podría considerar un semiuniverso alterno, pero el grado del mismo varía de una película a otra. En su mayoría se respetarán los acontecimientos de sus respectivas películas, pero con algunos cambios que hayan sido necesarios. Para cada caso se hará la especificación de dichos cambios cuando sea necesario.
3. Para esta historia estamos colocando a todos los personajes en el mismo mundo y en el mismo tiempo. Pese a que en las películas existe el debate de si cierto reino se ubica en cierta parte real de nuestro mundo, o si es un mundo alterno o paralelo, etc., en esta historia hemos decidido colocar a todas las historias en el mismo mundo; un mundo de fantasía alterno al nuestro, en el que los diferentes reinos vistos en las diferentes películas existen al mismo tiempo. El caso de Rise of the Guardians es un caso especial, pero conforme se avance en la historia, se irá aclarando cómo es que encaja con todo lo demás.
De mi parte creo que es todo lo que hay que aclarar. Esperemos que disfruten la historia, que quizás no vaya a ser tan larga (o quizás sí; siempre mis predicciones al respecto parecen errar), pero que tendrá mucho corazón en ella. ¡Nos leemos!
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Invierno Eterno
Por
WingzemonX & Denisse-chan
Capítulo 01
Una Fría Primavera
El sol ya se había comenzado a asomar sobre las montañas hace un par de horas, pero realmente se sentía muy poca diferencia, debido al cielo mayormente nublado que apenas dejaba pasar algo de luz. Las copas de los árboles amanecieron otra vez cubiertas de blanco, como si fuera el glaseado de un delicioso pastel. Los prados también tenían una ligera capa de nieve sobre ellos. Hace apenas unos minutos, de hecho, había comenzado a nevar de nuevo, pero muy levemente en comparación con la noche anterior.
Las aguas amanecieron bastante tranquilas. Al menos tres barcos pesqueros descansaban anclados en el pequeño puerto al pie del peñasco, pero ninguno parecía estarse preparando para salir al mar. ¿Cuál sería el propósito? Como había estado el clima los últimos días, podría soltarse una tormenta en cualquier momento. Además, cada día parecía que picaran menos peces; de seguro ya casi todos habían emprendido el viaje en busca de aguas más cálidas. Pero… ¿Habría acaso aguas más cálidas en algún sitio? Muchos en la gran ciudadela, al pie del viejo castillo de DunBroch, se preguntaban eso, aunque casi siempre en susurros pequeños, como si temieran alzar de más la voz al hablar sobre ese tema.
Las azoteas de los edificios y las calles de la ciudadela amanecieron también con sus respectivas raciones de nieve. Algunos guardias fueron instruidos para despejar las callejas con sus palas y darles mejor movilidad tanto a los caballos como a las personas. Pero, ¿qué objeto tenía? Ya estaba volviendo a caer nieve, y de seguro en unas cuantas horas, todo volvería a cómo estaba en un inicio. Se había vuelto una tarea casi frustrante.
Hacía frío, por supuesto que lo hacía. No era el clima más extremo que hubiera sufrido la región, pero era el suficiente como para que las personas tuvieran que usar abrigos gruesos al salir a la calle, y para que sus alientos fueran visibles al exhalar durante su andar. En el interior de las casas, resultaba bastante incómodo pasar aunque fuera una hora sin tener el fogón o la chimenea encendida. La necesidad por madera iba en aumento, pero al menos eso era algo que aún abundaba por ahí.
Aunque la descripción del día pudiera sonar tormentosa, lo cierto es que los más ancianos podrían incluso reírse de ello, y recordar años mucho más crueles. De hecho, la mayoría de las personas de ese extenso reino llamarían a ese jueves en especial un “muy agradable día de invierno”.
El problema es… que no era invierno, sino primavera; casi finales, de hecho. Y ningún habitante, vivo o muerto, podría recordar un fenómeno parecido.
Para esas horas, en épocas pasadas, ya debería de estarse sintiendo el agradable calor de la mañana, no esa gélida sensación que te provocaba el asomar tu cabeza por la ventana. Para esos días del año, todos los prados deberían estar verdes, frondosos y brillantes, y los árboles completamente florecidos. Las aves migratorias deberían ya de haber vuelto y cubrir el cielo con su vuelo, en lugar de que lo hicieran esas nubes grises. Los animales ya deberían estar fuera de sus madrigueras, y los peces deberían estar nadando río abajo.
Pero no ocurría nada de ello, absolutamente nada.
No era como si la primavera se hubiera atrasado: era como si realmente no tuviera intención alguna de llegar.
Había días como ese en que el ambiente se sentía más agradable, y la gente comenzaba a creer por unos instantes que el clima cambiaría para bien. Pero a la siguiente mañana todo cambiaba, y sus ilusiones se rompían al sentir de nuevo cómo la temperatura bajaba súbitamente. En aspectos generales, el clima no parecía mejorar, sino todo lo contrario: pareciera que cada día enfriara más…
No era algo que se concentrara solo en ese punto. Toda la costa oeste de DunBroch parecía estar sufriendo de este extraño mal. Y, por lo poco que se habían enterado, sus reinos vecinos inmediatos sufrían exactamente de lo mismo. ¿Qué podría estar causando un fenómeno tan extraño? ¿Qué podría estar provocando que el invierno sencillamente no se fuera y en su lugar siguiera y siguiera?
Teorías había tantas como personas, pero sólo una resonaba con la fuerza suficiente para ser oída por todos, incluso entre susurros. Y esa mañana dicha teoría llegaría a oídos de la joven princesa.
Fuera invierno, primavera o cualquier otra estación, las tareas diarias de la servidumbre del palacio de DunBroch no tenían excusa para detenerse. Y, como cada mañana, los guardias, sirvientes y sirvientas se levantaban muy temprano para realizar cada una de ellas. Sin embargo, entre las que más se habían complicado debido al extraño clima, era la realización de los alimentos, sobre todo los de la familia real. Ante la situación y la inminente escasez, el Rey Fergus y la Reina Elinor ordenaron racionar la comida en todos los niveles, incluyendo a los mismos regentes.
Sus majestades hubieran tenido la opción de moverse a otras tierras más al este, en donde los rumores decían que el clima ya se había vuelto más cálido. Pero ninguno aceptó. Incluso ante las quejas de sus propios hijos, decidieron quedarse ahí en su castillo, firmes y juntos. Pero era lo que se esperaría de Fergus y Elinor DunBroch. Ambos eran de familias guerreras que no se doblegaban ante ningún enemigo; ya fuera una mortal y peligrosa bestia del bosque, una horda de invasores o, como en este caso, un clima que casi rozaba la locura.
Los pequeños príncipes trillizos, Harris, Hubert y Hamish, de casi ocho años cada uno, eran bastante impacientes con la situación, como era de esperarse debido a su impetuosa juventud. Ya era bastante difícil tenerlos encerrados en el castillo prácticamente todo el invierno, como para tenerlos aún más meses en la misma situación, y encima de todo tantos días seguidos comiendo tubérculos; en diferentes presentaciones, pero tubérculos aun así. La que también se presentaba bastante descontenta con la situación, mas no tenía la impetuosa juventud como excusa, era la hija mayor de los DunBroch, la princesa Merida.
Merida era una hermosa joven de más de dieciocho años, de cabello rojizo abundante y muy rizado. Tenía ojos grandes y brillantes como dos aguamarinas, rostro redondo, blanco y pecoso. Los últimos años, la mayor parte de su tiempo la dedicó a actividades físicas como la cabalgata, la arquería, el combate con espada, combate cuerpo a cuerpo, hacha, cacería, nado, alpinismo… Todo intercalado con las inevitables lecciones de “Cómo ser una princesa” de su madre. Aquella larga lista de actividades había ido formando y tornando su cuerpo hasta darle una complexión atlética y fuerte, no muy común en una princesa, al menos no en ninguna que hubiera conocido, o en lo que su madre le había llegado a enseñar al respecto.
Pero a nadie le sorprendía que la primogénita de los DunBroch hubiera crecido de esa forma. Pese a su estatus de princesa heredera, siempre había distado mucho de esa imagen. Desde pequeña era un espíritu libre y rebelde, que disfrutaba estar a la intemperie, sentir el aire contra su rostro o agitando su cabello, y explorar cada día un poco más lejos de casa. Es por ello que los meses de invierno, en los que le era imposible estar afuera tanto como a ella le gustaba, siempre eran los más aburridos. Y el hecho de que le hubieran alargado ese sufrimiento más meses era demasiado. Se sentía como león enjaulado, teniendo solo unas cuantas horas de luz y calor suficientes para salir, y luego tener que refugiarse de nuevo en el castillo. Y ni hablar de la comida, que tampoco hacía precisamente mucho mérito para hacer todo ello más llevadero.
Esa mañana, mientras el resto del castillo ya se encontraba comenzando su movimiento diario, la princesa Merida se movía con rapidez para ponerse los atavíos que le faltaban, mientras surcaba su enorme habitación. Dicho espacio estaba repleto de figuras de madera de osos de un muro al otro. Todas estas eran un gracioso, y a veces desagradable, recuerdo de aquel incidente de hace más de dos años. En un principio eran muchas más, pero se encargó de regalar varias a cuanta persona se lo permitiera; otras las tenía guardadas en la bodega, y las restantes… bueno, estaban ahí haciéndole compañía.
“Una princesa no malgasta o tira sus posesiones solo porque sí. Y se hace responsable de sus decisiones”, le había dicho su madre en aquel entonces, al sugerirle simplemente deshacerse de todo ello. Estaba convencida de que era algún tipo de venganza o lección por lo sucedido. Con el tiempo se había llegado a acostumbrar a ellas.
No era que se acabara de levantar apenas; de hecho, ya llevaba algo de rato fuera de la cama. Si bien no se podía decir que fuera una chica totalmente responsable, ya había comenzado a tomar costumbres que su madre intentó inculcarle desde hace un buen tiempo. Despertarse temprano era una de esas enseñanzas que se le quedó grabada. El problema eran todos los preparativos previos que debía realizar antes de poder dejar sus aposentos. Estos de por sí ya eran muchos cuando el clima era templado, pero en climas fríos como ese aumentaban aún más, sobre todo por toda la ropa que tenía que ponerse encima.
Primero, una malla térmica para usar debajo de su vestido. Luego el incómodo, y aparentemente muy necesario según su madre, corsé, al que seguía un vestido azul celeste, y encima uno aún más abrigador de tela gruesa y verde. Lo siguiente habría sido un gorro de lana para cubrir su cabeza. Sin embargo, su intento de ponerlo fue en vano, pues su voluminoso cabello no la dejaba usarlo, así que lo terminó descartando. Se colocó por último sus botas de invierno de piel y lana de oveja, quedando lista al fin.
Se miró a sí misma en el reflejo de su espejo de cuerpo completo. Se veía abrigada, muy abrigada… Tanto que empezaba a darle algo de calor; irónico.
Merida soltó un pequeño quejido molesto, y rápidamente se volteó hacia su ventana, donde lograba ver algunos copos de nieve caer. Nunca había odiado tanto la nieve en su vida.
—No tendría que usar esta absurda ropa que no me permite moverme como yo quiero, de no ser porque al invierno se le ocurrió durar más de la cuenta —masculló la pelirroja en voz alta, más como una queja exteriorizada que un comentario real.
Se acercó entonces hacia la ventana para abrirla de par en par, dejando que un poco de aire fresco se metiera a su cálida habitación. Fue una sensación realmente agradable… Al menos los primeros segundos.
—Princesa Merida —escuchó en ese momento que la muy conocida voz de Maudie llamaba a la puerta—. Alteza, ¿ya está lista? Su madre y sus hermanos la esperan abajo para desayunar.
Antes de recibir alguna respuesta, la sirvienta de rostro redondo y cuerpo robusto se tomó el atrevimiento de ella misma abrir la puerta y asomarse al interior. Algunos dirían que eso era algo irrespetuoso de su parte, pero no eran pocas las veces en que la princesa se salía del castillo sin avisarle a nadie, y al ir a buscarla se encontraban con su habitación vacía. Por lo que, de cierta forma, tenían permiso implícito de la reina para tomarse algunos atrevimientos de vez en cuando.
—¡Princesa!, no debería de estar en la ventana, ¡podría enfermarse! —exclamó Maudie, algo alarmada.
—Oh, vamos, Maudie —bufó la princesa con un tono juguetón haciendo énfasis en las vocales de su nombre—. Suenas exactamente como mamá. De seguro diría algo como: "Las princesas no deben enfermarse…”
Se esforzó para no soltarse riendo, aunque su comentario no le pareció del todo gracioso a la sirvienta.
Cerró la ventana en ese momento, y luego caminó hacia el buró donde reposaban su arco y su carcaj. Tomó ambos y se dirigió directo a la puerta, pasando de largo a Maudie para salir al pasillo y dirigirse al comedor. Maudie la siguió desde atrás, con apuro para igualar su paso.
—¿Qué hay de desayunar? Espero que sea algo caliente. Un caldo de pollo, quizás, o algo de jamón ahumado. ¡Por los Dioses!, mataría por comer algo de jamón en estos momentos.
Merida se detuvo a un par de escalones del final al escuchar tales palabras. Desde su posición, ya podía ver el comedor principal, en donde estaban su madre y sus tres hermanos sentados al pie de la mesa… y el olor ya agobiante de rábanos inundó su nariz.
—¡¿Rábanos?! ¡¿Otra vez rábanos?! —exclamó entre atónita y molesta, tapándose el rostro con una mano—. ¡Debe de haber algo más!
—Lo sé, entiendo su disgusto, princesa —intentó disculparse la doncella, aún más nerviosa tras ese repentino arrebato—. Sabe que son órdenes de su padre. Pero… se los puedo preparar en una sopa, si gusta.
—¡Daría exactamente lo mismo!
Merida bajó las escaleras con rapidez, haciendo que las flechas en su espalda resonaran.
—¡Maaaadreeee! —exclamó sin la menor intención de ocultar su fastidio, parándose justo en el extremo contrario de la mesa—. Esto ya es casi inhumano. ¿Cuándo podremos tener una comida decente que no se trate de rábanos o de patatas?
La reina Elinor estaba sentada con su perfecta postura en una de las cabezas de la larga mesa rectangular. Era una mujer delgada, de porte muy fino y elegante. Tenía un rostro hermoso, que parecía serlo aún más con el pasar de los años, y un largo cabello castaño y lacio, completamente contrastante con el de sus hijos.
El padre de Merida, el rey Fergus, podría ser un hábil guerrero capaz de dirigir hordas enteras a la victoria y conquistar hasta el más aterrador y enorme enemigo. Sin embargo, en los asuntos con respecto a dirigir un reino entero, y que no involucraban el uso de una espada o un hacha, su madre era la única y absoluta regente de DunBroch. Quizás no tenía la fuerza o habilidad para vencer en combate a un enemigo, pero su sola mirada era capaz de doblegar a cualquiera, y tenía una presencia que se imponía en cuanto entraba a una habitación. Es por ello que todos en el reino le tenían un tremendo respeto, incluidos, o más bien sobre todo, los Lores de los otros clanes.
Elinor estaba notoriamente tranquila en su asiento, con tenedor y cuchillo en mano, cortando tranquilamente los rábanos cocidos de su plato e introduciendo pequeños pedazos en su boca. No pareció perder en lo absoluto la serenidad ante el muy claro descontento de su hija con el menú de esa mañana e incluso optó por ni siquiera alzar su mirada hacia ella y, en vez de eso, seguir concentrada en su desayuno.
—Buenos días, Merida —murmuró la mujer con un tono tranquilo—. Te ruego que no hostigues con más quejas sobre la comida. Ya he tenido suficientes esta mañana.
Su atención se viró fugazmente a su diestra, hacia los tres pequeños de ocho años de cabello rojo y rizado, sentados frente a sus respectivos platos con cara de hastío, y limitándose a apenas picar los rábanos con sus tenedores.
—¡Merida tiene razón! —exclamó Harris con molestia, haciendo que Elinor diera un pequeño respingo por lo abrupto que había sido—. ¡Esto es inhumano!
—¡Yo quiero comer carne! —añadió Hubert, chocando sus manos contra la mesa—. ¡Quiero carne!
Elinor respiró un par de veces intentando conservar la calma.
—Si el pueblo no come carne, sus reyes no comen carne —les respondió con tono realmente severo.
—Nosotros no somos reyes, somos príncipes —refunfuñó Hubert.
—¿Recuerdan cuando comíamos tocino y huevo en los desayunos? —comentó Hamish, moviendo su tenedor como si fuera un ave.
—Yo no recuerdo a qué sabe el tocino —lamentó Harris, chocando su frente contra la mesa y haciendo que esta temblara un poco.
Merida soltó una pequeña risilla al ver la reacción de sus hermanos, pero rápidamente intentó recobrar la compostura y mantenerse seria para poder recalcar su punto.
—Sí, bueno, te aseguro que la gente del pueblo no se atiene a comer solo rábanos, madre.
—Ya se los he dicho muchas veces. Esto es solo hasta que lleguen las provisiones del este. Cuando eso pase, podrán comer lo que les plazca.
—¿Y cuánto tardarán esas supuestas provisiones?
—Tardarán lo que tengan que tardar.
Sólo hasta entonces Elinor alzó su mirada, casi fulminante, a su hija, la cual inconscientemente se apartó un poco de la mesa al sentir sus ojos sobre ella, pero de nuevo intentó calmarse. No podía creer que aún a su edad, siguiera teniendo ese efecto en ella.
Merida carraspeó e intentó volver a mostrar la serenidad “digna de una princesa”.
—Sé que es difícil encontrar algo que cazar, ¡pero de seguro muchos lo han intentado y han tenido suerte! Te diré algo: saldré yo misma a intentar conseguir un ciervo o un conejo. —Sonrió entonces triunfante ante su propia sugerencia—. Así ninguno de mis queridos hermanos, y especialmente yo, tendremos que seguir comiendo verduras hervidas hasta morir.
—¡¡Sí!! —exclamaron los trillizos al unísono, alzando sus tenedores al aire—. ¡¡Merida es nuestra heroína!!
Los tres comenzaron a gritar con fuerza, y sin el menor escrúpulo tomaron sus platos, con todo y sus rábanos, y los dejaron caer al suelo, haciéndose añicos. Este repentino acto de rebeldía y desobediencia no hizo más que agravar el notorio mal humor de la reina; incluso un pequeño tic nervioso comenzó a asomarse en su ojo izquierdo.
—Siempre tan… cooperativa y comprensiva, querida hija —murmuró la reina intentando disimular su enojo—. Sé que te encanta encontrar excusas para salir del castillo, pero no creo conveniente que lo hagas en estos momentos. Dicen que se viene una tormenta más al rato. Además, sabes que mañana llegan los Lores a la reunión urgente que le solicitaron a tu padre, y hay mucho que hacer aquí.
Merida soltó un quejido de desgano, nada discreto. Había olvidado por completo la pronta llegada de los Lores al día siguiente. No era tanto la llegada de los señores de los otros tres clanes lo que le causaba tan despectiva reacción, sino el hecho de que de seguro vendrían acompañados de sus “agradables” hijos: Roderick Macintosh, Gregor MacGuffin y Wee Dingwall. Dos veranos atrás, los tres habían sido presentados como sus pretendientes, en busca de obtener su mano. Al final de todo ese asunto, se había resuelto que no se les impondría ningún compromiso, a menos que ambas partes estuvieran de acuerdo con él. En otras palabras, hasta que alguno de ellos lograra, como había expresado Lord MacGuffin, “ganar su corazón, antes de ganar su mano”.
Merida pensó que con eso bastaría, y obtendría su tan añorada libertad. Sin embargo, no tardó mucho tiempo en darse cuenta de que más bien solo había ganado tiempo, y quizás incluso la situación se había tornado, no peor, pero sí bastante más incómoda. Sus tres pretendientes comenzaron entonces a pretenderla de verdad. Y cada vez que venían de visita a sus tierras, o a ella le tocaba ir de visita a alguna de las suyas, no se despegaban de ella ni un segundo. Era realmente agobiante. Al principio no era tanto, pero con el paso del tiempo había ido en aumento, y sus actitudes se habían tornado, desde su perspectiva, un tanto más desesperadas. Su madre y su padre bromeaban diciendo que eso se debía a lo realmente bonita que se había puesto luego de ese par de años; de eso ella no estaba para nada segura, ni tampoco le importaba averiguar si era cierto o no.
No podía decir que alguno de ellos fuera una mala persona, o que lo odiara. Quizás si no se esforzaran tanto, podrían incluso haberse convertido en sus amigos. Pero no era el caso. Y a pesar de haber convivido con los tres durante todo ese tiempo, la verdad es que ninguno le causaba el más mínimo interés para ser su esposo. Y ahora, si de por sí el clima y la comida no eran ya suficientemente malos, tendría que lidiar con ese trío de… Bien, lo cierto es que no se le venía a la mente ninguna palabra agradable con la cual describirlos.
—¡Pero, madre…! —soltó la princesa, mirando a su madre con exasperación, y apretando ambos puños sobre la mesa. Cortó ella misma entonces sus palabras, y se tomó unos momentos para respirar hondo y calmar cualquier sentimiento negativo que le estuviera brotando. Había aprendido, se podría decir que de mala forma, que siempre era mejor intentar hablar con su madre lo más calmada posible—. Pero, madre, ese es un motivo más para que me dejes ir. Cuando los Lores lleguen, ¿qué les vas a servir? ¿Rábanos? ¿No crees que lo mejor sería recibirlos con algo más…? —Comenzó entonces a mover sus manos, de manera expresiva en torno a sus palabras—. ¿Algo más… carnoso?
Remató su argumento, sonriéndole ampliamente de oreja a oreja, de forma casi inocente, aunque difícil de creer viniendo de ella.
—Además, no sería mucho tiempo el que esté afuera —añadió—, solo lo suficiente; un par de horas, quizás. Si no encuentro nada, me regreso, y ya. Prometido.
Elinor se le quedó viendo un rato con seriedad, aun después de que ella, aparentemente, había dejado de hablar. Por su expresión en esos momentos, hubiera sido difícil adivinar qué era lo que pensaba, o qué era lo que terminaría por responderle. Fueron un par de segundos algo tensos, pero al final el rostro de la reina se relajó, o al menos dejó ir toda esa severidad que había acumulado, en forma de un largo suspiro de resignación.
—El tan solo imaginarme a ese grupo de hombres bebiendo y comiendo en mi salón, en estos momentos tan irregulares, como si fueran… —No terminó su frase. En su lugar, metió un nuevo pedazo de rábano a su boca, y aunque intentó aparentar y dar buena cara, lo cierto es que a ella misma el sabor ya la había hartado. La idea de comer algo diferente, en realidad, no le parecía tan horrible—. Está bien, querida, si en verdad quieres hacerlo, adelante…
Le hizo entonces el ademán con su mano de que podía retirarse a hacer lo que le complaciera, y eso era lo único que Merida necesitaba.
—¡Gracias, gracias, gracias! —repitió varias veces con entusiasmo, y de inmediato corrió, rodeando la mesa, hasta llegar al sitio en el que su madre se encontraba, para abrazarla con efusividad y plantarle un beso con fuerza en la frente—. No te arrepentirás, ¡te lo prometo! ¡Al final del día van a tener algo muy rico para cenar a nombre de Merida DunBroch!
—Sí, anda, anda, querida —susurró la reina con una media sonrisa en los labios, dándole unas palmaditas en su amplia cabellera. Merida se apartó entonces, y se alejó corriendo—. Pero ten cuidado, ¿quieres? Y antes de salir, primero, por favor, come algo. Ve a la cocina y que Maudie te dé algunas zanahorias, si no quieres rábanos.
—¡Ewww!, ¡zanahorias! —exclamó uno de los pequeños pelirrojos en la mesa.
—Oh, vamos, Harris; a ti te gustan las zanahorias.
—¡Yo soy Harris! —soltó el niño sentado justo a la derecha del que se había quejado—. ¡Y ya no me gustan!
—Yo soy Hamish, ¡y quiero huevos con tocino! —añadió por último el tercero de ellos, volteándola a ver sonriente.
Elinor suspiró en ese momento con cansancio, echando su cabeza hacia atrás unos instantes.
—Y de paso dile que me traiga un remedio para la cabeza —pronunció con fuerza, con la esperanza de que Merida la escuchara—. Y ustedes tres, dejen de una vez sus quejas y limpien ese desastre.
Señaló entonces a los platos rotos y los rábanos en el suelo, justo a los pies de los pequeños. Estos soltaron un gritito de desesperación, y de la nada brincaron de sus sillas y se escondieron debajo de la mesa.
—¡Niños!
— — — —
Merida avanzó sonriente y contenta hacia la cocina. Ese día parecía que podía ponerse mucho mejor, después de todo. Había una época, no muy lejana, de hecho, en la que su madre le hubiera prohibido con mucha fuerza y determinación el salir. Ella, por su parte, hubiera insistido, insistido e insistido, y posiblemente hubiera terminado escapándose al final. Pero ahora todo era diferente desde aquel incidente. No por completo, claro. Su madre seguía siendo su madre, y nunca cambiaría. Aún tenía sus reglas, así como su forma de comportarse y controlar las cosas. Pero había mostrado bastante más apertura a hablar con ella de frente; y lo mejor, a escucharla. Y además de todo, aunque no siempre era capaz de comprender sus deseos o ideas, se esforzaba por intentarlo.
Por supuesto, todo ello tenía que ser de cierta forma recíproco. A cambio de la apertura de su madre hacia su forma de pensar, ella tuvo que hacer lo mismo con la suya. Puso más cuidado y empeño a sus lecciones de etiqueta, bordado, historia, política e idiomas. Cuidaba pequeños detalles, como no dejar sus armas sobre la mesa o no descuidar sus modales; en su presencia, claro. Y procuraba no hacer, al menos la mayoría del tiempo, cosas sin su autorización.
Quizás el único tema que seguía siendo bastante difícil de tratar entre ellas era el del matrimonio. Su madre no lo comentaba a cada rato, pero al menos una o dos veces al mes, el tema surgía casualmente. A veces eran indirectas, y a veces bastante directas.
“No te estás volviendo más joven, querida”, le decía. “Que se te haya dado el privilegio de tomar una decisión tan importante como esta, implica que además tienes la responsabilidad de tomar dicha decisión. No podrás eludirlo por siempre. Tarde o temprano, tendrás que hacerlo.”
A veces se preguntaba si realmente “tendría” que hacerlo, como ella tanto repetía. Si no encontraba jamás al hombre adecuado con el que quisiera compartir su vida, ¿qué tendría de malo prescindir de ese asunto del matrimonio? Ya era mayor de edad; si fuera hombre, ya la hubieran coronado reina desde hace tiempo, estuviera casada o no. Y de hecho, a veces también llegaba a cuestionarse si realmente le interesaba ser reina. Si lo veía desde el lugar de su padre, parecía ser el trabajo soñado. Pero desde el lugar de su madre, parecía realmente aburrido, agotador y algo que no quisiera desearle a nadie.
Quizás eso ocupaba: un esposo que fuera como su madre, que pudiera dedicarse a todo lo aburrido y que a ella no le interesaba, y ella pudiera dedicarse a seguir con lo suyo con completa libertad. Por desgracia, ninguno de sus tres pretendientes estaba ni cerca de igualar la inteligencia, presencia y fortaleza de su madre. Si se casaba con cualquiera de ellos, sentía que terminaría siendo más su niñera que su esposa.
Cuando ya se encontraba a unos cuantos pasos de la entrada de la cocina, alcanzó a escuchar una conversación que se suscitaba en el interior. Se trataba de las voces de tres sirvientas; una de ellas era Maudie. Susurraban despacio, como si temieran ser oídas.
—Se los digo, esto no es nada normal —murmuraba una de ellas con miedo en su voz—. Es… eso; el Invierno Eterno al fin ha llegado aquí…
Merida se mostró confundida por la extraña mención. Se quedó entonces de pie al lado de la puerta, escuchando con más atención sus palabras.
—Por favor, esas son solo habladurías, rumores que inventa la gente —comentó Maudie, quien al parecer estaba agitando con un cucharón el contenido de una olla; esperaba que no fuera otra vez sopa de rábanos.
—Pero tienes que ver los indicios, Maudie —exclamó la tercera de ellas—. El frío no cede; cada día amanece más helado. Los cultivos no darán la cosecha que esperábamos para esta primavera, y nada de esto había pasado antes, no tan así.
—Oh, chicas —susurró Maudie, con algo de pesar en su tono—. Sé que todo esto es aterrador, yo también estoy preocupada. Pero no es motivo para comenzar a hablar de… brujas.
Esa última palabra la dijo aún más despacio, pero Merida pudo distinguirla sin problema. Incluso se estremeció un poco al escucharla. ¿Brujas?, ¿por qué estaban hablando de brujas?
—Si una bruja puede hacer algo como esto, ¿qué esperanza tenemos? —continuó Maudie con el mismo ánimo, pero rápidamente soltó una pequeña exhalación y se dio palmadas en sus mejillas, como si intentara hacerse despertar—. ¡Por lo tanto, no puede ser eso! En unas semanas, el sol saldrá y el clima cambiará… Lo sé…
—Eres bastante optimista, Maudie. Pero, ¿por qué crees entonces que sus majestades convocaron a los Lores tan repentinamente? Es más que claro que ellos también saben que algo malo está pasando.
—Escuché por ahí que quieren discutir la idea de ir a buscar la causa de este horrendo clima. Pero, si es una bruja, ¿qué harían? ¿Ir a darle caza? Eso me aterra, pero me da más miedo el pensar que nos vamos a ir quedando sin comida.
—De seguro solo discutirán qué medidas de emergencia tomar, hasta que el clima mejore. Dejen ya de hablar de brujas, que si la reina las escucha, las reprenderá.
Merida escuchó toda esa conversación con interés. ¿Que todo ese extraño clima era causado por una bruja? No sabía que la gente estaba contando ese rumor; posiblemente cuidaban de no repetirlo en su presencia. A primera vista, sonaba bastante extraño, pero… Si lo pensaba un poco, no era tan descabellado. ¿Cuándo antes la primavera se había tardado tanto en llegar? ¿Cuándo el cielo había permanecido nublado por tantas semanas seguidas? ¿Por qué el clima estaría volviéndose más frío cada día, en lugar de estarse calentando? Además, luego del suceso de hace dos otoños, no podía hacer a un lado el hecho de que había visto con sus propios ojos lo que la magia era capaz de hacer.
De pronto, una idea se le vino a la cabeza, justo al recordar aquel hecho. Si todo eso tenía algo que ver con magia, entonces ella conocía a alguien que de seguro podría confirmárselo…
Entró en ese momento de golpe a la cocina, haciendo que sus pasos resonaran en la entrada, y las tres sirvientas lo notaran. Maudie dio un respingo tan fuerte, que su cucharón casi salió volando de sus manos.
—¡Pero qué hambre hace, Señor! —murmuró la princesa con un algo sobreactuado tono alegre, sonriendo ampliamente y caminando hacia ellas.
—Ah, princesa… Ya le iba a servir su…
—Sopa de rábano, sí. —Merida se inclinó un poco sobre la olla, y luego se apartó con expresión de desagrado—. Gracias, pero no gracias, Maudie; no creo que eso sacie mi apetito. Supongo que encontraré algo en el camino.
Se dirigió entonces apresurada hacia la puerta que daba al exterior.
—¿Pero a dónde va, alteza? ¿Su madre sabe que va a salir?
—Sí, sí, ya está todo arreglado, Maudie, descuida. Voy a salir al bosque, y volveré en un par de horas. —Se detuvo entonces a unos centímetros de la puerta, retrocedió un par de pasos y tomó una manzana de la repisa—. ¡Espero no encontrarme con una bruja en el camino! ¡Nos vemos!
Ante tal mención, las tres sirvientas se sobresaltaron y contuvieron el aliento.
—¡Princesa! ¡No juegue con eso, por favor! —exclamó casi asustada una de ellas, colocando sus manos sobre su pecho, aunque Merida ya había salido corriendo, por lo que muy probablemente no había logrado escucharla.
—¡¿Ven lo que hicieron?! —comentó Maudie, mirando a sus dos compañeras con desaprobación—. ¡Asustaron a la pobre niña con sus cuentos!
—Ay, Maudie, claro que no —masculló una de ellas, cruzándose de brazos—. La princesa no es alguien que se asustaría con semejante tema. ¿Recuerdan… lo que pasó hace dos años…?
—¡Ssssh!, ¡Ssssh!, ¡Ssssh! —hizo con fuerza Maudie, colocando un dedo en los labios de cada una de ellas, para incitarlas a callar—. No se habla del incidente de los osos. Eso nunca pasó… Nunca pasó.
—Ay, Maudie, no eran osos de verdad los que te atacaron. Ya, supéralo.
—¡¡Que nunca pasó!! —gritó con fuerza al final, antes de voltearse de nuevo a su olla y darles la espalda. Las otras dos sirvientas se miraron la una a la otra, con una mezcla de humor y resignación.
—La princesa ya no es para nada una niña como en ese entonces. Pero de vez en cuando se sigue metiendo en problemas.
—Esperemos que nuestra conversación no provoque que este sea uno de esos casos.
— — — —
El clima que sufrían en DunBroch, no era nada comparado con el que había a varios kilómetros de ahí, mar adentro; si es que aún podía llamarse mar a ello. El cielo se encontraba aún más nublado, y rugía un fuerte viento aún más gélido. No se podía ver casi nada; hacia donde se viera, solo se percibía blanco, y más blanco. La quietud era inmensa, a excepción del intenso sonido del viento. Era como cruzar una tormenta de arena en un desierto.
Aun así, eso no impedía que algunos se aventuraran a explorar esas zonas, aunque tuviera que ser por medios que la mayoría de las personas no llamarían “convencionales”.
Entre todo el ventarrón, seis figuras surcaban el cielo con gran rapidez, pues intentaban usar las corrientes para desplazarse. Las seis eran criaturas majestuosas, de cuerpos alargados y escamosos, de grandes y poderosas alas. Cada uno tenía una forma, tamaño y color distinto, pero todos podían ser descritos con la misma palabra: dragones; increíbles y poderosos dragones. Seres temidos y respetados por casi todos; leyendas para algunos, pero verdades absolutas para otros. Y en este último grupo se incluía a los jinetes que los montaban.
Sí, jinetes montando dragones y surcando los cielos con ellos. Sólo un puñado de personas en el mundo conocían tan asombrosa sensación, y todas ellas vivían en el numeroso archipiélago del norte, llamado por muchos el “Archipiélago Bárbaro”. Para el resto del mundo, era una idea imposible siquiera de concebir. Muchos daban a los dragones por extintos, si no es que los consideraban puros cuentos.
Los jinetes usaban trajes abrigadores, además de cascos y máscaras que protegían sus rostros del viento helado. Las alforjas sujetas a las sillas en los lomos de los dragones estaban cargadas con las provisiones que habían llevado para ese viaje, pero ya se encontraban posiblemente a la mitad de su capacidad, pese a que habían intentado ser cuidadosos con las raciones.
Volaban en formación, siendo guiados hasta el frente por un dragón de cuerpo totalmente negro, con ojos grandes y verdes de pupilas alargadas. Su jinete usaba una armadura de acero negro, muy parecida a la de su dragón, y cuero café. Este parecía ser el líder, pues los demás dragones y jinetes lo seguían sin dudar. Sus ojos se viraban consecutivamente entre el frente y lo que alcanzaba a verse debajo de ellos.
Conforme avanzaban, el viento parecía irse calmando; al parecer estaban llegando a una zona mucho más equilibrada. Entre toda la neblina y el mar blanco debajo de ellos, le pareció distinguir al fin algo: la forma irregular pero reconocible de una isla, de un tamaño relativamente grande.
—¡Es otra isla! —gritó con la mayor fuerza posible para que los más próximos a él lograsen escucharlo—. ¡Vamos a bajar! ¡Síganme!
Su atención entonces se posó en el dragón sobre el que viajaba.
—Vamos, amigo. ¡Descendamos!
El dragón negro emitió un sonido con la garganta, y rápidamente fijó su mirada en el punto al que había que bajar, replegó sus alas para dar una pequeña maroma y comenzar a descender en un ángulo empinado.
—¡Ya escucharon!, ¡vamos a bajar! —gritó con fuerza quien iba justo detrás del líder, una chica con un gorro afelpado que le cubría la cabeza y una bufanda alrededor de su boca y nariz, reafirmando la orden. Rápidamente, los dragones restantes comenzaron el descenso hacia la isla.
Tocaron tierra justo en el claro, no muy lejos de la orilla, entre los árboles. Cuando las patas de los animales tocaron el suelo, se hundieron en una gruesa capa de nieve. Agitaron sus alas y colas con algo de desesperación, para quitarse el exceso de encima.
—Tranquilos, tranquilos —repitió el líder del grupo, intentando calmar a las criaturas con su voz. Saltó de la silla de su dragón, plantando sus pies en la nieve… o más bien pie. Su pierna izquierda, por debajo de la rodilla, era una pierna metálica sujeta al muñón; moverse con ella en ese terreno tan blanco no parecía ser del todo sencillo.
Acercó sus manos a la cabeza de su dragón negro y la acarició con cuidado para calmarlo; el efecto fue casi inmediato.
—Bien hecho, amigo. Descansa, ¿sí?
Estiró su mano hacia la alforja con provisiones sujeta a la silla y sacó de esta la mitad de un pescado, envuelto en un papel gris opaco. Lo desenvolvió con apuro y se lo extendió al dragón. Los ojos verdes de la criatura se abrieron de par en par, reflejando su hambre. Rápidamente, de un solo bocado le quitó el pescado de la mano, dejándola manchada de saliva, pero eso no pareció importarle al líder.
Mientras él se entretenía con su pescado, su jinete miraba pensativo alrededor. El escenario era bastante parecido a otros que habían visto durante esos días de viaje: solo podía ver árboles, la mayoría despojados de sus hojas, algunos casi sepultados por completo de nieve. La neblina no dejaba ver mucho del mar a lo lejos, pero lo que alcanzaba a ver le bastaba para darse cuenta de que el panorama seguía siendo el mismo.
—Qué sorpresa —escuchó que uno de sus acompañantes comentaba con sarcasmo. Al virarse sobre su hombro, pudo ver a Eret, un hombre alto de hombros y brazos anchos, quitarse su casco. Tenía el cabello negro, un poco largo de la parte de atrás, rostro fuerte, nariz gruesa; en su barbilla, tenía tatuajes de cinco líneas verticales, tres largas en el centro y una corta a cada extremo. Traía una espada de hoja ancha en su costado izquierdo, y una más corta de diseño similar en la parte trasera de su cintura—. Es otra isla totalmente congelada…
Pateó en ese momento la nieve a sus pies, notándose mucha frustración en su acto. No podía culparlo; él mismo tenía deseos de hacerlo también.
Astrid, la mujer rubia que venía detrás de él en la formación, se bajó también de su dragón, de color azul. Se hizo su gorro hacia atrás y se bajó la bufanda, dejando a la vista su larga trenza. Sus ojos eran grandes y azules, y aunque su expresión poseía cierta dureza, la forma de su rostro tenía un tono delicado, difícil de ignorar. Ella traía un hacha sujeta a su espalda.
—Esto no me gusta para nada, Hipo —comentó tras acercarse al líder—. Nuestras provisiones se están acabando. Pronto no tendremos alimento para los dragones, ni para nosotros; apenas tendríamos suficientes para el viaje de regreso. Sin mencionar que se nos están acabando los remedios contra el resfriado también.
—¡Ah… Aah… Aachu! —escucharon a Patán estornudar con fuerza. Era un poco más bajo que el líder, aunque era notablemente más fornido, pero no tanto como Eret. Tenía cabello café oscuro, que se asomaba por debajo de su casco con cuernos, y una barba a medio crecer. Intentó limpiarse la nariz y aspirar aire por ella como le fuera posible—. Y sí que nos hacen falta…
Astrid suspiró con algo de cansancio.
—Y aún no creo que estemos ni cerca de encontrar la fuente de… esto…
El líder, al que llamaban Hipo, escuchaba con atención las palabras de su segunda al mando. Pero su atención parecía estar centrada más que nada en el escenario blanco que los rodeaba. Tomó entonces su casco con ambas manos y se lo retiró. Su rostro radiaba cierta calidez, lo que lo hacía parecer incluso más joven de lo que realmente era. Tenía cabello castaño, algo largo, y un poco despeinado. Sus ojos eran pequeños, verdes y pensativos. A diferencia de sus demás acompañantes, su complexión era mucho más delgada, y no portaba, al menos de forma visible, algún arma.
Sujeto a su muñeca derecha, tenía lo que parecía ser un compás, el cual comenzó a revisar, para intentar descifrar su ubicación aproximada, en relación a la ruta que habían estado llevando. No sabía qué esperaba comprobar con ello. Quizás que no estaban donde creían, pero no parecía haber nada que sostuviera dicho pensamiento.
—Esto no tiene sentido; simplemente no lo entiendo —masculló el chico castaño, notoriamente confundido—. Toda esta región debería ser cálida y despejada en esta época del año. Pero pareciera que conforme más avanzamos al sur… el frío y la nieve se ponen aún peor…
—En efecto, mientras sigamos avanzando hacia el sur siguiendo la ruta marítima de Ragnar el Tuerto, deberíamos encontrarnos con climas más cálidos —indicó con nerviosismo el sabiondo Patapez, un hombre alto y grande, de complexión gruesa, cabello rubio y rostro redondo.
—¡Pues obviamente eso no está resultando! —exclamó Brutilda, la única otra mujer del grupo; de complexión delgada, rostro alargado y cabello rubio sujeto con dos trenzas al frente. Se aproximó al líder, claramente de muy mal humor, mientras se abrazaba a sí misma, presa del frío—. Y lo que Astrid tan sutilmente quiere decirte, Hipo, porque es demasiado cobarde para decirlo de frente —en ese momento miró con desagrado a la otra chica, quien no tardó en regresarle una mirada bastante similar—. Es que quizás sea hora de considerar el volver a casa.
Los demás no decían nada en voz alta, pero de seguro estaban de acuerdo con la afirmación. Y de nuevo, su líder no podía culparlos por sentirse así. Llevaban ya cinco días de viaje recorriendo las islas del sur, y la mayoría de ellos se estaban aventurando por primera vez más allá de su hogar. Todo en busca de cumplir esa peligrosa, pero vital, misión por el bien de su pueblo.
En la Isla de Berk y sus alrededores, el clima siempre había sido inhóspito y extremo, pero la situación que estaban viviendo en esos momentos lo superaba todo. La temperatura no hacía más que bajar; nevaba con fuerza todos los días, a todas horas; y lo peor era que en el mar a su alrededor comenzaron a formarse enormes icebergs y gruesas capas de hielo, que habían vuelto ya prácticamente imposible navegar por barco, atrapándolos en tierra firme.
Sólo volar en sus dragones les daba un medio para moverse.
Si la situación continuaba empeorando, como todo parecía indicar que pasaría, ya no quedaría planta ni animal del cual alimentarse. No habría forma de que su gente sobreviviera por mucho más tiempo.
Empujado por su papel de líder e inspirado por la desesperación de su pueblo, Hipo Horrendous Haddock III había tomado la decisión de emprender ese viaje con sus más leales amigos, con el único propósito de encontrar tierras más cálidas, donde pudieran abastecerse de recursos. Y de ser necesario, considerar la posibilidad de trasladar a su gente hasta allá. Sin embargo, hasta el momento parecían estar más lejos de lograr su objetivo que el primer día.
¿Sería eso realmente lo único que encontrarían conforme fueran avanzando? ¿Más hielo, nieve, oscuridad y nada más?
Hipo no podía resignarse y perder su motivación. El mundo entero no podía simplemente haberse congelado.
Su puesto como nuevo jefe de Berk le obligaba a seguir adelante y a encontrar una solución para ayudar a las personas que dependían de él.
Su lado aventurero le incitaba a querer ir más lejos, a saber qué misterios aguardaban más allá de donde alcanzaba su mirada.
Y su lado inquisitivo y curioso le hacía querer saber la verdad sobre qué era lo que estaba ocurriendo. Pero le preocupaba estar arrastrando a sus compañeros a un viaje sin sentido, que quizás al final pudiera costarles la vida.
¿Qué hacer?
¿Retroceder y volver a casa? ¿O seguir avanzando?
¿Qué era lo mejor?
¿Qué hubiera hecho su padre…?
—Bien, bien, escuchen —murmuró el joven castaño, virándose hacia ellos—. Sé que todos están cansados, y que ha sido un largo viaje. ¡Pero no podemos simplemente rendirnos! Debe haber algún lugar en el que ya sea primavera.
—P-por más que me gustaría… darte la razón, porque eres el jefe y el líder de los jinetes de dragones, y mi amigo… —comenzó a balbucear Patapez—. Y-yo creo que no existe probabilidad ya de encontrar un punto cálido por estas tierras, Hipo. Todo está congelado…
—¡Incluso nuestros benditos traseros! —añadió con coraje Brutacio, el hermano gemelo de Brutilda, cuya apariencia era bastante similar a la de ella, excepto que él traía su cabello rubio suelto en varias rastas.
—Está bien, entiendo. Una parada más —señaló el jefe, alzando un dedo hacia ellos—. Un punto más. Y si no encontramos nada, volvemos a Berk, lo prometo.
La respuesta de sus seis acompañantes fue exclamar un profundo quejido al unísono de completo fastidio y cansancio.
—Me alegra sentir su apoyo, chicos —comentó Hipo, notoriamente sarcástico.
Se acercó entonces caminando hacia el centro del claro. De entre los pliegues de su armadura, sacó un mapa de papel especial resistente a la humedad y el frío, y lo desplegó en el suelo. Todos los demás se acercaron y se pusieron de cuclillas, de rodillas o, en su defecto, se sentaron en el suelo, alrededor del mapa. Mientras tanto, sus dragones habían comenzado a juguetear en la nieve a sus espaldas.
El mapa mostraba las diferentes islas del Archipiélago Bárbaro, más algunas otras al sur que habían ido descubriendo durante su viaje; esa isla en especial no se encontraba ahí, no aún. Empezando desde Berk, Hipo había ido trazando con una línea roja la ruta que habían seguido, y con una “X” las islas que ya habían visitado. En base a lo que habían recorrido, Hipo marcó otra “X” en el lugar aproximado en el que esa isla se encontraba, y la unió con la isla anterior, en la que habían pasado la noche.
—Hemos seguido hasta ahora este camino —indicó, señalando al mapa con un dedo—. Hemos ido avanzando mayormente al sur y al este. Y…
Una fuerte ventisca helada los golpeó abruptamente, pero Hipo logró alcanzar a sostener el mapa antes de que volara. Sólo duró unos segundos, y después todo volvió a la misma relativa calma. Eso de alguna manera ejemplificaba justo lo que Hipo estaba por decir.
—Como decía, y el clima solo ha estado peor conforme avanzamos.
Pasó entonces sus dedos por sus cabellos, retirando la nieve que había quedado sobre su cabeza. Se quedó un rato en silencio, viendo y analizando el mapa ante él. Por más que lo pensara, solo había una opción posible, pero la sola idea de decirla en voz alta le provocaba cierta incomodidad. Sus amigos ya se encontraban bastante susceptibles, ¿cómo reaccionarían si les dijera cuál era la “última parada” en la que estaba pensando?
Dudar no era lo que hacía un jefe; un jefe decía lo que pensaba… y recibía luego los golpes con firmeza, o algo parecido decía su padre.
—Está claro que si queremos encontrar tierras cálidas, tendremos que cambiar nuestra ruta.
Colocó entonces su dedo justo en su posición aproximada, y luego comenzó a moverlo lentamente hacia la derecha del mapa, hasta el extremo de este, donde se asomaba una amplia franja de tierra que se extendía de abajo hacia arriba; eso, claramente, no era ni cerca una isla…
—Tenemos que probar e ir más hacia el este. Hacia el continente…
La reacción de sus amigos volvió a ser unánime y unísona; los seis soltaron una exclamación de asombro, combinada con horror.
—¡Hey!, ¡hey! ¡Tiempo fuera! —exclamó Patán con fuerza, agitando sus manos con rapidez hacia el frente—. ¿Al continente? ¿Es que ya perdiste la razón? ¿Se te olvida que nuestros padres siempre nos decían que nunca, nunca, nunca jamás debíamos poner un pie ahí?
En los relatos más antiguos de sus tierras, se describía que el mundo estaba dividido en dos grandes continentes: el Occidental y el Oriental, separados por una enorme extensión de mar. Y en el extremo norte, casi en el centro de esos dos, ahí se encontraba el Archipiélago Bárbaro y Berk. Del Continente Occidental, solo conocían historias y leyendas. Del Oriental, conocían más cosas, debido a su proximidad, pero en general solo conocían una pequeña fracción de sus costas, debido a sórdidas y nada agradables historias del pasado. En esa enorme extensión de tierra, en la que cabrían cientos y cientos de archipiélagos bárbaros, había una gran cantidad de reinos, todos muy diferentes. Pero todos tenían, según les habían dicho, una cosa en común: ninguno tenía una buena opinión sobre los vikingos… en lo absoluto. Y en parte, tenían buenos motivos para ello.
Ni Hipo ni sus amigos habían estado nunca ni cerca de ese sitio; de hecho, salvo por Eret, esa era la primera vez que se encontraban tan lejos de Berk. Sus padres, en efecto, habían sido siempre muy claros al decirles que nunca se aventuraran tanto hacia el este, y nunca se metieran con la gente del continente.
—Sabes que está prohibido acercarse ahí, Hipo —mencionó Astrid, recalcando lo que ya todos los demás habían dicho, ya fuera con palabras o con sus miradas—. Son tierras hostiles para gente como nosotros, y ni hablar para los dragones. Aunque haya un mejor clima ahí, y no estamos seguros de ello, sería como meternos en la boca de otro lobo aún peor que este frío. —Se cruzó de brazos, mirando con desaprobación el mapa—. ¡Además!, ¡es prácticamente otro día entero de viaje hasta pisar esas tierras!
Los demás asintieron con energía, mostrando total apoyo a las palabras de Astrid.
—Escuche a su novia, jefe —Eret comentó de pronto con ironía. Ese simple comentario, por algún motivo, pareció crear una reacción inesperada tanto en Astrid como en Hipo, aunque intentaron disimularlo.
Eret se inclinó sobre el mapa y posó su dedo justo en el área del continente que Hipo acababa de señalar hace unos momentos.
—Ella habla con verdad, sin mencionar el sitio al que nos quieres llevar. —Movió entonces su dedo dibujando un amplio círculo—. Toda esta área de aquí es DunBroch, un reino controlado por los MacGuffin, Macintosh, Dingwall y DunBroch, cuatro clanes antiguamente enemistados, pero que se unieron hace décadas para combatir invasores del norte; vikingos, como ustedes… Bueno, digo… como nosotros…
—Oooooh, ¿cómo sabes tanto, Eret hijo de Eret? —exclamó Brutilda con un tono coqueto, inclinándose hacia él con una amplia sonrisa, mientras sus dedos juguetean con una de sus trenzas.
La aproximación de la vikinga pareció poner incómodo a Eret, quien instintivamente se inclinó hacia el lado contrario, intentando hacer más distancia entre ellos.
—Emmm, pues… Mi padre me contó de esa guerra. Además, él me llevó varias veces en sus viajes a ese sitio para vender pieles.
—¡Espera un segundo! —soltó Brutacio, casi atónito tras escucharlo—. ¿Tú has estado en el continente?
—Ja, por supuesto —respondió Eret, con cierto orgullo, aunque su rostro se tornó serio de nuevo casi de inmediato—. No mucho, pero lo suficiente para afirmar que lo que Astrid dijo es cierto. En ese sitio no ven con buenos ojos a los vikingos, debido a las invasiones que sufrieron en el pasado. Sin mencionar que esas tierras no han visto a un dragón en… No sé, un siglo; más, quizás…
—Antes, los vikingos y los clanes del continente peleaban por la supremacía de las aguas y las tierras —comentó Patapez, complementando la explicación de Eret—. Berk y las demás islas del archipiélago son tierras rocosas donde es difícil cultivar. Pero en el continente, todos dicen que se encuentra cubierto por suelo fértil, una gran variedad de animales y la posibilidad de vivir una buena vida…
—Bien, bien, ya entendimos —interrumpió Brutacio de forma cortante—. Básicamente, Hipo quiere llevarnos a esa tierra de muerte y perdición, en donde de seguro nadie nos quiere, y sufriremos torturas dolorosas. Hasta que se cansen de jugar con nosotros, y entonces nos partirán en pedazos. Espero que al final dejen mi cara; es lo que más me gusta de mi cuerpo.
—Vamos, chicos, todo eso fue hace mucho tiempo —señaló Hipo con firmeza, notando sin problema el muy evidente escepticismo de sus amigos—. Nuestros padres y abuelos habrán tenido sus motivos para entablar guerras con el continente, pero nosotros no somos ellos. Hace cinco años, nosotros matábamos y les temíamos a los dragones. Ahora mírenlos.
Se giró entonces, extendiendo su mano hacia sus dragones, que seguían saltando y jugueteando en la nieve, sin que, aparentemente, el frío les molestara.
—Las cosas pueden cambiar, y lo hemos demostrado. Si esas tierras son tan fértiles como Patapez dice, entonces puede ser el sitio que buscamos.
Hipo hablaba con firmeza y seguridad en su voz, pero eso no parecía ser suficiente para convencerlos. De todos, posiblemente la que parecía expresar más claramente su descontento era Astrid. Ella se encontraba al lado de Hipo, cruzada de brazos y con una expresión severa en su rostro.
—Lo siento, Hipo, pero me sigue pareciendo una mala idea —dijo de pronto, llamando su atención—. Arriesgamos mucho en este viaje al intentar buscar un sitio cálido, algo que aún no sabemos si acaso existe. ¿Y ahora nos pides que nos arriesguemos al doble yendo a un sitio en donde hay tan pocas posibilidades de ser bien recibidos? —Se puso abruptamente de pie, con firmeza—. ¡No confío en la gente del Continente! Ninguno de nosotros lo hace, y tú tampoco deberías. Si vamos ahí, de seguro nos encontraremos con un montón de locos, como Drago Manodura, que no estarán abiertos a la conversación…
Todos se sobresaltaron, casi asustados al escuchar esas últimas palabras, las cuales la Vikinga había pronunciado con demasiada fuerza. Pero no fue tanto el tono de lo que dijo lo que causó esa reacción en ellos, sino más bien dos palabras demasiado perturbadoras, sin importar en qué contexto se usaran: “Drago Manodura”.
—A-A-Astrid… dijo… la… palabra con "D"… —balbuceó Patapez, poniéndose pálido.
Todos voltearon de inmediato a ver a Hipo. Él seguía con su mirada baja y fija en el mapa. Su expresión se había tornado mucho más seria, hasta se podría decir que… algo sombría. Astrid no tardó en darse cuenta de lo que había hecho, pero fue incapaz de pronunciar palabra alguna, como si su lengua se hubiera congelado.
—Entiendo sus preocupaciones, y tienen razón —murmuró Hipo despacio luego de un rato. Tomó entonces el mapa y volvió a doblarlo para guardarlo de nuevo en su traje y ponerse de pie—. Ya han hecho demasiado por mí acompañándome hasta aquí; no les puedo pedir más.
Se dio la media vuelta y comenzó a caminar hacia los dragones, más específicamente hacia el suyo.
—Descansen un poco. Y si alguno quiere volver a Berk luego de eso, es libre de hacerlo. Yo tengo que seguir…
—¡¿Qué?! —exclamó Patán, sorprendido—. Oye, espera, ¡no exageres! Si es peligroso que vayamos todos, ¡con más razón lo es que vaya uno solo!
—Yo nunca estoy solo —murmuró el joven de cabello castaño, pasando sus dedos por debajo de la cabeza de su dragón Chimuelo, el cual parecía disfrutarlo bastante. Una pequeña, muy pequeña, sonrisa se asomó en sus labios—. Ven, amigo. Vamos a explorar la playa.
Hipo comenzó a salir del claro, en dirección a donde creía que estaba la orilla, y Chimuelo lo acompañó a su lado, con mucho más ánimo que él.
—Hipo… Yo… no… —Astrid intentó al fin decir algo al verlo alejarse, pero sus palabras quedaron inconclusas; el daño igual ya estaba hecho.
—¿Ves lo que hiciste? —comentó Brutilda de pronto, en tono de regaño—. Sabes que no debes mencionar a “ya sabes quién”. Y menos cuando está así de… bueno, loco.
Astrid volteó a verla con molestia sobre su hombro al escuchar sus palabras. Apretó sus puños con fuerza, quedándose en su lugar por un rato, antes de girarse sobre sus pies y comenzar a caminar, pero en la dirección opuesta a la que se había ido Hipo.
—¿A-Astrid? ¡¿A dónde vas?! —le cuestionó Patapez, sorprendido de ver que no iba detrás de su jefe y novio.
—¡¿No vas a hablar con él?! ¡Astrid! —comentó Patán, también sorprendido—. ¡Está a punto de convertir su misión inútil en misión suicida! ¡¿Piensas dejarlo así como así?!
Astrid hizo caso omiso de sus palabras. Siguió andando sola, incluso sin Tormenta, hasta perderse entre los árboles.
—¿Qué rayos pasó aquí? —comentó Patán, claramente confundido, como todos.
—No me digan chismoso, pero me parece que hay problemas en el Paraíso —canturreó Brutacio de forma juguetona.
—¡¿Hipo… y Astrid?! —exclamó Patapez, entre sorprendido y asustado—. N-No… ¡No puede ser!
—¡Esto es excelente! —añadió Brutilda con molestia—. Ahora sí que estamos muertos, ¡muy muertos!
Se dejó caer entonces hacia atrás en la nieve, pero al parecer le tocó una parte blanda, pues la mitad de su cuerpo la atravesó, quedando prácticamente enterrada con sus piernas hacia arriba, moviéndolas con desesperación mientras intentaba salirse de esa trampa.
Por su parte, Eret guardaba silencio, algo pensativo desde que escuchó a Astrid hablarle de esa forma a Hipo. Miró fijamente en la dirección en la que Astrid se fue, incluso después de que ya no era visible. ¿Realmente habría problemas entre el Jefe de Berk y su segunda al mando, además de prometida? Eso sería bastante problemático, si iban a aventurarse al continente liderados por ellos dos.
Quizás Brutilda no estaba tan equivocada; quizás realmente estaban muy muertos.
FIN DEL CAPÍTULO 01
NOTAS DE LOS AUTORES:
WingzemonX (Septiembre 2016):
Este capítulo salió considerablemente largo, y eso que tuvimos que cortarle varias escenas y moverlas para el siguiente. Esto fue más que nada por todas las descripciones y porque había que explicar la situación actual de este mundo, pero espero que los próximos capítulos sean más cortos o pasen más cosas. Por lo pronto, un par de aclaraciones:
—Este inicio de la historia se ubica entre Dos Años y Dos años y Medio luego de los acontecimientos de la película de Brave. Merida tiene en estos momentos 18 años, casi 19. De momento no hay ningún cambio significativo que mencionar con respecto a esta película. Por ahora, sus acontecimientos se quedan tal cual los conocemos.
—Por otro lado, se ubica entre cinco y seis meses después de los acontecimientos de How to Train Your Dragon 2; es decir, luego de la muerte de Estoico y que Hipo se convirtiera en el jefe de Berk. Igualmente, no hay muchos cambios que resaltar. Los acontecimientos de ambas películas se mantendrán como los conocemos. Cuando mucho, el cambio más significativo que se podría mencionar es que los vikingos de Berk tengan el conocimiento del continente y de otros reinos, ya que en las películas se ve que son tribus que viven en un archipiélago de varias islas, aunque Valka, al dibujar el mapa del mundo, muestra que hay mucho más. En Brave se menciona que los cuatro clanes se unieron para combatir una invasión de vikingos del norte, por lo que pueden notar que en este capítulo ambas ideas se unen.
—Los nombres de Roderick Macintosh y Gregor MacGuffin fueron agregados por nosotros, ya que en la película no se mencionan sus nombres de pila, solo sus apellidos. Y en la información en internet solo se les refiere como Joven Macintosh y Joven MacGuffin, respectivamente.
WingzemonX (Marzo 2026):
Casi diez años desde la primera vez que publicamos esta historia, hemos decidido retomarla y avanzar un poco con esta idea que tanto nos había cautivado en su momento. Pero como ha pasado tanto tiempo, los capítulos necesitan de una reedición importante. No podemos darnos el lujo de cambiar acontecimientos, escenas o los capítulos en sí, pero aplicaremos varios ajustes de frases y párrafos para darles mejor sentido y que se entienda mejor lo que se intentaba decir, simplificar algunas que estaban innecesariamente rebuscadas, corregir la ortografía… En fin, varias cosas. Empezaremos editando los 8 capítulos que originalmente habíamos publicado en su momento, y luego seguiremos con algunos capítulos nuevos. Así que estén pendientes a las actualizaciones.
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 11: Con mi alma rota
Capítulo 11:
Con mi alma rota
Emiliano permaneció más de la cuenta en su sitio, observando cómo Rosario se alejaba hasta desaparecer por completo de su vista en la parte trasera del escenario. Y el dejar de verla de esa forma tan repentina resultó más doloroso de lo que el mexicano podría haber previsto.
No entendía qué le pasaba. Rosario era una mujer atractiva; muy atractiva, en realidad. Pero no era la primera mujer atractiva con la que se cruzaba, ni de cerca. Y sin embargo, se sentía confundido e indefenso ante su presencia, sin saber qué decir o temeroso de hacer algo que le fuera a molestar. Y la idea de causarle cualquier sentimiento negativo, el que fuera, le resultaba impensable.
¿Desde cuándo se comportaba de esa forma con cualquier persona, hombre o mujer? Él, que siempre se mostraba tan seguro de sí mismo todo el tiempo. Debía ser algún efecto secundario de la golpiza que le dieron, la impresión de haber sido atracado, o sus emociones seguían muy sensibles por su abrupto escape y estar solo en un país desconocido.
Sí, tenía que ser eso. De otra forma, ¿por qué Emiliano Sánchez Gallardo reaccionaría de esa forma tan poco propia de él?
«Emiliano Sánchez Gallardo», repitió su propio nombre en su cabeza, y le resultó incluso gracioso. Echó un vistazo rápido al afiche de Pancho Villa en la pared, el mismo del que hablaba con la barista hace un momento, y que le dio la inspiración para dar aquel nombre: Francisco Lara.
Ya era suficiente con que todos en su hotel lo conocieran por nombre y apellido, como para que ahí también dejar constancia de su paso por Bogotá. No le agradaba tener que mentirle a Rosario de esa forma, en especial después de todo lo que había hecho por él esa noche. Pero en parte tenía que convencerse de que también era por el bien de ella. No le convenía en estos momentos a nadie relacionarse con él, al menos hasta que todo esté aclarado. E igual, lo más seguro es que luego de esa noche nunca más la volvería a ver, ni a nadie de ese bar.
Así que debía de agradecerle al caudillo de la Revolución por la ayuda indirecta que le había dado. Y de paso también a Agustín Lara por haber compuesto “Solo una vez” y haber servido también a la causa.
—Pero qué pena con usted, Sr. Lara —escuchó de pronto que pronunciaba con voz dolida la mujer a su lado. «Virginia, ¿cierto?».
Emiliano se giró hacia ella y la miró como si apenas hubiera reparado en su presencia. Y casi era así, pues en esos segundos se había sumido tanto en sus pensamientos que se había olvidado casi por completo de que seguía ahí.
—¿Perdón? —le preguntó un tanto aturdido.
La mujer (Virginia) se giró hacia él, y su rostro reflejaba una profunda y aplastante angustia. Sin embargo, Emiliano no la percibió del todo sincera, como si tuviera que esforzarse demasiado para exteriorizarla como ella quería.
—La conducta de Rosario a veces es simplemente bochornosa —soltó de pronto, mirando al techo con exasperación.
Emiliano arqueó una ceja, claramente confundido por el repentino comentario que, desde su perspectiva, salía de ningún lado.
—Lo siento, pero no creo comprender a qué se refiere.
Virginia suspiró, se cruzó de brazos y miró al suelo con pesar (de nuevo, bastante exagerado).
—Yo no debería hablar de esto… pero la verdad me da mucha pena con usted. No es que entre cualquier hombre por esa puerta, y Rosario se pone de encimosa y coqueta con él. Esa mujer no tiene límites.
—¿Rosario? —inquirió Emiliano, convencido de que quizás se estaban confundiendo de persona. Pero no; al parecer Virginia estaba muy segura de lo que decía.
—Sí, hace unos días incluso tuvimos un escándalo aquí mismo con la esposa de un cliente, que le vino a reclamar por estarse metiendo con su marido y todo. Puede preguntarle a quien guste, todos lo vimos. Fue tan vergonzoso. Y le aseguro que ese hombre no es el único con el que Rosario se ve. Ni siquiera el único casado.
Emiliano guardó silencio. No entendía bien por qué le estaba diciendo de pronto esas cosas, siendo un extraño que poco o nada tenía que ver con el asunto que describía. No pudo evitar pensar que muy seguramente había una doble intención en aquello.
Aun así, inevitablemente su mirada se giró en la dirección en la que Rosario se había ido, y su mente se puso a cuestionarse si, quizás, había malinterpretado a la Srta. Guerrero. Pero se forzó a desterrar eso a un lado. Después de todo, nada de eso era de su incumbencia. Nadie en ese bar le debía ningún tipo de explicación, ni siquiera Rosario. Él era solo un extraño que había ido a pedir un teléfono. Así que lo que la cantante de ese bar hiciera o no hiciera… no debía ser de su interés.
—Sobre la llamada… —masculló tras un rato con tono amable, intentando rencaminar esa conversación.
—Sí, claro —pronunció Virginia con una sonrisa amistosa—. Por aquí, siga.
La joven mujer de rizos dorados lo guio por el bar hacia la parte trasera del establecimiento, en donde se encontraban las oficinas. Pasaron por un comedor, en donde divisó fugazmente a alguno de los músicos, la mayoría ya con sus trajes, comiendo o tomando algo, seguramente mientras esperaban a que fuera hora de salir al escenario de nuevo. Ellos apenas repararon en él, aunque el que claramente más se fijó en su presencia fue ese tal Coloso. Desde uno de los sillones, le compartió una de sus miradas poco amistosas, que le cuestionaba en silencio por qué seguía ahí en “su” bar.
«No se preocupe, ya casi me voy, gracias a Dios», pensó con ligero fastidio.
Virginia lo siguió guiando hasta llegar a una oficina al final de un largo pasillo. Era espaciosa, aunque poco atiborrada de muebles, vitrinas, libreros y archiveros que la hacían parecer más angosta de lo que era. Había además varios cuadros y fotos que llenaban las paredes. Pero dos cosas en particular resaltaban al entrar: por un lado, claro, el amplio escritorio de madera con dos sillas para invitados al frente; por el otro, una estantería en el muro a un lado que exhibía una nada despreciable colección de botellas de tragos que, al menos la mitad, Emiliano se dio cuenta de que eran bastante finos.
—Esta es la oficina de mi papá, pero él va a llegar hasta más tarde —le informó Virginia al tiempo que él seguía inspeccionando aquel espacio—. Aquí puede hacer su llamada con calma.
Emiliano asintió y se giró hacia ella para agradecerle. Sin embargo, su atención se desvió un instante al notar uno de los cuadros colgados en la pared, y el más grande de ellos, de hecho. Era una pintura, no una foto, de un hombre de baja estatura, complexión robusta y rostro redondo con piel morena y cabello negro con una larga cola, vistiendo un saco rojo, camisa blanca y pantalones ajustados. Sonreía a la cámara, o más bien al artista, con una actitud triunfante que también se reflejaba en su exagerada y teatral pose.
—¿Ese es…? —inquirió en voz baja, señalando hacia el cuadro.
Virginia se giró hacia donde él apuntaba y suspiró.
—Sí, es mi papá. Don Carlos Malagón.
—Ah, entonces… ¿Tiene una pintura de sí mismo en su oficina, visible desde su escritorio…?
—Sí… —masculló Virginia en voz baja, esbozando una sonrisita nerviosa—. Un poco de mal gusto, ¿verdad?
Emiliano no le respondió, aunque ciertamente le parecía algo un poco… extraño.
En su experiencia como empresario y negociante, había aprendido que la oficina de un hombre y lo que en ella tenía hablaba mucho de su personalidad; no solo de lo que intentaba transmitir a sus visitantes, sino que de una u otra forma dejaba ver también parte de lo que intentaba ocultar. Quizás por eso él mismo prefería tener una oficina más sobria y minimalista con solo lo necesario, para no dejar ver demasiado de sí mismo.
La oficina de don Carlos parecía ser todo lo contrario. Y si tenía que juzgarlo solo con lo que veía ahí, Emiliano tendría que decir que era un hombre egocéntrico, demasiado orgulloso de sus logros, y que le gustaba transmitir una imagen de hombre exitoso y de dinero, pero de una forma muy sobresaturada que dejaba en evidencia que no lo era tanto como intentaba hacer parecer. Pero bueno, esa sería solo una impresión muy superficial basada solo en su oficina. Ni siquiera conocía al hombre en persona, aunque aquel enorme cuadro de él mismo sí que lo hacía sentir como si ya lo hubiera visto de frente.
—El teléfono está aquí —indicó Virginia, aproximándose hacia el escritorio—. ¿Necesita algo más?
—No, con esto será… —comenzó a responder Emiliano, pero entonces algo más llamó su atención en la pared: un reloj de manecillas—. Disculpe, ¿ese es horario local? ¿Y está correcto?
Virginia se giró a ver el reloj.
—Sí, es correcto —le respondió—. Es cuarto para las ocho. Estamos por abrir.
«Las ocho de la noche», pensó Emiliano estupefacto, pasando una mano por su rostro. Su vuelo a São Paulo ya debería estar abordando para ese momento. ¿En qué momento se había hecho tan tarde?
Aunque al final daba igual, pues de todas maneras, sin su pasaporte, era probable que ni lo dejaran subirse al avión.
—¿Le pasa algo, Sr. Lara? —preguntó Virginia al notar la angustia en su rostro.
—No, nada —se apresuró Emiliano a responder, forzándose además a sonreírle—. Muchas gracias por su ayuda.
—Muy bien. Lo dejaré solo para darle privacidad. Esperaré afuera, ¿está bien?
—Claro, gracias.
Virginia se retiró de la oficina, aunque no sin antes ofrecerle una sonrisa más que coqueta, y que de seguro intentaba decirle mucho más de lo que aparentaba. Una vez se fue, Emiliano dedicó solo unos segundos a pensar en ella, y en el tipo de persona que le parecía con tan solo esas pocas interacciones que habían tenido. Era bastante atractiva, y en su juventud eso había bastado para captar su interés. De hecho, le recordaba a al menos dos chicas con las que había salido entonces, tanto en su conducta y forma de hablar como en algunos de sus ademanes.
Ninguna de esas relaciones terminó bien, pues una vez pasaba ese exterior tan llamativo, lo que se encontraba debajo no resultaba de su agrado. Con el tiempo se volvió mejor para leer a las personas, y actualmente esa misma sensación era la que le provocaba Virginia Malagón.
Pero Rosario… ella era algo totalmente desconocido para él que sus sentidos no sabían bien cómo interpretar. Las cosas que Virginia le había contado hace un momento de ella aún resonaban fuerte en su cabeza, pero no hacían “clic” con las impresiones que había tenido de ella hasta ese momento. ¿En quién creer? ¿En sus instintos? ¿O en una persona que obviamente la conocía más que él, pero esos mismos instintos le decían que no podía ser del todo confiable?
Quizás lo estaba sobrepensando demasiado. ¿Qué más daba cómo eran o no eran Rosario y Virginia? Tenía cosas mucho más importantes de las cuales debía ocuparse.
Se inclinó sobre el escritorio para tomar el auricular del teléfono y hacer su llamada. Le habían robado su teléfono con todos los números guardados, pero por suerte, si había un número que cualquiera debía siempre saberse de memoria, era el de su abogado.
Miguel no respondió a la primera, ni tampoco a la segunda. O estaba ocupado, o ver un número desconocido de una lada fuera de México en su teléfono lo incitaba de inmediato a colgar. Así que lo intentó una tercera vez, rogando en silencio que ahora sí respondiera. En esta ocasión tuvo suerte.
—¡¿Bueno?! ¡¿Quién habla?! —espetó la voz de su abogado al otro lado de la línea, con clara exasperación.
—Miguel, soy yo —le respondió Emiliano en voz baja.
Hubo un momento de silencio en el que quizás Miguel tuvo que dejar que su cerebro procesara lo suficiente su voz como para poder identificar que en efecto se trataba de él.
—¿Emiliano? Con un demonio, ¿dónde carajos te metiste? —le cuestionó con impaciencia—. Llevo todo el día hablando con Daniel, que no tiene ni idea de dónde estás ni ha recibido noticia de ti.
—No estoy en São Paulo —se apresuró Emiliano a explicarle—. Ni siquiera me subí al avión. Para cuando llegué al mostrador, el vuelo ya estaba lleno y a punto de partir.
—¿Cómo que no subiste al avión? —espetó Miguel, incrédulo—. ¿Dónde estás entonces?
—En Bogotá.
—¿Bogotá? ¿En Colombia? ¿Y qué carajos haces en Colombia?
—Me dijiste que lo mejor era salir del país cuanto antes, así que tuve que tomar el vuelo más próximo con conexión a São Paulo, y era para acá.
Emiliano escuchó cómo Miguel soltaba un resoplido, e incluso le pareció sentir como se contenía de lanzar algún tipo de maldición en voz alta.
—¿Y no se te ocurrió que sería buena idea avisarme de ese repentino cambio de planes? —le cuestionó con una clara irritación, que no le agradó ni un poco a Emiliano.
—¡Pues no me pude detener mucho a pensar!, ¿de acuerdo? —le replicó con actitud defensiva, alzando sin querer la voz. Tuvo que tomarse un momento para calmarse; no fuera a ser que la Srta. Virginia estuviera lo suficientemente cerca de la puerta como para escuchar sus gritos—. Tuve que actuar rápido. Pero eso no es lo importante ahora, escúchame. Mi vuelo a Brasil salía hoy a las ocho de la noche, pero no lo pude tomar. Me asaltaron y me robaron todo.
—¿Te asaltaron? —exclamó Miguel, desconcertado—. A ver, Emiliano, más despacio. ¿Cómo que te asaltaron?
—Quería justo llamarte para contarte todo lo sucedido, pero pensé que no sería seguro hacerlo desde mi celular o desde el teléfono del hotel. Así que salí a buscar un teléfono público, se hizo de noche más pronto de lo que pensé, y tres tipos salieron, me golpearon y me quitaron todo. Mi teléfono, mi billetera, mis tarjetas, mi efectivo, mi pasaporte… hasta mi reloj.
—¿Te golpearon? ¿Estás bien?
—Sí, solo unos cuantos golpes, pero nada grave.
—¿Es desde un teléfono público del que me estás hablando entonces?
Emiliano vaciló un instante antes de responderle.
—Sí… —susurró en voz baja, mintiendo.
Era innecesario decirle a Miguel el tipo de lugar al que había tenido que meterse y dejarse ver por tanta gente. No creía que eso le fuera a gustar, incluso aunque haya tenido la iniciativa de no dar su nombre verdadero. De todas formas, eso no era importante, y era mejor no distraerlo con eso.
Miguel hizo una pausa, quizás procesando toda la información que le había dado. Soltó entonces un quejido desdeñoso, como un insulto en silencio hacia alguien o algo sin nombre o forma específica.
—Con un demonio, Emiliano. ¿En qué cosas te metes?
—¿Meterme? ¡Si yo no me he metido en nada…! —intentó defenderse, pero Miguel le cortó antes de que dijera más.
—Ya, ya, no es momento para que pierdas los estribos. Mejor cálmate y escúchame. Lo creas o no, lo que te pasó fue un golpe de suerte.
—¿Qué cosa? ¿Qué me asaltaran?
—No, que hayas perdido ese vuelo a Brasil.
Antes de explicarse, Miguel hizo una pausa y a Emiliano le pareció escuchar que caminaba, y el sonido a su alrededor se apaciguó. Quizás se había movido de donde se encontraba hacia un sitio más privado.
—El Cuerpo Federal ya giró tu orden de aprehensión hace unas horas —le anunció con abrumadora seriedad—. Y es muy probable, si no es que seguro, que ya estén enterados de que tomaste ese vuelo a Colombia, y ya deben haber contactado a las autoridades de allá. Lo que significa que en el primer momento en el que hubieras puesto un pie en ese aeropuerto, en ese instante te hubieran agarrado.
—¿Orden de aprehensión? —masculló Emiliano, incrédulo. Tuvo que apoyarse contra el escritorio al sentir que podría caerse al suelo si no lo hacía—. ¿Hay una orden de aprehensión en mi contra? ¿Pero cómo…?
—Ya, tranquilízate, por favor —le instó Miguel con firmeza—. Ya sabíamos que lo harían, por eso la premura de que salieras del país. Y por eso tenías que irte directo a Brasil antes de que ocurriera, justo para prevenir eso.
—¡Pero si ya te dije…!
—Ya, lo hecho, hecho está. No hay que darle más vueltas. Lo importante ahora es enfrentar la nueva situación, Emiliano.
—¿Y cuál es esa situación? —cuestionó Emiliano, inquieto.
—Que no puedes salir de Colombia —sentenció Miguel sin el menor miramiento—, ni por tierra, ni por aire. En el primer instante que pises un aeropuerto o una central, o te revisen en la frontera, te van a aprehender. Así que, al menos de momento, va a ser indispensable que te quedes ahí.
—¿Que me quede aquí? ¿En Colombia? —exclamó Emiliano, incrédulo, y claramente más alterado de lo que ya de por sí estaba—. ¿Acaso estás loco? No conozco a nadie en este país. Y ni siquiera tengo un centavo, pues te repito que me robaron todas mis tarjetas, mi teléfono, ¡todo! No tengo ni cómo pagar la cuenta del hotel.
Miguel guardó silencio unos segundos, mientras pensaba quizás en algún plan de acción. Emiliano en serio esperaba que tuviera uno, pues comenzaba a sentirse más abrumado y preocupado con cada segundo de esa situación.
—El Cuerpo Federal va a comenzar pronto a vigilar y congelar tus cuentas nacionales —comentó Miguel tras un rato—. Pero hacer lo mismo con las internacionales les va a tomar bastante tiempo. Puedo aprovechar y ver si puedo mover un poco de tu cuenta en Suiza y enviártelo como un giro a tu habitación. No mucho para no llamar la atención, pero lo suficiente para que pagues el hotel, te compres un teléfono para estar comunicados y te consigas un hospedaje a largo plazo más económico. En lo que vemos como sacarte de Colombia de forma segura y hacerte llegar más efectivo de forma discreta.
Emiliano comenzó a avanzar de un lado a otro por el angosto espacio de la oficina, mientras escuchaba el plan de Miguel. Con una mano se tocaba nervioso su cabello y su rostro. La idea de que le enviara dinero ciertamente le atraía, pero no compensaba todas sus demás preocupaciones. Todo ese asunto se iba enredando cada vez más y más.
—No lo sé, no lo sé, Miguel… —masculló con incertidumbre desbordando en cada palabra—. Esto ya se complicó demasiado. Quizás solo deba entregarme y que…
—De ninguna manera, ni siquiera lo pienses —espetó Miguel de golpe al teléfono, con tanta rapidez que a Emiliano le resultó un tanto extraña la reacción. Miguel se tomó un segundo, y para cuando volvió a hablar sonó mucho más calmado—. Mira, en estos momentos eso es lo peor que podrías hacer.
—No estoy tan seguro de eso —le respondió Emiliano—. Ya hay una orden de aprehensión, y esto se puede poner aún peor, ¿o no?
—Mira, confía en mí. Déjame manejar nuestras opciones y actuar. Pero no hagas ninguna locura sin consultarlo primero conmigo. Un paso en falso y puedes arruinar tus posibilidades de salir bien librado de esto. ¿Confías en mí, Emiliano?
No hubo una respuesta inmediata, pues el propio Emiliano comenzó a cuestionarse lo mismo. ¿Confiaba en él? ¿Confiaba en que realmente quería lo mejor para él y tenía un plan? ¿Confiaba en que si hacía lo que le decía podría salir de esa y volver a casa?
Quería hacerlo, en verdad quería confiar ciegamente en él. Lo había hecho desde que lo conocía, y nunca le había defraudado. Pero toda esa situación, los dólares, la huida, ahora una orden de aprehensión… Parecía demasiado, incluso quizás demasiado para Miguel.
Pero no le quedaba realmente otra. Si no confiaba en su propio abogado en esa situación, ¿en quién podía confiar?
—Claro que sí, Miguel —le respondió en voz baja, intentando sonar lo más convincente posible—. Pero dijiste que consiguiera “hospedaje a largo plazo”. ¿De cuánto tiempo estamos hablando? ¿Cuánto tiempo debo quedarme aquí?
Ahora fue el turno de Miguel de tomarse su tiempo antes de responder, lo que no fue para nada buena señal para Emiliano.
—No lo sé —admitió con voz apagada—. De momento, créeme, estás más seguro ahí; siempre y cuando mantengas un perfil bajo y no llames demasiado la atención. Conforme el Cuerpo Federal confirme que en efecto estás, o estuviste, en Colombia, comenzarán a difundir la noticia por allá. Así que de nuevo: perfil bajo. ¿Entendido?
—Entendido —respondió Emiliano de forma automática, pues en realidad no era que tuviera muchas otras opciones—. Miguel, ¿cómo está la situación allá? —preguntó justo después—. ¿Qué pasó con el concesionario? ¿Con Felipe? ¿Con Martín y Steve? ¿Y Cristina o mis padres?
Hubo silencio al otro lado de la línea. Pero no se sentía como uno reflexivo de alguien que piensa la mejor forma de responder, sino el de alguien que en verdad no desea en lo absoluto dar una respuesta.
—¿Miguel? —insistió Emiliano.
—Estás muy alterado en estos momentos —señaló el abogado—. Quizás sea mejor hablar de eso en otra ocasión.
—No, nada de otra ocasión —indicó Emiliano, usando su voz de orden que no dejaba lugar a negociación—. Necesito saberlo ahora. ¿Qué está pasando allá?
Ante la insistencia de Emiliano, a Miguel no le quedó más que contarle todo. Y para su pesar, Emiliano descubriría que en su mayoría no eran buenas noticias…
— — — —
Rosario ya casi había terminado de cambiarse y alistarse. Tenía puesto su traje de mariachi, su cabello recogido, y se encontraba sentada frente al espejo, maquillándose. El camerino era compartido con las demás trabajadoras, todas meseras, y en el proceso de arreglarse, habían ido entrando y saliendo algunas de ellas para cambiarse igualmente, incluida Aurora, que entró cabizbaja luego de que Virginia le pidiera tan “amablemente” que limpiara el piso. Pero en el camerino ya solo quedaba ella cuando Leticia entró casi hecha un bólido. Cualquiera diría que se debía a que estaba llegando un poco tarde, pero su interés en realidad era otro.
—A usted quería verla —exclamó su amiga en alto con una ligera acusación en su voz.
Rosario volteó a verla en el reflejo del espejo, y por su mirada y sonrisita predijo que se traía algo entre manos; algo que quizás, supuso, no le iba a gustar del todo.
—¿Qué hubo, Leti? ¿Qué pasó? —le preguntó con voz tranquila mientras continuaba con su maquillaje.
Leticia cerró la puerta y se apresuró hasta sentarse en la silla al lado de Rosario con expresión inquisitiva.
—Katia me dijo que tenía que preguntarle sobre el apuesto caballero que la acompaña esta noche —comentó con picardía, moviendo incluso sus cejas con una silenciosa implicación.
Rosario rio.
—¿Eso dijo Katia? ¿Que era un apuesto caballero?
—Bueno, dijo que estaba “buenísimo”, más bien. Golpeado, pero buenísimo. Pero hasta no ver, no creer.
Rosario sonrió. Era curioso, cualquier otra noche le hubieran molestado las insinuaciones que tan poco sutilmente Leticia le estaba lanzando, pero esa noche en especial se encontraba tan de buen humor que solo le daba gracia. De hecho, estaba tan de buenas que llevaba ya bastante rato sin pensar siquiera en sus problemas de plata. Eso resultaba agradable, para variar.
—Bueno, por aquí debe de andar todavía —le indicó al tiempo que se pintaba los labios de un rosa suave y brillante, como toque final de su maquillaje—. Le dije que no se fuera sin avisarme.
—Ah, no me diga —masculló Leticia, sus ojos brillando con suspicacia.
—Ya, no es lo que cree.
—¿Y qué es entonces? ¿Quién es?
—Ay, Leti, ya lo conté como diez veces hoy.
Terminó de pintarse los labios, y se echó rápidamente un vistazo de un lado y del otro para asegurarse de que todo estaba en su lugar.
—Es un turista mexicano al que atracaron aquí cerca, a unas cuadras —le explicó, con su efusividad bastante diluida de tanto repetirlo—. Yo pasaba, vi lo que ocurría y comencé a gritar para asustar a los ladrones. Se veía en verdad confundido y aturdido, así que lo traje aquí para curarle las heridas y que usara el teléfono. Eso es todo.
—¿Eso es todo? Pues suena a bastante, si me lo pregunta —exclamó Leticia con tono juguetón—. Súper Rosario, la defensora de los desvalidos, enemiga de la delincuencia.
—Ay, no se burle.
—¿Y este turista mexicano tiene nombre?
La sonrisa en los labios de Rosario se ensanchó aún más sin que ella se diera cuenta de forma consciente.
—Francisco; Francisco Lara —le respondió, y pronunciarlo le causó una agradable sensación.
—Francisco Lara —repitió Leticia por lo bajo—. Bonito nombre. Y según Katia, no es lo único que tiene bonito. Ya, dígame. ¿Está buenísimo, como dijo Katia o no?
—Pues… feo no es —respondió Rosario, vacilante.
Leticia resopló con escepticismo.
—Eso solo significa que o está horrible, o absolutamente promedio. Eso, o no quiere decir lo que en verdad piensa.
La mirada acusadora de Leticia le incitaba a que fuera honesta. “Hable ahora o calle para siempre”, le gritaban esos ojos.
Rosario suspiró, resignada.
—Bueno, sí, es atractivo. Desalineado y golpeado, pero tiene un algo…
Se quedó en ese momento en silencio, mirándose a sí misma fijamente en el reflejo del espejo, contemplando su rostro, pero en realidad teniendo la mente concentrada en otra cosa. Sí, ese hombre tenía un “algo”, era la única forma en la que podía describirlo. No podría decir qué era con exactitud, pero lo que fuera… le resultaba bastante agradable.
—Pero eso no importa —replicó con firmeza, girándose hacia Leticia—. Lo que importa es lo que le pasó y ayudarlo. Es lo que una persona decente hace.
—No cualquier persona decente —indicó Leticia, esbozando ya no una sonrisa acusadora o juguetona, sino una llena de una inusual ternura—. No cualquiera es tan decente y desinteresada como usted, Rosario.
Ella no le respondió nada, aunque aquellas palabras hicieron eco de lo que Francisco le había dicho también. Rosario no sentía estar haciendo algo diferente o extraordinario. Si hacer eso sobrepasaba lo que una persona “normal” haría, pues entonces deseaba que hubiera más personas “anormales” en el mundo. Quizás así todo sería mejor.
Llamaron a la puerta en ese momento. Tras indicarle que podía pasar, del otro lado se asomó el rostro de piel morena de Sigifredo, con su atuendo de mariachi y la trompeta en las manos.
—Rosarito, ¿ya está lista? —le preguntó.
—Sí, padrino, ya voy —le respondió Rosario y rápidamente se paró—. Me toca abrir tanda —le informó a Leticia mientras caminaba a la puerta—. Y usted, por andar en el chisme, ni se ha cambiado.
—Sí, sí, ya voy —replicó Leticia, y de inmediato se dirigió hacia su casillero—. Pero oiga, me tiene que presentar más tarde a su mexicano, ¿oyó?
Rosario solo rio y le respondió con ademán indiferente de su mano, mientras salía del vestidor junto con Sigi. Ambos se encaminaron juntos en dirección al comedor, donde los demás mariachis los aguardaban para subir a la tarima.
—¿A “su” mexicano? —preguntó Sigifredo con curiosidad, pero igual dejando en evidencia su intención con la pregunta.
—Ya conoce a Leti, no le haga caso —le respondió ella, restándole importancia.
Sigi asintió, pero era claro que la idea no se le había borrado de la mente en lo absoluto.
—¿Y qué canción le quiere cantar a “su” mexicano para abrir la noche? —le inquirió el mariachi con tono coqueto.
Rosario se detuvo un momento en su sitio, y en lugar de decirle que no dijera esas cosas o que ese hombre no era “su” mexicano, caviló un poco sobre la pregunta que le hacía. La idea de cantarle, o más bien dedicarle, una canción a Francisco no le desagradó. Podía ser un pequeño acto para animarlo tras el mal rato que había pasado.
Y sus labios se ensancharon en el momento en el que la canción perfecta se le vino a la mente. Y esto no pasó desapercibido para Sigi.
—Ah, se le ocurrió una, ¿verdad? —indicó el mariachi—. ¿Cuál será?
—Se la digo en la tarima, padrino —le susurró Rosario con tono cómplice—. Pero no le diga nada al Coloso, ¿de acuerdo?
—Claro que no. Usted sabe que cuenta conmigo para cualquier movida, en especial si es a espaldas del Coloso.
Remató su comentario con un guiño de su ojo. Rosario rio, y ambos reanudaron su camino hacia el comedor.
— — — —
Emiliano volvió al área del bar, totalmente abatido, casi arrastrando los pies. Su mirada estaba fija en el suelo, pero su mente divagaba muy, muy lejos en México. No había aún siquiera podido aterrizar la realidad de que tendría que quedarse por tiempo indefinido ahí en Colombia, un país al que nunca tuvo planes de visitar. Pero las noticias que Miguel le había dado de México terminaron de sepultarlo.
Felipe seguía arraigado, y el Cuerpo Federal parecía dispuesto a encaminar su investigación para echarle toda la culpa, alegando que él era el receptor final de todos esos dólares. Steve y Martín seguían libres, pero justo mañana tendrían que presentarse voluntariamente, y era muy probable que también se les hiciera alguna acusación. Miguel le había dicho que muy probablemente ninguno de los tres se salvaría de pasar un tiempo tras las rejas, pero también le aseguró que movería todas sus influencias y recursos para sacarlos de inmediato. Y claro, no desperdició la oportunidad de repetir que ellos no eran los del problema más gordo, sino él.
En cuanto a su empresa, de momento había sido completamente clausurada hasta nuevo aviso, y el Cuerpo Federal había tomado total control de las instalaciones. De temas de contratos y proveedores exigiendo respuestas, mejor ni hablaron.
Y a pesar de que todo eso ya era de por sí demasiado, lo peor y que en verdad lo afectó más fue escuchar lo de su familia. La noticia ya había salido en primera plana en todos los diarios, y todos ya sabían de lo ocurrido, incluida su huida. Incluso algunos se atrevían a decir que su papá había usado sus influencias para que lo dejaran ir, y se hablaba de investigarlo incluso a él también. Y Cristina estaba destrozada. Su boda con Martín se había cancelado indefinidamente dada la situación de Emiliano y, claro, la del propio novio.
Y de momento ya no pudo escuchar más; Miguel había tenido bastante razón al insinuar que no estaba en el estado de ánimo adecuado para eso. No ganó nada más que preocuparse aún más de lo que ya estaba, y que el dolor de sus heridas lo reemplazara uno más profundo, y que no se curaría con algodón y alcohol. O quizás de este último sí, pero de otro tipo.
El bar ya había abierto, y le sorprendió un poco a Emiliano ver el cambio de ambiente. Las luces estaban más bajas, la música grabada llenaba el aire, junto con el sonido de voces, pues ya la mayoría de las mesas estaban ocupadas por algún cliente. No estaba lleno, pero sí había ya bastante gente, en especial considerando que era día de semana. Apenas acababan de abrir, así que posiblemente se terminaría llenando más conforme la noche prosiguiera.
Avanzó casi por reflejo hacia la barra, en donde Katia servía unos cuantos tragos y se los colocaba en la charola a una de las meseras. En cuanto notó su presencia, le sonrió, aunque continuó con lo que hacía.
—¿Cómo le fue? ¿Pudo hacer su llamada? —le preguntó con ánimo, algo muy contrario a Emiliano.
—Sí, gracias —musitó por lo bajo con voz apagada.
Katia se giró a mirarlo con suspicacia y torció la boca en una mueca. Terminó de servir los tragos, y cuando la mesera se fue, se giró hacia él, poniéndole toda su atención.
—Por su cara creo que no recibió buenas noticias, ¿o sí? —le preguntó con suspicacia. Emiliano se limitó a sonreír y encogerse de hombros, aunque con eso bastaba para confirmárselo—. Bueno, arriba ese ánimo. Todavía le debo el tequila que le invitó el Coloso.
—Cierto —masculló Emiliano sin mucho interés en realidad—. Ya se me había olvidado. ¿Y sí tienen tequila bueno aquí?
Katia vaciló.
—Pues… usted dirá.
Sin dar muchas más explicaciones, colocó un caballito chico sobre la barra, y luego sacó de debajo de esta una botella de tequila de una marca que Emiliano no recordaba haber visto alguna vez antes.
—El Coloso dijo uno doble, pero mejor le sirvo uno sencillo para que lo pruebe primero —indicó la barista mientras vertía el líquido opaco en el vasito—. Este es el mejor que servimos a los clientes.
Servido el trago, deslizó el caballito por la barra hasta colocarlo delante de Emiliano. Este asintió, aceptando su invitación, y se sentó en uno de los banquillos. Tomó el caballito entre sus dedos y lo alzó frente a él en dirección a Katia.
—A su salud —proclamó, antes de empinarse la mitad del tequila de un solo trago… y arrepentirse al instante siguiente.
Decir que el sabor le resultó desagradable no alcanzaría para abarcarlo. El líquido le pasó por la boca y la garganta, sintiendo cómo le quemaba ambas a cada paso. Su rostro se volvió una mueca de disgusto difícil de disimular, y solo su fuerza de voluntad y respeto le impidieron escupirlo o regresarlo al vaso.
—Horrible, ¿verdad? —masculló Katia delante de él con ligero dejo divertido.
—Pues… —masculló Emiliano, dudoso sobre cómo responder sin ser grosero.
—No, fresco, dígalo —insistió Katia, casi riendo—. Don Carlos dice que no tiene caso servir tequila del bueno, pues aquí en Colombia es bastante costoso de conseguir, y la clientela habitual de este “fino” establecimiento ni siquiera los diferencia. Y la verdad, por aquí no pasan muchos mexicanos, pero cuando llega alguno y prueba este tequila por primera vez, tiene una reacción parecida a la que acaba de tener. Es la prueba de que sí que es mexicano de verdad.
—Me alegra haber pasado la prueba —musitó Emiliano con una sonrisa forzada en los labios.
—Pero, ¿quiere saber una cosa? —Katia se inclinó un poco hacia él para decirle algo en voz baja, como un secreto—. Después del tercero, como que la mayoría le agarra el gusto.
—¿En serio? —exclamó Emiliano, escéptico.
—Haga la prueba si no me cree —le instó Katia, señalando con una mano hacia lo que restaba del trago en el caballito.
Emiliano vio el pequeño vasito tequilero casi con miedo, pero aceptó el reto. Tomó el caballito, respiró hondo y se bebió el resto del trago, aunque con bastante más cuidado. Seguía sabiendo horrible, pero… sorprendentemente, ya que lo sabía con anticipación, la sensación de molestia fue un poco menos.
—¿Mejor? —preguntó Katia con curiosidad.
Emiliano sonrió y se encogió de hombros.
—Va con mi humor actual, así que… es adecuado.
Katia asintió, destapó la botella y le llenó de nuevo su caballito.
—Este se lo invito yo —le informó con una sonrisa comprensiva en el rostro—. Ya sabe lo que dicen: al mal tiempo…
La frase de Katia fue interrumpida por una repentina serie de aplausos y ovaciones provenientes del resto de los clientes. Emiliano se giró por instinto para ver qué ocurría, justo para ver al grupo de mariachis que subía uno a uno hacia la tarima.
En los bares a los que Emiliano había estado antes, la bebida solía ser lo principal, y la música, un mero acompañamiento. Pero por la forma tan efusiva en la que todos los recibían, le parecía que ahí podría ser lo contrario. Al parecer no exageraban al decir que eran el “mejor mariachi de Bogotá”.
—Mire justo a tiempo —indicó Katia—. Rosario abre tanda esta noche.
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 10: Solamente una vez
Capítulo 10:
Solamente una vez
Emiliano observaba con inusual interés cómo Rosario y los demás músicos se preparaban en la tarima para tocar. Aunque no tuviera su atuendo de mariachi como en aquel póster, el Lucero de México igualmente era el centro indiscutible de ese escenario, captando la atención con tan solo estar ahí parada sujetando el micrófono en su mano.
«Qué mujer tan… interesante», pensó, aunque no estaba conforme con esa palabra para describir a su salvadora, pero de momento no se le ocurría una que fuera lo suficientemente adecuada.
Mientras él observaba la tarima, Katia se sentó en la barra a su lado y comenzó a husmear en el botiquín que había traído con ella. Emiliano notó primero el suave perfume que llevaba, floral y dulce, que contrastaba con el fuerte olor a tequila y madera que reinaba ahí en la barra.
—Esto le va a arder un poquitico —comentó la barista, teniendo en su mano ya un algodón mojado en alcohol.
Emiliano no se intimidó y, sin dudarlo mucho, se giró para darle la espalda y dejarle hacer lo que tuviera que hacer. Katia se inclinó hacia él, le retiró con los dedos el cabello y comenzó a pasar el algodón por el área afectada. Le ardió, en efecto. Pero fuera de un pequeño y apenas apreciable respingo, Emiliano se mantuvo bastante calmado.
—Veo que es un chico fuerte —comentó Katia con tono divertido.
—Bueno, para bien o para mal, de joven tuve algunas peleas peores —le respondió Emiliano—. Pero es la primera vez que me asaltan en la calle.
—Y justo tenía que pasarle aquí en Colombia —murmuró Katia con pesar—. Pero dígame una cosa, ¿usted sí es mexicano? ¿Mexicano de México?
—Pues sí —murmuró Emiliano, sonriendo divertido—. ¿De dónde más podría ser mexicano?
—Uy, pues para que se entere, aquí en este bar se podría decir que somos puros mexicanos de nombre, y nada más.
—¿Cómo? —susurró Emiliano, confundido, y por reflejo se giró a mirarla sobre su hombro—. ¿Quiere decir que nadie aquí es mexicano? ¿En un bar mexicano?
—Fíjese nomás, como ir a un restaurante chino y que nadie sea chino, ¿cierto? —bromeó Katia, soltando una encantadora risilla—. Pero don Carlos, el dueño del bar, por lo que sé, fue mariachi toda su vida, y él sí que adora su país.
—Eso veo —replicó Emiliano, al tiempo que echaba otro vistazo a todo el colorido a su alrededor—. Toda esta decoración, los afiches… Hasta tienen uno de Pancho Villa —exclamó con efusividad, extendiendo una mano hacia un póster del revolucionario mexicano, con su reconocible sombrero, bigote y los cinturones con balas cruzándole el torso—. No creí que alguien supiera de él fuera de México.
—¿Pancho Villa? —repitió Katia, notablemente divertida—. ¿A poco en México le dicen “Pancho” a los Francisco?
—Sí, ¿por qué?
—Nada, solo es curioso. Aquí en Colombia, a los Francisco les decimos “Pacho”, sin la “n”.
—¿En serio? Eso sí es curioso —rio Emiliano. Era interesante cómo ambos países eran tan diferentes y tan parecidos a la vez—. Pero le tengo otro dato más interesante. ¿Sí sabía que en realidad Pancho Villa no se llamaba…?
Su dato interesante se vio interrumpido cuando el sonido de las trompetas y las guitarras llenó todo el bar entero de pronto, seguidos por los violines, y solo unos segundos después por una voz; la voz más hermosa, suave y potente que Emiliano hubiera escuchado en su vida, incluso teniendo en cuenta a su abuela. Aquello hizo que se girara por reflejo hacia el escenario, sin importarle si Katia seguía limpiándole la herida o no.
Los músicos tocaban sus instrumentos detrás. Y al frente, como el centro de aquel espectáculo, y por esos minutos el centro mismo del mundo para Emiliano, estaba Rosario. De pie con paso firme en el centro del escenario, con el micrófono en su mano, la luz de los reflectores alumbrándola como si bajara del cielo, mientras entonaba aquella hermosa melodía: “Solamente una vez”.
Solamente una vez
amé en la vida.
Solamente una vez,
y nada más.
Una vez, nada más, en mi huerto
brilló la esperanza.
La esperanza que alumbra el camino
de mi soledad.
El mundo entero se detuvo por completo para Emiliano, y por esos instantes no hubo golpes ni heridas, ni siquiera recordó su huida o que estaba en otro país. Toda su mente se inundó con aquel canto, de una canción que estaba seguro había escuchado algunas veces antes, pero nunca así. Era como si cada palabra entonada por aquel hermoso ángel tuviera el poder de transmitirle de forma directa el sentimiento justo que debía tener, y nada más.
Y era como si se la cantara justo y únicamente a él. Y en verdad llegó a pensarlo así, pues le pareció en más de una ocasión ver cómo desde el escenario los ojos de Rosario se posaban en él mientras pronunciaba aquellas palabas.
Aquello le arrebató el aliento por completo.
Una vez, nada más
se entrega el alma,
con la dulce y total
renunciación.
Y cuando ese milagro realiza
el prodigio de amarse,
hay campanas de fiesta que cantan
en el corazón.
Y cuando ese milagro realiza
el prodigio de amarse,
hay campanas de fiesta que cantan
en el corazón.
Cuando la canción terminó, Emiliano se quedó congelado en su sitio, absorto en la imagen de Rosario de pie en el escenario, y con vestigios de la melodía aún zumbando en sus oídos. No supo si debía aplaudir o no, y fue incapaz de reaccionar de ninguna forma.
Poco a poco el encanto se fue disipando. Rosario había apartado la mirada de él, y se giró hacia los músicos para hablar con ellos. Quizás discutían ajustes necesarios, pero para Emiliano no necesitaban moverle nada: había sido una interpretación absolutamente perfecta…
—Le gustó, ¿eh? —escuchó de pronto que la voz casi burlona de Katia pronunciaba a su lado, sacándolo de su ensoñación.
—Sí… es una canción muy bonita —le respondió Emiliano de forma distraída—. De Agustín Lara, si no me equivoco.
Katia dejó escapar una risilla divertida sin mucho disimulo.
—Yo no hablaba de la canción —indicó con suspicacia.
Emiliano se giró rápidamente hacia ella, y se encontró de frente con sus ojos pícaros y su sonrisa astuta, que intentaban decirle que se había dado cuenta de algo; algo que quizás ni siquiera el propio Emiliano tenía claro.
Desvió la mirada rápidamente hacia un lado, y sintió en ese momento cómo sus mejillas se calentaban, como no recordaba le había ocurrido… nunca, según él. ¿Qué le estaba pasando?
—¿Y qué me estaba diciendo sobre Pacho Villa? —preguntó de pronto Katia, llamando de nuevo su atención.
—¿Eh? —murmuró Emiliano, girándose por reflejo de nuevo hacia ella. En cuanto su rostro estuvo de nuevo a su alcance, Katia estiró un nuevo algodón con alcohol hacia él, pegándolo contra el golpe más feo de su mentón. Emiliano respingó al inicio por el ardor, pero se contuvo.
—Me estaba por contar algo interesante de Pacho Villa, o Pancho para usted —comentó Katia con voz despreocupada, al tiempo que continuaba limpiando sus heridas con diligencia.
Emiliano caviló un momento, antes de tener la claridad mental suficiente para recordar de lo que le estaba hablando.
—Ah, sí. Solo que en realidad no se llamaba Francisco.
—¿Ah, no? —exclamó Katia, sorprendida—. ¿Y cómo se llama entonces?
—Doroteo Arango —le respondió con un tono juguetón.
Katia lo miró con escepticismo.
—¿Doroteo? Ay, no, con razón se lo cambió.
—Sí, ¿verdad? —secundó Emiliano, riendo un poco.
La extraña situación de hace un rato al parecer había pasado, pero no del todo. Aquella experiencia de oír a Rosario cantar por primer vez se quedaría marcada en su ser por más tiempo del que él pudiera predecir en ese instante.
— — — —
El grupo tocó tres canciones más luego de “Solamente una vez”. Dos de ellas cantadas por el Coloso, y otra más de todo el grupo, principalmente para practicar una coreografía. Por suerte para Rosario, en su puesto no se le exigía bailar demasiado, pues a lo mucho era “decente” en el baile, pero se defendía cuando era necesario. De nuevo, Lucía se había llevado esa parte de los genes. Al menos le ganaba en matemáticas y en todo lo que involucraba lo académico en general; con eso se conformaba.
El grupo celebró una vez que terminaron su última interpretación con un desempeño sobresaliente. Rosario respiró con un poco de agitación, y feliz de haber hecho todos los pasos correctos esa vez y a la primera.
—Muy bien, Coloso, ¿cuál nos aventamos ahora? —preguntó Sigifredo, entusiasmado al parecer por la última melodía.
Antes de responder, Manuel revisó rápidamente su reloj de muñeca.
—Creo que por hoy será todo —les anunció con firmeza—. Ya casi es hora de abrir, así que vayan a cambiarse.
Todos se apresuraron a obedecer la orden del líder del grupo, y se encaminaron presurosos en dirección a los camerinos. Todos, excepto Rosario, que en su lugar bajó de la tarima y se disponía claramente a encaminarse hacia la barra, en donde su golpeado acompañante seguía sentado en compañía de Katia.
—Rosario —escuchó de pronto que pronunciaba alto y fuerte la voz del Coloso a sus espaldas, obligándola a detenerse y girarse hacia él. La voz líder del grupo la observaba con marcada severidad en la mirada—. Princesita, creo haber dicho que se fueran a cambiar.
—Enseguida voy —explicó Rosario—. Solo voy a…
—A hablar con el mexicano apaleado, ¿cierto? —complementó el Coloso por su cuenta, adivinando sin problema sus intenciones.
Aquella repentina mención captó la atención de algunos de los mariachis que no se habían retirado del todo, y volvieron sobre sus pasos hacia ellos.
—¿Mexicano? —preguntó Sigifredo con bastante interés—. ¿Cuál mexicano?
—El que está ahí en la barra con cara de boxeador —indicó el Coloso, señalando con un dedo hacia la barra.
Los ojos de todos se giraron en la misma dirección, hacia el hombre desconocido sentado en uno de los banquillos de la barra. Katia estaba ya guardando todo en el botiquín tras haber terminado de limpiar los golpes de su invitado.
—Y ese man, ¿quién es o qué? —cuestionó Fernando, “El Milamores”, echándole una mirada inquisitiva al susodicho.
—Es un turista mexicano al que atacaron cerca de aquí, y yo lo estoy ayudando —se explicó Rosario.
—¿Que lo atracaron? —exclamó Sigifredo con asombro.
—Eso dice él —intervino el Coloso, encogiéndose de hombros—. Golpeado sí está, pero si fue por un atraco o no, eso está en veremos. Incluyendo también si es mexicano o no.
El grupo pareció secundar el comentario del Coloso con un par de risas burlonas. La única que no compartió el sentimiento fue claramente Rosario.
—A ver, todos ustedes —musitó la cantante, encarándolos a todos al mismo tiempo—. Este hombre ya se está llevando una pésima impresión de nuestro país como para que encima ahora nosotros la empeoremos haciendo bromas a sus expensas.
Todos guardaron silencio de golpe, incluso desviando sus miradas apenadas hacia otro lado. Excepto el Coloso, que no parecía en lo absoluto apenado por nada.
Rosario respiró profundo, intentando recobrar la compostura.
—Iré a hablar con él y luego me iré a cambiar, ¿está bien? —declaró con firmeza, mirando principalmente al Coloso al momento de decirlo.
El mariachi en jefe torció la boca en un gesto de desaprobación mientras se rascaba la mejilla. Parecía quizás estar buscando alguna excusa para evitarlo, pero o no encontró ninguna lo suficientemente convincente, o quizás decidió mejor dejarlo por la paz; por ahora.
—Pero no se tarde, princesita —le indicó el Coloso con tono cantarín—. Porque abre tanda esta noche.
Rosario le respondió con un simple y rápido asentimiento de la cabeza, y al instante siguió avanzando en dirección a la barra. Llegó a escuchar escuetamente los murmullos a sus espaldas, de seguro de un intercambio de opiniones sobre el misterioso visitante, pero Rosario procuró ignorarlas.
En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, la atención del mexicano se centró de nuevo en ella, y Rosario se detuvo por reflejo en su sitio al sentir aquellos ojitos claros sobre ella. El hombre aún desconocido le sonrió, y ella no pudo evitar sonreírle de regreso.
—Hola, disculpe la demora —lo saludó, aproximándose más hacia él.
—No, nada de eso, faltaba más —se apresuró a apuntar el hombre, poniéndose rápidamente de pie—. Perdóneme a mí por importunarla. Pero debo decir que fue todo… un placer verla ensayar.
La sonrisa en sus labios se ensanchó aún más al hacer aquel comentario, y un llamativo brillo se asomó en sus ojos, haciendo al instante que Rosario se sintiera inusualmente cohibida.
—Sí que lo fue, ¿verdad? —comentó Katia con voz burlona, confundiendo un poco a Rosario—. Tú fresca, cariño. Aquí estábamos hablando de música, nombres extraños y esas cosas. ¿Verdad?
—Sí, ya estoy bien —explicó el hombre, apuntando con sus manos hacia su rostro; los golpes seguían visibles, pero al menos ya no se veían tan mal como hace un rato—. La señorita me limpió y curó las heridas, ¿ve? Ya estoy mucho mejor.
—Menos mal.
—En verdad, gracias a ambas por sus atenciones —añadió el desconocido con voz suave—. Y en verdad no quiero molestarlas más. Si solo pudieran permitirme el teléfono para hablar con mi amigo…
—¿Y ese amigo con el que quiere hablar está en… México? —preguntó Rosario con curiosidad, pero un poco indecisa en si quería escuchar la respuesta o no.
El mexicano pareció notar su sentir, pues vaciló unos momentos antes de responder.
—Pues sí…
—Uy, ahí sí vamos a tener un problema —comentó Katia; ya para ese momento había vuelto detrás de la barra—. Mire, yo con gusto le prestaría el teléfono de aquí de la caja como no queriendo la cosa. Pero una llamada a México…
Dejó la frase en el aire, pero bastante explicativa por sí sola, en realidad. Rosario sabía que de por sí hacer una llamada a celular dentro de la misma ciudad resultaba siempre un drama; ya ni se diga hacerlo hacia otro país.
—Pero Katia, ¿no hay nada que podamos hacer? —inquirió Rosario, dubitativa.
—Cariño, yo por usted hago lo que sea, y lo sabes —le respondió Katia con la mano en el corazón—. Pero usted también, más que nadie, sabe cómo es don Carlos. En cuanto llegue a ver el estado de cuenta del mes y vea que alguien hizo una llamada hasta México… ni qué le digo, terminamos yo, usted y todo el mundo de patitas en la calle así —chasqueó en ese momento los dedos para enfatizar su punto.
Rosario no pudo decir nada para desmentirle. Era bastante posible que así fuera, conociendo cómo era don Carlos con esas cosas.
—No, yo no quiero ponerlas en un predicamento como ese —intervino el mexicano en ese momento, sonando bastante consternado tras la descripción de Katia—. Escuchen, me quitaron mi billetera, pero aquí tengo unos pesos colombianos que cambié y que se quedaron en el bolsillo del pantalón. Yo con esto puedo pagar la llamada…
Mientras decía eso, metió la mano en el bolsillo de su pantalón, sacando de este algunos billetes y monedas. No era poco, por lo que posiblemente sí pudiera alcanzar para pagar una llamada. Sin embargo, Rosario tampoco diría que era mucho…
—Pero eso es lo único que esos malandros le dejaron, ¿no es cierto? —le preguntó con seriedad. El mexicano no le respondió con palabras, pero la manera en la que desvió la mirada fue suficiente respuesta.
Rosario sintió una opresión en el pecho. Aquel hombre estaba en un país extranjero, sin nadie ahí, muy seguramente, pues la persona con la que quería hablar estaba en México. Sin billetera ni tarjetas, y todo lo que tenía eran unos cuantos billetes en el bolsillo. Qué impotencia e incertidumbre debía estar sintiendo en esos momentos.
—Fresco —dijo Katia—, que de todas formas, con dinero o sin él, el único que podría autorizarnos eso es don Carlos, pero él no ha llegado…
Hizo una pausa momentánea, en el momento en el que su atención se fijó en la puerta principal, o más bien en la persona que iba justo entrando en ese momento.
—Bueno, o Virginia —añadió, señalando con el mentón en dirección a la puerta.
Rosario y su invitado se giraron al mismo tiempo, justo para ver a la joven veinteañera de ondulados cabellos rubios y piel tostada ingresar con paso seguro al local. De un brazo colgaba su bolso de marca, y sus zapatos de tacón alto resonaban contra el suelo, rebotando en el eco del establecimiento aún sin clientes.
En los rostros de tanto Rosario como Katia se dibujó una expresión poco disimulada de desagrado mientras seguían a la recién llegada con la mirada. Esta reacción no pasó desapercibida para el hombre que las acompañaba.
—¿Y Virginia es…? —preguntó con curiosidad.
—La hija del dueño, y la administradora del bar —le respondió Rosario.
Katia soltó en ese momento un bufido desdeñoso.
—Disque administradora —murmuró con sarcasmo—. Hago más trabajo de administración aquí yo que ella. Pero no le diga que yo dije eso, ¿sí?
El mexicano asintió con cuidado como respuesta a su petición.
—Venga, en una de esas está de buenas —propuso Rosario.
—¿No prefiere que yo se lo pida? —replicó Katia con ligera preocupación—. Ya ve que usted y ella…
De nuevo dejó la frase al aire, pero bastante clara a la vez. Decir que Rosario y ella no se llevaban bien era quedarse corto. La hostilidad era más de Virginia hacia ella la mayoría del tiempo, pero Rosario tampoco diría que la niña Malagón era de su agrado en esos momentos. Aquella situación databa de bastante tiempo antes de que terminaran trabajando juntas; algunos dirían que incluso desde antes de que cualquiera de las dos naciera.
Entre tener que pedirle el favor a Virginia o a su padre, la decisión era complicada, pero quizás preferiría justo hacérsela a don Carlos. Aun después de lo tensas que estaban las cosas luego de lo ocurrido con la esposa de Macías, o de la fama de aferrado a cada centavo que tenía, al menos Rosario sentía que con don Carlos se podía entender y hablar como personas civilizadas, cosa que con Virginia resultaba casi imposible.
Pero le gustara o no, tendría que hacerlo.
—No, no —respondió gentilmente a la propuesta de Katia—. Es mi responsabilidad; yo me encargo.
—Pero, oiga —intervino el mexicano en ese momento, poniéndose de pie—. Usted no es responsable de nada. Usted ya hizo demasiado…
—Claro que lo soy —le respondió Rosario con inusitada convicción—. ¿Nunca ha oído que cuando salvas una vida eres responsable de esta para siempre?
Su inusual y repentina afirmación al parecer lo tomó por sorpresa, pues en su rostro se dibujó una expresión de desconcierto. No obstante, tras unos segundos, una cálida sonrisa se dibujó en sus labios, como si de pronto le hubiera entrado una dosis rápida de alegría.
—No, nunca lo había oído —comentó sin dejar de sonreír—. Pero es una bonita idea. Si mi vida tiene que ser responsabilidad de alguien, creo que en mejores manos no podría haber caído.
Y la reacción de Rosario fue de hecho casi un espejo de lo que el mexicano había tenido: primero sorpresa, luego su rostro entero brilló de una extraña alegría. Sin proponérselo, ambos se quedaron más de la cuenta en silencio, mirándose y sonriéndose el uno al otro… hasta que Rosario fue consciente de que Katia los miraba, con una un tanto molesta sonrisita pícara en los labios.
Rosario tomó de golpe una postura más seria y carraspeó un poco.
—Vamos, antes de que se ocupe —propuso con apuro, señalando torpemente hacia donde Virginia se había ido.
El mexicano asintió, y la siguió de cerca sin chistar.
Virginia no se había ido muy lejos. Al parecer, se había entretenido al ver unas apenas apreciables manchas en el suelo a los pies de una mesa.
—Aurora, ¿qué es esto? —exclamó en alto hacia Aurora, que acababa de entrar apenas dos minutos detrás de ella, y cuyo único pecado había sido pasar demasiado cerca en ese momento—. ¡El piso está asqueroso! —exclamó Virginia en alto, señalando las manchas con sus manos.
La mesera la miró con los ojos bien grandes y deslumbrados, más confundida y desconcertada de lo que usualmente estaba.
—Ay, yo no sé, Srta. Virginia —masculló con voz queda—. Yo acabo de llegar apenas…
—¿Y te pregunté eso acaso? ¿Eh? —le respondió Virginia con dureza. Aurora se le quedó viendo, dubitativa entre si debía responderle algo o no—. Solo límpialo, muévete —le ordenó Virginia con severidad, tronándole además los dedos.
—Sí, Srta. Virginia —dijo Autora rápidamente asintiendo, y se dirigió presurosa en busca de un trapeador, un trapo o lo que fuera.
Rosario y su acompañante tuvieron la suerte de estar lo suficientemente cerca como para escuchar gran parte de ese “agradable” intercambio de palabras.
«No está de buenas», se lamentó Rosario, suspirando con pesar. «Bueno, pero eso no es novedad».
Resignada a tener que enfrentar aquello de frente, se aproximó con paso firme hacia ella.
—Virgi… Digo, Srta. Virginia.
La hija de don Carlos soltó un largo quejido de molestia al escucharla, antes incluso de siquiera mirarla.
—¿Qué quieres, Rosa…?
Virginia se giró presurosa, pero dejó su frase inacabada en cuanto su mirada se centró, no en Rosario, sino en su acompañante. Y de un segundo a otro, sus ojos se iluminaron mientras observaba con sumo interés a aquel hombre de arriba abajo, y una pequeña sonrisita se dibujaba en sus labios.
—Oh, buenas noches —masculló Virginia observando a aquel hombre desconocido, con un tono considerablemente más suave y amable que el que había usado con Aurora hace un momento. Con un dedo inquieto, jugaba inconscientemente con uno de sus rizos rubios, como una adolescente.
—Buenas noches —le respondió el mexicano, un poco destanteado. Y no era el único.
Rosario arqueó una ceja, turnando su mirada entre Virginia y el mexicano. No tardó demasiado en comprender la naturaleza real de aquel cambio tan abrupto de actitud.
«Ay, no…»
—¿Y usted es…? —preguntó Virginia con curiosidad, dando un paso en su dirección e ignorando casi por completo a Rosario.
El mexicano abrió la boca para responder, pero vaciló, mirando hacia un lado, como buscando algo a su alrededor, del mismo modo que había hecho en la calle hace un rato. Rosario estaba por intervenir para explicar que lo habían golpeado en la cabeza y se encontraba un poco confundido, cuando, para su sorpresa, él respondió de repente la pregunta de Virginia.
—Soy… Francisco. Francisco Lara.
Rosario se giró a mirarlo, sorprendida.
—¿Lara? ¿Cómo Agustín? —preguntó entre intrigada y fascinada por la revelación.
—Sí, precisamente —le respondió el mexicano, llamado al parecer Francisco, con repentina emoción—. Pero no hay ningún parentesco, se los garantizo.
Rosario repitió el nombre en su mente: «Francisco Lara». Era bonito, un poco musical incluso; hasta parecía nombre artístico de cantante. Le pareció una interesante coincidencia.
—Sr. Lara, encantada de conocerlo —musitó Virginia, extendiendo una mano hacia él—. Yo soy Virginia Malagón, dueña de este bar.
Aquella manera de presentarse provocó que una mirada inquisitiva se dibujara en el rostro de Rosario, que no pasó desapercibida para Virginia. Esta carraspeó, y se forzó a mantener la compostura; de seguro únicamente porque estaba el “Sr. Lara” delante, ya que de otra forma Rosario sabía que no habría tenido reparo en responderle con alguno de sus habituales comentarios desdeñosos.
—Bueno, mi papá es el dueño —aclaró con una forzada voz risueña—, lo que significa que esto será mío tarde o temprano. Pero dígame, ¿qué le pasó? ¿Tuvo un accidente?
Virginia señaló con sus manos hacia el rostro de Francisco y hacia sus ropas desalineadas.
—No, mire —intervino Rosario en ese momento por reflejo—. Él es un turista mexicano, al que atracaron cerca de aquí.
—Ay, no —exclamó Virginia en un casi sobreactuado tono de preocupación—. Pobrecito. Pero, ¿está bien?
—Sí, gracias —le respondió Francisco, casi despreocupado—. Fueron tres maleantes. Me quitaron mi chaqueta, mi billetera, mi reloj, hasta mi pasaporte.
—Lo siento tanto —añadió Virginia del mismo modo que antes—. Es que esta ciudad se ha vuelto tan peligrosa. Por eso yo nunca camino de noche por estas calles. Bueno, además que no lo ocupo porque tengo auto, y eso…
Hizo una pausa, quizás al darse cuenta ella misma de que estaba divagando, y se forzó a volver al carril inicial.
—En fin, ¿cómo le colaboramos, Sr. Lara? ¿Necesita que le llamemos a la policía?
—No, no a la policía —se apresuró a responder Francisco, con bastante más prisa de la esperada, o eso le pareció a Rosario—. Pero sí necesito que me presten el teléfono para hablar con un amigo. Solo eso, si es posible.
—¿A un amigo? —preguntó Virginia, curiosa.
—Sí, solo que la llamada sería a México —aclaró Rosario.
Ese pedazo de información creó un pequeño cambio en Virginia, que de pronto se mostró un tanto más dudosa que antes.
—¿A México? Uy, pero eso cómo que sería un poquitico costoso, ¿no? —masculló por lo bajo, mientras jugaba inquieta con sus rizos—. No sé si a mi papá eso le parezca.
—Lo sé, pero mire —se apresuró Francisco a intervenir con una voz calmada y clara—, yo aún tengo unos pesos que me quedaron en el pantalón. Yo puedo pagar la llamada…
—No, nada de eso —espetó Rosario con firmeza—. Eso es todo lo que le queda; guárdelo. Virginia, yo le firmo un pagaré para responder por la llamada, y que don Carlos me lo descuente.
—No, faltaba más —exclamó Francisco, sonando casi ofendido por su propuesta—. ¿Cómo cree que voy a dejar que usted pague mi llamada? Luego de todo lo que ya ha hecho por mí.
Rosario estaba por responderle que definitivamente no tenía que preocuparse por eso, pero fue interrumpida por una risilla burlona y altiva de parte de Virginia. La chica la miraba con los brazos cruzados y una expresión de prepotencia bastante evidente.
—No seas ridícula, Rosarito —susurró sarcástica—. ¿No te bastó que te descontaran dos días de sueldo por tu numerito de la otra noche?
—¿Dos días de sueldo? —masculló Francisco, confundido, mirando a Rosario aún más preocupado que antes.
—¿O qué? ¿Te sobra la plata para irla regalando aquí y allá? —le cuestionó Virginia, casi desafiante.
Rosario guardó silencio, sus ojos casi en llamas fijos en Virginia. Su nada agradable conversación de aquella noche, luego de lo ocurrido con la mujer de Macías, no se le había olvidado ni un poco. Y le parecía muy ruin sacar eso a colación en ese momento que no tenía nada que ver.
—Gracias por su preocupación, pero ese es asunto mío, ¿no le parece? —le respondió Rosario con voz seria y firme, no dándole el gusto de perder la compostura como muy seguramente era su intención.
—Rosario —pronunció Francisco, llamando de nuevo la atención hacia él—. En verdad, si esto va a ser un problema para usted, creo que prefiero no hacerlo. Mejor vuelvo a mi hotel directamente.
—No, fresco, Sr. Lara —pronunció Virginia rápidamente, de nuevo cambiando de golpe a una actitud mucho más amable y comprensiva—. Yo le invito esa llamada. Venga, yo lo llevo a la oficina para que pueda hacerla. Y usted, Rosario…
Se giró hacia ella en ese momento, mirándola casi literalmente por encima del hombro, como si tuviera que hacer un gran esfuerzo para poder hacerlo.
—¿No debería irse a cambiar? —le indicó, señalando sus ropas—. Ya estamos por abrir.
—Sí, pero…
—No se apure, yo atiendo al Sr. Lara como se merece.
Al decir eso, Virginia no tuvo reparo en entrelazar su brazo con el del mexicano y pegarse contra él apenas lo suficiente para que el contacto fuera evidente, pero no lo suficiente para considerarlo del todo inapropiado. Ese acto, y el gesto burlón en su mirada, hicieron hervir aún más la sangre de Rosario. Aun así, se siguió conteniendo y manteniendo la calma.
—Sí, es verdad —secundó Francisco en ese momento—. Usted tiene que ir a prepararse para cantar. Yo ya la distraje mucho. Y no se preocupe, estoy seguro de que la señorita… ah…
Vaciló en ese momento y se giró hacia la mujer a su lado, quizás esperando que ver directamente su rostro le destrabara el recuerdo del nombre… que le acababan de decir hace solo unos minutos. No tuvo suerte.
Aquello claramente no le agradó a Virginia, pero no lo dejó ver tan obvio en su expresión.
—Virginia —le musitó con aspereza.
—Exacto. La Srta. Virginia me ayudará.
Rosario suspiró, resignada. No le agradaba la idea de dejarlo solo con Virginia, pero era verdad que tampoco quería meterse en más problemas con el Coloso por sus atrasos.
—Está bien. Pero no se vaya sin avisarme, ¿de acuerdo? —le solicitó a Francisco, señalándolo con un dedo como quizás lo haría una madre preocupada.
—Se lo prometo —le respondió el mexicano con una mano en el corazón.
—Bueno… Hasta al rato, entonces. Y espero su amigo le pueda ayudar con lo que necesita.
—Yo también lo espero.
Sin más, Rosario se giró sobre sus talones y se encaminó hacia los camerinos.
«Francisco Lara», repitió en su cabeza mientras se alejaba. «Es un nombre simple, pero bastante bello por algún motivo. Me gusta».
Y claramente el nombre no era lo único, aunque de eso no fuera aún consciente… del todo.
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 09: Ves aquel lucero que brilla en el cielo
Capítulo 09:
Ves aquel lucero que brilla en el cielo
—¿Puede oírme? —repitió Rosario, inclinándose un poco más hacia el hombre en el suelo. Este parpadeó lentamente dos veces, y su par de ojos claros se asomaron desde detrás de la confusión y se enfocaron en ella.
—Sí… —susurró de forma débil, pero entendible.
Rosario exhaló con alivio. Al menos estaba consciente.
Ya con la preocupación y la adrenalina un poco mitigadas, comenzó a procesar un poco mejor lo que acababa de hacer. Al bajar del bus se encaminaba hacia la Plaza Garibaldi como de costumbre, cuando escuchó aquel ajetreo y gritos que venían desde la otra calle. No necesitó ni siquiera echar un vistazo directo para adivinar lo que esos sonidos significaban. Y cuando se apresuró y se asomó por la esquina, lo pudo confirmar: estaban atacando a alguien. Tres hombres golpeando y pateando a un cuarto en el suelo.
No podría asegurar con total confianza que no sintió miedo o el impulso de salir corriendo, pero ninguno de los dos se sobrepuso a lo que supo en el momento que era su deber. Ni siquiera lo pensó mucho, solo reaccionó comenzando a gritar para llamar la atención de los atracadores y asustarlos con la amenaza de que había llamado a la policía, pese a que ni celular tenía en realidad. Aquello solo tenía la mitad de las probabilidades de surtir efecto, pero al parecer tuvo suerte, pues aquellos tres maleantes prefirieron salir corriendo antes de verificar si lo que gritaba era cierto o no.
Al estar ya despejado, Rosario se aproximó al hombre caído, y ciertamente le impactó en una primera instancia ver todos los golpes que tenía en la cara y cómo gemía y respiraba con dificultad. Esos malditos lo habían maltratado bastante. Aun así, pese a la impresión, se quedó a su lado, sentada sobre los talones, sin apartarse.
Cuando el hombre se logró girar y recostar sobre su espalda, Rosario pudo examinarlo con más cuidado. Estaba golpeado y desalineado luego de la horrible experiencia que acababa de tener, pero por debajo de todo eso era… bastante atractivo, en realidad. En especial por esos ojos…
Agitó su cabeza, intentando apartar eso de su mente. No era ni el momento ni el lugar.
—Dígame, ¿qué le duele? —le preguntó con apuro.
—Todo —masculló él con cierto humor en su voz. Incluso a Rosario le pareció ver una pequeña sonrisita asomarse en esos labios delgados.
—Sí, yo… me refería a si le dolía algo más que lo evidente.
—Mi costado… mi cabeza… —musitó el hombre, intentando señalar torpemente con sus manos.
Hizo un intento por incorporarse, pero era evidente que le causaba dificultad, por lo que Rosario se apresuró a tomarlo del brazo para ayudarlo. Él aceptó su ayuda sin dudarlo y entre los dos lograron ponerlo de pie. En un primer momento se balanceó hacia un lado amenazando con caer de nuevo, pero se apoyó contra la pared con una mano para evitarlo. Luego de eso, pareció mucho más estable sobre sus pies.
—No se fuerce demasiado —le advirtió Rosario—. No se me vaya a caer y lastimar más de lo que ya está. Déjeme ver su cabeza.
Rosario se posicionó detrás de él para echarle un vistazo a la herida, y se sorprendió mucho al ver el cuello de su camisa manchado de rojo.
—Esto está grave, hay que curarlo de inmediato —indicó con inquietud—. Tenemos que llamar a una ambulancia y a la policía…
—¿Policía? No —exclamó el hombre de inmediato con bastante fuerza en su tono. Cuando se giró hacia ella, Rosario pareció notar un atisbo de preocupación, que desapareció casi al instante—. Lo siento… Lo que intento decir es que no creo que sea necesario… Me siento bien, de verdad.
—¿Qué se siente bien? Es porque no está viendo el golpe que tiene ahí atrás —insistió Rosario—. ¿Vive por aquí? Permítame al menos llevarlo a su casa.
—No, yo… no vivo aquí —musitó el hombre, intentando explicarse—. Me estoy quedando en un hotel que…
Miró entonces a su alrededor, como si intentara ubicarse, pero sin mucho éxito.
—No estoy seguro de por dónde esté… Vine de por ahí buscando un teléfono público, y creo que me alejé más de lo que me esperaba.
Una inesperada sonrisita despreocupada se dibujó en sus labios, en un intento quizás de impregnar algo de humor a tan grave situación. Sin embargo, Rosario se había distraído unos momentos mientras lo escuchaba hablar. No por sus palabras en sí, sino por cómo las pronunciaba.
—¿Mexicano? —preguntó de pronto con curiosidad.
Aquel hombre se giró a mirarla, visiblemente sorprendido.
—Sí, así es —respondió asintiendo—. ¿Tan evidente es?
—Por el acento —se explicó Rosario—. Y bueno, como dijo que estaba en un hotel…
Cortó de golpe su explicación al caer en cuenta de que no era relevante para el momento.
—¿Cómo se llama su hotel? —le preguntó en su lugar—. Quizás lo conozca y pueda llevarlo.
El hombre abrió la boca para responderle en un primer reflejo, pero de inmediato vaciló. Miró hacia otro lado, como intentando buscar la respuesta entre las esquinas oscuras de aquella calle.
—No me diga que se le olvidó —murmuró Rosario con consternación—. ¿Sí recuerda al menos cómo se llama usted? Yo me llamo Rosario.
—Sí, yo soy… —comenzó a hablar aquel desconocido, pero de nuevo calló al dudar sobre su respuesta.
—No me vaya a decir que le dio amnesia, porque entonces sí está grave la cosa.
—No, no es eso… lo siento —se disculpó el hombre, presionando una mano contra su frente—. Es que creo que tengo la cabeza un poco confundida… Por el golpe y todo eso.
—Entonces hagamos esto —propuso Rosario con convicción en su voz—. Yo trabajo muy cerca de aquí, en un bar de un par de cuadras. Déjeme llevarlo para allá, le curamos esas feas heridas, y cuando esté más calmado, llamamos a la policía, o a quien usted quiera. ¿Estamos?
El hombre caviló un rato, posiblemente lo más rápido que su mente revuelta por los golpes le permitía. Al final asintió lentamente como respuesta a la propuesta.
—Sí, eso pudiera ser —murmuró por lo bajo, no muy claro si era para ella o para sí mismo.
—Bueno, entonces vamos. Es por acá. Y apóyese en mí si se siente mareado, que no quiero que se me golpee otra vez.
El extraño la obedeció, y comenzó a caminar a su lado por el andén, muy despacio para no forzarse. Le tomó además la palabra, y apoyó una mano contra su hombro para poder avanzar con mayor estabilidad.
Rosario turnaba su atención entre el camino delante de ella y el hombre a su lado. A pesar de los golpes, se veía bien, aunque esperaba que no hubiera nada interno grave. Era un caballero alto, cabello castaño oscuro corto con un peinado sencillo, un rostro de piel clara con los primeros indicios de una barba de uno o dos días asomándose y esos encantadores ojos azules. Usaba una camisa blanca de líneas verticales, en esos momentos desfajada y algo desabotonada por la pelea, y unos pantalones casuales azul oscuro. Nada demasiado llamativo a simple vista.
—Muchas gracias por lo que hizo… —musitó aquel hombre de pronto, sacándola de sus pensamientos—. Me dijo Rosario, ¿cierto?
—Sí —le respondió ella con una amplia sonrisa—. Rosario del Pilar Guerrero Santana, para servirle a Dios y a usted —se presentó con una exagerada teatralidad en su voz y movimiento de manos, que claramente descolocó a su acompañante—. Lo siento, una vieja costumbre que me pegó mi papá.
El hombre asintió lentamente con comprensión.
—Como decía, muchas gracias por intervenir y salvarme —prosiguió el desconocido con lo que estaba diciendo.
—No fue nada, es lo que cualquiera en mi lugar habría hecho —respondió Rosario con marcada humildad.
—No, créame que no cualquiera —le respondió el hombre, casi con tristeza—. Aunque igual fue muy arriesgado. ¿Qué habría hecho si esos tipos no se hubieran asustado y hubieran ido por usted?
Rosario guardó silencio, meditando un rato sobre la pregunta antes de responder. Hasta ese momento no se había permitido pensar mucho en esa posibilidad, aunque claramente era real y no muy imposible.
—Corro rápido —le respondió Rosario con ligero humor, aunque no era precisamente del todo cierto; Lucía siempre había sido la atlética de las dos—. Hubiera corrido hacia el bar, que está sobre aquella calle más concurrida de delante. Y si eso no los asustaba, le aseguro que la manada entera hubiera saltado a ayudarme, y ahí sí les hubiera ido mucho peor a ellos.
—¿La manada?
—Mis compañeros de trabajo y amigos —le explicó.
Él asintió de nuevo, aunque con menos convicción que antes.
—Me dijo que trabajaba en… ¿Un bar?
—Sí —respondió Rosario—. Ese de allá enfrente precisamente.
— — — —
De las calles oscuras y casi desoladas en las que lo habían atacado, aquella mujer, su salvadora, había guiado a Emiliano hasta una avenida más concurrida, donde (casi) todas las farolas funcionaban y alumbraban, y había un tráfico más evidente de automóviles y personas.
La mujer, presentada a él con el nombre de “Rosario”, señaló hacia el frente, al otro lado de la calle, en donde se encontraba la muy difícil de ignorar fachada de luces brillantes, carteles iluminados y letras grandes con neón que mostraban el nombre del establecimiento, como la marquesina de algún viejo cine o teatro.
Emiliano se detuvo en seco a la orilla de la banqueta, y sus ojos se abrieron grandes, patidifusos ante aquel choque de luces y colores. Pero, sobre todo, su reacción se debía al nombre que aquellas enormes letras le mostraban.
—La Plaza Garibaldi… en Bogotá… —leyó en voz baja, estupefacto—. ¿Plaza Garibaldi como la de…?
No pudo terminar su pregunta, pero Rosario al parecer intuyó sin problema lo que quería decir.
—Sí, como la de Ciudad de México —comentó con ligera alegría—. ¿Usted ha estado ahí alguna vez?
Emiliano se quedó un rato mirando hacia la fachada, un tanto ido por la idea de justamente cruzarse con ese pequeño “pedazo de México” escondido ahí entre las calles de esa ciudad alejada de su hogar. Su cerebro tardó un rato antes de carburar lo que aquella mujer le había dicho.
—¿Eh? ¿En la Plaza Garibaldi de Ciudad de México? —murmuró en voz baja, girándose para mirarla—. Sí, creo que… una vez, sí.
Aunque no estaba del todo seguro de ello, en realidad. Solo recordaba que de jóvenes, una noche él y sus amigos, entre ellos Miguel y Felipe, fueron a un bar en el centro de la ciudad, muy diferente al tipo de sitios que frecuentaban. Y tenía la idea de que alguien había mencionado que aquello estaba justo en la Plaza Garibaldi, pero no lo podría garantizar con total certeza. Aunque sí que había varios mariachis cerca, eso sí lo recordaba.
Mientras meditaba en todo aquello, notó cómo Rosario cruzaba la calle una vez ya no hubo carros pasando, por lo que se apresuró a seguirla.
—Entonces, ¿es un bar mexicano? —preguntó Emiliano con curiosidad.
—Sí, de música, bebida y comida mexicana, pero principalmente de música —le explicó Rosario con bastante orgullo.
—¿Y usted es… mesera o algo así aquí?
—No precisamente —le respondió ella, riendo un poco—. Soy cantante, de hecho.
—¿Cantante? —exclamó Emiliano, sorprendido.
Rosario señaló entonces hacia varios de los carteles promocionales que había colocados en la pared frontal del local, al lado de la puerta principal. Ahí se mostraba la fotografía de algunos de los músicos que se presentaban. Y entre ellos estaba justo una foto de la misma mujer parada a su lado, ataviada con su atuendo negro y anaranjado de mariachi, con un micrófono en sus manos que sostenía en alto mientras cantaba, o más bien fingía hacerlo. En letras grandes en la parte superior decía “Rosario”, mientras que debajo añadía: “El Lucero de México”.
—El Lucero de México —leyó Emiliano en voz baja, esbozando una sonrisa divertida.
—Es como mi nombre artístico —explicó Rosario, con unas cuantas pizcas de pena en su voz—. ¿Le gusta?
—Es muy llamativo —concordó Emiliano, girándose de nuevo hacia ella—. ¿Entonces usted es un mariachi?
—Sí —respondió Rosario por lo bajo, y su mirada se tornó un tanto suspicaz—. ¿Eso es un problema de algún tipo?
—No, no, para nada —se apresuró a responder Emiliano, temeroso de que en su voz se hubiera mostrado algún tipo de rechazo—. Es solo que… no sabía siquiera que hubiera mariachis aquí en Colombia.
—¿Ah, no? ¿A poco no sabe que aquí la música ranchera es de hecho muy, muy popular?
—¿De verdad? —exclamó Emiliano, un tanto escéptico con la revelación.
—Sí, de veras. Cada vez que Vicente Fernández, su hijo o cualquier cantante de rancheras viene a dar un concierto, se llenan los estadios.
—No tenía ni idea —susurró Emiliano, genuinamente impresionado.
—Si se siente bien, quédese un rato y le va a tocar escucharnos cantar. No es por nada, pero algunos nos conocen como el mejor mariachi de todo Bogotá.
—Pues habrá que escucharlo para creerlo, ¿cierto? —bromeó Emiliano, logrando sacarle a su acompañante una sonrisa divertida.
Y qué sonrisa; en verdad su rostro entero se iluminaba, y se veía aún más hermosa, si es que aquello era posible. El nombre de “Lucero” le venía como anillo al dedo.
Rosario pareció caer en cuenta de algo, pues repentinamente su sonrisa se borró y adoptó una postura bastante más seria.
—Bueno, pero primero tenemos que curarle esas heridas —señaló la mujer—. Siga, que aún no abrimos. Solo deben estar los muchachos y algunos empleados, pues teníamos ensayo. Y, de hecho, ya voy un poco tarde —añadió seguida de un largo suspiro.
—Lo siento, fue mi culpa…
—No, no, descuide. En un momento me pongo al corriente. Siga, vamos.
Rosario comenzó a caminar con soltura hacia la puerta principal, y Emiliano la siguió de cerca, aunque un tanto más vacilante. En la mera puerta, sentado en un banquito, se encontraba quien Emiliano supuso debía ser portero del local. Era un hombre joven, de piel morena, delgado y bajo, con un atuendo azul y un colorido zarape, bastante mexicano, alrededor de su torso.
—Buenas noches, Lionel —le saludó Rosario al pasar a su lado.
—Buenas noches, chatica de cara bonita —le regresó el saludo el portero—. El Coloso lleva alto rato preguntando por usted.
—Sí, lo sé —suspiró Rosario con pesar—. Ya voy y hablo con él.
Rosario se dirigió al interior del bar, y Emiliano se disponía a seguirla. Sin embargo, en cuanto detectó su presencia e intenciones, el portero se levantó de su banquito y se colocó delante de él para cerrarle el paso.
—Hey, hey, ¿a dónde cree que va con esas fachas, caballero? —le preguntó con seriedad, aunque con un singular tono cantarín en su voz—. Además, aún no abrimos al público.
Antes de que Emiliano pudiera decir algo para responderle, Rosario volvió en sus pasos para hacerlo por él.
—No te apures, Lionel. Él viene conmigo. Lo atracaron a unas calles de aquí, y necesita entrar a que le curemos las heridas y hable por teléfono.
—Que lo atracaron —repitió el tan Lionel con evidente escepticismo, mientras de forma nada disimulada escrutaba a Emiliano de arriba abajo—. Para mí que este gamín le salió con un cuento, chatica.
—¿Un cuento? —exclamó Emiliano, entre molesto y divertido por tal comentario—. ¿Y qué le parece a usted que me hice estas heridas dándome de golpes yo solo contra la pared? —añadió con ligera irritación, señalando con una mano hacia su rostro.
—A ver, Lionel, ningún cuento —intervino Rosario rápidamente—. Yo misma vi cuando lo atacaban, ¿está bien? Solo va a entrar un momento.
—Pues como usted diga —cedió el portero, encogiéndose de hombros—. Pero si don Carlos lo ve, no creo que le agrade mucho.
—Yo hablo con él —declaró Rosario con convicción—. Venga, no le haga caso —le indicó ahora a Emiliano, y sin dudarlo lo tomó del brazo y lo jaló, con considerable fuerza, junto con ella.
Rosario empujó la puerta, y Emiliano entró al bar detrás. El interior lo golpeó de frente con una mezcla instantánea de sentimientos. El lugar estaba iluminado con luces cálidas, paredes llenas de zarapes, sombreros charros, guitarras antiguas y fotografías alusivas a México, incluyendo un par de afiches de la Revolución. La mayoría de aquel espacio era ocupado por una serie de mesas redondas de diferentes colores festivos y sillas de madera en los mismos tonos.
Todo era en su conjunto como haber entrado a una estereotípica postal de su país, pegada ahí a mitad de Bogotá. Algo un tanto surrealista.
El lugar claramente aún no había abierto, justo como el portero había mencionado, pues las mesas se encuentran de momento todas vacías, e incluso la mayoría tenían las sillas con las patas hacia arriba. Pero el establecimiento estaba lejos de estar solo, pues al fondo del local, en donde se encontraba una amplia tarima sobre la que caía la luz de todos los reflectores, había un poco más de diez personas. Todos usaban ropa de calle, camisetas, pantalones, chaquetas… Pero las guitarras, violines y trompetas que tocaban en esos momentos al unísono daban bastantes pistas de que debían de ser el grupo de mariachis del que Rosario había hablado.
«Su manada», pensó al recordar la curiosa forma en la que se había referido a ellos hace un rato.
A la derecha, justo después de ingresar por la puerta, se encontraba la barra, larga de madera oscura y pulida. Rosario se dirigió de inmediato en dirección a esta, por lo que Emiliano la siguió instintivamente.
Detrás de la barra, secando un vaso alto con un paño blanco, se encontraba una mujer, alta y esbelta, de cabello rubio que le caía suelto sobre los hombros en suaves ondas. Su rostro delgado estaba cuidadosamente maquillado: labios de un rojo brillante, ojos delineados y un rubor muy discreto en sus mejillas. En sus brazos llevaba varias pulseras delgadas que tintineaban notablemente cada vez que movía las manos.
—Buenas noches, Katia —le saludó Rosario, y antes de esperar su respuesta añadió—. ¿Don Carlos ya llegó?
La mujer al otro lado de la barra alzó su mirada hacia ella, observándola con unos grandes ojos azules con pestañas largas.
—Hola, corazón —saludó a Rosario con una sonrisa amistosa—. No, don Carlos no ha aparecido todavía. Y Virginia tampoco, de paso. Pero ya sabes que ambos se paran aquí cuando quieren.
Rosario suspiró, no muy claro si era con alivio o preocupación.
Emiliano se encontraba de pie al lado de Rosario a una distancia segura. Sin embargo, al ver de más cerca a esta nueva mujer, Emiliano notó algo diferente en ella; algo que no logró descifrar del todo qué era en ese momento. Quizás el tono ligeramente grave de su voz al hablar, o algunas facciones de su rostro que parecían un poco más marcadas de lo que esperaba cuando la había visto de lejos. Nada que resultara extraño o desagradable, simplemente inesperado.
Aun así, aquella impresión le duró muy poco, pues la forma tan segura que aquella mujer tenía de moverse y hablar acaparaba por completo la atención y dejaba cualquier otro detalle en segundo plano.
Rosario se giró hacia él en ese momento, haciéndolo rápidamente partícipe de la conversación. Al hacerlo, Katia igualmente lo miró, siendo plenamente consciente de su presencia.
—Mire —comenzó a explicar Rosario—, este señor es un turista mexicano que acaba de ser atracado justo a dos cuadras de aquí.
—¿Atracado? —exclamó Katia, escandalizada.
—Y eso no es nada, mire cómo le dejaron la cabeza.
Sin preguntar, y sin preocuparse mucho por las delicadezas, Rosario tomó a Emiliano en ese momento y lo hizo girarse hasta darle la espalda a Katia. Esta se inclinó sobre la barra, acercando su rostro hacia la parte trasera de su cabeza.
—¡Ay, Virgen Santísima! —exclamó Katia en alto, claramente impresionada—. Pero qué buen boquete le dejaron ahí.
—¿Boquete? —exclamó Emiliano, intentando sonar tranquilo, sin lograrlo del todo—. No creo que sea para tanto. En verdad, ya prácticamente ni me duele.
—Esa no es buena señal tampoco —murmuró Katia con un tono casi lúgubre que puso a Emiliano ligeramente más nervioso—. Iré por el botiquín para ver si podemos al menos limpiarlo, ¿les parece?
—Sí, por favor, Katia —le respondió Rosario, casi suplicante.
La barista asintió como respuesta, y de inmediato salió de detrás de la barra en dirección a la parte trasera del bar.
Emiliano no podía evitar sentirse un tanto incómodo por toda la situación. No estaba acostumbrado a recibir tal trato de personas que ni siquiera conocía, y además importunarlas tanto. Comenzó en ese momento a considerar que quizás no fue tan buena idea entrar ahí, y que lo mejor hubiera sido tomar un taxi en la calle e irse directo a su hotel.
Tal vez aún estaba a tiempo.
—En verdad, creo que no es para tanto —le insistió Emiliano a Rosario—. Les digo que ya ni me duele. Si solo me prestan un teléfono, podría llamar a mi amigo y regresar a mi hotel a descansar. Ya les causé demasiadas molestias.
—Pero es que usted no ha visto el golpe que tiene atrás —le respondió Rosario, dejando ya bastante en evidencia que no solía aceptar un “no” por respuesta—. Deje que al menos le limpiemos los golpes, para estar más seguros. Solo por si acaso.
Emiliano suspiró. Por un lado, seguía sintiéndose incómodo, pero, por el otro… la preocupación de aquella mujer por él, por un completo extraño, le resultaba casi enternecedora. La gente solía siempre estar dispuesta a ayudarle con tan solo saber que era un Sánchez Gallardo, pero esta mujer ni siquiera sabía su nombre y aun así se veía tan preocupada y atenta por su salud. Eso solo podía venir de un verdadero corazón noble y bueno.
Intentó pensar en algún otro argumento para tranquilizarla y poder convencerla de que dejaran las cosas como estaban. Sin embargo, antes de que Emiliano pudiera responder, alguien intervino.
—Rosario —pronunció con voz fuerte y firme, y un segundo después una figura grande se materializó justo a su lado.
Emiliano levantó la mirada y se encontró de frente con un hombre, alto y fornido, de hombros anchos. Tenía el cabello oscuro peinado hacia atrás con sumo cuidado, un rostro anguloso con una expresión seria y dura que parecía tallada en piedra. Su atuendo delataba su profesión: un traje negro de mariachi, bordado con finos detalles plateados, y un enorme moño rojo que resaltaba sobre la camisa blanca impecable. A diferencia de los demás músicos, él sí portaba su traje.
Pero eso no era lo único que lo diferenciaba del resto, y Emiliano se dio cuenta de inmediato. Su sola presencia era igual de imponente que su apariencia. Y la forma en la que se paraba ante ellos, firme, con su espalda recta, sus manos bien sujetas a la hebilla de su cinturón, dejaba en claro que no era solo un mariachi más: él daba las órdenes ahí.
Aquel desconocido lo miró en silencio un segundo. Su mirada penetrante, casi agresiva, disipó en un instante toda la hospitalidad y buena voluntad que Emiliano había sentido hasta hace un momento. Casi de inmediato se giró en dirección a Rosario, y su expresión se suavizó apenas lo suficiente para ser apreciable.
—Llega tarde otra vez —le reprochó aquel hombre con dureza.
—Sí, Coloso, lo siento —se disculpó Rosario. Su voz no era sumisa en lo absoluto, pero era claro que sí que buscaba obtener un poco de comprensión de su parte.
Emiliano examinó con mayor detenimiento a aquel hombre.
«Coloso», pensó al recordar que el portero había mencionado aquel nombre hace un rato, y además recordaba vagamente haber visto su cartel afuera, al lado del Lucero de México. Sí, definitivamente debía ser alguien importante por ahí. Exudaba esa vibra por cada uno de sus poros.
Mientras Emiliano observaba y escuchaba en silencio, Rosario comenzó a explicarle al Coloso lo que ocurrió, una versión un poco más extensa de lo que le había contado a Katia y al portero Lionel.
—¿Y usted qué hacía a solas por esas calles? —le cuestionó el Coloso con ligera molestia.
—¿Y qué quiere que haga si es donde me deja mi bus? —se defendió Rosario—. Además, nunca antes me había pasado nada. Usualmente paso bien rápido por ahí sin meterme en esos callejones. Pero esta vez…
—Pero esta vez lo hizo para defender al caballero, ¿no? —complementó el Coloso, centrando de nuevo su atención en Emiliano—. Qué cosas, que una dama tenga que intervenir para salvarle el pellejo a uno, exponiendo el suyo. ¿No le parece, señor?
—Oiga, así no es como fue —comenzó a decir Emiliano por reflejo, aunque casi de inmediato meditó en que, de hecho, no era una afirmación tan alejada de la realidad.
—No se me altere tanto —respondió el Coloso con una burla poco disimulada en su voz—. Lo bueno es que no ocurrió nada más grave. Ahora, déjeme ver el famoso porrazo de la cabeza. ¿Me permite?
Emiliano dudó, ya para ese punto cansado de tener que exponer su herida ante tanta gente desconocida. Al final accedió, más que nada para no causarle más molestias a Rosario. Se giró para darle la espalda al mariachi, y pudo sentir cómo este casi le respiraba en la nuca mientras examinaba el área afectada.
—Uja, sí que lo dejaron hecho papilla —comentó de pronto con un tono que resultaba casi alegre, incluso seguido de una risa socarrona.
—Coloso, por favor —intervino Rosario con molestia—. Esto es serio; las heridas se le pueden infectar si no se le limpian.
—Yo no creo que sea para tanto —respondió él, encogiéndose de hombros.
—¿Además de mariachi es doctor, don Coloso? —cuestionó Emiliano por mero reflejo, empujado principalmente por la creciente irritación que aquel hombre comenzaba a causarle con tan solo el par de palabras que habían cruzado. Lo irónico es que hasta hace un momento él había dicho justo lo mismo.
—No, pero sí he tenido muchas peleas en mi vida, señor —respondió el Coloso con total tranquilidad y confianza—. En otras palabras, si algo sé es de golpes. Claro que yo doy muchos más de los que recibo.
—Bueno, pues esa es su opinión, pero no estoy de acuerdo —volvió a intervenir Rosario, esta vez con mayor firmeza que antes—. Vamos a limpiarle las heridas, y luego necesita usar el teléfono para hacer una llamada.
—Katia puede encargarse de eso —apuntó el Coloso tajante, en el momento justo en que la barista volvía con el botiquín en sus manos. Luego su atención se centró de nuevo solo en Rosario—. Usted vaya a la tarima. Los muchachos ya empezaron y la han estado esperando para ensayar un par de canciones.
—Pero… —comenzó a responder Rosario, pero el Coloso la cortó antes de que pudiera decir más.
—Sin peros, princesita, que no nos queda mucho tiempo antes de que sea hora de abrir. ¡Andado!
—Oiga, tampoco es necesario que le hable de esa forma —saltó Emiliano en ese momento de forma defensiva, encarando al mariachi de frente.
El Coloso se giró a mirarlo de nuevo con la misma dureza de antes; la misma que le gritaba a Emiliano que no era bienvenido, y ahora que no tenía por qué meterse en un asunto que no le concernía. Quizás cualquier otro hubiera agachado la mirada ante tal expresión y presencia, pero Emiliano no. Se mantuvo firme, sosteniéndole la mirada en todo momento.
Sería imposible adivinar qué hubiera pasado después, pero Rosario, quizás previendo la tensión tan volátil que se estaba fraguando, se apresuró a intervenir.
—No, está bien —susurró con tono conciliador—. El Coloso tiene razón, yo fui la que llegó tarde, por el motivo que sea. Ya voy a ensayar.
Dicho eso, Rosario se dispuso claramente a ir a la tarima como le habían indicado. Pero acababa apenas de dar un paso en dicha dirección, cuando se regresó y se giró hacia Emiliano con una inusitada convicción en los ojos.
—Pero no se vaya, ¿sí? —le susurró despacio, en un interesante punto intermedio entre una súplica y una orden—. Ahorita hablamos en cuanto termine.
Emiliano la observó fijamente a los ojos, y en su mente no fue posible que se formulara ni una sola respuesta diferente a una afirmación positiva a su petición. Esos hermosos ojos negros resultaban imposibles de contradecir.
Una pequeña sonrisa amistosa se dibujó en los labios de Emiliano, y respondió asintiendo con la cabeza. Rosario le correspondió su sonrisa, y Emiliano sintió que su corazón daba un pequeño brinco al instante.
«Dios, contrólate, Emiliano; no tienes doce años», se dijo a sí mismo como una clara reprimenda.
Rosario se alejó entonces, ahora sí presurosa hacia el escenario, y Emiliano, por mero reflejo, se le quedó viendo todo el tiempo mientras se alejaba. Al menos hasta que la poco amistosa mirada del Coloso sobre él casi le quemaba la piel del costado de su cabeza.
Durante unos segundos, ninguno dijo nada. El Coloso lo observaba con los brazos cruzados, quizás ya no con una actitud tan beligerante como antes, pero no por eso más suave. Emiliano sintió que, si de él dependiera, lo sacaría a patadas a la calle él mismo. Esperaba que no se comportara así con los clientes habituales del bar, pues entonces ese establecimiento no podía durar mucho más abierto.
Katia carraspeó en ese momento, y dicho sonido rompió la tensión e hizo que ambos se giraran hacia ella. La mujer estaba al otro lado de la barra, con el botiquín sobre esta delante de ella.
—¿Me permiten? —masculló en voz baja.
—Encárguese de curar al caballero, Katia —le respondió el Coloso, no del todo como una orden—. Y sírvale un tequila doble. Póngalo a mi cuenta.
—Como usted diga —le respondió Katia, asintiendo.
—Es muy amable, Sr. Coloso —añadió Emiliano, más por obligación que por deseo personal.
El mariachi le respondió únicamente con una sutil sonrisa burlona que casi parecía querer decirle implícitamente que de todas formas le cobraría ese trago de alguna otra forma algún día.
Sin decir más, se dio media vuelta y caminó también hacia la tarima junto con los demás músicos; y junto a Rosario…
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 08: Lo bonito que sentí cuando te conocí
Capítulo 08:
Lo bonito que sentí cuando te conocí
El sol de la tarde caía sobre el pequeño parque de patinaje del barrio, los árboles secos y las bancas de cemento pintadas de verde que ya empezaban a descascararse. A esa hora estaba lleno principalmente de adolescentes que iban y venían sobre sus patinetas y patines, amenizados por las risas, chiflidos, música que brotaba de pequeños parlantes y el sonido constante de las ruedas contra el cemento.
Toda aquella singular sinfonía de sonidos e imágenes resultaba tan familiar para Lucía Guerrero como la imagen granulada del viejo televisor de su casa.
En aquel momento estaba sentada en una de las bancas con Sarita, su mejor amiga desde la primaria, preparándose para lanzarse a la pista. Las dos niñas de catorce acababan de salir del colegio y aún portaban sus uniformes de suéteres azules y faldas rojas a cuadro, aunque tuvieron la previsión de llevar shorts debajo de estas.
Sarita ya traía los patines puestos y los probaba con impaciencia, haciéndolos rodar hacia atrás y adelante contra el pavimento. Lucía se tardaba siempre un poco más, ya que las correas de los suyos siempre requerían de atención especial para que cerraran de forma correcta. Además de eso, tenían el cuero raspado y oscurecido de tanto uso, y una rueda tenía una deformación leve que la hacía vibrar. Lo bueno era que Lucía conocía bien dicha vibración, y había aprendido bien cómo compensarla para no estamparse de narices al suelo.
A su lado, su amiga miraba su lucha con las correas con una mezcla de curiosidad y algo que Lucía quería pensar que no era lástima, pero que sabía que sí que era muy cercano a ella. Lucía fingía no darse cuenta, pero por supuesto que lo notaba.
—Oye —musitó Sarita dubitativa—. ¿No crees que esos patines ya dieron todo lo que tenían que dar?
Lucía alzó la mirada de sus patines y se giró hacia ella.
—¿Qué quieres decir?
—Que te quedan chicos —insistió Sarita—. Muy chicos. Mira cómo te aprietan el pie. Si los dedos te crecen un centímetro más, ya no te van a entrar ni a empujones.
Lucía respiró profundo por su nariz, y puso su atención de nuevo en sus patines antes de responder. Terminó de ajustar las hebillas con un satisfactorio clic al final.
—Lo sé —admitió casi como un suspiro—. Pero, ¿qué puedo hacer? Son los únicos que tengo. Ya ni caso tiene pedirle a Rosario unos nuevos; nunca tiene plata para eso.
Aquello lo había dicho sin drama o queja en su voz, solo con una naturalidad propia de alguien que ya ha vivido esa realidad por el suficiente tiempo para llegar a estar tristemente acostumbrada a ella.
Escuchó a su amiga suspirar a su lado con resignación.
—Bueno, tal vez para tus quince te regalen unos nuevos —indicó Sarita con repentino optimismo.
Lucía no compartió el sentimiento. Soltó un pequeño resoplido, en ausencia de la risa sarcástica que había tenido como primer impulso de soltar.
—Sí, claro —musitó con amarga ironía.
—¿Qué pasa? —preguntó Sarita, confundida.
Lucía la miró un instante, y dudó si decir lo que pasaba por su mente o no. Bajó su mirada hacia sus patines, gastados y viejos, pero al menos eran suyos; una de las pocas cosas en el mundo de las que podía decir eso. Al final se animó a hablar, pues Sarita era… bueno, Sarita, y con ella los secretos que compartía siempre se quedaban como secretos; una cualidad que la propia Lucía nunca había aprendido bien.
—No creo que haya ninguna fiesta, ni regalos, ni nada parecido —confesó Lucía con voz apagada.
—¿Qué? —exclamó Sarita, confundida—. ¿Cómo que no? Si llevan planeándola desde antes de…
Sarita hizo una pequeña pausa, dudosa de poder decirlo o no. Al final se animó, aunque lo dijo con mucha cautela.
—Bueno, desde antes de lo de tu papá —musitó en voz baja.
Lucía permaneció en silencio, inmutable ante el comentario de su amiga. Era cierto que su padre siempre habló de hacerle una gran celebración para sus quince años; “tirar la casa por la ventana”, como él decía (frase que nunca entendió bien a qué se refería). Y quizás si él siguiera ahí, eso aún pudiera ser una opción… pero ya no.
La niña se inclinó hacia su amiga y bajó la voz, para que sus siguientes palabras fueran únicamente para ella y nadie más.
—He escuchado a Rosario y a mi mamá hablar cuando creen que no puedo oírlas. Pero esa casa es tan pequeña que se escucha todo.
—¿Y qué has escuchado? —preguntó Sarita, curiosa.
—Que tenemos problemas de plata —dijo Lucía sin moderarse ni un poco. La confesión salió más tranquila de lo que esperaba, pero aun así le dolía decirla.
—Bueno, pero esa no es novedad —señaló Sarita, intentando ser lo más delicada que le era posible ser.
Lucía negó con la cabeza.
—No, pero parece que en esta ocasión son mucho peores. Por lo que escuché, Rosario está obrando milagros para pagar todo. La renta, las medicinas de mi mamá, el colegio, la comida… —Se encogió de hombros—. En fin, si al final tiene que escoger entre todo eso o mi fiesta, ya sé qué va a elegir.
Al decir eso último, pasó un dedo por su cuello de forma dramática, para enfatizar más su punto. Su fiesta no era una prioridad en comparación con todo lo demás.
—Ni ella ni mi mamá me lo han dicho de frente, pero yo sé que así es. Solo estoy esperando el momento en el que me suelten el golpe.
—¿Y qué harás si eso pasa? —preguntó Sarita, entre curiosa y preocupada.
—¿Qué puedo hacer? —musitó Lucía, encogiéndose de hombros una vez más—. Nada, como siempre. Solo aceptarlo y sonreír. No es como que pueda hacer algo para remediarlo. Mi madre dice que soy muy pequeña para trabajar, que mi prioridad debe ser la escuela, y bla, bla, bla. Y aunque me dejara, ni siquiera sé qué podría hacer. No soy buena en nada.
—Eso no es cierto —musitó Sarita con firmeza—. Podrías cantar…
—No —le cortó Lucía tajante antes de que terminara esa frase—. Eso nunca. No lo vuelvas a mencionar.
Había una amargura y enojo latentes en su voz y mirada, que hicieron que Sarita agachara la cabeza, incómoda. Ese tema siempre despertaba algo en Lucía que no era agradable, por lo que era mejor dejarlo así.
—Bueno, quizás los problemas de plata no sean tan graves como crees —indicó Sarita, intentando de nuevo sonar optimista—. De esos siempre han tenido, y Rosario siempre ha sabido salir adelante, ¿verdad? Y no te ofendas, pero a veces lo que escuchas a escondidas no es tan confiable.
Lucía sonrió, aunque más cansada que divertida por el comentario. Le gustaría en serio pensar que había confundido las cosas como, en efecto, había ocurrido en otras ocasiones, pero lo dudaba.
Tras unos segundos de silencio, Lucía se puso de pie con energía. Las ruedas de sus patines encontraron el piso con un golpe suave y ella se irguió. En un abrir y cerrar de ojos, era otra vez solo una adolescente en un parque un jueves por la tarde.
—Pero ya no quiero pensar en eso —declaró con ferviente decisión.
Sacó entonces de su mochila el viejo reproductor de CD portátil. El plástico estaba rayado y tenía una calcomanía a medio despegar en la tapa, pero todavía funcionaba. Era de su papá; lo había encontrado en el cajón de la mesita de noche cuando recogieron sus cosas, y se lo había quedado sin decirle nada a nadie.
—Lo que quiero ahora es patinar —dijo con repentina alegría y se colgó el reproductor en la cintura—. Y olvidarme de todo eso por un rato. Vamos, ¿sí?
Sarita sonrió y se paró también de la banca.
—Así se habla, Lucy. Vamos.
Lucía asintió. Se colocó los audífonos, de alguna forma levantando un escudo entre ella y el mundo con ellos, y presionó el botón de reproducción. Los primeros acordes de una vieja canción pop de los noventa le llenaron la cabeza, desplazando hacia un rincón todas las deudas, la artritis de su mamá, la fiesta que probablemente no pasaría, las materias que estaba a punto de reprobar… y demás cosas en las que no deseaba pensar.
Dices que oyes voces
casi cada noche,
crees que te voy a engañar.
Ven, no te equivoques,
siéntate, sé un hombre,
aclaremos dudas y en paz.
Todo se fue como por arte de magia. Pero no cualquier magia, sino la magia de la música, una que ella había aprendido muy bien hacía tiempo, pero que había perdido bastante de su poder… hace dos años. No obstante, aún seguía ahí, presente, al menos lo suficiente para tener el efecto deseado.
Se empujó con el pie y se lanzó a la pista sin miedo.
Si los amigos
no me ven suficiente bien para ti,
me importa un higo,
eres tú, solo tú,
quien vas a decidir.
Mírame a los ojos,
no diré nada.
Mira mis ojos,
no me des la espalda.
La pista principal del parque era un óvalo de cemento liso y desgastado, con una muy evidente y conocida grieta vieja que alguien había rellenado mal y que hacía que las ruedas dieran un pequeño salto si uno no sabía cómo pasarla. Por suerte, Lucía la conocía, tan bien como la rueda vibrante de su patín derecho. Llevaba yendo a ese parque desde los nueve años, cuando su papá la llevó y le enseñó que el secreto del equilibrio no estaba en los pies, sino en los hombros y en los ojos; especialmente en nunca mirar hacia abajo.
En retrospectiva, quizás intentaba darle alguna lección de vida en forma de metáfora, pero ella la tomó de forma literal. Igual le funcionó.
Mírame a los ojos,
sobran las palabras.
Mira mis ojos,
ve lo que siento.
Mírame a los ojos,
no diré nada.
Mira mis ojos,
no me des la espalda.
Mírame a los ojos,
sobran las palabras.
Mira mis ojos,
dime lo que ves ahí.
Se deslizó con soltura por las superficies lisas, como tantos años yendo ahí le habían enseñado. No solo patinaba, sino que incluso parecía estar bailando al ritmo de la música que resonaba en sus oídos. Su cuerpo encontraba el ritmo de forma instintiva. Giraba, saltaba, hacía piruetas espontáneas y se deslizaba por los tramos abiertos con los brazos extendidos. Los demás patinadores la esquivaban sin que ella lo notara, acostumbrados ya a esa chica delgada de trenzas que aparecía cada tanto y bailaba como si la pista fuera suya.
Desde los zapatos
a lo que hay debajo,
el peinado, todo te di.
Sin trampa ni cuento,
ni gato encerrado,
tal como tenía que ocurrir.
Hoy si tu mano
toma fuerte la mía, es eléctrico.
La adrenalina nos coloca a los dos,
creo que esto es amor…
Por esos minutos, el mundo dejó de existir.
Hasta que el mundo chocó con ella, o más bien ella fue la que chocó contra alguien.
Mientras patinaba de espaldas, agitándose al ritmo de la melodía, terminó impactando fuerte contra el costado de alguien de pie cerca de la pista. Lucía perdió el equilibrio y se aferró como pudo a lo que tuviera más cerca para no caer. Lo más cerca, sin embargo, fue justo el cuello de la persona con la que acababa de chocar.
Ambos terminaron irremediablemente en el suelo, ella encima de su regazo, los brazos de Lucía alrededor del cuello de la otra persona, los de esta rodeando su torso por mero reflejo para amortiguar la caída de ambos.
Se quedaron inmóviles un segundo.
Lucía abrió los ojos despacio. Quien la sostenía era un chico, quizás de su edad, quizás un año mayor. De piel oscura, cabello rizado muy corto, ojos negros y profundos que la miraban desde arriba con una expresión que empezó siendo sorpresa y fue cambiando a algo que la adolescente no supo identificar.
El sonido de la música siguió sonando en sus audífonos, pero quedó amortiguada por… otra cosa desconocida. Lucía sintió algo raro en el estómago. No era dolor por el impacto, de eso estaba segura. Era más como si miles de pequeñas mariposas se hubieran despertado de golpe de un sueño muy largo.
Le sonrió, y se retiró sus audífonos con una mano. Los sonidos del parque reemplazaron la música, pero igual siguieron amortiguados, pues todos sus sentidos se habían centrado únicamente en aquel muchacho.
—Hola… —musitó Lucía despacio, ensanchando más su sonrisa.
El chico parpadeó una vez y entonces, como si recién cayera en cuenta de la situación, la soltó de forma abrupta y la retiró de su regazo, sin mucho cuidado. Lucía cayó sentada en el cemento.
—¡Ay! —exclamó adolorida.
Sarita llegó en ese momento patinando rápido hacia ella.
—¡Lucy! ¿Estás bien?
Lucía miró a su amiga un instante, pero casi de inmediato buscó al chico. Este ya se había puesto de pie y se sacudía los pantalones con el ceño fruncido.
—Ten más cuidado —le dijo con tono seco, sin mirarla.
Lucía se levantó torpemente sobre los patines, ayudándose con las manos en el piso y ayudándose además de Sarita.
—Oye, perdón…
El chico no respondió, y en su lugar se dio la vuelta para irse.
—¡Espera! —exclamó Lucía con fuerza, y sin pensarlo se lanzó tras él deslizándose sobre las ruedas, esquivando a dos chicos que iban en dirección contraria.
El muchacho se detuvo a medias, con una expresión que mezclaba impaciencia y curiosidad. Se giró apenas lo suficiente para mirarla de reojo.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—¿Eres nuevo por aquí? —preguntó Lucía, sonriéndole de nuevo—. No te había visto antes.
El chico la miró de frente, un segundo largo en el que la evaluó de una forma que a la chica le resultó extrañamente seria para alguien de su edad.
—Tal vez —respondió al final de forma enigmática.
—Me llamó Lucía —dijo, extendiendo la mano con bastante naturalidad—. ¿Y tú?
El muchacho miró la mano, luego la miró a ella, y en los labios de ese rostro serio apareció algo que no era exactamente una sonrisa del todo; una media sonrisa en toda la extensión de la palabra, como si la otra mitad la estuviera guardando para otra ocasión.
—Las chicas lindas me dicen "Roro" —le respondió entonces con algo de arrogancia aderezando en su voz.
—¿Roro? —exclamó Lucía, desconcertada—. ¿Qué clase de nombre es ese?
—Con el que tú puedes llamarme, muñeca —le respondió con absoluta calma, como si estuviera dando una simple dirección. Y remató su comentario con un guiño de su ojo derecho, que hizo que las mejillas de Lucía se colorearan.
Sin decir nada más, el muchacho se dio la vuelta y se fue con paso tranquilo, como si la caída de hace un rato no hubiera ocurrido siquiera.
Lucía se quedó mirándolo alejarse. Tardó varios segundos en procesar lo que había dicho, y cuando lo hizo, sintió que un calor aún más intenso que el anterior le subía por el cuello hasta las mejillas.
Dijo que las chicas lindas lo llamaban Roro. Dijo además que ella podía llamarlo de esa forma. Por consiguiente… ¿Le estaba diciendo que ella era una chica linda? ¿O solo se estaba burlando?
Odiaba las pruebas de lógica y los acertijos.
Mientras cavilaba en aquella complicada situación, Sarita llegó a su lado. Miró su rostro embobado y luego hacia dónde aquel chico se había ido.
—¿Qué fue eso? —preguntó confundida.
Lucía suspiró, y luego sonrió.
—Era muy guapo, ¿no crees? —le preguntó a su amiga con voz risueña.
Sarita hizo una mueca y se cruzó de brazos.
—Pues… no sé si "muy".
Lucía ignoró el comentario y volvió a mirar en la dirección en la que aquel chico se había ido, aunque ya para ese momento había desaparecido por completo de su vista.
—¿Quién será?
No obtendría una respuesta en ese momento, pero eso no importaba. Por primera vez en mucho tiempo, su cabecita pensaba activamente en algo que no eran problemas.
— — — —
Mientras almorzaban, y aprovechando que Lucía estaba en el parque de patinaje, Rosario y Raquel conversaban del tema más recurrente en sus vidas últimamente: dinero. Al tiempo que Rosario tomaba bocados de su plato, le describía a su madre cómo habían quedado las cosas tras el pago de todas las deudas; o, casi todas.
—¿Le quedaste debiendo cincuenta mil del arriendo a don Ignacio? —exclamó Raquel con asombro, esperando en el fondo haber escuchado mal.
Rosario asintió y dejó escapar un suspiro breve.
—Le prometí dárselos la semana que viene. Fue difícil, pero lo convencí. Don Ignacio amenaza mucho con echarnos, pero sabe que le conviene unas inquilinas que le paguen un poquitico tarde, pero siempre le paguen, que tener la casa vacía.
Raquel frunció el ceño, no muy convencida.
—Igual yo no jugaría mucho con la paciencia de ese hombre. ¿Y qué pasó con el salón para la fiesta?
—Casi tuve que rogarle a la encargada para que nos esperara otra semana —respondió Rosario—. Le expliqué la situación y creo que le dio algo de lástima. Como sea, nos va a esperar, pero no mucho. Al parecer, esa fecha es muy solicitada.
—¿Y cómo vas a conseguir todo ese dinero antes de una semana? —le cuestionó Raquel con ligera dureza en su voz.
Rosario se quedó callada. Pinchó algo en su plato con el tenedor, pero no se lo llevó a la boca. No tenía mucho apetito, pero tenía que comérselo todo antes de irse al bar.
—No lo sé —admitió—. En el banco no me pueden adelantar nada, ya pregunté. Y después de lo que pasó con Macías y su señora, pedirle un adelanto a don Carlos es una fantasía que ni me atrevo a plantearme. La única esperanza es que salgan al menos un par de serenatas estos días.
—Pero de esas nunca se sabe cuándo van a caer —señaló Raquel, y Rosario le respondió asintiendo lentamente—. Y sabes que no me gusta que vayas de serenatas y te trasnoches tanto —añadió con angustia—. Además de que es tan peligroso…
Hizo una pausa y se giró a ver el traje de mariachi en la urna, exhibido a solo unos metros de ellas.
—No olvides que a tu papá justo lo mataron en una.
Rosario se estremeció al oír tal mención. Se giró siguiendo su mirada hacia la urna, contemplando el mismo traje. La imagen de su papá cantando bajo la ventana de aquella mujer y recibiendo ese balazo traicionero era una que nunca se iba del todo de su mente.
—Lo sé —dijo al fin—. Pero es un dinero extra que no nos caería nada mal justo ahora. Y yo no soy tan imprudente como para ir a cualquier lugar o con cualquier persona. El Coloso siempre va, y aunque sea muy cargante, él sí cuida mucho al grupo. Somos su “manada” como él dice.
Raquel asintió, aunque sin mucha convicción.
El silencio cayó entre ambas, y se concentraron más en continuar comiendo. Cada una con sus respectivos pensamientos, pero por supuesto girando en torno al mismo tema.
Tras un rato, Raquel volvió a hablar, con voz seria, pero un tanto vacilante. Como si de entrada ya previera la reacción que su hija tendría ante su propuesta.
—Tal vez podría contactar a mi familia. Quizás mi hermano…
—No —le cortó su hija de golpe antes de que terminara.
—Rosario…
—No, mamá —insistió la muchacha con firmeza—. Esa gente la hizo a un lado y se olvidaron de usted en cuanto supieron que estaba embarazada de un mariachi, ¿lo olvida? No les vamos a dar el gusto de ir arrastrándonos a pedirles dinero.
Raquel suspiró con pesadez.
—Yo menos que nadie quisiera hacerlo —le explicó—. Pero a veces uno no puede darse el lujo de tener orgullo cuando se tiene hambre.
—Esto no es orgullo —dijo Rosario, con voz más baja pero igual de firme—. Es dignidad, y hay una diferencia. Además, ¿qué hambre? Si algo nunca ha faltado en esta casa es comida.
Como para enfatizar su punto, extendió sus manos justo hacia el plato a medio comer delante de ella. El gesto al menos logró sacarle una pequeña sonrisa divertida a su madre.
—Era un decir, y sabes a lo que me refiero —le respondió Raquel.
—Pues da igual. El punto es que no los necesitamos.
—No quieres pedir ayuda, no quieres vender el traje, no quieres que vuelva a trabajar… En otras palabras, quieres cargar el mundo tú sola y resolverlo todo, y eso no siempre es posible. Lo que deberías hacer es volver a la escuela, terminarla, obtener tu diploma y conseguirte un trabajo de verdad, mijita.
—No otra vez con lo mismo, mamá —exclamó Rosario con impaciencia—. ¿Cómo voy a volver a la escuela justo ahora que necesitamos más dinero que nunca? Además, un diploma no garantiza que consiga algo mejor.
Raquel guardó silencio unos momentos, contemplando pensativa su plato.
—Javier me había dicho que él podía conseguirte algo —comentó de pronto, tomando a Rosario desprevenida. No esperaba en lo absoluto que volviera a mencionar a Macías de esa forma, en especial tras la charla que habían tenido aquella otra noche.
—Mamá, después de lo que pasó con su esposa, no quiero nada que ver con ese señor —enfatizó Rosario—. Mucho menos pedirle trabajo.
—Lo sé, lo sé. Pero todo sería más sencillo para ti de esa forma…
Su conversación se vio cortada en ese instante por el sonido de la puerta principal abriéndose y luego cerrándose con su habitual estruendo.
—¡Buenas! —anunció Lucía su presencia desde la entrada con una energía desproporcionada.
Unos segundos después, la niña de catorce se hizo presente en el umbral del comedor. Sus patines colgaban de un hombro, la mochila del otro, y el uniforme tenía algunas rayas de polvo, pero nada raro de cuando iba a patinar. Lo que sí resultaba raro era la amplia y radiante sonrisa de alegría que adornaba sus labios, y que para Rosario no pasó desapercibida.
Raquel se levantó con rapidez de su silla y se aproximó a su hija recién llegada.
—Ya llegaste, mi amor —murmuró al tiempo que la rodeaba con los brazos y le daba un beso en la coronilla de la cabeza.
—¡Sí! Y muero de hambre —declaró la jovencita con efusividad.
—Ya te sirvo.
Raquel se dirigió a la cocina, y Lucía fue hasta la mesa y se sentó al lado de Rosario. Se acomodó, apoyó los codos en la mesa y fijó la mirada en algún rincón lejano, sin mirar nada en realidad. Dejó escapar además un largo suspiro soñador.
Rosario la observaba, cada segundo más confundida.
—¿Y tú qué traes? —le cuestionó sin muchos rodeos.
—¿Eh? —exclamó Lucía, girándose hacia ella.
—Estás sospechosamente de buen humor —señaló Rosario—. Tienes esa sonrisa desde que entraste y no te la has podido quitar.
Por reflejo, Lucía se tocó nerviosa los labios, como queriendo verificar que en efecto estaba sonriendo. Y dicha sonrisa se hizo de hecho más grande en ese momento.
La niña dudó unos segundos más, y entonces se inclinó hacia su hermana y le susurró en voz baja, evidentemente no queriendo que su madre la escuchara.
—Conocí a un chico.
Rosario se sobresaltó, sorprendida, y arqueó una ceja. ¿Había conocido a un chico? ¿Estaba acaso intentando decirle lo que Rosario creía?
—¿Cómo? ¿Dónde? ¿Cuándo?
—Hoy en el parque —se explicó Lucía—. Y estaba divino.
—¿Divino? —musitó Rosario, riendo un poco.
—Sí, con unos ojos así… —declaró Lucía, e hizo un gesto vago con las manos que no terminó describiendo nada concreto, pero que igual a Rosario le pareció entender la idea.
—Ah, muy bien —rio la mayor de las Guerrero—. ¿Y cómo se llama?
Lucía dudó un momento antes de responder.
—No sé. Me dijo que lo llamara Roro.
—¿Roro?
—Eso dijo —insistió, encogiéndose de hombros—. Que "las chicas lindas" le decían así.
Rosario la miró un momento con una mezcla de diversión, pero también de ligera alarma por tan singular comentario.
—Ay, ay, ay —musitó por lo bajo.
—¿Qué? —preguntó Lucía, sin entender.
—Nada. ¿Y qué más sabes de él?
—Que es nuevo en el barrio, creo —explicó Lucía, y luego hizo una pausa reflexiva—. Y creo que podría ser el chico perfecto para ser mi chambelán.
Rosario la miró, sorprendida.
—¿Chambelán? ¿Para tus quinces dices?
—Pues sí, ¿para qué más? —respondió la niña, riendo divertida.
—Pero, si no mal recuerdo, dijiste que no querías chambelán. ¿No pensabas que era algo tonto, o… algo así?
—Sí, pero eso era antes —le explicó Lucía—. Nunca había habido un chico que me gustara hasta ahora.
Los ojos de Rosario se abrieron grandes y azorados ante aquella repentina afirmación.
—¿Te gusta? —musitó por lo bajo, casi con duda—. ¿Un chico del que no sabes ni el nombre real?
Lucía bajó la mirada a la mesa, pero la sonrisa permaneció en sus labios.
—Creo que sí —respondió por lo bajo, pero transmitiendo alegría en cada sílaba.
Rosario se quedó en silencio unos instantes, sin saber bien cómo reaccionar con aquello. Su hermanita ya no era una niña pequeña, eso lo tenía muy claro. Estaba ya por cumplir los quince años, y tarde o temprano tenía que ocurrir que alguien le gustara. Sin embargo, Rosario no creía que fuera a ser justo en ese momento. No estaba preparada para lidiar con eso, y estaba segura de que su madre tampoco.
Además, había algo en la forma en la que describía a ese chico y a su “encuentro” que no le agradaba del todo.
—Pero si apenas lo acabas de conocer —señaló Rosario, intentando no sonar como un regaño.
—¿Y eso qué? —respondió Lucía con firmeza—. ¿Acaso no crees en el amor a primera vista?
Rosario no pudo evitar soltar una pequeña carcajada como respuesta automática.
—Claro que no.
—¿Por qué no?
—Porque eso solo pasa en las telenovelas, hermanita —señaló Rosario con humor—. En la vida real, primero tienes que saber, al menos, el nombre completo de alguien antes de poder decir que te gusta.
El entrecejo de Lucía se arrugó mientras consideraba, con bastante seriedad, aquellas palabras.
—O tal vez tú no te has enamorado nunca, y por eso dices eso —dijo tras un rato como refutación a su argumento.
A Rosario le tomó por sorpresa el comentario. Era cierto, y ambas lo sabían, pero igual resultaba un poco extraño que viniera tan repentinamente de labios de su hermana menor. Pero igual no le molestó; la verdad no tenía por qué molestarle.
—Sí, a lo mejor es eso —admitió en voz baja, casi para sí misma, esbozando una pequeña sonrisa—. Pero igual no lo necesito para saber que no es bueno dejarse llevar de esa forma por una primera impresión, en especial con un chico. Y ese comentario que dices que dijo de las “chicas lindas”, no me gusta para nada.
—¿Por qué no? —preguntó Lucía con sincera confusión—. ¿Acaso no soy una “chica linda”?
—No, obvio, no lo digo por eso. Tú eres preciosa, y cada día más. Solo que me suena a una payasada que diría el Coloso.
Lucía inclinó su cabeza hacia un lado, intrigada por la afirmación. Parecía querer decir o preguntar más, pero en ese momento Raquel regresó con su plato.
—Aquí tienes, mi amor —indicó Raquel, al tiempo que colocaba el plato delante de su hija menor.
La presencia de su madre daba por terminada la conversación de las dos hermanas sobre el chico misterioso y amores a primera vista. Aunque Lucía igual se había quedado con su última pregunta en la punta de la lengua. Así que mientras tomaba los cubiertos, la hizo sin más.
—¿A ti no te agrada el Coloso? —pronunció de pronto antes de meterse el primer bocado en la boca.
—¿Perdón? —susurró Raquel, confundida por el tema tan repentino para ella.
—Nada, mami —intervino Rosario, sonriendo despreocupada para intentar quitarle importancia—. Por supuesto que me agrada, la mayoría del tiempo. Pero eso no significa que no me dé cuenta de muchas de sus… actitudes, que no me gustan tanto.
—Pues él dice que tú le agradas mucho —añadió la menor de las Guerrero—. Y que se va a casar contigo algún día.
Rosario y Raquel alzaron su mirada al mismo tiempo hacia ella, con asombro en sus miradas.
—¿Cuándo te dijo eso? —le cuestionó Rosario, a lo que Lucía respondió encogiéndose de hombros—. Pues no es cierto —declaró Rosario con firmeza—. Él siempre dice cosas como esas, pero ya le he dicho muchas veces que no lo haga.
—Manuel igualmente me agrada —comentó su madre mientras sujetaba su aromática con ambas manos cerca de su rostro. El calor que se sentía a través de la porcelana de la taza a veces le resultaba agradable cuando comenzaba a sentir un poco de molestia en sus articulaciones—. Me parece un muchacho educado, responsable… y no está casado.
—Ni lo estará —indicó Rosario con molestia—. Al menos no con una sola mujer. Es un tumba locas de manual, la clase de hombre que tendría esposa, novia y amante al mismo tiempo, y no vería nada incorrecto en ello.
—Un típico mariachi, entonces —musitó Raquel en voz baja, no disimulando ni un poco la amargura que acompañaba a su comentario.
Rosario se sintió ligeramente incómoda por sus palabras, pero intentó no hacerle mucho caso. Si había una profesión de la que su madre tenía muy mala imagen, era justamente la de mariachi; excepto de ella, claro, aunque las mujeres mariachis eran otro tema. Todos sabían bien por qué, pero resultaba un poco injusto que por una sola persona etiquetara del mismo modo a todos. Aunque en el caso del Coloso, no estaba tan lejos de la realidad.
—Si algo tiene Manuel a su favor, es que al menos no oculta lo que es —señaló Rosario de pronto—. Es honesto con cómo es y cómo piensa. La mujer que logre al fin conquistarlo, si eso ocurre, tendrá que lidiar con un gran equipaje. A menos que algo pase que lo haga cambiar su actitud.
Y eso era todo lo que a Rosario le apetecía hablar del Coloso de momento. Terminó rápidamente lo que quedaba en su plano, bebió el último sorbo de su jugo y se puso de pie.
—Tengo que irme ya al bar.
—¿Tan temprano? —preguntó Lucía con la boca a medio llenar.
—Sí, es que hoy hay ensayo —le explicó, y al instante le dio un beso en su frente y luego otro a su madre en la mejilla—. Vuelvo a la hora de siempre, a menos que salga alguna serenata. Crucen los dedos para que ocurra, porque nos urge esa plata.
Sin más, se dirigió presurosa al perchero de la entrada, en donde tomó su bolso, y se dirigió sin espera a la puerta.
— — — —
Emiliano abrió los ojos despacio, encontrándose primero que nada con aquel techo blanco y liso de la suite del hotel. Al principio se sintió desorientado, pues definitivamente aquel no era el techo de su habitación de casa, pero no tardó mucho en recordarlo todo; para su pesar, no había sido un mal sueño.
El cateo, los chalecos negros ingresando a la fuerza a su empresa, las esposas cerradas en torno a sus muñecas, la sala de interrogatorios, aquel comandante, Miguel y sus advertencias, el aeropuerto, el vuelo… y ahora Bogotá.
Estaba en Bogotá, una ciudad que nunca había visitado, cuando debería estar en Ciudad de México, en casa de sus padres, celebrando el matrimonio de su hermana.
«Cristina», pensó con pesar en cuanto su hermana se le vino a la mente, como el primer pensamiento totalmente claro luego de ese despertar. «Dios, debes estar odiándome como nunca».
Se incorporó sobre la cama con lentitud. Sentía el cuello tenso y los ojos aún pesados. Se quedó sentado en el borde del colchón con los codos en las rodillas, mirando el piso de mármol.
La suite dorada de aquel hotel era silenciosa, amplia, ordenada, limpia… y demasiado costosa. Si estuviera ahí por un viaje de negocios que lo tendría varios días hospedado, definitivamente sería el tipo de habitación que habría elegido. Pero no era el caso. Aun así, tuvo que tomarla, pues era la única habitación disponible para él de momento.
Su vuelo había llegado de madrugada y le tocaba esperar más de doce horas antes de la salida del segundo a São Paulo. Sintiéndose tan cansado, física y mentalmente, tras el horrible día que había tenido, decidió que no le apetecía pasar esas horas en el aeropuerto. Así que optó por ir al mejor hotel que le pudieron recomendar, tomar una habitación e intentar descansar un poco.
Paradójicamente, había pasado gran parte de ese tiempo durmiendo. Durmió en cuanto entró a la habitación, se despertó solo para pedir comida a la habitación y volvió a dormir. No recordaba nunca haberse sentido tan agotado.
Se levantó al fin, caminó hacia la ventana e hizo las cortinas a un lado para asomarse hacia el exterior. La ciudad se extendía debajo de él, amplia y densa. Una ciudad construida en las alturas, con apilamiento de edificios y casas que subían por los cerros, dando la sensación de no haber sido diseñada con un plan aparente, pero que aún mantenía cierta lógica en su distribución.
—No es tan diferente a la Ciudad de México —murmuró para sí—. Aunque hace mucho más frío.
El sol estaba todavía presente, pero ya comenzaba a aproximarse peligrosamente al horizonte, pintando el panorama de un naranja rojizo que en otro momento y lugar quizás habría encontrado hermoso. Revisó su reloj y constató que aún tenía al menos tres horas antes de la salida de su vuelo.
Se pasó una mano por el rostro, en el cual ya habían comenzado a asomarse los primeros indicios de una barba. Con todo lo ocurrido, ni afeitarse había podido. Entre lo poco que había alcanzado a meter en su maleta, ni siquiera había considerado un pijama. Traía la misma camisa de ayer, ya bastante arrugada, y su corbata y saco reposaban sobre una silla.
Pensó de pronto en Miguel, y en el hecho de que no le había avisado que no iría directo a Brasil, sino que haría aquella pequeña escala. Él le había dicho que no lo llamara hasta estar seguro en casa de Daniel (otro que de seguro también debería estarse preguntando en dónde estaba). Pero la ansiedad de no saber nada le carcomía la cabeza.
¿Qué habría pasado desde que lo dejaron ir? ¿Ya habría algo en los medios? ¿Qué había pasado exactamente con la boda de Cristina? ¿Ya sabrían sus padres de lo ocurrido? ¿Miguel habría logrado hablar con ellos y explicárselos?
Esa última pregunta era la que más le atormentaba. Saber qué habían dicho sus padres y cómo estaban lidiando con eso lo tenía inquieto. Le dolía horrible no poder estar ahí con ellos dándoles la cara.
No resistió más y decidió hablarle a su amigo. Usaría como excusa el contarle de su escala, pero el verdadero fin sería que le comunicara la situación en México. Primero pensó en hacerlo desde su celular, luego desde el teléfono del hotel, pero descartó ambas ideas.
«¿Y si están intervenidos? ¿Y si pueden rastrear las llamadas?»
Quizás estaba siendo un poco paranoico, o quizás no. Pero era mejor no arriesgarse y optar por un teléfono público. Debía de haber alguno cerca.
Se dio una ducha rápida, se vistió con lo más casual que traía y bajó a la recepción. Al cruzarse con él, los empleados lo saludaban con la amabilidad esperada con la que saludarían a quien pagaba sin problema la habitación más cara del lugar por estar solo un par de horas en ella.
—Buenas tardes, Sr. Sánchez Gallardo.
—Que pase buena noche, Sr. Sánchez Gallardo.
—¿Le podemos colaborar con algo, Sr. Sánchez Gallardo?
Escuchar que todo el mundo ahí sabía y pronunciaba su nombre le produjo preocupación. Antes de lo sucedido se encontraba bastante acostumbrado a ese tipo de tratos, pero ahora resultaba más que peligroso. En cuanto se fuera, dejaría una pila de testigos que podrían confirmar sin duda que estuvo ahí. De momento no podía dimensionar qué tan malo sería eso, pero estaba seguro de que no sería bueno.
Pidió en la recepción que le cambiaran unos cuantos dólares a pesos colombianos, pues dudaba que el teléfono público los aceptara. Igualmente, si le tocaba tomar taxi, quizás comer algo afuera o cualquier otra cosa.
Al salir a la calle, lo recibió el aire frío del atardecer, aún más punzante que el que había sentido al llegar. Las calles eran amplias y muy transitadas, con comercios y edificios pintados con aquella hermosa luz anaranjada.
Caminó varias cuadras buscando un teléfono público, sin mucho resultado. La realidad era que ni siquiera estaba seguro de si aún existían, pues no había necesitado usar uno desde… En realidad, no recordaba cuándo había usado uno, pero alguna vez tuvo que ser, de eso estaba seguro.
Conforme avanzaba, más concentrado en buscar el teléfono que en otra cosa, no fue del todo consciente de que el barrio a su alrededor fue cambiando gradualmente. Las calles más amplias se volvieron más estrechas, los comercios coloridos se hicieron menos y la iluminación de las farolas igualmente se fue reduciendo.
Para cuando se percató del cambio, la noche había caído de forma sorpresiva y rápida. Miró su reloj; apenas las seis de la tarde.
«Las montañas, supongo», concluyó sin estar del todo seguro si aquello tenía su lógica o no.
Se giró en busca del camino por el que había venido, y se encontró con otro escenario desconocido. No era posible que se hubiera perdido… ¿O sí?
Soltó una maldición silenciosa hacia el mundo, la vida y sí mismo.
Comenzó a caminar en el rumbo que más le parecía el correcto para volver al hotel. No lo era.
Tras girar en una esquina, se encontró andando sobre una calle angosta con poca iluminación. En apariencia, parecía solitaria, salvo por él. Sin embargo, no lo estaba del todo.
—Oiga —pronunció una voz delante de él.
Desde las sombras de un callejón entre dos locales cerrados, surgió la silueta de una persona. Joven, pantalones anchos, cabello y barba desliñados, y un gorro en la cabeza.
Emiliano se detuvo. Por el rabillo del ojo notó además que no era el único. Dos más, de apariencia similar, salieron de puntos diferentes detrás de él y avanzaron hasta colocarse a sus espaldas. En un segundo, de una forma estratégica y deliberada, lo acababan de rodear.
No era necesario preguntar nada para saber que no tenían buenas intenciones.
—Oigan, no quiero problemas —se explicó Emiliano, alzando sus manos.
—Si ahí no hay ningún problema, papá —le respondió el que estaba frente a él con una sonrisa torcida—. Denos su billetera, y todo fresco.
Emiliano lo observó con incredulidad, como si temiera no haber escuchado bien. ¿Era en serio? ¿Tantos años sobreviviendo en Ciudad de México y justo su primer día ahí le pasaba eso? ¿Qué clase de tumba pisó para ganarse tan mala suerte?
—¿No me escuchó? —exclamó de nuevo el mismo chico, ya sonando bastante impaciente—. ¿O necesita que le demos una calentadita para que lo piense?
Emiliano intentó mantener la calma y analizar rápidamente el escenario, intentando encontrar una buena ruta de escape. Los tres parecieron notar su intención, pues de inmediato avanzaron hacia él para cerrarle el camino. Emiliano reaccionó y salió corriendo con rapidez hacia un costado, pero no pudo avanzar mucho.
El primer golpe le llegó de lleno a un costado de la cara, y lo empujó con violencia contra una pared de ladrillos; su hombro derecho recibió gran parte del impacto. Los tres se le lanzaron encima, y Emiliano, por mero instinto, comenzó a lanzar puñetazos al aire, llegando a alcanzar a uno de ellos con tanta fuerza que lo tumbó al suelo. Pero por ese, los otros le dieron tres más: en el estómago, en el costado y otro más en la cara.
El mundo comenzó a girar sin dirección para él, sin saber dónde era arriba y dónde abajo. Solo sintió cómo aquellos tres ladronzuelos lo zarandeaban, le quitaban su chaqueta y su billetera. Cuando intentaron quitarle su reloj, de nuevo reaccionó, volviendo a golpear a uno de ellos, y de nuevo pagándola caro. Un golpe más en el costado lo hizo doblarse, y otro que ni siquiera vio venir lo golpeó de lleno en la mandíbula.
Emiliano cayó de rodillas al suelo, y un instante después uno de los ladrones lo pateó con fuerza en la cara, derribándolo hacia atrás. Sintió cómo su cabeza chocaba contra el asfalto, y por un segundo destellos de luz bailaron en sus ojos. Ni siquiera en el suelo tuvo el lujo de descansar, pues sintió otra patada más, ahora directo en el estómago, que le sacó todo el aire.
Se quedó tirado con la mejilla contra el cemento frío y una respiración larga y dolorosa que luchaba por jalar aire a los pulmones.
Aun sin verlos, pudo sentir sus intenciones de seguirlo pateando y golpeando, desquitándose por los golpes que había llegado a darles. Quizás de haberles entregado sus cosas por las buenas se habrían ido con ellas sin más. Pero como los había desafiado, tenían que darle su merecido. Y así lo hubieran hecho de seguro, si no fuera porque en ese preciso momento alguien intervino.
—¡Oigan! ¡Déjenlo en paz! —gritó en alto una voz desde el otro lado de la calle. Una voz potente que resonó por todo aquel callejón—. ¡Ratas! ¡Ya llamé a la policía! ¡¿Me oyeron?!
Por unos segundos todo fue silencio. Emiliano seguía con la cara contra el suelo, pero logró ver cómo los pies de sus tres atacantes retrocedían dos pasos, y luego se quedaban quietos, vacilantes.
—¡Vámonos de aquí! —espetó uno de ellos, y al instante los tres salieron corriendo por la calle, alejándose entre las sombras.
Emiliano sintió alivio, pero solo por un momento, pues el dolor de los golpes se encargó de recordarle que seguía presente. Se giró para quedar sobre su espalda, y sus ojos se fijaron en el cielo nublado sobre él, y en la farola parpadeante a un costado de la calle. Tosió con fuerza, aún sin aliento, e intentó en vano incorporarse.
Unos pasos se apresuraron hacia él.
—¿Está bien? —le preguntó una voz; la misma que había gritado para ahuyentar a los maleantes. Era una voz de mujer, con un acento colombiano marcando cada palabra.
Emiliano apenas fue consciente de cuando aquella persona se arrodilló a su lado. Lo primero que percibió fue su aroma, dulce, reconfortante, como una caricia suave.
—¿Puede escucharme? —volvió a preguntarle, su voz desbordándose de angustia.
Emiliano giró lentamente la cabeza. Tenía la visión distorsionada por el aturdimiento del golpe en la cabeza, pero poco a poco se fue aclarando. Lo primero que logró reconocer fue su rostro, delgado y de facciones delicadas, enmarcado por un largo cabello negro que la poca luz de la calle hacía brillar, y que caía como cascada sobre sus hombros. Sus ojos eran oscuros y grandes, con una expresión de preocupación genuina que era imposible fingir.
Emiliano, prófugo de la justicia, tendido en el suelo de una calle de Bogotá luego de ser asaltado, comenzando a sentir el penetrante frío ahora que había perdido su chaqueta. Y aun así, en ese instante, el único pensamiento que inundaba su mente, lo único que lograba razonar muy por encima del dolor y la humillación… Era que esa chica ante él era la mujer más deslumbrantemente hermosa que había visto en su vida…
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 07: Con el atardecer me iré de aquí
Capítulo 07:
Con el atardecer me iré de aquí
—Miguel, qué bueno que estás aquí, güey —exclamó Emiliano con genuino alivio, al tiempo que se levantaba de su silla—. No entiendo nada de lo que está pasando. Es una locura…
—Tranquilo, Emiliano —pronunció Miguel con asombrosa calma, alzando una mano hacia él—. Arreglaremos esto en un minuto. Tú solo ya no digas nada, ¿de acuerdo?
Emiliano se limitó a solo asentir como respuesta.
El abogado se aproximó a la mesa y colocó su maletín sobre esta. Se paró a un costado del comandante, aún sentado, interponiendo simbólicamente su cuerpo entre él y Emiliano de forma casi protectora.
—Soy el Lic. Miguel Corona, representante legal del Sr. Sánchez Gallardo y de la empresa Autos Premier —se presentó con voz seria y firme—. Usted debe ser el Cmte. Salas, ¿cierto? No habrá estado interrogando a mi cliente sin su abogado presente, ¿o sí?
—Solo estábamos conversando —explicó el comandante con absoluta calma—. Y le indiqué a su cliente desde el inicio que podía guardar silencio hasta que usted llegara, como él bien podrá constatar.
—Bueno, eso ya no importa, pues la conversación se terminó —señaló Miguel, tajante—. Y en este momento solicito la liberación inmediata de mi cliente.
Aquella repentina petición tomó por sorpresa tanto al Cmte. Salas, como al propio Emiliano.
—¿Bajo qué bases, abogado? —preguntó el policía, escéptico.
Una sonrisa confiada y burlona se dibujó en los labios del Lic. Corona. Abrió en ese momento su maletín y sacó de este una serie de documentos.
—Estuve revisando la orden de cateo y los informes de los agentes que la realizaron —comentó con soltura—, y encontré un par de irregularidades que hacen injustificada la aprehensión preventiva del Sr. Sánchez Gallardo.
—¿Irregularidades? —masculló Salas, incrédulo.
—La orden de cateo aplicaba explícitamente para las propiedades de Autos Premier, sus inmuebles, archivos, computadoras y vehículos. Sin embargo, como puede ver en estos papeles de propiedad, firmados esta misma tarde, el vehículo en cuestión en donde supuestamente encontraron esos dólares…
—¿Supuestamente? —inquirió el comandante, pero Miguel ignoró su comentario y siguió con su explicación.
—Ya no era propiedad de la empresa, sino que había sido entregado al Dr. Felipe Romero.
Miguel colocó en la mesa justo frente al comandante el mismo contrato que hace apenas unas horas Felipe y Emiliano habían firmado en su oficina. Este último lo reconoció de inmediato.
—Por consiguiente —continuó Miguel—, ese cateo se realizó al vehículo de un tercero, no a una propiedad de Autos Premier, por lo que no entraba dentro de lo que cubría la orden.
—Oye, pero, ¿qué estás diciendo? —intervino Emiliano en ese momento, un tanto destanteado. Si entendía bien, estaba casi afirmando directamente que esos dólares eran de Felipe.
Miguel se giró hacia él y, con un ademán de su mano y la expresión de su rostro, le indicó que guardara silencio. Emiliano lo hizo, pero no se sintió cómodo con ello.
Salas, de nuevo con sus anteojos puestos, revisó de forma rápida el contrato.
—Puede que se hayan firmado los papeles —musitó tras un rato—. Pero el coche no había sido entregado, como usted dice. Seguía en posesión de la empresa, dentro de sus instalaciones.
—Ahora que menciona las instalaciones —comentó Miguel justo después, de nuevo con esa sonrisa de suficiencia tan propia de él. Sacó entonces de su maletín otro contrato, muy diferente al primero—. El vehículo se encontraba aún en los andenes de carga y descarga en la parte trasera del inmueble. Como puede verificar en este contrato, dicha área se encuentra subcontratada con la empresa de logística que se encarga de la transportación de los coches.
Aquella afirmación tomó visiblemente desprevenido al comandante, y de inmediato tomó el documento que el licenciado le extendía para revisarlo también.
—Así que —prosiguió Miguel—, la afirmación de que el vehículo estaba en las “instalaciones de la empresa” está abierta al debate, a lo menos.
—Abogado, estos son solo meros tecnicismos —argumentó Salas con firmeza—. Usted y yo sabemos que cualquier juez los desechará a los cinco minutos en cuanto se los presente.
—Puede ser —admitió Miguel, encogiéndose de hombros—. Pero hasta que eso pase, y en vista de que su orden era de cateo hacia Autos Premier, y no de aprehensión contra el Sr. Sánchez Gallardo, el retenerlo aquí por más tiempo carece de bases, y es ilegal. Así que solicito de nuevo su pronta liberación, o cada minuto que mi cliente siga dentro de esta delegación será un millón más que sumaremos a la demanda civil que pensamos presentar una vez que todo este asunto se aclare.
Emiliano tuvo ganas de gritarle un “bien hecho” a su abogado, pero se contuvo, aunque la expresión de su rostro no fue tan discreta. Sin embargo, si se detenía a pensar con más cuidado el asunto y sus argumentos, no tardaría en caer en cuenta de que Miguel no estaba alegando que los dólares no fueran suyos, o que todo eso era un error, como él había estado diciendo todo ese tiempo. Solo que no lo podían tener detenido por esos “tecnicismos” con la orden de cateo.
Nada de eso probaba su inocencia…
Pero a Emiliano no le quedaba más que confiar en él, y en que a corto plazo eso era lo mejor que podía hacer para sacarlo de ahí. Ya afuera, de seguro habría más que pudiera hacer.
Por su parte, el Cmte. Salas permaneció en silencio un buen rato, posiblemente analizando todo lo que el licenciado le había dicho e intentando decidir qué argumento podría usar en su contra. Tal parecía que de momento no se le venía ninguno a la mente.
En su lugar, Salas centró su atención de nuevo en Emiliano.
—¿Está seguro de que desea irse, Sr. Sánchez Gallardo? —le cuestionó, sonando incluso amable al preguntarlo.
—No hable con mi cliente, está hablando conmigo —intervino Miguel, interponiéndose de nuevo entre ambos, pero Salas lo ignoró.
—Recuerde lo que le dije hace un momento. Cooperar con nosotros es lo que más le ayudará a la larga.
—Emiliano, no tienes que responderle nada a este hombre —explicó Miguel, girándose hacia él.
Emiliano dudó unos momentos, turnando su mirada entre el comandante y Miguel, dudoso de qué hacer o qué decir. Se talló su rostro con una mano, miró al techo y entonces respondió.
—Gracias, comandante. Pero seguiré el consejo de mi abogado.
Salas soltó un largo suspiro y dejó ambos contratos sobre la mesa.
—Bien, ni hablar —musitó Salas, encogiéndose de hombros—. Pueden irse, entonces. Por ahora.
Dada aquella indicación, se puso de pie y se dirigió con paso calmado hacia la puerta.
—Espere —lo llamó Emiliano rápidamente. Salas se detuvo y se giró a mirarlo—. ¿Qué hay de Felipe?
Miguel miró a Emiliano un segundo con marcada desaprobación, pero luego se giró de nuevo hacia el comandante.
—¿Cuál es la situación del Dr. Felipe Romero?
—¿Es también su abogado, Lic. Corona?
—De momento soy más un amigo preocupado.
—En ese caso, como sabrá, no tengo obligación de darle información sobre la situación de otro detenido.
—Oiga, un momento… —dijo Emiliano, con la clara intención de insistir. Salas lo detuvo con un ademán de su mano.
—Pero como acto de buena voluntad, le diré que la situación de su amigo no es muy favorable. Pues, como el Lic. Corona bien indicó, el coche era de su propiedad, como esos papeles lo prueban —indicó señalando hacia el contrato aún en la mesa—. Y pudieran también usarse como prueba de que los dólares iban de hecho destinados a él. Quizás incluso fuera justo el Dr. Romero el contacto de la banda de la que hablamos, a los que sus cómplices dentro de Autos Premier debían entregar el dinero.
—¿Cómplices? —espetó Emiliano, como si la palabra lo ofendiera fuertemente de modo personal—. Felipe menos que nadie tiene algo que ver en esto, ¡él ni siquiera trabaja…!
—Emiliano, Emiliano —le interrumpió Miguel en ese momento, colocándose delante de él para que lo viera directo a los ojos—. Luego veré qué puedo hacer por Felipe, te lo prometo. Mientras tanto, necesitamos salir de aquí ahora.
Emiliano estaba más que deseoso de decir más, mucho más. La sola idea de que ese policía estuviera siquiera pensando en acusar a Felipe de ser miembro de una banda de criminales internacionales lo ponía furioso. Pero se forzó a respirar y tranquilizarse lo mejor posible. Quizás ni siquiera era esa su intención real y solo quería provocarlo para obligarlo a cooperar con él, o confesar él mismo algo que no hizo. Así era la policía de ese país.
Cuando fue evidente que Emiliano ya se había calmado, Miguel se apresuró a guardar de nuevo los papeles en su maletín para que se fueran de inmediato.
—Abogado —dijo Salas una vez se encaminaron a la puerta y pasaron a su lado—. ¿Qué hay de Martín del Valle y Steve Anderson? ¿Sabe algo de ellos?
Aquella pregunta captó la atención de Emiliano. ¿Martín y Steve? ¿A ellos no los arrestaron? Miró a Miguel, esperando escuchar lo que respondería.
—A más tardar mañana estarán aquí mismo para dar su declaración —le aseguró el abogado sin menor vacilación—. Tiene mi palabra.
—Muy bien, me complace escuchar eso —comentó el comandante, asintiendo.
Sin más, Miguel y Emiliano continuaron caminando hacia el pasillo.
—Con su permiso, comandante —se despidió Miguel, y Emiliano fue andando a su lado muy cerca de él.
Ambos avanzaron por un largo pasillo, hasta llegar a un área de varios escritorios, con policías yendo y viniendo de uno a otro. Miguel andaba con paso presuroso, mirando fijamente al frente sin desviar la mirada ni siquiera un poco. A sus espaldas, Emiliano lo seguía con visible ansiedad.
—¿Dónde están Martín y Steve? ¿No los detuvieron?
—Hablemos en cuanto salgamos de aquí —le respondió Miguel en voz baja.
—¿Cómo? ¿Por qué…?
—Emiliano, hazme caso —insistió el abogado, hablando casi entre dientes—. Camina a la salida y no mires atrás.
Aquello extrañó bastante a Emiliano. Hace un momento Miguel se había mostrado muy seguro en esa sala, pero ahora lograba notarlo algo nervioso, aunque se veía también que se esforzaba por ocultarlo.
—¿Qué está pasando, Miguel? —le cuestionó con algo de exigencia en la voz.
Su amigo suspiró, y se permitió detenerse solo un instante, girarse y encararlo. Cuando volvió a hablar, lo hizo en un tono muy, muy bajo, como si temiera que cualquiera de los uniformados a su alrededor lo escuchara.
—Lo único que hice ahí dentro es ganarnos tiempo, pero muy poco. Tenemos que movernos, pero ya.
—¿Movernos a dónde? —preguntó Emiliano, confundido.
—En el carro te explico, muévete.
No le dio más espacio para preguntar, pues al instante reanudó su caminata presurosa a la salida. Emiliano no tuvo más remedio que seguirlo y guardar silencio.
— — — —
Salieron en el vehículo de Miguel a toda prisa y se adentraron en las calles de la ciudad en dirección a la casa de Emiliano. El abogado parecía bastante apurado por poner distancia entre ellos y la jefatura, y Emiliano notó cómo constantemente veía por el espejo retrovisor, como esperando ver alguna patrulla siguiéndolos. No dijo nada, hasta que al parecer consideró que ya estaban lo suficientemente lejos.
—Escúchame muy bien, Emiliano —comenzó a decirle con una voz que se esforzaba quizás de más en estar calmada—. Lo que Salas dijo es verdad, logré sacarte de ahí por meros tecnicismos. Y en cuanto ellos presenten la solicitud a un juez, este los desechará y expedirá una orden de aprehensión preventiva en tu contra.
—¿Orden de aprehensión? —exclamó Emiliano, azorado.
—Como dije, solo nos compré tiempo, pero será poco. Así que debemos actuar primero que ellos.
—¿Actuar cómo? ¿De qué me estás hablando, Miguel?
—Que te jodieron, Emiliano —soltó Miguel de golpe sin ninguna moderación—. Eso es de lo que te estoy hablando. Desde que me enteré de lo ocurrido, he estado llamando a todos mis contactos y revisando todas las pruebas que pude sobre cómo y por qué se llevó a cabo este cateo. Y lamento decirte que son bastante contundentes.
—¿Contundentes? —cuestionó Emiliano, incrédulo. Miguel asintió como respuesta.
—Lo único que necesitan es probar que no fue la primera vez que se metieron dólares al país por medio de tus importaciones, y que tú estuviste directamente involucrado con cada una de ellas. Y cuando lo hagan, su intención es meterte derechito a la cárcel como chivo expiatorio de todo este desastre. Con todo el circo mediático que puedan de por medio, por supuesto. Te van a pasear por todo el país esposado para que todo el mundo lo vea, con la intención de arruinar tu imagen y la de tu familia.
Emiliano palideció, y sintió que casi se caía del asiento del pasajero hacia un pozo sin fondo. No podía creer que lo que Miguel decía fuera cierto. Se había sentido tan seguro una vez él lo sacó de esa sala con tanta facilidad, pero ahora le revelaba que en realidad no había servido de nada. Bien podría seguir metido y esposado en aquel sitio.
—Pero, ¿por qué? —logró preguntar al fin tras unos segundos—. No lo entiendo, Miguel. ¿Entonces es verdad? ¿Alguien ha estado lavando dólares a través de mi compañía? ¿Para todos esos criminales que mencionó ese comandante?
—Eso no lo sé con seguridad, Emiliano —respondió Miguel, negando con la cabeza—. Solo sé que alguien se está esforzando demasiado para que parezca que así fue, y que tú eres el único culpable.
—Esto no puede estar pasando —musitó Emiliano con pesar, tallándose los ojos como intentando calmar un dolor que aún no se hacía presente, pero amenazaba con hacerlo—. ¿Quién? ¿Quién está detrás de esto?
Hizo una pausa reflexiva en el momento en el que las palabras de Salas volvieron a su memoria.
—Ese comandante dijo que al menos uno de nosotros tres… Martín, Steve o yo…
—No hagas caso de lo que te dijo —le cortó Miguel de golpe, antes de que pudiera terminar su línea de pensamiento—. Solo quería confundirte, asustarte y obligarte a confesar un crimen que no cometiste. Esa es siempre su estrategia. Ni Martín ni Steve tienen tampoco nada que ver.
—¡¿Entonces quién, Miguel?! —espetó Emiliano, desesperado—. ¡¿Quién me puso esta trampa?!
—Ni idea, Emiliano. Y lamentablemente no es mi trabajo averiguarlo. Mi trabajo es garantizar tu libertad y seguridad, y sobre todo protegerte a ti y a tu familia. Como tu abogado, yo puedo, y debo, ayudarte. Pero para lograrlo necesito que hagas exactamente lo que te diga. ¿Estamos?
Emiliano dudó un momento antes de responder. No directamente porque dudara de su amigo o por lo que decía, sino que en esos momentos se sentía tan confundido que dudaba de absolutamente todo.
—¿Qué sugieres? ¿Qué debo hacer?
—Lo primero que debes hacer, esta misma noche, es salir del país.
—¿Salir del país? —exclamó Emiliano con confusión—. ¿Estás loco?
—No, escúchame. Si te quedas, Salas y los demás ineptos del Cuerpo Federal te van a aprehender, sí o sí. Quizás incluso mañana mismo. Y una vez dentro, no podré sacarte por ningún medio legal. Te tendrán ahí semanas, quizás meses, mientras en los medios se encargarán de crucificarte y de ensuciar tu imagen y la de tu familia. Van a aprovechar ese tiempo para reunir o fabricar todas las pruebas en tu contra. En otras palabras, estarás condenado incluso antes de que siquiera llegue la fecha de tu audiencia. Créeme, yo tengo mucha experiencia en esto. Sé cómo actúan y cómo piensan. Si los dejas que te metan a prisión, de ahí no vas a salir.
Lo que le decía tenía sentido, al menos el suficiente sentido que el caos en la cabeza de Emiliano lograba procesar. Aun así, una gran parte de él no estaba del todo convencido.
—Pero, ¿irme? —musitó con vacilación—. Eso es como si estuviera escapando, Miguel. Pareceré más culpable todavía.
—Sí —admitió Miguel—, habrá habladurías y chismes; eso será inevitable. Pero los habrá de todas formas aunque te quedes. Y al menos de esta otra forma no estarás metido en un reclusorio, estarás a salvo, y puedo negociar para que hagamos una entrega ordenada y con los términos a nuestro favor.
De nuevo, sonaba convincente. Miguel tenía ese don, hacer que cualquier idea tuviera sentido por la forma en la que la explicaba. Quizás ese era el secreto de por qué era tan buen abogado. Aun así, Emiliano seguía sin estar convencido, y Miguel lo notaba.
—No hay tiempo para dudar, Emiliano —insistió—. Esta no es solo la mejor opción para ti en estos momentos, es la única.
—¿Y Martín? ¿Y Steve? ¡¿Y Felipe?! —cuestionó Emiliano con exasperación.
—Martín y Steve están a salvo; por suerte la policía no los agarró durante el cateo.
Aquello sorprendió a Emiliano. ¿Cómo habían logrado salvarse de eso? Recordó que no los había visto a partir del momento en el que la policía entró. ¿Acaso ya sabían con anticipación que ocurriría…?
No, eso era absurdo. De seguro solo fue un golpe de suerte.
—De momento los tengo escondiditos, y los estoy preparando —prosiguió Miguel con su explicación—. Su situación es diferente a la tuya. Con ellos podré demostrar muy fácil que no tuvieron nada que ver. Quizás los detengan unas semanas; eso será inevitable. Pero saldrán libres, de eso me encargo yo.
—¿Y Felipe?
Miguel resopló e hizo una leve pausa antes de animarse a responder.
—Felipe la tiene más difícil, por los papeles que firmó y…
—Esos papeles yo se los hice firmar, Miguel —apuntó Emiliano—. De todos, es el que menos tiene que ver con esto.
—Te prometo hacer lo posible para intentar ayudarlo, ¿está bien? Pero el que te quedes no hará la diferencia para él.
Emiliano se quedaba sin argumentos para dar. Su cabeza era un revoltijo de confusión y dudas, que no le permitían pensar con claridad.
—¿Y a dónde se supone que iría? —preguntó casi en automático.
—A Brasil, con Daniel Rivera —respondió Miguel.
—¿Con Daniel?
—Me habías comentado que te invitó a ir a visitarlo y pasar una temporada allá con él, ¿recuerdas?
—Sí, pero nunca acordamos una fecha. Quedamos en platicarlo de nuevo después de la boda de Cristina.
—Pues eso es perfecto, ya que podemos alegar que era un viaje ya planeado.
—¿Y en serio alguien se lo va a creer?
—No importa lo que crean, sino lo que puedan probar. Yo ya hablé con Daniel justo antes de entrar a la sala en la que estabas, y estuvo de acuerdo en recibirte. Él tiene además varios contactos diplomáticos, y podrá darte asilo en lo que negociamos tu entrega. Ya solo falta que tomes el primer avión hacia allá cuanto antes. Investigué y hay uno que sale en una hora, más o menos. Si nos apuramos, podemos pasar a tu casa por tu pasaporte, tu equipaje, y quizás aún lo alcances.
Miguel lo tenía ya todo planeado, al parecer. Ya hasta había hablado con Daniel por él para que lo recibiera. Aquello debería haberle provocado alivio a Emiliano, pero por algún motivo no lo hizo.
—No lo sé, Miguel —insistió Emiliano, dubitativo—. No sé… Yo… quizás debería consultar esto con mi papá y escuchar su opinión.
—Emiliano, créeme, mientras menos involucres a tu familia directamente en esto, será mejor.
—No me puedo solo desaparecer así, sin decirles nada. Cristina se casa mañana, ¿lo olvidaste?
—Esa boda va a tener que posponerse, no hay de otra —sentenció Miguel, tajante—. Yo hablaré con ellos y les explicaré toda la situación. Confía en mí. Ni tu familia ni tus amigos dudaríamos de ti.
Emiliano desvió la mirada hacia la ventanilla a su lado. Ya se encontraban bastante cerca de su casa; llegarían en cuestión de minutos. Al parecer, no quedaba tiempo para pensar o planear otra idea. La única salida ante él era la que su amigo le ofrecía.
—Tú eres mi abogado, Miguel —comentó Emiliano en voz baja—. ¿En verdad crees que esa es la mejor opción?
—No hay otra, Emiliano —recalcó Miguel—. Es la única que tienes.
Y así, sin más, al parecer la decisión estaba tomada.
— — — —
Pasaron a la casa de Emiliano de manera exprés, solo para lo que Miguel había dicho: un equipaje mediano con lo que logró echar de manera apresurada y sus documentos. Miguel temía que en cualquier momento al Cuerpo Federal se le ocurriera boletinarlo para que no pudiera dejar el país, y por eso era vital que tomara el vuelo que estaba por salir.
Luego de aquella parada rápida, se dirigieron directo hacia el aeropuerto, evitando lo mejor posible el tráfico. La ventaja es que para esos momentos ya era de noche; la desventaja era que vivían en la Ciudad de México, y en especial cerca del aeropuerto siempre se encontraban con algo de embotellamiento. Aun así, parecía que lo lograrían a tiempo.
Mientras aguardaban en el auto en la fila para llegar a la puerta de descenso, Miguel le dio a Emiliano unas últimas indicaciones.
—Contáctame de regreso solo hasta que ya estés seguro en casa de Daniel, ¿de acuerdo? En ese momento te actualizaré de la situación y te diré los siguientes pasos a seguir. Mientras tanto, por favor, no te pongas a leer periódicos, ni correos, ni a contestar llamadas ni mensajes que no sean de mí. Ya tienes demasiadas cosas en la cabeza, y solo te confundirás y asustarás más.
—Lo intentaré, lo prometo —respondió Emiliano, un tanto nervioso—. Miguel, gracias por todo, en serio.
—Es mi trabajo. Y además, somos amigos.
El automóvil de Miguel llegó ante la puerta correcta, y se estacionaron en el área de descenso con las intermitentes prendidas. Emiliano se dispuso a bajarse, pero antes de hacerlo se giró hacia su amigo y le compartió unas últimas palabras.
—Por favor, no te olvides de hablar con mi familia y de explicarles todo. Diles que no me fui porque quise, ni porque sea culpable.
—Yo les explicaré todo, no te preocupes —le respondió Miguel, asintiendo.
—Y cuida de Martín, de Steve y en especial de Felipe. No te olvides de Felipe.
—No lo haré, descuida.
Emiliano se inclinó hacia él, y ambos se dieron un rápido abrazo, lo mejor que el reducido espacio del vehículo se los permitió.
—En unos días todo esto se arreglará, vas a ver —le susurró Miguel mientras se abrazaban. Emiliano en serio deseaba creerle.
Ya en el interior del aeropuerto, Emiliano se dirigió directo al módulo de la aerolínea que le había indicado Miguel. No podía evitar sentirse nervioso con cada policía que se cruzaba, sintiéndose paranoico de que lo estuvieran observando. Sin embargo, de momento parecía que nadie reparaba en él.
El módulo de la aerolínea era atendido por una señorita de cabello rojizo y saco azul. En cuanto lo vio de pie delante de ella, desvió su mirada de lo que estaba revisando en la computadora y la centró en él. Sin duda, el atuendo elegante de Emiliano, en contraste con lo ansioso que se comportaba y quizás lo desarreglado que se veía luego de haber estado quién sabía cuánto tiempo en esa sala, llamó su atención.
—Buenas noches, señorita —musitó Emiliano, esbozando la más genuina de las sonrisas que le fue posible, dada la situación.
—Buenas noches, señor —le respondió la muchacha, y evidentemente hizo lo mismo con su respectiva sonrisa.
—Un boleto para el vuelo que está por salir a São Paulo, por favor.
—Lo sentimos, ese vuelo ya va lleno —le informó de inmediato la señorita, sin necesidad siquiera de comprobar el dato en su computadora.
—¿Lleno? —exclamó Emiliano, incrédulo.
—Sí, además ya está casi finalizando su abordaje justo en este momento.
Emiliano revisó de manera presurosa su reloj de muñeca. Al parecer, se habían tardado más de lo esperado en llegar hasta ahí.
—¿Cuándo sale el siguiente?
La muchacha se giró hacia su computadora, y tras solo un par de clics, ya le tenía el dato que solicitaba.
—De nuestra parte ya no salen más hasta mañana en la noche. Y de las otras aerolíneas, el más próximo sale a las ocho de la mañana.
Hasta las ocho… eso no le servía. Miguel había sido muy categórico en que, si se iba a ir del país, tenía que ser de inmediato, antes de que la policía lo boletinara y lo arrestara nada más pisara la sala de abordaje. Pero si no había vuelos hasta dentro de más de diez horas, ¿qué podía hacer?
Se detuvo un momento para respirar, intentar calmarse y pensar. Lo importante era irse, pero también llegar a São Paulo con Daniel. Si no podía volar directo para Brasil esa noche, entonces…
—¿Y hay alguno con escala en algún otro país cercano? —preguntó de pronto en cuanto la idea se terminó de formar en su cabeza.
—¿Alguno con conexión a São Paulo? —preguntó la señorita para reafirmar que entendía bien la pregunta.
—Sí, y que salga esta misma noche, lo antes posible.
La muchacha se giró hacia su computadora y revisó rápidamente las salidas más próximas. Por un momento, Emiliano genuinamente sintió que no existía tal opción o una similar. Sin embargo, tras unos segundos, al fin la mujer volvió a hablar.
—La mejor opción que tiene es abordar el vuelo que sale en unos treinta minutos hacia Bogotá.
Emiliano se quedó callado unos segundos, procesando en su cabeza aquel nombre que le acababa de soltar.
—¿Bogotá, Colombia? —preguntó por mero reflejo, aunque la respuesta era obvia.
—Aún hay lugares disponibles en ese —le informó la encargada—. Y de Bogotá sale un vuelo mañana mismo a las ocho de la noche a São Paulo. Pero tendría que pasar casi todo el día en Bogotá. ¿Está seguro de que no prefiere esperar el de las ocho de la mañana?
Emiliano miró hacia un lado, y se tomó unos momentos para analizar ese posible escenario.
Colombia… nunca había estado ahí. De Sudamérica había ido a Brasil, a Argentina, en una ocasión a Chile, pero nunca a Colombia. ¿Conocía a alguien que viviera allá? ¿Alguien de la facultad, del doctorado o algún socio comercial? No se le venía ninguno a la mente en ese momento.
Pero al final daba igual el país, ¿no? Solo era quedarse unas horas ahí y luego seguir su viaje hacia Brasil. Lo importante era salir de México de inmediato, como Miguel le había indicado.
—No, el de Bogotá está bien —respondió tras un rato, reflejando una confianza por fuera que no sentía en lo absoluto por dentro—. Tocará conocer Colombia, aunque sea unas horas, ¿verdad?
Su comentario iba acompañado de un tono de broma que la muchacha al parecer no compartió del todo, pero igual le sonrió por mero compromiso. Al final, sin embargo, no tuvo problema en imprimirle su boleto a São Paulo, con conexión en Bogotá.
Y con dicho boleto en mano, se dirigió hacia la sala de abordaje, dejando su país, su familia y amigos detrás de él. Pero Miguel le había prometido que solo sería unos días, así que no tenía por qué preocuparse.
No tuvo ningún problema al abordar, gracias a Dios. Y unos cuantos minutos después, se encontraba ya sentado en su asiento, en su vuelo de cinco horas con dirección a Bogotá, una ciudad que nunca había tenido planeada visitar. Pero bueno, solo estaría ahí por unas horas, menos de un día… O eso era lo que él pensaba.
La realidad era que al subir a ese avión, estaba por cumplir una cita con el destino que ni siquiera sabía que tenía. Y, además, no volvería a México en un largo, largo tiempo…
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 06: Como un hombre de delito
Capítulo 06:
Como un hombre de delito
El evento inició oficialmente, al fin. Pese a los retrasos, los invitados seguían reunidos y expectantes en la sala de exhibiciones en el momento en el que la música bajó de nivel y las luces del techo se enfocaron en la pequeña tarima. Poco a poco, se fueron congregando frente a esta.
Emiliano subió a la tarima con micrófono en mano, y al instante fue recibido por una serie de aplausos. El empresario agradeció el gesto con una de sus amplias y características sonrisas y un movimiento de su cabeza. Desde su posición, escudriñó al público ante él. Por ahí divisó a Martín y Steve al fondo de la sala, y a Felipe entre la multitud que al parecer se había tomado en serio su sugerencia de que se tomara una copa.
Toda la preparación, negociaciones y viajes de meses al fin daban frutos ante él. Esa noche marcaba una nueva etapa para su empresa y para sí mismo. Ahora nada podría pararlos en su avance a la cima.
Una vez que los aplausos terminaron, Emiliano acercó el micrófono a sus labios y comenzó a hablar.
—Muy buenas tardes —los saludó con elocuencia. Su voz llenó la sala por completo, y jaló la atención de cualquiera que no lo hubiera estado mirando ya—. Gracias a todos nuestros distinguidos invitados por estar aquí. Este es un momento muy importante para todos nosotros. Hace tres años, Autos Premier abrió con una idea muy simple en mente: demostrar que en este país existen personas que entienden que un automóvil no es solo un medio de transporte, sino una parte de uno mismo; un reflejo de personalidad, de gusto, una declaración de lo que se es y lo que se aspira ser. Y merece ser tratado como tal.
»Por eso es un gran honor para mí presentarles el día de hoy nuestra nueva línea europea. Quince modelos de cinco de las marcas más exclusivas del mundo, que llegaron desde el otro lado del océano, para encontrar a esas personas que saben que lo extraordinario es posible, y no se hace esperar.
Hizo en ese momento la señal con la mano, que les indicó a sus trabajadores en la sala que comenzaran a retirar las lonas. Una a una fueron cayendo, revelando los majestuosos coches que debajo ocultaban. Brillantes, elegantes y, por supuesto, costosos con tan solo mirarlos.
Los aplausos volvieron a resonar de nuevo, junto con los flashazos de las cámaras fotográficas.
—Gracias por confiar en nosotros —prosiguió Emiliano desde la tarima—. Y gracias, sobre todo, por compartir nuestra visión. Por favor, siéntanse libres de recorrer la sala y ver cada modelo de cerca. Si tienen cualquier pregunta, yo o alguno de nuestros asesores estaremos encantados de resolverla. Disfruten la velada.
Otra ronda de aplausos se hizo presente mientras Emiliano bajaba del escenario. A su avance, muchos de los invitados se aproximaron a él para felicitarlo, estrechar su mano e intercambiar algunas palabras rápidas.
Una vez estuvo más libre, se aproximó hacia Martín y Steve.
—Muy bien, Emiliano. Muy bien —le felicitó Steve con efusividad, alzando su copa hacia él.
—Gracias —respondió con una media sonrisa—. ¿Ya aparecieron las llaves de Felipe?
—En eso estoy, en eso estoy. Tú, tranquilo.
—Igual no te claves tanto con eso —intervino Martín—. Ahorita hay clientes que atender, tratos que cerrar, entregas de preventa que agendar…
—Está bien, está bien —cedió Emiliano—. Ayúdenme entonces a atender también a los invitados, ¿sí? Es bueno que vean la cara de los tres socios presentes. Pero al final de la velada quiero esas llaves, ¿estamos?
—Cuenta con ello —le respondió Steve, intentando transmitir una confianza que, por algún motivo, a Emiliano no le pareció del todo sincera.
— — — —
El evento siguió con normalidad y con bastante optimismo. Emiliano y el resto de su personal se encargaron de atender las preguntas de cada uno de los invitados interesados. Emiliano en persona cerró dos tratos de palabra ahí mismo, y agendó otras dos pruebas de manejo para los siguientes días. Y por lo que alcanzaba a escuchar de las conversaciones que Martín, Steve y los asesores tenían por su cuenta, todo parecía indicar que alcanzarían sin problema sus predicciones.
Todo marchaba tal y como Emiliano esperaba.
Hasta aproximadamente una hora después del inicio del evento, cuando todo se cayó a pedazos de golpe.
Emiliano estaba atendiendo a un posible inversionista de Guadalajara muy interesado en uno de sus modelos Aston Martin exclusivos, cuando las puertas principales del concesionario se abrieron de par en par con una fuerza que hizo vibrar los cristales. Emiliano se giró de inmediato hacia la entrada, junto con varios otros que tuvieron la misma exacta reacción, y lo que vio entrar por las puertas lo dejó totalmente aturdido.
Eran varias personas, tantas que Emiliano no pudo contarlas en un inicio. Todos vistiendo chalecos negros con letras blancas, varios de ellos con rifles en mano alzados y armas cortas enfundadas, pero visibles, en sus cinturas, junto con radios y esposas.
Antes de que cualquiera pudiera terminar de procesar lo que ocurría, uno de los intrusos proclamó en alto su presencia e identidad para dejar ambas lo suficientemente claras:
—¡Policía Federal! ¡Nadie se mueva!
Los oficiales comenzaron a desplegarse por toda la sala, rodeando con eficacia tanto a invitados como a empleados en cuestión de segundos, y bloqueando cualquier salida evidente. Alguien en algún punto del salón, quizás un mesero, dejó caer algo al piso y el sonido de cristal rompiéndose cubrió el aire. No obstante, justo después, el silencio cayó como balde de agua fría sobre ellos, y la confusión y el miedo se apoderaron de todos los asistentes.
—¿Qué demonios…? —murmuró Emiliano, siendo quizás el único capaz de emitir cualquier palabra en esos momentos—. ¿Qué significa esto? ¡Exijo una explicación!
La única respuesta que recibió a su exigencia fue el cañón de una de las armas que apuntó directo hacia su pecho, obligándolo a retroceder y, quizás, considerar bajarle un par de niveles a su tono, aunque no por eso a su enojo.
La multitud de invitados se comprimió hacia el centro del salón instintivamente, empujados por la sola presencia de los agentes sin necesidad de que los tocaran.
Emiliano, exasperado y molesto, estaba por volver a exigir cualquier tipo de explicación ante tal intromisión tan irrespetuosa en su empresa, en su evento, cuando entonces una parte del grupo que los rodeaba se hizo a un lado para abrir el paso.
Un grupo de tres policías, también con los mismos chalecos y gorras que los otros, pero con atuendos más de calle debajo de estos, avanzó con paso firme y seguro hacia ellos. Eran dos mujeres y un hombre, pero quien encabezaba aquella pequeña comitiva era sin duda una de las mujeres. De estatura media, complexión robusta, cabello oscuro corto y ondulado que se asomaba debajo de su gorra. De rostro de facciones gentiles, pero mirada intensa y seria, que inspeccionó todo el recinto en un segundo. Llevaba una mano apoyada contra el arma que portaba enfundada a su costado, sin intención evidente de sacarla, pero con la clara advertencia de que podía hacerlo de inmediato si lo necesitaba.
—Soy la Cap. Guadalupe Morales, del Cuerpo Federal de Investigación —anunció en voz alta y clara cuando estuvo a pocos metros de Emiliano—. Tenemos una orden de cateo sobre estas instalaciones —añadió, sacando un documento del bolsillo interior del chaleco y lo alzó en alto para que todos pudieran verlo—. ¿Quién es el representante legal de esta empresa? ¿Se encuentra aquí?
—Soy yo —declaró Emiliano rápidamente, abriéndose paso entre la multitud hacia ella—. Emiliano Sánchez Gallardo —pronunció en alto, recalcando cada sílaba de su nombre para que aquella mujer lo entendiera bien—. ¿Cómo que una orden de cateo? ¿De qué me está hablando?
La oficial fijó sus ojos en él, fríos como el hielo. Sin decir nada, le extendió el papel en su mano para que él mismo pudiera echarle un ojo. Emiliano prácticamente se lo arrebató de las manos y le echó un ojo de forma rápida; aunque con su mente hecha una madeja de nervios y confusión, apenas pudo comprender las palabras.
—¿Sobre qué base? —insistió—. ¿Qué se supone que están buscando?
—Todo está en la orden, Sr. Sánchez Gallardo —le respondió la capitana con indiferencia sin mirarlo—. En todo caso, lo sabrá en cuanto lo encontremos. ¡Andando! —les ordenó a sus hombres, que de inmediato comenzaron a moverse.
—¡Esto es absurdo! —exclamó Emiliano con notorio enojo. Notó a Felipe que se acercaba hacia su lado para hablarle, pero de momento tuvo que ignorarlo. Caminó presuroso detrás de aquella capitana—. No tiene ni idea de con quién se están metiendo. No hay justificación alguna para tal despliegue de irrespeto frente a mis clientes e invitados. ¿Sabe acaso quién soy? ¿Quién es mi familia?
—La orden es válida, y aplica a todo el inmueble, computadoras, archivos y vehículos dentro de él —fue la respuesta sencilla y directa de la Cap. Morales.
—Llamaré a mi abogado en este instante.
—Hágalo —le concedió ella sin oposición—. Pero el que no esté no nos impide proceder.
Sin más, los agentes comenzaron a distribuirse por todo el concesionario como hormigas, buscando solo ellos sabían qué. Emiliano no tardó en notar que se dirigían con un interés específico en los vehículos en la sala de exhibición. Pero, ¿por qué?
¿De qué demonios se trataba todo eso? Eso no podía ser real, tenía que ser un mal sueño, o una muy mala broma de alguien.
Emiliano no perdió el tiempo, y de inmediato sacó su teléfono para marcarle a Miguel Corona, su abogado, y también el de la empresa. Él tenía que estar ahí de inmediato y arreglar todo eso. Sin embargo, en los dos intentos que hizo de marcarle, le saltó rápidamente que no estaba disponible, lo que implicaba que tenía el bendito celular apagado, o estaba hablando con alguien más justo en ese preciso momento.
Cuando el tercer intento dio el mismo resultado, se resignó y pasó a dejarle un mensaje de voz.
—Miguel, habla Emiliano. Está ocurriendo un maldito problemón en el concesionario en este preciso instante. El Cuerpo Federal irrumpió a medio evento, nos tienen a todos encañonados, dicen que tienen no sé qué orden, que buscan no sé qué… No tengo idea de qué pasa, pero te necesito aquí, AHORA. Así que no sé en dónde estés, o quién estés, pero vente para acá de inmediato.
Su mensaje definitivamente sonaba más desesperado y exigente de lo que a Emiliano le hubiera gustado, pero la situación lo ameritaba.
Varios de los asistentes a su alrededor inevitablemente se aproximaron a él solicitando, y algunos exigiendo, una explicación. Emiliano usó lo mejor que pudo de su elocuencia para calmarlos, pero le resultaba complicado. Buscó con insistencia con la mirada a Steve y a Martín para solicitarles que le ayudaran a calmar las cosas. Sin embargo, no encontró a ninguna cerca.
«¿En dónde se metieron esos dos?», pensó con molestia. Era extraño, pues la policía los había inmovilizado a todos en cuanto llegaron. ¿Acaso no estaban en la sala cuando entraron? Si no, ¿dónde…?
—Emiliano —pronunció la voz de Felipe a su lado, sonando notablemente angustiado. Emiliano se giró rápidamente hacia él, y la expresión de su rostro por supuesto acompañó al sentimiento de su voz—. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué es todo esto?
—Ni idea —respondió Emiliano con amargura—. Debe ser algún tipo de malentendido, o alguna jugada sucia de alguien para arruinar mi evento. Y si es así, te prometo que descubriré quién está detrás de esto, y haré que todos los involucrados me la paguen.
Mientras daba aquella declaración, notó a la Cap. Morales que se aproximaba de regreso hacia ellos, acompañada de dos oficiales.
—Empezando por esa mujer —recalcó Emiliano, señalándola mientras se aproximaba, y sin preocuparse de que lo escuchara—. Haré que me entreguen su placa en bandeja, te lo juro.
La capitana llegó ante él, con su rostro sereno y en apariencia indiferente ante la fragante amenaza que acababa de lanzarle.
—Si en verdad se quiere ayudar a sí mismo, Sr. Sánchez Gallardo…
—¿Si en verdad me quiero ayudar? —le cortó Emiliano—. ¿Qué tonterías está diciendo?
La capitana ignoró su comentario y siguió con lo que deseaba decir.
—Díganos si este vehículo se encuentra o no presente en las instalaciones —le explicó, extendiéndole un documento.
Emiliano bufó con molestia y tomó los papeles de mala gana. Les echó un vistazo rápido. Era un formulario en donde venían en efecto los datos de un vehículo: matrícula del país, número de serie, color, modelo…
El rostro de Emiliano se ensombreció con confusión en cuanto logró emparejar en su cabeza aquellos datos con un vehículo en concreto. Y, casi de forma inconsciente, su primera acción fue girarse justo hacia Felipe, aún de pie a su lado.
—¿El Ferrari? —preguntó en voz baja, desconcertado, y contagiándole el sentimiento a su amigo.
—¿Qué cosa? —inquirió Felipe, confundido—. ¿Mi Ferrari? ¿Qué pasa con él?
—¿Usted es el dueño? —cuestionó la capitana con ligera sorpresa, enfocando su atención por primera vez en él.
—Sí, firmé los papeles hace como una hora…
—Qué desafortunado —soltó de pronto la policía, echando solo más leña al fuego de su confusión.
—A ver, ¿qué pasa con este coche? ¿Qué quieren con él? —exigió saber Emiliano, agitando los papeles frente a él.
—Eso lo veremos. ¿Está o no está en las instalaciones? —insistió la Cap. Morales, impaciente.
—Sí, está atrás, en el área de carga y descarga.
—Llévenos —pronunció la oficial con dureza, siendo a todas luces una orden—. Y usted también venga con nosotros, señor —añadió señalando a Felipe.
—¿Yo? ¿Yo por qué…? —cuestionó él casi asustado, pero no obtuvo respuesta.
Dos oficiales comenzaron a llevarlos casi a rastras hacia la parte trasera, aunque Emiliano logró soltarse a la fuerza y espetar que podía ir por su cuenta.
Emiliano, Felipe, la Cap. Morales y al menos otros cinco policías se dirigieron juntos hacia la parte trasera, donde aún se encontraban algunos de los coches descargados esa tarde, incluido, por supuesto, el Ferrari F430 de Felipe.
Los oficiales se fueron coche por coche, comparándolos con los papeles que llevaban consigo, hasta que llegaron al correcto. La capitana lo rodeó con paso cauteloso, examinándolo con diligencia.
—Muy bonito —mencionó con genuina admiración.
—Gracias —respondió Felipe con sequedad, cruzado de brazos.
—¿Y las llaves de la cajuela?
—No las tengo —le contestó Emiliano con tosquedad—. Y no sé en dónde estén. Uno de mis socios debe tenerlas, pero no estoy seguro.
La capitana asintió, indicando que comprendía, mas sus ojos dejaban entender que el que lo comprendiera no hacía que la respuesta le satisficiera. Miró fijamente la cajuela en silencio, y entonces soltó en alto una orden.
—Martínez, fuérzala.
—¡¿Qué cosa?! —exclamó Felipe, atónito.
—Un momento —intervino Emiliano rápidamente, alzando una mano hacia ellos—. ¿Cómo que "fuérzala"? Ese coche vale más de lo que cualquiera de ustedes ganaría en los próximos diez años. Si lo dañan, aunque sea un poco…
—Tenemos una orden que aplica a cualquier vehículo en el inmueble —le recordó la oficial—. Luego de ejecutado el cateo, puede presentar una queja sobre algún daño injustificado, si hubiera alguno. Mientras tanto, fuércenla —le ordenó una vez a sus hombres.
Un oficial se acercó a la parte trasera del vehículo con una herramienta con la cual realizó un golpe seco y preciso contra la cerradura, que la hizo botarse. Siguieron después con una barra con la que aplicaron una gran fuerza, e hicieron que el seguro de la cajuela se rompiera, y esta se abriera de par en par.
Felipe estaba pálido al contemplar lo que acababan de hacer. Emiliano estaba rojo de la furia, y se frotaba su rostro con incredulidad.
Una vez abierta, todos se asomaron al interior de la cajuela.
Completamente vacía, por supuesto. El tapizado negro se veía inmaculado, como se esperaría de un auto recién salido de la fábrica hace solo unas semanas.
—¿Ve? —dijo Emiliano, señalando con ambas manos—. No sé qué esperaba encontrar, pero es obvio que no hay nada. ¿Ya está contenta?
La capitana no respondió. Dio un paso al frente, se inclinó sobre la cajuela y la examinó con detenimiento ayudada de una pequeña linterna de bolsillo. Pasó sus dedos por los bordes y las esquinas del tapizado… y entonces algo llamó su atención.
Sin decir nada, sostuvo la linterna entre sus dientes y luego sacó una navaja de su chaleco. Su hoja metálica brilló peligrosa con las luces del techo.
—¡¿Qué piensa hacer con eso?! —gritó Felipe, escandalizado, dando por reflejo un paso hacia delante. Uno de los agentes, sin embargo, se interpuso de inmediato para evitar que avanzara más.
—Quédese donde está, señor —le ordenó el policía con brusquedad.
—Será mejor que olvide lo que sea que esté pensando hacer —exclamó Emiliano, ahora sí definitivamente sonando como una brutal advertencia.
Guadalupe no le hizo caso. Con un movimiento fuerte y rápido de su mano, encajó la navaja por completo en el tapizado de la cajuela, y comenzó a rasgarlo ante los ojos horrorizados de Felipe y Emiliano.
—¡Se acabó! —espetó Emiliano, furioso—. No saben el problemón en el que se ha metido. Voy a demandar a todo el Cuerpo Federal por este absurdo atropello. Y el valor completo de este coche va a ser apenas una mínima parte de lo que tendrán que desembolsar. Y den por acabadas las carreras de todos los presentes a partir de hoy. ¿Me oyen?
—Fuerte y claro —le respondió la capitana con absoluta calma, pero más concentrada en seguir rasgando el tapiz y retirar de un fuerte tirón la primera capa.
Y entonces, justo debajo, ahí apareció algo que no debería estar ahí.
Un compartimento falso, perfectamente integrado en el diseño del fondo. Y dentro de él había lo que parecían ser paquetes, decenas de ellos, todos perfectamente envueltos en plástico negro, y apilados para aprovechar al máximo el reducido espacio.
Emiliano los vio desde su posición, confuso.
—¿Y eso qué es…? —preguntó en voz baja.
Guadalupe tomó uno de los paquetes y lo rasgó con la misma navaja para revelar su contenido: dólares, montones de billetes de dólares, todos de nominaciones altas.
Emiliano palideció, y sintió como el suelo bajo sus pies se abría y caía hacia la nada. Volteó de reojo hacia el comportamiento y vio los demás paquetes. Eran muchos, y si todos contenían lo mismo…
«Santo Dios», pensó con asombro. Debían ser… millones de dólares. ¿Escondidos en la cajuela del coche que él personalmente había importado para Felipe?
—¿Podría explicarnos qué es esto, Sr. Sánchez Gallardo? —le cuestionó Guadalupe, alzando el paquete abierto para que él pudiera verlo más directamente, aunque no lo necesitaba.
—No —fue la primera respuesta refleja de Emiliano. Miró hacia Felipe, como esperando que él tuviera algo que decir, pero él estaba más confundido y asustado que él—. No tengo idea de qué es eso —recalcó Emiliano—. Esto es un error, ese auto acaba de llegar hace una hora. Alguien… alguien debió haberlo metido ahí…
—Eso es obvio —señaló la capitana Morales, sonriendo casi divertida por el comentario—. La verdadera pregunta es para quién iba dirigido, ¿no le parece? Pero eso lo aclararemos en la delegación. Espósenlos, a ambos.
Los oficiales se apresuraron a cumplir su orden, sometiendo a los dos amigos por detrás e inmovilizándolos con esposas que se cerraron con fuerza contra sus muñecas.
—¡Emiliano! —exclamó Felipe, casi como una súplica.
—¡Escúcheme! —gritó Emiliano mientras forcejaba—. Esto es una locura, yo no tengo nada que ver con eso. ¡No sé qué hacen esos dólares ahí ni de dónde vienen!
—Lo aclararemos en la delegación —insistió la capitana, y les hizo a sus hombres el ademán con la cabeza de que se los llevaran.
Dos oficiales, uno para cada uno, tomaron a Felipe y a Emiliano y se los llevaron a rastras de regreso a la sala de exhibiciones. Los pasearon esposados frente a todo el resto de invitados y empleados, que los siguieron atónitos con la mirada. El sonido de las exclamaciones de sorpresa y los flashes de las cámaras no tardaron en hacerse presentes.
Mientras tanto, Emiliano sentía todo aquello tan confuso e irreal, como si estuviera flotando en algún mal sueño. Aquello no podía estar pasando en verdad.
Miró con desesperación a su alrededor, de nuevo en busca de Martín, Steve, incluso de su padre, o de cualquiera que pudiera echarle una mano. No había nadie; solo rostros difusos que lo contemplaban como a un grotesco espectáculo.
Unos segundos después, lo sacaron por las puertas principales y lo metieron a empujones a una patrulla. El mundo entero a sus espaldas se hizo pedazos.
— — — —
Una hora después, o al menos él pensaba que ese tiempo había pasado, Emiliano se encontraba metido en una oscura y claustrofóbica habitación de interrogatorios, en donde solo había una mesa, dos sillas y las lámparas de luz blanca sobre su cabeza. Y lo tuvieron ahí esperando sin que nadie se dignara a pararse a siquiera ver cómo estaba, por más que en más de una ocasión gritara por la puerta esperando que alguien apareciera. Le habían quitado su teléfono, su billetera y hasta su corbata, cinturón y las agujetas de sus zapatos, como si temieran que intentara hacer algo con ellas.
Estaban poniendo a prueba su paciencia, al parecer, y el problema era que su paciencia se había acabado desde el instante en que esos policías aparecieron.
Al no tener otra cosa que hacer, Emiliano pasó todo ese rato caminando de un lado a otro de la habitación, como león enjaulado, intentando en su cabeza darle cualquier tipo de sentido a lo que estaba ocurriendo. Lamentablemente, no llegó a ninguna conclusión satisfactoria. Le faltaba información, y nadie quería dársela.
¿Su padre ya sabría de lo ocurrido? Era probable que alguno de sus muchos contactos lo hubiera notificado, y tal vez ya estuviera moviendo cielo y tierra para sacarlo de ahí.
¿Y Miguel? ¿Estaría ya en camino? Habían dicho que lo llamarían cuando exigió hablar con su abogado, pero eso había sido ya hace una hora (o el tiempo que llevaba ahí dentro). ¿Dónde se había metido? ¿Por qué no había contestado sus llamadas? En el momento de su vida en que más necesitaba a su abogado a su lado, este decidía desaparecer.
¿Y Martín y Steve? ¿Los habrían encerrado también? Esperaba que no, pues en serio necesitaba que alguien allá afuera se encargara de darle un orden a las cosas y conseguir más información sobre lo que estaba ocurriendo. Pero no podía olvidarse de que se habían desaparecido de su vista en cuanto el cateo comenzó, lo cual no dejaba de inquietarlo.
Algo muy extraño estaba pasando, y no lograba hallarle ni pies ni cabeza, por más vueltas que le daba.
Al fin, la puerta de la sala se abrió. Desde un rincón, Emiliano se giró por completo hacia ella, y vio entrar a un hombre, con un traje corriente color gris, camisa blanca y corbata amarilla que no combinaba con el resto de su atuendo. Era alto, de hombros anchos, rostro de rasgos fuertes y mirada intensa, aunque sus arrugas y escaso cabello dejaban claro que en él ya habían pasado bastantes años. Bajo su brazo derecho cargaba una carpeta color café.
—Buenas noches, Sr. Sánchez Gallardo —pronunció el recién llegado con voz seria, al tiempo que cerraba la puerta detrás de sí—. ¿Lo han tratado bien?
—Excelente, ¿no ve? —ironizó Emiliano, extendiendo sus brazos a su alrededor—. ¿Y usted es…?
—Soy el Cmte. Leonardo Salas, del Cuerpo Federal de Investigación —se presentó aquel hombre, y colocó entonces la carpeta sobre la mesa y pasó a tomar asiento en una de las dos sillas.
—Comandante —repitió Emiliano en voz baja—. ¿Es usted el superior de la mujer que cateó mi empresa?
—La Cap. Morales. Sí, soy yo.
—Bien —exclamó Emiliano con falsa alegría—. Entonces podré añadirlo a la lista de carreras que sepultaré una vez que salga de aquí.
El Cmte. Salas sonrió ligeramente, como si el comentario le resultara más divertido que amenazante.
—Si tiene alguna inconformidad con cómo se ejecutó la orden de cateo, está en todo su derecho de presentar una queja formal. Pero es mi deber informarle que todo se realizó siguiendo los procedimientos correctos de ley. Lo que dio como resultado el hallazgo del que usted ya está enterado, si no me equivoco.
Emiliano bufó de forma desdeñosa. Pasó una mano por su rostro, y avanzó entonces hacia la mesa, aceptando la silenciosa invitación de aquel hombre para que se sentara. Tomó la otra silla, quedando frente a frente con el comandante.
—¿Y mi abogado? —cuestionó con aspereza.
—Tengo entendido que ya lo contactaron y debe estar en camino —le informó Salas—. Si desea guardar silencio hasta que llegue, está también en su derecho. Por mi parte, sin embargo, deseo transmitirle cierta información que le ayude a comprender la situación tan grave en la que se encuentra, Sr. Sánchez Gallardo.
Emiliano se quedó callado, pero tampoco le dio ninguna indicación de que se fuera o de que no hablara, por lo que Salas lo tomó como una invitación libre para que hablara si quería. La realidad era que estaba tan confundido y perdido con todo eso, que por supuesto quería que le dijera algo, cualquier cosa, que le diera más sentido a todo.
Salas se colocó unos anteojos que colgaban del bolsillo de su saco y abrió la carpeta que había traído consigo para echarle un vistazo a los papeles que contenía.
—Como ya sabe, se encontraron ocultos en la cajuela del Ferrari, que usted personalmente importó, varios paquetes con dinero. Dólares, euros y libras que en conjunto dieron un total de diez millones de dólares.
—¿Diez millones de dólares? —exclamó Emiliano, atónito.
—Sí. Bueno, diez millones doscientos cuarenta y un mil setecientos cincuenta, para ser exactos.
Emiliano perdió el aliento por un instante. Con lo que había alcanzado a ver de los paquetes, sí que le había parecido que debía ser bastante dinero, pero no creyó que tanto. Se obligó a recuperarse lo mejor posible para poder responder a aquel policía de la forma más firme y segura posible.
—Se lo dije a la otra oficial, y se lo digo a usted una vez más: no tengo ni idea de cómo llegó ese dinero ahí.
—Pues de eso no debe preocuparse, porque yo sí que tengo una idea —le respondió Salas con una inusitada seguridad—. Pero le recuerdo lo que le dije antes; no tiene que decir nada si no quiere, hasta que esté su abogado presente.
—Ya, al demonio con eso —le respondió Emiliano con exasperación—. ¿Qué es lo que sabe? ¿Qué está tratando de decirme?
—Muy bien, Sr. Sánchez Gallardo —respondió Salas con absoluta calma, apoyándose cómodamente contra el respaldo de su silla, pero sin apartar su mirada ni un segundo del detenido delante de él—. Desde hace ya algunos años, hemos estado trabajando en conjunto con la Interpol para rastrear las operaciones de una banda internacional que opera principalmente en el continente americano, y cuya función es servir de lavadero de dinero para diferentes grupos criminales en el mundo. Carteles de la droga, familias de la mafia, grupos terroristas, incluso grandes empresas con pocos escrúpulos… En pocas palabras, estas personas sirven de banco para el bajo mundo. Nuestras investigaciones hasta el momento han revelado que este grupo ha creado una red bastante extensa, sólida y, sobre todo, hermética. Tanto así que no habíamos podido dar concretamente con alguna de sus operaciones o con alguno de sus miembros… hasta ahora.
—¿Hasta ahora? —exclamó Emiliano, incrédulo—. ¿Me está acaso acusando de ser parte de esos criminales? ¡¿Eso es lo que me está diciendo?! —le cuestionó, alzando notablemente la voz.
El comandante siguió hablando, sin perder la calma en lo absoluto.
—Lo que yo sé, Sr. Sánchez Gallardo, es que un informante nos pasó el dato de que este dinero llegaría desde Europa, aquí a México, en un cargamento destinado a su empresa, en este vehículo en específico. —Sacó en ese momento un documento de su carpeta, que Emiliano ya había visto antes; era el mismo que la Cap. Morales le había mostrado en donde se listaban los datos del Ferrari de Felipe—. Y dicho y hecho, el dinero fue encontrado justo donde lo buscamos.
—Pues alguien lo puso ahí en Italia —señaló Emiliano—, en la fábrica, o durante su viaje en el mar, ¡no sé! Pero yo no tenía ni idea de que ese dinero venía ahí, y no tengo nada que ver con esas personas de las que me habla. Ya no sé cuántas veces tengo que repetirlo. Esto es ridículo.
—Seré claro con usted, Sr. Sánchez Gallardo —prosiguió Salas—. Estas personas no son aficionados, ni tampoco se arriesgan por nada. Si colocaron ese dinero en ese vehículo, dirigido a su empresa, es por una sencilla razón: sabían que alguien de este lado lo recibiría, y lo haría llegar a las personas correctas dentro de la organización para que se encargaran de hacer con él lo que sus clientes europeos les requirieron. Esto no fue algo improvisado. Y nuestros analistas están convencidos de que tampoco fue la primera vez.
—¿Qué no fue la primera vez? —musitó Emiliano, confundido—. ¿Qué está diciendo? ¿Que esta gente ha estado usando mi empresa, mis importaciones, para meter dinero ilícito al país bajo mis narices sin que yo me diera cuenta? ¡Eso es una estupidez!
—Sí, lo es —convino el comandante—. Es una estupidez suponer que esto fue hecho sin que nadie de su empresa se diera cuenta. Porque revisando cómo fue que introdujeron este dinero, en esta ocasión, solo podemos llegar a una conclusión.
Salas hizo una pausa e inclinó repentinamente su cuerpo hacia el frente. Su mirada dura e intensa se clavó en Emiliano. Le recordó dolorosamente una de las miradas más severas de su padre.
—Ya sea usted, Sr. Sánchez Gallardo, o alguno de sus socios… —Revisó rápidamente la carpeta en busca de los nombres—. Martín del Valle y Steve Anderson. Al menos uno de ustedes tenía que saber con anticipación que este dinero venía en ese auto. Quizás dos, o quizás incluso los tres; pero mínimo uno, eso es seguro. Y ya que todos estos papeles indican que usted pidió personalmente la importación del auto, lo adquirió a su nombre e hizo el traspaso de manera personal entre usted y el Sr. Felipe Romero, sin la empresa como intermediario… Lamento decirle que las pruebas, de momento, apuntan directamente hacia usted.
Y así Emiliano obtuvo la información que con tanta desesperación quería obtener, pero el resultado no fue satisfactorio. Sin ser abogado o experto en leyes, la situación resultaba más que clara: lo estaban acusando de ser parte de una red internacional de lavado de dinero para grupos criminales, y de haber usado su empresa con ese fin, prácticamente desde que abrió.
Lo estaban acusando de ser un hampón, un criminal, un mafioso, y quizás incluso un terrorista…
Eso no era una confusión o una broma; era un problema del tamaño del universo.
¿Cómo es que eso había ocurrido? Nada, absolutamente nada, tenía sentido.
—¡Pues sus pruebas son basura! —espetó Emiliano, notablemente molesto—, porque están terriblemente equivocados. Yo no tengo nada, ¡nada!, que ver con algo de esto.
—Entonces, alguno de sus socios…
—¡Que no! —le cortó antes de que dijera más—. Ninguno tiene nada que ver. Esto no es más que un error, una trampa, o… ¡No lo sé! Pero ni mis socios, ni yo, estamos involucrados con ninguna red de lavado de dinero, ni narcotraficantes, ni mucho menos terroristas. De eso estoy totalmente seguro. Están enfocando su investigación en la dirección que no es.
—Eso lo descubriremos más temprano que tarde, se lo aseguro —afirmó el comandante con total calma—. En estos momentos, nuestros agentes están comenzando a revisar cada documento, cada computadora, cada movimiento de dinero e importación que su empresa ha realizado en los tres años que lleva existiendo. Será un proceso riguroso y tardado, pero al final descubriremos cualquier otra actividad indebida que se haya cometido. Y todo eso no hará más que sumar más pruebas en su contra, Sr. Sánchez Gallardo. Así que, antes de que encontremos más de lo que ya tenemos, le aconsejo que comience a cooperar con nosotros. Que nos diga todo lo que sabe, y nos ayude a dar con los demás miembros de la banda, y ponerle fin a sus operaciones de una vez por todas. Eso le ayudará fuertemente en el futuro, en el caso de sucederse una condena.
—¿Una condena? ¿Acaso no me está escuchando? ¡Que yo no tengo nada que ver! ¡Soy inocente!
—Correcto. Más motivo para cooperar con nosotros, ¿no le parece?
Emiliano agachó la mirada y guardó silencio, intentando digerir lo mejor posible toda la horrible situación.
Era inocente, por supuesto que lo era. En todos sus años como empresario, nunca, jamás, había hecho algo indebido, mucho menos algo con la intención de hacerse más rico a expensas de la ley. De joven había hecho algunas locuras, sí, pero nada que lastimara a alguien más. Su padre así se lo había enseñado, y en el día a día lo demostraba.
No había forma en que él pudiera haberse metido en algo tan ruin y sucio como lo que esos policías decían. Pero si claramente no había sido él, entonces… ¿Quién? ¿Quién lo había metido, ya fuera a propósito o no, en toda esa tormenta?
La puerta volvió a abrirse de nuevo, y tanto Emiliano como Salas se viraron al mismo tiempo al ver al hombre de pie en el umbral de esta. Con su traje oscuro formal y corbata, cabello pulcramente peinado, rostro cuadrado y serio, y un maletín negro en su mano derecha. Sus ojos fríos escudriñaron la habitación rápidamente.
Emiliano suspiró con alivio, dejando salir de golpe toda la pesada tensión que se le había acumulado en el pecho. Nunca se había sentido más contento de verle la cara a su amigo como en ese instante.
—Ni una palabra más, Emiliano —indicó el Lic. Miguel Corona con dureza, y su voz retumbó en el eco de la pequeña habitación.
La Hija del Mariachi: Promesa de Amor - Capítulo 05: Y mi palabra es la Ley
Capítulo 05:
Y mi palabra es la Ley
El concesionario de Autos Premier lucía espectacular esa tarde. El evento de lanzamiento de ese día aún no daba inicio de manera oficial, pero varios de los invitados ya estaban ahí, disfrutando de la bebida y los bocadillos que habían traído para ellos, ansiosos por ver lo que estaban por ofrecerles.
No habían escatimado en nada.
Las luces blancas instaladas en el techo caían sobre la principal sala de exhibiciones, alumbrando principalmente los vehículos cubiertos con lonas negras, ocultos de momento de la vista de los curiosos hasta que la revelación llegase. Las copas de cristal tintineaban de mano en mano, mientras los meseros contratados, pulcramente uniformados, se deslizaban entre los grupos de invitados asegurándose de que nadie tuviera su copa vacía. En el centro de la sala habían instalado una tarima baja con el logo de la empresa, globos y un más que óptimo sistema de sonido. Y claro, un par de hermosas edecanes en vestidos ajustados, listas para atender y guiar a los recién llegados.
Había de todo esa tarde: empresarios, inversionistas y hasta un par de caras conocidas de la política. Todos recorrían el lugar con sonrisas y expresiones calculadas, mirando curiosos las lonas negras, queriendo echar un vistazo debajo, y ya comenzaban a comentar temas de cifras, ediciones limitadas, personalización y tiempos de entrega con los asesores.
Todo pintaba para ir de maravilla, incluso teniendo en cuenta el pequeño detalle del retraso que tenían con el último cargamento de Italia. Eso los tenía un poco nerviosos, pero ya estaba por llegar, según les habían informado. Apenas a tiempo, al estilo mexicano.
Emiliano Sánchez Gallardo contemplaba todo desde la parte superior del recinto, donde se encontraban las oficinas administrativas. Estaban estratégicamente separadas del bullicio del salón por una escalera de vidrio y acero que Emiliano había insistido al arquitecto para incluir en el diseño. La escalera daba a un pasillo y terraza de vidrio, desde la cual se veía todo el concesionario; como un rey viendo desde su balcón sus dominios, si estaba bien que él lo pensara, aunque nunca lo diría en voz alta a riesgo de sonar demasiado pretensioso.
Mientras observaba cómo se movía todo debajo, apoyado en el pasamano de metal del barandal de cristal, Emiliano recordaba cómo había comenzado todo aquello. Habían abierto apenas tres años atrás, en un local mucho más pequeño que ese, medio vacío, solo sus dos socios y él, cuatro autos y demasiada ambición. Claro, tenía la fortuna y el nombre de su familia como respaldo, así que no era tan egocéntrico para decir que había empezado desde cero él solo. Pero eso no significaba que no hubieran tenido que trabajar para llegar hasta donde estaban. Y ese evento era justo la culminación de todo ese esfuerzo.
Pero de ahí en adelante, todo sería para arriba y sin freno.
—Emiliano —escuchó que alguien le hablaba a un lado, sacándolo de sus ensoñaciones.
Se giró hacia un lado, y vio la inconfundible imagen de su padre, Roberto Sánchez Gallardo, subiendo por su lujosa escalera de vidrio a su encuentro. Vestía, como casi siempre, uno de sus elegantes trajes azul marino y corbata tornasol. Y claro, su cabello cano perfectamente peinado y arreglado.
—¡Papá! ¡Viniste! —exclamó Emiliano con emoción, y se aproximó rápidamente a su padre para estrecharlo en sus brazos con entusiasmo. Él le regresó el abrazo, aunque con menos efusividad.
—Solo un momento, me temo —se explicó don Roberto con su habitual voz calmada—. Mañana es el gran día de tu hermana, y aún hay algunas cosas que preparar.
—¿Para qué te haces? Si los dos sabemos que mi mamá se está encargando de todo desde que Cristina tenía quince —bromeó Emiliano, dándole un par de palmadas en el hombro a su padre.
Don Roberto le ofreció una pequeña sonrisa, casi melancólica.
—Cuando tengas una hija y te toque vivir el día previo a tener que entregarla en el altar, entenderás toda la vorágine de emociones por la que estoy pasando.
—Dios me libre de pasar por eso —exclamó Emiliano, casi asustado ante la sola posibilidad—. Pero mira, deja que te muestre cómo quedó todo.
Desde su posición elevada, Emiliano comenzó a señalarle a su padre los detalles del montaje, y le explicaba además los detalles del evento. Le enseñó además los folletos con toda la información de los vehículos que presentarían; todos unas verdaderas bellezas de lujo y modernidad. Don Roberto ponía suma atención a cada una de sus explicaciones, observándolo todo con esa expresión suya que, por un lado, parecía satisfecha, pero por el otro Emiliano siempre sentía que lo evaluaba de una u otra forma.
—La nueva línea llega directo de Europa —le explicaba Emiliano—. Quince modelos de lujo, de cinco de las marcas de mayor prestigio del mundo. Tres de ellos con exclusividad de venta por los próximos seis meses en todo el territorio nacional.
—¿Exclusividad de venta? —exclamó don Roberto, sorprendido—. ¿Cómo lo lograste?
—Con algo de negociación agresiva y un par de buenas botellas de tequila —indicó Emiliano con voz risueña. Era difícil determinar qué tanto de eso era broma—. Preventa ya cerrada del 70 % del primer lote, antes de que pisen siquiera las calles de la ciudad. Ya tenemos lista de espera para los siguientes meses. Míralos, son una belleza. Apúrate y puede que todavía te consiga uno de los que están por llegar.
—No, no lo creo —rio don Roberto, divertido—. Sabes que comparto tu gusto por los coches, pero a mi edad ya no estoy para estas excentricidades. Me quedo con mi confiable Jaguar.
—Sí, porque ese es mucho menos excéntrico, ¿verdad?
Siguieron conversando sobre el evento, sobre los nuevos autos y los planes para el futuro próximo. Don Roberto lo escuchaba con atención, mientras observaba la sala y a los invitados debajo de ellos. Tras un rato, para deleite de Emiliano, una sincera sonrisa de alegría se asomó al fin en los labios de su padre.
—Quién lo diría —murmuró don Roberto con singular júbilo en su voz—. Hace solo unos pocos años, no tenías ni idea de qué hacer con tu vida.
—Bueno, ¿tanto como “ni idea”? —intentó defenderse Emiliano.
—Te la vivías cambiando de planes cada semana, como de coches. ¿O me equivoco?
Emiliano sonrió de medio lado.
—Bueno, los coches sí se quedaron —indicó señalando con una mano hacia los vehículos cubiertos.
Don Roberto soltó una breve risa, genuina en su sencillez. Era un hombre por lo más serio, al que Emiliano no recordaba nunca haberlo visto soltarse a carcajadas ni una sola vez. Por eso ese pequeño gesto resultaba bastante significativo cuando ocurría.
—No te lo estoy reprochando —se explicó el empresario y diplomático—. Eras joven; aún lo eres. Si hay un momento en el que te puedes arriesgar a empezar de nuevo, es este, porque tienes todo el tiempo del mundo por delante. Tuviste tus tropiezos en el camino, pero lo enderezaste —dijo al tiempo que le colocaba una mano en el hombro—. Y lo hiciste bien —recalcó con énfasis en su voz—. Estoy orgulloso de ti, hijo.
Emiliano no respondió; no sabía cómo hacerlo. No había sido consciente de qué tanto deseaba escuchar esas palabras de labios de su padre, hasta el momento justo en que lo hizo. No solía necesitar la aprobación de nadie cuando se trataba de sus negocios, o de cualquier acción que realizara en general. Pero su padre, Roberto Sánchez Gallardo… bueno, no era “nadie”.
Lo más que le fue posible reaccionar fue con una sonrisa, que rozaba casi la incomodidad, y colocó además una mano sobre el hombro de su padre, apretándolo un poco. No hubo ninguna otra palabra, solo un silencio que Emiliano en verdad esperaba su padre pudiera interpretar de la forma correcta.
Como respondiendo a su llamado silencioso por ayuda, en ese momento justo ambos notaron la presencia de otra persona subiendo por las escaleras hacia el área en que se encontraban. Felipe, con una sonrisa animada y actitud relajada, se aproximó hacia ambos, ignorando totalmente, al parecer, el pequeño momento que estaba suscitándose.
—Buenas tardes, don Roberto —saludó el odontólogo, extendiendo una mano hacia el mayor de los Sánchez Gallardo—. Qué gusto verlo, de verdad.
—Felipe, muchacho —exclamó Roberto con entusiasmo, estrechando su mano con firmeza—. Te ves bien.
—Muchas gracias. Igualmente, señor.
—Emiliano me contó hace un momento que te convenció de adquirir una de sus estrafalarias exclusivas de venta. Siempre apoyando a este chico en sus locuras, ¿verdad?
—Alguien tiene que hacerlo —respondió Felipe entre risas, encogiéndose de hombros—. Y eso me recuerda…
Se giró en ese momento hacia Emiliano; sus ojos desbordaban emoción.
—¿Ya está aquí? —le preguntó frotándose las manos con ansiedad. Se le veía entusiasmado, pero también un poco nervioso.
—¿Sabes qué? Esa es una muy buena pregunta —señaló Emiliano con ligera sorna.
Se aproximó entonces al barandal y buscó rápidamente con la mirada a Steve entre la multitud de abajo. No tardó en encontrarlo en un extremo de la sala, hablando animadamente con un par de señoritas en ajustados y cortos vestidos de cóctel, mientras sostenía una copa de champaña en la mano.
—¡Hey! ¡Steve! —pronunció en alto, seguido de un chiflido con los dedos para llamar su atención. Su socio miró a su alrededor confundido, antes de alzar su mirada y vislumbrar a Emiliano en la parte alta—. ¿Dónde está mi lote? Ya tengo aquí un cliente molesto —añadió señalando con su pulgar a Felipe, que rio un poco incómodo por la mención.
—Ya me avisaron que están a quince minutos, máximo —le respondió Steve en alto, con su marcado acento estadounidense acompañando cada palabra que pronunciaba en español.
—Pues estate listo en el andén de carga para cuando llegue, papá. Y prepárame el Ferrari de Felipe para que lo vea en cuanto esté aquí.
Steve asintió rápidamente. Se empinó lo que quedaba de su copa, se disculpó con las dos señoritas con las que hablaba y se alejó presuroso; Emiliano esperaba que fuera a cumplir su instrucción.
Soltó un suspiro exasperado, pero se forzó a girarse hacia Felipe y su padre con su habitual sonrisa despreocupada.
—Hay un atraso con el embarque de los tres modelos que vienen de Italia —le explicó—. Deberían haber estado ayer aquí, ¿pueden creerlo? Pero ya casi llegan, gracias a Dios. Espera a ver tu nave, viejo —susurró con complicidad, dándole un golpecito en su brazo a Felipe—. Es una belleza. Por poco, por muy poco, me lo quedaba para mí, ¿eh?
—Si no fuera porque a ti solo te gustan los autos casi destruidos que puedas reparar —bromeó Felipe, a lo que Emiliano solo pudo responder con una sonrisita astuta y otro encogimiento de hombros.
Don Roberto le echó un vistazo discreto a su (muy costoso) reloj de muñeca en ese momento.
—Bueno, por mi parte creo que ya tengo que irme —anunció, tomando un poco por sorpresa a Emiliano.
—¿Ya te vas? ¿No te quedas al menos a que inicie el evento?
—Como te dije, solo pasé un momento. Aunque no me lo creas, tu madre sí que me tiene una lista de pendientes por finiquitar antes de mañana. Si me tardo más en aparecer, el siguiente en esa lista seré yo.
Emiliano y Felipe rieron divertidos por la ocurrencia.
—Felipe, muchacho —comentó don Roberto, girándose hacia él para estrecharle de nuevo la mano, mientras colocaba otra sobre su hombro—. Un gusto verte, como siempre. ¿Te veo mañana en la boda?
—Claro, ahí estaré —le respondió el odontólogo, esbozando la más sincera y profesional de sus sonrisas. Bastante convincente, en realidad, excepto para Emiliano. Él sí que notó algo que se escondía detrás de esa sonrisa de dientes blancos y perfectos.
Don Roberto asintió una vez, y se giró entonces hacia su hijo. Su mirada se volvió bastante más crítica.
—Ni se te ocurra irte de juerga y desaparecerte esta noche —le susurró con severidad a su hijo, con un tono que no dejaba lugar a réplica—. Te quiero puntual y presentable mañana, a más tardar el mediodía.
—No te preocupes —le respondió Emiliano con actitud despreocupada—. Como relojito inglés ahí me van a tener, puntual y presentable.
—Eso espero. Y también espero tengas éxito con tu evento. Diviértanse, muchachos. Felipe, felicidades por el coche. Trátalo bien.
Dicho todo lo que tenía que decir, don Roberto se dirigió a las escaleras, al tiempo que sacaba su teléfono para indicarle a su chofer que lo recogiera en la entrada.
Emiliano y Felipe se quedaron en silencio observando cómo se iba. Solo hasta que ya estuvo lo suficientemente lejos como para considerar que estaban “solos”, Emiliano se atrevió a hablar de nuevo.
—¿Estás bien, hermano? —preguntó con voz cauta, colocando una mano amistosa en el hombro de su amigo.
Felipe se giró a mirarlo, confundido.
—Sí, ¿por qué lo preguntas? —inquirió un tanto perdido. Emiliano no respondió, pero en sus ojos Felipe pudo deducir de qué hablaba—. Ah, ya… ¿Por la boda? Ya te lo dije, estoy bien. Lo de Cristina… ya sabes, fue solo un tonto crush de niños, nada más. Martín es un gran chico, y Cristina está perdidamente enamorada de él. Estoy feliz por ambos.
Emiliano sentía que era sincero, o al menos intentaba serlo. Pero igual presentía que había más detrás de sus palabras de lo que se atrevía a demostrar. Él sabía que el interés de su amigo por Cristina no había sido solo un crush, como él decía, sino algo mucho más fuerte que eso. Pero Felipe nunca se atrevió a dar un paso más allá de solo ser su amigo, y fue esa indecisión la que hizo que Cristina nunca lo viera como más que eso. Y cuando Martín llegó a su vida, bueno, él fue bastante más valiente, y la atracción fue mutua casi desde el inicio.
A Emiliano le hubiera encantado que Felipe fuera su cuñado, pero su hermana se había enamorado y decidido, y no había nada que ninguno pudiera hacer en contra de eso. Emiliano quizás no sabía de amor, como ya había hablado de eso con Martín el otro día, pero por lo que había escuchado, era difícil forzarlo. Cuando no te tocaba, ni aunque te pusieras; y cuando sí, ni aunque te quitaras.
Pero esperaba que al menos el bonito carrito que le había conseguido sirviera de algo para animar a su amigo. Y, ¿quién sabe? En una de esas se levantaba a una chava a la altura de su nueva nave.
—Ven, vamos a mi oficina —le indicó Emiliano, señalando con la cabeza—. Revisemos el contrato ahorita que tenemos tiempo.
—¿Ya? —cuestionó Felipe, confundido—. El coche aún ni llega. ¿No debería verlo primero, al menos?
—A este paso va a llegar rozando al inicio del evento. Más tarde es el coctel, unas copas de despedida para Martín, y ya oíste a mi papá, nos quiere tempranito mañana. Y créeme, en cuanto lo veas, te lo vas a querer llevar rapidito a correrlo por las calles. Así que adelantemos el trabajo, ¿quieres?
—Si lo planteas de esa forma, ¿cómo negarme? —bromeó Felipe, divertido. Y sin poner más peros, siguió a Emiliano a su despacho.
La oficina era minimalista, siendo por supuesto el principal punto de interés el elegante escritorio de vidrio. Había además una pequeña sala con dos sillones para visitas y solo un pequeño librero con algunas fotos de Emiliano y su familia, y unos cuantos libros que servían más de adorno que para algún otro fin práctico. Emiliano no solía recibir a sus clientes ahí, sino en una de las espaciosas y lujosas salas de reuniones que tenían en ese mismo piso. Ese espacio más privado se lo reservaba para él y, claro, para algunos amigos cercanos.
Felipe tomó asiento en una de las sillas para visitantes, mientras Emiliano lo hacía en su silla ejecutiva al otro lado. Sobre el escritorio se encontraban justo los documentos del Ferrari de Felipe, ordenados en una carpeta de piel café. Emiliano la abrió y la deslizó hacia Felipe para que pudiera echarle un ojo.
—Míralo bien, aquí están todas las especificaciones del vehículo —le explicó—. Motor, chasis, carrocería, número de serie, aditamentos, rines, transmisión, pintura original…
—Sabes que no sé tanto de esto como tú —bromeó Felipe mientras tomaba la carpeta—. Confío en ti y en que te asegurarás de que traiga todo lo que debe.
Felipe hojeó los papeles con lentitud, aunque saltándose las partes más complicadas. Quizás no entendía mucho de lo técnico, pero si había algo de lo que sí entendía era de números, y esos eran los que más le preocupaban. Y así lo dejó ver cuando su expresión fue cambiando conforme avanzaba y llegaba justo al tema del contrato que hablaba del precio.
—Emiliano, este contrato no tiene la suma total del vehículo —indicó con voz seria, mirando a su amigo por encima del margen de la carpeta.
—¿Ah, no? —musitó él con un tono de fingida inocencia.
—No —recalcó Felipe, bajando la carpeta hasta apoyarla de nuevo en el escritorio—. Aquí dice básicamente que tú me estás traspasando el vehículo por solo los ochenta mil dólares que ya te pagué.
—Sí, mira. —Emiliano se inclinó hacia delante y lo vio directo a los ojos—. La empresa obtuvo el coche con el proveedor, como todos los demás que llegaron con él. Yo, Emiliano Sánchez Gallardo, compré el vehículo a la empresa por la totalidad de su valor, y yo te lo estoy vendiendo a ti por el anticipo que ya me diste. En otras palabras, esta es una transacción exclusivamente entre tu persona y la mía. Todo legal y derecho.
—No es lo legal lo que me preocupa, y lo sabes —exclamó Felipe con aspereza—. Este vehículo no cuesta ochenta mil dólares, y los dos lo sabemos. Vale ciento sesenta, por lo menos; y eso incluso tomando ya en cuenta un muy generoso descuento de amigos. Por lo que te sigo debiendo, al menos, otros ochenta mil más.
—Felipe, ya hablamos de esto —exclamó Emiliano con ligera impaciencia.
—No, no con estas cifras —replicó Felipe, señalando con un dedo hacia el contrato—. Siempre haces esto, güey.
—¿Hacer qué?
—Cuando nos fuimos a Europa, ¿recuerdas? Despilfarramos aquí y allá, y no me dejaste pagar ni una sola cuenta. Pero al menos en esa ocasión sí me permitiste pagarte después, aunque casi tuve que obligarte a que aceptaras el dinero.
Emiliano suspiró con pesadez, sonando casi cansado o aburrido, y se apoyó por completo contra el respaldo de su silla.
—Felipe, sabes que yo no le doy tanta importancia a esas cosas —le explicó con simpleza, encogiéndose de hombros—. ¿Qué son unos pesitos más o menos entre amigos?
—¿Unos pesitos? —profirió Felipe, incrédulo—. Se nota que tú nunca, nunca has tenido necesidad.
—¿Y tú sí? Porque a ver, tampoco es que el Dr. Felipe Romero haya nacido en un pesebre, ¿o sí?
—Bueno, ya, no quiero discutir por eso. Así que te guste o no, el mes que viene te voy a dar veinte mil más. Y los sesenta mil restantes…
—Y los sesenta mil restantes me los das en tratamientos de por vida —le cortó Emiliano antes de que dijera más—. Blanqueamientos, coronas, puentes… Hay una muela del juicio acá atrás que me está molestando.
Felipe se le quedó mirando en silencio, visiblemente escéptico ante su propuesta.
—Ya, ya, no te hagas el difícil —insistió Emiliano, fingiendo exasperación y deslizando la carpeta más cerca de él—. Tengo un evento que atender, por si no te has dado cuenta, y una boda a la cual asistir mañana. Y no tengo deseos de estar aquí discutiendo sobre dinero. Firma estos papeles y llévate tu carrito en cuanto llegue, hombre. Imagínate la cara que van a poner las amigas de Cristina cuando llegues a la recepción en tal carrazo.
Se formó un silencio entre ellos, en el cual Emiliano no lograba adivinar qué cruzaba por la mente de su amigo con exactitud. Comenzó entonces sinceramente a considerar la posibilidad de que se estuviera pasando, y quizás lo estuviera ofendiendo sin darse cuenta. Ese tipo de cosas en verdad le resultaban confusas a veces.
Al final, Felipe suspiró con resignación, tomó la pluma y comenzó a firmar sin chistar, dando la discusión por perdida, al parecer.
—Está bien que mis precios sean altos, pero dudo que en todo el resto de tu vida vayas a necesitar sesenta mil dólares en tratamientos —dijo Felipe, dejando la pluma sobre la carpeta—. Espero que al menos sea en serio lo de la muela del juicio
—Te juro que me duele tanto que no me deja dormir —bromeó Emiliano, señalando su mejilla derecha.
Felipe soltó una carcajada, y el ambiente de la oficina se aligeró un poco.
Emiliano revisó los papeles, y todo parecía estar en orden, excepto por su propia firma. Así que sin esperar, él mismo tomó la pluma y firmó también.
Estaba hecho; Felipe era ahora dueño de un increíble automóvil. Al menos en el papel. Ahora solo faltaba que dicho automóvil estuviera físicamente con ellos en la misma habitación.
Y como si la firma de esos papeles fuera justo lo que los cielos estaban esperando, a oídos de Emiliano llegó de pronto un inconfundible silbido, de esos que más que oírse se sienten en el cuerpo entero como una vibración.
—¿Oyes eso? —murmuró, y antes de recibir respuesta deslizó su silla hacia la ventana a su derecha y abrió rápidamente la persiana para echar un vistazo hacia afuera—. ¡Son los tráileres! Ya llegaron —exclamó con emoción, girándose hacia Felipe de nuevo—. Vamos, amigo. La Navidad llegó temprano, y Santa ya te trajo tu regalote.
— — — —
Para cuando Felipe y Emiliano llegaron, los tráileres ya se habían instalado en los andenes y los trabajadores del concesionario estaban trabajando a toda prisa con la descarga. Ya iban atrasados con el inicio del evento, así que esa premura no solo era esperada, sino que se quedaba corta.
Emiliano divisó a Martín y a Steve entre la multitud supervisando todo, lo que le alivió bastante el humor. Era bueno verlos trabajar por una vez en sus vidas. Pero lo que le importaba más era el coche de Felipe, al que buscó rápidamente entre los vehículos ya descargados. No tardó mucho en encontrarlo, pues de hecho era inconfundible.
El Ferrari F430 rojo del año lucía espléndido, ahí estacionado en el andén, con su pintura brillando como si estuviera hecha de diamantes. Solo faltaba que algún tipo de luz celestial bajara y lo bañara, y las trompetas de los ángeles tocaran su himno. Aunque claro, Emiliano estaba bastante acostumbrado a vivir rodeado de bellezas como esa. Pero Felipe no solo estaba contemplando un auto de exhibición como tantos que había visto ahí mismo en el concesionario: estaba viendo su auto.
Los ojos del dentista se abrieron enormes, al igual que su quijada, que casi tocaba el suelo. Su rostro entero brillaba, justamente, como el de un niño en Navidad. Emiliano no pudo evitar sonreír satisfecho al verlo.
—¿Ese es? —exclamó Felipe, anonadado.
—Ese es —le respondió Emiliano.
—¡No puedo creerlo!
Sin contenerse ni un segundo más, Felipe cruzó casi corriendo la distancia que lo separaba del coche, y se detuvo con sus manos a centímetros de él, como si temiera incluso tocarlo.
—Es perfecto —murmuró en voz baja solo para él.
—Lo más importante: perfecto para ti, brother —indicó Emiliano entre risas, parándose a su lado y colocando una mano en su espalda—. Ahora sí, visualízate llegando todos los días a tu consultorio en esto. Como doctor de famosos de Beverly Hills, mi amigo.
Ambos rieron, aunque la atención de Felipe estaba tan absorta en el vehículo, que a Emiliano le pareció que ni siquiera lo estaba escuchando.
Mientras Felipe caminaba alrededor del Ferrari admirando cada detalle de este, Emiliano notó que Martín y Steve los observaban desde una prudente distancia y hablaban entre ellos en voz baja. Aquello le resultó ligeramente extraño, pero viniendo de ellos no le dio importancia.
—Hey, Steve —pronunció con fuerza, seguido de un ademán de su mano para indicarle que se acercara. Sus dos socios atendieron a su llamado de inmediato—. ¿Qué pasó? ¿Todo llegó bien?
—Todo bien, Emiliano —le respondió Steve con actitud tranquila—. Solo cuatro horas de retraso…
—Más bien veinticuatro —le corrigió Emiliano.
—Los de la aduana se pusieron más pesados de lo esperado, pero ya están aquí. Vamos a meter los modelos muestras a la sala en un rato; los demás los dejamos acá atrás en el lote, y podemos comenzar. Todo va a salir bien.
Emiliano asintió, conforme, aunque no del todo feliz. No le gustaba cuando las cosas no iban exactamente como las planeaba, pero en la vida tocaba muchas veces tener que improvisar.
Además, era difícil estar molesto cuando veía a Felipe tan contento, que solo le faltaba comenzar a saltar de un lado a otro.
—Y no lo has visto por dentro —le indicó Emiliano con sorna—. ¿Dónde están las llaves? —preguntó girándose hacia sus dos socios—. Este güey tiene que verlo y escuchar el motor de paso.
Martín y Steve se miraron el uno al otro por un segundo, de una forma que a Emiliano de nuevo le pareció extraña.
—¿Las llaves? —murmuró Martín en voz baja—. No sé. ¿Y las llaves? —preguntó girándose hacia Steve.
—Tampoco sé —respondió este, incluso tocándose los bolsillos del saco—. Deben de estar por aquí. ¡Hey!, ¡Luis! —gritó en ese momento para llamar la atención de uno de los trabajadores—. ¿Dónde están las llaves del Ferrari?
—No lo sé, licenciado —le respondió Luis—. Deben estar con las demás.
—Pues encuéntramelas, papi. ¿Qué, no ves que ya tenemos aquí al Dr. Romero impaciente?
Luis asintió, aunque visiblemente desconcertado, y se alejó con intención de cumplir el encargo, pese a que no estaba seguro de dónde o cómo hacerlo.
—Bueno, igual no hay que precipitarnos —intervino Martín—. El coche apenas acaba de llegar; ni hemos tenido chance de revisarlo, ver la papelería y verificar que todo esté en orden. Igual y quizás sea mejor hacer la entrega… mañana, ¿no?
—¿Mañana? —exclamó Felipe con incredulidad, y el sentimiento era compartido por Emiliano.
—¿Cómo que mañana? A ver, este güey ya firmó los papeles, ya está aquí, y el auto ya está aquí. Déjenlo que se lo lleve.
—No podemos hacer las cosas así al ahí se va solo porque el cliente es un amigo, Emiliano —insistió Martín—. Si al vehículo le falta algo y no lo revisamos bien, ¿luego quién nos responde? Además, mira la hora. Ya tenemos que empezar el evento, que te recuerdo, tenemos a gente muy importante ahí dentro que ya esperó demasiado.
—¿De qué me estás hablando? —exclamó Emiliano, casi riendo—. A ver, ¿y cómo exactamente haríamos la entrega mañana? ¿Te recuerdo a ti acaso que mañana te casas con mi hermana, animal?
—No hay problema —contestó Steve, dando un paso al frente—. Yo me encargo de eso mañana, mientras ustedes se preparan para el gran evento.
—¿Y a ti tengo que recordarte que tú eres el padrino? —le señaló Emiliano.
—Pero eso no es inconveniente. Yo tempranito mañana a primera hora me veo con Felipe aquí mismo, hacemos la entrega, afinamos detalles, y hasta nos podemos venir ya bañaditos y arregladitos, y nos vamos de aquí a la pachanga. ¿Sí o no, Felipe?
El dentista pareció un poco aturdido al ser aludido tan directamente, pues hasta ese momento se había sentido un poco aparte de la conversación, aunque mucho tenía que ver con él; o al menos con su coche.
—Yo… sí, claro —respondió un tanto vacilante—. Yo no quiero importunar a nadie ahorita. Puedo venir mañana…
—A ver, mejor luego hablamos de la dichosa entrega —intervino Emiliano, sonando para ese momento ya algo irritado—. Por lo pronto, acomoden los autos de exhibición en la sala, los demás en el lote, empezamos el evento, y me consiguen estas llaves —recalcó señalando hacia el Ferrari—. ¿Estamos?
Steve pareció listo para decir algo, que claramente no era un “sí”, por lo que Emiliano no le dio oportunidad.
—Me consigues las llaves y luego hablamos —repitió Emiliano algo tajante, lo que solo le dejó espacio a Steve para asentir en silencio.
Dadas sus órdenes, Emiliano pasó a retirarse de regreso a la sala de exhibiciones. Felipe caminó con él, mientras Martín y Steve se quedaron detrás.
—En verdad no quiero ser una molestia —susurró Felipe, visiblemente apenado—. Yo puedo venir mañana, como dijo Steve.
—No le hagas caso a Steve —recalcó Emiliano—. Ha andado muy raro últimamente. Para mí que le afecta ver que su mejor amigo se está por casar.
Aquellas palabras desconcertaron un poco a Felipe.
—¿Qué dices? ¿Acaso Steve y Martín…?
Se giró a mirar a ambos hombres, de forma muy poco disimulada, que de nuevo hablaban entre ellos en voz baja, como si se estuvieran “secreteando” algo. Y en el contexto de lo que obviamente le estaba cruzando por la cabeza a Felipe, eso resultaba muy sospechoso.
—No, no, párate ahí, que luego así se hacen los chismes —se apresuró Emiliano a aclarar entre risas—. Lo importante es que yo te prometo que de aquí te vas a ir conduciendo ese Ferrari, de eso me encargo yo. Mientras tanto, ve, toma un par de copas y mira los demás modelos. A lo mejor y hasta te convences de comprarte otro.
Los dos amigos rieron y se dirigieron juntos a la sala.