Rayca I: Oro y sangre
Hacía poco más de media hora que la prisión de la isla de Narrows, quizá la más modesta de cuantas componían Nueva York, se había visto ensombrecida por la reunión que tenía lugar a unas manzanas. Los criminales que se congregaban en la última planta del único rascacielos de aquel distrito figuraban, sin lugar a duda, en la lista de los más buscados por las fuerzas del orden de la ciudad. En comparación, los reos de aquellas celdas no podían ser sino contemplados como bandidos de tres al cuarto. Y, sin embargo, contra lo que podía esperarse de semejante evento, comenzó a sonar una marcha nupcial.
El matrimonio había representado un valor nulo para Raymon hasta que se comprometió con Verónica, momento en que cobró un significado distinto. Los votos, la fidelidad o el compromiso no significaban nada para él ni para la mujer: todo formaba parte de un plan mucho más grande, que sobrepasaba cualquier límite sospechado para aquel día señalado. Ni siquiera los presentes contra su voluntad imaginaban lo que presenciarían.
Mientras tanto, consciente de que la función merecía un actor a la altura, Courts esperó junto al altar, cerca del cual estaba sentada su bastarda. La joven Vanya se había tintado el pelo para la ocasión, adoptando un color similar al de su padre con el que dejar en evidencia el parecido entre ambos, y lucía un vestido de color negro trasparente en la falda y una discreta corona. Le gustaba lucirse, pero ese día quien realmente debía robar todas las miradas no era otra más que su madrastra, quien consiguió tal propósito en cuanto hizo acto de presencia.
Verónica Bergman accedió a la sala, ataviada con un despampanante vestido de novia en el que el bordado rojo que componía el corpiño emulaba a la sangre al caer sobre el tejido blanco y vaporoso de la falda. Lucía una sonrisa amplia mientras avanzaba hacia el altar cogida del brazo de Roman, el pariente que la entregaba en matrimonio. Durante el trayecto buscó la mirada de su futuro esposo. Como si todo aquello fuera algo más que una treta conveniente para ambos, la mujer le había negado ver el vestido con anterioridad y, narcisista como era, esperaba deleitarse en las reacciones favorables que despertara en él su aspecto. No se podía negar que, donde era y se sabía bella, con aquellas galas estaba radiante.
Rápidamente el público tornó los ojos hacia la rubia, despertando exclamaciones. Incluso el prometido, que rara vez mostraba admiración hacia un ser vivo, se quedó embelesado. Había escogido bien, una mujer preciosa con el corazón casi tan corrompido como el propio. Sería la boda del año, serían la envidia y la sensación. Cualquiera que los viese desde fuera, aun sin tener la menor idea de quiénes eran, asegurarían que hacían una pareja espectacular. Los dos ataviados de gala, con el rojo por bandera para lucirse a juego.
Incluso Nygma y Oswald intercambiaron palabras entre sí para comentar los respectivos trajes. Ninguno sabía qué pintaba en tal evento, como la mayoría de los invitados, pero ¿por qué no? Su fama les precedía, prometía ser una velada encantadora.
Al llegar frente al altar Roman soltó el brazo de Verónica y le guiñó un ojo a Courts, mientras ella tomaba entre sus manos las de su prometido, posicionándose a su lado. En cuanto la tuvo con él, como haría un enamorado empedernido, Raymon cogió con delicadeza las manos de su prometida y sonrió. Se había metido tanto en el papel que cualquier ápice deshumanizado se había evaporado de su rostro. Luía tan radiante que cualquiera habría jurado y perjurado que era el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra en ese momento. Bergman se deleitó en contemplar sus ojos durante un buen rato, antes de dedicar un instante de atención y una sonrisa a Vanya, a Fiona y a Kai, junto a quienes se había sentado el señor Georgiu: ellos eran las damas y los asistentes de honor de aquella particular boda.
—¿Estás nervioso? Yo lo estoy, un poco…—le comentó a continuación en un susurro comedido, con una candidez tan bien fingida que nadie que la hubiera escuchado habría puesto en duda los sentimientos de ella por él.
—Oh, querida, si siento algo es ansia. Estoy a punto de casarme con la mujer más bella del planeta.
Pronto el obispo empezó su monólogo, aunque nadie parecía hacerle demasiado caso. Formaba parte, junto a varios periodistas y niños, del grupo que había asistido contra su voluntad al casamiento, ya fuera por utilidad o como seguridad. No en vano, los chiquillos del orfanato Blackwing rodeaban la fila de los invitados, asegurando que ninguna intervención policial pudiera estropear la ceremonia sin llevar a cabo una atrocidad contra aquellas criaturas inocentes.
El religioso no se extendió más de lo necesario, con la clara intención de agilizar el proceso con la vaga esperanza de salir de allí cuanto antes. Así, un cuarto de hora después de haber empezado, comenzaron los votos.
—Raymon Courts, ¿prometes ser fiel a Verónica en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza; y así amarla y respetarla todos los días de su vida?
—Sí, quiero —respondió en el momento, sin quitar los ojos de encima a su futura esposa.
—Verónica Bergman, ¿prometes ser fiel a Raymon en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza; y así amarlo y respetarlo todos los días de su vida?
—Si, quiero —respondió con la voz emocionada, sin tampoco poder apartar la mirada de él.
Entonces llegó el turno de intercambiar las alianzas y, tal y como habían dispuesto, Vanya fue la encargada de entregárselas. Verónica sonrió a la joven y tomó uno de los anillos, arrancando al hacerlo el primer seguro que mantenía inactiva la cuenta atrás del mecanismo escondido. Tomó la mano de Ray y colocó el anillo en su anular, recitando la fórmula estándar del ritual.
—Recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti, Ray.
Ahora era el turno de Courts y Verónica contempló complacida cómo, al retirar su anillo, sonó un pitido apenas perceptible al oído humano que aseguraba que todo iba acorde a lo planeado.
—Recibe esta alianza en señal de mi amor y fidelidad a ti, Verónica.
—Por el poder que me ha sido concedido, yo os declaro marido y mujer. Puedes besar a la novia —zanjó el obispo, mirando en dirección a Courts.
Directos al grano, todo aconteció sin interrupción alguna, mucho más rápido de lo que cabía de esperar en una unión convencional. Lo cual, de por sí, ya adelantaba que el propósito de tal evento no era una simple boda. Aun así, algunos de ellos, pobres inocentes, exclamaron emocionados al ver a la pareja besarse para dar el broche de oro a la ceremonia. Vanya fue una de ellas, claro que solo dejándose llevar por el papel de hija emocionada. No conocía el plan, pero estaba segura de que todavía quedaba una sorpresa más. Que no tardó en llegar.
Fue en ese preciso instante, tan pronto los labios de ambos se unieron sellando el trato ante los presentes y ante el mundo, cuando comenzó la catástrofe. Al principio fue confuso pues, sin previo aviso, se sucedió el sonido de diversas explosiones provenientes de diferentes zonas de la isla. Tantas que los presentes incluso pudieron sentir un ligero temblor bajo sus pies. Pero no había lugar a dudas sobre lo que acababa de suceder, pues desde los ventanales del alto edificio en el que se encontraban, todos los invitados pudieron apreciar cómo caían, uno tras otro, los seis puentes que comunicaban la isla de Narrows con el resto de Nueva York, sembrando el caos, arrasando con las vidas de cuantos los cruzaban en aquel fatídico momento.
En cuanto las explosiones tuvieron lugar, los gritos de horror resonaron con fuerza dentro de la sala del rascacielos, multiplicado por el eco de las paredes. Por supuesto, muchos de los presentes se levantaron y corrieron en avalancha hacia la puerta principal. Sin comprender que, en ningún momento, habían tenido opción a escapar de los Narrows.
Entonces Verónica se separó de los labios de su marido y, mirándolo a los ojos, le dedicó una sonrisa ladeada, cruel, cómplice y triunfal. A su vez Raymon, aun tomándola de la mano, se giró hacia el público extendiendo el brazo libre, pose teatral y, ahora sí, reflejando ante qué tipo de bestia estaban.
—Que comience la celebración —pronunció, de manera pausada y tranquila.
Fue entonces cuando Verónica soltó su mano y avanzó unos pasos, poniéndose al frente, en el punto exacto en el que confluían los planos de las cámaras encargadas de registrar cuanto acontecía en el acto.
—Damas y caballeros. Asistentes y espectadores. Como muchos sabréis, yo y mi esposo hemos sido perseguidos hasta la saciedad. Nuestros nombres han sido vilipendiados y mancillados por aquellos que se hacen llamar vuestros líderes, pero que no son más que los payasos de un circo llamado Estado que cada vez cuenta con menos legitimidad. Lo han hecho porque necesitan imponerse al cambio para mantener el viejo orden, y lo hacen mintiendo. Lo hacen porque han fracasado en su intento de imponer la decadencia:
Amigos, amigas. Estos últimos años hemos atendido a un proceso de dignificación de la debilidad y de la cobardía. Hemos visto cómo la sociedad premia al impotente mediante el atraco al competente, maniatado por una ley hecha por y para la grey. Hoy estamos aquí para decir basta. Porque saben que un solo lobo puede con todo un rebaño, por eso quieren domesticarnos para convertirnos en perros dóciles: pues bien, nosotros decimos “no”. No a las leyes de los débiles de mente y cuerpo. No al Estado de los enfermos de conformidad. No, en definitiva, a dejar que un sistema decrépito nos condene a ver las ruinas de aquello que durante largos siglos nuestros antepasados construyeron con fuerza y vigor:
Hermanos, hermanas. Igual que hace siglos los descreídos y despreciados del viejo sistema construyeron América al rebelarse contra el viejo orden, así hoy sembramos la semilla para la nueva nación. No solo porque podemos, sino porque sentimos que es nuestro deber para con vosotros.
Entonces, henchida de toda la solemnidad del medido discurso, se retiró hacia un lado, como habían ensayado, para dar paso a Ray.
—Habitantes de los Narrows, este es el momento de tomar el control de vuestra ciudad. Este ha sido el momento de vuestra liberación. Estamos aquí, no como conquistadores, sino como salvadores para devolver el mando de esta ciudad a los ciudadanos. A partir de ahora queda decretada la ley del más fuerte. Muerte o supervivencia. Sufrimiento y desgracia frente a fortaleza y astucia. ¡A partir de ahora reclamaréis lo que os corresponde a sangre! Se acabó adorar a ídolos falsos, a dejar que un gobierno que hace tiempo os olvidó decida sobre vosotros, ¡de que sometan nuestra ciudad!:
Les hemos arrebatado los Narrows, ¡y os la hemos regalado! Al pueblo. A los fuertes. A aquellos con la osadía suficiente para dejar morir a la podredumbre que cada día nos corrompe. ¡Los Narrows son vuestros! Nadie puede interferir, haced lo que os parezca. Pero empezad por eliminar a las alimañas, empezad purgando nuestra amada tierra de aquellos que no tienen valor para reclamar lo que es suyo por la fuerza. De los que claman piedad. De los que creen que el diálogo nos llevará a la prosperidad. A los que todavía tienen esperanza de ser atendidos por los de arriba. A los ilusos y soñadores. A los débiles. Dad un paso adelante los que queráis ser dueños de vuestro propio destino. ¡Cread un ejército! El resto serán derribados de sus decadentes zonas de confort. Celebrad juicios, ejerced de jueces y verdugos. ¿No lo veis? Se acabó. Ahora nadie podrá deciros qué decir, qué hacer. Sois libres, abrazad vuestra verdadera naturaleza. Solo el botín lo disfrutarán aquellos con la fortaleza suficiente para tomar con su propia mano lo que siempre fue suyo. Derramad sangre si no queréis que sea la vuestra la que bañe las calles de este lugar. Dejemos morir a la decadencia. Extirpemos a todo aquel ser vivo que represente un cáncer. Esta gran ciudad será el comienzo de una nueva y grandiosa era. ¡LOS NARROWS SE ALZARÁN!
Con @courtslegacy (Raymon y Vanya)










