«Prophet 60091». 14 de marzo de 2021
Recomendación: Escuchar esta canción durante la lectura.
Aquella estaba siendo la boda más original a la que había asistido y, de lejos, la más divertida, aunque Kai no se había esperado otra cosa de los dos “enamorados”. Todavía encontraba fascinante observar a Verónica en su elemento, a pesar del tiempo transcurrido. Parecía una novia enamorada. Aunque no era ella la que conseguía distraer su atención, sino la mujer a la que llevaba sin ver una pequeña eternidad, desde que había puesto fin a su venganza. Medea. Probablemente ella tenía un recuerdo más reciente de ambos, de hacía un par de meses, un jovencísimo Kai que acababa de acceder a pasar a una nueva fase en el juego de dioses en el que ella le había metido, pidiéndole la inmortalidad.
Por alguna razón, aquel escenario se le antojaba más que adecuado para su reencuentro, para que se revelaran algunas cartas. Propenso a las buenas entradas como era, había esperado durante varias horas hasta que la música había empezado a ambientar la fiesta, volviéndola casi una boda tradicional. Era la hora del baile. El cambio de canción fue el pretexto que necesitó para acercarse a la teórica rehén. Su sonrisa era afilada cuando le ofreció su mano derecha, ya cuando la orquesta tocaba las primeras notas.
—Bailemos.
Durante el transcurso de la ceremonia la mujer había mantenido un perfil bajo, acorde a su estatus de rehén. Orgullosa, había ignorado deliberadamente a su expareja; de ahí que la proposición la tomarse desprevenida. Fingió sobresalto al ser interpelada. Entonces dejó que la melena azabache cayera sobre su hombro, interponiéndose entre su rostro y las cámaras para dedicarle una mirada condescendiente que se borró tan pronto tomó su mano para levantarse.
Enmudecida por la circunstancia caminó junto a él hasta la pista, trayecto que se le antojó eterno. Al principio su mirada reflejó confusión al sentir en él una naturaleza harto distinta y más poderosa que la que le suponía. Pero luego le contempló por el rabillo del ojo, analizando sus gestos, sus movimientos, y siglos de experiencia arrojaron una deducción dolorosa. Su mandíbula se tensó, su pulso se aceleró y su respiración se volvió abrupta cuando sintió que él la tomaba por la cintura. Cuánto habría dado por evitar aquella situación. Por haber podido, aunque fuera, ocultarle que sus ojos se habían vidriado. Pero la intimidad del baile le puso al dios en bandeja sus emociones descarnadas. Ella colocó las manos sobre sus hombros y afrontó la realidad, musitando su nombre justo antes de que la voz de la cantante empezara a sonar.
—Galeazzo.
Él sonrió, consciente, por toda respuesta. Sus manos se deslizaron por la cintura de ella hasta acomodarse, acorde al lento balanceo que pedía la canción. A aquello se podía considerar el golpe final de su venganza, proferido de igual a igual. Aunque se habría imaginado más enfado que ojos vidriosos, en el centenar de versiones mentales que había acaparado, a lo largo de los años, al pensar en ese momento. Había un hilo suelto, sin embargo, así le advertía la sensación de estar olvidando algo. Un detalle importante, un runrún en el fondo de su cabeza.
—¿No te alegras de que por fin no haya más que verdad entre nosotros? —un murmullo, escondido entre los dos primeros versos de la canción. Todo en él desprendía un aire victorioso. Se estaba regodeando, con todas las de la ley. Y, sin embargo, esa sensación no se desvanecía. Puede que fuese la ausencia de gritos, de discusión, de rabia en la mirada ajena. O tal vez era su reconocimiento, instantáneo, sin un ápice de duda. Kai se parecía a Galeazzo, aunque para Medea la situación se había vivido a la inversa. Un click en su cabeza. Ahí estaba, la pieza que había estado ignorando durante mucho tiempo. Un ramalazo de confusión en su expresión, arrasando con todo lo anterior.
«…that you’re not the only one who can hurt me».
Ella, que no había podido soportar su regodeo, que había acabado por bajar la cabeza para no darle el gusto de ver que una lágrima rebelde se había escapado de su lacrimal, volvió a mirarle en el transcurso del fragmento musical que precedió a aquella frase tan procedente.
—Pero entre tú y yo solo hay ruinas—dijo, de nuevo, en aquel tono íntimo.
Había olvidado por completo la farsa que tenía que mantener ante las cámaras.
Ni siquiera estaba pensando en dónde estaba, pues su cabeza estaba en el pasado. En varios momentos pasados, de hecho. La sedosa voz prosiguió con la canción mientras su voz interior se preguntaba cómo era aquello posible. Hilando, a la vez, una respuesta tan imbricada que no era capaz de traducirla a palabras. Entonces, ¿era él? ¿había sido él siempre, desde el principio?
Los siguientes versos se sucedieron así, con ambos bailando en silencio. Y en aquel lapso juró percibir cómo se derrumbaba, ante sus ojos, el regodeo y el aire victorioso que tan claro estaba minutos antes. Y de repente, cuando aquella voz manifestó exactamente lo que ninguno era capaz de decir en voz alta, el mundo se desvaneció, como si solo ellos dos estuvieran presentes en aquella sala y el destino hubiera creado aquel instante únicamente para reunirlos.
«You can hurt me. I can hurt you.»
Soltó su hombro para limpiarse la lágrima y entonces, al mirar de nuevo sus ojos, la ironía del momento se plasmó en una sonrisa cómplice mientras la cantante repetía de nuevo aquella sentencia. Porque así era. Porque así había sido su historia.
Su sonrisa pronto encontró una réplica en los labios del dios. Parecían un par de lunáticos, con tanto cambio emocional. Kai buscó las palabras, aunque incapaz —al menos momentáneamente— de seguir hundiendo el dedo en la herida, no se le ocurría nada que decir. O, más bien, nada a lo que quisiese dar voz. Aparentemente no era necesario, ambos parecían haber llegado a un entendimiento mutuo. Y así, sin más, el rencor se suavizó. No tenía sentido mantenerlo entonces, cuando podía comprender a Medea —él había sido más cruel, como Galeazzo, de lo que ella había sido con Kai, al fin y al cabo—.
¿Había habido algo real? En las dos ocasiones que habían tenido para conocerse y destrozarse. Un trasfondo, cubierto de malas intenciones.
La voz de la cantante se rompió antes de que la música volviese a apaciguarse, se acercaba el final.
—Estamos en paz —podía sonar arrogante, pero aquello era lo más cerca a una disculpa que Kai iba a pronunciar. A sentir, a decir verdad. Entendimiento no era lo mismo que arrepentimiento. Sin embargo, en su tono se encontraba la diferencia, las palabras fueron pronunciadas en un susurro suave, a un abismo de diferencia de las primeras que le había dirigido, hacía apenas unos minutos. Todo estaba teñido de una sutil diferencia, entre ellos.
Podía entenderse como un alto al fuego o como la posibilidad de algo nuevo.
Medea asintió, sintiendo que no necesitaba responder. Ellos, que habían utilizado el verbo como espada en cada encuentro, ahora apenas necesitaban decir nada para entenderse porque, por primera vez, estaban siendo honestos. Consigo mismos y con el otro. Fueron sus cuerpos, sin embargo, quienes prosiguieron aquella conversación en lo que duró la canción. Al empezar la melodía, las manos de Kai asiendo su cintura forzaban una cercanía que quedaba contrarrestada por la posición de los brazos de Medea sobre los hombros del contrario, delimitando la distancia pertinente. Para cuando acabó, el cuerpo de ella se había relajado y sus brazos, poco a poco, se habían acomodado para el baile. Ya no tomaba sus hombros, sino que le rodeaba con ambos brazos. Consecuentemente, parecían abrazarse a tiempo que se movían al ritmo de las notas y, cuando se hizo el silencio, casi podía sentir cómo su nariz rozaba la de su pareja de baile.
Entonces dejó de moverse y pegó su frente a la de él durante unos instantes, gesto mudo que transmitía la realidad del cariño que en algún momento había llegado a sentir por él. Había compartido sus reflexiones en silencio, llegando a preguntarse si aquella era la forma en la que dos almas viles como las suyas podían amar. Parecía adecuado que su historia hubiera transcurrido sobre la fina línea que separaba el amor del odio, habiendo caído ambos en cada uno de los espectros en distintos momentos hasta llegar a encontrarse. ¿Podría ella haber sentido algo de otro modo? ¿podría haberlo hecho él? Eran preguntas que no podían ser respondidas, al fin y al cabo.
—¿Y qué vamos a hacer ahora?
Aquella era la verdadera cuestión sobre sus destinos, pertinente por analogía a la situación presente. Seguir bailando o separarse; tanto ahora como después. Las manos de él aún seguían en su cintura, los brazos de ella aún rodeaban su cuello. Entonces tomó consciencia de que nada en sí le pedía interponer distancia, revelación recibida como un embate al corazón. Pero no dijo nada, sino que dejó que su mirada lo transmitiera en aquella intimidad que había nacido entre ambos.
Kai se sentía preso de una paz que no era habitual en él. Podía sentirse cómodo en muchos sitios, pero había pocas veces en su vida en las que no había un impulso subyacente de destrozar, maquinar o demostrar que era superior con palabras y gestos. Había sido imposible sentirse así en Florencia, cuando su revanchismo lo llenaba todo. No había que subestimar la importancia de que pudiesen mirarse de igual a igual, probablemente por primera vez en su historia. Igual que tampoco había que ignorar que aquella había sido la conversación más honesta que habían tenido —aunque la mayor parte de ella hubiese transcurrido de forma no verbal—.
El dios no respondió, al menos no en un primer momento, antes de acabar por inclinarse los escasos centímetros que les separaban y besarla. Apenas un roce de labios, que esperaba que delatase sus intenciones mejor que sus palabras. Cuando se apartó, aún sin soltar su cintura, esbozó una sonrisa acerada que, en el espacio que compartían, no llegó a sus ojos. A diferencia de lo que había ocurrido al principio de su encuentro, aquella estaba más destinada a los observadores que a los participantes.
—Aquí no —y es que el fin de la música había terminado también con la fabricada sensación de intimidad. La soltó, con un roce en su cintura que casi había sido más una sutil caricia, recuperando el aire satisfecho antes de darse media vuelta y dejarla en mitad de la pista.
Aquí no. Una sutil promesa de continuar con lo que fuera que ambos habían empezado, en otro momento, en otro lugar.















