¿Había mencionado que recién llegué a la Isla supe que no entendería una pisca del inglés de sus pelirojos habitantes? Estaba resignada a no entablar muchas conversaciones con ellos, más allá de “una cerveza por favor” o “vengo de México”; y para saber un poco más de su cultura tendría que creerle a los textos de carteles comerciales, museos y folletos turísticos.
Pero he aquí que siempre atraigo a los conversadores amigables. Mientras atendía la pantalla de mi celular, justo encuadrando este edificio que llamó mi atención por su mera estética, escuché una voz algo aguda que me aludía (a pesar de no entender mucho, supe que se dirigía a mi).
El Conversador intentó contarme la historia del edificio y del Pub en su base, tenía muchos años en pie y varias veces fue salvado de la demolición. Yo decidí hacer hincapié en la leyenda que se desplegaba con orgullo en el ventanal “Celebrating 250 years”, como respuesta recibí un cálculo complejo.
CONVERSADOR (INGLÉS INENTENDIBLE): “Yo no voy a llegar a ver cuando cumplan 300 años, porque yo me voy a morir a los 100 y ya sólo me quedan 48.”
Enunciación de la cual deduje primero que tenía 52 años (el frío los conserva bastante bien) y segundo que tenía algo en mente más allá de hablarme sobre arquitectura antigüa.
Mi yo inconsciente lo intuye pero yo no lo vi venir ni cerca.
CONVERSADOR: “Me gusta el número 100, es un buen número de años y ya decidí que me voy a morir a esa edad. Por eso disfruto cada día y cada momento, como este (otra vez me aludía a mi).”
Me sonrió, le sonreí .... y por supuesto le dije que tenía razón (a esas alturas mi lado sensible estaba rendido a sus pies): Nos despedimos con un apretón de manos y una mirada breve y profunda; de esas que quieren dejar en claro la causalidad.
Me recordó aquel encuentro con un hombre en Mazunte, uno que me habló (ahí frente al mar) de la vida y de cada momento que la hacen valer.
Me recordó que la vida es un viaje en círculos, pasas por lo mismos lugares pero cada vez paso siendo otra.