Planeamos el viaje al centro de esquí tanto tiempo que ya ni nieve quedaba. Ese día no arrancó bien, por equivocación pasé a cerrar la puerta del dormitorio y la única llave estaba dentro, cómodamente guardada en un cajón. Ninguno de los dos sabía cómo abrirla, pero ya pasaba del mediodía y el ánimo no era el mejor: vamos ahora o nunca.
Nos subimos al auto, Pedro y yo y en el camino se nos fue olvidando la mala onda y el ajetreo de la ciudad. No pasó mucho rato hasta que llegamos, bordeando el río entre pequeñas montañas tímidamente verdes al ingreso de “El Colorado”... cerrado. Un cartel describía los horarios en que estaba permitido subir en auto por el angosto camino y nosotros habíamos llegado tarde… una temporada tarde, más o menos. Sin saber si volver o no, dimos un par de vueltas y de repente frente a nuestros ojos un auto blanco sube como si nada… Si el subió, yo también… lo seguimos.
A medida que subíamos por la angosta senda que sigzagueaba alrrededor de la montaña, nos fuimos entusiasmando. En el camino paramos una vez para ver un hermoso zorro naranjo y otra para sacar la clásica selfie en las alturas. El camino estaba literamente en el borde, por lo que se podía mirar hacia abajo y ver cómo el río desaparecía entre las montañas que se superponían cambiando de color, algunas cubiertas por nubes, otras verdes, moradas o azules.
El paso por el centro de esquí no es realmente la parte memorable, porque estaba cerrado y no había nieve. De vuelta, paramos en un café desde donde vimos un camino alternativo que llevaba al otro lado de la montaña y pasaba por un bajo con montes más pequeños en él… no había nadie y nos pareció el perfecto lugar para fumar.
Con el auto llegamos hasta cierta parte y luego seguimos a pie, porque el camino de tierra se transformó en rocas superpuestas, eran millones y crecían en tamaño hasta hacerse gigantes y conformar el monte al que queríamos subir. La pendiente era muy pronunciada así es que nos sentamos en una gran roca y fumamos. A lo lejos el paisaje era único, solitario e inmenso. Un mar de tierra formaba inmensas olas de piedra, arbustos y soledad. A nuestro alrrededor todo eran montañas, subidas y bajadas, estábamos tan alto que ya era imposibe divisar el río. El día era celeste, gris y morado, llevábamos campera y gorros de lana de colores, pero no hacía frío. Nos reímos un rato de nada y luego decidimos ya que estábamos ahí: subir.
La escalada comenzó como trekking y terminó muy intensa porque subir de una inmensa roca a otra se hizo cada vez más difícil. Sentí un poco de miedo de caer y estar en medio de la nada, pero la experiencia era increíble y las pocas veces que uno siente esa adrenalina tiene que vivirla.
Al llegar a la cima quedamos mudos. Inmensos cráteres entre las rocas, perfectamente cóncavos. Estaba preguntándome cómo pudo ser hecho aquello porque una máquina tan grande era imposible de subir ahí, cuando más allá encontramos otro aún mayor y luego otro en el que si me caía ya definitivamente no podría salir. Otra extrañeza fue que junto a ellos, montículos de piedra (incluso rota) parecían calzar exactamente donde el suelo faltaba. Era un semicírculo perfecto que aparecía desde el suelo. Ahora si nos asustamos: producto del descubrimiento, estar en medio de la nada o haber fumado? no lo sé, pero quise bajar y fue increíblemente difícil. Al recordarlo distinguimos por lo menos cuatro cráteres junto a sus montículos de piedra en la cima de aquel monte. En nuestra cabeza pasaba de todo: alienígenas, rituales extraños, algo absolutamente desconocido, todo. En El Colorado comenzaba a atardecer.
Llegando a la mitad, donde habíamos fumado, ya nos sentimos sobrevivientes de una aventura extraterrestre imaginaria. Comenzamos a reir, disfrutamos del lugar un rato más y nos subimos al auto. Antes de llegar al camino del que nos habíamos desviado, dimos un par de vueltas por los montes cercanos, hasta el punto en que el auto no daba para más. A lo lejos aparecieron unas motos y supusimos que era hora de irnos. Cuando llegamos al camino, emprendimos rumbo a casa, todavía volados pero manejando lento y repito: no había nadie.
El día resultó ser tan perfecto y entretenido hasta que de repente, el brazo verde de un carabinero nos hace parar. Los nervios eran insoportables, estábamos descubiertos, era obvio, todo era obvio. El oficial balbucea algo en la ventana de Pedro, no entendí nada y él tampoco, sólo escuchó algo de “acercar” y “compañero”. Pedro iba a bajarse cuando toca mi ventana otro oficial: abre la puerta, salgo, se sube atrás, me vuelvo a sentar, miro a Pedro, desisitó de salir del auto. De un segundo a otro este viaje relax se volvió la situación más literalmente paqueada en la que haya estado.
Lo que siguió sólo fue peor y peor. No podía dejar de pensar en cada movimiento que hacía ¿se habrá dado cuenta? ¿sabrá? ¿se me estará notando mucho? ¿cómo están mis ojos? ¿Pedro maneja normal o muy rápido? Este camino era de lo más peligroso y la acelerada entre curva y curva bajando la montaña me infartaba de a poco. Cuando me di cuenta había pasado una media hora y nosotros en absoluto silencio, tenía que hablar algo o esto iba a ser aún más evidente, así que me acordé del problema de la puerta del dormitorio…
-Oye ¿Cómo vamos a abrir esa puerta? (no pude evitar reirme por lo estúpido de todo)
-No sé, no cacho cómo se pueden abrir esas puertas…
-Porque no sirve el truco de la tarjeta… quizás si buscamos en internet porque no podemos llamar un cerrajero po
...Entonces me di cuenta que hablábamos de cómo abrir una puerta y parecíamos un par de ladrones e intenté (de nuevo) arreglar la situación y parecer normal…
-No somos ladrones, por si acaso, se nos quedó la puerta del dormitorio cerrada y no sabemos cómo abrirla…¿ud sabe? (era paco, supuse que sabía de esas cosas)
Esa fue toda la interacción, mejor me quedaba callada el resto del camino, quedaba una hora de viaje, le pedí tres veces a Pedro que no fuera tan rápido y después me sentí paranóica así que me callé. De repente unas ganas terribles de ir al baño. Me aguanté, me aguanté, me aguanté, empecé a apretar las piernas una contra la otra, me aguanté, empecé a respirar profundamente, a levantarme y sentarme… no daba más, confesé: estoy que me hago, es terrible. Pero faltaba todavía mucho para llegar a Santiago, venía un paco atrás, tenía que aguantar.
Fue horrible, parecía parturienta respirando tan fuerte, sentía que iba a llorar sólo para eliminar algo de todo el líquido que tenía acumulado. Cuando a lo lejos vimos la estación de servicio fue lo mejor de la vida, bajé corriendo sin despedir a nadie y al volver el Sr Paco había desaparecido, volvimos a respirar.
El bonus track voladez de nuestra aventura fue pasar a un supermercado, donde nos maravillamos con todo lo que vimos y terminamos saliendo con el carro lleno y un esqueleto tamaño infante (era octubre).
Cuando llegamos, agotados, a la casa, buscamos en youtube y resulta que con un trozo de plástico se puede abrir, así que problema resuelto.
Esa noche salimos a carretear cerca de la casa y llevamos a Spoopy, el esqueleto.