Sería bonito volver a mirar la vida con los ojos de un niño.
Cuando la confianza era natural, los abrazos de nuestros padres parecían eternos y el futuro no daba miedo.
Cuando los amigos eran para siempre, los sueños no tenían límites y el valor de una persona se medía por la bondad de su corazón, no por las apariencias.
Antes de que aprendiéramos a desconfiar, a compararnos, a buscar en una pantalla la felicidad que antes encontrábamos en un atardecer, en una tarde de lluvia o en una carcajada sincera.
Porque la verdad es que no extrañamos la infancia por ser pequeños.
La extrañamos porque éramos libres.
Libres de la presión de encajar.
Libres del miedo al fracaso.
Libres de la necesidad de demostrar nuestro valor.
Tal vez crecer no consiste en olvidar a ese niño que fuimos, sino en volver a encontrarlo.
Volver a creer.
Volver a asombrarnos.
Volver a soñar sin pedir permiso.
Porque, en el fondo, las personas más felices no son las que nunca crecieron, sino aquellas que lograron hacerse adultas sin perder la magia que llevaban dentro.
—Yadhy Tello
















