La mujer que dejó de rogar amor.
Durante mucho tiempo pensé que amar significaba darlo todo.
Dar más.
Comprender más.
Esperar más.
Perdonar más.
Quedarme un poco más.
Pensé que si amaba bonito, algún día alguien aprendería a amarme de la misma manera.
Y así fui por la vida, aprendiendo a querer mientras aprendía, sin darme cuenta, a pedir que me quisieran.
No sé exactamente cuándo comenzó.
Quizá cuando era niña y aprendí que algunas personas que amas pueden irse.
Quizá cuando entendí demasiado pronto que el amor también podía venir acompañado de ausencia.
Quizá cuando tuve que acostumbrarme a no preguntar por qué alguien no estaba, sino a conformarme con lo que había.
Quizá por eso crecí creyendo que el amor tenía que ganarse.
Que había que ser buena.
Comprensiva.
Paciente.
Necesaria.
Que había que dar tanto, que algún día alguien finalmente dijera:
“No te preocupes, yo me quedo.”
Y durante años confundí el amor con el esfuerzo de no ser abandonada.
Hasta que un día me descubrí llorando frente a la persona que amo, pidiendo algo tan sencillo como un abrazo.
Y sentí vergüenza.
Me pregunté:
¿En qué momento me convertí en una mujer que tiene que rogar por amor?
Me sentí pequeña.
Como si pedir cariño hubiera borrado todo mi valor.
Como si necesitar un beso, una caricia, unas palabras bonitas o un poco de tiempo juntos me hiciera menos digna.
Pero después entendí algo.
No estaba avergonzada de haber pedido amor.
Estaba cansada de haberlo pedido tantas veces en mi vida.
Y quizá esa diferencia lo cambia todo.
Porque aquella mujer que lloró no era una mujer débil.
Era una mujer cansada.
Cansada de sentirse insuficiente.
Cansada de preguntarse qué tenía que hacer para que la eligieran.
Cansada de pensar que tenía que ser más bonita, más delgada, más paciente, más buena, más útil, más perfecta para merecer que alguien se quedara.
Y entonces entendí que mi valor nunca estuvo en las manos de quien decidió amarme o no.
Mi valor estaba conmigo desde el principio.
Yo tenía valor antes de que alguien me eligiera.
Antes de convertirme en esposa.
Antes de ser madre.
Antes de aprender a cuidar a todos.
Antes de escribir cartas de amor.
Antes de demostrarle a alguien cuánto podía amar.
Yo ya era suficiente.
Y qué extraño es descubrirlo después de haber pasado tantos años intentando demostrarlo.
Hoy no quiero dejar de amar.
No quiero volverme fría.
No quiero aprender a fingir indiferencia.
No quiero convertirme en una mujer que ya no necesita a nadie.
Quiero seguir siendo esa mujer que siente profundamente.
La que escribe cuando ama.
La que abraza fuerte.
La que dice “te amo” sin miedo.
La que se entrega con el corazón abierto.
Pero hay algo que ya no quiero hacer: abandonarme a mí misma para que alguien más decida quedarse.
No quiero perseguir amor.
No quiero negociar mi dignidad por atención.
No quiero pensar que si bajo de peso alguien me amará más.
No quiero creer que tengo que ser perfecta para merecer ternura.
No quiero convertir mis errores en razones para castigarme.
No quiero volver a confundir la ausencia de amor de alguien con la ausencia de valor en mí.
Porque si alguien no sabe cómo amarme, eso puede dolerme.
Pero no puede definir cuánto valgo.
Y si alguna vez vuelvo a llorar porque necesito amor, no voy a avergonzarme.
Voy a abrazarme.
Porque todavía estoy aprendiendo a darle a esa niña que fui algo que durante mucho tiempo buscó afuera:
la certeza de que no tiene que ganarse el derecho a ser amada.
Hoy sé que puedo amar profundamente y, aun así, poner límites.
Puedo perdonar y, aun así, escuchar mis heridas.
Puedo pedir cariño y, aun así, recordar mi dignidad.
Puedo necesitar a alguien sin dejar de necesitarme a mí.
Y quizá eso sea crecer: dejar de preguntarnos ”¿qué tengo que hacer para que me amen?”
y comenzar a preguntarnos:
”¿Por qué tendría que dejar de amarme a mí misma para conseguir que alguien más lo haga?”
Ya no quiero ser la mujer que se desvive para que la elijan.
Quiero ser la mujer que se elige.
La que puede amar sin desaparecer dentro del amor.
La que puede dar sin quedarse vacía.
La que puede quedarse porque quiere, no porque tenga miedo de que la abandonen.
La que entiende que no necesita mendigar un lugar en el corazón de nadie.
Porque después de tantos años buscando que alguien le dijera que era suficiente…
finalmente decidió decírselo ella misma.
Y esta vez, se creyó.
— @yadhy-tello














