Primero comencé con mis sueños.
Los tomé entre mis manos y les sonreí antes de hacerlos trizas, los despedacé hasta que no quedó más que un azulado polvo entre mis dedos.
Seguidamente tomé mi esencia.
Y observé atentamente a la niña, esa niña tan dulce como intensa, tan alegre como volcánica y no dudé en masacrarla, en dejarla tan destruida e irreconocible que, para cuando le mostrara mi hazaña a la joven fría, hasta ella lloraría del horror.
Fue muy fácil arruinar a esa joven, sus cimientos se apoyaban en la niña.
Continuamente tomé mi corazón.
Mis uñas se anclaron a las emociones que lo hacían latir y mis penas sangraron nuevamente cuando arranqué pedacito por pedacito.
No voy a negarlo, grité de dolor cuando tuve que apretarlo hasta vaciarlo.
Y finalmente fui tras mi mente.
Nunca creí que me tomaría tanto trabajo derribarla, arrancarle las esperanzas hasta que pidiera piedad ni mucho menos creí que me quemaría tanto obligarla a recordar promesa rota por promesa vacía. Fue un poco impactante como, antes de desvanecerse en la nada absoluta, una película de desgracias y alegrías cruzó frente a mis ojos... y luego nada.
No tenía nada por ganar, mucho menos por perder.
Logré transformarme en un recipiente vacío a quien nada le afectaba, nada le dolía, nada le llenaba.
Y recuerdo que esa súbita sensación de ser una coraza destruida me arrancó una sonrisa, tal vez la sonrisa más rota que alguien como yo podría formular.
De una vez por todas me había quitado las cadenas y finalmente tenía la oportunidad de reinventarme a mí misma, de llenarme de nuevas emociones, metas y sueños.
De convertirme en la mujer que siempre quise ser.