No sabe por qué, pero siente que lleva despidiéndose de ella largos, largos años. No le gusta, en realidad le desagrada. La idea de mantener la relación con Whitney a través del tiempo es algo que no sana, que sigue ahí, perpetuo, y el hecho que parezca que eso nunca va a arremeter ni suceder lo amarga tanto como tener que decir adiós. Por eso dilata la vuelta, si bien tiene que irse hoy para Turquía, que ya se terminó el lapsus de visita y Covarrubias necesita atender los otros asuntos de su vida, esos que pasan por la pelota de fútbol y la cancha y lo que tenga que ver con eso y nada más. —Te graduaste. —Suelta entonces, sonrisa de por medio, y le acomoda un mechón de pelo tras la oreja a quien tiene en frente, los ojos en sus ojos, Dani que se acuerda de esa vez en Las Maldivas cada vez que la ve o que piensa en ella: en lo tersos que eran los labios ajenos, en cuánto le hubiera gustado mantener esos besos todo el tiempo, de hacerlos únicos cada vez. Y lo acongoja un poco. No ve un futuro con Craven y eso le molesta. Dice, de todos modos: —Tendrías que visitarme. —Lo pide más bien. O lo sueña, al menos. —Cuando quieras. El lugar que alquilo está bueno, es amplio.