“i’d like to see them try and hurt you.” (GuardianAngel!Au)
( sweet starters drabbles ) — @winged-bunnies
¿Es que acabo había viajado en el tiempo, a cuando iba al instituto, y no se dio cuenta? Se negaba a creer que algunos universitarios pudieran llegar a ser tan inmaduros como los pubertos llenos de testosterona incontrolable y prejuicios aún más estúpidos.
Resulta que un grupo formado por tres chicos decidieron molestarle sin razón aparente, ¡encima eran mayores que él! ¿Sería por eso, porque era lo que comunmente se conocía como novato? ¿Por, dado su timidez, casi siempre iba con la cabeza gacha por los pasillos (si no estaba acompañado por Hide, claro)? ¿O porque casi siempre traía un libro en las manos? ¡Madre mía, por algo se matriculó en filología! Fuere cual fuere la razón, era una total estupidez que no podía entender. Se suponía que la universidad era para gente con ganas de estudiar y labrarse un futuro, no para cabezas de chorlito que todavía disfrutaba de molestar a alguien.
Tampoco es que le metieran la cabeza en el váter, le encerraran en una taquilla, o decenas de abusos peores que Ken había llegado a oír con horror, pero… que te pusieran la zancadilla, te dieran empujones, o te aplastaran en la cara el libro que ibas leyendo, tampoco era plato de buen gusto. Por suerte cuando iba con Hide, el trío no le hacía nada, como mucho le miraban burlonamente o con desdén, depende del día. Supuso que sólo encontrarían divertido meterse con él, sin que hubieran terceras personas.
Estaba aguantando, se consolaba pensando que seguramente se cansarían de esas payasadas, que mientras la cosa no fuera a mayores, no tenía por qué desesperarse. Pero… ahí estaba la cosa. ¿Y si tal y como empezaron a chincharle con empujoncitos y zancadillas decidían pasar a mayores? ¿Y si al final acababa siendo el protagonista de aquellas horribles historias sobre acoso escolar que se escuchaban en todas partes? En el instituto se había liberado de los abusos (y sabía que gran parte de ello, se debía a Hide), como mucho a veces era objeto de burla o le habían pintarrajeado el pupitre una vez; nunca le pasó nada “grave” o que le afectara realmente (quizá porque ya estaba curado de espanto…). Así que no deseaba vivir algo que supuestamente debía haber vivido años atrás. Ya eran mayorcitos, por dios.
Esos pensamientos y preocupaciones fueron los que le transmitió a Shiro, quien le escuchó pacientemente sin casi pestañear. Si el moreno no hubiera estado tan inmerso en relatarle todo aquello, habría advertido cómo los puños de su compañero estaban tan apretados que sus nudillos se pusieron tan blancos como lo era su pelo, o lo tensa que se encontraba su mandíbula, o que sus ojos parecían echar chispas. Quizá Ken no le diera demasiada importancia a su situación (dejando de lado la inquietud de pensar que la cosa pasara a más), pero Shiro… él sí se la estaba dando, y mucho. Si no salía en ese mismo instante para darles caza a esos desgraciados, era simplemente porque no sabía ni cómo lucían, y porque no quería dejar a Kaneki solo -ni dar por terminada la quedada, obvio-.
Y quería decirlo, quería decirle a Ken, su tierno e ingenuo Ken, que no se preocupara, que él se encargaría de esos desgraciados y no volvería a tener un solo problema, que ni siquiera se atreverían a mirarle después de que interviniera.
Sin embargo, sabía que no podía decirle aquello. Podría asustar a Ken. Podría llegar a sonar como un psicópata cuando lo único que quería era protegerle y velar por su seguridad, por su tranquilidad, por su felicidad. Eso no le convertía a uno en un desquiciado, pero podía ser fácilmente malinterpretado. De manera que decidió edulcorar sus pensamientos, eligiendo otras palabras y que la frase resultara ambigua. Naturalmente, también intentó controlar la rabia en su voz, hablando de la manera más neutral posible pero que al mismo tiempo le infundiera seguridad y apoyo a Kaneki.
Pareció surgir efecto, pues en seguida los labios del moreno, hasta ahora fruncidos por el disgusto, se curvaron en una sonrisa tan cariñosa, tan llena de confianza… que se clavó como una flecha en el corazón de Shiro. Juraría que había dejado de respirar por la impresión y tuvo que hacer acopio de todas sus fuerzas para no abalanzarse hacia Ken y fundirse con él entre besos y abrazos, en especial con la respuesta que le dio:
— Gracias, Shiro… Sé que me protegerías. Me alegro mucho de tenerte a mi lado.—soltó una pequeña risa—Eres como mi ángel guardián.—añadió inocentemente, sin ser consciente de cuán verdaderas eran esas palabras.