Xavier Marginet after the presentation of Akzo-Nobel and Grit technology DemytheLDD for animal skins degreasing and preservation at 2014 SLTC International Conference in Northampton, UK.
La formación es una de las claves del éxito profesional y personal, sin ninguna duda. Así no lo han enseñado desde pequeños, y luego el mundo se ha encargado de demostárnoslo y no siempre de un modo amable.
Cuántas veces nos habremos lamentado de no haber realizado ese esfuerzo adicional con el doctorado o con el máster que nos podrían haber dado acceso a un nivel superior de consideración laboral y de remuneración.
Además, el mundo digital nos ha metido de lleno en un entorno donde la oferta de formación continua y muchas veces gratuita es prácticamente infinita. Todo, pues, nos invita a formarnos, y por lo tanto, a aprender. ¿O no es tanto así? Esta sobreoferta y presión de la formación es sinónimo de aprendizaje, entendido como la asimilación correcta y profunda del conocimiento que, eso sí, ¿nos da la competencia correcta para el mejor desempeño de nuestras vidas?
Cuando empiezan a escucharse con frecuencia términos como “desaprender” asociados precisamente a una mayor claridad en la asimilación de conocimientos porque la realidad cambiante exige replantearse lo que la formación clásica fijó en nuestros cerebros, mi opinión es que debemos volver precisamente a un principio infalible basado precisamente en la experiencia.
Esa que, además de las dos carreras, los idiomas, el máster, los postgrados, etc., se les pide a nuestros pobres y desorientados jóvenes cuando llegan casi a los treinta y sienten que ya no pueden demorar más –y sus padres tampoco- su entrada en el mundo laboral. Se trata de hacer. Hacer, entendiendo el término como trabajar, crear empresa, realizar prácticas, compaginar los estudios con el trabajo, pero sobretodo empezar a crear valor desde lo más pronto posible, traduciendo así, las capacidades y conocimientos adquiridos a la realidad tangible y, así, realmente aprender.
Obsesionarnos en formarnos indefinidamente gracias a la tecnología puede llegar a ser contradictorio, porque precisamente esa tecnología hará en el futuro innecesario este esfuerzo previo de formación. Por ejemplo: ¿hay que aprender chino con lo avanzados que están los sistemas de traducción y de reconocimiento y conversión de texto en voz?
Formarse sin más y durante demasiado tiempo genera el riesgo que en otro orden de magnitud y como país estamos sufriendo actualmente: tenemos una investigación básica excelente y no somos capaces de valorizarla adecuadamente.
Quizás necesitemos, pues, un mayor estímulo a un equilibrio entre el aprender y el hacer. Seamos más ejecutivos incluso a costa de formarnos un poco menos... pero de aprender más.
Hace unos días mi hijo mayor me informó que compatibilizará sus estudios de derecho con un trabajo en el ámbito escolar, que además por la situación sociológica del centro implica una vertiente de impacto social considerable. Sinceramente, me causó una gran satisfacción.
Pero yo quiero creer –y contar- que sus valores íntimos, su comportamiento en el día a día y su historia personal no sólo le hacen anarquista en su acepción más idílica, sino que además le hacen un anarquista ejemplar. ¿Alguien se escandaliza?
No hay por qué.
Utilizo este calificativo porque es el que mejor define al individuo convencido de la igualdad absoluta de las mujeres y hombres, de su derecho común a una vida digna y a ser libres sin otro límite que la ingerencia en la libertad de sus congéneres. Nada más. A partir de ahí, lo que mi padre me enseñó sin coacciones y que sólo el tiempo me ha permitido entender, es el principio fundamental del respeto.
Un respeto que, si es sincero, conduce rápidamente a la credibilidad del individuo frente a los que interaccionan con él. En el ámbito personal, pero también en el laboral, cultural, de negocios... Y de esa credibilidad nace la confianza en el individuo, en nuestro interlocutor.
El nuevo modo de hacer negocios en red implica relación de confianza. Todos los principios colaterales que se relacionan con esta nueva economía giran entorno a un vector de actividad que implica cooperación que no puede existir sin la confianza. La misma que debe basarse escrupulosamente en el respeto.
Por eso me apetece recordar hoy esos ideales de una filosofía política condenada al fracaso en su día por inoportuna o extemporánea. Una filosofía que en su base quizás seguiría hoy más vigente que nunca.
Yo no soy como mi padre, pero cada vez me apetece más aprender de lo que él fue.
No soy como él, porque mi objetivo principal en la vida sigue siendo ganar dinero. Mi problema es que en mi camino se cruzan muchas personas y circunstancias que entiendo que necesitan un apoyo que bien o mal intento dar, y eso es , sin ninguna duda, la primera prioridad.
pd. pensando en mi hijo Francesc que hoy cumple años...