“Tenía 12 años, cursaba el primer grado de secundaria en turno matutino y por las tardes ayudaba a mi tía en su tienda de abarrotes, era miércoles cuando ella me pidió que después del trabajo me quedará a cenar con su familia. Terminamos la cena y pidió a su esposo me acompañara a casa para que no me sucediera algo en el camino, si hubiese sabido en ese momento que esa compañía marcaría mi vida, partía sola, sin embargo acepté. Eran apenas dos calles caminando cuando el me preguntó si había escuchado un par de voces detrás de nosotros, por supuesto que no las escuché porque no había nadie. Seguí caminando y vino otra pregunta para saber si había visto a algunas personas cerca, respondí nuevamente no y seguí, todo era un plan para sembrar miedo en mí. Fue entonces cuando por la espalda sus asquerosas manos rodearon mi cintura y preguntó que sentía cuando un hombre me tocaba, mi inocencia no comprendía nada, yo solo podía sentir sus manos lastimando mi cuerpo, desgarrando mi ropa violentamente. En casa siempre me enseñaron que los adultos protegían a los menores, no que podían ser el mayor peligro. Mis fuerzas se agotaban entre golpes y gritos mientras él me lastimaba cada vez más y más mi cuerpo. Fue uno de miles de intentos el que me hizo escapar corriendo a casa, mis padres creyeron en mí más nunca hicieron nada, la lucha no termino ahí pues tuve que enfrentarme a los dedos de la sociedad que me señalaban como mentirosa.”