Era hora de hacer algo productivo desde su llegada. Era hora de hacer valer el título de profesor que falsamente había conseguido. ¿Quién iba a decir que así terminaría el ruso? Seguramente él no, pero las cosas en casa se habían salido de control; debía velar por su vida. Así que, ¿por qué no hacerse pasar por un perfecto y ponderado profesor de deporte? Nadie sospecharía de aquella fachada ni aunque quisiera. Por eso, aquel día, caminaba rumbo a las canchas, pasando insoportables e insufribles estudiantes aquí y allá sin prestarles la más mínima atención hasta que una delicada voz, una sutil y dulce voz, llegó a sus oídos, haciéndolo detenerse y mirar por encima de su hombro para buscar a la dueña de la misma. Recorriendo con sus ojos el pasillo, localizó a la portadora de tan conocida voz y, alzando sus cejas, se encaminó hacia ella con su habitual paso presuntuoso. “Vaya, vaya. Lo veo y no lo creo” comentó, clavando sus obres en las ajenas. “Raven” dijo, manteniendo una sonrisa de lado llena de complicidad. zaittsev