Sabía cómo iba a terminar aquel juego que ambos estaban provocando y jamás en su vida había deseado llegar al desenlace del mismo. Los encuentros en la intimidad con la menor no se comparaban en nada que hubiera experimentado antes, pues el placer que ésta le proporcionaba era inigualable. Y es que aunque múltiples mujeres habían pasado por sus sábanas, todas mostrando la misma sumisión ante el control que él ejercía a la hora de satisfacer sus necesidades, ninguna había tenido el valor de plantarle cara como lo había hecho aquella mujer de cabellos oscuros. Esa, entre otras cosas, fueron lo principal en capturar toda su atención y crear en su sistema la necesidad de hacerla suya; como hizo posteriormente. No había sido el primero en probar su cuerpo, pero sabía que sería el último de ahora en adelante. Drew le pertenecía en cuerpo y alma. “Tendrás que mostrármelas porque yo no tengo ni idea” se hizo el tonto, añadiéndole a la situación un poco más de misterio e interés aunque verdaderamente esa faceta era completamente imposible para él. ¿Hacerse el tonto con ese tema? Era sencillamente absurdo de pensar, pues el principal que siempre lo sacaba a colación era él mismo, siempre deseoso y necesitado de sentir su cuerpo chocar con el ajeno cuando lo poseía. “Mierda, Drew” suspiró, cerrando sus ojos por una milésima de segundo para intentar calmar sus ansias, pensando en cualquier otra cosa que no fuera la manera en la que el cuerpo ajeno solía recibirlo. Es que mierda, le era imposible concentrarse en nada cuando sentía de esa manera a la pequeña inglesa, quien se le ofrecía en bandeja de plata para que él la saboreara a su gusto; siempre había sabido como provocarlo. Era su mayor vicio, era como la cocaína para un adicto. “¿Qué estamos esperando?” Presionó como de costumbre, recibiendo como respuesta un tirón de su mano que lo puso a caminar de manera inmediata detrás de la muchacha. Joder, es que definitivamente le encantaba, lo volvía loco. Nada más ver como sus pantalones de mezclilla se ajustaban a sus glúteos servía para imaginarla encima de él mientras sus músculos se contraían entre sus manos mientras la hacia gemir; toda ella era una tentación para sus ojos, los cuales la habían visto en todo su esplendor femenino. Siguiéndola hasta su cabaña, no dejó de pensar en todas las posiciones en las que iba a poseerla, viéndose sorprendido cuando una de las paredes de la estancia se incrustó en su espalda, haciéndolo sonreír mientras observaba a su amada. “Profesor.. suena tan malditamente perfecto en tus labios que podría acostumbrarme a escucharlo” susurró, volviendo a soltar un suspiro cuando su piel entró en contacto una vez más con la ajena. Allá donde Drew tocara, una estela de fuego se prendía en su camino, haciendo latir su sangre como si ésta tuviera vida propia. “Vamos, pequeña. Soy tuyo” le dijo, viéndose acallado al instante por los tercios labios ajenos. Sin pensarlo, correspondió a su beso, igualando la intensidad del mismo al mismo tiempo que le daba vía libre a su lengua, permitiendo que ésta se reencontrara con la ajena en un abrazo de bienvenida que había estado suplicando. Por otro lado, sus manos, corrieron a tomar el trasero ajeno, apretándolo con firmeza pero delicadeza antes de acomodar de aquella forma a la fémina, pegándola más hacia sí para poder sentir como su inquieto cuerpo se refregaba contra el propio, despertando aquella bestia que había pasado dormida demasiado tiempo. Coreando sus movimiento, rotó las cadera un poco, encajando su masculinidad en la abertura de la muchacha de aquella forma, dejándole claro que si no fuera por la ropa que los cubría ya hubiera hecho de las suyas como siempre.









