La expansión del ejercito de hielo
Manipular a todos los jefes de las regiones había sido una tarea tan fácil, que comenzaba a aburrirme. La guardia de hielo totalmente dominada, esperando las órdenes de sus superiores, me extasiaba, pero estaba lejos de ser suficiente. Cuando niña, me gustaba pasear por la selva de Kumungu, aunque me advirtieron más de una vez que quien entraba no podía salir, el ímpetu y la curiosidad infantil de aquel momento, pudo más.
Lo recuerdo como si fuera ayer, el lugar no tenía plantas comunes y corrientes. Cada una era más hermosa que la anterior; sus colores no tenían precedentes; en aquel momento apenas tenía 100 años, pero aun así, jamás pude apreciar tanta belleza a lo largo de mi vida. No era sólo belleza lo que el lugar abordaba, pues la fauna del lugar intentó matarme al momento que entré. Sus raíces estrujaron mi cuerpo al tiempo que comenzaron a succionar mis energías. Yo formé una barrera mágica frente a mí y volé en pedazos dichas enredaderas. Experiencias como esas sin embargo, necesitaban repetirse. Una idea recorrió mi cabeza en esos momentos. Sonreí de forma maquiavélica, al tiempo que sostuve mis caderas con las afiladas uñas que adornaban mis manos. Usaría a estas criaturas para mi nuevo ejército. Sería aburrido tener uno de humanos únicamente. Mi regreso merecía más que ello.
Antes de poner un pie en el lugar, cambié mi forma con ayuda de la magia. Parecía una hechicera confiable y poderosa. Estaba recubierta por un aura verde que brillaba alrededor de mi máscara; desde mis piernas se desprendía una neblina que no llegaba a mis caderas. Todo era perfecto.
Me adentré al lugar, esperando que me atacasen como antes, era la única forma de poder ofrecerles un trato. El lugar se veía más oscuro que de costumbre, parecía que una guerra se había desatado, pues no podía divisar más que plantas muertas en el paisaje. Es entonces cuando la vi, parecía ser el último espécimen. Me acerqué lentamente para llamar su atención, pero cuando no lo conseguí, me percaté de que sus latidos de vida se apagaban.
Bajo ninguna circunstancia podía permitir tal hecho, así es que desprendí la neblina verde de mi cuerpo y la posicioné sobre la otra. Le brindé energías suficientes de mi propia fuente. -Ahora que te he salvado, ¿qué te parece si hablamos?. - sonreí ligeramente. Mostrarle mi verdadera identidad sería un error. Después de tanto tiempo manipulando a la gente para que me sirva, había adquirido la experiencia suficiente.
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