El desgaste de la palabra: de la ternura al hartazgo Hay algo bastante exasperante en abrir una red social, leer una columna o escuchar una conversación y encontrarse con la misma palabra una y otra vez. Ahora le tocó a “ternura”. Antes fueron “resiliencia”, “empatía” y tantas otras. Al principio parecen conceptos interesantes, pero cuando empiezan a aparecer en todas partes terminan cansando. Y no, creo que la molestia no viene de la palabra en sí, sino de la manera en que la usamos hasta vaciarla. El problema es que el mercado cultural tiene esa costumbre de agarrar una palabra que funciona y exprimirla hasta el último significado. “Ternura” puede hablar de un afecto real, de algo íntimo o incluso de una forma de relacionarnos con los demás. Pero ahora parece servir para casi cualquier cosa. La usan periodistas, influencers, políticos, marcas y algoritmos porque, aparentemente, siempre queda bien. Suena sensible, consciente y bonito. Y cuando todo el mundo empieza a utilizarla, termina convirtiéndose en una especie de muletilla. Eso es lo que me produce hartazgo. No porque me moleste la ternura, sino porque a veces da la impresión de que decir “ternura” es suficiente para demostrar que uno es sensible. Como si bastara con pronunciar la palabra correcta para obtener automáticamente una especie de certificado de empatía. Y ahí es cuando el concepto empieza a perder fuerza. Si una palabra se convierte en una obligación para encajar en determinado discurso, inevitablemente termina desgastándose. Quizás por eso estas modas lingüísticas terminan irritándome tanto. No dejan de ser una forma bastante curiosa de empobrecer el lenguaje mientras creemos que estamos haciendo exactamente lo contrario. Todos repetimos las mismas palabras, con las mismas intenciones y, muchas veces, sin detenernos demasiado a pensar qué significan realmente. Así que supongo que solo queda esperar a que el algoritmo se canse de la ternura y encuentre otra palabra que podamos repetir hasta el aburrimiento. Ya veremos cuál será la siguiente víctima. Mientras tanto, habrá que sobrevivir a esta pequeña epidemia de sensibilidad empaquetada y esperar que la próxima moda nos encuentre, por lo menos, un poco menos hartos. :)
Karla Torres M.













