Valentía en la hora de soledad...
Los momentos de mayor soledad suelen convertirse en oportunidades para experimentar la presencia de Dios de una manera más profunda.
Deuteronomio 31.6-8
La soledad es uno de los sentimientos más aislantes y dolorosos que las personas enfrentan. Dios nos diseñó para la conexión, tanto con Él como con los demás. Desde el principio, Él dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo (Gn 2.18).
Sin embargo, incluso los creyentes más fieles atraviesan temporadas de soledad. Imaginemos a Elías solo en el monte Sinaí tras huir para salvar su vida (1 R 19.9, 10) o al Señor Jesús orando solo en el huerto mientras sus discípulos dormían cerca (Mt 26.36-46). Esos momentos no fueron fracasos de fe, sino solo parte de la experiencia humana.
Cuando la soledad nos invade, podemos pensar que hemos sido olvidados o abandonados. Pero Dios promete: “No te desampararé ni te dejaré” (He 13.5). Su presencia no depende de lo que sentimos ni de las circunstancias. Él está con nosotros en medio de la multitud y también en la casa vacía, tanto en tiempos de comunidad como en momentos de soledad.
La soledad puede conducirnos a la desesperación, o puede convertirse en una invitación a experimentar la cercanía de Dios de una manera más profunda. En esos momentos de quietud, podemos llevarle al Señor nuestra necesidad y descubrir que su compañía es real, presente y suficiente.
(Ps. Charles Stanley).














