Concha + concha = :)
El roce y la pulsación de su entrepierna, despertaba el miedo sostenido a una verdad semi callada, y a la vez, encendía un fulgor que ascendía con desesperación, ahogando un grito en mi garganta.
Ser heterosexual es norma. El pene es el arma del deseo, y la voluptuosidad de mi cuerpo de mujer, la manifestación de ese prado en flor que invita a ser reclamado desde ese palpitar lastimoso.
Desde el pene. Siempre desde el pene.
Mi vagina gotea elixires y ampara recovecos de placer, que ni siquiera termino de entender. Pero mis dedos buscan ansiosos esos puntos, que he de descubrir para no caer en la eterna mentira del amor heterosexual, romántico y fálico.
Mentira que me pareció una máxima indiscutible durante casi todos mis veintes. Así, desde ella, yo, mujer ajena al amor propio, incapaz de entenderme, me sumergía en el alcohol, como modo de expresarme desde la inconsciencia.
Mis ojos buscaban canalizar sus deseos en la anatomía masculina, aun cuando el verdadero pálpito estaba suprimido en lo más hondo.
Tuve un pololo, probé un par de penes y besé cientos de desconocidos, casi siempre con el sabor del vómito a flor de lengua. Locuras de una intensidad ariana y de una no menor presencia de leo en la casa 12.
El alcohol es el entrañable amigo de mis descuidos, y en uno de ellos, soltera y vulnerable, viviendo a miles de kilómetros de mi hogar, me volvió a torcer el pie.
Ella era extraña. Claramente no me atrajo, pero mi espíritu coqueteo se manifestó. Flirteamos en plena fiesta, primero sutilmente, llevando máscaras de otras vidas. Y tras movernos, entre chamames y caminatas nocturnas, acabe compartiendo besos secretos en su cama.
Miradas agudas. Manos cálidas. Aun así, dudas.
Primero no sabía que hacer con su cuerpo, tampoco con el mío. Paradojas del inconsciente. Sus labios canalizaron mi deseo, despierto por los olores de su cuerpo. Le sonreí y jugué a esas otras vidas por un par de horas más, siendo el personaje de las historias que juré escribir.
Pero al irme, entre chistes con amigues, traté de negar el momento. Cómo no, si yo no soy fleta. Cómo no, si la máxima en mi vida es la necesaria intromisión de ese falo iracundo, desabrido y fugaz.
Un par de días después, la mártir heterosexual volvió al eje, hasta que al vernos de nuevo, en plena alba patagona, escapó al olvido.
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La oruga vacilaba en la concha. Hinchada a veces, otras a punto de volar. Augurando un placer otrora culpable, que trastocó expectante y confuso ante un deseo inesperado y completo.
Y desde ahí, el vaivén intermitente de un espiral de latidos punzantes. Agujas que entraban y salían, expulsando llamitas flotantes y flores hambrientas.
Sin más, todo cayó en su lugar.
Estaba flechada por una concha. Por una concha robusta y sutil. Ruidosa y expectante. Silente y brutal.













