Con el tiempo parece que aprendí a vivir en calma con la presencia de tu fantasma acompañándome en cada día, sentado a mi lado en las bancas del parque donde solíamos juntarnos a fumar y pasar el rato entre humo, besos, miradas y caricias.
A veces me mira apenado, y yo le devuelvo la mirada extrañado.
Supongo que para él, yo soy el fantasma de sus recuerdos, el que lo acompaña cada día, el que se sienta a su lado en la banca del parque donde solíamos juntarnos a fumar y pasar el rato, discutiendo, echándonos reproches a la cara, distanciando nuestra mano de la del otro.
El hecho de que aún te piense no significa nada, pues no deja de ser nada mas que eso, un simple pensamiento que cruza mi mente de un extremo al otro, tan veloz como un rayo, tan rápido como se consume un cigarro apretado entre los labios.
Recuerdo tú nombre porque me lo aprendí cuando te conocí, incluso aunque lo escribiese mal al principio. Pero eso no quiere decir nada, simplemente es una palabra que aprendí mas de entre tantas otras, y que, como buen lector, nunca saldrán de mi mente.
Recuerdo tú rostro porque me dormí y me desperté a su lado, y viceversa, durante tantas mañanas, que incluso me acostumbré a que mí reflejo del espejo tuviera compañía durante aquella época. Pero simplemente es eso, lo recuerdo por pura inercia, por pura vivencia y por pura casualidad.
La casualidad de haber coincidido en el mismo espacio y de haberlo compartido por un tiempo.
Pero de nuevo, no es nada mas que eso, casualidad y memoria.
Quizás la idea que quiero dar con este texto no se entienda bien, quizás es que no sé decir bien que aún te pienso, pero que realmente no te quiero.
Ni nada de esto tiene que ver con el cariño que nos teníamos los dos.
Esto es solamente la casualidad de la memoria. Que nunca olvida y todo lo guarda en cajones.
Que aún así avanza al igual que pasan los días, al igual que lo hace el corazón.




















