No hay un lado oscuro de la luna, realmente. De hecho, es totalmente oscura.

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No hay un lado oscuro de la luna, realmente. De hecho, es totalmente oscura.
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Concepción, Chile | 18 de Octubre de 2021
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Geometric Reflections
By Victoria Siemer
Una pandemia con Transtorno de Estrés Postraumático y Depresión Mayor.
En febrero de 2019, sufrí un asalto. 5 victimarios, 7 víctimas directas, 12 en total. Un revolver, dos 9 mm, una escopeta hechiza y lo que, creo, era un fusil de guerra. Es increíble la cantidad de detalles que observas cuando crees que vas a morir. En un minuto, revolver en la frente, martillo hacia atrás y la palabras "te voy a matar, conchetumare". Boca en el suelo, manos en la cabeza. Me sentía como el gato de Schrodinger. Y esa incertidumbre fue la que me mató ese día. Fue la bala que atravesó mi cerebro. No poder salir de la cama, la constante.
De ahí en más se hizo necesario la intervención de los químicos. Antidepresivos y Ansiolíticos. Nunca me han gustado pero desde temprana edad me di cuenta que es pertinente gritar ayuda. O llorarla. Y cuando estaba dejando el tratamiento para volver a salir, volver al mundo con todas las energías, tuve que encerrarme de nuevo. Esta vez, por obligación. La pandemia atacó justo en marzo, cuando sentía que por fin estaba tranquilo en mi vida.
Con las drogas me siento una marioneta. Un actor secundario en mi propia historia preparado para el show más decadente que he tenido que dar: la locura y desesperación de Matías del Río.
La mayor parte del tiempo estoy sentado en la esquina de mi cama. Las crisis de pánico siguen siendo tema solo que ya no causan tanto daño. Aunque no se si es efecto de los medicamentos o de lo difícil que se me hace llorar cuando, desde pequeño, aprendí a golpes que "un hombre no llora". Sumado a esto, el subir y bajar de peso, el comer demasiado o pasar días sin comer han dejado estrías en mi cuerpo, marcas que me recordarán esta batalla.
A veces, salgo a explorar mi pieza. Cambio de lugares, de perspectivas. Esta se ha convertido en mi fortaleza. La ventana se ha vuelto mi abertura al mundo. No obstante, no dejo de fantasear. No dejo de bailar. Pero la mayor parte del tiempo me siento atrapado como con pequeños hilos que asfixian mi cuerpo.
Madrugada de estrellas.
El otro día cayeron estrellas del cielo. Viajaron miles de kilómetros para quemarse con nuestra atmósfera. Yo viaje un par de minutos en auto. Lo que dura un cigarrillo en consumirse y un poco mas. Y mientras miraba hacia arriba esperando verlas caer, me preguntaba si era yo quien vino a verlas o ellas a nosotros.
Etéreo. Esa es la palabra que buscaba. Por un momento, por un pequeño instante, me imagine que ellas también tenían una palabra para este espectáculo. Venían a ver las maravillas de este mundo. El milagro de la vida a base de carbono. Las carreteras de luces que iluminan débilmente este punto azul flotando en medio de la nada y todo al mismo tiempo.
Mundano. Estaba sólo a pesar de estar rodeado. Eran las 5 de la mañana. Ya no habían mas estrellas cayendo. Me levante y miré hacia la ciudad, esa vorágine de posibilidades. No creo, finalmente, que hayan venido a vernos morir, ahogados en nuestra propia humanidad. Sólo llegaron a quemarse con nuestra atmósfera.
Enciendo el auto, prendo un cigarrillo. Y mientras voy bajando el cerro y sus serpenteantes caminos, todo se vuelve fuego. Me empiezo a quemar. No veo luces ni rastros de concreto. Todo esta negro. Un espacio infinito. No entiendo que sucede. Me desespero. Entonces, lo veo. Un pequeño punto azul. Y dentro de él, un hombre. Estaba tirado en el suelo, mirándome fijamente mientras el fuego a mi alrededor se hace cada vez mas intenso. Siento que mi final se acerca.
Él no se mueve. Me sigue mirando, cual testigo de una tragedia sin remedio. Pero me reconforta. No moriré sola. Porque, rodeado de tenues luces, él sigue ahí. Mi final. Luego de cientos de kilómetros de viaje, de infinitas posibilidades, de contemplar la maravilla de todo lo que me rodea, de presenciar eventos tan grandes que yo me sentía disminuida, lo encontré a él. Sólo para que fuera el único testigo de mi muerte. Una explosión.
Apago el auto. Enciendo otro cigarrillo. Ya no hay tiempo para dormir. Empieza otra mañana. Pero esta vez, por fin, ya no soy el mismo.
Ironías Históricas.
En la Plaza René Schneider, la Wenufoye se encuentra con el proclamador dedo de Bernardo O'Higgins: un Comandante en Jefe del ejército asesinado por un grupo de extrema derecha, el gesto libertario de un - valga la redundancia-- "padre de la patria" y un símbolo mapuche , estandarte de la lucha por la libertad.
Otoño
Que te entiendan cuando callas vale el doble.
De lo poco, harto.