Días atrás, en la pasta, escribí unas líneas en mi celular: “Ser mantenido por tu madre. Clase media, precarización. Búsqueda de aprobación, respaldo”.
La primera línea caleta, porque representa los discursos externos que me tienen mal. Obvio que nadie quiere ser mantenido por sus padres, pero los relatos del hombre que se hace así mismo, que es pulento, rico y exitoso, son los que me tienen mal. Y no me tienen mal porque los crea, sino porque están metidos en mi mente, en los sectores donde no los puedo rebatir. En esos huecos donde mi alma pide un poco de autoestima, exigiendo dar cumplimiento a esos relatos para estar satisfecho. Pero, ¿se puede?
Ser clase media y vivir la precarización del trabajo y de la educación no es fácil. No es que yo la haya tenido difícil (ver párrafo anterior), así que tampoco es que haya sufrido la precarización en toda su maldad. Sin embargo, ¿qué obtengo por sacar un grado si no tengo los contactos para trabajar? La universidad no te enseña nada, y no hay nada dónde trabajar. Y los relatos dicen que vayas y busques tus sueños. Jah.
Y todo llega al final a la búsqueda de aprobación. No es una búsqueda desesperada, no es buscar aprobación en todas las formas posibles. Es buscar respaldo, es buscar aprobación de lo que hago y de lo que me gusta. “Eres bueno en esto, dale, sigue así. Ten cuidado, deberías hacerlo de tal forma, no importa, yo te guío”. Pero los maestros murieron hace mucho tiempo y dejaron la tierra sin guías para nadie. El neoliberalismo los mató, los tiró al mar, y los fariseos se adueñaron de las artes y la técnica. ¿Taller de literatura? 100 lucas, ¿Magister? Dos palos, ¿Un consejo? No, de esos no hay, mijo, tiene que hacer lo mismo que yo, ¿ve? Y darme plata, obvio.
¿Cómo dar vuelta toda esta mierda?
Autosuficiente, clase trabajadora, feliz. Buena autoestima, amor propio.